Mostrando entradas con la etiqueta Santa Catalina de Siena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santa Catalina de Siena. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de abril de 2020

Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia (29 de abril)


Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

fecha: 29 de abril
fecha en el calendario anterior: 30 de abril
n.: 1347 - †: 1380 - país: Italia
canonización: 
C: Pío II 29 jun 1461
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Fiesta de santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, que, habiendo ingresado en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, deseosa de conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, se esforzó en asemejarse a Cristo crucificado. Trabajó también enérgica e incansablemente por la paz, por el retorno del Romano Pontífice a la Urbe y por la unidad de la Iglesia, y dejó espléndidos documentos llenos de doctrina espiritual.
Patronazgos: patrona de Europa, Italia, Roma y Siena, de las enfermeras, lavanderas y secretarias parroquiales, de los moribundos, protectora contra los incendios, el dolor de cabeza y la peste.

Oración: Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)

Santa Catalina nació en Siena el día de la fiesta de la Anunciación de 1347. Junto con su hermana gemela, quien murió poco después de nacida, era la más joven de los veinticinco hijos de Giacomo Benincasa, un pintor acomodado. Lapa, la madre de la santa, era hija de un poeta que ha caído en el olvido. Toda la familia vivía en la espaciosa casa, que la piedad de los habitantes de Siena ha conservado intacta hasta el día de hoy. Cuando niña, Catalina era muy alegre. En ciertas ocasiones, al subir por la escalera, se arrodillaba en cada escalón para decir una Avemaría. A los seis años tuvo una extraordinaria experiencia mística, que definió prácticamente su vocación: volvía con su hermano Esteban de la casa de su hermana Buenaventura, que estaba casada, cuando se detuvo de pronto, como si estuviese clavada en el suelo y fijó los ojos en el cielo; su hermano, que se había adelantado algunos pasos, regresó y la llamó a gritos, pero la niña no le oía; Catalina no volvió en sí hasta que su hermano la tomó por la mano: «¡Oh! -exclamó-, si hubieses visto lo que yo veía no me habríais despertado»; y empezó a llorar porque había desaparecido la visión en la que el Salvador se le apareció en su trono de gloria, acompañado por san Pedro, san Pablo y san Juan; Cristo había sonreído y bendecido a Catalina. A partir de ese instante, la muchacha se entregó enteramente a Cristo. En vano se esforzó su madre, que no creía en la visión, por despertar en ella los intereses de los niños de su edad; lo único que interesaba a Catalina eran la oración y la soledad y sólo se reunía con los otros niños para hacerles participar en sus devociones.
A los doce años de edad, sus padres trataron de que empezase a preocuparse un poco más de su apariencia exterior. Por dar gusto a su madre y a Buenaventura, Catalina arregló sus cabellos y se vistió a la moda durante algún tiempo, pero pronto se arrepintió de esa concesión. Hizo a un lado toda consideración humana y declaró abiertamente que no pensaba casarse nunca. Como sus padres insistieron en buscarle un partido, la santa se cortó los cabellos, que con su color de oro mate constituían el principal adorno de su belleza. La familia se indignó y trató de vencer la resistencia de Catalina por medio de una verdadera persecución. Todos se burlaban de ella, de la mañana a la noche, le confiaban los trabajos más desagradables y, como sabían que amaba la soledad, no la dejaban sola un momento, y le quitaron su antiguo cuartito. La santa soportó todo con invencible paciencia. Muchos años más tarde, en su tratado sobre la Divina Providencia, más conocido con el nombre de «El Diálogo», dijo que Dios le había enseñado a construirse en el alma un santuario, al que ninguna tempestad ni tribulación podía entrar. Finalmente, el padre de Catalina comprendió que era inútil toda oposición y le permitió llevar la vida a la que se sentía llamada. La joven dispuso nuevamente de su antiguo cuartito, no mayor que una celda, en el que se enclaustraba con las ventanas entreabiertas para orar y ayunar, tomar disciplinas y dormir sobre tablas. Con cierta dificultad, logró el permiso que había deseado tanto tiempo, de hacerse terciara en la Orden de Santo Domingo. Después de su admisión, aumentó todavía las mortificaciones para estar a la altura del espíritu, entonces tan riguroso, de la regla.
Aunque tuvo consolaciones y visiones celestiales, no le faltaron pruebas muy duras. El demonio producía en su imaginación formas horrendas o figuras muy atractivas y la tentaba de la manera más vil. La santa atravesó por largos períodos de desolación, en los que Dios parecía haberla abandonado. Un día en que el Señor se le apareció al cabo de uno de aquellos períodos, Catalina exclamó: «Señor, ¿dónde estabas cuando me veía yo sujeta a tan horribles tentaciones?» Cristo le contestó: «Hija mía, yo estaba en tu corazón, para sostenerte con mi gracia». A continuación le dijo que, en adelante, permanecería con ella de un modo más sensible, porque el tiempo de la prueba se acercaba a su fin. El martes de carnaval de 1366, mientras la ciudad se entregaba a la celebración de la fiesta, el Señor se apareció de nuevo a Catalina, que estaba orando en su cuarto. En esta ocasión acompañaban a Cristo, su Madre Santísima y un coro celestial. La Virgen tomó por la mano a