sábado, 26 de septiembre de 2026

Frases muy ingeniosas del Beato Fulton Sheen

 

Frases muy ingeniosas del Beato Fulton Sheen

Evangelizar a través de lapidarios aforismos e ingeniosas paradojas

Fulton Sheen, obispo en EEUU, predicador en radio y TV, beatificado en 2026

Fulton Sheen, obispo en EEUU, predicador en radio y TV, beatificado en 2026Francesca

25.09.2026 | 07:14



 



Voy a estampar, en este escrito, una recopilación de citas de Fulton J. Sheen, quien ha pasado de ser reconocido como Venerable a Beato el 24 de septiembre. 

Este arzobispo estadounidense -además de teólogo, escritor, profesor e impulsor de misiones y de ayuda humanitaria- fue muy célebre en su tiempo, pues se caracterizó por predicar en radio y televisión hasta su defunción, acaecida en diciembre de 1979; e incluso llegó a ser galardonado con un Emmy en 1952.

Hecha esta reseña introductoria, cabe destacar que uno de sus talentos más descollantes fue el de evangelizar a través de lapidarios aforismos e ingeniosas paradojas; una destreza que me recuerda sobremanera al estilo literario de G.K. Chesterton, el archiconocido escritor inglés. Así pues, procedo a compartir con todos ustedes, mis venerables lectores, algunas de las citas del Beato Fulton Sheen.

La primera a la que he decidido hacer mención reza así: 

  • “Antes de la conversión, era el comportamiento el que, en gran medida, determinaba la creencia; tras la conversión, es la creencia la que determina el comportamiento”. 

A raíz de este aforismo, retorna a mi memoria el consabido dicho de “vive como piensas o acabarás pensando como vives”; o aquella cita mediante la cual Chesterton nos advirtió de que quien deja de creer en Dios, puede acabar creyendo en cualquier cosa; y, sobre todo, pone de relieve una de las máximas de Santo Tomás de Aquino, esa que nos revela que el entendimiento ha de ser previo a la voluntad, y la voluntad una necesaria prolongación del entendimiento. Por algo, nos recomendó, siglos más tarde, Santo Tomás Moro rezar antes de pensar y pensar antes de actuar.

La segunda de las citas en la que he optado por hacer hincapié es la siguiente: 

  • “En días más felices, los filósofos discutieron los problemas del hombre; ahora, ellos discuten al hombre como problema”. 

Aquí, queda acreditada la habilidad de Fulton Sheen para entretejer profundidad teológica, ingenio aforístico y sentido del humor en una sola frase; un cariz muy chestertoniano, huelga subrayar.

Otra cita de Fulton Sheen que es mordaz y, al mismo tiempo, desternillante sería la siguiente: 

  • “Nunca olvides que sólo hay dos filosofías para gobernar tu vida: la de la cruz, que comienza con el ayuno y termina con la fiesta; y la de Satanás, que comienza con la fiesta y termina con el dolor de cabeza”.

Más frases incisivas y, a su vez, de gran comicidad: 

  • “Debes recordar amar a la gente y usar las cosas, y no usar a la gente y amar las cosas”; 
  • “los egoístas están tan impresionados por su propia importancia que toman todo lo que les dieron como si se les debiera”.

En esta misma línea, he considerado oportuno traer a colación su siguiente aforismo: 

  • “La soberbia es una admisión de debilidad: secretamente teme toda competencia y teme a todos sus rivales”. 

No cabe duda de que la altanería, en reiteradas ocasiones, es una manera de ocultar, eclipsar o ensombrecer nuestras propias flaquezas, a base de sacarles brillo para disimular su podredumbre.

A esto, me gustaría añadir que la soberbia es de por sí, per se, debilidad, puesto que nos hace confiar más en nuestras propias fuerzas (de seres limitados) que en la fuerza del Señor (el Todopoderoso); lo cual es, a mi juicio, como ufanarse de lo buen nadador que es uno, para renunciar a unas aletas que te harían nadar muchísimo más lejos. 

De esto, se desprende el hecho de que el reconocimiento de nuestra propia debilidad nos haga más fuertes, siempre que confiemos y nos abandonemos en el poder de Dios, en su “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).

De facto, al “sin mí no podéis hacer nada”, que brotó directamente de los labios de Jesús, es fundamental aparejarle otra cita de las Sagradas Escrituras, cuyo tenor literal es: “Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en tu flaqueza” (2 Co 12, 9); algo que se ve nítidamente reverberado en las siguientes palabras de Santa Teresa de los Andes: 

  • “Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. Él, la inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado”.

En lo tocante a los criticones, este beato les da una cura de humildad digna de encomio y mención, a través de la siguiente cita: 

  • “No hay persona crítica en el mundo que no necesite críticas”. 

