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martes, 19 de febrero de 2019

Los planes de Dios (Meditación para hoy) 18022019

Los planes de Dios
Nos cuesta descubrir que la vida, con sus sorpresas, rompe nuestros planes


Por: Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 



Nos gusta vivir con libertad, escoger nuestros pasatiempos, ir con quienes amamos y disfrutar del sol en el verano y de la nieve en el invierno.

Nos cuesta someternos a otros, o descubrir que la vida, con sus sorpresas, rompe nuestros planes.

Un accidente, la enfermedad de un familiar, un despido en el trabajo, nos impiden el vuelo y, tal vez, nos dejan una sensación de frustración, de fracaso, al no poder realizar nuestros sueños.

Las sorpresas de la vida son muchas. A veces parece que hay más sorpresas que "normalidades". Otras veces, las cosas siguen su curso de siempre. Nos hacemos la ilusión de que todo está bajo control y, de repente, lo inesperado salta, y quedamos llenos de angustia, tal vez paralizados, sin saber qué hacer.

Si miramos a fondo, detrás de los imprevistos se escribe una historia que no siempre comprendemos.

Un despido puede convertirse en la ocasión para encontrar un trabajo mejor. Una calumnia nos hace recordar que tal vez nosotros hemos dañado a otros con nuestras palabras. Una reprensión abre los ojos a nuestros defectos y nos permite valorar las cosas con menos egoísmo y con más sencillez.

No siempre es fácil descubrir lo bueno que se esconde en las aventuras de la vida. Lo negro destaca sobre el folio, pero lo blanco domina en muchas superficies.

El mal hace noticia, pero el bien escribe la historia. El dolor nos angustia y nos desconcierta, pero muchos pueden descubrir a Dios en la cama de un hospital.

La traición nos llena de amargura, pero por encima de ella hay quien nos ama y confía en nosotros, a pesar de todo.

Es difícil ponerse en manos de Dios si queremos llevar la vida según nuestros proyectos, como si todo dependiese de nosotros. Es muy fácil, en cambio, confiar en Él si descubrimos que nos ama.

Dios tiene planes que nosotros no podemos comprender. Algún día, cuando se deshaga nuestra tienda mortal, comprenderemos.

Ahora caminamos con la lámpara de la fe. Con ella se iluminan las tinieblas y se suavizan los dolores. Y cada amanecer nos recuerda el cariño de un Dios que viste a las flores silvestres y hace cantar a los jilgueros.


 

jueves, 27 de diciembre de 2018

Juan, ejemplo de relación con Dios (Meditación para hoy)

Juan, ejemplo de relación con Dios
San Juan, de carácter apasionado, como nosotros hombres de este siglo del progreso, de las prisas.


Por: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net 



San Juan, el hijo del Zebedeo, de carácter apasionado, puede ser para nosotros hombres de este siglo del progreso, de las prisas, de los valores contantes y sonantes, un ejemplo de relación con Dios.

“Él, recostándose sobre el pecho de Jesús.....” Es sólo una frase tal vez. Lo hizo para preguntarle a Cristo quién es el traidor a sugerencia de Pedro. Pero indudablemente indica una familiaridad enorme entre Cristo y él. Esta escena habla de intimidad, de relación cordial, de confianza, de cercanía, de amor. Se da dentro de un contexto difícil, que es la traición de Judas. Sin embargo, encontramos a dos corazones que se comprenden, que vibran por lo mismo, que en ese momento sufren juntos. Es comprensible un corazón tan sensible en un temperamento apasionado como el de Juan?

“Es el Señor” . Estamos en el lago de Tiberíades. Un personaje se dirige al grupo de apóstoles y discípulos que se han pasado la noche pescando, sin lograr nada. Ninguno lo reconoce, hasta que Juan dice: “Es el Señor”. No se trató de una mera intuición. Más bien, se trata del amor que facilita a quien ama descubrir al Amado apenas por nada. ¡Qué fácil es cuando se ama a Dios encontrar a Dios en tantas cosas de la vida: un paisaje, una nevada, un acontecimiento, los ojos de un niño! ¡Qué complicado, en cambio, cuando la falta de amor oscurece la razón y todo se hace problema! No veo a Dios, no siento a Dios, no toco a Dios, dicen muchos.

“No cabe temor en el amor” . Partiendo del santo temor de Dios, la relación con Dios no puede estar basada únicamente en el temor. El amor expulsa el temor, y la relación con Dios debe estar permanentemente regida por esta realidad. Aun cuando Juan, al igual que los demás discípulos, contemplaban a Cristo y se asombraban ante sus milagros y hechos, lo que habitualmente gobernaba la relación mutua era la confianza y la cercanía. Cristo era para ellos el rostro humano de Dios, la certeza de un Dios que les amaba, la seguridad de un Dios que quería estar cerca de ellos.

En mi escala de valores existenciales, vitales, reales Dios debe ocupar afectiva y efectivamente el primer lugar. No basta creer en Dios ni acudir a Él en los momentos difíciles de la vida. En el día a día, en la toma de decisiones, en los planes a corto, mediano y largo plazo, Dios debe estar presente comprometiendo mi libertad, mi tiempo, mi inteligencia, mi ser entero. Y todo ello, partiendo de una conciencia sobre la necesidad perentoria de Dios en orden a construir la vida, el futuro, la felicidad. Hasta que no me convenza de que sin Dios mi proyecto de vida es imposible, no podré entregarme a Él como causa primera de todo lo que yo anhelo, persigo, quiero y busco en lo más profundo de mi propio corazón.


Mi relación personal con ese Dios debe abandonar los cotas frías y lejanas del raciocinio, de la sospecha, de una falsa madurez, para adquirir los tonos cálidos y cercanos de la confianza, del corazón, del gozo. Tengo que llegar a experimentar a Dios como Padre y Amigo. El hombre tiene que hacerse como niño para entrar en el Reino de los Cielos, para relacionarse con Dios en la humildad y en la sencillez, y para gustar y sentir las cosas de Dios. La oración tiene que dejar de ser árida, seca, distante para ser una relación de corazón a corazón. Sólo de esa forma la vida espiritual se impregnará de cordialidad. Cuando se llegue a sentir el gusto por las cosas de Dios, entonces realmente Dios habrá llegado a ser Alguien para nosotros.

También en mi día a día las cosas de Dios tienen que ir tomando su sitio y su lugar. No me puede fallar la oración diaria, la vida sacramental, la presencia de Dios, el sentido de Dios en las cosas que realizo. Dios debe bajar a mi vida y encarnarse en lo cotidiano: en el trabajo hecho por Él, en la vida de oración en familia, en el recuerdo de Dios en los misterios de gozo y de dolor de mi existencia. Dios debe obligarme a organizar mi tiempo a mediano y largo plazo para que nunca me falle el alimento espiritual por improvisación o descuido. Dios debe motivar mi voluntad en las decisiones difíciles y complicadas, y ser mi fuerza en los momentos de tentación. En fin, Dios debe serlo todo para mí. Entonces seré como "árbol plantado a la vera del agua, que junto a la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto" (Jer 17, 8).

