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sábado, 7 de diciembre de 2019

Santa María Josefa Rossello, virgen y fundadora (7 de diciembre)


Santa María Josefa Rossello, virgen y fundadora

fecha: 7 de diciembre
n.: 1811 - †: 1880 - país: Italia
canonización: 
B: Pío XI 6 nov 1938 - C: Pío XII 12 jun 1949
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Savona, en Italia, santa María Josefa (Benedicta) Rossello, virgen, que fundó la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia y, confiando solamente en Dios, se entregó con todo ahínco a procurar la salvación de las almas.
Con frecuencia se ha dicho de los santos taumaturgos que el mayor de sus milagros fue su propia vida. El Dr. P. D. Sessa, al escribir sobre María Josefa Rossello, hace notar que no se distinguió por las visiones y voces celestiales y otras maravillas, pero que tres de las primeras religiosas de su congregación vivieron más de cien años, y que en vida de la santa, la pequeña semilla de la primera fundación produjo sesenta y ocho conventos. Josefa nació en 1811, en Albisola Marina, delicioso pueblecito costeño de Liguria. Fue la cuarta de los nueve hijos de Bartolomé Rossello y María Dedone. Bartolomé era alfarero. La niña recibió en el bautismo el nombre de Benita (Benedetta), que auguraba su futura santidad. Benita era vivaz e inteligente. El Dr. Sessa la llama «piccola condottiera» («la jefecita»). Pero la palabra «condottiere» ha significado también en la historia «soldado aventurero», y el espíritu aventurero formaba también parte del carácter de Benita. Un incidente de su niñez constituye un excelente ejemplo de lo que acabamos de decir: los habitantes de Albisola organizaron una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la Merced de Sayona; a causa de la distancia, todos los niños se quedaron en el pueblo. En tanto que los adultos estaban ausentes, Benita organizó otra peregrinación entre sus compañeros y compañeras de juego. Enarbolando una bandera hecha con un delantal, la niña guió la procesión al santuario de Nuestra Señora de la Merced que había en el pueblo. Oyendo a los niños cantar himnos, el sacristán creyó que se trataba de los peregrinos que volvían de Sayona y mandó echar las campanas a vuelo. En esa forma, la cruzada de los niños terminó triunfalmente. Según parece, Benita tenía entonces unos nueve años.
Siempre fue muy sensible a la belleza de las cosas creadas, particularmente a la hermosura del mar. En ciertos momentos del día, la belleza del mundo la hacía prorrumpir en exclamaciones de gozo. Naturalmente, tenía particular devoción a San. Francisco de Asís. A los dieciséis años, fue recibida en la tercera orden de San Francisco y tomó por director espiritual al capuchino Angel de Sayona. Durante algún tiempo, Benita pensó en hacerse anacoreta; pero su director la disuadió de ello. A los diecinueve años, la joven entró a servir en casa de la familia Monleone, en Sayona. A ese propósito solía repetir: «Las manos están hechas para el trabajo y el corazón para Dios». Durante siete años Benita asistió al señor Monleone, que estaba baldado. Todo el dinero que ganaba lo enviaba a su casa, pues su familia se hallaba en condiciones económicas difíciles. Benita habría podido permanecer toda la vida en casa de los Monleone; pero, después de la muerte del inválido, la joven se sintió llamada a abandonar el mundo.
Mons. Agustín de Mari era entonces obispo de Sayona. Angustiado por los peligros que acechaban a las jóvenes en la ciudad, deseaba fundar una obra para ocuparse de ellas. Benita había sido ya rechazada de un convento por falta de dote. Así pues, cuando se enteró del proyecto del obispo, se presentó a ofrecerle sus servicios. Mons. de Mari quedó muy bien impresionado por la actitud y modales de la joven y aceptó su ofrecimiento. El 10 de agosto de 1837, Benita, sus primas Angela y Dominga Pescio, y Paulina Barla, establecieron su residencia en una ruinosa casa de Sayona, llamada «La Commenda». Las nuevas religiosas se llamaron a sí mismas «Hijas de Nuestra Señora de la Merced» y Benita tomó el nombre de María Josefa. Todo lo que poseían se reducía a unos cuantos muebles, cuatro colchones de paja sobre el suelo, una bolsa de patatas y unas cuantas monedas; también tenían un crucifijo y una estatua de la Santísima Virgen. La finalidad de la congregación consistía en instruir a las niñas pobres, particularmente desde el punto de vista espiritual, y en fundar hospederías, escuelas, hospitales y toda clase de obras de misericordia, de acuerdo con el dictado de la inspiración divina.
