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domingo, 9 de junio de 2019

Abrir el corazón al Espíritu para que él nos enseñe a escuchar con el corazón 09062019

Vigilia De Pentecostés, 8 De Junio De 2019

Abrir el corazón al Espíritu para que él nos enseñe a escuchar con el corazón

Misa de Vigilia de Pentecostés con el Papa Francisco
(ZENIT – 9 junio 2019).- “Abran sus ojos y oídos, pero especialmente su corazón”, para escuchar el “grito oculto de la gente” en las ciudades: este es el llamado del Papa Francisco en esta víspera de Pentecostés, 8 de junio de 2019. Como Dios, el cristiano está invitado a tener un corazón “atento y sensible a los sufrimientos y sueños de los hombres”.
Celebrando ayer la misa de vigilia de Pentecostés en la Plaza de San Pedro, el Papa deseó que la Iglesia fuera “una madre con un corazón abierto” para todos “: “¡Como me gustaría que los que viven en Roma reconozcan a la Iglesia … por este ‘plus’ de ¡Misericordia, por ese ‘plus’ de humanidad y ternura, que tanto necesitamos! No por otras cosas … Nos sentiríamos como en casa, el “hogar materno” donde siempre somos bienvenidos y a donde siempre podemos regresar”.
AK
Homilía del Papa Francisco
También esta noche, la víspera del último día del tiempo de Pascua, la fiesta de Pentecostés, Jesús está en medio de nosotros  y proclama en voz alta: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura, ríos de agua viva brotarán de tu vientre” (Jn 7, 37-38). Es el “río de agua viva” del Espíritu Santo que brota del vientre de Jesús, de su costado traspasado por la lanza (cf. Jn 19,36), y que lava y fecunda a la Iglesia, la Esposa Mística, representada por María, la nueva Eva, al pie de la cruz.
El Espíritu Santo brota del vientre de la misericordia de Jesús Resucitado, llenando nuestro seno de una “buena medida, suave, llena y desbordante” de misericordia (cf. Lc 6,38) y nos transforma en una Iglesia-madre de misericordia, es decir, en una “madre de un corazón abierto” para todos! Cuánto me gustaría que la gente que vive en Roma reconociera a la Iglesia, que nos reconociera por esto más por la Misericordia, no por otra cosa, por esto lo más de humanidad y ternura, de lo cual hay tanta necesidad! Uno se sentiría como en casa, en la “casa materna” donde siempre se es bienvenido y donde siempre se puede volver. Se sentiría siempre bien recibida, escuchada, bien interpretada, ayudada a dar un paso adelante en la dirección del reino de Dios… Como sabe hacer una madre, incluso con sus hijos que han crecido.
Este pensamiento sobre la maternidad de la Iglesia me recuerda que hace 75 años, el 11 de junio de 1944, el Papa Pío XII hizo un acto especial de acción de gracias y súplica a la Virgen María, para la protección de la ciudad de Roma. Lo hizo en la iglesia de San Ignacio, donde había sido traída la venerada imagen de Nuestra Señora del Divino Amor. El Amor Divino es el Espíritu Santo, que brota del Corazón de Cristo. Él es la “roca espiritual” que acompaña al pueblo de Dios en el desierto para que sacando de él agua viva sacie su sed a lo largo del camino (cf. 1 Co 10,4).
En la zarza que no se consume imagen de la Virgen María y Madre está el Cristo resucitado que nos habla, nos comunica el fuego del Espíritu Santo, nos invita a descender en medio de la gente para escuchar el grito, nos envía a abrir el sendero a caminos de libertad que conducen a las tierras prometidas por Dios.
Lo sabemos: también hoy, como en todos los tiempos, hay quienes intentan construir “una ciudad y una torre que lleguen hasta el cielo” (cf. Gn 11,4). Son proyectos humanos, también nuestros proyectos, al servicio de un yo cada vez mayor, hacia un cielo donde ya no hay lugar para Dios. Dios nos deja hacerlo por un tiempo, para que podamos experimentar hasta qué punto del mal y de la tristeza podemos llegar sin Él…. Pero el Espíritu de Cristo, Señor de la historia, no puede esperar para tirarlo todo por la borda, para que volvamos a empezar de nuevo. Siempre somos un poco cortos de vista y de corazón;
Abandonados a nosotros mismos, terminamos perdiendo el horizonte; llegamos a convencernos de que lo hemos entendido todo, y acabamos de tomar en consideración todas las variables, y nos preguntamos, qué cosa sucederá y cómo va a pasar….
