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miércoles, 11 de diciembre de 2019

Padre Antonio Rivero: “La venida de Cristo nos trae la verdadera alegría” 10122019

Natividad © Cathopic
Natividad © Cathopic

Padre Antonio Rivero: “La venida de Cristo nos trae la verdadera alegría”

III Domingo de Adviento
 TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
Ciclo A
Textos: Isaías 35,1-6.10; Santiago 5, 7-10; Mateo 11,2-11
Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: Abrirnos a la alegría mesiánica que nos trae Cristo en la Navidad.
Resumen del mensaje: el primer domingo de Adviento Dios nos invitaba a despertar. En el segundo a convertirnos. Hoy nos invita a la alegría, a la alegría mesiánicaa la verdadera alegría, no a la alegría superficial, sensual, consumista y postiza, a la que nos invita las trompetas de este mundo. Es el domingo del “Gaudete”, es decir, “Alegraos”. La vida cristiana tiene que ser vivida desde la alegría, aun en medio de dificultades y desiertos de la vida (primera lectura), porque la tenemos fundamentada en Cristo, como Juan Bautista (evangelio). Alegría que tenemos que regar, abonar, cuidar (segunda lectura) y transmitir a nuestro alrededor.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, este Cristo Salvador que viene en Navidad nos llenará de su alegría, pues Él es la alegre noticia del Padre, y por eso “el desierto y el yermo (de nuestro corazón) se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa” (primera lectura). Sí, habrá descalabros, calamidades, quebraderos de cabeza, pero el cristiano hoy debe escuchar la voz profética que le invita a la esperanza y a la alegría, porque Dios entró y entra en nuestra historia, en nuestra vida. Y Él es fiel (salmo). Hará que los cojos caminen, que los mudos hablen, que el desierto se convierta en jardín, que los cobardes se vuelvan valientes. ¿Soy un cristiano de esperanza gozosa o un cristiano triste y pesimista? Dice el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Evangelii gaudium, n. 2)
En segundo lugar, esta alegría recibida por Cristo el día de su Encarnación tiene que ser cultivada, regada, abonada con la oración, el esfuerzo y la paciencia, para que dé fruto precioso (segunda lectura), como hace el buen labrador. De lo contrario, se agosta y fenece. No tengamos miedo a las escarchas, a las nieves, a los vientos y la lluvia; todo es necesario para que florezca nuestra vida, pues lo permite Dios. ¿Nuestra vida florece o está seca? ¿Si está seca, no será que hemos abandonado el riego y el abono? ¿Tal vez no arrancamos las malas hierbas de nuestro corazón y se están comiendo esa alegría de la salvación que Jesús sembró en nuestro corazón? “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Evangelii gaudium, n. 1).
Finalmente, la alegría de Juan Bautista, ¿en qué y en quién se basaba? (evangelio). Él estaba en la cárcel, porque su predicación era clara e invitaba al rey Herodes a convertirse, pues vivía en adulterio. No era para estar alegre en la prisión. Tampoco su alegría consistía en cosas, pues vivía en austeridad y pobreza. La alegría de Juan Bautista se basaba en haberse encontrado y aceptado a Cristo en su vida, y por eso daba testimonio valiente de Cristo. ¿En dónde está nuestra alegría? ¿Qué hacemos por llevar esa alegría de Cristo a nuestra casa, a nuestro puesto de trabajo, entre nuestros amigos, en nuestras parroquias y comunidades?
Para reflexionar: revisemos en este domingo de la alegría a quién estamos transmitiendo esa alegría de nuestro corazón. Y en el caso de que esa alegría haya muerto por el pecado, acerquémonos a la confesión en estos días para recuperar la alegría de la salvación. Será la mejor manera de acercarnos a la Navidad. “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (Evangelii gaudium, n. 5).
Para rezar:
Dame, Señor, el don de la alegría,
que canta sin reservas,
la belleza del mundo,
la grandeza del hombre,
la bondad de su Dios.
Dame, Señor, el don de la alegría,
que me haga siempre joven,
aunque los años pasen;
la alegría que llena de luz el corazón.
Dame, Señor, el don de la alegría,
que colma de sonrisas,
de abrazos y de besos,
el encuentro de amigos, la vida y el amor.
Dame, Señor, el don de la alegría,
que me una contigo,
el Dios siempre presente,
en quien todo converge y en quien todo se inspira.
Dame, Señor, el don de la alegría,
que alienta el corazón
y nos muestra un futuro
lleno de bendiciones, a pesar del dolor.
Amén.
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el e-mail del padre Antonio, arivero@legionaries.org

viernes, 1 de noviembre de 2019

Padre Antonio Rivero: “La muerte es la puerta para entrar a la eternidad” 01112019

Cementerio © Cathopic

Padre Antonio Rivero: “La muerte es la puerta para entrar a la eternidad”

Día de los fieles difuntos
COMENTARIO A LA LITURGIA DOMINICAL
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Ciclo C
Textos: Sab 3,1-9Rom 8,31b-35.37-39; Jn 14,1-6
Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

Idea principal: La muerte es un misterio. Sólo desde Cristo podemos dar respuesta a este misterio.

Síntesis del mensaje: La muerte permanecerá siempre un misterio y un sufrimiento. Pero, como cristianos, vivimos en fe y esperanza. Si tuviéramos suficiente fe, soportaríamos la muerte sin miedo y la acogeríamos como un regreso a la casa del Padre. En nuestra fe no hay lugar para dudar de que en la muerte Dios abandonará a sus gentes, que son obra de sus manos, hechas a su imagen y semejanza, por quienes Cristo murió y resucitó de entre los muertos. Dios no nos dejará perecer para siempre. En Cristo tenemos la promesa de Dios de que nosotros resucitaremos también de entre los muertos para la gloria y alegría eternas. Con esta esperanza ponemos hoy espiritualmente nuestros difuntos en las manos del Dios de vida.

