De ese judío convertido al catolicismo autor de la Segunda Sinfonía de Mahler | |||||||||||
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Es una de las grandes sinfonías del s. XIX. Gustav Mahler, su autor, empieza a componerla en 1888, cuando apenas tiene 28 años, joven edad para un compositor –aunque a esa edad, Mozart ya hubiera compuesto unas 450 obras del total de las 628 que tiene catalogadas-, y le llevará nada menos que seis años terminar de construirla. Mahler era profundamente creyente. Un creyente que comparte con otro de los grandes compositores del XIX, Félix Mendelsson, -con el que sin embargo no coincide, Mendelssohn muere trece años antes de nacer Mahler-, un rasgo bien singular: el de nacer, los dos, judíos, y morir, los dos, católicos(1). Las coincidencias son tantas que Mahler se convierte donde Mendelssohn nace, es decir, en Hamburgo. De los dos compositores ha sido cuestionado, como es fácil de comprender, su cambio de fe, pues en unas coordenadas históricas en las que la condición judaica cerraba puertas, a los dos estaba llamado a reportar su conversión pingües beneficios. En el caso de Mahler, dicha conversión allanará, sin duda, su acceso a la dirección de nada menos que la Opera de Viena. Lo que no es óbice para que sus biógrafos coincidan en la autenticidad y lealtad de la misma, de la que existen múltiples testimonios, como el que otorga su propia esposa, la célebre Alma Mahler, que habla de él como “Christglauber”(creyente en Cristo) y reconoce que “se sentía atraído por el misticismo católico”… y eso que la que no creía era ella. En la última correspondencia que Gustav sostiene con Alma, no falta una apasionada defensa de la figura de Cristo, inimaginable en un judío que no hubiera transitado por una conversión sincera. La Segunda Sinfonía es, en sí misma, otro testimonio de la gran fe del compositor austríaco. Mahler la dedica a la resurrección de la carne, al fin y al cabo, uno de los dogmas en los que sus dos religiones, su judaísmo natal y su catolicismo sobrevenido, discrepan poco, por no decir nada. Algo que no cabe decir, en cambio, de la pervivencia del alma, creencia que cristianos y judíos no perciben de igual manera, pues mientras para el cristianismo es una situación de vida plena con la única limitación de la ausencia de cuerpo, para el judaísmo, de existir, apenas consiste en una especie de pesado sueño mortecino. Es la diferencia existente entre lo que se da en llamar “escatología de doble ciclo”, alma inmortal + resurrección de la carne, propia del cristianismo, frente a “escatología de ciclo único”, sólo resurrección de la carne en este caso, propia del judaísmo. Quizás quepa atisbar algo de esa discrepancia en la parte de la sinfonía que comentamos en la que Mahler escribe: “Auferstehn, ja auferstehn wirst du, mein Staub, nach kurzer Ruhn'!”, “Resucita, si, resucitarás, polvo mío, tras breve descanso”. Y es que la conversión de Mahler al cristianismo se culmina en 1897, es decir, tres años después de terminar la Segunda Sinfonía, que escribe, por lo tanto, desde su judaísmo natal todavía. Lo contrario, desde este punto de vista, de lo que se puede decir de su otra gran sinfonía de tema religioso, la Octava, escrita en 1906 y dedicada a la condición eterna del alma, donde las referencias cristianas son ya explícitas. Cada uno de los cinco movimientos de la Segunda Sinfonía tiene un significado literario claro, que le es dado por el propio Mahler, autor no sólo de la música, según acostumbra a acontecer entre los creadores de la más espiritual de las bellas artes, sino en este caso, también del texto. Abre el compositor con un Totenfeier o marcha fúnebre en forma de allegro maestoso en la que se atisba la pregunta: ¿Hay vida después de la muerte? Le sigue un Andante moderato (Sehr gemachlich), recuerdo de los tiempos felices de la vida que se acaba, en una atmósfera idílica. La tercera parte es un Scherzo (In ruhig fliessender Bewegung, “movimiento fluido tranquilo”) en el que el maestro expresa la parte negativa de la vida. El cuarto movimiento, titulado “Urlicht”, traducible como luz primigenia, luz original, es un lied o cántico que expresa el renacimiento de la fe y en el que, al modo en que lo hiciera por primera vez Beethoven en su Novena y última Sinfonía ochenta años