Estas son todas construcciones nuestras que se engañan a sí mismos de tocar el cielo. En cambio, el Espíritu irrumpe en el mundo desde lo alto, desde el vientre de Dios, donde nació el Hijo, y hace nuevas todas las cosas.
¿Qué celebramos hoy, todos juntos, en nuestra ciudad de Roma? Celebramos la primacía del Espíritu, que nos hace estar callados ante lo imprevisible del designio de Dios, y luego nos estremece la alegría: “Entonces esto fue lo que Dios tuvo en su seno para nosotros”, este camino de la Iglesia, este pasaje, este Éxodo, esta llegada a la tierra prometida, la ciudad-Jerusalén con  puertas siempre abiertas a todos, donde las diversas lenguas del hombre se componen en la armonía del Espíritu, porque el Espíritu es la armonía. Y si tenemos en mente los dolores del parto, entendemos que nuestro gemido, el de la gente que vive en esta ciudad y el gemido de toda la creación no son más que el gemido del mismo Espíritu: es el nacimiento del nuevo mundo. Dios es el Padre y la madre, Dios es la partera, Dios es el gemido,
Dios es el Hijo engendrado en el mundo y nosotros, la Iglesia, estamos al servicio de este nacimiento, no al servicio de nosotros mismos, no al servicio de nuestras ambiciones, de tantos sueños de poder, no, al servicio de esto, de lo que hace Dios, de estas maravillas que hace Dios.
“Si el orgullo y la presunta superioridad moral nos ofuscan nuestro oído, nos daremos cuenta que bajo el grito de tanta gente no hay nada más que un auténtico gemido del Espíritu Santo. Es el Espíritu que nos impulsa una vez más a no contentarnos, a tratar de volver a nuestro camino; es este Espíritu que nos salvará de toda “reorganización” diocesana (Discurso a la Convención Diocesana, 9 Mayo de 2019). El peligro es este, querer confundir la novedad del Espíritu con un método de organizar todo, no, esto no es el Espíritu de Dios, el Espíritu de Dios cambia todo, nos hace comenzar, no desde el inicio sino de un nuevo camino
Dejémonos llevar por la mano del Espíritu y llevemos en medio del corazón de la ciudad para escuchar su grito, su gemido. A Moisés Dios le dice que este clamor oculto del pueblo ha llegado hasta Él: Lo ha escuchado, ha visto la opresión y el sufrimiento…. Y ha decidido intervenir enviando a Moisés para levantar y alimentar el sueño de libertad de los israelitas y para revelarles que este sueño es su voluntad: hacer de Israel un pueblo libre, su pueblo, un pueblo unido a él por una alianza de amor, llamado a dar testimonio de la fidelidad del Señor ante todas las naciones.
Pero para que Moisés pueda llevar a cabo su misión, Dios quiere que él “descienda” con él en medio de los israelitas. El corazón de Moisés debe volverse como el de Dios, atento y sensible a los sufrimientos y sueños de los hombres, a lo que gritan en secreto cuando levantan la mano al Cielo, porque ya no tienen ningún asidero en la tierra. Es el gemido del Espíritu, y Moisés debe escuchar, no con el oído sino  con el corazón.
Hoy nos pide a nosotros cristianos a aprender a escuchar con el corazón. El Maestro de esta escucha es el Espíritu, abrir el corazón para que él nos enseñe a escuchar con el corazón, abrirlo.
Para escuchar el grito de la ciudad de Roma, necesitamos que el Señor nos lleve de la mano y nos haga “descender”  descender de nuestras posiciones, bajar en medio de los hermanos  que viven en nuestra ciudad  para escuchar su necesidad de salvación, el grito que llega hasta Él y que nosotros normalmente no escuchamos. No se trata de escuchar ni explicar cosas intelectuales ni ideológicas  Me hace llorar cuando veo a una Iglesia que cree que es fiel al Señor, para actualizarse cuando se buscan caminos puramente funcionalistas, caminos que no provienen del Espíritu de Dios. Esta Iglesia no sabe descender, no sabe bajar y si no descienden no es el Espíritu quien manda. Se trata de una cuestión de abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo el corazón, escuchando con el corazón. Entonces nos pondremos en camino. Entonces sentiremos dentro de nosotros el fuego de Pentecostés, que nos impulsa a gritar a los hombres y mujeres de esta ciudad que su esclavitud ha terminado y que Cristo es el camino que conduce a la ciudad del cielo. Para esto necesitamos la  fe, hermanos y hermanas. Hoy pedimos el don de la fe para poder ir por este camino. Amén!