En la vida hay pocas verdades esenciales, pero sin duda una de ellas es la afirmación sin discusión posible sobre la prioridad de Dios en mi quehacer cotidiano. Dios quiso ser parte esencial de mi felicidad y no renuncia a ello por nada. Siempre que la humanidad colectivamente ha pasado por una época de alejamiento de Dios, de abandono de la fe, de rechazo de los valores del espíritu, automáticamente ha caído en una serie de aberraciones que resultan denigrantes. Basta para ello recordar esa descripción tan dura del mundo sin Dios que nos relata S. Pablo en la carta a los Romanos (1, 18-28). En cambio, las épocas de fe siempre han traído consigo la paz, el sosiego, el gozo.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Juan, ejemplo de relación con Dios (Meditación para hoy) 27122017

Juan, ejemplo de relación con Dios
Dios y Personajes Biblia

San Juan, de carácter apasionado, como nosotros hombres de este siglo del progreso, de las prisas.


Por: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net 



San Juan, el hijo del Zebedeo, de carácter apasionado, puede ser para nosotros hombres de este siglo del progreso, de las prisas, de los valores contantes y sonantes, un ejemplo de relación con Dios.

“Él, recostándose sobre el pecho de Jesús.....” Es sólo una frase tal vez. Lo hizo para preguntarle a Cristo quién es el traidor a sugerencia de Pedro. Pero indudablemente indica una familiaridad enorme entre Cristo y él. Esta escena habla de intimidad, de relación cordial, de confianza, de cercanía, de amor. Se da dentro de un contexto difícil, que es la traición de Judas. Sin embargo, encontramos a dos corazones que se comprenden, que vibran por lo mismo, que en ese momento sufren juntos. Es comprensible un corazón tan sensible en un temperamento apasionado como el de Juan?

“Es el Señor” . Estamos en el lago de Tiberíades. Un personaje se dirige al grupo de apóstoles y discípulos que se han pasado la noche pescando, sin lograr nada. Ninguno lo reconoce, hasta que Juan dice: “Es el Señor”. No se trató de una mera intuición. Más bien, se trata del amor que facilita a quien ama descubrir al Amado apenas por nada. ¡Qué fácil es cuando se ama a Dios encontrar a Dios en tantas cosas de la vida: un paisaje, una nevada, un acontecimiento, los ojos de un niño! ¡Qué complicado, en cambio, cuando la falta de amor oscurece la razón y todo se hace problema! No veo a Dios, no siento a Dios, no toco a Dios, dicen muchos.

“No cabe temor en el amor” . Partiendo del santo temor de Dios, la relación con Dios no puede estar basada únicamente en el temor. El amor expulsa el temor, y la relación con Dios debe estar permanentemente regida por esta realidad. Aun cuando Juan, al igual que los demás discípulos, contemplaban a Cristo y se asombraban ante sus milagros y hechos, lo que habitualmente gobernaba la relación mutua era la confianza y la cercanía. Cristo era para ellos el rostro humano de Dios, la certeza de un Dios que les amaba, la seguridad de un Dios que quería estar cerca de ellos.

En mi escala de valores existenciales, vitales, reales Dios debe ocupar afectiva y efectivamente el primer lugar. No basta creer en Dios ni acudir a Él en los momentos difíciles de la vida. En el día a día, en la toma de decisiones, en los planes a corto, mediano y largo plazo, Dios debe estar presente comprometiendo mi libertad, mi tiempo, mi inteligencia, mi ser entero. Y todo ello, partiendo de una conciencia sobre la necesidad perentoria de Dios en orden a construir la vida, el futuro, la felicidad. Hasta que no me convenza de que sin Dios mi proyecto de vida es imposible, no podré entregarme a Él como causa primera de todo lo que yo anhelo, persigo, quiero y busco en lo más profundo de mi propio corazón.


Mi relación personal con ese Dios debe abandonar los cotas frías y lejanas del raciocinio, de la sospecha, de una falsa madurez, para adquirir los tonos cálidos y cercanos de la confianza, del corazón, del gozo. Tengo que llegar a experimentar a Dios como Padre y Amigo. El hombre tiene que hacerse como niño para entrar en el Reino de los Cielos, para relacionarse con Dios en la humildad y en la sencillez, y para gustar y sentir las cosas de Dios. La oración tiene que dejar de ser árida, seca, distante para ser una relación de corazón a corazón. Sólo de esa forma la vida espiritual se impregnará de cordialidad. Cuando se llegue a sentir el gusto por las cosas de Dios, entonces realmente Dios habrá llegado a ser Alguien para nosotros.

También en mi día a día las cosas de Dios tienen que ir tomando su sitio y su lugar. No me puede fallar la oración diaria, la vida sacramental, la presencia de Dios, el sentido de Dios en las cosas que realizo. Dios debe bajar a mi vida y encarnarse en lo cotidiano: en el trabajo hecho por Él, en la vida de oración en familia, en el recuerdo de Dios en los misterios de gozo y de dolor de mi existencia. Dios debe obligarme a organizar mi tiempo a mediano y largo plazo para que nunca me falle el alimento espiritual por improvisación o descuido. Dios debe motivar mi voluntad en las decisiones difíciles y complicadas, y ser mi fuerza en los momentos de tentación. En fin, Dios debe serlo todo para mí. Entonces seré como "árbol plantado a la vera del agua, que junto a la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto" (Jer 17, 8).

En la vida hay pocas verdades esenciales, pero sin duda una de ellas es la afirmación sin discusión posible sobre la prioridad de Dios en mi quehacer cotidiano. Dios quiso ser parte esencial de mi felicidad y no renuncia a ello por nada. Siempre que la humanidad colectivamente ha pasado por una época de alejamiento de Dios, de abandono de la fe, de rechazo de los valores del espíritu, automáticamente ha caído en una serie de aberraciones que resultan denigrantes. Basta para ello recordar esa descripción tan dura del mundo sin Dios que nos relata S. Pablo en la carta a los Romanos (1, 18-28). En cambio, las épocas de fe siempre han traído consigo la paz, el sosiego, el gozo.


sábado, 28 de octubre de 2017

Judas y Simón, hombres que cambiaron sus valores (Meditación para hoy) 28102017

Judas y Simón, hombres que cambiaron sus valores
Dios y Personajes Biblia

Hombres que cambiaron sus valores políticos y religiosos por una vida de humildad y perdón, al lado de Cristo.


Por: P Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net 



Vamos a contemplar en estos dos Apóstoles ese cambio profundo de vida. Son para nosotros los hombres que cambiaron sus valores políticos religiosos por una vida al lado de Cristo basada en la humildad, en la mansedumbre y en el perdón.

Pertenecían según podemos saber al grupo de los celotes, un grupo de judíos convencidos de su fe y de sus tradiciones, pero que combatían al opresor romano y esperaban un Mesías que los liberara de aquella opresión. Cristo les sale al paso, sin importarle su militancia y sus convicciones, y les invita a seguirle. Ello va a suponer un cambio de mentalidad, una conversión interior, un abandono de algo muy metido en sus corazones. Así se convertirán con el tiempo en hombres que lucharán por liberar al hombre de otras esclavitudes distintas a las políticas: la esclavitud del pecado, la esclavitud de las pasiones, la esclavitud, sobre todo, del propio yo. En este contexto vamos a contemplar el cambio que lógicamente se tuvo que realizar en ellos.


Del odio al amor.

Sabemos que todo judío odiaba a los romanos. Aquello sólo era símbolo de una realidad que se repite en el corazón del hombre: el rencor, el odio, la acepción de personas. Al ser llamados por Cristo Judas y Simón empiezan a comprender que el Maestro centra su mensaje en el amor, en el perdón, en el olvido de las ofensas. Sin duda, en su interior tuvo que darse una revolución profunda, difícil, sangrante. Pero poco a poco empezó a entrar en ellos la comprensión de una nueva visión del hombre, no como enemigo, sino como hermano, hijo del mismo Padre, que ama a todos y hace salir el sol sobre buenos y malos. Así el odio, el rencor, la venganza fueron desapareciendo y en su lugar se situaron la paz, la oración por los enemigos, el amor.


De la ira a la mansedumbre.

Los celotas emprendían campañas de acoso violentas contra los romanos, aunque casi siempre llevaron las de perder. Les movía en rencor, y el rencor engendra ira y violencia. Desde el principio Judas y Simón empezaron a escuchar del Maestro palabras de mansedumbre: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra (Mt 5,4). ¡Qué difícil debió ser para ellos abandonar el camino de la ira para acercarse a los hombres con bondad, con respeto, con comprensión! Sin embargo, estamos seguros de que pronto comprendieron que aquel camino lograba mejores frutos en la relación entre los hombres. No les pedía Cristo que destruyeran su forma de ser, sino que emplearan para el bien aquella fuerza interior que un día usaron mal, porque la pusieron al servicio de sus pasiones.


Del Dios de la venganza al Dios del amor.

También Judas y Simón tuvieron que entrar por medio de Cristo, Dios hecho hombre, a la comprensión de un Dios distinto, un Dios que es Padre bondadoso, amable, bueno. Esta conversión debió ser dura para hombres que tenían una clara conciencia de ser parte del pueblo elegido y que precisamente rechazaban a los romanos porque éstos intentaban arrebatarles su fe, sus costumbres, sus tradiciones. Es curioso, pero Dios nos pide que amemos incluso a quienes le odian a Él, a quienes le persiguen en su Iglesia, a quienes parecen enemigos irreconciliables de la fe. Más aún, nos asegura que con el amor convenceremos al mundo de la autenticidad de nuestra fe.


A la luz del Evangelio de Cristo y del ejemplo de estos dos Apóstoles, nosotros, hombres de hoy, tenemos que revisar nuestra vida y decidir qué cambios debemos realizar para ser cristianos de veras. ¿Qué nos puede pedir Dios tomando como punto de referencia los valores de la humildad, de la pobreza y de la abnegación? Sin duda, podrían ser muchísimas cosas e, incluso, cada uno tendrá necesidades distintas. Sin embargo, vamos a repasar algunas de las exigencias contenidas en estos valores para nosotros, hombres, padres de familia, esposos, profesionales, miembros de la Iglesia.

 
1. Dios nos pide en primer lugar un cambio de mentalidad. Con frecuencia nuestra mente, nuestra inteligencia, nuestra razón están prisioneras de lo material, de lo cotidiano, de lo intrascendente, de lo inmediato. Parecemos ciudadanos de una tierra sin horizontes y sin futuro. Nos parecemos a aquel hombre rico que, tras una buena cosecha, se construye unos grandes graneros y se invita a sí mismo a vivir bien (Lc 12, 16-21). ¡Cómo necesitamos levantar nuestra mirada a la eternidad, dar prioridad a lo espiritual, apreciar más las realidades importantes de la vida como la fe, la familia, la amistad! No nos resulta fácil esta liberación, porque además vivimos en una sociedad que sólo nos habla de bienestar, de comodidad, de éxito, de eficacia. Sin embargo, con los días y con los años vamos saboreando el sabor amargo de una vida que se encierra sobre sí misma sin horizontes y sin futuro.

Tenemos que decidirnos, pues, por dar prioridad al espíritu y a sus cosas sobre la materia, poniendo a Dios como centro de nuestro vida, y no a nosotros como centro de Dios. Tenemos que optar por la oración, por los sacramentos, por las practicas religiosas en lugar de dejarlas relegadas por culpa de nuestras ocupaciones. Tenemos que ser hombres de vida interior más que de acción. Tenemos que defender más la familia que el trabajo. Tenemos que cuidar más la paz interior que las cuentas bancarias.

2. Dios nos pide en segundo lugar un cambio de corazón. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36, 26). El corazón de piedra es ese corazón endurecido por el racionalismo, el orgullo, la autosuficiencia, la vanidad, el sentido de superioridad. Y el corazón de carne es ese otro corazón humilde, anclado en la fe, sencillo, sin complicaciones, cordial. Es muy necesario para nosotros los hombres abandonar esa falsa madurez que nos conduce frecuentemente a actitudes marcadas por el individualismo, la seguridad, la fuerza, pero que encierran tal vez posturas egoístas, cobardías inconfesables, miedo a la verdad. Tenemos que hacernos como niños. Tenemos que aceptarnos como limitados. Tenemos que aprender a equivocarnos sin rubores. Tenemos que decidirnos a pedir ayuda a los demás y a recibir de los demás con paz sugerencias, correcciones. Tenemos, en definitiva, que dejar los hábitos del hombre viejo para asumir los del hombre nuevo, creado a imagen de Cristo.

 
3. Dios nos pide en tercer lugar un cambio de actitudes. Con frecuencia nuestra vida responde a un esquema que difícilmente alteramos con los años. Nos convencemos de unas prioridades que casi sacralizamos; nos instalamos en unas costumbres que no dejamos por ningún motivo; nos hacemos dueños de unos prejuicios que nadie nos hará cambiar; nos aficionamos a un estilo de vida que no nos complique nuestra relación con el entorno; nos ponemos unos límites para no dar más de nosotros mismos; nos diferenciamos de todos para poder vivir a gusto con nuestra mediocridad. Hay que cambiar en todos estos campos, tras los cuales se puede ocultar desde la pereza hasta la presunción, desde la mentira hasta la avaricia, desde la cobardía hasta la falsa prudencia.

Por el contrario, tenemos que abrirnos al cambio, abandonar prejuicios, convencernos de nuestras mentiras, romper con nuestros hábitos egoístas, abrir las puertas a una vida más marcada por los sentimientos y la afectividad. Y evidentemente todo ello para ser personas equilibradas, ricas interiormente, abiertas a la felicidad, pues Dios nos quiere así.


Preguntas o comentarios al autor   P. Juan Ferrán LC

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Te invitamos a rezar la Novena por los Fieles Difuntos durante los nueve días anteriores a la fiesta que celebraremos el 2 de noviembre.

martes, 3 de octubre de 2017

La Paciencia de Dios (Meditación para hoy) 03102017

La Paciencia de Dios
Dios y Personajes Biblia

El Señor sigue marcando, día a día, el número de nuestro corazón. ¿Lo haremos seguir esperando?