La congregación quedó canónicamente constituida en octubre de ese mismo año. La primera superiora fue la madre Ángela. La hermana Josefa quedó como maestra de novicias y limosnera. En 1840, fue a su vez elegida superiora y ocupó ese cargo hasta su muerte. La primera casa resultó pronto demasiado pequeña. La comunidad alquiló entonces una casa, alrededor de la cual creció el macizo grupo de edificios que rodean actualmente la casa matriz de Sayona. Una de las primeras pruebas que debió soportar la madre Josefa fue la muerte del bondadoso y espléndido Mons. de Mari, sobre todo teniendo en cuenta que el vicario capitular no veía con buenos ojos a la nueva congregación. Pero el obispo que sucedió a Mons. de Mari después de un largo período de sede vacante, tenía ideas semejantes a las de su predecesor. Él fue quien aprobó las constituciones en 1846, cuando la congregación tenía ya treinta y cinco religiosas. Para entonces, habían partido de la casa madre los primeros miembros de la comunidad para encargarse del hospital de Varazze y de enseñar en las escuelas del municipio. Las fundaciones se multiplicaron en el norte de Italia, no sin dificultades. En algunas ciudades las religiosas encontraron oposición; por otra parte, la madre Josefa atravesó por un período de mala salud y el obispo insistió en que se tomase un descanso. A todo esto se añadían las dificultades económicas. Estas se resolvieron en parte, gracias a dos legados, uno de los cuales, totalmente inesperado, provenía de la Sra. Monleone, amiga y antigua ama de la santa.
Mons. de Mari había soñado siempre con que las religiosas fundasen casas de refugio para las jóvenes arrepentidas. La madre Josefa no lo había olvidado. Aunque el primer ensayo hecho en Génova resultó un fracaso, la santa consiguió fundar tres casas de refugio, a las que ella llamaba Casas de la Divina Providencia. Una de estas instituciones, la de Albisola, ocupaba la casa del franciscano Fernando Isola, a quien los turcos habían matado por odio a la fe en 1648, en Escútari. Se ha dicho de la madre Josefa que, en cuanto tenía un poco de dinero, pensaba en una nueva fundación. Entre sus obras se cuenta la Casa del Clero, que tenía por finalidad fomentar las vocaciones sacerdotales y ayudar a los seminaristas. El dinamismo y la visión de la santa provocaron la oposición de muchos miembros del clero contra esta innovación. Pero ella consiguió ganarse la voluntad del obispo, Mons. Cerruti, que defendió la Casa del Clero. Su sucesor, Mons. Boraggini, apoyó positivamente la fundación. En 1875, se fundó en América la primera casa de las Hijas de Nuestra Señora de la Merced, ya que las religiosas se establecieron en Buenos Aires; San Juan Bosco las había recomendado y había bendecido la empresa. Pronto empezaron a multiplicarse en el Nuevo Mundo las escuelas, hospitales, casas de refugio y otras obras de beneficencia.
En un retrato tomado en sus últimos años la santa aparece con un rostro firmemente perfilado y lleno de energía, sereno y con un dejo de obstinación. Es una anciana típica de principios del siglo XIX. La madre Josefa fue una de esas personas que esconden la santidad bajo las apariencias más sencillas. Aquella mujer que había fundado tantos conventos y obras de beneficencia, nunca se parecía más a si misma que cuando fregaba los pisos, limpiaba mesas o lavaba la ropa. A los sesenta y cuatro años, Santa Josefa empezó a sentir los efectos de las incesantes actividades de su vida. El corazón empezó a fallarle y la santa no tardó en perder el uso de sus piernas, de suerte que se vio obligada a contentarse con supervisar cl trabajo de sus hermanas, sin poder tomar parte en él. Eso la hizo sufrir mucho y solía repetir: «Soy una carga inútil; no hago más que estorbar». A esta prueba se añadió la de «la noche oscura del alma», cuando la madre Josefa fue presa de terribles escrúpulos y se sentía condenada al infierno. Pero su fe estuvo a la altura de aquel aparente abandono de Dios y la santa decía con frecuencia a sus hijas: «Aferraos a Jesús. Sólo cuentan Dios, el alma y la eternidad. El resto no vale nada». El 7 de diciembre de 1880, María Josefa Rossello, llena de paz y humilde confianza, fue a recibir el premio de sus trabajos. Tenía entonces sesenta y nueve años. Su canonización tuvo lugar en 1949.
Existe una edición particular de la vida de Santa Josefa, escrita por Katherine Burton. Francisco Martinengo, colaborador de la santa, publicó una biografía en italiano. El Dr. Piero Delfino Sessa escribió una útil semblanza biográfica, que fue publicada en Turín en 1938. Santa Josefa figura entre los santos franciscanos, ya que perteneció a la tercera orden.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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jueves, 6 de diciembre de 2018