antes, la música se vale del primero de sus instrumentos, la voz. Y el quinto es el “Auferstehung” o Resurrección, que comienza con un grito desgarrado: el Juicio Final ha llegado, anuncian las fanfarrias; los muertos resucitan; suenan las trompetas del Apocalipsis. A él sigue un aterrador silencio. Se escucha el canto del ruiseñor como eco último de la vida terrena, y un coro de seres celestiales anuncia la resurrección. Es curioso, algunos de Vds. lo recordarán, pero el primero que habló en España de Mahler, en los años ya remotos de la Transición, fue Alfonso Guerra, adalid de la progresía del momento. A pocos molestaría entonces la inquietud religiosa del gran compositor del XIX y principios del XX, -de hecho muere en 1911-, una religiosidad que, sin duda, resulta de peor trago para esta neoprogresía del s. XXI que, por desgracia, asume de nuevo como seña de identidad el visceral y virulento anticlericalismo que tantas y tan penosas manifestaciones ha producido en la historia de España. Y bien amigos, esto es todo por hoy. Tan sólo añadir que si les interesa conocer mejor esta maravillosa Segunda Sinfonía de Mahler, la ocasión la pintan calva, pues pasado mañana 20 de octubre, en el Auditorio Nacional de Madrid, a las 19:00 hs. la Orquesta y Coro Filarmonía dirigidas por Pascual Osa hará una sin duda maravillosa y sentida interpretación de la misma, que no deberían Vds. perderse. Entretanto, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Por aquí nos vemos. (1) Es curioso cuánta actividad e inquietud registra el sentimiento religioso de los grandes músicos (pinche aquí para conocer el caso de Wagner y Cosima Litz, aquí para conocer el de John Lennon). ©L.A. Si desea suscribirse a esta columna y recibirla en su correo cada día, o bien ponerse en contacto con su autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es. En Twitter @LuisAntequeraB | |||||||||||
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miércoles, 18 de octubre de 2017
De ese judío convertido al catolicismo autor de la Segunda Sinfonía de Mahler 18102017
jueves, 7 de abril de 2016
Mahler, el compositor, se bautizó con 37 años: es falso que lo hiciera por oportunismo, tenía fe 06042016
| Datos sobre la espiritualidad del último gran compositor clásico | |||||||||||
Mahler, el compositor, se bautizó con 37 años: es falso que lo hiciera por oportunismo, tenía fe | |||||||||||
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Sobre la fe del compositor de origen judío austriaco Gustav Mahler (1860-1911), considerado a veces como el último de los grandes músicos clásicos o el primero de los modernos, ha habido siempre un cierto debate, a menudo más basado en apariencias y suposiciones que en documentación concreta.
Se bautizó con 37 años, poco antes de ser nombrado director de la Ópera Imperial en Viena, y eso -y quizá algo de antisemitismo- bastó para que se sospechara que su catolicismo no era sincero, sino oportunismo en la muy católica corte austro-húngara. En su juventud mostró, se dice, poco interés por las cosas religiosas. Pero una aproximación más detallada a sus seres queridos y sus motivaciones al madurar muestran que no es así y evidencia que Mahler tenía una fe cristiana sincera. Publicamos a continuación un análisis del digital Portaluz.org, con materiales originales de Avvenire.it, Catholic.net y la web especializada Mahler.cz. *** La conversión del gran compositor y director de orquesta, Gustav Mahler La conversión de Gustav Mahler (1860-1911) uno de los más destacados compositores musicales y director de orquesta austríaco, ¿fue auténtica o falseada para obtener el puesto de director de la Real Ópera Imperial en la Corte de Viena? En 1897 los soberanos del Imperio –declaradamente católicos-, lo designaron para ocupar el más alto cargo de la vida musical austro húngara. Para obtener aquél cargo se debía ser cristiano católico. Pero en esto había dos asuntos que jugaban contra Mahler: suorigen judío y especialmente su conocida falta de interés por la religión. Sin embargo, el compositor pudo sortear estos obstáculos. Pocos meses antes de ser designado al cargo, cuando tenía 37 años, fue bautizado en una fastuosa ceremonia. Tal forma de bautismo -aunque estuvo precedido de una preparación catequética- y el posterior nombramiento, provocaron