Esta cita, desde mi punto de vista, nos espolea a aumentar nuestra capacidad para perdonar los males ajenos y a los que nos ofenden, puesto que nos invita a mirar primero dentro de nosotros, véase lo alarmantemente necesitados que estamos de la misericordia de Dios. En palabras de Sir William Shakespeare, “si a los hombres se les hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado?”. A la sazón, si tú y yo seríamos azotados en caso de que se nos aplicase la justicia en toda su crudeza y desnudez, ¿tendríamos derecho a negarle el perdón alguien?

No olvidemos que Cristo se dejó crucificar por la redención de sus verdugos; y de la humanidad entera. 

Por ello, precisamente, el teólogo Jacques Philippe nos recuerda que Dios nos amó como perfecto hombre para que aprendiésemos a amar como Dios; y aquí es donde el perdón cobra todo su sentido, sentido que nos es literalmente transmitido en el Padrenuestro, cuando rezamos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”; puesto que con la misma vara de medir con la que midamos a los demás seremos nosotros medidos, tal y como nos es revelado en las Sagradas Escrituras.

De hecho, Fulton Sheen incidió en la importancia nuclear de la humildad al sentenciar que “la divinidad es tan profunda que sólo puede captarse con los extremos de la sencillez y la sabiduría. Hay algo en común entre el sabio y el sencillo; y es la humildad”. 

Aquí, podemos vislumbrar la inabarcable hondura y belleza de las paradojas cristianas, donde dos contradicciones aparentes terminan convirtiéndose en correlatos indispensables, que siguen una secuencia lógica, coherente, y que, por consiguiente, dejan de ser contradictorias.

Así, lo entiendo yo: el pensamiento católico no hace síntesis modernas, fruto de una solución intermedia a la pelea entre una tesis y su antítesis (o su contrario), sino que armoniza ambas hasta el punto de erradicar toda contradicción y enemistad; es decir, las reconcilia, pero no mediante un tratado de paz, sino haciéndolas compatibles. 

Es más, el teólogo Charles Moeller nos enseñó que las paradojas cristianas son la culminación -y la depuración- de la sabiduría griega. Por algo, diría Chesterton aquello de que “la verdad es paradójica”. 

Incluso el ateo de Don Miguel de Unamuno se rindió ante el incalculable valor de las paradojas cristianas, algo que se hace explícito en el siguiente fragmento de su obra El Cristo de Velázquez: 

  • “Paradojas, parábolas y apólogos florecían lozanos de tu boca; no silogismos, no pedruscos lógicos al cuello de la mente cual collar”.

En lo concerniente a la religiosidad católica ejercida en la vida pública, Fulton Sheen puso de manifiesto que “las naciones no son asesinadas normalmente; más a menudo, se suicidan”; algo que guarda una íntima avenencia con las siguientes palabras de Will Durant: “Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro”. 

Un aspecto en el que veo cómo esta advertencia se materializa sería en la crisis de la natalidad que asola a Occidente, vertiginosamente espoleada por la pecaminosa tibieza de los fieles. Otro factor para tener en consideración sería esa disgregación de la unidad de espíritu trabada por el fundente de la Fe, para diluirse en una concomitancia de principios enemistados.

A la cita de Fulton Sheen estampada en el párrafo anterior, cabría agregarle la siguiente: 

  • “Se dice que Estados Unidos sufre de intolerancia; no es así. Sufre de tolerancia. Tolerancia del bien y del mal, de la verdad y el error, de la virtud y la maldad, de Cristo y el caos. Nuestro país no está tan lleno de fanáticos como de personas de mente demasiado abierta”.

Otra realidad que aborda sobre el catolicismo manifestado en la esfera pública sería ésta: 

  • “No hay ni cien personas en los Estados Unidos que odien a la Iglesia Católica, pero hay millones que odian lo que equivocadamente perciben que es la Iglesia Católica”.

En lo atinente a la calidad de nuestra entrega a Dios, este beato no se anduvo por las ramas, para sentenciar: “Nadie será coronado a menos que haya luchado y vencido”. 

A fuer de esto último, le imploramos a San Miguel Arcángel que nos defienda en la lucha, en aras de que nos proteja de las perversidades y asechanzas del demonio. Por esto, precisamente, le suplicamos a Dios en el Padrenuestro que no nos deje caer en la tentación, para, así, librarnos del mal. En palabras de Fulton Sheen, “a menos que haya un Viernes Santo en tu vida, no puede haber un Domingo de Resurrección”.

Por último, quería incidir en un renglón alumbrado por este Beato, en el que recalcó el insondable valor de las mujeres, de la feminidad bien entendida. Éste dice así: 

  • “En gran medida, el nivel de cualquier civilización es el nivel de sus mujeres. Cuando un hombre ama a una mujer, tiene que hacerse digno de ella. Cuanto mayor es la virtud de ella, cuanto más noble es su carácter y más dedicada está a la verdad, la justicia y la bondad, más tiene que aspirar el hombre a ser digno de ella. La historia de la civilización podría escribirse, de hecho, en términos del nivel de sus mujeres”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario