Mostrando entradas con la etiqueta Escritores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escritores. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de junio de 2020

J.K.Rowling planta cara al fundamentalismo trans violento y explica sus 5 razones para no achantarse 11062020

Traducimos toda su argumentación contra las leyes de identidad de género: defiende a mujeres y niños

J.K.Rowling planta cara al fundamentalismo trans violento y explica sus 5 razones para no achantarse

JK Rowling, creadora de Harry Potter, critica la ideología de género porque daña a los niños, adolescentes y mujeres de verdad
JK Rowling, creadora de Harry Potter, critica la ideología de género porque daña a los niños, adolescentes y mujeres de verdad
J.K.Rowling, la autora de las novelas de Harry Potter, lleva desde diciembre soportando el acoso de activistas de ideología trans, acoso que ha aumentado esta semana al seguir ella criticando esta ideología y quejándose de los que hablan de "personas que menstrúan" evitando usar la palabra "mujeres".
En vez de agachar la cabeza ante amenazas y críticas (incluyendo las de los actores que representaron a Harry o Hermione en las películas), la popular escritora publicó este miércoles 10 de junio un detallado artículo explicando las 5 razones que le llevan a ser tenaz y firme en anunciar los daños de la ideología trans contra las personas y la sociedad.
(Hay que tener en cuenta que la autora es tremendamente rica, gana unos 83 millones de euros cada año, lo que ayuda a tener independencia y ser valiente).
En resumen, estas son las 5 causas que da la escritora:
1) Tiene una ONG que trabaja con mujeres presas y supervivientes de abusos sexuales. También financia investigación contra la esclerosis múltiple que afecta de forma distinta a hombres y mujeres). El "nuevo activismo trans", al intentar borrar la definición legal de sexo, dañará estas causas.
2) Como ex-maestra y fundadora de una ONG para niños, le interesa la educación y la seguridad de los menores: el actual movimiento trans pone en peligro ambas cosas.
3) Como autora que ha sido prohibida o censurada, defiende la libertad de expresión, "incluso para Donald Trump"
4) Le preocupa la "enorme explosión" de mujeres que ahora desean pasar a ser hombres... y las que se han arrepentido de haberlo hecho, perdiendo su fertilidad y mutilando su cuerpo en el proceso