Por: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org 



Hace pocos escribí: Demos gracias a Dios por Su infinita Paciencia y Misericordia. Luego de hacerlo me invadió una conmoción interior: ¿tenía derecho a colocar la Paciencia de Dios al mismo nivel que Su Misericordia? ¿Y que hay del Amor? ¿Acaso no está el Amor de Dios por encima de Su Paciencia? ¿O no será quizás que la Paciencia Divina es nada más que una parte del Amor y Misericordia de Dios? ¿Es la Paciencia algo distinto, importante, en el Corazón de Jesús? Me consoló el pensamiento de que Dios tiene que ser muy paciente para perdonar y aceptar todo el olvido y traiciones a los que el hombre somete a Su Sagrado Corazón. También me tranquilizó el pensamiento de que, sin dudas, Jesús hace un extensivo uso de Su Paciencia particularmente en estos tiempos, y por ello debemos agradecerle. Allí quedó mi frase, publicada como había sido escrita.

Al día siguiente, una persona me comentó que en un Cenáculo de oración se dijo: “La paciencia es la virtud de los santos”. Una conmoción se produjo en mi interior, al advertir que nuevamente la Paciencia Divina convocaba mi atención. Feliz de haber encontrado un punto de unión en el que Jesús claramente me abrazaba, me uní al ruego de tener al menos un poco de la paciencia de los santos, reflejo de la Paciencia de Dios.

Sin embargo, hoy me invadió una nueva conmoción interior: con alegría retomé la lectura de un hermoso libro sobre la vida del Hermano de Asís, Francisco. Mi señalador me llevó al punto en que me encontraba, momento en que el Pobre Hermano recibía los estigmas del Crucificado en el Monte Alvernia. Retomando la lectura, a las pocas páginas me encuentro con un título que dice: La Paciencia de Dios. Mi corazón dio un salto, ansioso por devorar el texto y comprender que es lo que allí se decía sobre este tema que en pocos días invadía mi entendimiento.

Debilitado por la sangre derramada, por las llagas de pies, manos y costado, Francisco se desbarrancaba hacia los brazos del Amor, su cuerpo muriendo, su alma floreciendo. Vivía envuelto en el dolor y el amor, a tal punto que ambas cosas eran un único nudo en su alma, el dolor y el amor del Crucificado lo habían tomado por completo.

Acurrucado en una gruta del camino de regreso hacia la Porciúncula, Francisco dijo entonces a su compañero fray León:

Respóndeme, hermano, ¿cual es el atributo más hermoso de Dios? El amor, respondió fray León. No lo es, dijo Francisco. La Sabiduría, respondió León. No lo es. Escribe, hermano León:

La perla más rara y preciosa de la Corona de Dios es la Paciencia. Oh, cuando pienso en la Paciencia de mi Dios, me vienen unas ganas locas de estallar en lágrimas y que todo el mundo me vea llorando a mares porque no hay manera mas elocuente de celebrar ese inapreciable atributo. ¡Oh la Paciencia de Dios! Hermano León, ésta mil veces bendita palabra escríbela siempre con letras bien grandes. Cuando pienso en la Paciencia de Dios me siento enloquecer de felicidad. Siento ganas de morir de pura felicidad. Francisco repitió entonces muchas veces, como extasiado, Paciencia de Dios, Paciencia de Dios, hasta que el hermano León se contagió y comenzó a repetirla con Francisco.

¿Qué más puedo decir yo de la Paciencia de Dios, que no hubiera dicho el hermano Francisco de Asís? Solo deseo invitarlos a meditar sobre lo inmenso que es el Amor de Dios, reflejado cada día en todo lo que tenemos, en los santos que se derramaron y se siguen derramando sobre el mundo, en los milagros cotidianos, en el misterio de Dios actuando en esta tierra a diario. ¿Y como respondemos nosotros?

Aquí yace el signo de la Paciencia Divina, que sigue insistiendo pese a la falta de respuesta. Es como un teléfono que llama y llama, sin que nosotros nos dignemos a responder. El Señor sigue marcando, día a día, el número de nuestro corazón, el de cada uno de nosotros. ¿Lo haremos seguir esperando?


 

Preguntas o comentarios al autor    Oscar Schmidt

lunes, 3 de julio de 2017

Dios no se resigna a perder a Tomás...a nadie (Meditación para hoy) 03072017

Dios no se resigna a perder a Tomás...a nadie
Dios y Personajes Biblia

Vamos a contemplar la figura de Santo Tomás a la luz de ese amor de Dios, hoy que celebramos su fiesta. 


Por: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net 



El Apóstol llamado Tomás en los Evangelios (Mt 10, 3; Mc 3,18, Lc 6,15) es apodado "Dídimo" que significa "gemelo" (Jn 11,16). Entra casi en el Evangelio de una forma silenciosa. Sus primeras palabras afirman en una ocasión su deseo de morir con Jesús (Jn 11, 16).

Posteriormente se manifiesta con un estilo racionalista ante las palabras de Jesús, asombrándose de cómo se puede conocer un camino, no sabiendo a dónde se va (Jn 14,4). Finalmente conocemos su incredulidad ante el hecho de la Resurrección ( Jn 20, 24-29) y su presencia en la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades (Jn 2, 1-14).

Tras la Ascensión lo contemplamos en Jerusalén con los demás apóstoles. La tradición le asigna como actividad misionera Persia y la India. La ciudad hindú de Calamina, donde se supone que murió, no ha sido identificada. Santo Tomás murió mártir Sus restos fueron traslados a Edesa.

Vamos a contemplar la figura de Sto. Tomás a la luz de ese amor de Dios que siempre persigue al hombre para que se salve y llegue al conocimiento de la verdad. Es una de las formas más bellas de ver la misericordia divina.

Dios siempre persigue al hombre cuando éste se sale del camino del amor y de la verdad que él le ofrece. La misericordia no es tanto una actitud pasiva de Dios, siempre dispuesto a perdonar, cuanto una acción de Dios positiva consistente en buscar la oveja perdida una y otra vez. El Evangelio está lleno de imágenes bellísimas de este estilo de Dios. Desde el buen Pastor que abandona el rebaño a buen recaudo para ir a buscar a la oveja perdida, hasta ese Cristo que providencialmente se hace presente siempre allí donde alguien le necesita, la realidad es que Dios persigue al hombre una y otra vez ofreciéndole su Corazón abierto para que vuelva.

La misericordia divina, -un atributo precioso de Dios-, se convierte así en esa larga persecución de Dios al hombre a lo largo de toda la vida por medio de innumerables gracias que respetan indudablemente la libertad del hombre. No se resigna a perder a nadie. Dios no abandona a nadie, a no ser que alguien le abandone a él.
Desde el momento en que Dios crea a cualquier ser humano, esa persona se convierte en objeto inmediato del amor de Dios. A partir de ahí Dios se hace garante de un compromiso destinado a lograr, respetando la libertad humana, la salvación del hombre. Jamás desiste Dios de este compromiso, suceda lo que suceda y pase lo que pase. Es tal el amor de Dios hacia el hombre que, aun rechazado, olvidado, abandonado, blasfemado, Dios sigue llamando a las puertas del corazón una y otra vez, hasta el último momento de la vida. Este comportamiento divino se encierra en una palabra: "alianza". Dios ha hecho una alianza de amor con el hombre que él siempre respetará.