Pentecostés: “Necesitamos especialmente el Espíritu” 09062019

Misa De Pentecostés, 9 De Junio De 2019 © Vatican Media
Misa De Pentecostés, 9 De Junio De 2019 © Vatican Media

Pentecostés: “Necesitamos especialmente el Espíritu”

“El cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría” (Homilía de la misa)
(ZENIT – 9 junio 2019).- Hoy, “estamos buscando una solución rápida, una píldora tras otra para seguir adelante, una emoción tras otra para sentirnos vivos. Pero sobre todo, necesitamos el Espíritu “, dijo el Papa Francisco el 9 de junio de 2019, en la fiesta de Pentecostés. “El cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría; con el Espíritu es vida “, aseguró también.
Celebrando la misa este domingo por la mañana en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó que “el Espíritu no es, como podría parecer, algo abstracto; Es la persona más concreta, la persona más cercana, la que cambia nuestra vida … es la que pone orden en el frenesí. Hay paz en la preocupación, confianza en el desaliento, alegría en la tristeza, juventud en la vejez, coraje en la prueba.
AK
Homilía del Papa Francisco
Después de cincuenta días de incertidumbre para los discípulos, llegó Pentecostés. Por una parte, Jesús había resucitado, lo habían visto y escuchado llenos de alegría, y también habían comido con Él. Por otro lado, aún no habían superado las dudas y los temores: estaban con las puertas cerradas (cf. Jn 20,19.26), con pocas perspectivas, incapaces de anunciar al que está Vivo. Luego, llega el Espíritu Santo y las preocupaciones se desvanecen: ahora los apóstoles ya no tienen miedo ni siquiera ante quien los arresta; antes estaban preocupados por salvar sus vidas, ahora ya no tienen miedo de morir; antes permanecían encerrados en el Cenáculo, ahora salen a anunciar a todas las gentes. Hasta la Ascensión de Jesús, esperaban un Reino de Dios para ellos (cf. Hch 1,6), ahora están ansiosos por llegar hasta los confines desconocidos. Antes no habían hablado casi nunca en público y, cuando lo habían hecho, a menudo habían causado problemas, como Pedro negando a Jesús; ahora hablan con parresia a todos. La historia de los discípulos, que parecía haber llegado a su final, es en definitiva renovada por la juventud del Espíritu: aquellos jóvenes que poseídos por la incertidumbre pensaban que habían llegado al final, fueron transformados por una alegría que los hizo renacer. El Espíritu Santo hizo esto. El Espíritu no es, como podría parecer, algo abstracto; es la persona más concreta, más cercana, que nos cambia la vida. ¿Cómo lo hace? Fijémonos en los apóstoles. El Espíritu no les facilitó la vida, no realizó milagros espectaculares, no eliminó problemas y adversarios. El Espíritu trajo a la vida de los discípulos una armonía que les faltaba, porque Él es armonía.
Armonía dentro del hombre. Los discípulos necesitaban ser cambiados por dentro, en sus corazones. Su historia nos dice que incluso ver al Resucitado no es suficiente si uno no lo recibe en su corazón. No sirve de nada saber que el Resucitado está vivo si no vivimos como resucitados. Y es el Espíritu el que hace que Jesús viva y renazca en nosotros, el que nos resucita por dentro. Por eso Jesús, encontrándose con los discípulos, repite: «Paz a vosotros» (Jn 20,19.21) y les da el Espíritu. La paz no consiste en solucionar los problemas externos —Dios no quita a los suyos las tribulaciones y persecuciones—, sino en recibir el Espíritu Santo. Esa paz dada a los apóstoles, esa paz que no libera de los problemas sino en los problemas, es ofrecida a cada uno de nosotros. Es una paz que asemeja el corazón al mar profundo, que siempre está tranquilo, aun cuando la superficie esté agitada por las olas. Es una armonía tan profunda que puede transformar incluso las persecuciones en bienaventuranzas. En cambio, cuántas veces nos quedamos en la superficie. En lugar de buscar el Espíritu tratamos de mantenernos a flote, pensando que todo irá mejor si se acaba ese problema, si ya no veo a esa persona, si se mejora esa situación. Pero eso es permanecer en la superficie: una vez que termina un problema, vendrá otro y la inquietud volverá. El camino para tener tranquilidad no está en alejarnos de los que piensan distinto a nosotros, no es resolviendo el problema del momento como tendremos paz. El punto de inflexión es la paz de Jesús, es la armonía del Espíritu.