5) Hoy puede hablar ya de su pasado como mujer que sufrió "abuso doméstico" y fue "superviviente de asalto sexual". Su hija ha crecido y le ha dado permiso para hablar de esos asuntos. Para defender a las mujeres de agresores y violadores se necesitan espacios sólo para mujeres. Las leyes de género que reconocen cambios de sexo sólo por declaración del interesado impiden proteger a los vulnerables.
jk-rowling-lumos-ong-500x300
JK Rowling y su ONG para proteger niños LUMOS
Traducimos al completo la declaración pública de la popular escritora por su interés, sin que por ello ReL esté completamente de acuerdo con todas las afirmaciones de este largo ensayo, pero sí buscando que se difunda su argumentación contra una ideología que daña a las personas reales y debilita a las sociedades.
***
J.K. Rowling escribe de sus razones para alzar la voz en temas de sexo y género
No es fácil escribir este texto, por razones que enseguida quedarán claras, pero sé que ha llegado el momento de explicarme sobre un tema rodeado de toxicidad. Lo escribo sin ningún de deseo de aumentar esa toxicidad.
Para quien no lo sepa: el pasado diciembre, tuiteé mi apoyo a Maya Forstater, una especialista en impuestos que perdió su trabajo por lo que fueron considerados como tuits “transfóbicos”. Ella llevó su caso a un tribunal laboral, pidiendo al juez examinar si una creencia filosófica en que el sexo lo determina la biología está protegida por la ley. El juez Tayler dictaminó que no lo está.
Mi interés en asuntos trans preceden al menos en dos años al caso de Maya, durante los que seguí de cerca el debate acerca del concepto de identidad de género. Me he reunido con personas trans, y he leído diversos libros, blogs y artículos de personas trans, especialistas de género, personas intersexuales, psicólogos, expertos en seguridad, trabajadores sociales y médicos, y he seguido el debate online y en los medios tradicionales.
A cierto nivel, mi interés en el asunto ha sido profesional, porque estoy escribiendo una serie de crímenes, ambientados en el presente, y mi detective femenina de ficción tiene edad para interesarse, o ser afectada, por estos asuntos. Pero, en otro nivel, mi interés es intensamente personal, como voy a explicar.
Mientras investigaba y aprendía, en mi timeline de Twitter burbujeaban acusaciones y amenazas de activistas trans. El detonante fue un “like”. Cuando empecé a interesarme en los temas transgénero y de identidad de género, empecé a colocar pantallazos que me interesaban, como una forma de recordarme lo que quería investigar más tarde. En cierta ocasión, distraída, le di a “like”, en vez de hacer un pantallazo. Ese simple “like” fue visto como una evidencia de pensar mal, y empezó un acoso persistente de nivel bajo.
Meses después, añadí a mi crimen del “like” accidental el seguir a Magdalen Burns en Twitter. Magdalen era una feminista joven y lesbiana, inmensamente valiente, que se moría por un tumor cerebral agresivo. La seguía porque quería contactar con ella directamente, y lo conseguí. Sin embargo, como Magdalen era una gran creyente en la importancia del sexo biológico, y no creía que las lesbianas debieran ser llamadas intolerantes por no salir con mujeres trans con penes, hubo quien unió los puntos en su cabeza de activistas trans en Twitter y el nivel de agresión en las redes sociales aumentó.
Lo menciono para explicar que yo sabía perfectamente bien lo que iba a pasar cuando apoyé a Maya. Debía ser mi cuarta o quinta cancelación por entonces. Esperaba las amenazas de violencia, que me dijeran que yo mato literalmente a las personas trans con mi odio, que me llamaran puta y perra y, por supuesto, que mis libros fueran quemados, aunque un hombre particularmente grosero dijo que haría compost con ellos.
Lo que no esperaba tras mi cancelación fue la avalancha de emails y cartas que recibí, la mayoría abrumadora de ellas positivas, agradecidas y dándome apoyo. Venían de gente inteligente, empática y amable, muy transversal.
Algunos de ellos trabajaban en campos relacionados con la disforia de género y las personas trans, profundamente preocupados por la forma en que un concepto socio-político influye en la política, la práctica medica y las medidas de seguridad. Les preocupa el peligro para los jóvenes, las personas gays y la erosión de los derechos de chicas y mujeres.
Ante todo, les preocupa el clima de miedo que no beneficia a nadie, y menos a los jóvenes trans.
Yo había dejado Twitter durante muchos meses antes y después de tuitear mi apoyo a Maya, porque sabía que no me hacía bien a mi salud mental. Sólo volví porque quería compartir un libro infantil gratis durante la pandemia.
Inmediatamente, activistas que sin duda creen ser buenos, amables y progresistas, se abalanzaron como un enjambre en mi timeline, arrogándose el derecho de monitorizar mis posiciones, acusarme de odio, llamarme con insultos misóginos y, por encima de todo –como cualquier mujer implicada en este debate- llamarme TERF.
Por si ustedes no lo sabían -¿por qué deberían?- ‘TERF’ es un acrónimo inventado por los activistas trans que significa “Trans-excluyente-radical-feminista”. En la práctica, una variedad enorme y transversal de mujeres son llamadas TERF y la inmensa mayoría nunca han sido feministas radicales.
bandera_trans_activismo
Bandera trans, símbolo de una ideología agresiva que llama TERF a cualquier mujer que critique sus dogmas de género y diga que el sexo real (ser hombre o mujer de verdad) es importante
Por ejemplo, llaman TERF a una madre de un niño gay que tiene miedo de que su hijo haga a transición para escapar del acoso homófobo, o una señora mayor completamente no feminista que ha prometido nunca visitar Marks & Spencer de nuevo porque permiten a cualquier hombre que dice que se identifica como mujer entrar en los vestidores femeninos.
Es irónico, porque las feministas radicales no son en realidad trans-excluyentes: ellas incluyen a los hombres trans en su feminismo, puesto que nacieron mujeres.
La acusación de TERFismo es suficiente para intimidar a muchas personas, instituciones y organizaciones que yo antes admiraba, que se acobardan ante las tácticas de este terreno de juego. “Nos llamarán transfóbicos”, “dirán que odiamos a las personas trans”.
¿Y qué más? ¿Dirán que tenéis pulgas?
Hablando como mujer biológica, muchas personas en posiciones de poder de verdad necesitan echarle cojones (lo que literalmente es posible, según la gente que dice que el pez payaso demuestra que los humanos no son una especie dimórfica).
En fin, ¿por qué hago esto, por qué alzo la voz? ¿Por qué no investigo calladita y bajo la cabeza?
Bien, tengo cinco razones para que me preocupe el nuevo activismo trans y para decidir que tenía que alzar mi voz.
En primer lugar, tengo un fondo caritativo dedicado a aliviar privaciones sociales en Escocia, con énfasis particular en las mujeres y niños. Entre otras cosas, mi fondo apoya proyectos para mujeres presas y para supervivientes de abusos sexuales y domésticos. También financio investigación médica sobre esclerosis múltiple, una enfermedad que actúa de forma muy distinta en hombres y mujeres. Hace ya tiempo que tengo claro que el nuevo activismo trans tiene (o puede tener, si se siguen todas sus exigencias) un impacto importante en muchas de las causas que apoyo, porque presiona para erosionar la definición legal de sexo y sustituirla por género.
La segunda razón es que soy una exmaestra y fundadora de una ONG de niños, por lo que me interesa tanto la educación como la protección. Como a muchos otros, me preocupa profundamente el efecto del movimiento de derechos trans en los dos ámbitos.
La tercera es que como escritora que ha sido muy prohibida, me interesa la libertad de expresión y la he defendido públicamente, incluso para Donald Trump.
La cuarta es cuando las cosas de verdad empiezan a ponerse personales. Me preocupa la enorme explosión de mujeres jóvenes que desean hacer la transición y también las cifras crecientes de los que parecen estar revertiendo la transición (volviendo a su sexo original), porque se arrepienten de haber dado pasos que en algunos casos alteraron sus cuerpos de forma irreversible y les quitaron su fertilidad. Algunos dicen que decidieron hacer la transición al darse cuenta de que tenían atracción por el mismo sexo, y hacer la transición estaba parcialmente motivado por la homofobia de la sociedad o de sus familias.
La mayoría de las personas probablemente no son conscientes –yo no lo estaba hasta que empecé a investigar el tema en serio- de que hace 10 años la mayoría de quienes querían cambiar de sexo eran varones. Esa cifra hoy es la inversa. En Reino Unido se ha dado un incremento del 4400 por ciento en chicas que son enviadas al tratamiento de transición. Las chicas autistas está enormemente sobrerrepresentadas en esas cifras.
El mismo fenómeno se ha visto en EEUU. En 2018, la investigadora y médica norteamericana Lisa Littman lo exploró. En una entrevista dijo:
“Los padres, por Internet, describían un patrón muy inusual de identificación transgénero en que múltiples amigos, e incluso grupos enteros de amigos, se identificaban con transgénero al mismo tiempo. Yo sería negligente si no considerara la influencia de los compañeros y el contagio social como factores potenciales”.
Littman mencionó Tumblr, Reddit, Instagram y YouTube como factores que contribuyen al Inicio Rápido de la Disforia de Género, donde ella cree que en el reino de la identificación transgénero “los jóvenes han creado cámaras de eco particularmente insulares”.
El importante artículo de Lisa Littman sobre la aparición repentina de disforia de género en adolescentes muestra que la misma campaña transgénero está induciendo la disforia artificialmente en sujetos que no la padecían (nota de ReL)
Su investigación despertó iras. Fue acusada de prejuicios y de difundir desinformación sobre las personas transgénero, fue sometida a un tsunami de insultos y una campaña concertada para desacreditarla a ella y a su trabajo. La revista retiró la investigación de Internet y la re-revisó antes de republicarla. Sin embargo, su carrera siguió una senda similar a la de Maya Forstater. Lisa Littman había osado cuestionar una de las afirmaciones centrales del activismo trans, que es que la identidad de género de una persona es innata, como la orientación sexual. Nadie, insistían los activistas, podría nunca ser persuadido para hacerse trans.
El argumento de muchos activistas trans hoy es que si no dejas que un adolescente con disforia de género haga la transición, se suicidará. En un artículo explicando por qué abandonó Tavistock (una clínica de género del Sistema Nacional de Salud en Inglaterra) el psiquiatra Marcus Evans declaró que las afirmaciones de que los niños se suicidarán si no se les permite la transición no siguen “en sustancia ningún dato ni estudio sobre este tema. Ni encajan con los casos que he encontrado durante décadas como psicoterapeuta”.
Los escritos de hombres jóvenes trans revelan un grupo de personas notablemente sensibles y listas. Cuanto más leo sus historias de disforia de género, con sus penetrantes descripciones de ansiedad, disociación, desórdenes alimenticios, autolesiones y autoodio, más me pregunto si yo también habría intentado esa transición de haber nacido 30 años más tarde. La seducción de poder escapar de la feminidad habría sido gigantesca.
Yo sufrí de un desorden obsesivo compulsivo grave de adolescente. Si hubiera encontrado una comunidad online que simpatizara conmigo, la simpatía que no encontraba en mi entorno inmediato, creo que podría haberme persuadido para convertirme en el hijo varón que mi padre abiertamente dijo que él hubiera preferido.
Cuando leo sobre la teoría de identidad de género recuedo cómo me sentía mentalmente sin sexo en mi juventud. Recuerdo la descripción de Colette que habla de sí misma como una “hermafrodita mental” y las palabras de Simone de Beauvoir: “es perfectamente natural que la futura mujer se sienta indignada por las limitaciones que se le imponen por su sexo. La verdadera cuestión no es por qué debería rechazarlas; el problema es entender por qué las acepta”.
