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domingo, 29 de mayo de 2016

San Pablo no escribió poesía (Virtudes y Valores)

San Pablo no escribió poesía
La conversión de san Pablo fue un encuentro que supuso para él una “muerte”. Él no escribió poesía, grabó con sangre y esfuerzo el camino que lo llevó hacia Dios.


Por: José A. Murillo, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 










Siglo I d.C. En el camino de Damasco va un hombre con un ideal fijo en la mente: acabar con los cristianos. Su espíritu decidido era capaz de desafiar cualquier obstáculo, nadie podía detenerlo.

En un instante, su vida cambió por completo. Aquel hombre cayó en tierra, una luz brillante bajó del cielo, sintió que una voz le llamaba y sus ojos comenzaron a nublarse…, era el inicio de su conversión. A partir de entonces este guerrero, llamado Saulo, consideró “pérdida” y “basura” todo aquello que hasta entonces había consistido para él la razón de su existencia (Cf. Flp. 3,7-8).

Tal vez parezca esta escena algo que raya en lo poético, olvidando lo que verdaderamente significó la conversión para san Pablo. Si poco nos habla de este acontecimiento es porque era consciente de lo que había sido: un encuentro que supuso para él una “muerte”. Él no escribió poesía, grabó con sangre y esfuerzo el camino que lo llevó hacia Dios.

No todo ocurrió de la noche a la mañana. Fue una batalla, un morir poco a poco a sí mismo para despojarse del hombre viejo. ¡Cuánto le debió haber costado! San Pablo tuvo que luchar contra ese pesimismo que es capaz de ofuscar a todo persona y que sólo deja ver lo malo en la prueba, el dolor en la dificultad, la muerte en el hombre.

¿De perseguidor a fiel seguidor de Cristo? ¿De judío observante a evangelizador? ¿Qué iban a pensar los demás? Pero el Apóstol supo confiar, sabía que aquella Luz que lo había dejado ciego, estaba transformado su vida: “Yo no me avergüenzo, pues sé en quién he puesto mi confianza y estoy persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio” (2Tm 1,12-13).

San Pablo nos enseña que la conversión no es el resultado de un proceso psicológico, sino de una experiencia vivida. Después que Cristo se apareció a Pedro, a los doce, a Santiago y a todos los apóstoles, también se le apareció a san Pablo, como él mismo lo cuenta: “y por último también se me apareció a mí, como a un aborto” (1Co 15,8). Así nos da a entender que este acontecimiento fue el fundamento de su nueva vida. Sólo de esta manera podemos entender este cambio tan radical en la forma de vivir.

La misma voz que llamó a san Pablo hace veinte siglos sigue hablando hoy a nuestros corazones. Tal vez la luz de Cristo no se nos presente de esa manera tan fascinante y arrolladora como lo hizo con él. Su luz sigue bajando a la tierra, pero la mayoría de las veces bajo la forma de pequeñas centellas de vida ordinaria: el buen ejemplo de una persona, la lectura de la Sagrada Escritura, un pobre que extiende su mano y pide nuestra ayuda.

Los caminos de Damasco son tan variados, como lo son también las personas. Cristo resucitado se sigue apareciendo a nosotros, pues siempre hay algo en nuestra vida que nos invita a rectificar: la manera de tratar a quien nos es antipático, obedecer con alegría a quien nos desagrada, comprender a quien nos impacienta, etc. Por eso, la conversión no es obra de un día, ni empresa terminada, sino que es un proceso que concluye con la misma muerte.

Este es el testimonio de san Pablo. La conversión no es madurez de pensamiento, no es poesía, sino es un encuentro con la Vida. Esta experiencia supone muerte, sí; pero una muerte que es preludio de una vida nueva mejor.

viernes, 27 de mayo de 2016

San Pablo no era un perdedor (Virtudes y Valores)

San Pablo no era un perdedor
Un perdedor tira la toalla, permanece en el suelo o se levanta para retroceder. San Pablo se sacude el polvo y vuelve a empezar con la mirada puesta en su Ideal: Jesucristo.


Por: Martín Mejía, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 







No es difícil portar la bandera de perdedor. Basta una sola condición: el desaliento. Sin embargo, el estandarte del triunfo no se ondea con facilidad. Es necesaria también una condición: la lucha.

¡Qué hubiera sido de la Iglesia primitiva sin un luchador como san Pablo! Lo contrario de “perdedor” no es “triunfador” o “realizado”, sino guerrero constante.

En su vida no todo fue fácil. El Señor se lo hizo vez desde que le tiró del caballo. Lejos de desanimarse, decidió caminar, correr, volar, con el mismo celo, con la misma intensidad... pero ahora por el camino correcto: el cristianismo.