Desgraciadamente el hombre con frecuencia toma a broma este amor de Dios. Cree que la misericordia divina consiste en burlarse del amor de Dios que siempre terminará perdonando, incluso sin que medie la petición de perdón. Así muchos seres humanos juegan inconscientemente a lo largo de la vida con la misericordia divina, olvidándose de aquellas palabras de S. Pablo: "Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación". En esta actitud se da un equívoco de fondo. Nada tiene que ver la Misericordia infinita de Dios con la certeza de que el hombre va a estar dispuesto a pedir perdón un día. La Misericordia divina siempre estará asegurada; no así la petición de perdón del hombre. La Misericordia divina necesita la actitud humilde del hombre que reconoce su mentira, su equivocación, su deslealtad al amor de Dios.

A pesar de los pecados cometidos, una y otra vez, nunca hay motivo o razón para dudar de la Misericordia divina. El amor de Dios es más grande que nuestros pecados, por terribles que fueran. Ahí tenemos a Pedro, a Zaqueo, a la mujer adúltera, a tantas personas pecadoras con quienes Cristo se encontró. Nunca encontraron en él el reproche amargo, el rechazo cruel, la crítica amarga. Al revés, todos los pecadores, que reconocieron su pecado, encontraron en Cristo el perdón, el aliento, el ánimo, la esperanza que tanto les ayudó a encontrar el camino de la paz y del bien. No deja de tener un significado muy consolador esa imagen del Crucificado, en la que Cristo, clavado en la Cruz, tiene los brazos abiertos para siempre, convirtiéndose así en la imagen de ese Dios que siempre espera, que siempre acoge, que siempre abraza.

domingo, 21 de mayo de 2017

Si Dios me concediese ver mi alma... (Meditación para hoy) 21052017

Si Dios me concediese ver mi alma...
Dios y Personajes Biblia

En toda su pobreza y en toda su riqueza, descubriría que está envuelta por un Amor inmenso, misericordioso, magnífico.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 



Si Dios me concediese ver mi alma tal cual es, quizá sentiría una pena profunda al descubrirla tan llena de egoísmo, de maldad, de pecados. Quizá me dominaría un sentimiento de terror ante tanta oscuridad, tanta miseria, tantas cobardías.

Pero si Dios me concediera ver mi alma plenamente, en toda su pobreza y en toda su riqueza, descubriría también que está envuelta por un Amor inmenso, misericordioso, magnífico. Vería con claridad que Dios me ama.

Me ama, porque me ha creado. Me ama, porque me ha redimido. Me ama, porque conoce que soy débil. Me ama, porque quiere sacarme del pecado. Me ama, porque me ha enseñado el camino del Reino. Me ama entrañablemente, con amor de Padre, y por eso me pide que también yo empiece a amar a mis hermanos.

Debe ser una gracia maravillosa: descubrir que Dios, Amor, está más dentro que lo íntimo de mi alma, y que está por encima de lo más alto de mis pensamientos. Lo decía san Agustín, y podemos experimentarlo cada uno si podemos ver, desde la luz del Espíritu Santo, nuestra propia alma.

Si Dios me concediese ver mi alma tal cual es, le pediría simplemente que me ayudase a fijarme más en su mirada que en mis miserias. Y que me concediese también la gracia de poder susurrar, los días que me queden de vida, a tantos corazones que están a mi lado que también ellos tienen en los cielos un Padre misericordioso que los busca, que los espera, que los ama.

Su mirada sostiene mis pasos. Su amor explica mi vida. Su verdad me enseña el camino. Su misericordia perdona mis pecados. Su justicia me pide acabar con el egoísmo. Su paciencia salva muchas almas y me pide un poco de paciencia y comprensión para ese familiar, ese amigo, esa persona que me ha hecho tanto daño...

Si Dios me concediese ver mi alma...


 









 

miércoles, 25 de enero de 2017

Dios, como a Pablo, te invita a la conversión (Meditación para hoy) 25012017

Dios, como a Pablo, te invita a la conversión
Dios y Personajes Biblia

Convertirse significa, para cada uno de nosotros, creer que Jesús se ha entregado a sí mismo por mí.


Por: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net 



Hoy, 25 de enero, se hace memoria de la "Conversión de san Pablo" (...) En el caso de Pablo, algunos prefieren no utilizar el término conversión, porque -dicen- él ya era creyente, es más hebreo ferviente y por ello no pasó de la no-fe a la fe, de los ídolos a Dios, ni tuvo que abandonar la fe hebrea para adherirse a Cristo. En realidad, la experiencia del Apóstol puede ser el modelo de toda auténtica conversión cristiana.

La de Pablo maduró en el encuentro con el Cristo resucitado; fue este encuentro el que le cambió radicalmente la existencia. En el camino de Damasco sucedió para él lo que Jesús pude en el Evangelio de hoy: Saulo se convirtió porque, gracias a la luz divina, “creyó en el Evangelio”. En esto consiste su conversión y la nuestra: en creer en Jesús muerto y resucitado y en abrirse a la iluminación de su gracia divina.

En aquel momento, Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho que Jesús había muerto también por él -el perseguidor- y que estaba, y está, resucitado. Esta verdad, que gracias al Bautismo ilumina la existencia de cada cristiano, alumbra completamente nuestro modo de vivir.

Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús “se ha entregado a sí mismo por mí”, muriendo en la cruz (cfr Gal 2,20) y, resucitado, vive conmigo y en mí. Confiándome al poder de su perdón, dejándome tomar la mano por Él, puedo salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y te toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor.

Queridos amigos, la invitación a la conversión, valorada por el testimonio de san Pablo, resuena hoy (...) El Apóstol nos indica la actitud espiritual adecuada para poder progresar en el camino de la comunión. “Ciertamente no he llegado a la meta -escribe a los Filipenses -, no he llegado a la perfección; pero me esfuerzo en correr para alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Fil 3,12).

Ciertamente, nosotros los cristianos no hemos conseguido llegar aún a la meta de la unidad plena, pero si nos dejamos continuamente convertir por el Señor Jesús, llegaremos seguramente.

La Virgen María, Madre de la Iglesia una y santa, nos obtenga el don de una conversión verdadera, para que cuanto antes se realice el anhelo de Cristo: "Ut unum sint".