Como en los años 80 no tenía la posibilidad real de hacerme hombre, tuvo que ser mediante libros y música como atravesé mis problemas de salud mental y y el escrutinio y juicio sexualizado que pone a tantas chicas en guerra contra su cuerpo en su adolescencia. Por suerte para mí, encontré mi propio sentido de otredad y mi ambivalencia respecto a ser mujer, reflejada en el trabajo de escritoras y músicas que me confirmaron que pese a lo que todo un mundo sexista intenta arrojar contra los cuerpos femeninos, está bien no sentirse rosa, con volantes y cumplidora en tu propia cabeza; no pasa nada por sentirse confundida, oscura, tanto en lo sexual como lo no sexual, insegura respecto a lo que eres.
Quiero ser clara: sé que la transición será una solución para algunas personas con disforia de género, aunque también soy consciente de que una amplia investigación muestra que entre el 60 y el 90 por ciento de los adolescentes con disforia la abandonan al crecer.
Una y otra vez se me ha dicho: “simplemente, ¡reúnete con personas trans!” Lo he hecho. Además de unas pocas personas jóvenes, todos adorables, conozco una autodenominada mujer transexual que es mayor que yo y es maravillosa. Aunque es sincera sobre su pasado como hombre gay, siempre me ha costado pensar en ella como algo que no fuera una mujer y creo (y ciertamente espero) que sea completamente feliz de haber hecho la transición. Siendo mayor, sin embargo, se sometió a un proceso largo y riguroso de evaluación, psicoterapia y transformación por etapas. La actual explosión de activismo trans exige que se quiten todos esos sistemas que antes se requerían a los candidatos al cambio de sexo.
Un hombre que no pretende ninguna cirugía y que no toma hormonas puede hoy conseguir su Certificado de Reconocimiento de Género y ser una mujer según la ley. Mucha gente no sabe esto.
Vivimos en la época más misógina que he conocido. Allá en los 80, me imaginaba que mis hijas futuras, si tenía, estarían mejor que yo. Pero entre el rebote contra el feminismo y la cultura online saturada de porno, creo que las cosas se han puesto peor para las chicas. Nunca he visto a las mujeres tan denigradas y deshumanizadas como lo son hoy.
Desde el líder del mundo libre, que tiene una larga historia de acusaciones de asaltos sexuales, y que presume de “agarrarlas por el conejo”, al movimiento ‘incel’ (“involuntariamente célibes”) que se enfada con las mujeres que no les dan sexo, a los activistas trans que declaran que las TERF deben ser golpeadas y reeducadas, hombres de todo el espectro político parecen estar de acuerdo: las mujeres buscan problemas. En todas partes, a las mujeres les dicen que se callen y se sienten o ya verán…
He leído argumentaciones sobre que la feminidad no reside en el cuerpo sexuado, y afirmaciones de que las mujeres biológicas no tienen experiencias comunes, y las encuentro profundamente misóginas y regresivas.
Queda también claro que uno de los objetivos de negar la importancia del sexo es erosionar lo que algunos ven como la idea cruelmente segregacionista de que las mujeres tienen sus propias realidades biológicas o, igual de amenazador, realidades unificadoras que hacen de ellas una clase política cohesionada. Los cientos de emails que he recibido estos últimos días muestran que esta erosión preocupa a muchos. No les basta con que las mujeres sean aliadas de los trans. Las mujeres han de aceptar y admitir que no hay diferencia entre las mujeres trans y ellas.
Pero como muchas mujeres dijeron antes que yo, “mujer” no es un traje. “Mujer” no es una idea en la cabeza nde un hombre. “Mujer” no es un cerebro rosa, un aprecio por Jimmy Choos ni cualquier otra idea sexista que ahora se presenta como progresista. Más aún, el lenguaje ‘inclusivo’ que llama a las personas femeninas ‘menstruantes’ y ‘personas con vulva’ muchas mujeres lo ven, impactadas, como algo deshumanizador y depreciativo. Entiendo que los activistas trans consideren que este lenguaje es apropiado y amable, pero para aquellas de nosotras que hemos sufrido escupitajos degradantes por parte de hombres violentos, no es neutral, es hostil y alienante.
Lo que me lleva a la quinta razón por la que estoy gravemente preocupada por las consecuencias del actual activismo trans.
Llevo ya 20 años bajo la mirada pública y nunca he hablado en público de ser una víctima de abuso doméstico y superviviente de asalto sexual. No es porque me avergonzara que eso me sucediera, sino porque es algo traumático de recordar y revisitar. También quería proteger a mi hija de mi primer matrimonio. No quería reclamar ser la única poseedora de una historia que también le pertenece a ella. Sin embargo, hace poco le pregunté qué sentiría ella si hablara en público sobre esa parte de mi vida y me animó a hacerlo.
Menciono estas cosas ahora no en un intento de ganar simpatías, sino por solidaridad con la gran cantidad de mujeres que tienen historias como la mía, que han sido insultadas como intolerantes por haber expresado inquietud respecto a los espacios unisex.
Conseguí escapar de mi primer matrimonio, violento, con cierta dificultad, pero ahora estoy casada con un hombre realmente bueno y con principios, a salvo y segura de formas que en un millón de años no podría haber esperado. Sin embargo, las cicatrices dejadas por la violencia y el asalto sexual no desaparecen, no importa cuánto te amen, no importa cuanto dinero hayas conseguido. Ya es un chiste en mi familia que me sobresalte siempre –incluso yo sé que es gracioso- pero rezo para que mis hijas nunca tengan las mismas razones que yo para odiar los ruidos súbitos o al ver personas detrás de mí cuando no las escuchas acercarse.
Si pudierais entrar en mi cabeza y entender lo que siento cuando leo sobre una mujer trans que muere en manos de un hombre violento, encontraríais solidaridad y cercanía. Tengo una experiencia visceral sobre el terror que esas mujeres trans habrán sufrido en sus últimos instantes en la tierra, porque yo también he conocido momentos de miedo ciego cuando me di cuenta de que lo único que me mantenía viva era el trémulo autocontrol de mi atacante.
Creo que la mayoría de las personas que se identifican como trans no sólo suponen una amenaza cero a los demás, sino que son vulnerables por todas las razones que he señalado. Las personas trans necesitan y merecen protección. Como las mujeres, tienen más posibilidades de ser asesiandos por sus parejas sexuales. Las mujeres trans que trabajan en la industria sexual, especialmente las de color, están en un riesgo particular. Como todos los otros supervivientes de abusos domésticos y de asalto sexual que conozco, no siento sino empatía y solidaridad con las mujeres trans que han sido abusadas por hombres.
Así que quiero que las mujeres trans estén a salvo. Al mismo tiempo, no quiero que las chicas y mujeres natales estén menos a salvo. Cuando abres las puertas de los lavabos y vestuarios a cualquier hombre que cree o siente que es una mujer –y, como he dicho, los certificados de confirmación de género ahora se pueden otorgar sin necesidad de hormonas o cirugía- entonces abres la puerta a cualquier hombre que quiera entrar. Esa es la simple verdad.
El sábado por la mañana leí que el gobierno escocés continúa sus controvertidos planes de reconocimiento de género, que en efecto significan que todo lo que un hombre necesita para ‘convertirse en mujer’ es decir que él lo es. Por usar una palabra muy moderna, eso me activó.
Machacada por los incansables ataques de activistas trans en redes sociales, donde sólo estaba para responder a los niños que mostraban dibujos de mi libro en la cuarentena, pasé buena parte del sábado en un lugar muy oscuro de mi mente, mientras los recuerdos del grave ataque sexual que sufrí de veinteañera se repetían en bucle.
Ese ataque sucedió en un tiempo y lugar en que yo era vulnerable y un hombre aprovechó la oportunidad. No podía acallar esos recuerdos y me resultaba difícil contener mi rabia y decepción por la forma en que creo que mi gobierno juguetea con la seguridad de mujeres y niñas.
Más tarde en esa noche de sábado, repasando dibujos de niños antes de irme a la cama, olvidé la primera regla de Twitter (nunca, nunca esperes una conversación matizada) y reaccioné a lo que sentí que era lenguaje degradante para las mujeres. Hablé claro sobre la importancia del sexo… y desde entonces he estado pagando el precio. Era transfóbica, una puta, una zorra, una TERF, merecía que me cancelasen, me pegasen y la muerte. Eres Voldemort, dijo una persona, sin duda pensando que era el único lenguaje que yo entendería.
Sería fácil tuitear los hashtags aprobados –porque, por supuesto, los derechos humanos son derechos humanos y por supuesto las vidas trans importan- tomar la galletita del despertar y deleitarse en un resplandor que señale que somos virtuosos. Hay gozo, alivio y seguridad en la conformidad. Como Simone de Beauvoir escribió “sin duda es más confortable aguantar el ciego encadenamiento que trabajar por la liberación; los muertos, también, están más adaptados a la tierra que los vivos”.
Gran cantidad de mujeres están aterrorizadas –es comprensible- por activistas trans. Lo sé porque muchas han contactado conmigo para contarme sus historias. Tienen miedo del doxxing [que se hagan públicos sus datos en Internet para ser escarnecidas, nota de ReL], de perder sus empleos o sus fuentes de ingresos, o de la violencia.
Pero aunque esta insistente campaña contra mí ha sido desagradable sin fin, me niego a inclinarme ante un movimiento que creo que está haciendo un daño demostrable al buscar erosionar ‘mujer’ como clase política y biológica y ofrecer cobertura a depredadores como pocos antes.
Sigo al lado de hombres y mujeres valientes, gays, hetero o trans, que defienden la libertad de expresión y pensamiento, y y a favor de los derechos de algunos de los más frágiles en nuestra sociedad: chicos jóvenes gays, adolescentes frágiles y mujeres que confían en los espacios sólo para mujeres y quieren que se mantengan. Las estadísticas muestran que esas mujeres son una inmensa mayoría y excluyen sólo a las privilegiadas o afortunadas que nunca se han encontrado con violencia masculina o asalto sexual, y que nunca se han molestado en aprender cuán frecuente es.
Lo que me da esperanza es que las mujeres que pueden protestar y organizarse lo están haciendo y tienen algunos hombres realmente decentes, y personas trans, a su lado.
Los partidos políticos buscan halagar a las voces que más gritan en este debate y están ignorando la preocupación de las mujeres en peligro.
En Reino Unido, las mujeres se unen unas a otras cruzando las líneas de los partidos, preocupadas por la erosión de sus derechos duramente conseguidos y por la extensa intimidación.
Ninguna de las mujeres que critican el género con las que he hablado odian a las personas transexuales, al contrario. Muchas de ellas se interesaron en este asunto precisamente preocupadas por jóvenes trans, y tienen empatía hacia los adultos trans que simplemente quieren vivir sus vidas, pero que sufren presión por un tipo de activismo que no apoyan. Lo más irónico es que el intento de acallar a las mujeres con la palabra TERF puede llevar a más mujeres al feminismo radical de lo que el movimiento ha visto en décadas.
Lo último que quiero decir es esto. No he escrito este ensayo con la esperanza de que nadie saque el violín por mí, ni siquiera uno chiquitito. Soy muy afortunada: soy una superviviente, no una víctima. He mencionado mi pasado sólo porque, como cualquier otro humano en este planeta, tengo una historia compleja detrás, que da forma a mis miedos, mis intereses y mis opiniones. Nunca olvido esa complejidad interior cuando creo un personaje ficticio y nunca lo olvido en lo que respecta a las personas trans.
Todo lo que pido –todo lo que quiero- es una empatía similar, una comprensión similar, que se extienda a los muchos millones de mujeres cuyo único crimen es querer que sus preocupaciones se escuchen sin recibir amenazas y abusos.
(Traducción del inglés por P.J.Ginés para ReligionEnLibertad)