Comenzó su misión. Comprendió bien su carácter de apóstol, “enviado”, y en los orígenes del cristianismo nadie recorrió tantos kilómetros como él. De Antioquía a Derbe para engendrar la Iglesia de los paganos. Del continente asiático hasta Europa para predicar a los griegos. De la Ciudad Santa a la Ciudad Eterna con la condena a muerte a sus espaldas. Viajes extensos y exhaustivos; por mar y por tierra; a pie, a caballo, de día y de noche. Un perdedor se cansa y renuncia, san Pablo da siempre un paso más.

Habla a judíos y gentiles. En la sinagoga y el areópago. Unos escuchan, otros abuchean. Pocos le siguen y todos le hostigan. Los griegos le desprecian: “Sobre esto ya te oiremos otra vez” (Hch 17,32). Entre gritos, injurias, insultos y palabras descorteses, un perdedor baja de la tribuna y se retira. Pablo no deja nunca de predicar la cruz y la resurrección de su Señor.

Gana el odio de los judíos. La persecución no le abandona: “Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles... noches sin dormir; hambre y sed; días sin comer; frío y desnudez” (1Cor 11,24-27). Un perdedor tira la toalla, permanece en el suelo o se levanta para retroceder. San Pablo se sacude el polvo y vuelve a empezar con la mirada puesta en su Ideal: Jesucristo.

Porque mil batallas perdidas no constituyen una derrota. Cien baches en el camino no lo hacen errado. No importa caer mil veces cuando se ama la lucha y no la caída. Vivir luchando es vivir esperando. Es caminar, sufrir, pelear, caer y levantarse siguiendo la estrella que un día se ve y otro desaparece.

Tal vez en sus cartas no encontramos una definición de la esperanza. Más bien leemos una actitud de vida: lucha constante. Esa lucha que al final de su vida se convierte en expresión: “He competido en la noble carrera, he llegado a la meta, he conservado la fe” (2Tm 4,7)



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San Pablo: el hombre de hierro (Virtudes y Valores)

San Pablo: el hombre de hierro
San Pablo era hombre de cosas serias. No de esos charlatanes que parlotean mucho y hacen poco, sino un hombre recio de espíritu.


Por: Paúl Herrera, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 












San Pablo era hombre de cosas serias. Alguien que iba al grano. Nada de titubeos que no llevan a nada. No era uno de esos charlatanes que parlotean mucho y hacen poco. Si externamente era amable, acogedor e incluso paternal, por dentro era una mezcla de brasas vivas y acero templado. Era un hombre recio de espíritu.

Una vez tuvo que pedir a los corintios que no lo consideraran loco. Pero, ¿llamar loco a un santo? No es de sorprenderse. Los corintios se parecían a los hombres de hoy. Se predicaba entre ellos como en nuestros días la ley del menor esfuerzo. No estaban acostumbradas a ver la reciedumbre en un hombre como san Pablo que, movido por un gran ideal, se mataba por hacer llegar la palabra de Cristo a todas las naciones.

Tampoco estarían acostumbrados a escuchar: “Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias” (2Co 6,21-28). Una de dos: o estaba loco o poseía una gran reciedumbre en su interior. San Pablo demostró con obras que de loco no tenía nada; pero de recio, mucho.

La reciedumbre es la sublimación ante las posibles incomodidades y sufrimientos con la ayuda de un ideal superior. Es el “aguante”, el vigor para soportar los obstáculos, contrariedades e inconvenientes que se encuentran en el camino cuando se persigue una meta. Es quitar los tiquismiquis innecesarios de la propia personalidad, para poder correr a toda velocidad hacia la realización de nuestros ideales. No es llegar hasta el machismo de decir “los hombres no lloran”, pero sí es aceptar que las quejas caprichosas no llevan a nada.

San Pablo estaba hecho de un acero muy fuerte. Y no era el acero de los músculos (los judíos y el gimnasio no congeniaban bien); su fuerza bullía en su espíritu, y se externaba en esa garra sin límites, en ese poderío convincente de su trabajo de apóstol.

Como muestra san Pablo, lo importante para practicar esta virtud no son las características externas. Al contrario, lo que cuenta es la motivación interior. Un hombre motivado vale por tres. Y para Pablo, llevar la verdad y la felicidad de Cristo a las almas era su mayor motivación.

