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domingo, 1 de octubre de 2017

El aborto, una periferia olvidada (Fernando Pascual, L.C.)

El aborto, una periferia olvidada
Fernando Pascual, L.C.
Autoridad y libertad en la educación de los hijos
Victoria Cardona
        Nos duelen las noticias que desvelan cómo cientos de personas mueren por causas evitables: por culpa de mercaderes que prometen a tantos desesperados viajes de esperanza en barcos miserables; por guerras absurdas alimentadas con el tráfico de armas; por hambres y sequías provocadas por gobiernos ineficientes y por conflictos endémicos.
        Entre esas causas evitables, hay una a la que muchos se han acostumbrado: los centros o “clínicas” donde cada día son eliminados decenas, quizá centenas, de hijos en el seno de sus madres.
        Hay muchas periferias olvidadas en nuestro mundo. Una de ellas está muy cerca de nosotros. Es la del aborto que ha sido aceptado y domesticado desde leyes inicuas que han declarado como “derecho” lo que es simplemente un delito, según una denuncia firme pronunciada hace años por Juan Pablo II.
        Por eso, mientras criticamos catástrofes y desgracias que con medios y dinero pueden ser evitadas, también hemos de tener el valor de mirar de frente ese fenómeno del aborto que tanto daño hace cada año a millones de seres humanos inocentes.
        No podemos vivir con la mirada indiferente ante uno de los mayores dramas de la historia. El fenómeno del aborto, con su difusión masiva en tantos lugares del planeta, necesita ser denunciado y puesto ante los ojos de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
        Sólo si tomamos conciencia de lo que pasa en cada aborto, seremos capaces de revitalizar aquel deseo de san Juan Pablo II: “una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida” (encíclica “Evangelium vitae” n. 95).
        Entonces habrá más voluntarios a favor de la vida y más ayudas concretas a las mujeres que sufren presiones para abortar o que necesitan manos amigas durante los meses de embarazo. Así serán librados de la muerte millones de hijos que, gracias a su nacimiento, embellecerán nuestro planeta con su mirada y su gratitud por haber sido apoyados y protegidos en el gran don de la vida.
 

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sábado, 11 de marzo de 2017

Menos católicos, ¿edulcorar el Evangelio?

Menos católicos, ¿edulcorar el Evangelio?
Cristo fue claro: o estamos con Él o estamos contra Él 

Necesitamos aprender testimoniar y ofrecer el Evangelio íntegramente, con alegría y esperanza.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 



En algunos lugares disminuye fuertemente el número de católicos. En otros, muchos que se declaran católicos viven como si no lo fueran.
Ante este tipo de fenómenos, no falta quien acusa a la Iglesia de rigidez y de falta de tacto. Si la gente no está lista para vivir una moral como la católica, ¿no habría que edulcorar el Evangelio?
La pregunta, a veces, está vestida de realismo. Se dice que no todos tienen vocación de héroes, que la vida es muy difícil, que hay que adecuarse a los tiempos, que la rigidez provoca deserciones...
Afrontar así este tema supone apartarse del Evangelio e implica una especie de pacto con la mentalidad del mundo. Es decir, va contra el modo de enseñar de Cristo y contra la verdadera acción misionera de la Iglesia.
Porque Cristo fue claro: o estamos con Él o estamos contra Él (cf. Mt 12,30). Tras el sermón sobre el pan de vida, no buscó un compromiso con los escandalizados. Simplemente preguntó a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67)