miércoles, 10 de junio de 2020

Dickens quería cristianizar el mundo con sus novelas: una de ellas es sorprendentemente procatólica 09062020

 los 150 años de la muerte de Charles Dickens (1812-1870)

Dickens quería cristianizar el mundo con sus novelas: una de ellas es sorprendentemente procatólica

Se cumplen este 9 de junio150 años de la muerte de Charles Dickens, hombre de fe y cultura y autor de 'Barnaby Rudge', una obra sobre la mente ciega detrás de los tumultos violentos que buscan chivos expiatorios y salidas destructivas. Recuperamos este artículo que ya publicamos en 2017.
***
Hubo un tiempo en que en muchos hogares del mundo, muchos más que los de ahora, por lo menos, se leía regularmente la Biblia en familia. El paulatino abandono de esta costumbre tradicional fue observado por el gran poeta cristiano T.S. Eiot (importantísimo desde el punto de vista de su labor crítica para la difusión y promoción de una buena parte de la mejor literatura de la primera mitad del siglo pasado) como una pérdida de grueso calibre no sólo para la religiosidad, sino para la cultura en general.
La Sagrada Escritura educa en todo sentido en el espíritu religioso judeocristiano, pero también, en términos de una amplitud incomparable, en una sensibilidad hacia la palabra, la belleza y el saber apreciar lo que son los tesoros culturales de la Humanidad, vengan de donde vinieren. Eliot insistía en ello, como también lo había hecho antes Goethe, un agnóstico que tenía en alta estima al cristianismo.