Los frutos de la virtud de la reciedumbre pueden ser inmensos. San Pablo recorrió 1000 kilómetros en su primer viaje por el Asia; en el segundo 1926 kilómetros, y en el tercero 1700 kilómetros. No pocos para alguien que los recorría muchas veces a pie, incluso después de haber sido echado a pedradas de una ciudad. Y aún no hemos contado sus otros viajes, su ida a Roma, su vuelta a Jerusalén para un concilio y un gran etcétera. Aquí tenemos una gran reciedumbre, movido por un gran corazón.

No se trata de hacer locuras, pero sí de formar una voluntad que nos permita alcanzar nuestros ideales. La reciedumbre es útil para cualquier hombre que tenga algo por qué luchar. Se puede poner en práctica desde la mañana cuando las sábanas se nos pegan al cuerpo y no queremos levantarnos para ir a la escuela, universidad o trabajo. Durante el día, un trabajo o estudio hecho con reciedumbre y constancia nos asegura resultados óptimos. Y ¿por qué no?, aplicarla a la última hora del día en que el cansancio nos logra borrar la sonrisa que quisieran ver en nuestro rostro los demás miembros de la familia.

Una vez más, el apóstol de las gentes viene desde los primeros años de la era cristiana para enseñarnos con su ejemplo otra virtud que podemos aplicar, guardando las diferencias, a nuestra vida ordinaria.

jueves, 26 de mayo de 2016

Con paso firme (Virtudes y Valores)

Con paso firme
El triunfo, mediante la determinación, es la corona de los hombres luchadores. Este es el testimonio de san Pablo: los hombres resueltos no nacen, se hacen.


Por: José Luis Galarza, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 





La duda continua es algo terrible, una enfermedad que corroe por dentro. No se puede estar tranquilo, es desesperante. Algunas personas viven en una incertidumbre constante, son víctimas de una perpetua indecisión cuando tratan de contraer algún compromiso al no saber cómo afrontarlo.


La determinación es la virtud que ayuda al hombre para que con su voluntad deliberada tienda hacia un fin concreto y busque poner los medios para conseguirlo. El apóstol san Pablo es un modelo, digno de imitar, de hombre valiente y decidido. Tres puntos claves formaron este espíritu resuelto del Apóstol.

Él sabía lo que quería. El hombre actúa en su vida buscando siempre un fin, algo que quiere lograr o encontrar. San Pablo, después del encuentro con Cristo en el camino de Damasco, halló lo que quería. Fue tan clara la visión de Jesús, que decidió vivir sólo para Él. En su corazón grabó la consigna de luchar para poseerlo, hasta llegar a exclamar: “para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Fil 1,21). Así clavó los ojos en el cielo y puso los pies firmes sobre la tierra.

San Pablo obró en consecuencia con su decisión. Elegir es renunciar. Él tomó una resolución y ordenó toda su vida de acuerdo a esa elección. “Lo que era para mí una ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo” (Fil 3,7-8). Por esto, si alguna cosa le convenía para lo que buscaba, adelante, si no, ni perdía tiempo. Después de encontrar a Cristo se retiró a un periodo de preparación con la oración y después se lanzó a predicarlo. No tenía miedo al futuro porque lo iba construyendo conforme avanzaba la vida, como el protagonista activo de la gran película de Dios.

El Apóstol perseveró en su decisión. Lo que vale cuesta. Ser constante es duro, pero muy valioso. San Pablo fue fiel porque nunca perdió de vista su fin. Las dificultades le sirvieron para fortalecerse y no para desanimarse, pues constantemente robusteció su opción fundamental. “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?” (Rm 8,35). Como al metal que se elige para hacer una espada se calienta y se golpea para darle forma, así la tribulación forjó la vida de san Pablo para sacar de él una espada sólida y brillante, premio de los hombres esforzados, para la defensa de la fe de los primeros cristianos.

El triunfo, mediante la determinación, es la corona de los hombres luchadores. Este es el testimonio de la figura excelsa del Apóstol: los hombres resueltos no nacen, se hacen. Más vale invertir un poco de tiempo en trazar un fin, elegir los medios y decidir, que permanecer toda la vida dudando.


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miércoles, 25 de mayo de 2016

Ese hombre fue un valiente (Virtudes y Valores)

Ese hombre fue un valiente
La valentía sólo se da en un corazón con cimientos sólidos, que prefiere seguir latiendo pero que es capaz de dejar de latir por un motivo más fuerte.


Por: Fco. Javier Rubio Hípola, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 











Estamos acostumbrados a afincar la valentía en las fronteras del conflicto. Es natural. La valentía tiene ese algo de heroico que acerca al hombre a Dios. No se trata, como cabría suponerse, de una “virtud” en sentido estricto. Es, en cierto modo, la forma de todas las virtudes en su máxima expresión. Un hombre no lucha por reunir las condiciones necesarias para ser valiente, porque el valor no requiere condiciones de ningún tipo. Por paradójico que pueda resultar, valiente es aquel que vive la virtud sin condiciones.