Puntos de la idea principal:
En primer lugar, estamos hechos para la Vida (1ª lectura). Un autor del Antiguo Testamento del siglo anterior a Cristo expresa su creencia en la vida eterna: Dios nos ha hecho para la vida. A los virtuosos, Dios les da “shalom”, paz, es decir, a sí mismo y todo lo que es bueno. La fe en la resurrección no logra que la pérdida de alguien, de una persona con la que compartes los lazos de la sangre, de un padre, de una madre, de un esposo o esposa, de un hermano o una hermana, en definitiva de un ser querido, de una persona con la que has compartido cosas, proyectos tiempo, alegrías, penas, con la que has pasado buenos y malos momentos, una persona con la que te unían los lazos del afecto o de la amistad, cuando tienes que separarte de esa persona, el corazón humano sufre, y las lagrimas afloran a nuestros ojos, no tengamos miedo de expresar con lágrimas nuestro sentimiento mas íntimo por la perdida física de alguien a quien queríamos, esto no es manifestación ni mucho menos de nuestra falta de fe, al contrario diría yo. Me gustaría convencerlos a todos de que nuestro Dios, ese Dios Padre en el que creemos, sufre con cada uno de nosotros cuando perdemos a un ser querido, que él está a nuestro lado cuando sentimos profundamente la pérdida de nuestros seres queridos, como sufrió y estuvo al lado de su Hijo en la cruz. Que diferente es esta actitud a la creer que Dios nos ha abandonado o que no ha hecho nada por nosotros cuando perdemos de una forma traumática a alguien. Sé que vivir esto es difícil pero la profundidad de la fe de una persona se mide en estos momentos.

En segundo lugar, el Señor Resucitado está a nuestro lado (2ª lectura). El Padre no evitó la muerte de su Hijo, para que pudiera traernos vida. Por lo tanto, ni la muerte ni la vida pueden separarnos a nosotros del amor de Dios. La fe en la resurrección es sobre todo un canto a la vida, es la manifestación de que la muerte no es lo último que nos pasa, es la manifestación de que ante la muerte también cabe la esperanza, es la demostración de que la muerte no es el final del camino. Ya conocemos aquel dicho que una persona muere definitivamente sólo cuando no hay nadie que se acuerde de él. Por eso nosotros estamos aquí porque queremos manifestar públicamente nuestra fe en la resurrección que es lo mismo que decir que nuestros difuntos no han muerto del todo, sino que permanecen junto a nosotros. Por eso hoy, al tiempo que recordamos a los difuntos que nos tocan mas de cerca, padres, hijos, abuelos, familiares, vecinos o conocidos, y que hace más o menos tiempo, nos separamos de ellos, al tiempo que los recordamos y pedimos a Dios por todos ellos, redoblamos nuestra confianza que Dios ya los ha acogido en su seno, y ellos desde allí interceden por todos nosotros, para que cada día seamos un poco mejores y perdamos esa mala costumbre de hablar bien de la gente, pero cuando ya no están, a las personas hay que quererlas, cuidarlas y hablar bien de ellas cuando están vivas. En un momento de silencio cada uno reza una oración especialmente por sus difuntos, y por todos en general, esa oración en la que tiene más fe, esa oración en la que más confía.
Finalmente, hay un lugar para nosotros en la Casa del Padre (evangelio). Jesús nos asegura que estamos destinados para siempre a vivir en su amor, en el amor del Padre, y en la casa del Padre en el cielo. Nuestra fe en la resurrección debe hacer que seamos gente que amemos la vida, y desterremos de nosotros, desterremos de nuestra conducta todo aquello que signifique o que lleve a la muerte, y que hagamos lo necesario para que la vida pueda ser vivida con eficacia, pero sobre todo con dignidad por las personas; la fe en la resurrección debe de hacer que yo ame la vida que a mí me queda por vivir, y trabaje para que cada día hacer la vida un poco más feliz a las personas con las que vivo a diario, mi familia, mis vecinos etc., no puedo ser una persona que crea en la resurrección y no sea capaz de transmitir vida a mi alrededor. A esto, también tiene que ayudarnos el recuerdo de los difuntos, la mejor manera de honrar su memoria es la que su recuerdo nos ayude a nosotros a afrontar con mas fuerza la vida que nos queda por vivir. Esta es la mejor manera de honrarlos, esa es la mejor manera de que su memoria sea algo gratificante para nosotros. ¡De cuantas cosas buenas son ellos modelos para nosotros!, de cuantas cosas buenas pueden ellos darnos lecciones, ¡aunque ya no estén aquí!, seguramente que de muchas.
Para reflexionar: meditemos con san Agustín:
No llores si me amas,
Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo.
Si pudieras oír el cántico de los ángeles
y verme en medio de ellos.
Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes, los campos
y los nuevos senderos que atravieso.
Si por un instante pudieras contemplar como yo,
la belleza ante la cual las bellezas palidecen.
¡Cómo!…¿tú me has visto,
me has amado en el país de las sombras
y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?Créeme.
Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
como ha roto las que a mí me encadenaban,
cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
ese día volverás a verme,
sentirás que te sigo amando,
que te amé, y encontrarás mi corazón
con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis, feliz.
Ya no esperando la muerte, sino avanzando contigo,
que te llevaré de la mano por senderos nuevos de Luz y de Vida.
Enjuga tu llanto y no llores si me amas. Amén.

Para rezar:
Dios de la vida y de los vivos: Creemos que tú eres un Dios de un amor que es más fuerte que la muerte ya que tu Hijo Jesucristo, nacido como uno de nosotros,destruyó la muerte para siempre. Te pedimos confiadamente que todos los fieles difuntosvivan en la seguridad de tu amor; que disfruten de paz, tu paz, que con tanta frecuencia se les escapaba en la vida, y danos también a todos nosotros el valor para enfrentar la vida dándole auténtico sentido, viviéndola en unión íntima con tu Hijo Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org

jueves, 31 de octubre de 2019

Padre Antonio Rivero: “Estás llamado a ser santo…” 31102019

Santos © Cathopic

Padre Antonio Rivero: “Estás llamado a ser santo…”