 
En una época en que la buena lectura estaba más extendida, al lado de la Biblia no faltaban libros en las bibliotecas familiares que también muchos leían con avidez o, al menos, se encontraban en esos hogares esperando algún día el contacto amable con las manos de algún lector curioso. Era la época en que musicalmente sólo existían los discos de vinilo y también toda familia de clase media o alta poseía en ellos cierta música, si no las composiciones clásicas más admiradas, las de alguna calidad entre la música popular o folclórica de moda o de vieja data, pero conservada en la memoria colectiva.

dickens_libros

Entre los autores de esos libros amables había uno que sobresalía con creces: Charles Dickens. ¿Quién, entre las pasadas generaciones, si no gracias al libro o a las transposiciones cinematográficas, no había oído hablar del señor Scrooge, Oliver Twist o David Copperfield? Incluso al lado de los comics de Batman o el Pato Donald asomaban tímidamente la cabeza las ediciones (casi siempre abundantes en ilustraciones, como le gustaba al propio Dickens, un amante del dibujo, tanto propiamente gráfico como literario) de una que otra novela del escritor inglés.

charles_dickens
Las obras de Charles Dickens (1812-1870) no solo forman parte fundamental del paradigma cultural occidental, sino que fueron muy influyentes por las reformas sociales emprendidas por el impacto de su lectura masiva.

Los padres de familia estaban convencidos, con mucha razón, de que la lectura de una o varias de ellas podía ser muy beneficiosa para sus hijos en el tránsito de la niñez a la adolescencia, de ésta a la juventud, y de la juventud a la madurez, y, desde luego, para ellos mismos. Dickens puede ser visto como el escritor por excelencia de la familia y del hogar (El grillo del hogar), de la niñez y de la solidaridad social; un autor que, como diría Beethoven, escribía desde el corazón para el corazón.

dick_nabokov_literatura

Uno de los mejores conocedores de su obra, el escritor ruso y estudioso de la literatura Vladimir Nabokov, lo exponía así, a propósito de una de sus novelas: “Todo lo que tenemos que hacer al leer Casa desolada es relajarnos y dejar que sea nuestra espina dorsal la que domine. Aunque leamos con la mente, el centro de la fruición artística se encuentra entre nuestros omóplatos. Ese pequeño estremecimiento es con toda seguridad la forma más elevada de emoción que la humanidad experimenta cuando alcanza el arte puro y la ciencia pura. Rindamos culto a la médula espinal y a su hormigueo. Enorgullezcámonos de ser vertebrados, pues somos unos vertebrados en cuya cabeza se posa la llama divina. El cerebro no es más que la prolongación de la médula pero el pabilo recorre toda la vela de arriba abajo. Si no somos capaces de experimentar ese estremecimiento, si no podemos gozar de la literatura, entonces dejemos todo esto y limitémonos a la televisión y a la novela de la semana. Pero creo que Dickens demostrará ser más fuerte”.

El caso de Barnaby Rudge
Entre su abundante obra, Dickens tiene una novela frecuentemente mal valorada por los corazones fríos o por quienes se lamentan de que su prosa es demasiado emotiva y sentimental, pese a los elogios de Nabokov, Franz Kafka, quien envidiaba su talento para la narración, o Fiodor Dostoyevski, a quien le parecía encomiable el cristianismo del que hacía gala. Se trata de Barnaby Rudge, una novela histórica, género al cual el escritor aportó igualmente su Historia de dos ciudades; la primera está ambientada en tiempos de los desórdenes londinenses de 1780, mientras la segunda se desenvuelve en el marco de la Revolución Francesa; las dos obras tienen mucho en común, sobre todo por ser estudios desgarradores de la psicología de las masas y del fanatismo, ese verdadero fanatismo sanguinario y destructor que fácilmente puede llegar a dominar las mentes y los actos de los enemigos más salvajes y recalcitrantes de la fe.
dickens_barnaby_rudge

Barnaby es un chico que padece una cierta insuficiencia mental, producto de una unión finalmente no deseada por su madre con un individuo de baja calaña, artero y brutal, uno de los protagonistas de la revuelta por sus odios personales. Barnaby peca ante todo por ingenuo y crédulo, puesto que realmente no es un completo retrasado.

dickens_barnaby-cuervo
Barnaby Rudge, protagonista de la novela, en ilustración de Fred Barnard (1846-1896).

Durante los desórdenes del año mencionado, producto de las maquinaciones políticas lideradas por Lord George Gordon, un anglicano que abriga un odio visceral contra los católicos, el chico se relaciona con agitadores populares, a cual más resentido y lindante con actitudes propias de la peor delincuencia, disfrazada de sentimientos antipapistas.

dickens_london
The Gordon Riots [La revuelta de Gordon], cuadro de Charles Green (1840-1898). La de 1780 fue una revuelta específicamente anticatólica, para protestar contra la Papists Act de 1778, que concedía ciertos derechos a los británicos de religión católica.

Los desórdenes, consistentes en una encarnizada persecución contra los católicos, a quienes se les queman oprobiosamente las casas y se les obliga a huir de Londres (son hechos históricos), no son controlados por el ayuntamiento de la ciudad, cómplice por varios días de la insania de Gordon, un escuálido jefe religioso y parlamentario lleno de complejos y limitaciones, tanto físicas como psicológicas, magistralmente descritas por Dickens. Al fin intervienen las tropas oficiales tratando de poner fin a los desmanes de las masas, cuando ya la destrucción ha sido dantesca y espeluznante, incluyendo la quema de una prisión que cobra muchas víctimas entre los mismos presos, a quienes se buscaba favorecer para liberarlos.

dickens_barnaby_BBC
La novela, publicada en 1841, está ambientada en la revuelta londinense de 1780. La BBC la llevó a la pequeña pantalla en 1960. En el centro, con la bandera, Barnaby Rudge.

