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sábado, 12 de noviembre de 2016

A mi hijo que no le falta nada...Cuando tenerlo todo es un problema (Formación integral)

A mi hijo que no le falta nada...Cuando tenerlo todo es un problema
Formación integral

Ahora estamos viendo que si los niños y adolescentes no viven las experiencias necesarias-y eso supone disponer de tiempo y espacio para saber quiénes son: tener la oportunidad para valorar las cosas y tomar decisiones; poder experimentar y cometer errores y enfrentarse a ellos-, terminarán por no tener vida interior


Por: Marisol Guisásola | Fuente: sontushijos.org 



Es viernes por la tarde en una urbanización de clase media alta en los alrededores de Madrid. Madres jóvenes, con prendas de marcas caras y cuerpos de gimnasio y liposucción, llegan al centro comercial llevando a sus hijos pequeños de la mano, atravesando un césped impoluto. Los adolescentes no tardarán en acudir al mismo centro para otra sesión de “terapia de compras, bien a lomos de sus motocicletas último modelo o acompañando a sus padres, en los todoterrenos familiares.
La norteamericana Madaline Levine sabe bien lo que se oculta detrás de la fachada. Psicóloga infantil y autora de numerosos libros sobre la influencia de la televisión en los niños y adolescentes, lleva años tratando a chavales de clase alta de los EE.UU, y ha aprendido a ver entre las sombras del brillo social. Ahora, acaba de publicar en su país un libro que se titula “El precio del privilegio” y lleva el sugerente subtítulo de “Cómo la presión de los padres y la ventaja material están creando una generación de niños desconectados e infelices”. Levine describe en sus páginas "un mundo de armarios repletos y de vidas vacías”, en el que las apariencias son “algo peor que engañosas”.
Como la urbanización que describimos, hay centenares en todos los países occidentales (incluido el nuestro), “perfectas en apariencia, pero muy poco edificantes por dentro”, según Levine. "No me entiendan mal –añade, con una dosis incuestionable de cinismo­. No estoy diciendo que los niños y adolescentes que crecen en familia  de ese tipo sean un poco más infelices; afirmo que son mucho más infelices que los que pertenecen a otras capas sociales. Los niños de clase media alta de la mayoría de los países desarrollados se enfrentan hoy a una situación que es históricamente inédita: además de heredar los problemas de las generaciones anteriores, tienen ante sí nuevas contradicciones que deben afrontar".
Levine es sólo uno de los muchos psicólogos, psiquiatras y educadores que observan la ansiedad que se esconde tras muchas "familias de triunfadores". En esta línea, por ejemplo, están las investigaciones de Suniya Luthar, profesora de psicología experimental de la Universidad de Columbia, en Nueva York. 
Peor que en los barrios pobres