Sobre todo, Jesús explicó que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero (cf. Mt 6,24). Además, recalcó que si algo en nosotros nos lleva al pecado, hay que cortarlo con firmeza (cf. Mt 5,29-30).
Así se vivió la fe en las primeras comunidades, en las que san Pablo no dudaba en decir con franqueza: “¿No sabéis que ningún malhechor heredará el Reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los immorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el Reino de Dios” (1Co 6,9 10).
Frente a quienes dejan la Iglesia, o frente quienes se dicen católicos pero están lejos del Evangelio, lo correcto es actuar como el Maestro: buscar a las ovejas perdidas, curar a las enfermas, ayudar a las débiles, iluminar a las confundidas, rezar por todas con auténtico afecto de hermanos. Todo ello sin edulcorar el Evangelio.
En medio de grupos y sociedades caracterizadas por la tibieza, el pacto, la condescendencia, la cobardía, la simulación, el verdadero discípulo de Cristo vive unido a la vid y se convierte, entonces, en sal que purifica y luz que ilumina. Porque, “si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres” (Mt 5,13).
Por lo tanto, en vez de buscar adaptaciones y edulcuraciones que hipotéticamente detendrían la fuga de tantos bautizados, hay que saber testimoniar y ofrecer el Evangelio íntegramente, con alegría y esperanza. Solo así ayudaremos a nuestros hermanos, porque a través de nosotros podrán redescubrir la belleza del mensaje de misericordia que Cristo ofrece a cada generación humana.

martes, 3 de mayo de 2016

Comentario a la liturgia dominical – Séptimo domingo de Pascua Solemnidad de la Ascensión del Señor 03052016

Comentario a la liturgia dominical – Séptimo domingo de Pascua Solemnidad de la Ascensión del Señor