Fragmento de las palabras de SS Benedicto XVI durante el Ángelus, en la Fiesta de la Conversión de San Pablo 25 enero 2009

lunes, 9 de enero de 2017

Pedro, la alegría en el seguimiento de Cristo Meditación para hoy) 09012017

Pedro, la alegría en el seguimiento de Cristo
Dios y Personajes Biblia

Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, discípulo de Cristo, quien le cambia el nombre por el de Pedro


Por: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net 




Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, es invitado por este último a conocer a Cristo según nos cuenta el Evangelio, quien a su vez le cambia el nombre por el de Pedro (Jn 1,40-42). La vocación de Pedro se hace definitiva después de la pesca milagrosa (Lc 5,1-11). Pedro se convierte enseguida en un Apóstol preferido por Cristo, a quien va a acompañar en momentos muy especiales de su vida: cuando resucita a la hija de Jairo (Mc 5,37-43); cuando asiste atónito a la Transfiguración del Señor (Mt 17,1-8); cuando acompaña a Cristo en Getsemaní (Mt 26,36-41). Pero además vive momentos muy especiales: cuando Cristo cura a su suegra (Mc 1,29-31); cuando camina sobre las olas (Mt 14,28-31); cuando se resiste a dejarse lavar los pies (Jn 13,5-11). En otras muchas escenas vemos a Pedro dejarse llevar por su carácter apasionado: cuando se opone ante el anuncio de la pasión (Mt 16,21-23); cuando pide una recompensa para los Apóstoles (Mt 19,27-29); cuando ante la huida de mucha gente en el anuncio de la Eucaristía se niega a abandonar a Cristo (Jn 6,67-69); cuando corta la oreja a Malco (Jn 18,10-11); cuando se sorprende ante el anuncio de sus negaciones (Lc 22,31-34). Pero hay momentos muy especiales en la vida de Pedro: cuando proclama la divinidad de Cristo y recibe la promesa del Primado (Mt 16,16-19); cuando se le aparece Jesús Resucitado (Lc 24,34); cuando le ratifica en su primado tras la pesca milagrosa (Jn 21,1-17); cuando Cristo le anuncia su martirio (Jn 21,18-23). Tras la Ascensión de Cristo vemos a Pedro junto a los demás Apóstoles en Jerusalén (He 1,13); propone nombrar un sustituto de Judas (He 1,15-22); toma la palabra tras la venida del Espíritu Santo (He 2,14-41) logrando muchas conversiones; sana a un cojo (He 3,1-26); es encarcelado (He 3,1-26); resucita a Tabita (He 9,36-43); vuelve a ser encarcelado y es liberado por un Ángel (He 12,3-19); participa en el Concilio de Jerusalén (He 15,7-11). Según la tradición, tras diversas predicaciones por varios lugares, Pedro es crucificado en Roma el año 64 en la persecución de Nerón, con la cabeza para abajo como crucificaban los romanos a los esclavos, en las colinas Vaticanas.

De Pedro podríamos contemplar muchas cosas, pues en enormemente rico su testimonio en el seguimiento de Cristo, pero vamos a quedarnos con esa alegría joven, apasionada, intensa en la vivencia de su fe en Cristo, cualidad tan importante en la vivencia de la propia fe, característica de todo aquel que cree en la Resurrección del Señor.


1. Entre los múltiples rasgos del ser cristiano brilla con fuerza propia ése que es la alegría en la vivencia de la propia fe. Y no, porque la fe no cueste o porque amar a Dios sea fácil, sino por otros motivos más profundos. Sin duda, el misterio de la Resurrección del Señor se ha convertido para nosotros los creyentes en el argumento más iluminador y radiante de nuestra esperanza cristiana. A partir de la Resurrección de nuestra Cabeza, que es Cristo, todos los miembros de su cuerpo nos sentimos profundamente identificados con ese plan de Dios que se hace presente en este valle de lágrimas, pero que definitivamente se amplia a una eternidad feliz, dichosa, pacífica junto a Dios. Por ello, nosotros los que creemos en Cristo, vivimos est vida con rostro de eternidad, que es el verdadero rostro de la alegría.

Sin la fe en la Resurrección de Cristo, que es también nuestra propia resurrección, la vivencia cristiana no sólo sería imposible, sino más aún absurda plenamente. San Pablo nos recuerda que si Cristo no ha resucitado nuestra fe es vana; por tanto comamos y bebamos que mañana moriremos. Es, pues, incomprensible una vida cristiana que no esté sostenida por la esperanza de la otra vida junto a Dios. Indudablemente en la vida de muchos hermanos nuestros esta fe es débil, preocupante, floja, y ello se traduce por desgracia en una vida sin esperanza, mediocre, desconfiada. Por el contrario, (qué distinta es la vida del que ha hecho del misterio de la Resurrección el alimento que nutre diariamente su vida espiritual, sobre todo, en esos momentos tan difíciles de la existencia que son sus misterios de dolor!

No se exagera, por ello, cuando se dice que el cristianismo es la religión de la alegría. Ahora bien, es importante recordar que la alegría cristiana no es euforia, es decir, una alegría construida desde el exterior, forjada a base de sucesos agradables. Sino interior, es decir, forjada en el alma desde la fe en Dios, desde la esperanza del cielo, desde la certeza del valor salvífico de los pequeños actos realizados en esta vida, desde la verdad de una vida que no tendrá fin. No se puede imaginar, pues, a un cristiano que no tenga rostro de resucitado. Sería terrible para el futuro de la fe cristiana la vida del creyente en Cristo que inspirara desconfianza, tristeza, cansancio, aburrimiento. Estas actitudes alejarían a muchas personas de la fe.

Ahora bien, todo ello no implica que la vida terrena no sea dura y difícil: ahí está la historia de tantos mártires que han dado su vida por Cristo; ahí está el testimonio de tantas personas que reconocen que el seguimiento de Cristo tras su cruz resulta a veces terrible; ahí está esa experiencia de dolor y cruz precisamente por querer vivir con autenticidad la propia fe. Lo que pasa es que a todo ello se une la realidad de que todo tiene sentido y todo tiene un porqué: Dios, el cielo, la eternidad, el amor de los demás, la propia supervivencia, fruto todo ello del misterio de los misterios que es nuestra propia Resurrección. En la primitiva predicación cristiana la Resurrección constituía el argumento por excelencia, porque era verdaderamente la novedad del cristianismo frente a otras religiones o modos de concebir al hombre. Le queremos dar las gracias a Dios por este invento que nos hace comprender la vida de otra manera y no sentirnos como animales destinados a perecer.



2. La figura de S. Pedro es muy rica en cuanto a lecciones de vida cristiana, tal como nos relatan los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles o las mismas cartas escritas por el Apóstol. Sin embargo, vamos a escoger entre tantas enseñanzas y lecciones el estilo propio del Apóstol en el seguimiento de Cristo, caracterizado por el entusiasmo, la alegría, la generosidad, la entrega. A Pedro todo le cautivaba. Tal vez a ese seguimiento de Cristo le faltó en algún momento realismo o valentía, y por ello se sucedieron escenas trágicas como la de las negaciones. Pero por encima de ellas Pedro nos enseña la alegría en el seguimiento de Cristo, alegría que se hizo sólida, fuerte, decidida tras la experiencia de la Resurrección.

ASeñor, )a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna@ (Jn 6, 68). Pedro responde así a la pregunta de Cristo: A)También vosotros queréis marcharos?@ (Jn 6,67). Esta pregunta de Cristo surge en el contexto de aquella promesa de la Eucaristía, ante la cual muchos se escandalizan y abandonan a Cristo. Llama la atención por una parte el entusiasmo de Pedro por Cristo, pues no concibe Pedro una vida sin Cristo; pero llama más la atención la profundidad del porqué de Pedro, quien en esta primera confesión afirma que sólo Cristo puede llenar el corazón en esta vida y en la eternidad. No se trata de una confesión del misterio de la Resurrección, pero sí de una inspiración del Espíritu Santo que pone en labios de Pedro una hermosa verdad: nadie, excepto tú, puede llenar nuestro corazón ahora y siempre. En esta vida tal vez hay realidades o personas que pueden asegurarnos una cierta dicha, pero nadie lo puede afirmar de cara a la eternidad.