Precisamente por eso –como explica C. S. Lewis en el pliego XXIX de “Cartas del diablo a su sobrino”- el diablo no ha podido opacar el brillo de la valentía a los ojos de los hombres: el cobarde siempre será visto como un miserable y el valiente, como un héroe.

Presentar el ejemplo de san Pablo como un hombre de valor no es una novedad. En cierto modo, todos los santos lo han sido. Cuando la Iglesia aprueba la vivencia heroica de las virtudes en un bautizado durante el proceso de beatificación está declarándolo “valiente”. Sin embargo, no es extraño que el ejemplo de san Pablo brille con más fuerza que el de muchos otros santos.

Si el valor cristiano es la forma de todas las virtudes en su máxima expresión, no deja de ser normal que se exprese con más nitidez en aquellos casos en que el hombre se somete a lo extremo. Se suele decir que en la guerra es donde se dan los casos más extremos de virtud y de necedad humana. Depende de la opción de cada guerrero.

Para san Pablo la vida fue una guerra. Al principio, una guerra contra los seguidores de Cristo. Después, camino de Damasco, fue herido por el amor de su “enemigo”. Y esa herida le abrió los ojos. Desde entonces, no cejó en su empeño por extender el Reino de Cristo por todo el mundo. Fue un guerrero de su Señor, y sus armas fueron una fe inquebrantable, un amor fogoso y una esperanza siempre creciente.

En lo humano y en lo sobrehumano, ante Dios y ante los hombres, san Pablo fue un valiente. No dudó ni un solo instante cuando tuvo que salir en su propia defensa, abandonado de todos, frente a enemigos mucho más poderosos que él. Dejó muchas leguas andadas bajo sus pies, recorriendo los caminos más abruptos en unas condiciones deplorables. Habló, escribió y predicó, totalmente ajeno a la vergüenza que carcome las gargantas de tantos cristianos de hoy.

Pero todo tenía un sentido. La valentía sólo se da en un corazón con cimientos sólidos, que prefiere seguir latiendo pero que es capaz de dejar de latir por un motivo más fuerte. Muchos soldados a lo largo de la historia han demostrado su valor dando sus vidas por defender a su familia y a la patria.

San Pablo apuntaba más arriba: “para mí la vida es Cristo y la muerte, una ganancia” (Fil. 1, 21) . En realidad sólo el cristianismo –con su Cristo Señor a la cabeza- es capaz de dar a un hombre la fuerza necesaria para morir por los demás de una forma desinteresada, con palabras de perdón en la boca. San Pablo nos dio el ejemplo de vida y de muerte: como judío y cristiano, como apóstol y como mártir, ese hombre fue un valiente.

martes, 24 de mayo de 2016

Más que un Quijote (Virtudes y Valores)

Más que un Quijote
Tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. San Pablo nos invita a embrazar el escudo de la fe, tomar el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu.


Por: Eric Gilhooly, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 






La caballería ha inspirado héroes y poetas en todos los tiempos. Era un ideal, una visión del mundo, un reto para vivir más allá del egoísmo, en fin, algo que revolucionó el continente europeo. Miles seguían este modo de vida: los reyes de las leyendas, los cruzados, las órdenes militares… sus rasgos influyen aún hoy nuestra conducta.

La caballería es todo un sector de la literatura, especialmente amado por los jóvenes. Sin duda alguna vez nos hemos ilusionado con castillos fantásticos, dragones feroces y, por supuesto, nosotros encarnando la figura del “príncipe valiente”. Lamentablemente estos sueños se van apagando con el paso del tiempo.

Pero la edad de la caballería no es algo enterrado en el pasado o confinada a los libros medievales. Vale más que las quimeras del Quijote. El valor del Cid o los guerreros de la mesa redonda del Rey Arturo tienen su fundamento en la fe eterna. Sus principios son válidos, inmunes a la erosión de los tiempos: defender a los débiles, a los desprotegidos, resguardar la dignidad del hombre y sostener la soberanía de Dios.

La víspera de la ceremonia, cuando su señor lo armaría caballero, el candidato velaba de rodillas toda la noche en la capilla. Sus armas eran puestas sobre el altar como símbolo de que siempre se usarían en el servicio del Señor Celestial. Los valores de la nobleza medieval se inspiran en el sacrificio de Cristo en la cruz, quien nos salvó cuando no nos podíamos salvar: “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos... siendo todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5, 6 y 8).