Hoy, con las prisas que nos impone nuestro tiempo, parece que la armonía está marginada: reclamados por todas partes, corremos el riesgo de estallar, movidos por un continuo nerviosismo que nos hace reaccionar mal a todo. Y se busca la solución rápida, una pastilla detrás de otra para seguir adelante, una emoción detrás de otra para sentirse vivos. Pero lo que necesitamos sobre todo es el Espíritu: es Él quien pone orden en el frenesí. Él es la paz en la inquietud, la confianza en el desánimo, la alegría en la tristeza, la juventud en la vejez, el valor en la prueba. Es Él quien, en medio de las corrientes tormentosas de la vida, fija el ancla de la esperanza. Es el Espíritu el que, como dice hoy san Pablo, nos impide volver a caer en el miedo porque hace que nos sintamos hijos amados (cf. Rm 8,15). Él es el Consolador, que nos transmite la ternura de Dios. Sin el Espíritu, la
vida cristiana está deshilachada, privada del amor que todo lo une. Sin el Espíritu, Jesús sigue siendo un personaje del pasado, con el Espíritu es una persona viva hoy; sin el Espíritu la Escritura es letra muerta, con el Espíritu es Palabra de vida. Un cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría; con el Espíritu es vida.
El Espíritu Santo no solo trae armonía dentro, sino también fuera, entre los hombres. Nos hace Iglesia, compone las diferentes partes en un solo edificio armónico. San Pablo lo explica bien cuando, hablando de la Iglesia, repite a menudo una palabra, “diversidad”: «diversidad de carismas, diversidad de actuaciones, diversidad de ministerios» (1 Co 12,4-6). Somos diferentes en la variedad de cualidades y dones. El Espíritu los distribuye con imaginación, sin nivelar, sin homologar. Y a partir de esta diversidad construye la unidad. Lo hace desde la creación, porque es un especialista en transformar el caos en cosmos, en poner armonía. Hoy en el mundo, las desarmonías se han convertido en verdaderas divisiones: están los que tienen demasiado y los que no tienen nada, los que buscan vivir cien años y los que no pueden nacer. En la era de la tecnología estamos distanciados: más “social” pero menos sociales. Necesitamos el Espíritu de unidad, que nos regenere como Iglesia, como Pueblo de Dios y como humanidad fraterna. Siempre existe la tentación de construir “nidos”: de reunirse en torno al propio grupo, a las propias preferencias, el igual con el igual, alérgicos a cualquier contaminación. Del nido a la secta, el paso es corto: ¡cuántas veces se define la propia identidad contra alguien o contra algo! El Espíritu Santo, en cambio, reúne a los distantes, une a los alejados, trae de vuelta a los dispersos. Mezcla diferentes tonos en una sola armonía, porque ve sobre todo lo bueno, mira al hombre antes que sus errores, a las personas antes que sus acciones. El Espíritu plasma a la Iglesia y al mundo como lugares de hijos y hermanos. Hijos y hermanos: sustantivos que vienen antes de cualquier otro adjetivo. Está de moda adjetivar, lamentablemente también insultar. Después nos damos cuenta de que hace daño, tanto al que es insultado como también al que insulta. Devolviendo mal por mal, pasando de víctimas a verdugos, no se vive bien. En cambio, el que vive según el
Espíritu lleva paz donde hay discordia, concordia donde hay conflicto. Los hombres espirituales devuelven bien por mal, responden a la arrogancia con mansedumbre, a la malicia con bondad, al ruido con el silencio, a las murmuraciones con la oración, al derrotismo con la sonrisa.
Para ser espirituales, para gustar la armonía del Espíritu, debemos poner su mirada por encima de la nuestra. Entonces todo cambia: con el Espíritu, la Iglesia es el Pueblo santo de Dios; la misión, el contagio de la alegría; los otros hermanos y hermanas, amados por el mismo Padre. Pero sin el Espíritu, la Iglesia es una organización; la misión, propaganda; la comunión, un esfuerzo. El Espíritu es la primera y última necesidad de la Iglesia (cf. S. Pablo VI, Audiencia general, (29 noviembre 1972). Él «viene donde es amado, donde es invitado, donde se lo espera» (S. Buenaventura, Sermón del IV domingo después de Pascua). Recémosle todos los días. Espíritu Santo, armonía de Dios, tú que transformas el miedo en confianza y la clausura en don, ven a nosotros. Danos la alegría de la resurrección, la juventud perenne del corazón. Espíritu Santo, armonía nuestra, tú que nos haces un solo cuerpo, infunde tu paz en la Iglesia y en el mundo. Haznos artesanos de concordia, sembradores de bien, apóstoles de esperanza.