Una de las primeras decisiones revolucionarias ha sido siempre la de romper cadenas en las cárceles para reclutar asesinos que se pongan al servicio del caos y la muerte, como también lo muestra sobrecogedoramente el novelista inglés en Historia de dos ciudades; por lo demás, la crueldad y sadismo de los ejércitos populares y los servicios de inteligencia de los Fouché Beria en la Francia revolucionaria y la Rusia comunista, respectivamente, o en la Venezuela de un Nicolás Maduro, requiere de tal tipo de antisociales.
 
Utilizado por los agitadores, Barnaby, convencido de que es un pequeño héroe, compañero de luchas de unos valientes hijos del pueblo, es apresado, juzgado y condenado a muerte, al ser encontrado junto con éstos como sospechoso de complicidad. Uno de los más geniales rasgos de la invención dickensiana es el de que el niño de mente algo afectada tiene una mascota de rara inteligencia, un cuervo parlanchín, Grip, que se las ingenia para comunicarse con los humanos como si fuera uno de ellos, la criatura que inspiró el tan admirado poema El cuervo de Edgar Allan Poe, como el mismo poeta lo reconoció abiertamente.



Al final, el niño es salvado de la ejecución por los personajes justos de la trama, que, así como los maleantes más cínicos y demoníacos, nunca faltan en la obra de alguien que creía ciegamente en que, tarde o temprano, la justicia del cielo se impone para castigar o premiar, convicción cristiana que se deja traslucir muy serenamente, sin peligrosos apasionamientos, en todos los capítulos finales de las novelas de Dickens.

El papel agitador del odio 
El encono contra los católicos va creciendo en Barnaby Rudge como una plaga. La cizaña va siendo sembrada con insidia por Gordon y sus secuaces; poco a pocos se fragua una revuelta para la que todo verdadero creyente debe estar preparado en tiempos como los de nuestro presente, a los que quizá se refería San Juan Eudes cuando hablaba de la más terrible persecución contra la Iglesia jamás conocida, la que posiblemente se esté iniciando hoy en día.

dickens_gordon_lord
Lord George Gordon (1751-1793) encabezó personalmente una manifestación violenta de más de cincuenta mil personas contra la denominada emancipación católica.

«Si un hombre se hubiese apostado en el puente de Londres para gritar hasta quedarse ronco a todos los transeúntes que se unieran con Lord George Gordon, aunque fuese para un fin que nadie entendiera, y que por esa misma razón tuviese cierto encanto propio, lo probable es que hubiese influido en una veintena de personas en un mes. Si todos los protestantes celosos hubiesen sido solicitados públicamente para unirse a una asociación con el reconocido fin de cantar uno o dos himnos de cuando en cuando, escuchar algún que otro sermón, y, finalmente, solicitar del Parlamento que no aprobase la ley para abolir el Código Penal en contra de los sacerdotes católico-romanos, la pena de prisión perpetua promulgada contra aquellos que educasen a los niños en dicho credo, y la descalificación de todos los miembros de la Iglesia Romana para heredar bienes en el Reino Unido por derecho de compra o descendencia, asuntos todos ellos tan alejados del interés o de las inclinaciones de la masa, quizá se hubiese logrado reunir un centenar de gentes.


En La Reina desalmada, la historiadora francesa Chantal Thomas demostró el papel fundamental de las difamaciones contra la Reina María Antonieta para prender la mecha del odio y la revolución. Es el mismo modelo que había practicado unos años antes Lord Gordon contra los católicos.

»Pero cuando circularon los vagos rumores de que en esta asociación protestante [aquí son los católicos los que son declarados curiosamente protestantes por Dickens, por protestar de la manera más pacífica y en franca minoría contra leyes injustas y discriminatorias: ¿Quiénes serán realmente los discriminados en tales casos?] se estaba concentrando un poder secreto contra el Gobierno para fines indefinidos e importantes; cuando el aire estaba lleno de susurros sobre una confederación entre los poderes papistas para degradar y esclavizar a Inglaterra, establecer la Inquisición en Londres y convertir los corrales del mercado de Smithfield en picotas y calderos; cuando constantemente se daban al público terrores y alarmas que nadie comprendía, fuera y dentro del Parlamento, por algún entusiasta que ni siquiera se entendía a sí mismo, y los idos fantasmas que reposaban tranquilamente en sus tumbas desde hacía siglos se alzaban de nuevo para perseguir a los ignorantes y a los crédulos [siempre hay referencias a fantasmas en la obra dickensiana]; cuando todo esto se llevaba a cabo, por decirlo así, en la oscuridad y las secretas invitaciones a unirse a la Gran Asociación Protestante en defensa de la Religión, de la Vida y de la Libertad se repartían por los caminos públicos, se arrojaban por debajo de las puertas de las casas, se echaban por las ventanas y se estrujaban en las manos de los que recorrían los caminos por la noche; cuando resplandecían en todas las paredes y brillaban sobre los postes y pilares de tal modo que tronos y piedras parecían contagiados del terror común, invocando a todos los hombres a unirse con los ojos cerrados para resistir, no sabían qué ni por qué, entonces aquella manía se propagó de veras y el grupo que seguía creciendo día por día llegó a cuarenta mil».
 
La ola de odio se propaga y avanza con un furor demencial hasta arrastrar a una buena parte de la población de Londres. Gordon y su mano derecha, con quien termina enfrentado, son reacios a que el Parlamento dé trámite, no más, a la solicitud de los católicos de ser considerados con derechos iguales a los de cualquier anglicano. Conocedor a fondo de la psicología de las masas, de la que da buena cuenta también no sólo en Historia de dos ciudades, sino también en Tiempos difíciles y Oliver Twist (en este último caso, las masas tienen un mejor comportamiento, aunque gozan del espectáculo de la muerte del desenfrenado criminal Sikes, asesino de su concubina Nancy), el insigne novelista crea el formidable espectáculo literario de las más destructivas pasiones exacerbadas, similares a las cazas nazis de brujas y al más atroz fanatismo de la Historia, el de las revoluciones de proyectos políticos totalitarios, el que más víctimas fatales ha propiciado: miles durante el terror de la Revolución Francesa; entre veinticinco y treinta millones en la Unión Soviética de Lenin y Stalin, según estimaciones de los historiadores más competentes; setenta millones en la China de Mao Tse Tung y su Revolución Cultural, de acuerdo con el muy serio estudio de Jung Chang y Jon Hallyday, Mao, la historia desconocida. A ella siguió la matanza de Tiananmen perpetrada por soldados bajo las órdenes de Teng Hsiao Ping, el reformista sucesor de Mao, siendo esta vez las masas de estudiantes las masacradas, a la manera del Nicolás Maduro de hoy; quienes aparentan defender más a las masas en la historia de los últimos siglos, se han convertido en sus peores enemigos; curiosamente, son estos izquierdistas los que acusan a la Iglesia Católica de hacer justamente lo que ellos hacen. Es algo así como decir que ladrón juzga por su condición o que un burro habla de orejas.
 