Bien nos exhorta San Pablo: “Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes” (Ef. 6, 13). Luego el Apóstol de las gentes nos invita embrazar el escudo de la fe, tomar el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu. La vida del cristiano siempre será luchar, caer en el polvo mil veces y levantarse otras mil veces. No nos desanimemos, Cristo ya nos ha prometido la victoria final. “El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial” (2 Tim. 4, 18).

Sí, todavía el espíritu del Medioevo tiene lugar en nuestras vidas... Esto se da cuando nos centramos totalmente en Cristo. Y nadie se siente tan caballero como el que dobla la rodilla en la presencia de su Señor Eucarístico.

lunes, 23 de mayo de 2016

Pablo, el apóstol de la caridad de palabra (Virtudes y Valores)

Pablo, el apóstol de la caridad de palabra
San Pablo fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo la que sirva para edificar y para hacer el bien a quienes os escuchan”


Por: Carlos López, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 






A nadie le gusta experimentar la amargura de la mentira y del embuste, ni siquiera el sinsabor de una simple mofa o un insulto. Son ratos decepcionantes. Qué desagrado saber que se es víctima de una mala referencia. Duele el orgullo, el honor. Se piensa inmediatamente, y no siempre de buena forma, sobre el autor de tal desatino.

Pero la experiencia enseña lo fácil que es caer en estas insidias. Se podría pensar en esas conversaciones subidas de tono que desconciertan, porque, entre puyas y sarcasmos, se pisa fácilmente el nombre de un amigo o de un conocido. A pesar del buen rato que se pasa, al final se experimenta cierta insatisfacción, como un vacío, y en algunos casos hasta se siente el remordimiento de haber cometido una injusticia.

Por el contrario, ¡qué delicioso sabor deja una conversación sana o un comentario constructivo donde nadie sale mal parado!

San Pablo fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo la que sirva para edificar y para hacer el bien a quienes os escuchan” (Ef 4,29). Y se refería a una costumbre que Él mismo procuraba practicar porque la llevaba a flor de piel: “Hermanos, tened en mucha estima todo lo que hay de verdadero, de justo, de santo, de amable, de elogiable; toda virtud y todo lo que merece alabanza. Practicad todo lo que aprendisteis de mí, lo que recibisteis de mí, lo que oísteis de mí, lo que visteis en mí” (Flp 4,8-9).

A veces es difícil cerrar la boca y morderse la lengua en casos particulares, como cuando se recibe una ofensa, o cuando se antoja alguna ironía. A este respecto, san Pablo recomienda una actitud que rompe todo esquema mundano para sobreponerse en un plano más honroso y caballeroso: la caridad. “La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no busca el propio interés, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia; se complace en la verdad” (1Co 13,4-6). ¿Por qué, en lugar de un reclamo, un enojo, una cara fea o un insulto, mejor no se devuelve una sonrisa, una mirada compresiva, una palabra de ánimo, o si es el caso, de perdón? ¿Por qué no, antes de soltar el comentario frívolo, se deja en el bolsillo y se habla de temas edificantes?

Quien se limita a lo externo o a lo superficial nunca llega a apreciar la gran riqueza interior de tantas personas y, por tanto, las conversaciones y juicios se quedan en el chisme y en el comentario trivial de los defectos ajenos, como si uno no tuviese los propios. Por eso, en las relaciones interpersonales siempre se debe ir a lo más noble del hombre, a su valor, a su espíritu. “Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezca de entre vosotros. Sed buenos entre vosotros, perdonándoos mutuamente” (Ef 4,32).

Cuando el Apóstol escribía estas fogosas recomendaciones simplemente hablaba de lo que llevaba en su interior, en su corazón: la caridad. El deseo de comunicarla le consumía por dentro. De hecho, después de su conversión, dedicó toda su vida a transmitir la buena noticia del Evangelio. Sus palabras, aunque firmes, siempre comunicaron noticias positiva de sus muchos viajes, y fueron, además, un bálsamo de consuelo para las diversas comunidades cristianas. No cabe duda de que estuvo bien inspirado en las palabras del Maestro: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6, 37).

sábado, 21 de mayo de 2016

Un presente sin cadenas. (Virtudes y Valores)

Un presente sin cadenas.
San Pablo fue un hombre que vivió en el presente. Porque para él “la vida era Cristo y la muerte una ganancia”.


Por: Ernesto Márquez, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 











Martín Descalzo en uno de sus artículos señalaba que algunos hombres viven atados al pasado por temor o añoranza, y otros al futuro por miedo o ansia. Porque el pasado o el futuro nos encadenan.