Ciclo C Textos: Hech 1, 1-11; Heb 9, 24-28; 10, 19-23; Lc 24, 46-53
Mosaico con una representación de Jesús de Nazaret, existente en la antigua Iglesia de Santa Sofía (Estambul), fechada cerca de 1280.
Mosaico En La Antigua Iglesia De Santa Sofía (Estambul).
(ZENIT – Monterrey).- Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, director espiritual y profesor en el Centro de Humanidades Clásicas de la Legión de Cristo, en Monterrey (México).
Idea principal: La Ascensión del Señor nos invita a “volar” al cielo con la mente y con el corazón.
Síntesis del mensaje: Este misterio glorioso de la vida del Señor se resume así: Jesús, después de su vida en la tierra, de haber dejado instituida su Iglesia y habernos regalado su presencia resucitada y perpetua en los sacramentos, volvió al cielo, de donde había bajado para realizar la salvación de la humanidad, para sentarse a la diestra del Padre y ser nuestro intercesor. Y desde allá nos enviaría el Espíritu Santo que guiaría a la Iglesia y nos guiaría a cada uno a ese cielo prometido y anhelado por todo corazón humano.
 Puntos de la idea principal:
En primer lugaren este día el hombre debería anhelar “volar” al cielo. Cuenta la mitología que el primer hombre que realizó el sueño inmortal de todos los mortales, volar, fue Ícaro, hijo de Dédalo, el ingeniero constructor del laberinto de Creta. Gracias a unas alas de pluma y mimbre, que le construyó su padre y se las pegó con cera a las espaldas, Ícaro despegó un día de la isla de Creta rumbo al Olimpo, que era el cielo de los dioses paganos. Pero, al sobrevolar el mar Egeo, atravesó las nubes, le pegó el sol, le derritió la cera, le despegó las alas y, ¡todo su gozo en un pozo!, el pobre Ícaro cayó al mar entre las islas de Samos, patria chica del teorema de Pitágoras, y la de Patmos, destierro del evangelista san Juan. Pero con el fracaso de Ícaro no se les acabaron a los hombres las ganas de despegar de la tierra y subir al cielo. El 12 de abril de 1961, el cosmonauta ruso Juri A. Gagarin despegó de la base siberiana de Baikonur a las 9.07 a.m. y, a bordo de su cápsula espacial Wostok, en 89 minutos trazó una elipse de 175 y 327 kms de altura alrededor de la tierra. Y aunque este ruso se burló de Dios diciendo: “Estuve por el cielo y no he encontrado a Dios”, sin embargo, el hombre sigue anhelando el cielo. Y es una verdad de fe que el cielo existe. Y que allí está Dios. Y que Jesús, un día como hoy subió al cielo por la vertical del Olivete.
En segundo lugar, Jesús no es ni un Ícaro ni otro Gagarin. Pero esta gran noticia de la Ascensión del Señor es de un evento teológico de primera magnitud, que desvió el curso de la historia humana, trastornó los planes de los hombres y hoy nos tiene a nosotros de testigos. Enseña lo siguiente: han terminado las páginas de la historia en que algunos hombres y mujeres privilegiados vivieron la cercanía inmediata y sensible de Jesús resucitado, y ahora hay que pasar página. Ya nunca más ningún mortal volverá a verle, oírle, tocarle, sentirle…de carne y hueso. Pasemos página. Y ahora comienza la historia de la presencia resucitada, mística, pero real de Cristo que dijo: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 19-20). Comenzó la era de la Iglesia de Jesús, que dijo:“Seréis mis testigos…hasta los últimos confines de la tierra” (Hech 1, 8), y lo somos. Ésta es la era del Espíritu de Jesús, que dijo: “Seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hech 1, 5), y lo fuimos. Cuando Jesús les habló por última vez, no volvieron a verle más con los ojos del cuerpo, pero comenzaron a sentir su presencia con los ojos de la fe y pensaron: realmente subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Esto es la Ascensión.
Finalmentey los hombres de hoy, ¿será que sienten esta presencia de Cristo y anhelan el cielo? Algunos tienen ojos que miman y ceban y no hartan. Y por eso, no miran al cielo. Otros entre tantas diversiones hacen pesado el corazón y no se elevan a las alturas celestiales. Viven el consejo del poeta Horacio: “Carpe diem”, disfruta el día, y lo estrujan como a un limón, hasta la última gota; y después experimentan la resaca, la soledad, el hastío y el asco. ¿Y el cielo? Nada. No obstante, hay cosas todavía que levantan el ánimo y nos invitan a mirar hacia arriba: la sonrisa limpia de un niño, un poco de belleza en un atardecer, un “te quiero” pero bien dicho, un adiós con sincera nostalgia, una llamada de un amigo, el espectáculo del mar sereno, un minuto de libertad, un rato de oración íntima en una capilla donde está prendida la vela del Santísimo. Todo esto nos invita a mirar y a “volar” al cielo, al menos por momentos. Y alegrar y dar sentido a nuestra existencia, a nuestros dolores y fatigas, a nuestros actos de generosidad y bondad. No, la vida no acaba acá. Después de nuestra pasión y muerte, vendrá la resurrección y la ascensión. Como con Jesús. Ascendemos para entrar en Dios, encontrarnos con Él y disfrutar de su presencia amorosa. Y Él nos está esperando. Y Cristo, ya nos preparó una morada. En este día se acaban las nostalgias y las penas, pues hemos llegado a nuestro cielo natal. Allí todo es alegría y júbilo y amor. Pero con Dios y los amigos de Dios.
Para reflexionar: ¿Cuántas veces pienso diariamente en el cielo? ¿Qué es lo que más me gusta del cielo? ¿Qué hago para poder llegar un día a ese cielo que Cristo nos abrió con su Ascensión? ¿La certeza del cielo me hacen llevaderos el sufrimiento y la cruz en mi vida? ¿Qué hago para llevar a todos mis seres queridos al cielo?
 Para rezar: recemos con Fray Luis de León en su Oda en la Ascensión:
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?…
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?…
Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email:arivero@legionaries.org

miércoles, 3 de febrero de 2016

El silencio en comunidad

El silencio en comunidad

Escrito por  28 Ene 2016
El silencio en comunidad

El silencio en la caridad fraterna

H
ace unos meses, supe de un religioso que, al regresar de su visita familiar, expresó en comunidad la siguiente queja: “Decimos que la comunidad es nuestra familia, pero nada de eso. Acabo de estar en mi casa. ¡Qué ambiente! El amor y caridad que he recibido de mis familiares ha sido algo totalmente diverso de lo que recibo en comunidad. Ahora, al volver a la comunidad, la experimento como algo totalmente diferente de lo que viví en mi casa”.
No sé, cuantos de ustedes, consagrados y consagradas que leen estas líneas, se identifican con esa queja. Yo, debo decirlo, sentí una gran tristeza al conocer estas palabras.