El frenesí aniquilador en esta novela de Dickens es tan feroz que acaba por cobrar víctimas entre los mismos causantes del incendio de una casa:


Ilustración de época sobre los acontecimientos recogidos en Barnaby Rudge.

“Otros había asimismo que lanzaban sus antorchas encendidas al aire, dejando que cayeran sobre sus cabezas y sus rostros, levantándoles la piel con profundas y horrorosas quemaduras. Y quienes se lanzaban al fuego y manoteaban en él como si en el agua estuvieran; mientras había otros a quienes a la fuerza se les impedía arrojarse a él, impidiéndoles que cumpliesen su ansia mortal. Sobre el cráneo de un muchacho borracho, que por su aspecto no tenía aún veinte años y que yacía en tierra llevándose una botella a la boca, caía del tejado un chorro de plomo derretido, como en una lluvia de fuego líquido al rojo blanco, que fundía su cabeza como si fuese cera. Cuando se reunieron las dispersas cuadrillas, se sacaron de las bodegas hombres, vivos aún pero chamuscados como por hierros candentes a hombros de los demás que se esforzaban por despertarlos en el camino con chistes obscenos, y dejaban sus cadáveres en los pasillos de los hospitales. Mas entre toda la multitud ululante nadie sentía piedad ni repugnancia por aquellos espectáculos; y no se sació aquella furia tremenda, estúpida y cruel”.


 
Esto sucedía en la última noche de los desmanes:
 
“Por los arroyos de la calle, y por todas las grietas y hendiduras que había entre los adoquines, corría un río de alcohol; manos impacientes lo remansaban, vertíase por las aceras y la calzada y formaba un gran estanque en el que docenas de personas hundían sus cabezas. Alrededor de aquel charco espantoso yacían a montones maridos y mujeres, padres e hijos, madres e hijas, mujeres con niños en sus brazos y niños de pecho bebiendo hasta que caían muertos. Algunos se inclinaban para arrimar sus labios al borde del líquido y ya no volvían a levantar sus cabezas, otros saltaban en pie después de haber bebido con verdadera furia y se ponían a bailar, medio locos de alegría, medio ahogados por el fuego interior, hasta que caían al suelo y sus cadáveres se empapaban en el líquido que les había dado la muerte. (…) Algunos hombres eran sacados vivos, pero convertidos en una antorcha ardiente desde la cabeza a los pies, de las bodegas en que se había declarado el incendio y en las que se servían de sombreros, cubos, artesas y botas para beber; esos hombres, empujados por los insoportables dolores y sufrimientos, se lanzaban contra todo cuanto tenía para ellos apariencias de agua y se dejaban caer entre chirridos de fuego en aquel hediondo lago, levantando salpicaduras de fuego líquido, que prendían en todo cuanto tocaban al propagarse sobre la superficie, sin perdonar ni a los vivos ni a los muertos. En esta última noche de las grandes algaradas (porque fue, en efecto, la última noche) las desdichadas víctimas de una consigna disparatada quedaron convertidas en polvo y ceniza por las llamas que ellas mismas habían encendido y quedaron tiradas, sembrando las calles de Londres”.

Esto lo escribía un asiduo lector de la Biblia. ¿No se respiran en su encendida y muy visual prosa, guardadas las proporciones, ecos de las admoniciones de los profetas del Antiguo Testamento y del Apocalipsis? Esto lo escribía no un misántropo enardecido contra la condición humana sino uno de los novelistas más convencidos de la existencia de un bien inefable, de un Dios amoroso y entrañable con sus criaturas. Un caudillo del entendimiento fraternal entre los hombres y del encanto de los animales, que así escribía acerca del cuervo que habla, Grip, inseparable de su amo Barnaby, a quien no vacila en acompañar hasta en la cárcel:
 
“Acudió inmediatamente un herrero y le remachó (a Barnaby) un juego de pesadas cadenas. Caminando como pudo a trompicones bajo el peso extraordinario de éstas, fue conducido a una celda reforzada construida de piedra, donde lo dejaron bien seguro después de sujetar la puerta con cerraduras, cerrojos y cadenas. Pero antes, y sin que Bernabé lo viese, tiraron dentro a Grip; éste, con la cabeza gacha y con sus negrísimas plumas fláccidas y en desorden, parecía comprender y compartir las desgracias de su dueño”.

El escritor más preocupado por los niños 
La cárcel, como lo sabe bien todo buen lector de su obra, es una constante en Dickens, un autor que hizo del material autobiográfico un sustento básico al cual colmó de imaginación y fantasía. Su vida, transportada a la esfera de la ficción, termina nublada por éstas, sin dejar de ser alimento nutricio indispensable. Habiendo sido testigo de cómo su padre pagaba una pena de prisión por deudas en la desaparecida cárcel de Marshalsea, el niño Dickens conservó vivas, hasta el final de su vida, como Dostoyevski, ese montó de impresiones sórdidas y lacerantes que despierta un centro de reclusión. Educado tardíamente y muerto de vergüenza por el desastre paterno, debió trabajar desde muy temprana edad en una fábrica de betún para alimentarse y ayudarle a su empobrecida familia.


"Please, sir, I want some more [Por favor, señor, quiero más]": la escena más célebre de las abundantes versiones cinematográficas de Oliver Twist; en este caso, la rodada en 1948 por David Lean.

La simpatía que siempre sintió hacia los niños no tiene parangón en la literatura universal. La pequeña Dorrit, personaje de la novela homónima, una de sus cumbres novelescas, quizá una de las más perfectas; Oliver TwistNicholas Nickleby, maltratado sin compasión en la escuela, de suerte semejante a la de David Copperfield, el más amplio relato dickensiano sobre los nexos y las diferencias entre las sucesivas etapas de la vida de un hombre, con su formidable galería de personajes, ya extravagantes y osados, ya dulces y pacientes, un libro que debería leer todo el mundo con la segura consecuencia, si ello se lograra en la utopía literaria, de una humanidad mejor, tal es la fuerza de la narrativa que contiene; la Nell del Almacén de antigüedades, inspirada en su tempranamente fallecida cuñada; el pequeño Pip de la primera parte de Grandes esperanzas, la expósita Esther y sus parientes huérfanos de Casa desolada, y sobre todo Florencia, la hija no deseada de Dombey e hijo, una de sus más grandes obras maestras, hablan de niños desamparados, asediados por la miseria y la incomprensión, los abusos de todo tipo y los maltratos sin cuento, que en una pertinaz lucha logran sobreponerse al dolor, ayudados por intervenciones providenciales. Por supuesto, a Dickens jamás se le hubiera ocurrido la idea de que, para evitar el sufrimiento de esos niños y de sus madres, habrían sido recomendables los previos abortos.