En los estudios de Luthar, los adolescentes de familias pudientes quedan peor parados en todos los parámetros observados: consumen más alcohol y drogas; dan mayores tasas de depresión y ansiedad; concentran más automutilaciones y otras formas de autocastigo; tienen mayor número de suicidios e intentos de suicidio... "Nadie se ha sorprendido tanto de esos resultados como yo", explica la profesora. “Habíamos seleccionado a los adolescentes de clase media alta sólo como grupo de control, para compararlo con adolescentes que se habían criado en barriadas pobres, en las que se suponía que se acumularían los problemas. Quizá lo que más nos chocó fueron los altísimos niveles de estrés en esos niños", señala Luthar. "Eran hasta 10 veces más altos que en los otros grupos estudiados".
"Lo que sucede en EE.UU. también ocurre en España", declara Julia Silva García, psicóloga madrileña, especializada en educación infantil y juvenil "En la consulta, vemos que muchos padres que presionan a sus hijos para que destaquen, no lo hacen pensando sólo en su futuro; en el fondo, creen que les valorarán más a ellos si los hijos destacan especialmente", añade. "En esta era de individualismo y familias nucleares, muchos padres parecen obsesionados por demostrar que cumplen los patrones vigentes -continúa la experta-. "Si el hijo actúa de modo "improcedente", sus progenitores intentan tapar a toda prisa el error en vez de dejar que se enfrente a las consecuencias y aprenda de la equivocación. Estos niños no desarrollan "músculo" frente a la adversidad".
Levine atribuye parte de la culpa a los propios psicólogos, "que hemos estado vendiendo la ridícula idea de que la autoestima de un niño es tan frágil y vulnerable, que todos los esfuerzos para potenciarla son pocos. Ahora estamos viendo que si los niños y adolescentes no viven las experiencias necesarias-y eso supone disponer de tiempo y espacio para saber quiénes son: tener la oportunidad para valorar las cosas y tomar decisiones; poder experimentar y cometer errores y enfrentarse a ellos-, terminarán por no tener vida interior". 
Las apariencias sí importan
Diana Bermúdez, madre de dos niños de siete y tres años, se trasladó el año pasado a una urbanización "exclusiva" de Madrid desde un barrio de clase media y vio la diferencia inmediatamente. "Aquí todo tiene que "parecer" perfecto, desde las notas que sacan los niños hasta los vaqueros o el coche que llevas. Nadie se relaja un momento; las mujeres no se presentan en casa de una vecina sin "pedir audiencia previa", todo sigue un guión establecido. A1 final, la presión es tanta que, si no tienes las ideas muy claras, puedes acabar convirtiéndote en una especie de robot. Lo que más me preocupa es que mis hijos acaben contagiándose de este ambiente. Mis padres me educaron de otro modo; tenían menos dinero, pero nos daban calor y ternura, y nos enseñaban disciplina y responsabilidad. Sabíamos que les importábamos de verdad".
Todo eso le suena mucho a Levine. En su libro, recuerda a una paciente adolescente que llegó a su consulta con la palabra "vacía" tatuada en su brazo. "Hace no muchos años, los críos con dificultades tenían aspecto de tener problemas; ahora, pueden tener un cacao mental tremendo, pero te miran con cara de triunfo, como si no les pasara nada. Han aprendido a desarrollar mecanismos para conservar la fachada, aunque su mente y sus emociones sean caóticas. Es un drama".
Rut, que no quiere dar su nombre verdadero, comparte lo que dice la psicóloga. Como Diana, esta madre de dos adolescentes de 13 y 15 años, se trasladó a un chalet de la costa desde un barrio de la capital malagueña. "En cuanto llegué, me llamó la atención la actitud de los críos -explica-. Me daba la impresión de que vivían con miedo: de no caer bien, de no destacar en el cole, de unos padres que siempre les están comparando... No se relajan ni con los amigos, creo que los ven como competidores Lo peor es que, en vez de encontrar apoyo en los padres, muchos sólo ven su tarjeta de crédito". Rícardo, su hijo mayor, interviene para contar cómo le chocó ver que sus compañeros no hacen nada en casa: "La madre de un chaval fue a recoger el chándal sucio porque a él no le apetecía caminar: otro tiró un vaso de zumo y me dijo: "Déjalo; ya lo limpiarán". A mí no me gustaría acabar siendo un inútil; me han enseñado a ocuparme de mis cosas", cuenta.
 Sin resistencia
La psicóloga Julia Silva cita a una niña de 12 años a la que los padres regalaron "un viaje a Nueva York para hacer shopping" como compensación porque no había resultado elegida para un grupo de teatro del colegio. "Si puedes pagar el reconocimiento social de tu hijo con un viaje, la moto o las zapatillas de deporte con las que se ha encaprichado, ¿por qué vas a tener que enseñarle a desarrollar resistencia frente a la adversidad?", reflexiona.
 6 CONSEJOS A LOS PADRES

1.- Hacer el máximo de comidas en familia.
Está in comprobado que los niños que comen en familia establecen conexiones más sólidas con tos padres y desarrollan menos casos de depresión.