ATú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo@ (Mt 16, 16). Ante la pregunta de Cristo a los apóstoles sobre quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre, es Pedro otra vez quien con estas palabras hace una segunda confesión sobre la divinidad de Cristo, inspirado por el Espíritu Santo. Detrás de estas palabras se esconde una verdad maravillosa: Pedro ve en Cristo la realización de la promesa del Padre de amor al hombre y de salvación del género humano. Cristo lo es todo para Pedro, pero no sólo Cristo como persona humana, sino sobre todo Cristo como Dios. De hecho de que le valdría a él estar en esta vida con Cristo si no pudiera tras la muerte compartir una felicidad plena con Él. Al asomarse al misterio de Cristo Dios, Pedro proclama la fe en el más allá. Dios es tan grande que sólo él puede llenar la eternidad. A partir de ahí la vida humana se convierte en un caminar hacia el cielo, es decir, hacia Dios.



AMaestro, bueno es estarnos aquí. Podríamos hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías@ (Lc 9, 33). La experiencia de Cristo Dios ha llegado a su plenitud para Pedro en la escena de la transfiguración. Ha tocado el cielo y quiere quedarse ahí para siempre. Atrás han quedado para él aquellos años de pescador, aquella familia que él había querido fundar, aquella rutina de la vida diaria. Todo aquello era hermoso, pero al lado de esto era poco. De repente Pedro se ha encontrado con el cielo, -la posesión eterna de Cristo-, y ya no le interesa nada más que eso. Ha sido indudablemente un don de Dios esta experiencia, pero de alguna manera ella es también para nosotros un reclamo a saber levantar los ojos por encima de lo cotidiano con sus luchas y victorias, con sus lágrimas y risas, con sus angustias y momentos de paz, hacia Dios que nos garantiza ser todo para nosotros en esta vida por la gracia santificante y en la otra por la posesión plena de su amor.


3. Los cristianos de hoy y de siempre necesitamos mirar más al cielo, viendo en Cristo, el Hijo de Dios, la realización de la promesa del Padre de una eternidad feliz a su lado. Desgraciadamente los avatares de la vida, las prisas del día a día, el materialismo reinante nos impiden con frecuencia esta meditación serena, alegre, rica sobre el cielo. Incluso a veces parecemos seres más comprometidos con las cosas de aquí abajo que con la eternidad. Ello nos ha hecho perder, y más de alguno nos ha acusado de ello, esa cara de resucitados que corresponde a quienes tienen la mayor certeza posible en esta vida: la posesión eterna de Dios por toda la eternidad. Vamos a extraer de estas realidades algunas líneas de comportamiento para nuestra vida diaria.

El rostro de la alegría. La vida humana es un valle de lágrimas y ello nadie lo puede negar por más que se uno de afane en evitarlo. La consecuencia de esta realidad sería un rostro triste, lánguido, apesadumbrado, es decir, una vida sin esperanza y sin horizonte. Sin embargo, el cristianismo pide a sus fieles un rostro de resucitados, un rostro alegre, un corazón sereno, un alma en paz. Evidentemente todo ello tiene que ser interior por encima de todo y consecuencia de algo que de sentido a este caminar por la vida. La respuesta está en la fe en el cielo, es decir, en una vida junto a Dios para siempre que compensa con hartura las lágrimas y las luchas de esta vida terrena. Por lo mismo, tendríamos que vivir en este mundo con el corazón en el cielo; tendríamos que enfrentar cada día de esfuerzo y trabajo con la certeza de un Dios que nos colma en esta vida y nos colmará plenamente en la otra; tendríamos que ser más cada vez hombres de la eternidad. La fe no soluciona un dolor de muelas, pero da fuerza para soportarlo, ofrecerlo y convertirlo en meritorio. Nos pertenece el rostro de la alegría y tenemos que defenderlo a capa y espada.



Libertad y amor. La sola idea de la Resurrección coloca al cristiano ante un reto ineludible: vivir su amor a Dios con verdadera libertad. Aunque Dios sea quien llame, a Dios se le escoge. Hace falta cristianos libres en nuestro mundo, es decir, personas que han escogido a Dios, convencidos de que Dios es lo mejor, porque tristemente hay que decir que muchos cristianos no viven con libertad verdadera su fe. Mas bien, se sienten como oprimidos, limitados, presionados. Ello no puede menos que inducir a un cristianismo mediocre y sin ilusión. Hoy el mundo necesita el testimonio de cristianos convencidos, libres, generosos. De la libertad auténtica brota el amor, es decir, el entusiasmo por Dios, por Cristo, por María, por la Iglesia. Dios no obliga a nadie a amarlo, porque él quiere ser amado libremente, él quiere contar con hijos, él quiere compartir la eternidad con quienes libremente lo deseen. El cielo es la patria de la verdadera libertad, donde todos los salvados reflejarán en sus rostros la libertad auténtica. (Cuánto bien haría al cristianismo el que los cristianos vivieran su fe con libertad de espíritu!

Apostolado. El verdadero apostolado es llevar a los demás la noticia de Cristo Resucitado, dado que en él se concentran todas las esperanzas humanas. Hay a nuestro lado seres humanos que no sólo sufren las consecuencias del mal sea físico o moral, sino que además, y es lo peor, sufren sin esperanza, es decir, sin encontrar sentido a su vida. Por ello se impone el ser apóstoles de la alegría verdadera, combatiendo el mal y el dolor con la esperanza del cielo y de la posesión eterna de Dios. Ningún padre puede regalarle a su hijo nada mejor que su preocupación por acercarle al cielo; ningún amigo puede darle a otro amigo mejor don que el ayudarle a descubrir el sentido de la vida; ningún ser humano puede llevar a cabo obra tan noble como la de acercar a otro ser humano a la comprensión de Dios y de su amor. La sociedad necesita hoy que los cristianos se conviertan en apóstoles de la alegría verdadera, y esa alegría sólo se puede encontrar en la certeza de que vamos a resucitar junto con Cristo nuestra Cabeza.


Conclusión: Con Pedro cerramos la lista de estos hombres, llamados por Cristo a seguirle. Y el mismo Padre se nos convierte en guía en la peregrinación hacia la casa del Padre. Los cristianos, por gracia de Dios, somos los más afortunados en este camino por la esperanza en la posesión eterna de Dios, esperanza que se ha hecho posible en la Resurrección de Cristo. Agradezcamos a Cristo el haber resucitado y el habernos llenado de confianza y alegría en este caminar a lo largo de esta vida, llena de todo, pero especialmente de cruz y de lucha.

domingo, 13 de noviembre de 2016

La paciencia de Dios (Meditación para hoy) 13112016

La paciencia de Dios
Dios y Personajes Biblia

El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 



Buscar el poder es una tentación que continuamente asecha al ser humano. Tener fuerza, tener dinero, recibir aplausos. Luego, cuando todo está en nuestras manos, cuando las voluntades han sido sometidas (ilusionadas, engañadas, asustadas), llega la hora de iniciar la utopía, de construir el mundo perfecto.