domingo, 14 de octubre de 2018

Pablo VI y Óscar Romero ya son santos: «Han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin cálculos» 14102018

Francisco los canoniza junto a otros cinco beatos más

Pablo VI y Óscar Romero ya son santos: «Han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin cálculos»

El Papa canonizó este domingo al Papa Pablo VI, el obispo Óscar Romero, los sacerdotes Francesco Spinelli y Vinzenzo Romano, las religiosas Nazaria Ignacia y María Caterina Kasper, y el laico Nunzio Sulprizio.
El Papa canonizó este domingo al Papa Pablo VI, el obispo Óscar Romero, los sacerdotes Francesco Spinelli y Vinzenzo Romano, las religiosas Nazaria Ignacia y María Caterina Kasper, y el laico Nunzio Sulprizio.
Con una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles provenientes de todo el mundo y en pleno Sínodo de los Obispos que se está celebrando en Roma, el Papa Francisco ha presidido la canonización de importantes figuras de la Iglesia. Los nuevos santos han sido el Papa Pablo VI, el obispo salvadoreño Óscar Romero, los sacerdotes italianos Francesco Spinelli yVinzenzo Romano, las religiosas Nazaria Ignacia y María Caterina Kasper así como del laico Nunzio Sulprizio.
Durante la ceremonia de canonización se presentaron las reliquias de los nuevos santos. Destacó la camiseta ensangretada que Pablo VI llevaba cuando sufrió el atentado en Manila. Del mismo modo, hubo fragmentos óseos del obispo Romero y del resto de beatos, excepto de la religiosa Nazaria, de la que se presentó un mechón de pelo.
La "radicalidad" del Evangelio
En su homilía, el Papa Francisco habló de la radicalidad del mensaje de Jesús en el Evangelio, y destacó como los nuevos santos tienen como punto en común esta entrega y amor “radical” por la Iglesia y por Cristo.
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“Un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: ‘Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto’”, recordó Francisco.
Por ello, el Santo Padre indicó que “Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino”.
Pese a las dificultades e incomprensiones
Según recalcó Francisco, Pablo VI realizó este camino “siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad”.
Para el Papa, “es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nuncio Sulprizio. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo”.
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Francisco insistió, citando las lecturas de la misa de este domingo, que “Jesús es radical”. Explicó que “Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso.También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un ‘porcentaje de amor’: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada”.
"¿De qué lado estamos?"
Durante su homilía, el Papa prosiguió asegurando que “el corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo; vivir para amar o vivir para sí mismo”
Por ello, lanzó varias preguntas: “¿de qué lado estamos? Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo?”.
“Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de 'autocomplacencia egocéntrica': se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto”, sentenció.
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Homilía íntegra del Papa Francisco
La segunda lectura nos ha dicho que «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Hb 4,12). Es así: la palabra de Dios no es un conjunto de verdades o una edificante narración espiritual; no, es palabra viva, que toca la vida, que la transforma. Allí, Jesús en persona, que es la palabra viva de Dios, nos habla al corazón.
El Evangelio, en particular, nos invita a encontrarnos con el Señor, siguiendo el ejemplo de ese «uno» que «se le acercó corriendo» (cf. Mc 10,17). Podemos identificarnos con ese hombre, del que no se dice el nombre en el texto, como para sugerir que puede representar a cada uno de nosotros. Le pregunta a Jesús cómo «heredar la vida eterna» (v. 17). Él pide la vida para siempre, la vida en plenitud: ¿quién de nosotros no la querría? Pero, vemos que la pide como una herencia para poseer, como un bien que hay que obtener, que ha de conquistarse con las propias fuerzas. De hecho, para conseguir este bien ha observado los mandamientos desde la infancia y para lograr el objetivo está dispuesto a observar otros mandamientos; por esto pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar?».
La respuesta de Jesús lo desconcierta. El Señor pone su mirada en él y lo ama (cf. v. 21). Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total. Aquella persona hablaba en términos de oferta y demanda, Jesús le propone una historia de amor. Le pide que pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida «tajante»: «Vende lo que tienes, dáselo a los pobres […] y luego ven y sígueme» (v. 21). Jesús también te dice a ti: «Ven, sígueme». Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones: encuentra en él al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte.
Jesús sigue diciendo: «Vende lo que tienes y dáselo a los pobres». El Señor no hace teorías sobre la pobreza y la riqueza, sino que va directo a la vida. Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él, único bien. Verdaderamente, no se puede seguir a Jesús cuando se está lastrado por las cosas. Porque, si el corazón está lleno de bienes, no habrá espacio para el Señor, que se convertirá en una cosa más. Por eso la riqueza es peligrosa y –dice Jesús–, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar. De ahí que san Pablo recuerde que «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Lo vemos: donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre.
Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso.  También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada.
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Queridos hermanos y hermanas, nuestro corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo (cf. Mt 6,24); vivir para amar o vivir para sí mismo (cf. Mc 8,35). Preguntémonos de qué lado estamos. Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo? Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 95): se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto.
Así sucedió para ese hombre, que –cuenta el Evangelio– «se marchó triste» (v. 22). Se había aferrado a los preceptos y a sus muchos bienes, no había dado su corazón. Y aunque se encontró con Jesús y recibió su mirada amorosa, se fue triste. La tristeza es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. En cambio, un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: «Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto» (Exhort. ap. Gaudete in Domino, 9). Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino.
Pablo VI lo hizo, siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nuncio Sulprizio. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo.