Solemnidad de todos los Santos
COMENTARIO A LA LITURGIA DOMINICAL
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Ciclo C
Textos: Ap 7, 2-4.9-14; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a
Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: Todos estamos llamados a ser santos por ser bautizados.
Síntesis del mensaje: Hoy celebramos a toda esa multitud innumerable de personas, hermanos nuestros, que ya gozan de Dios y siguen en comunión con nosotros desde el cielo. Es una fiesta que nos llena de alegría y optimismo: si ellos pudieron ser santos, ¿por qué nosotros no? ¿Cuál fue el secreto de su santidad?
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, la fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar, en principio, dos hechos. El primero es que, verdaderamente, la fuerza del Espíritu de Jesús actúa en todas partes, es una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, o de cultura, o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta gozosa, fundamentalmente gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, y da, y dará fruto, y lo dará en todas partes. El segundo hecho que celebramos es que todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común, algo que les une. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”, mediante el bautismo (1ª lectura). Todos ellos han sido pobres, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, trabajadores de la paz (evangelio). Y eso les une. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, hoy no celebramos que “en el fondo, todo el mundo es bueno y todo terminará bien”, sino que celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento del Evangelio (conociéndolo explícitamente o sin conocerlo). Porque hay algo que une al santo desconocido de las selvas amazónicas con el mártir de las persecuciones de Nerón y con cualquier otro santo de cualquier otro lugar: los une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada, más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios.
En segundo lugar, celebramos, por tanto, esos dos hechos: que con Dios viven ya hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, y que esos hombres y mujeres han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios. Pero ahí podemos añadir también un tercer aspecto. San Agustín, en la homilía que la Liturgia de las Horas ofrece para el día de San Lorenzo, lo explica así: “Los santos mártires han imitado a Cristo hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza de su pasión. Lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos”.  San Agustín se dirigía a unos cristianos que creían que quizá sólo los mártires, los que en las persecuciones habían derramado la sangre por la fe, compartirían la gloria de Cristo. Y a veces pensamos también nosotros lo mismo: que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos. Y no es así. La santidad, el seguimiento fiel y esforzado de Jesucristo, es también para nosotros: para todos nosotros y para cada uno de nosotros. Es algo exigente, sin duda; es algo para gente entregada, que tome las cosas en serio, no para gente superficial y que se limita a ir tirando. Pero somos nosotros, cada uno de nosotros, los llamados a esa santidad, a ese seguimiento. Como decía San Agustín en la homilía antes citada: “Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación” (…). “Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio”. Y hoy, en la fiesta de Todos los Santos, se nos invita a celebrar que también nosotros podemos entender y descubrir nuestra manera de seguir a Cristo.
Finalmente, por tanto, la fiesta de hoy es una llamada a la santidad para todos nosotros. Ser santos no es hacer necesariamente milagros o tener éxtasis, ni dejar obras sorprendentes para la historia. Es difícil definir lo que es la santidad, pero todos esos santos que hoy celebramos nos demuestran que seguir a Cristo es posible, y que eso es la santidad. Tuvieron defectos. No eran perfectos. Cometieron pecados. Fueron “normales”. Pero creyeron en el Evangelio y lo cumplieron. Algunos han dejado huella profunda. Otros han pasado desapercibidos. A todos les honramos y les veneramos hoy. Y aceptamos su invitación a seguir su camino. Aquí también recomendaría leer la Lumen Gentium del concilio Vaticano II, en sus números 39-41, que hace un llamamiento a la santidad a los cristianos de todos los estados: jerarquía, laicos, religiosos.
Para reflexionar: ¿Realmente estoy convencido de que no sólo puedo ser santo, sino que debo ser santo, por ser bautizado? ¿Pido la intercesión de mis hermanos santos que ya gozan de la amistad eterna con Dios en el cielo, o ni me acuerdo de ellos? ¿Cuáles son los santos de mi devoción y por qué?
Para rezar: Señor, Dios mío, ayúdame a ser santo. Santo sin premio, santo para no ofenderte, santo para servir mejor a los demás. Señor, en el día de hoy, que recordamos y celebramos la memoria de todos los Santos, ayúdame a acercarme más a Ti. A ellos les ruego que pidan al Espíritu, me conceda los dones necesarios para ser mejor. No porque yo merezca algo, sino para que mi alabanza llegue a Ti, más plena. Señor, perdóname, Por mis faltas y pecados, por todo lo que podía haber hecho y no hice, por todo lo que podía haber servido y no serví, por todo lo que he desaprovechado. Dame tu bendición para que el resto de mi vida sea fiel y caritativo, luz tuya y servidor de todos, según Tú me pidas en cada momento. Gracias, Señor, por Tu Misericordia conmigo. Amén.
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org

martes, 15 de octubre de 2019

Padre Antonio Rivero: “¿Qué pedimos a Dios en la oración?” 15102019

Oración © Cathopic/Exe Lobaiza

Padre Antonio Rivero: “¿Qué pedimos a Dios en la oración?”