2.- Crear rituales familiares.
Pertenecer a grupos parroquiales, grupos culturales, deportivos... desarrolla vínculos entre los miembros de la familia.

3.- Jamás premiar al niño por sacar buenas notas.
El aprendizaje supone esfuerzo y no debe asimilarse a la idea de éxito. Un aprobado de un niño o un adolescente al que le cueste puede ser un logro mayor que un sobresaliente de otro que lo consigue fácilmente.

4.- Asignar tareas y responsabilidades a los hijos.
Según Levine, "algunos niños y adolescentes creen que su única obligación es "brillar". Si educas a un niño para que piense que sólo tiene que destacar, crearás una persona narcisista. Como me dijo una adolescente: "Si soy tan especial como dicen, ¿por qué tengo que recoger la mesa?".

5. Consultar a un especiales si un hijos da problemas emocionales.
Algunos padres temen manchar su imagen de perfección si la gente se entera de que su hijo acude a un psicólogo. “Es lo contrario de amor -explica Levine-. Sobre todo consultar el problema aumenta el riesgo de que éste se cronifique y magnifique, y afecte al futuro del hijo”.

6.- Pensar que la frustración es tan importante como el aplauso.
Enfrentarse a las consecuencias de los propios actos desarrolla resistencia y enseña a crear mecanismos frente a las dificultades de la vida.

sábado, 21 de noviembre de 2015

El tiempo de los cuentos


El tiempo de los cuentos 
Educacion integral

Ha llegado el tiempo de rescatar el uso del cuento en el recorrido educativo de nuestros hijos. Contar significa provocar asombro, fomentar una apertura hacia el conocimiento. Empecemos ya, entonces, a partir de esta noche. Vamos a acompañar y adentrar a nuestros hijos en mundos dorados poblados de hadas, enanos y princesas.


Fuente: Family and Media 




Ha llegado el tiempo de rescatar el uso del cuento en el recorrido educativo de nuestros hijos. Contar significa provocar asombro, fomentar una apertura hacia el conocimiento. Empecemos ya, entonces, a partir de esta noche. Vamos a acompañar y adentrar a nuestros hijos en mundos dorados poblados de hadas, enanos y princesas.
¿Quién no se ha conmovido alguna vez frente al quejido de desesperación de los enanos que pensaban haber perdido para siempre a su querida Blancanieves? ¿A quién no le ha causado irritación la madrastra de la Cenicienta y la crueldad desmedida de sus hermanastras? Los cuentos son parte de nuestra infancia, nos recuerdan las voces dulces de padres y abuelos contándonoslas mientras anochecía, cuando todavía la televisión no se había adueñado de la cabecera de la mesa de nuestros hogares. ¡Y qué dulce era el son de aquella voz! Ha llegado el tiempo de rescatar el uso de los cuentos en la educación de nuestros hijos.
Intentemos encontrar las ocasiones más oportunas dentro de nuestras rutinas familiares para contar historias a nuestros hijos: fábulas o cuentos de nuestra infancia. Lo importante es establecer esa relación que le permita al niño desechar miedos o temores, y sumergirse en un mundo en donde la fantasía se desarrolla y la esfera emocional se consolida.
Contar cuentos: un cuento al día mantiene al psicólogo en la lejanía
Será difícil remediar a muchos apuros de nuestra época, al menos a corto plazo: pensemos a la contaminación, las adicciones, la crisis energética, el terrorismo. No obstante, y desde ya, podemos remediar a la soledad de nuestros niños, a su demanda de cuidados, ternura y amor. Podemos remediar ya y a coste cero. ¡Basta simplemente con un cuento! Basta con un cuento para tornar la vida de nuestro niño más luminosa y menos aburrida. Basta con un cuento para reforzar su sistema inmunitario psicológico. Basta con cuento para regalarle una caricia que, como un soplo de amor, permanecerá en su corazón durante toda su vida. ¿Por qué no empezar, por ejemplo, desde esta noche? Al escuchar un cuento antes de tomar el sueño, el niño experimenta una emoción muy intensa. Hay una voz protectora e íntima que le está hablando: la de su mamá o su papá, que son voces infinitamente superiores a las de la televisión. La televisión es fría, inexorable. No dialoga y habla sin parar. No acepta preguntas. La televisión no tiene ojos que te miren, ni manos que te acaricien. En cambio, los padres que le cuentan al niño siguen su mirada, le acarician, adaptan las palabras intercalándolas sabiamente con pausas, silencios, suspiros...


