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viernes, 19 de agosto de 2016

Hasta donde hemos perdido el valor de la vida

Hasta donde hemos perdido el valor de la vida
¿Por qué parece que cada vez más ponemos a los animales por encima de los seres humanos?

Autor: Mónica Muñoz | Fuente: El Observador

"Yo de plano no salgo para no ver sufrir a los animalitos, para eso mejor me quedo en mi casa”, comentó una persona hace poco cuando se le preguntó qué haría el fin de semana.  Sinceramente, me dio mucho tema para reflexionar.  No estoy a favor del maltrato de los animales, de ninguna manera, pues son seres vivos que dependen del ser humano para subsistir, en el caso de los domésticos, o bien, como los animales salvajes, coexisten diversas especies en distintos ecosistemas para que el mundo mantenga su equilibrio.  Como creaturas hechas por Dios, ocupan un sitio importante dentro de la creación y nos corresponde a los seres pensantes mantenerlos vivos y a salvo de la violencia innecesaria que pueda cometerse en su contra.
Sin embargo, hemos perdido de vista que se trata de seres irracionales que no pueden equipararse con el ser humano, a razón de que nosotros tenemos voluntad y entendimiento.  Es decir, tenemos la capacidad de distinguir el bien del mal, de decidir qué hacer con nuestras vidas y de responder por nuestras acciones, por lo tanto, aquello que llamamos "derechos” no podrían aplicarse a los animales, y para ello es necesario puntualizar que  cuando hablamos de derecho, nos referimos a un conjunto de normas y deberes  que regulan la convivencia social y cuyo fin es dotar a todos los miembros de la sociedad de los mínimos de seguridad, certeza, igualdad, libertad y justicia.

Por supuesto, cualquier ser vivo debe ser protegido. Lo que me lleva a la siguiente reflexión: ¿por qué parece que cada vez más ponemos a los animales por encima de los seres humanos? Y creo que de esto todos nos hemos dado cuenta.  Hace días se anunciaba con bombo y platillo la creación del primer hospital para perros en la Ciudad de México, mientras el Seguro Social sufre una de las peores crisis de su historia, obligando a los derechohabientes a comprar sus medicamentos de forma externa.  Hay gente que se horroriza con las corridas de toros pero no reacciona igual al saber que el aborto se quiere legalizar en muchos estados de la República.  Otros sienten impotencia cuando se enteran de los abusos cometidos contra especies en peligro de extinción y hasta reúnen firmas para detenerlos  pero no se interesan por los niños que mueren de hambre y frío en lugares poco afortunados.

Nuestros valores han cambiado, la mercadotecnia nos ha convencido de que las relaciones humanas son desechables y que lo que más interesa es el placer por el placer.  Nadie quiere sufrir, pero no importa si para conseguir bienestar hay que atropellar los deseos de otros. Queremos tener pero no dar.  Somos sensibles cuando los problemas nos afectan directamente pero si se trata de algo ajeno a nuestra conveniencia actuamos con indolencia.

Muerte y destrucción se siembran a diario en el mundo entero pero a nosotros no nos afecta, ¿qué nos está pasando?  Debemos de sensibilizarnos ante el dolor ajeno y procurar ayudarnos unos a otros.  Pensemos en que a todos nos tocará la desgracia, pues vivimos en una rueda de la fortuna, unas veces estamos arriba y otras nos tocará caer, por eso, meditemos qué valdrá más para los tiempos de infortunio, pues no siempre tendremos todo lo necesario para vivir, quizá en una de tantas vueltas que de la vida Dios permita que nos toque la catástrofe para sacudir nuestros duros corazones, y en ese momento desearemos tener a alguien que se apiade de nosotros y nos ayude a salir del bache.  Lo que siembres, cosecharás; como dice la Escritura: Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo ustedes con ellos (Mateo 7,12).

El Papa Francisco, durante del Ángelus del domingo 6 de marzo, hizo referencia a la violencia sinsentido que se vive en Yemen, donde dos días antes fueron asesinadas cuatro  misioneras de la Caridad, fundadas por la Madre Teresa de Calcuta.  Las religiosas atendían ancianos cuando fueron víctimas del ataque.  El Papa comentó con dolor:

"Expreso mi viva cercanía a las Misioneras de la Caridad por el grave luto que las ha golpeado hace dos días con el asesinato de cuatro Religiosas en Adén, en Yemen, donde asistían a ancianos. Rezo por ellas y por las otras personas asesinadas en el ataque, y por sus familiares. Estos son los mártires de hoy. Y esto no es titular en los periódicos ¡no es noticia! Estos mártires que dan su sangre por la Iglesia son víctimas de sus asesinos y también de la indiferencia. De esta globalización de la indiferencia. Que no importa. Que la Madre Teresa acompañe en el paraíso a estas hijas suyas mártires de la caridad, e interceda por la paz y el sagrado respeto de la vida humana”.