domingo, 25 de marzo de 2018

«Queridos jóvenes a vosotros os pertenece la decisión de gritar», 25032018

«Queridos jóvenes a vosotros os pertenece la decisión de gritar»,

«Por favor, por favor, decidiros antes de que lo hagan las piedras»
Misa de Ramos Jornada Mundial de la Juventud 2018, Capture @ Vatican Media
Misa De Ramos Jornada Mundial De La Juventud 2018, Capturea@ Vatican Media
(ZENIT – 25 marzo 2018).- “Queridos jóvenes, a vosotros os pertenece la decisión de gritar, a vosotros os toca decidir por el Hosanna del domingo, para no caer en el “crucifícale “del viernes … y ‘ de vosotros depende el no permanecer en silencio. Si los otros se callan, si nosotros, los mayores y los responsables permanecemos silenciosos, si el mundo se calla y pierde la alegría, yo os pido: ¿vosotros, qué gritaréis? Por favor, por favor, decidiros antes de que las piedras griten. ”
Es en estos términos que el Papa Francisco instó a los jóvenes a no guardar silencio, cuando la sociedad busca silenciarlos y “anestesiarlos”.
Presidió la Misa de Ramos, de la Pasión de Cristo, en la Plaza de San Pedro, comenzando con la procesión de las palmas desde el obelisco de la plaza hasta el altar de la celebración.
Después de la misa, una delegación de 305 jóvenes del pre-sínodo presentes en Roma y otros 15,000 jóvenes que participaron en las redes sociales le dieron al Papa Francisco la síntesis de sus reflexiones: un documento que es una radiografía de lo que piensan, viven, esperan los jóvenes del mundo de hoy, ya sean católicos o no, cristianos, creyentes o no.
Un joven de Panamá, donde tendrá lugar la JMJ de 2019 (del 22 al 27 de enero), ha dirigido las gracias al Papa, en español, en nombre de la delegación: “Querido Papa Francisco, te damos gracias por la reunión pre-sinodal”.
Todos saludaron, besaron o abrazaron al Papa, o simplemente le dieron la mano: “Ya lo vieron, hoy no pueden haber jóvenes sin selfie”, dijo el Papa sonriendo después de tomarse fotos con ellos.
En el Ángelus, el Papa agradeció especialmente la presencia de la comunidad peruana de Roma, mencionando su reciente viaje al país.
También habló sobre el próximo sínodo de octubre para los jóvenes y la JMJ de Panamá: los confió a la intercesión de la Virgen María: “Aprendamos de ella el silencio interior”, dijo el Papa, confiándoles también la Semana Santa que comenzó con esta celebración.
Esta es la homilía del Papa en su traducción oficial del Vaticano.
AB
Jesús entra en Jerusalén. La liturgia nos invita a hacernos partícipes y tomar parte de la alegría y fiesta del pueblo que es capaz de gritar y alabar a su Señor; alegría que se empaña y deja un sabor amargo y doloroso al terminar de escuchar el relato de la Pasión. Pareciera que en esta celebración se entrecruzan historias de alegría y sufrimiento, de errores y aciertos que forman parte de nuestro vivir cotidiano como discípulos, ya que logra desnudar los sentimientos contradictorios que también hoy, hombres y mujeres de este tiempo, solemos tener: capaces de amar mucho… y también de odiar ―y mucho―; capaces de entregas valerosas y también de saber «lavarnos las manos» en el momento oportuno; capaces de fidelidades pero también de grandes abandonos y traiciones.
Y se ve claro en todo el relato evangélico que la alegría que Jesús despierta es motivo de enojo e irritación en manos de algunos.