No hay realmente ocasión más propicia para estar juntos y afianzar la relación educativa. El diálogo no es una planta exótica que crece repentinamente cuando los hijos tienen quince años. El diálogo es una planta humilde que precisa de cuidados constantes a partir de mucho antes de que el fruto llegue a la sazón. El diálogo nace también de la suma de muchas noches mágicas, cuando mamá y papá le cuentan un cuento a sus hijos mientras éstos se deslizan hacia los sueños más placenteros. Niños sin cuentos se convierten en adultos tristes, sin fantasía, y más frágiles. Sin considerar que, como apuntan todos los psicólogos, enfrentarse con lo desconocido y lo fantástico contribuye al desarrollo del pensamiento lógico del niño. Y no es sólo esto: los cuentos le ayudan a conjurar sus miedos que, sin aquéllos, podrían tornarse en verdaderas patologías. Sí, empecemos a contar cuentos a partir de ya.
¿Dan miedo los cuentos?
De vez en cuando sale alguien que pone los cuentos en el banco de los acusados: son crueles, despiertan miedos y angustias. ¿Es verdad?
¡No! Definitivamente, no. Condenar los cuentos es un celo excesivo, un fervor que no da en el blanco o que, mejor dicho, se equivoca de blanco. Los cuentos no despiertan miedos (o si los generan, son de los que nos hacen crecer). El niño puede hallar el miedo en todo momento: lo encuentra en la televisión, que demasiado a menudo rebosa violencia de todos sus canales, o cuando oye de guerras y vejaciones.
Así pues, es exactamente lo contrario de lo que apunta la acusación. Es el cuento a ayudar al niño a superar tanta turbación.
El cuento ayuda por dos motivos. En primer lugar porque habla mediante un lenguaje simbólico. Para usar una expresión de antaño, le habla en román paladín, claramente, con palabras asequibles y cargadas de implicaciones simbólicas: el bosque, la ciénaga, el fuego, la bruja, el Coco,… son imágenes de estados interiores, encarnaciones de vicios y pasiones que difícilmente llegamos a expresar mediante palabras conceptuales. Es más fácil recurrir al símbolo, que tiene la ventaja de circunscribir eficazmente los miedos, les otorga un perfil determinado, nos permite controlarlos y dominarlos y, por tanto, vencerlos y dejárnoslos atrás. La segunda razón por la que el cuento nos ayuda a superar el miedo está en el hecho de que todo cuento termina bien, lo que tranquiliza mucho al niño. Fijémonos, por ejemplo, en el cuento de La Cenicienta que representa el problema de la rivalidad entre hermanos. De hecho, aunque en realidad no sea así, el niño se siente maltratado a la par de la Cenicienta, pero del desenlace victorioso de la heroína saca mucha esperanza para el futuro. He aquí el motivo por el que, desde siempre, al final de cada proyección de La Cenicienta, cuando por fin su pie cabe perfectamente en el zapato fatídico, estallan aplausos sonoros. El miedo ha sido vencido, de modo que la paz y la alegría pueden volver a hacer el camino del corazón.