XXIX Domingo Ordinario
VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN
Ciclo C
Textos: Ex 17, 8-13; 2 Tim 3, 14; 4, 2; Lc 18, 1-8
 Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: La oración de súplica.
Síntesis del mensaje: Lucas es también el evangelista de la oración. Es el que más veces nos presenta a Jesús orando y enseñando cómo debemos orar. El domingo pasado nos invitaba a dar gracias. Hoy, a la oración de súplica, como esa viuda a quien habían hecho una injusticia (evangelio). También Moisés en la primera lectura es modelo de oración de súplica por su pueblo, acosado por los amalecitas. El salmo refuerza este mensaje, pues toda ayuda nos vendrá del Señor, que nos guarda de todo mal. Toda oración debe partir de la Palabra de Dios, que orienta y purifica nuestra oración de súplica (2ª lectura).
Puntos de la idea principal:
En primer lugar¿cómo debe ser nuestra oración de súplica para que Dios nos escuche? Nos responde santo Tomás en el proemio a la Oración dominical: “confiada, recta, ordenada, devota y humilde”. ¿Cómo debe ser, pues, nuestra oración? Primerooración confiada. Para que la súplica obtenga mayor resultado, en ella debe trasparecer una confianza toda amorosa y humilde para provocar la misericordia de Dios: “me invocará y lo escucharé” (Sal 90, 15). Dirá san Claudio de la Colombière: “los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos” (El abandono confiado a la Divina Providencia). Segundooración ordenada. Es decir, debemos pedir las cosas en orden a la salvación eterna, y por lo mismo, el vernos libres de caer en las tentaciones. Tercero, oración perseverante, machacona, como la de la viuda del evangelio. La perseverancia es el hábito que vigoriza la voluntad para que no abandone el camino del bien. Y cuarto, oración devota. La devoción no es otra cosa que una voluntad pronta de entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios.
En segundo lugar, ¿por qué nuestra oración no llega a Dios? Aquí están algunas de las causas.
Primera, el hombre le dice a Dios: “Dame la tierra y quédate con el cielo”. Materialismo se llama esto. Nada, que pedimos a Dios cosas terrenas, de la tierra, tierra: salud y dinero, trabajo y suerte, aprobados y ascensos. ¿Y de las cosas espirituales: la gracia y la fe, fidelidad a Dios y honradez de conciencia, sentido de la justicia y de la Iglesia, vivencias de Dios e ilusión por los destinos eternos…?
Segunda causa, el hombre le dice a Dios: “O me das la tierra o te quedas con el cielo”.Empecinamiento. Para algunos cristianos, la oración es una partida de “parcheese”.  Entran en el templo, tiran los dados de su oración a rodar por el tablero mágico del altar y…Y una de dos: o les toca, y entonces malo, o no les toca, y entonces peor. Este no es el Dios auténtico, sino pagano. Oración comercial.
tercera causa, el hombre le dice a Dios: “Dame el cielo y de la tierra ya hablaremos”. Esta oración sí llega al trono de Dios. Este hombre o mujer que así oran serán escuchados por Dios, y sabrán sobreponerse a esta sociedad materialista, hedonista, sexista, laicista, neopagana, decadente…y serán hijos de Dios, cuando la mayor parte de los hombres se quedan en hijos de hombres, del tiempo y del ocaso.
Finalmenteorar pidiendo algo a Dios no significa dejarlo todo en sus manos y nosotros sentarnos en el sillón de la pereza. Moisés, aunque hoy aparezca orando con los brazos elevados, no es ciertamente una persona sospechosa de pereza e inhibición. Fue el gran servidor y conductor activo del pueblo; pero daba a la oración una importancia decisiva. Tampoco Jesús nos invita a la pereza: en la parábola de los talentos queda claro que debemos hacer rendir los talentos de Dios para bien de todos. También hoy queda claro que Dios no está obligado a darnos lo que pedimos. Él sabe lo que necesitamos. Será san Agustín quien nos dirá por qué Dios no nos escucha, o nos escucha con el silencio. Y lo dice de forma lapidaria en latín, su lengua, jugando con las palabras: “Cuando nuestra oración no es escuchada es porque: aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros” (La ciudad de Dios, 20, 22). Jesús acaba su parábola con una pregunta desconcertante: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Sin la oración llena de fe, no moveremos las montañas de nuestros problemas y los de la humanidad y de la Iglesia.
Para reflexionar: ¿Qué significa orar en el nombre de Jesús? ¿Qué significa orar sin cesar? ¿Qué es el poder de la oración? ¿Cómo es la oración una comunicación con Dios? ¿Cuál es la manera correcta de orar? ¿Cuáles son algunos obstáculos para la oración afectiva y efectiva? ¿La oración en silencio es bíblica? ¿Qué es la oración intercesora y de súplica?
Para rezar: Ejemplo de oración de intercesión: “Se acercó Abraham y le dijo: —¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás y no perdonarás a aquel lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?  Lejos de ti el hacerlo así, que hagas morir al justo con el impío y que el justo sea tratado como el impío. ¡Nunca tal hagas! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn 18- 23-25).
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org

martes, 17 de septiembre de 2019

Padre Antonio Rivero: “¿Cómo y para qué uso el dinero?” 17092019

Dinero © Matías Medina/Cathopic

Padre Antonio Rivero: “¿Cómo y para qué uso el dinero?”