Y ese “mundo perfecto” inicia precisamente con lágrimas, con dolor, con la opresión del enemigo, con las críticas malévolas, con ese clima de miedo que reina en los sistemas totalitarios (del pasado y del presente).

El fracaso de las utopías humanas nos hace desconfiados. Querríamos, entonces, que Dios actuase, que impusiese entre los hombres la justicia. Desearíamos que enviase desde el cielo un rayo de fuerza, que acabase con los criminales, los terroristas, los explotadores, los pedófilos, los violadores, los que controlan el mundo mientras se mantienen indiferentes ante el hambre de millones de niños, ante el drama del aborto, ante la opresión de los justos y los pobres.

Dios, en cambio, responde con su Hijo. Sin violencia, sin truenos, sin acabar con el malvado. Jesús predica un mensaje de paz, de perdón, de esperanza. Cuando llega la hora de la lucha suprema, se muestra débil, manso, humilde, como un cordero. Ante los que no comprenden al Padre viene criticado como un blasfemo. Lo atan como a un malhechor, lo condenan a la muerte que se aplica a los criminales. Jesús calla, y el Padre detiene legiones de ángeles que contemplan horrorizados la muerte del Justo y la victoria, aparente, del maligno.

Pero la redención no viene del poder, sino del amor y de la paciencia redentora de Dios. Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en la homilía de inicio de Pontificado, el 24 de abril de 2005:

“No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

Estamos en el tiempo de la paciencia de Dios. Como cristianos podemos imitar su bondad, vivir en la confianza, aprender el arte difícil de la espera. Espera que significa renuncia a la venganza y perdón para con el enemigo.

No cambiaremos al mundo a base de golpes de violencia. La hora de la paciencia, la hora de la mansedumbre, es el único camino que nos acerca, de veras, a la construcción de un mundo nuevo. Un mundo en el que las lanzas se convertirán en azadas, los hombres ya no vivirán para el dinero, y el mensaje de Cristo llenará los corazones de esperanza y de mucho, mucho amor...



 






 

domingo, 30 de octubre de 2016

El amor y la misericordia harán el milagro en ti y en mi (Meditación para hoy) 30102016

El amor y la misericordia harán el milagro en ti y en mi
Dios y Personajes Biblia

El Señor, que dio a Zaqueo la oportunidad de cambiar, nos da a nosotros, a ti y a mí, otra oportunidad.


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 



Un día, Nuestro Señor, acompañado de una gran muchedumbre, atravesaba la ciudad de Jericó. Había allí un hombre llamado Zaqueo -jefe de publicanos y rico -, que hacía por ver a Jesús, pero por ser pequeño, no podía. Corriendo adelante, subió a un sicomoro para verlo, pues había de pasar por allí. Cuando llegó a aquel sitio, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy me hospedaré en tu casa”. Él bajó a toda prisa y lo recibió con alegría. Viéndolo, todos murmuraban porque Cristo había entrado a casa de un pecador.

Zaqueo, en pie, dijo al Señor: “Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y, si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo cuatro veces”. Díjole Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham; pues el Hijo del Hombre ha venido a salvar y a buscar lo que estaba perdido”.

Todos le miran mal, murmuran, le insultan: es el malo, el ladrón. Cristo, al contrario, no maldice, no escupe; conoce mejor que nadie la maldad, nadie se lo tiene que decir; pero también conoce las vetas sanas.

¡Cuántas veces la gente mala da lecciones de bondad impresionantes a los que se consideran buenos! Cristo acertó con ese pequeño hombre al mirarlo de otra forma.

El amor y la misericordia hicieron el milagro, y harán el milagro contigo y conmigo. Conoce que hay en ti fallos incluso grandes, perezas, egoísmos, sentimentalismo, etc.; pero conoce las partes sanas, y con ellas se queda. Por eso insiste, espera lo mejor, sabe que se puede, que tú puedes.

Si Cristo te sigue buscando es muy buena señal. Lo contrario significaría que ya no le importas. Por eso, déjate invitar, déjate querer por el Maestro.

“Zaqueo, baja pronto”. Vemos que Cristo toma la iniciativa: el más interesado en tu felicidad es Él. ¿No has sentido los pasos de Cristo en los patios, los jardines de tu casa? Cristo te ha hablado en tantos lugares y te ha trasmitido mensajes personalísimos. Él ha estado hablándote durante toda la vida.
El hombre bajó a toda prisa y lo recibió con alegría. El malo de Zaqueo aquí se portó a la altura, se sacó un diez: a toda prisa, no pensó más, no dejó que la falsa prudencia le aconsejara mal: es que no tengo preparada la comida; me agarró en curva; otro día mejor; mira, no lo había previsto. A toda prisa...

¡Bien por ese hombre, y bien por todos los Zaqueos y Zaqueas que lo invitan con alegría! Yo me pregunto si puedo recibir en casa, con cara triste, con amargura, con indiferencia, a este gran Huésped... Y, no es el “mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder, mañana”, sino, ahora le abrimos.

Todos murmuraban ¡Cuidado con erigirse en jueces de los demás! Es la pantomima del fariseo del templo: “Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”... Cuando veas a alguien faltando, robando, siendo infiel, no juzgues.

Recuerda lo que decía San Agustín: “No soy adúltero, porque faltó la ocasión”... “Yo podría ser él o ella si no fuera por la misericordia de Dios.”

Se atreven ahora a criticar a Cristo aquellas gentes. Antes mordían a Zaqueo, lo despedazaban con la lengua de víbora, ahora muerden al mismo Cristo. Quien se atreve a murmurar de sus hermanos, un día murmurará de su Padre.

La salida de Zaqueo a la tribuna libre: “Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y, si a alguno he robado, le devolveré cuatro veces más...” No era un santo ni de comunión diaria, no iba al templo, pero un gesto de simpatía de Cristo le robó el corazón: “Mira, Zaqueo, todos te odian, todos te critican; yo te quiero, por eso deseo comer hoy en tu casa. ¿Me aceptas?” Dejémonos impresionar y robar el corazón por ese mismo Cristo que ha tenido y tiene tantos detalles con nosotros.

Yo me quedo con Zaqueo, el malo, como Cristo, y con Dimas, a quien hoy llamamos el buen ladrón, con María Magdalena la mala, que hoy es santa María Magdalena.

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, le dijo a aquel hombre, “este es también hijo de Abraham”. También ha llegado la salvación a tu casa, pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Si en tu ayer encuentras algo de Zaqueo o de María Magdalena, no te preocupes, vuelve a empezar.

El Señor, que dio a Zaqueo la oportunidad de cambiar, nos da a nosotros, a ti y a mí, otra oportunidad.


Cualquier día es bueno para frenar en seco el mal comportamiento y comenzar una nueva vida. Zaqueo cambió radicalmente un día cualquiera en que Cristo se cruzó en su camino.