Contenido cortesía de http://www.familyandmedia.eu

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miércoles, 28 de octubre de 2015

Crecer: un proyecto en familia (I)

Crecer: un proyecto en familia (I)
Formación integral

Nadie llega al mundo por accidente; cada uno vale mucho, lo vale todo. El valor de la propia vida se aprende, sobre todo, en la familia, lugar para la forja de la personalidad.


Por: Wenceslao Vial | Fuente: Opusdei.es 



¡Cómo se parece a su madre! La misma sonrisa, ese movimiento de la mano cuando habla… hasta en el modo de andar… Muchas veces oímos o hacemos comentarios de este tipo. Porque, efectivamente, son muchos los aspectos que tomamos de la personalidad de nuestros padres y hermanos, sin apenas darnos cuenta. Algunos rasgos son heredados, como el color de los ojos o el temperamento, el modo de ser; tantos otros, en cambio, se han forjado con el trato, el roce diario, la formación: la vida.
Las notas de la madurez personal que hemos abordado en los artículos de esta serie se siembran y germinan precisamente en el contexto familiar. Por eso, ¡qué importante es cuidar de la familia! Es, debe ser, la tierra buena en la que inicia, se desarrolla y acaba nuestro camino: «en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos»[1].
Los auténticos valores humanos se forjan a fuego lento; requieren el sentido de pertenencia a una pequeña porción de mundo, no hecha de tierra sino de cariño: una familia.
La oración de muchas personas se vierte hoy desde todos los hogares del mundo en los padres sinodales para que, unidos al Papa y con las luces del Espíritu Santo, interpreten con profundidad los desafíos a los que se enfrenta la familia. Pero la responsabilidad sobre la institución familiar, querida por Dios, nos atañe a todos, ya sea como padres o hermanos… y a la vez, siempre como hijos. Vamos a considerar nuestro papel en el hogar en dos tiempos: primero reflexionaremos, en las líneas que siguen, acerca de lo que hace única a la familia, y acerca del “oficio” de padres e hijos. En una segunda parte, profundizaremos en la vida familiar y en los detalles que la llenan de luz y de alegría.
Dar lo mejor en el hogar es darlo todo
Cada uno tiene su historia, la huella que han dejado en su vida tantas situaciones, alegres o dolorosas. También nuestro pasado se enmarca en los planes de Dios, que a veces son misteriosos para nosotros. Hay hogares en los que ha faltado un ejemplo cristiano, aunque tarde o temprano la figura de Cristo se ha acabado dejando entrever en un amigo, un pariente o un profesor. En muchas otras familias se mezclan el cariño y el esfuerzo por educar en la fe, junto con los defectos y limitaciones de padres y hermanos.
A nuestros familiares no los hemos escogido nosotros, pero sí los ha escogido Dios: Él contaba no solo con sus virtudes, sino también con sus defectos, para hacernos cristianos: «En la familia ‒de esto todos somos testigos‒ los milagros se hacen con lo que hay, con lo que somos, con lo que uno tiene a mano… y muchas veces no es el ideal, no es lo que soñamos, ni lo que “debería ser”»[2].

Todos ‒abuelos, padres, hijos, nietos‒ estamos llamados a dar en cada momento lo mejor de nosotros mismos, con la ayuda de Dios, para dar forma cristiana a la familia. También los padres crecen con los hijos y, a medida que pasan los años, los papeles en la familia pueden cambiar: el que empujaba antes, ahora es llevado, el que iba delante deja su puesto a los que vienen detrás. El hogar, que forman entre todos, es mucho más que el primer recurso para las necesidades elementales de nutrición, calor y vestido; es, junto con todo eso, el lugar en el que se descubre la belleza de los auténticos valores humanos; del dominio de sí y del respeto, tan necesario para las relaciones interpersonales[3]; de la responsabilidad, de la lealtad, del espíritu de servicio. Valores, todos ellos, que se forjan a fuego lento, que requieren un sencillo pero fuerte sentido de pertenencia: la conciencia de que no haber sido simplemente arrojados al mundo, sino acogidos desde el principio en una pequeña porción de mundo, no hecha de tierra sino de cariño: una familia.
Dios mismo eligió nacer en una familia humana. El camino de Jesús estaba en esa familia. [Papa Francisco]
Dios mismo «eligió nacer en una familia humana, que él mismo formó. La formó en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano (…). Y uno podría decir: “pero este Dios que viene a salvarnos, ¿perdió treinta años allí, en esa periferia de mala fama?” ¡Perdió treinta años! Él quiso esto. El camino de Jesús estaba en esa familia»[4].