XXV Domingo del Tiempo Ordinario
VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN
Ciclo C
Textos: Amós 8, 4-7; 1 Tim 2, 1-8; Lc 16, 1-13
 Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: Seamos astutos, sobre todo en el uso del dinero para ayudar a las personas más pobres.
Síntesis del mensaje: con la parábola del administrador injusto y sin escrúpulos (evangelio), Jesús no nos anima a ser deshonestos, sino nos invita a ser astutos y saber hacer cálculos para hacer obras buenas. Jesús quiere suscitar en nosotros cierta emulación. Parece querernos decir: “Ese administrador no se deja desanimar por las circunstancias, sino que encuentra soluciones, aunque injustas. Así pues, vosotros, que sois discípulos míos, también debéis mostraros astutos, ingeniosos, buscar soluciones, incluso inesperadas, pero nunca injustas”. Astutos especialmente para poder ayudar a los pobres con nuestro dinero, conquistado con honestidad. Si Dios “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre” (Salmo), ¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros?
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, si Cristo nos invita a la astucia, habrá que definir bien lo que significa esta palabra. La palabra astucia es un término que se emplea con recurrencia cuando se quiere dar cuenta de la sagacidad que presenta un individuo a la hora de comprender o de resolver determinada situación que a la luz de cualquiera resulta ser bastante compleja de resolver. Es decir, este sentido del término lo usamos siempre que queramos indicar que tal o cual dispone de un entendimiento notable que es capaz de distinguir sin problemas aún aquello que para la mayoría es inentendible o difícil de desentrañar. También, la astucia implica la habilidad que alguien posee a la hora de desentrañar un engaño. Pero además de la mencionada referencia positiva que presenta, también nos encontramos con la contracara del término, dado que la astucia puede implicar, asimismo, la sagacidad que alguien dispone a la hora de engañar, mentirle a alguien sobre determinada cuestión para conseguir un fin.
En segundo lugar, Cristo lógicamente nos invita a la astucia positiva, sobre todo en el uso del dinero para ayudar a los más necesitados. El dinero, lo sabemos, puede ser fuente de ambición y tentación. Pero bien usado, puede ser fuente de bendiciones para pobres, enfermos y gente carenciada. Escribí en mi libro sobre Jesucristo: Todos los bienes materiales son regalos de Dios, nuestro Padre. Debemos usarlos en tanto cuanto nos lleven a Él, con rectitud, moderación, desprendimiento interior. Al mismo tiempo, son medios para llevar una vida digna y para ayudar a los más necesitados. Lo que Jesús recrimina es el apego a las riquezas, y el convertirlas en fin en sí mismas”. Jesús nos dice que debemos elegir: o la esclavitud respecto al dinero, o el servicio a Dios. Por eso, nos invita a tener una actitud clara: ser inteligentes, ingeniosos, en el sentido del bien y, especialmente, en el sentido de la caridad generosa. Ya sabemos lo que le pasó al rico Epulón por no compartir su riqueza con el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31). Debemos encontrar soluciones para ayudar a la gente necesitada, a esos emigrantes, a esos pobres que duermen debajo de un puente, a quienes no tienen un mendrugo de pan para llevarse a la boca. No debemos vivir con una actitud de parálisis que nos impida hacer algo por esa gente; debemos mostrarnos emprendedores. ¿Cómo sacó adelante el padre Pío la “Casa para el Alivio al sufrimiento”, cuando en su bolsillo tenía unas cuantas liras? ¿Cómo construyó san Alberto Hurtado la casa “El Hogar de Cristo”? ¿Qué no hizo santa Madre Teresa de Calcuta o santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars por los ancianos, o santa Soledad Torres Acosta por los enfermos? La Iglesia no cesa de emprender iniciativas para ayudar a las personas necesitadas: Cáritas, Vicentinos…Y esto facilita las cosas para los cristianos: cada uno puede colaborar con las iniciativas emprendidas ya por la Iglesia, para crecer en esa virtud de la generosidad, en vez de dejarse contagiar por el egoísmo y la ambición en el uso del dinero.
Finalmente, ahora toca el turno a nuestra conciencia y a nuestros bolsillos. ¿Cuánto hay contante y sonante en nuestra cartera? El profeta Amos en la 1ª lectura ya critica duramente a esos ricos explotadores que esquilman al pobre y pisotean la piedad, la justicia y la verdad. Fiel a su programa, el profeta estigmatiza las trampas de los comerciantes insaciables, las cuales consistían en achicar la medida y usar balanzas falsas. Así se enriquecían y por medio del dinero injustamente adquirido, oprimían al pobre. Las trampas y la corrupción de aquella época no son muy diferentes de las actuales. Pero Dios considera como hechas a Él mismo estas injusticias: “el Señor no olvidará jamás vuestras acciones”. Sabemos que no siempre el dinero es injusto, pero sí peligroso. A los aprovechados de entonces y a los de ahora les gustaría que Dios no se metiese en estas cosas, y que la Iglesia tampoco tocase este tema. Pero la Palabra de Dios es clara, viva y tajante en este campo del dinero y la explotación, como vemos en Amós. Y san Pablo en la 2ª lectura nos abre la perspectiva de la generosidad, no tanto en el sentido material –dar dinero-, sino en el sentido espiritual: rezar por los grandes y ricos de la tierra, para que todos llevemos una vida digna, piadosa y honesta. Este consejo espiritual de san Pablo lo ponemos en práctica en la oración de los fieles cada domingo. Ahora nos toca vaciar nuestros bolsillos para dar una sonrisa el pobre. Firmemos un cheque para ayudar a una obra de caridad y de promoción humana.
Para reflexionar: ¿Me tendrá Dios que echar en cara lo que Amós a los corruptos de su tiempo? ¿Tengo la conciencia tranquila en el uso o abuso del dinero, adquirido incluso con mañas, con sangre y con mentiras? ¿El dinero me obstaculiza en el crecimiento de mi fe y amor? ¿Soy también inteligente para las cosas del espíritu?
Para rezarSeñor, dame la gracia de usar el dinero, ganado con honestidad, para vivir con dignidad, sacar adelante a mi familia, dar una educación de calidad a mis hijos, y para ayudar a los más necesitados. Líbrame de la avaricia y la tacañería. Tú nos diste todo. Es más, te diste totalmente. Nada te reservaste. Que imite tu ejemplo y eso me basta. Lo que estoy dando aquí es lo que recibiré en el cielo. Y lo que me reservo aquí, se queda aquí. Amén.
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org

viernes, 16 de agosto de 2019

Padre Antonio Rivero: “Somos atletas de Cristo” 15082019

Atleta entrenando © Trail Run
Atleta Entrenando © Trail Run

Padre Antonio Rivero: “Somos atletas de Cristo”