una controversia aún no resuelta para algunos: ¿Fue la suya una verdadera conversión? Fe manifiesta en la Creación En su biografía titulada “Mahler”, el conocido crítico musical Quirino Principe revela la vivencia íntima del compositor austríaco, asegurando que su conversión ocurrió a través del amor por la música lírica. Gustav Mahler tuvo una salud frágil desde su infancia y enfrentó a muy temprana edad la pérdida de hermanos y ambos padres. Toda su vida estaría desde entonces marcada poruna búsqueda que sus obras reflejan: dar sentido al sufrimiento humano. Sus sinfonías hablan de un profundo sentimiento religioso. Se encuentra en ellas reminiscencias judías en varios movimientos (especialmente en el final de la tercera, concebido como un gran día de Yom Kippur), pero también cristianas. Quirino Principe pone el foco en que Mahler después de diez años a la cabeza de la Ópera de Viena terminó la Octava Sinfonía (estrenada un año antes de su muerte, en 1910) en cuya primera parte inserta el Veni Creator Spiritus y en la segunda incorpora en la escena final (en el Cielo) al Fausto de Goethe… con el perdón al protagonista por mediación de la Santísima Virgen María. La ascética que mira al Purgatorio Luego, sobre una copia de su Décima Sinfonía -que comenzó en 1910 y nunca completó-, se lee de puño y letra de Mahler su intención de seguir en esa línea de composición: “III Tiempo: Purgatorio: ¡Muerte! Transfiguración. ¡Piedad! ¡Oh Dios! Oh Dios, ¿Por qué me has abandonado?". Mahler había encontrado evidentemente -según Quirino Principe-, inspiraciones musicales en el Purgatorio. Significativo es que luego cite las palabras de Cristo en la cruz, señala. Pero más allá de las referencias textuales, es real que gran parte de su obra musical está marcada por un incansable ascetismo religioso. Incluso en aquellas sinfonías en las cuales sus detractores acusan un panteísmo que sobresalta la naturaleza, sólo se puede afirmar que Mahler reconoce en lo creado la huella de Dios y que sus composiciones buscan evocar esa realidad. Era cristiano, no un oportunista Medio siglo más tarde, durante los años sesenta, en su autobiografía (traducida al italiano en 2012) su esposa Alma Marie Schindler, con quien contrajo matrimonio en 1902, testifica: "A los veinte años conocí a Gustav Mahler, mi primer marido. Era cristiano y pidió el bautismo no por un oportunismo que le permitiera convertirse en director de la Opera de la corte de Viena, como han querido hacer creer ciertos biógrafos". Gustav Mahler con su esposa Alma Un año antes de morir, en diciembre de 1910, —recuerda su mujer— Mahler daba vueltas y más vueltas a este pensamiento, que le conmovía: «Toda creación se adorna continuamente para Dios. Por lo tanto, todo el mundo tiene sólo un deber: ser en todo aspecto lo más hermoso posible a los ojos de Dios y del hombre. La fealdad es un insulto a Dios». La búsqueda de Dios es entonces el sello musical mahleriano y lo único que daba sentido a Gustav. Después de la muerte de Mahler Alma se casó con el arquitecto Walter Gropius (1883 – 1969). Luego, se casó por tercera vez con el poeta Franz Werfel (1890 – 1945). Pero hasta el fin de su vida se declaró “viuda de Gustav Mahler”. Los primeros pasos del compositor en una iglesia El filósofo Thomas Scandroglio (uccronline.it, 2011) afirma que fue en la juventud cuando Mahler se fascinó de la doctrina católica: "Siendo un hombre joven - afirma Scandroglio - nace en él una atracción especial por el catolicismo... Esto se encuentra también atestiguado en un hecho que varias biografías informan: Gustav Mahler fue miembro del coro en una iglesia católica, cuyo director le enseñó los primeros pasos en el arte del piano". "Dios estaba muy a gusto en él" El alemán Ernst Bloch, escritor y filósofo, marxista y teórico del ateísmo, amigo del compositor, afirmó sobre Gustav Mahler: "Mahler era profundamente religioso. Su fe era como la de un niño. Dios es amor y el amor es Dios. Esta idea era parte permanente de su discurso. De su parte nunca escuché una palabra blasfema. Sin embargo, no quería un intermediario entre él y Dios. Hablaba con Él cara a cara. Dios estaba muy a gusto en él. ¿¡Cómo sino podría usted describir el estado de éxtasis en el que componía!?".
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