San Pablo fue un hombre que vivió en el presente. No dejó que el pasado frenara su vida. ¡Y vaya si se encontró en ocasiones adversas que pudieran acobardarle! Ningún discípulo de Cristo sufrió tantos peligros como él por tierra, por mar, en su cuerpo, en su alma, de conocidos y de extraños.

La añoranza de las acogidas calurosas que le ofrecieron en algunas ciudades de misión no le retuvo. Hubiera sido fácil permanecer allí. Sin embargo, le ardía el alma por llevar el mensaje evangélico a quienes aún no lo tenían, aunque significase meterse en más aprietos.

El miedo al futuro no le amilanó. Porque para él “la vida era Cristo y la muerte una ganancia”. Este hombre llegó incluso a preguntarse si era mejor ir al cielo o permanecer en la tierra para ayudar a sus hermanos y prefirió seguir luchando en el presente.

Mucho menos fue el sueño de un futuro idealista lo que le hizo dormirse en los laureles de una perfecta predicación del Evangelio. Aprendió, sufriendo, lo que cuesta ganar un discípulo para Cristo; decía que sufría dolores de parto para ver engendrado a Cristo en sus fieles (Cf. Gal 4, 19). Nunca soñó con santa ingenuidad que con mover un dedo o subir a un púlpito realizaría su misión.

El Apóstol de las gentes pudo haberse encadenado al ayer o al porvenir, pero prefirió vivir el presente sin permitir que éstos condicionaran su vida. “Olvidando lo que dejo atrás me lanzo hacia lo que está por delante.” (Flp. 3,13). No es que haya desechado su pasado y futuro, sino que los aprovechó y, una vez que supo lo que quería en la vida, se dejó arrastrar por su Ideal. Leyendo las cartas de Pablo hallamos un hombre apasionado que nos aguijonea el alma acrecentando nuestras ganas de vivir.

Depende de nosotros el vivir o simplemente ser vividos. Decía un santo que nosotros hacemos los tiempos. Qué cierto, porque en nuestras manos está lo que hagamos con nuestra vida. Dios nos da todo de su parte para que seamos felices. Sólo falta que pongamos esfuerzo también nosotros.

Es fácil que nosotros mismos nos forjemos cadenas que después nos sujeten. Anillos de fracasos que sucedieron tiempo atrás o de rencores que no hemos querido sanar. Eslabones de añoranzas de días felices que ya no son o de personas amadas que ya no están. Grilletes de cobardía ante fantasmas de un futuro que probablemente no llegará. Esposas de sueños novelescos de felicidad sin esfuerzo. Cadenas, en fin, que hechas de papel y sólo coloreadas de hierro, no nos atrevemos a romper para ser libres y aprovechar el presente para amar y entregarnos a los demás.

Si las circunstancias nos hacen ver como imposible romper nuestras ataduras, hay que levantar los ojos a la cruz de Cristo y avanzar hacia adelante, sin temor, con fe, con la confianza de que “todo lo podemos en Aquel que nos conforta” (Flp. 4, 13). La vida es una y sólo se vive una vez. Tenemos que emplearla para crecer en el amor hoy, cuando aún hay tiempo. Un amor que se haga obras, pensamientos y palabras para quienes están hoy junto a nosotros.



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miércoles, 18 de mayo de 2016

La esperanza de San Pablo (Virtudes y Valores)

La esperanza de San Pablo
No podemos dejar de luchar. Con la esperanza en Dios lo podemos todo, aún en los días oscuros y difíciles de la vida.


Por: Eric Gilhooly, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 












La historia de la humanidad traza la imagen de una batalla por el mundo, una guerra sin tregua ni respiro entre las fuerzas de la oscuridad y los seguidores de la luz. Cada persona se encuentra en medio de estas huestes.

Desde el momento del bautismo, hemos sido llamados a militar en favor de la bandera de Cristo. Es nuestro deber como cristianos luchar por vivir con coherencia: “Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz”. (Ef 5,8)

Pero, esta pelea por la salvación, ¿la podemos ganar? Cada día escuchamos noticias de ataques contra la fe, el creciente materialismo, persecución contra los cristiano, una creciente cultura de la muerte… Algunos medios de comunicación bombardean constantemente a sus espectadores con ideales de placeres instantáneos: sin límite ni responsabilidad. Jóvenes encadenados por la seducción de la droga, adultos que viven con indiferencia… con este panorama ¿es posible una victoria?

En estos tiempos difíciles hay una virtud indispensable. “En la esperanza fuimos salvados” (Rm 8,24) nos recuerda el Apóstol de los gentiles. Y así, Benedicto XVI intituló su encíclica: Spe Salvi, indicando la cura más apta para nuestras vidas y para la sociedad actual. “Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”. (Spe Salvi, 30) El hombre es más que polvo, más que su carne y hueso: tiene un alma inmortal que sólo puede encontrar satisfacción en su Creador. Esta virtud de la esperanza la vemos encarnada en la vida del apóstol san Pablo.