La comunidad: mi familia de Dios

Como religioso que tuve que alejarme de mi casa y familia, siempre me ha interpelado la pregunta deCristo sobre su madre y sus hermanos. Y he encontrado gran luz en la respuesta que Él mismo ofrece: “el que haga la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Entendí que elseguimiento de Cristo no rompía mi corazón al alejarme de mis seres queridos sino, por el contrario, me impelía a ensancharlo para amar, como padre y hermano, a todos los que buscan al Señor.
Para vivir en comunidad, antes que nada, es necesario hacer silencio a tantas ideas desvirtuadas de comunidad que pueden pulular a nuestro alrededor. La comunidad no es, ciertamente, mi familia de origen. La comunidad es mi familia de Dios. Pero para vivir como familia de Dios hay que hacer muchos silencios.

Aprender en silencio a descubrir a Dios en sus miembros

Si la comunidad es familia de Dios, debo descubrir al Dios que hay en cada uno de sus miembros. Cada miembro es bueno pues tiene a Dios como creador; cada miembro es hijo de Dios pues el Padre lo ha acogido como adoptivo por medio del bautismo; cada miembro es esposo de Dios pues con Él, por medio de la profesión religiosa, ha creado una alianza de comunión. ¡Cuánto amor de Dios depositado en cada uno de los miembros de mi comunidad!
No soy ingenuo ni idealista. Soy consciente de los errores, descuidos, pasiones e, incluso, malicia que hay también en ellos, como lo hay en mí. Ante esta verdad, silencio, silencio. Es necesario hacer silencio en mi memoria, en mis sentimientos y, por que no, en mi imaginación, de todas esas exterioridades reales que acompañan la personalidad de mis compañeros; hacer silencio de prejuicios, fundados o no, para descubrir y tener siempre presente en la mente y el corazón la presencia divina en cada uno de mis hermanos religiosos.

Aprender en silencio a ser padre, madre y hermano

Tras esta visión sobrenatural, es necesario preguntarnos con qué actitud nos ponemos ante ellos. Es fundamental nuestra actitud para no caer en la queja del religioso que comenté al inicio. Cuando yo, religioso, visito mi familia, siempre soy el hijo o, al menos, el hermano huésped que viene de fuera. Y como tal soy tratado y me dejo tratar para no desairar a mis padres y hermanos. ¿Y cuándo regreso a la comunidad? ¡Qué triste sería que mi comunidad me tratara como huésped o como hijo! ¡Qué poca responsabilidad, por mi parte, si me dejara tratar de ese modo! Sería como un padre de familia que tras visitar a sus padres y recibir de ellos cariño y antojos, regresara a la familia, que él ha formado, exigiendo a la esposa y a los hijos el mismo trato que recibe de sus padres.
La comunidad es una familia, sí, lo es. Pero mi lugar en esa familia no es ser hijo, sino padre, madre y hermano de todos los demás miembros. A ellos me debo, soy responsable de ellos, pues de Dios he recibido a cada uno. Como unos padres reciben como don cada uno de los hijos indistintamente de sus cualidades o defectos, así cada religioso debe colocarse en comunidad con un corazón de padre y madre para acoger a los miembros de comunidad que Dios le regale, con sus cualidades y defectos, sus simpatías y antipatías. Pero esto requiere un gran silencio. Silencio de mis gustos, de mis opiniones, de mis planes y puntos de vista para acoger los gustos, opiniones, planes y puntos de vista de los demás. La comunidad, como mi familia de Dios, no es para recibir sino para dar, más aún, para darme a los demás.