XX Domingo Ordinario
COMENTARIO A LA LITURGIA DOMINICAL
VIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN
Ciclo C
Textos: Jr 38, 4-6.8-10; Hb 12, 1-4; Lc 12, 49-53
Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: Somos atletas de Cristo.
Síntesis del mensaje: Toda la vida humana y cristiana es una continua lucha sobre la tierra. Ya lo decía el libro de Job (7, 1). Y san Agustín: Nuestra vida en esta peregrinación no puede existir sin tentación: porque se hizo provecho nuestro por medio de nuestra tentación, y cada uno no se da a conocer a sí a no ser que haya sido tentado, ni puede ser coronado a no ser que haya vencido, ni puede vencer a no ser que haya combatido, ni puede combatir a no ser que haya dominado al enemigo y las tentaciones” (Comentando el Salmo 60, nº 3). Y mucho antes san Pablo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim 4, 7).
Puntos de la idea principal:
En primer lugarnuestra vida de cristianos es una carrera. Ya san Pablo había comparado nuestra vida como una carrera. ¿Meta? La transformación en Cristo, aquí en la tierra, y alcanzar la vida eterna, después. Esta imagen está llena de significado. A esa carrera salimos a gatas, después de nuestro Bautismo, y con la ayuda de nuestros papás y padrinos. Después, con la fuerza y el alimento de la Eucaristía ya vamos erguidos y dando pasos más ágiles y con entusiasmo en esta carrera. Con el sacramento de la Confirmación vamos bien equipados interiormente para sortear las sorpresas del camino y pelear con valentía. Si caemos o damos un paso en falso, ahí está la confesión para curarnos. Si nos encandila una persona, ahí Dios me pone la otra media naranja para ser feliz en el santo Matrimonio. Si arde en mi pecho el anhelo de entregar mi vida en cuerpo y alma, me ofrece el Sacerdocio. En el momento de la vejez y enfermedad, Dios me consuela y alienta con el sacramento de la Unción de enfermos. Si es una carrera sería bueno llevar todo lo necesario. Tener puesta la camiseta y vestimenta del discípulo de Jesús. Llevar las aguas y bebidas necesarias para hidratarnos. No debe faltar la comida. No olvidemos, por si acaso, un kit de medicamentos. Metamos también el móvil, una identificación y dinero.
¿Qué necesita un buen atleta para ganar la carrera? Todos sabemos que la alimentación sana y equilibrada es muy importante. Por eso es importante buscar la Sabiduría de Dios en las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia católica, que inspirados por Dios conforman el buen alimento del cristiano. También es necesario un buen entrenamiento, que para los católicos es la oración. El atleta también necesita de un entrenador que le corrija y le haga aprender la técnica correcta: necesita de humildad para aceptar la corrección. Nosotros, como católicos, necesitamos la humildad para aceptar la corrección de Dios, de nuestros papás, amigos y de nuestros superiores. Además es importante caminar en la dirección correcta, para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina (Efesios 4, 14a).
En segundo lugaren esta carrera hay que superar muchos obstáculos. Ser buen deportista cuesta sacrificio. Hay que renunciar a bastantes cosas para poder triunfar en la carrera. Miremos bien la altura de las vallas, las piedras o cardos del camino. Preguntemos a Jeremías (1ª lectura) cómo tuvo que sortear miles de obstáculos para ser fiel al ministerio profético. ¡Cuántas contradicciones provocó en la sociedad corrompida a la que Dios le manda hablar en su nombre! Dios le sacó de la tranquilidad de su vida en un pueblo pequeño cercano a Jerusalén, cuando aún no contaba con veinte años. Es acusado por los jefes e ignorado por el rey. ¿En quién tenemos que fijar los ojos, nosotros cristianos? La carta a los Hebreos que hoy leímos nos dice: “fijos los ojos en Jesús, pionero de la fe” (2ª lectura). Pionero significa el que va delante, el que nos ha dado ejemplo de decisión en su camino mesiánico, que incluía la cruz. También a Él le resultó difícil cumplir su carrera, pues vino a prender fuego; no un fuego que devasta los bosques, sino el fuego de un amor decidido, de una entrega apasionada. Es el fuego del Espíritu que en Pentecostés transformó la primera comunidad cristiana para que se echaran a correr y predicar la Buena Nueva por todo el mundo. Hay diversos tipos de atletas: los que desisten ante la primera dificultad, porque es difícil, y tiran la toalla. Otros ni siquiera salieron al oír el disparo, por miedo y cobardía. También hay quien va a su ritmo, flojo él, tomándose sus descansos en las fuentes que encuentran a derecha e izquierda. Peor los que tiran por otras veredas placenteras. Y están los que llegan cansados, pero satisfechos de haber cumplido. Y no nos olvidemos de la constancia. ¿O qué atleta llega a ser campeón del mundo con un par de meses de entrenamiento? ¡Son necesarios años! Al igual que para nosotros. Por eso, actuemos con perseverancia, pues el mismo San Pablo decía: Yo, hermanos, no creo haberlo ya conseguido. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante (Filipenses 3, 13).
Finalmenteal final de la carrera está el premio o medalla, si hemos ganado. Medalla de oro, de plata o de bronce, según los talentos que Dios nos ha dado en vida. La vida del cristiano puede compararse con la vida de un atleta, como dijimos. Tenemos un objetivo, un premio que alcanzar, que es Dios mismo y la vida eterna que nos ha prometido. Y tenemos una carrera que correr, que es la carrera de la fe en nuestra vida diaria. Y estamos llamados a vivir corriendo hacia la meta, al premio a que Dios nos llama desde lo alto en Cristo Jesús (Filipenses 3, 14). ¡El mejor premio que jamás podríamos haber soñado! La vida de los santos y santas grita la victoria en la carrera. Si ellos pudieron, también nosotros. Sortearon los obstáculos. Sufrieron. Sudaron. Pero tenían fijos los ojos en Cristo Jesús. Ignacio de Loyola llegó y escogió el ejército del Rey eterno, y enarboló la bandera de Cristo con valentía y bravura. Juan Bosco llegó, y llevó la educación a tantos niños abandonados en la intemperie. Vicente de Paul llegó, viendo a Cristo en los pobres. Teresa de Jesús llegó, desposándose con el Rey de reyes. Y también Tarsicio y Luis Gonzaga y María Goretti, niños y adolescentes fieles a Cristo. Y san Isidro labrador, con sus bueyes y su oración. Y san Juan Diego, que se puso en el regazo de la Morenita. Y Josefina Bakhita, esa esclava negra que se consagró al Amo que le dio la verdadera libertad.
Para reflexionar: Piensa en estas palabras: todo campeón tiene también algo innato, algo que no se consigue mediante entrenamiento y esfuerzo, que le hace marcar la diferencia entre los atletas “comunes” y él: el campeón. ¡Nosotros los cristianos también tenemos ese “algo”, que es Cristo mismo! Él, por su inmenso amor, engendra en nosotros un hombre nuevo capaz de ganar la carrera de la fe… ¡Por pura gracia! Así pues, lo imposible ya lo ha hecho Él posible para nosotros, nosotros sólo debemos aceptarlo y ejercitarlo, para poder decir algún día: He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe (2 Timoteo 4, 7).
Para rezar:
Señor, permite que cada
entrenamiento y cada competencia
sea la mejor que realice.
Que el coraje, el valor y
la victoria cubran cada paso realizado.
Permite, Señor, que el éxito
esté presente en todo momento
Y dadme seguridad y confianzapara luchar hasta el final.
Te pido con el corazónme des la fortaleza física y mental necesaria para triunfar;
y te pido con la razónque asimile cada ganancia o cada perdida.
Y que esto me permita aprender, madurar y crecerpara ser cada vez mejor.
Señor, hazme llegar más
alto, más lejos y ser más fuerte
Y permíteme asimilar con
humildad lo que venga.
Te pido, Señor, que estés
conmigo. 
Amén.
Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org.

martes, 13 de agosto de 2019

Padre Antonio Rivero: “¿Qué significa la Asunción de la Virgen a los cielos?” 13082019

Asunción de la Virgen © Patrizio Righero/Cathopic
Asunción De La Virgen © Patrizio Righero/Cathopic

Padre Antonio Rivero: “¿Qué significa la Asunción de la Virgen a los cielos?”