Visión cristiana de la vida 
Barnaby es uno de esos niños, niños que sueñan con una armonía familiar desconocida en sus primeros años, niños que, al alcanzar la madurez, como Copperfield y Nickleby (no es el caso de Barnaby que tiene la misma edad, de principio a fin, puesto que la novela abarca sólo unas cuantas semanas de presente narrativo), encuentran al fin la paz al casarse, como en un cuento de hadas.
Dickens, como se decía más arriba enaltece la familia, entiende como pocos el valor de la educación y el crecimiento interior, del carácter que se va formando al compás del crecimiento biológico y que desemboca en madurez de valores y principios.
Observador agudo, además, de la política, de los intríngulis de los manejos financieros de potentados inescrupulosos, de la corrupción, la burocracia y la hipocresía de la religión mal entendida, debió cubrir como periodista sesiones del Parlamento británico; su visión de esos mundos de poder enquistados en lo alto de la sociedad como lacras sociales, lo hace uno de los espíritus más descarnadamente críticos de la literatura universal. Los tejemanejes políticos y escándalos financieros de corrupción de los que habla en Casa desolada y La pequeña Dorrit parecen sacados de las noticias de un periódico de este año de 2017.

La vida de Dickens no fue propiamente la de un modelo de moralidad. Se divorció, vivió en concubinato con una actriz más joven que él (le apasionaba el teatro, al que rinde todo un homenaje en Nicholas Nickleby), con quien al parecer tuvo un hijo que desapareció.



Varios de sus hijos, los de una familia numerosa, se quejaron de un excesivo rigorismo en su conducta paterna. Pero como decía uno de ellos, era un hombre profundamente cristiano, lo que se percibe claramente en cada una de sus obras, que incluyen una Vida de Cristo, escrita especialmente para aquellos y los niños, en general, y el imperecedero Cuento de Navidad, esa inmensa y a la vez tan sencilla parábola del Juicio Final y del destino eterno de los hombres.


Mr Scrooge, el anciano avaro que aborrece la Navidad: otro de los personajes imperecederos de Dickens.

Arrastrando multitudes que lo leían como hoy asisten a la exhibición de una película o una serie de televisión de moda, incidiendo como una autoridad indiscutida desde su labor de escritor y periodista en la opinión pública, poniendo el dedo en la llaga de los más candentes problemas de su tiempo, Dickens, junto a unos pocos intelectuales ingleses más, provocó un cambio de mucha magnitud en la sociedad de su tiempo.
Tan cristiana fue de hecho su obra que más de un anglicano se propuso después, en parte gracias a su influencia, renovar esa Iglesia y, al no lograrlo, abandonarla para engrosar las filas de la Iglesia Católica. Hay bastante del legado dickensiano en el amor a la juventud, la educación y la literatura del beato cardenal John Henry Newman, una de las figuras que es preciso recordar con más asiduidad en el catolicismo actual. Hay más todavía de ese legado en la búsqueda de un cristianismo genuino, hasta llegar a la conversión al catolicismo, del tal vez futuro beato y santo G.K. Chesterton.

Chesterton: Dickens, reformador social 
Esa significación de Dickens como auténtico reformador social la entendió excelentemente este último, quien consideraba al autor de La pequeña Dorrit como quien era, un vocero del hombre común, de las necesidades y anhelos más universales; como alguien que permaneció fiel, sin falta, hasta el fin de su vida, a los ideales del derecho y la libertad bien entendidos, sin aspavientos oportunistas, demagógicos o mentirosos, un escritor que hizo más por el hombre que centenares de políticos, hoy tan mezquinos, más que en su época: 
“Fue Dickens quien echó abajo las cárceles de deudores; pasándose de optimista, no se quedó corto como demoledor.(…) Las señales de sus golpes para siempre han quedado en la administración parroquial, en los hospicios y hospitales, en las ceremonias funerarias, en las ejecuciones públicas, en los talleres penitenciarios, en el Tribunal de la Cancillería. Todas esas instituciones ya no son lo que eran. (…) En todas esas realizaciones prácticas la participación de Dickens fue muy importante, y tal, que nadie puede ponerla en duda; es cuanto nos concierne dejar sentado aquí. Seguramente, Dickens fue optimista; pero un optimista nada corriente, eficiente y útil. Seguramente era un sentimental, pero un sentimental de lo más práctico”.


Chesterton consagró a Dickens una obra biográfica y al mismo tiempo analítica de su obra.

Volviendo a las relaciones de la literatura con el corazón, quizá la principal de las virtudes de Dickens es la ternura. Ternura hacia los afligidos, por una u otra razón. Ternura hacia la Humanidad doliente. Ternura hacia el sufrimiento que por mucho tiempo no da tregua, aunque, como ya se dijo, no falte el consuelo definitivo. Muy seguramente sabía que la máxima expresión de ternura emana de la cruz, del corazón de Jesús, el Señor.
 
Quedaría un sin fin de cosas en el tintero, empezando por el derroche de buen humor, el más fino y luminoso, en la mejor tradición de Shakespeare y Henry Fielding (Tom Jones), uno de los novelistas preferidos por Dickens.
Raras veces uno goza tanto como cuando lee Los papeles póstumos del club Pickwick, su primera novela publicada, o los apuntes irónicos y satíricos sobre el comportamiento de los norteamericanos en Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit.
Seguiría su amor por la buena conversación y la euforia que acompaña el buen vino, cuando lo beben los que se relacionan con sentimientos de transparente amistad, cordialidad y noble simpatía, algo que también le abonaba Chesterton muy entusiásticamente. Y tantas otras cosas más. Pero, bueno, nada como leer a Dickens.
Cuanto más largas y maduras son sus novelas, más placer producen y más ganas de hacer algo por la humanidad despiertan. Su tan positiva influencia recuerda la de otros libros que tanto han hecho por cambiar el mundo como el Quijote, la Vida de Santa Teresa y la Historia de un alma de la segunda y más joven Teresita.
 
¡Cuánto necesitan los hombres de esos libros y de escritores como Dickens!