Aprender en silencio a hacerse don

Demos un paso más. Cada miembro comunitario, incluido yo mismo, tenemos nuestras cualidades de personalidad o de formación. Todas ellas son dones de Dios. Todo don, además de beneficiar a quien lo recibe es don para los demás. ¡Qué triste el refrán acuñado en la vida de convento: “en comunidad no muestres tu cualidad”! No, este dicho no tiene nada que ver con el religioso que sabe hacer silencio de sus propias pretensiones para hacerse don para los demás. Será necesario hacer silencio del propio cansancio y pereza, silencio de falsas humildades para ser servidor de todos; será necesario hacer silencio de una justicia minimalista y con medida, para hacerse don al servicio de todos y cada uno de mis hermanos de comunidad.
Pero también están los dones de los demás. Dones, sí, que están al servicio mío y que de ellos me beneficiaré. Pero, también, como padre que pondera las cualidades y habilidades de sus hijos, así yo seré pedestal que ensalce los dones que mis hermanos han recibido. Para ello será necesario hacer silencio de envidias, vanidades y comparaciones.

Aprender en silencio a perdonar

No podemos olvidar los defectos. Siempre están ahí. En los demás y en uno mismo. Sería un idealismo pensar o pretender que en la vida comunitaria no existiera esta realidad con todas sus diversas manifestaciones y consecuencias: errores, fallos, perezas, equivocaciones, individualidades, malos entendidos, descuidos, olvidos, susceptibilidades, despistes, egoísmos, irresponsabilidades, comparaciones, y un largo etcétera. ¿Qué hacer con esta larga lista de defectos y dificultades que aparecen en la convivencia? Lo mismo que hay que hacer en cualquier otro tipo de convivencia humana pues ninguna está exenta de estas situaciones.
Recuerdo una joven que en una ocasión se me describió como una rosa. “Soy, decía, una joven con cualidades, con hermosos pétalos, forma y fragancia, pero también ¡con unas espinas!”. Así es, la comunidad es un manojo de rosas que juntas ofrecen una imagen hermosa y gustosa, pero que encierra frecuentes roces, pinchazos y heridas. ¿Qué hacer?

Silencio para aceptarnos

Considero necesarias dos actitudes personales. En primer lugar, de cara a los propios defectos se requiere una actitud de trabajo y superación junto con un sano realismo. Es decir, hay que reconocer que los defectos personales, sobre todo si son de temperamento pero también si son adquiridos, no sonsuperables en su totalidad. Esto implica trabajo serio y exigente por formar hábitos contrarios al defecto, pero también hacer silencio de nuestras ínfulas de perfeccionismo con el fin de aceptarnos como somos, no obstante el mal que podamos hacer a los demás, con nuestras espinas personales.

Silencio para aceptar y crecer

¿Y de cara a los defectos ajenos? Si la otra persona fuera, en verdad, una rosa, la primera recomendación sería evitar coger la rosa por donde tiene una espina. ¿Qué significa esto en la práctica del trato personal? Pues significa hacer silencio de todas las circunstancias negativas enumeradas hace poco. Hacer silencio no significa ignorarlas sino acallarlas en el interior, no darles vueltas, no estar constantemente pensando en ellas, sobre todo si no está en nuestras manos, como ocurre frecuentemente, la solución y superación de tales hechos. Muchas veces, ciertos miembros de la comunidad parece que les encanta volver y volver sobre lo negativo que hay en la convivencia religiosa.
Pero hay otro modo de enfrentar los defectos ajenos. Se trata de acogerlos como retos y posibilidad de crecer en la caridad. Cada defecto o circunstancia negativa que surja en la convivencia comunitaria es una oportunidad para ensanchar el propio corazón de modo que en él pueda entrar también las personas con ese defecto. Es necesario hacer silencio de las quejas pues quejarse del modo de ser del otro es no querer superarse a sí mismo. Por el contrario mantenerse en el respeto y la caridad cuando se experimenta las deficiencias ajenas es tomar en serio el amor a los enemigos y la caridad universal que Cristo enseñó.
Conclusión. Formar la virtud del silencio, además de ayudar en la relación con Dios, nos ayudará también para promover la vida de caridad en la comunidad.

http://www.la-oracion.com/item/4609-el-silencio-en-comunidad.html