San Pablo nos anima en el combate: “Nosotros, por el contrario, que somos del día, seamos sobrios; revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1Tes 5,8). No podemos dejar de luchar. Con la esperanza en Dios lo podemos todo, aún en los días oscuros y difíciles de la vida.

Podemos mirar a Cristo como ejemplo. ¿Cuál fue el momento más doloroso en su vida? Ciertamente fue el Calvario. Así Pablo, siguiendo el ejemplo del Maestro “ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido” (Rm 4,20-21). Con Cristo en la cruz parecía que todo se había perdido... pero allí estaba el triunfo más grande de la historia, y esto lo entendió muy bien san Pablo.

El hombre sin esperanza no tiene sentido, es como una noche sin estrellas: hostil e inhumana. Pero con ellas, el cielo cambia de aspecto por completo y nos asegura que hay algo más allá de nuestros problemas presentes.

Cristo mismo dijo a sus apóstoles la noche antes de la prueba más fuerte de su fe: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Estas palabras nos dan fortaleza... Y es el parpadear tenue de la vela que proclama la presencia del Señor entre las sombras circundantes que tanto nos consuela: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido” (Jn 1,5).

martes, 17 de mayo de 2016

La fuerza de san Pablo (Virtudes y Valores)

La fuerza de san Pablo
La fortaleza es como un rompeolas a la orilla de la playa; vienen los vientos, las tormentas, el agua golpea furiosamente, pero no se mueve ni un milímetro de su lugar


Por: José Luis Galarza, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 













Carácter fogoso, apasionado, luchador, magnánimo, Saulo de Tarso no era precisamente un hombre blando sino de una terrible fortaleza.

Nacido en una familia tradicional, fiel conocedor y observante de la ley, educado en Jerusalén, de origen judío, cultura helenística, de nombre y ciudadanía romana. En definitiva, un hombre arrollador. Nada le faltaba. Estaba bien cimentado en sus principios e ideales. Se bastaba a sí mismo, en apariencia no necesitaba de nadie. Los cristianos, “a los que perseguía encarnizadamente” (Gal 1,13), ni siquiera le movían a la compasión. Su actitud altiva al presenciar la lapidación del primer mártir cristiano san Esteban, cuidando los mantos de los verdugos, da testimonio de que estaba seguro de lo que hacía, que era un hombre de gran fortaleza.

La fortaleza significa permanecer firme ante las dificultades y ser constante en la búsqueda del bien. Esta virtud es como un rompeolas a la orilla de la playa; vienen los vientos, las tormentas, el agua golpea furiosamente, pero no se mueve ni un milímetro de su lugar. Está bien cimentado.

Para Saulo este rompeolas era él mismo, hasta que vino Cristo y dejó ciego de frente a sus seguridades, a sus “ganancias” (Cf. Flp 3,7-8). ¡Qué paradoja!, cuando se apagó la vista del cuerpo, se le abrieron los sentidos del alma. Desde ese momento, la fortaleza de su vida estaba anclada más profundamente, tenía otro nombre: la fortaleza en la fe.

Dios permite algunas circunstancias difíciles para “cegarnos” y ver que solos no podemos hacer todo; la pérdida de un ser querido, una enfermedad funesta, una catástrofe natural, etc. Son golpes que nos despiertan de nuestros dulces sueños y nos hacen salir de nuestro egoísmo y nos hacen darnos cuenta que a nuestro alrededor hay gente que podemos ayudar y de la cual, también necesitamos.

Después del terremoto que hubo en abril de 2009 en Abruzzo, Italia, una mujer, contemplando las ruinas de su casa afirmaba en una entrevista “poseer, para mí, ya no significa nada”. El verdadero valor de las cosas se ve en esos momentos, de cara a otra realidad . San Pablo, ante las adversidades que le hacían ver su fragilidad, pero unida a la fuerza de Cristo, exclamaba: “Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,10).

Otro testimonio conmovedor después del terremoto, fue el de un hombre que encontró a su esposa y a sus hijos que habían quedado sepultados bajo su casa. Comentaba que “la fe era su fuerza” con la que podía superar este dolor tan profundo. Por ella se daba cuenta de que Dios permitió este suceso para abrirle los ojos y hacerle ver la importancia de vivir para los demás. “Dios lo permitió”, decía, “porque no quería que siguiésemos viviendo cada uno encerrados en nuestros propios problemas. Esta prueba sólo tiene significado en y por la fe”.