La vida humana es frágil y necesita de nuestro cuidado, pero es indispensable que reacomodemos nuestra escala de valores y entendamos que lo más sagrado en el mundo es la vida de una persona, no importando si apenas es del tamaño de la cabeza de un alfiler o tiene ya cien años.  Y urge inculcar eso en niños, adolescentes  y jóvenes, que creen que pueden jugar con sus cuerpos sin consecuencias, porque el día que se enfrenten a los problemas de un embarazo, una enfermedad, una vicio o un accidente  no se darán cuenta de que es el resultado de una decisión mal tomada por ellos, que a lo mejor no tuvieron quien les pusiera límites y les formara como personas e hijos de Dios. Alguien que da su justo valor a la vida humana sabrá respetar la existencia de las demás especies. Por eso, de principio a fin hay que defender la vida y todos sus ciclos, porque si no comprendemos que es lo único que merece ser preservado, estaremos condenados a desaparecer.

viernes, 15 de julio de 2016

Un cuento sin hadas: El viaje de Malak, una niña refugiada

Un cuento sin hadas: El viaje de Malak, una niña refugiada

Porque algunas historias no están hechas para los niños

Hace aproximadamente un mes, tras un viaje por trabajo a Ámsterdam, tomé algunos días de vacaciones y visité la ciudad de Barcelona. Mientras paseaba por esa hermosa ciudad, un día por la noche llegué a la Plaza Sant Jaume y me topé con un enorme letrero que colgaba del Ayuntamiento (o Municipio como le llamamos en Sudamérica), que decía:«Refugees Welcome». Antes había leído noticias y visto reportajes, pero por primera vez pensé: «esto de los refugiados es real, ¡hay un conflicto muy reak que está pasando ahora!». Entendí que hay realidades dolorosas y muy duras que requieren de nuestra atención y preocupación (esto lo confirmé cuando encontré varias de ellos  pidiendo limosna en las calles).
El video que te presento busca mostrarnos la realidad de millones de niños que están huyendo de sus hogares debido a los conflictos y a la inestabilidad en sus países de origen, particularmente en Oriente Medio. Huyen solos o con sus familias, buscando un lugar seguro, una vida en paz. Necesitan muchas cosas: estabilidad, protección, apoyo, alimentación, ropa, pero sobre todo, que les permitan ser niños.


Con el slogan «Un pequeño acto de humanidad puede hacer la diferencia»unicef, que si bien es cierto en ciertos temas puede generar controversia y críticas, viene promoviendo esta campaña. No son los únicos, la Iglesia y muchas otras organizaciones se han puesto a trabajar en serio por los refugiados buscando garantizar que se dé una respuesta a esta crisis, poniendo los derechos y necesidades de todos los niños en primer lugar, buscando que se respete su dignidad y que se amplíen los servicios humanitarios para ellos.
«Ellos son nuestros refugiados. Pero tantos los consideran excluidos, ¡son nuestros hermanos! Un cristiano no excluye a nadie, da lugar a todos» (Papa Francisco).
Hagamos el ejercicio de pensar que podrían ser nuestros propios niños, ¡ellos podrían estar cruzando en balsa un océano que les roba la niñez y la vida misma! Como nos dice el Papa, son nuestros hermanos y hay que actuar, al menos desde la lejanía con la preocupación y con la oración. 

refugees

¿Qué hacer desde el lugar donde vivimos?

Rezar: La oración es poderosa. Preocuparnos por tener siempre presentes en nuestras plegarias diarias a nuestros hermanos refugiados y en especial a los niños que pasan por esta situación. Hay que ser capaces de ponernos en sus zapatos.
Comunicar: Es importante no ser indiferentes. Hay que compartir lo que leemos y vemos con respecto a los refugiados, obviamente sin caer en el amarillismo de cierta prensa. Ya sea verbalmente, o en nuestras redes sociales. Podemos buscar medios confiables que nos informen de lo que está ocurriendo. Por ejemplo algunos son: Amigos de Irak S.O.S. Cristianos en Siria.
Ser generosos: La generosidad nunca está demás. Si tenemos las posibilidades, podemos realizar alguna donación con alguna institución que destina recursos a ayudar a los refugiados. Algunas pueden ser «Ayuda a la Iglesia Necesitada» o «Cáritas».
Vencer el mal con el bien: San Pablo dijo esta frase y tuvo mucha razón. En tiempos donde pareciera que el mal va ganando cada vez más terreno con tantas guerras y violencia, es importante que desde nuestro propio hogar, en nuestras acciones del día a día, hagamos un esfuerzo por realizar acciones de bien que ayuden a ir «sumando». Vivir la caridad con los que nos rodean puede ser un buen comienzo. De hecho no podemos pretender ayudar a personas que están tan lejos, si primero no ayudamos a quienes están a nuestro alrededor (y en especial a los más necesitados).