Solemnidad de la Asunción, 15 de agosto
COMENTARIO A LA LITURGIA DOMINICAL
15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen al Cielo [1]
Ciclo C
Textos: Ap 11, 19ª; 12, 1.3-6a. 10ab; 1 Co 15, 20-27; Lc 1, 39-57
Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: El misterio glorioso de la Asunción de María al Cielo es como la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación.
Síntesis del mensaje: Si María se encuentra en el Cielo con cuerpo y alma no cabe el pesimismo absoluto: la humanidad no está condenada a la corrupción. Si María ha sido asunta al Cielo, no cabe el orgullo prometeico: el hombre no es un ser autosuficiente, sino que para alcanzar su realización final depende de las manos de Dios.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, resumamos un poco la historia y el contenido del dogma de la Asunción de María al Cielo. Desde el siglo VI, a este día, 15 de agosto, se le llamaba la Dormición de la Virgen, título con que hoy se la sigue designando en Oriente junto con el de Tránsito de María. En el siglo VII fue adoptada por la Liturgia romana, por cuyo influjo se difundió posteriormente en Occidente, donde se la designó Asunción de María. La liturgia romana actual la considera como la “fiesta de su destino de plenitud y bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta glorificación con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad entera la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que Cristo ha hecho hermanos teniendo en común con ellos la carne y la sangre” (Pablo VI, Marialis Cultus, 6).  La asunción de María es un dogma definido solemnemente por Pío XII el 1 de noviembre de 1950 con la constitución apostólica Munificentissimus Deus. Ella participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo perfectamente unida con él, escuchando su palabra y poniéndola en práctica. La asunción es la epifanía de la transformación tan profunda que la semilla de la palabra divina produjo en María, en la integridad de su persona.
En segundo lugar, este misterio glorioso es la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación. En el misterio de la Anunciación, el abismo de humildad de María provocó el vértigo de Dios que descendió a su seno. En el misterio de la Asunción, Nuestra Señora se rinde a la nostalgia vertical del Dios que enamoró su juventud y que ahora la atrae a las alturas. Y así como por la Anunciación, María franqueó a Dios la entrada a este mundo haciéndose en cierto modo puerta de la tierra, así por la Asunción es llevada a la gloria como Madre nuestra, convirtiéndose de esta manera en la puerta del cielo, “ianua coeli”, según se las letanías lauretanas del santo rosario. Ella es, así, la nueva escala de Jacob por la que Dios desciende a los hombres (Anunciación), y por la que los hombres ascendemos hasta Dios (Asunción).
Finalmente, la glorificación de María asume un valor de signo escatológico para todo el pueblo de Dios que camina todavía hacia el día del Señor; signo adaptado para sostener en la seguridad la esperanza de la propia realización escatológica, como la de María, y para dar aliento a cuantos se encuentran aún en medio de peligros y de afanes luchando contra el pecado y la muerte. Por tanto, la asunción de María no es una realidad alienante para el pueblo de Dios en camino, sino un estímulo y un punto de referencia que lo compromete en la realización de su propio camino histórico hacia la perfección escatológica final.
Celebrar la asunción de María, la petición tiene que dirigirse a suplicar que cuanto se realizó -después de Cristo- en la Virgen Madre se realice también para nosotros, sus hijos. Ni pesimismo: todo acaba con nuestra muerte. Ni orgullo prometeico: yo alcanzaré mi plenitud y realización aquí en la tierra, robando a escondidas el fuego a nuestro Dios, sin necesidad de Él ni de su cielo. Así como María fue llevada en cuerpo y alma al Cielo inmediatamente después de terminar el curso de su vida aquí en la tierra, así también nosotros resucitaremos en nuestros cuerpos al final de los tiempos, cuando venga Jesucristo por última vez.
Para reflexionar: San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente: “Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el Cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios”.
Para rezar: Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre: “Ven, amada mía”, te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza. Te quiero junto a mí para consumar mi obra salvadora, ya tienes preparada tu “casa” donde voy a celebrar las Bodas del Cordero”. Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho de parte del Señor, en ti ya se ha cumplido. Madre, prepárame un lugar en el Cielo, junto a Ti.
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org
***
[1] Para este comentario, me serví de algunas ideas del padre Alfredo Sáenz en su libro “Palabra y Vida”, ciclo B,  Gladius 1993.

martes, 2 de julio de 2019

Padre Antonio Rivero: “Retrato del misionero cristiano” 02072019

Misión © Cathopic/Carlos Daniel

Padre Antonio Rivero: “Retrato del misionero cristiano”