Jesús entra en la ciudad rodeado de su pueblo, rodeado por cantos y gritos de algarabía. Podemos imaginar que es la voz del hijo perdonado, del leproso sanado o el balar de la oveja perdida que resuena con fuerza en ese ingreso. Es el canto del publicano y del impuro; es el grito del que vivía en los márgenes de la ciudad. Es el grito de hombres y mujeres que lo han seguido porque experimentaron su compasión ante su dolor y su miseria… Es el canto y la alegría espontánea de tantos postergados que tocados por Jesús pueden gritar: «Bendito el que llega en nombre del Señor». ¿Cómo no alabar a Aquel que les había devuelto la dignidad y la esperanza? Es la alegría de tantos pecadores perdonados que volvieron a confiar y a esperar.
Esta alegría y alabanza resulta incómoda y se transforma en sinrazón escandalosa para aquellos que se consideran a sí mismos justos y «fieles» a la ley y a los preceptos rituales. [1] Alegría insoportable para quienes han bloqueado la sensibilidad ante el dolor, el sufrimiento y la miseria. Alegría intolerable para quienes perdieron la memoria y se olvidaron de tantas oportunidades recibidas. ¡Qué difícil es comprender la alegría y la fiesta de la misericordia de Dios para quien quiere justificarse a sí mismo y acomodarse! ¡Qué difícil es poder compartir esta alegría para quienes solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros! [2]
Así nace el grito del que no le tiembla la voz para gritar: «¡Crucifícalo!». No es un grito espontáneo, sino el grito armado, producido, que se forma con el desprestigio, la calumnia, cuando se levanta falso testimonio. Es la voz de quien manipula la realidad y crea un relato a su conveniencia y no tiene problema en «manchar» a otros para acomodarse. El grito del que no tiene problema en buscar los medios para hacerse más fuerte y silenciar las voces disonantes. Es el grito que nace de «trucar» la realidad y pintarla de manera tal que termina desfigurando el rostro de Jesús y lo convierte en un «malhechor». Es la voz del que quiere defender la propia posición desacreditando especialmente a quien no puede defenderse. Es el grito fabricado por la «tramoya» de la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia que afirma sin problemas: «Crucifícalo, crucifícalo».
Y así se termina silenciando la fiesta del pueblo, derribando la esperanza, matando los sueños, suprimiendo la alegría; así se termina blindando el corazón, enfriando la caridad. Es el grito del «sálvate a ti mismo» que quiere adormecer la solidaridad, apagar los ideales, insensibilizar la mirada… el grito que quiere borrar la compasión., es “sufrir con”, la compasión que es la debilidad de Dios.
Frente a todos estos titulares, el mejor antídoto es mirar la cruz de Cristo y dejarnos interpelar por su último grito. Cristo murió gritando su amor por cada uno de nosotros; por jóvenes y mayores, santos y pecadores, amor a los de su tiempo y a los de nuestro tiempo. En su cruz hemos sido salvados para que nadie apague la alegría del evangelio; para que nadie, en la situación que se encuentre, quede lejos de la mirada misericordiosa del Padre. Mirar la cruz es dejarse interpelar en nuestras prioridades, opciones y acciones. Es dejar cuestionar nuestra sensibilidad ante el que está pasando o viviendo un momento de dificultad. ¿Qué mira nuestro corazón? ¿Jesucristo sigue siendo motivo de alegría y alabanza en nuestro corazón o nos avergüenzan sus prioridades hacia los pecadores, los últimos y olvidados?