Así también Saulo de Tarso, cuando recobró la vista en su vida, miró hacia otra dirección; ya tenía un ideal más grande por el cual luchar, se daba cuenta que no debía vivir para sí, sino para Cristo y para los demás. En adelante, lo flagelaron, lo lapidaron, naufragó, pasó días en la cárcel, le asaltaron, se burlaron de él, lo ignoraron, etc. Pero gracias a su rompeolas de la fe, aunque el agua lo mojara, el viento lo desgastara y los golpes lo laceraban, no se movió más, porque ahora sí estaba bien cimentado, no en la fragilidad del hombre, sino en la fortaleza de Dios. “He competido en el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (2Tim 4, 6-8).



¡Vence el mal con el bien!

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lunes, 16 de mayo de 2016

San Pablo, el CEO de Cristo (Virtudes y Valores)

San Pablo, el CEO de Cristo
Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Terminemos el año paulino con coraje, con pasión, con celo apasionado por la salvación de las almas.


Por: Santiago Giraldo, L.C. | Fuente: GAma - Virtudes y Valores 









Eficaz. Creativo. Humilde. Sacrificado. Bondadoso. Inteligente. Sabe trabajar en equipo: delega, escucha, anima y exige. Tiene celo. Es un líder.

Estas son algunas de las cualidades que empresas y marcas prestigiosas a nivel mundial buscan condensadas en una persona. En lenguaje empresarial esta figura la denotan como CEO: chief executive officer, y no es poca la confianza que se le deposita.

Un CEO tiene la responsabilidad de conservar y potencializar al máximo la empresa a él encomendada. De él depende, en gran medida, el éxito de la compañía y los miles de trabajadores que con su esfuerzo la hacen grande. Un error suyo puede ser desastroso para las entidades y personas que dependen de él.

San Pablo, en sentido análogo, era el CEO de Cristo. No carecía de las cualidades arriba mencionadas y poseía en gran medida, una a la que no se le da tanta importancia, y que unida a su gran carácter apasionado, le daba una personalidad arrolladora y una fuerza enorme para cumplir su difícil misión. Se trata del celo apostólico.

El celo es sinónimo de laboriosidad, diligencia y eficacia. Se contrapone a la pereza, a la pusilanimidad y al desánimo.

Dicen los expertos en mercadotecnia que el éxito de un buen vendedor de productos estriba en el conocimiento del objeto. Cuanto más se conoce la cosa, más se ama, más se estima. Y una vez conocido se difunde con pasión, con celo.

El secreto del éxito del apóstol de las gentes está aquí. “Todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,8). Este era su único amor, su única ilusión y su único motor. Tanto es así, que gracias a su colosal esfuerzo y a la gracia de Cristo que lo sostenía, esta gran “empresa”, que es la Iglesia, se sostiene y camina con paso firme después de 2000 mil años.

Desde que san Pablo escuchó la voz de Dios que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 26,14) se entregó con un celo apasionado a la extensión del Reino de Cristo en el mundo. No escatimó esfuerzos y los problemas no le amedrentaron. Seguramente hacía eco de aquellas palabras del salmo 69: “Me devora el celo de tu casa, y caen sobre mí los insultos de los que te insultan”.

Las dificultades fueron la constante de su vida, pero la fuerza del amor de Cristo fue el motor de su celo apostólico. Nada lo detenía. Es bien conocido el pasaje de (2Co 11,24-27), donde san Pablo habla de sus pruebas, azotes, naufragios y fatigas. Pero si pensamos bien, se requiere mucho valor para sufrir todo esto y seguir predicando un mensaje que para muchos estaba condenado al fracaso.

Gracias a su celo muchos hombres de su tiempo pudieron conocer el tesoro del cristianismo. Esta certeza no nos puede hacer olvidar que el futuro del cristianismo depende de Dios en primer lugar y, por lo que toca a nosotros, los “san Pablos” de hoy, del testimonio con el que vivamos y transmitamos nuestra fe.

En este mes de junio se concluye el año paulino. La Iglesia, a través del Papa, lo ha presentado como ejemplo de vida y como ideal a imitar. Las virtudes que hemos aprendido de san Pablo en este año paulino no pueden quedar inertes en nuestra memoria. La teoría no tiene ningún sentido si no se pasa a la práctica. Y los cristianos de hoy tenemos una tarea enorme en la evangelización y recristianización del mundo.

“Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8,31). Terminemos el año paulino con coraje, con pasión, con celo apasionado por la salvación de las almas. Tenemos la mejor garantía de nuestra vida: Cristo. “¿Quién nos hará temblar?”.