Santa María Josefa Rosselló, 7 de diciembre

Santa María Josefa Rosselló
Santa María Josefa Rosselló

Santa María Josefa Rosselló, 7 de diciembre

Maestra de la misericordia y de la ternura
«Esta fundadora fue un apóstol infatigable, una maestra de la misericordia y de la ternura. Luchó por su vocación y venció toda contrariedad. Emprendió grandes obras, entre otras un seminario para fomento de vocaciones al sacerdocio» 
La vida santa muestra a cada paso que la llamada a la vocación es una invitación divina cuya respuesta tiene carácter irreversible, a pesar de los contratiempos y dificultades que se presenten. El amor, tanto el humano como el divino, cuando está fuertemente afianzado no hay quien lo derroque. María Josefa, que no tuvo una fácil existencia, perseveró en su religioso empeño alimentando sin descanso su más alto ideal: alcanzar la unión plena con la Santísima Trinidad. Dócil a la voluntad divina, a su tiempo halló el camino que debía seguir.
Era la cuarta de diez hermanos, y nació en la localidad italiana de Albisola Marina, Savona, el 27 de mayo de 1811. Sus padres, humildes alfareros, no disponían de recursos económicos y fueron sacando adelante a sus hijos en medio de múltiples carencias, sin descuidar la fe. Benita, nombre que dieron a la futura santa, era una niña despierta, con empuje, buena trabajadora. De ahí que la madre se apoyase en ella para cuidar al resto de los hijos que iban llegando. Cristo y la Virgen María eran el sostén de la muchacha que ya en su juventud se afilió a la Orden Terciaria Franciscana. En ese tiempo, el anhelo de ser santa latía en lo más íntimo de su ser, pensaba consagrar su vida, pero la escasez económica de la familia le imponía la responsabilidad de ayudarles.
Durante siete años sirvió en el hogar de los Monleone, una acomodada familia de Savona, atendiendo a un paralítico con tanta delicadeza y abnegación que se ganó el cariño y la confianza de todos. Al enviudar la señora Monleone le abrió su corazón haciéndole saber que si permanecía junto a ella heredaría su fortuna. Pero como Benita tenía otras inquietudes, rehusó la oferta y acudió al Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de las Nieves con la idea de compartir su vida con ellas, sabiendo que su carisma era la atención a los pobres por los que sentía dilección. Pero no poseía la dote requerida y la rechazaron. Fue una respuesta dolorosa para ella que anhelaba la oración y el silencio, aunque su confesor, que conocía su creatividad y dotes de iniciativa, consideraba que su futuro debía ser otro.
En años sucesivos se añadieron nuevos sufrimientos a su vida: perdió a sus padres, a un hermano y a una hermana. Con estas circunstancias, el sostenimiento de su familia fue mucho más acuciante para ella superando con creces la preocupación que tuvo por este motivo en vida de sus progenitores. Sus proyectos quedaron maniatados hasta los 27 años. A esta edad supo que la intención del prelado Agustín de Marí era impulsar una acción apostólica para ayudar a jóvenes pobres librándolas de una vida disoluta, y se ofreció para ayudarle. Junto a tres de ellas dispuestas a vincularse a esta labor en la casa que les proporcionó el obispo, en 1837 fundóla Congregación de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, que también tenía entre sus prioridades la asistencia a los enfermos. Uno de los dictámenes que estableció fue erradicar la dote como requisito para ingresar en ella.
Profesó en octubre de ese año y tomó el nombre de María Josefa. Desempeñó las misiones de maestra de novicias, vicaria y ecónoma. En 1839 fue elegida superiora general de forma unánime, cargo que ostentó cerca de cuarenta años, un periodo de gran fecundidad para el Instituto que comenzó a expandirse. En 1856 añadió a sus fines el rescate de esclavos africanos, y con la ayuda de dos sacerdotes, que compraban o «robaban» a muchachas negras, pudieron auxiliar a muchas de las que habían llevado vida descarriada, educándolas e insertándolas en la sociedad. En 1869 abordó una delicada misión creando un seminariopara fomento de vocaciones al sacerdocio, dedicado a aspirantes pobres, fundación que le acarreó numerosos sinsabores. Fue pionera en el establecimiento de escuelas populares gratuitas. Otra de las obras que forjó, y que se materializó tras su muerte, fue la Casa de las Penitentes para jóvenes que habían caído en las redes de la prostitución. En 1875 envió un nutrido grupo de religiosas a fundar Argentina. Mientras, seguía abriendo casas en Italia.
El lema que transmitió a sus hijas, fue: «Tu corazón a Dios y tus manos al trabajo».Tenía claro que la santidad se alcanza realizando «exactamente»los «deberes diarios». Y en ella, estos «deberes», además de atender su alta misión, fueron las tareas domésticas: lavar, barrer, etc., y cuidar enfermos atendiendo especialmente a los que padecían enfermedades desagradables. Siempre confió en la Providencia y encomendó lo que hacía a la Virgen María y a san José. Con inquebrantable fe encaró las dificultades económicas solventadas con la copiosa herencia que le dejó al morir la señora Monleone, legado que le permitió abrir otras nuevas fundaciones. Los últimos años de su vida, llena de enfermedades se enfrentó a los escrúpulos que le sobrevinieron infundiéndole el temor de su condena. Se dijo: «Amemos a Jesús. Lo más importante es amar a Dios y salvar el alma». Murió el 7 de diciembre de 1880. Pío XII la canonizó el 12 de junio de 1949.