XIV Domingo del Tiempo Ordinario
DÉCIMO CUARTO DOMINGO TIEMPO COMÚN
Ciclo C
Textos: Is 66, 10-14c; Gal 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20
P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: Retrato del misionero cristiano.
Síntesis del mensaje: Cristo en el evangelio de hoy da unas consignas concretas a esos 72 discípulos para su misión evangelizadora. Son consignas que parecen calcadas de las bienaventuranzas: humildad, espíritu de pobreza, actitud de paz, aceptación de las persecuciones. Estas mismas consignas valen para todos los misioneros de ayer, de hoy y de siempre.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar¿qué debe llevar el misionero cristiano? ¿Cuál es el kit del misionero? Lo esencial. Cristo no se conforma con los doce apóstoles. Ahora elige y envía a otros setenta y dos, de dos en dos, a prepararle el camino. Y hoy Cristo sigue llamando ahora a muchos cristianos, sucesores de esos 72 –sacerdotes, misioneros, religiosos, padres, educadores, cristianos comprometidos, testigos de Cristo en medio del mundo, laicos que participan en los varios consejos y equipos parroquiales o diocesanos. Quiere que colaboremos en la obra de la evangelización de la sociedad, pues la mies es mucha y la secularización se extiende por doquier, sembrando la cultura y globalización de la indiferencia y del descarte. ¿Qué llevar? Lo esencial. Los apóstoles no tenían Cajas de ahorro ni tarjetas de crédito para meter y sacar dinero. ¿Qué llevar, entonces? Unas rodillas para rezar y pedir al dueño de la mies que mande más obreros a su mies. Unos pies ágiles para recorrer todas las periferias de los pueblos y ciudades. Una boca para anunciar el mensaje con decisión, entusiasmo, convicción, respeto y amor, sin miedo ni cobardías. Un corazón lleno de fervor y amor por Jesús y su Reino. El resto –dinero, comida, sandalias…corre a cuenta de la Providencia divina. Cristo quiere a sus misioneros pobres, de vida sobria, mantenernos libres de intereses y posesiones y así estar más disponibles para la tarea más fundamental: anunciar su Reino. Este es el sentido de los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia de los religiosos. Los misioneros de Cristo deben sentirse peregrinos, no instalados cómodamente en posiciones conquistadas. ¿Qué llevó san Francisco Javier cuando fue a las Indias? ¿Qué llevaron los primeros misioneros que fueron a la Nueva España en las carabelas de Colón? ¿Qué llevó Francisco de Asís? ¿Qué trajeron a las tierras de Santa Cruz (Brasil) las monjas y religiosos que vinieron de España, de Italia, de Alemania, de Portugal?
En segundo lugar¿qué debe anunciar el misionero cristiano? Primero, desear la paz. Y después anunciar este mensaje: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Los conquistadores cuando llegan a un lugar no llevan la paz, sino el ansia de conquista, incluso con la espada, si es necesario. Los mensajeros del evangelio, en cambio, llevan la paz. Por eso carecen de medios violentos. La paz significa satisfacción de las aspiraciones más profundas del hombre. Cristo, gracias a su misterio pascual, nos hizo partícipes de su paz: paz con Dios, la paz de las conciencias y la paz entre las personas. Dios quiere que todos sus hijos vivan en la paz, en la alegría y en el amor. Dios está lleno de ternura y nos invita a la exultación, al gozo, pues la palabra Shalomno significa sólo ausencia de conflictos, sino también abundancia, consuelo, caricia y prosperidad (1ª lectura). Pablo desea siempre “gracia” y “paz” al inicio de sus cartas. Las dos van juntas. La “gracia” es el amor gratuito de Dios, que se nos ha dado por medio de Jesucristo y nos trae la “paz”. Primero la paz con Dios y, a continuación, la paz en nuestro interior, en nuestra conciencia, y la paz con todos los hombres, que, en cuanto hijo de Dios, tienen derecho a nuestro amor. Y el Reino que debemos anunciar es el Reino de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz, de cercanía y ternura.
Finalmente¿cómo debe reaccionar el misionero cristiano delante de los contratiempos? Es verdad que en algunas partes seremos bien recibidos: gentes que nos escucharán con agrado, que abrirán el corazón al mensaje, que nos hospedarán en sus casas, que nos ayudarán, que nos apoyarán y animarán. Muchas veces también tendremos éxitos y triunfaremos de los poderes del mal. Pero también habrá lobos: materialismo sin alma, indiferencia, relativismo, hedonismo cúltico al cuerpo, secularismo sin espíritu, agnosticismo, ateísmo sin Dios. Puertas que se nos cierran. Habrá días que sentiremos el desaliento, el cansancio, el hastío. Gente que nos criticará. Cultura e idiomas nuevos y tan distintos a los nuestros. Fracasos. Cristo nos marcará con sus estigmas, como hizo a Pablo de Tarso (2ª lectura), a san padre Pio de Pietrelcina y a san Francisco de Asís. Cristo no nos promete que siempre seremos acogidos y que nos va a resultar fácil nuestro testimonio de vida cristiana. ¿Qué hacer? Tanto a unos como a otros tenemos que anunciarles ese mensaje: “de todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios”. Y siempre con mansedumbre y misericordia, no con violencia. Si nos rechazan, no tendríamos que intentar tomarnos la justicia por nuestra mano, condenando a derecha y a izquierda, como querían hacer esos apóstoles pidiendo caer del cielo fuego y castigo sobre los que no les recibieron (domingo pasado). Sembrar, sembrar, sembrar. El resto, que lo haga el Espíritu Santo.
Para reflexionar: ¿Estoy preparado para ser misionero de Cristo? ¿Qué llevo en la talega de mi corazón: oro y plata, o el amor a Cristo y el ansia de extender su Reino por todas partes? ¿Me desanimo rápido ante las dificultades de la evangelización? ¿O, al contrario, me crezco y confío en la fuerza del Espíritu Santo, como los primeros apóstoles, que predicaban con osadía y valentía?
Para rezar: recemos esta oración de los Claretianos:
Haz, Señor, que los Misioneros
Hijos del Inmaculado Corazón de María
seamos hombres que ardamos en caridad
y que abrasemos por donde pasemos.
Que deseemos eficazmente y procuremos por todos los medios posibles
encender a todo el mundo en el fuego del divino amor.
Que nada ni nadie nos arredre.
Que sepamos gozarnos en las privaciones,
abordar los trabajos, abrazar los sacrificios,
complacernos en las calumnias que nos levanten,
alegrarnos en los tormentos y dolores que suframos
y gloriarnos en la cruz de Jesucristo.
Que no pensemos sino en cómo seguir
e imitar más de cerca a Jesucristo
en orar, trabajar y sufrir
y procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios
y la salvación de las almas.
Amén
Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org