Queridos jóvenes, la alegría que Jesús despierta en ustedes es motivo de enojo e irritación en manos de algunos, ya que un joven alegre es difícil de manipular. ¡Es difícil manipular un joven alegre!.
Pero existe en este día la posibilidad de un tercer grito: «Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos» y él responde: «Yo les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,39-40).
Hacer callar a los jóvenes es una tentación que siempre ha existido. Los mismos fariseos increpan a Jesús y le piden que los calme y silencie.
Hay muchas formas de silenciar y de volver invisibles a los jóvenes. Muchas formas de anestesiarlos y adormecerlos para que no hagan «ruido», para que no se pregunten y cuestionen. Hay muchas formas de tranquilizarlos para que no se involucren y sus sueños pierdan vuelo y se vuelvan ensoñaciones rastreras, pequeñas, tristes.
En este Domingo de ramos, festejando la Jornada Mundial de la Juventud, nos hace bien escuchar la respuesta de Jesús a los fariseos de ayer y de todos los tiempos: «Si ellos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40).
Queridos jóvenes: Está en ustedes la decisión de gritar, está en ustedes decidirse por el Hosanna del domingo para no caer en el «crucifícalo» del viernes… Y está en ustedes no quedarse callados. Si los demás callan, si nosotros los mayores y los dirigentes callamos, si el mundo calla y pierde alegría, les pregunto: ¿Ustedes gritarán?
Por favor, decídanse antes de que griten las piedras.
[1] Cf. R. Guardini, Il Signore, Brescia-Milano 2005, 344-345.
[2] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, n. 94.
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