¿Existe Mateo 19? ¡Sí! Pero nunca se nos lee.
Comentario primero:
Domingo 25º del TO. Ciclo A (20.09.2026): Mateo 20,1-16.
Primeros y últimos, ¿de qué? Lo medito y escribo CONTIGO,
Para este domingo se nos propone la lectura, la meditación crítica y la homilía ‘eucarística’ del texto de Mateo 20,1-16. Una parábola que sólo nos cuenta este Evangelista. Otra parábola sobre la realidad de la presencia del Reino. ¿No fueron suficientes las parábolas del capítulo decimotercero para decirnos qué es ese Reino-Reinado de Dios? ¡Una parábola anti-sistema!
El domingo pasado nos leímos y comentamos la parábola última del capítulo decimoctavo de este Evangelio. Y ahora, en un salto invisible e increíble sobre el silencio del decimonoveno capítulo que nunca se le lee al pueblo, nos acercamos al final de la segunda etapa del camino de subida desde Galilea hasta Jerusalén. Camino de subida de Jesús y del seguimiento de cuantas personas acompañan al laico de Nazaret llamado Jesús.
“Por eso, con el Reino de los Cielos sucede lo mismo que con el dueño de una hacienda que salió muy de mañana a contratar trabajadores para su viña” (Mt 20,1). Así es el comienzo de la parábola que leemos en las celebraciones de este domingo. De este texto deseo llamar la atención sólo de las dos primeras palabras que nunca se nos leerán en la liturgia: “Por eso”; o ‘En efecto’, que traducen otros; o, ‘Porque’, como escriben otros... En el texto original griego, el Evangelista escribió una partícula a modo de hilo de sutura que une el texto de esta parábola con el relato anteriormente contado en el final de Mateo 19.
¿Tan importante es esta ‘partícula de sutura’, de unión, de inter-conexión? A mí me parece que sí. Por eso, lo comento. Y por ello transcribo aquí ese final que es el contexto en el que se debe comprender la llamada parábola de ‘los obreros contratados para la viña’: “Hay muchos primeros que serán últimos y muchos últimos que serán primeros” (Mt 19,30). Precisamente este mismo mensaje cierra y concluye la parábola, como se lee en Mateo 20,16.
En la parábola ‘los primeros’ son los trabajadores contratados a primera hora del día y ‘los últimos’ son los contratados cuando se acaba la jornada de trabajo. Tanto unos como otros, trabajadores de la viña, reciben el salario de un día de trabajo. Un denario. En nuestros esquemas del ámbito laboral y del ánimo de lucro cada uno recibe el salario según las horas del día o del trabajo realizado. La parábola de entonces no encaja en los esquemas de ahora.
Siempre que paseo mis neuronas por el tejido de esta parábola recuerdo la imagen del gran cementerio judío situado en la bajada del Monte de los Olivos hacia el Torrente Cedrón mientras se camina con los ojos puestos en la ciudad de Jerusalén. A ambos lados del torrente se contempla el cementerio y le explican a uno que todo ‘buen judío’ aspira a tener su tumba de enterramiento en este lugar porque en el día final de la historia cuantos allí descansan serán los primeros en ver y poder entrar en la nueva Jerusalén del Cielo. Hay que hacer todo lo posible por estar ahí, a la espera y levantarse para ocupar los primeros sitios en ¡la gloria judía!
¿Existe alguna religión, de las de antes como la de los faraones o de las actuales y en auge, en la que no haya estratificación entre los primeros o los de arriba y los últimos o los de abajo? Ninguna. Y en la que decimos la nuestra, ¿por qué se habla tanto de santos de peana y corona?
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 20.09.2020. Y también en Madrid, 20,09.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 43ª página del Evangelio de Mateo 24,1-51.
“Jesús salió del Templo” (Mateo 24,1). Según este Evangelista, desde este preciso momento de su narración se está empezando a cumplir lo que había dejado anunciado en Mt 21,45-46: La autoridad de aquel Templo de Jerusalén estaba buscando la oportunidad de apresar a Jesús para hacerlo desaparecer. El primer paso de esta desaparición es el éxodo, la salida definitiva, de Jesús del lugar central de la historia, la religión, la política... y la identidad de Israel.
A partir de ahora, Mateo pone en boca de su Jesús de Nazaret el quinto y último discurso. Con seguridad, aquel hombre y laico de la Galilea nunca pronunció este discurso tal cual lo leemos ahora sus oyentes. Los cuatro discursos anteriores tampoco los pronunció este Jesús tal cual los hemos leído y nos hemos atrevido a comentarlos críticamente. Recuerdo ahora que el primero de estos discursos lo encontramos en los anteriores capítulos quinto, sexto y séptimo.
Este explícito discurso final, el quinto, ocupa la totalidad de los capítulos vigésimo cuarto y vigésimo quinto del Evangelio de Mateo. Insisto en que el número de discursos de este Jesús de Mateo fueran cinco. ¿Acaso no anduvo pensando Mateo en los cinco libros de la Ley que puso su Yavé Dios en sus manos como Camino, Luz y Vida para el pueblo de Israel?
Creo que para este narrador Mateo, el verdadero y nuevo Moisés no es ya el de aquella Ley, sino el laico galileo protagonista de su relato que traía entre manos una nueva experiencia de vida, se la llame humana o divina, material o espiritual... Y esta experiencia nace, crece y llega a su plenitud cuando se siembra en los adentros de la persona esta semilla: “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás. Ahí se encuentran toda la Ley y los Profetas”. Este discurso final (Mateo 24-25) comienza con esta categórica afirmación de este Jesús ante la magnífica construcción del Templo del que acaba de salir: “¿Veis todo esto? ¡Todo será destruido!” (Mt 24,1-2). Una denuncia tan radical como lo es ésta no fue un mensaje ‘original’ ni de Jesús de Nazaret ni del Evangelista.
La primera persona que se atrevió a dejar escrita una denuncia tan radical fue un campesino de Moreset Gat, pueblecito cercano a Jerusalén, llamado Miqueas, que en los alrededores del año 725 antes de Cristo proclamaba: “Escuchad jefes de Israel... jueces... sacerdotes... y profetas... Por vuestra culpa el monte de Sión será arado, Jerusalén se convertirá en un montón de ruinas y el monte del Templo se cubrirá de maleza” (Miqueas 3,8-12). ¿Por qué? Este Jesús del Evangelista Mateo, como aquel Miqueas del campo, habla con diáfana clarividencia para toda aquella persona que se atreva a escuchar, sea de la época que sea: “Estad atentos para que nadie os engañe” (Mt 24,4). ¡Cuánto me recuerda esto lo que acabamos de leer y comentar en el capítulo anterior de este Evangelio! No me olvido, estamos leyendo el quinto discurso del ‘nuevo y definitivo Moisés de Israel, que es Jesús’ y éste nos llama la atención: Lo que importa siempre es ‘la buena noticia del Reino-Reinado de Dios’ (Mt 24,14; Mt 25,1). Y esta buena noticia ya nos la dejó regalada, sembrada y explicada en su tercer discurso (Mt 13). ¡¡¡Que nadie nos enrede a ti y a mí con el lenguaje de la apocalíptica!!!
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 22.09.2019. Y también en Madrid, 20.09.2026.
No hay comentarios:
Publicar un comentario