Saber que nos quieren
Cientos de veces al minuto se renueva en la tierra lo que sucedió también con nosotros, cuando vimos la luz: «la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo»[5]. Somos, sí, uno más entre tantos que nacieron el mismo día que nosotros… Y sin embargo, somos irrepetibles y queridos desde la eternidad: «cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[6].

Nadie llega al mundo por accidente; cada uno vale mucho, lo vale todo. Incluso quien quizá no ha conocido a sus padres, o fue acogido en adopción por una familia. «Cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo»[7]. A nuestros padres, sean quienes sean, con sus defectos y sus dificultades, ¡les debemos tanto! Saben todo lo que Dios espera de ellos, y se esfuerzan por responder a esa llamada suave pero exigente: «fui niño todavía no nacido y me acogisteis, permitiéndome nacer; fui niño abandonado y fuisteis para mí una familia; fui niño huérfano y me habéis adoptado y educado como a un hijo vuestro»[8].
A las pocas semanas de vida de sus hijos, las madres saben ya distinguir elementos del temperamento: cualidades del llanto, del sueño, del hambre… Viene luego la primera sonrisa, que es como el nacimiento de la personalidad, y a la vez uno de los primeros signos perceptibles de esa mímesis tan pronunciada en los niños, a quienes se les pega todo lo que ven. Los padres son para los hijos una fuente de seguridad: es elocuente ese gesto tan común del pequeño que se abraza a las piernas de su padre o de su madre ante la llegada de un extraño. Desde esa seguridad, el niño aprende a moverse y a salir de sí mismo, explora el mundo y se abre a los demás.
Aunque no estamos determinados totalmente por las circunstancias de nuestro nacimiento y educación, es decisivo para el crecimiento armónico de la personalidad que los hijos se sepan queridos desde el primer momento en la familia, para querer después a otros. El afecto y los cuidados ‒que incluyen la exigencia y fortaleza para ir limando el egoísmo al que tendemos todos‒ les ayudan a percibir su propio valor y el de los demás: ese amor tierno y recio de los padres les da la autoestima que les permitirá amar, salir de sí mismos.
Los lazos de amor que nacen en una familia cristiana no se rompen ni con el fin de la vida. Si alguien pierde a sus padres en los primeros años, la fe hace ver al mismo Jesús, a santa María o a san José, haciendo sus veces ya en la tierra, en tantas ocasiones a través de otras personas de corazón grande. Siguiendo la huella de esta Sagrada Familia, intentamos ser muy humanos y muy sobrenaturales[9] y mantenemos la esperanza de que un día sucederá lo que escribió santa Teresa: «Parecíame estar metida en el cielo, y las primeras personas que allá vi fue a mi padre y madre»[10].
La genuina autorrealización
«Mamá, ¿te gustaba hacer la comida? ¿Lavar la ropa? ¿Limpiar la casa? ¿Llevarnos al colegio?... ». Este interrogatorio de una hija a su madre, ya anciana, recuerda a la buena mujer esos momentos en que las cosas no salían bien, en el cansancio ante las faenas del hogar, en los apuros económicos y las preocupaciones por esas fiebres altas de invierno que aquejaban a sus pequeños…; en algún que otro plato que había estampado contra la pared en un momento de impaciencia… Y responde, lacónica: «gustarme…, no mucho, pero sí os quería, y vibraba al veros crecer». ¡Cuántas madres y padres se comportan así! A muchos habría que darles un premio, comenta el Papa, pues han aprendido «a resolver una ecuación que ni siquiera los grandes matemáticos saben resolver: hacer que veinticuatro horas rindan el doble. (…) De 24 horas hacen 48: ¡no sé cómo hacen, pero se mueven y lo hacen!»[11].
Desde la seguridad que le dan los padres, el niño aprende a moverse y a salir de sí mismo, explora el mundo y se abre a los demás.
Una familia, no perfecta, pero armónica, distingue bien la identidad de cada uno de sus miembros. La autoridad la poseen los padres, pero sin imponerla. No tienen como meta amaestrar a los niños, sino guiarlos para que desarrollen sus potencialidades, con la luz y el ejemplo de su cariño. Son responsables del ambiente de la familia tanto el padre como la madre, y para cada uno la entrega al otro y a los hijos se convierte en un camino de crecimiento personal.
La convivencia familiar ayuda también a descubrir algunos talentos en los que quizá no se había reparado, pero que los demás valoran: capacidad de ternura, fortaleza de ánimo, buen humor, etc. El amor a la propia familia hace que, incluso en medio de las dificultades, cada uno saque lo mejor de sí, el lado positivo del propio carácter. Y cuando, por el cansancio o la tensión, salga más bien lo peor de uno mismo, será el momento de pedir perdón y recomenzar. «Reconocer el hecho de haber faltado, y mostrar el deseo de restituir lo que se ha quitado ‒respeto, sinceridad, amor‒ hace dignos del perdón. Y así se detiene la infección (…) Muchas heridas de los afectos, muchas laceraciones en la familias comienzan con la pérdida de esta preciosa palabra: “Perdóname”»[12]
La mujer podrá descubrir que sus cualidades como madre son insustituibles. El empeño por ser fiel a Dios en esta misión la llevará a crear un ambiente acogedor y apto para el crecimiento personal, para el cariño y el respeto, para el sacrificio y el don de uno mismo. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...»[13].
El padre también se descubre como guía ante sus hijos: les ayuda a crecer, juega con ellos y deja que se desarrolle el modo de ser de cada uno. Un padre cristiano sabe que su familia será siempre su principal negocio, en el que se realiza en todas sus dimensiones. Por eso es preciso que esté en guardia ante los ritmos de vida demasiado intensos y estresantes, que nublan la vista de los objetivos más valiosos, y pueden llevar precisamente por eso a desequilibrios psíquicos y a un resentimiento de las relaciones familiares.

¡Qué importante es, por eso, que los padres sean cercanos ‒su ausencia causa múltiples problemas‒, y que fomenten siempre el orgullo de transmitir a los hijos la sabiduría del corazón![14]. En un hogar «luminoso y alegre»[15], el padre vive y dona su paternidad, la madre vive y dona su maternidad: cualidades complementarias e irreemplazables, capaces de llenar el corazón. Y esto, con independencia de cuántos hijos envíe Dios al matrimonio; y, si los hijos no llegan, pueden ejercer una paternidad y una maternidad espiritual con otros miembros de la familia y amigos

La espera y el compromiso
«Tal vez no siempre somos conscientes de ello, pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo»[16]. La estructura básica de los pueblos, la paz de las naciones, se apoya en el ofrecimiento libre, por amor, del hombre y la mujer; en su fidelidad a un sí que marca para siempre sus vidas.
Hoy abunda el hambre de aventuras. La oferta es múltiple: propuestas de lo más variadas, intensas, breves, apasionantes, como una inmersión en el océano, una incursión al techo del mundo o un salto en el vacío. El compromiso definitivo tiene colores menos llamativos, pero despierta siempre admiración, porque estamos hechos para amar para siempre, y en el fondo todo lo demás nos sabe a poco. Un amor que no fuera para siempre, un sí con letra pequeña, no sería amor.
La paz de las naciones se apoya en la fidelidad del hombre y la mujer a un sí que marca para siempre sus vidas.
En la vida familiar es preciso soportar tempestades y crisis, pero la fidelidad al sí que fundó el hogar puede ser siempre más fuerte que todos ellos: «fuerte como la muerte es el amor»[17]. Grandes motivos hacen soportar grandes dificultades; y aquí los motivos no son solo una idea o una institución: son, sobre todo, personas. El sí del amor llega tan adentro de nuestro ser que no podemos negarlo sin resquebrajarnos.
Por supuesto, todo gran proyecto entraña un gran riesgo, y muchos jóvenes hoy no se atreven al sí para siempre, por miedo a equivocarse. Pero de hecho es un error aun mayor quedarse a las puertas del amor al que está llamado nuestro corazón. Por eso, se trata de asegurar el corazón, de hacerlo crecer: ese es el sentido cristiano del noviazgo, «un itinerario de vida que debe madurar como la fruta, (…) un camino de maduración en el amor, hasta el momento en que se convierte en matrimonio»[18]. El mejor entrenamiento para ese sí, y el mejor test de su solidez, es la capacidad de esperar, que la Iglesia no se cansa de pedir a los novios, aunque a veces no se acierte a entender sus motivos: «Quien pretende querer todo y enseguida, luego cede también en todo ‒y enseguida‒ ante la primera dificultad (…) El noviazgo fortalece la voluntad de custodiar juntos algo que jamás deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por más atractiva que sea la oferta»[19].
Con el transcurso del tiempo la aventura prosigue: las paredes quedan pequeñas, surgen nuevos hogares, nuevos amores.
De unos padres que custodian juntos ese amor, aprenden los hijos. Estos son los hogares que dan los mejores ciudadanos, dispuestos a sacrificarse por el bien común: trabajadores honrados en lo propio y en lo ajeno, profesores entusiastas, políticos coherentes, abogados justos, médicos abnegados, cocineros que hacen del plato una obra de arte… A esta sombra crecen nuevas madres y padres fieles, y muchos que se entregan a Dios por completo para servir a la común familia humana, en una vocación en la que brillan también la maternidad y la paternidad.
Con el transcurso del tiempo la aventura prosigue: las paredes quedan pequeñas, surgen nuevos hogares, nuevos amores. Renace el entusiasmo, la alegría de vivir. Existe por eso «un vínculo estrecho entre la esperanza de un pueblo y la armonía entre las generaciones. La alegría de los hijos estremece el corazón de los padres y vuelve a abrir el futuro»[20].

Preguntas o comentarios al P. Wenceslao Vial


[1] Francisco, Audiencia, 18-III-2015.
[2] Francisco, Homilía, 6-VII-2015.
[3] Cfr. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 66.
[4] Francisco, Audiencia, 17-XII-2014.
[5] Jn 16, 21.
[6] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24-IV-2005.
[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 80.
[8] Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-94, n. 22.
[9] Cfr. Forja, n. 290.
[10] Santa Teresa, Libro de la vida, cap. 38.
[11] Francisco, Audiencia, 26-VIII-2015.
[12] Francisco, Audiencia, 13-V-2015.
[13] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 87.
[14] Cfr. Francisco, Audiencias, 28-I-2015 y 4-II-2015.
[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 78.
[16] Francisco, Audiencia, 18-II-2015.
[17] Ct 9,6.
[18] Francisco, Audiencia, 27-V-2015.
[19] Francisco, Audiencia, 27-V-2015.
[20] Francisco, Audiencia, 11-II-2015.

• Entrevista a D. Wenceslao Vial, autor de Psicologia e vita cristiana. Cura della salute mentale e espirituale
• La Educación y formación integral