la joven y la condujo hacia el Señor, quien puso en su dedo un anillo de esponsales y la alentó al anunciarle que ahora estaba ya armada con una fe capaz de vencer todos los ataques del enemigo. La santa veía siempre el anillo, que nadie más podía ver. Esos esponsales místicos marcaron el fin de los años de soledad y preparación. Poco después, Catalina recibió aviso del cielo de que debía salir a trabajar por la salvación del prójimo y la santa empezó, poco a poco, a hacerse de amigos y conocidos. Como las otras terciarias, fue a asistir a los enfermos en los hospitales, pero escogía de preferencia los casos más repugnantes. Entre las enfermas que atendió, se contaban una leprosa llamada Teca y otra mujer que sufría de un cáncer particularmente repulsivo. Ambas correspondieron ingratamente a sus cuidados, la insultaban y esparcían calumnias sobre ella cuando se hallaba ausente. Pero la bondad de la santa acabó por conquistarlas.
Nuestro Señor había dicho a Catalina: «Deseo unirme más contigo por la caridad hacia el prójimo». De hecho, la vida de apostolado de la santa no interfería su unión con Dios. El beato Raimundo de Cápua dice que la única diferencia era que «Dios no se le aparecía únicamente cuando estaba sola, como antes, sino también cuando estaba acompañada». Catalina era arrebatada en éxtasis, lo mismo mientras conversaba con sus parientes, que cuando acababa de recibir la comunión en la iglesia. Muchas gentes la vieron elevarse del suelo mientras hacía oración. Poco a poco, la santa reunió a un grupo de amigos y discípulos que formaban como una gran familia y la llamaban «Mamá». Los más notables de entre ellos, eran sus confesores de la Orden de Santo Domingo, Tomás della Fonte y Bartolomé Domenici; el agustino Tantucci, el rector del hospital de la Misericordia, Mateo Cenni; Mateo Vanni, el artista a quien la posteridad debe los más hermosos retratos de la santa, el joven aristócrata y poeta, Neri de Landoccio dei Pagliaresi, Lisa Colombini, cuñada de Catalina, la noble viuda Alessia Saracini, el inglés Guillermo Flete, ermitaño de San Agustín, y el P. Santi, un anacoreta al que el pueblo llamaba «El Santo», que frecuentemente iba a visitar a Catalina porque, según decía, al charlar con ella alcanzaba mayor paz del alma y valor para perseverar en la virtud de los que había conseguido en toda su vida de anacoreta. Catalina amaba tiernamente a su familia espiritual y consideraba a cada uno de sus miembros como a un hijo que Dios le había dado para que le condujese a la perfección. La santa no sólo leía el pensamiento de sus hijos, sino que, con frecuencia, conocía las tentaciones de los que se hallaban ausentes. El motivo de sus primeras cartas fue el de mantenerse en contacto con ellos.
Como era de esperar, la opinión de la ciudad estaba muy dividida a propósito de Catalina. Mientras unos la aclamaban como santa, otros -entre los que se contaban algunos miembros de su propia orden- la trataban de fanática e hipócrita. Probablemente a raíz de alguna acusación que se había levantado contra ella, Catalina compareció, en Florencia, ante el capítulo general de los dominicos. Si la acusación existió en verdad, la santa probó claramente su inocencia. Poco después, el beato Raimundo de Cápua fue nombrado confesor de Catalina. La elección fue una gracia para los dos. El sabio dominico fue, a la vez, director y discípulo de la santa, y ésta consiguió, por medio suyo, el apoyo de su orden. El beato Raimundo fue, más tarde, superior general de los dominicos y biógrafo de su dirigida.
El retorno de Catalina a Siena, coincidió con una terrible epidemia de peste, en la que se consagró, con toda su «familia», a asistir a los enfermos. «Nunca fue más admirable que entonces», escribió Tomás Caffarini, quien la había conocido desde niña. «Pasaba todo el tiempo con los enfermos; los preparaba a bien morir y les enterraba personalmente». El beato Raimundo, Mateo Cenni, el P. Santi y el P. Bartolomé, que habían contraído la enfermedad al atender a las víctimas, debieron su curación a la santa. Pero ésta no limitaba su caridad al cuidado de los enfermos: visitaba también, regularmente, a los condenados a muerte, para ayudarlos a encontrar a Dios. El mejor ejemplo en este sentido fue el de un joven caballero de Perugia, Nicolás de Toldo, que había sido condenado a muerte por hablar con ligereza sobre el gobierno de Siena. La santa describe los pormenores de su conversión, en forma muy vívida, en la más famosa de sus cartas. Movido por las palabras de Catalina, Nicolás se confesó, asistió a la misa y recibió la comunión. La noche anterior a la ejecución, el joven se reclinó sobre el pecho de Catalina y escuchó sus palabras de consuelo y aliento. Catalina estaba junto al cadalso a la mañana siguiente. Al verla orar por él, Nicolás sonrió lleno de gozo y murió decapitado, al tiempo que pronunciaba los nombres de Jesús y de Catalina. «Entonces vi al Dios hecho Hombre, resplandeciente como el sol, que recibía a esa alma en el fuego de su amor divino», afirma ésta.
Estos sucesos y la fama de santidad y milagros de Catalina le habían ganado ya un sitio único en el corazón de sus conciudadanos. Muchos de ellos la llamaban «la beata popolana» y acudían a ella en todas sus dificultades. La santa recibía tantas consultas sobre casos de conciencia, que había tres dominicos encargados especialmente de confesar a las almas que Catalina convertía. Además, como poseía una gracia especial para arreglar las disensiones, las gentes la llamaban constantemente para que fuese el árbitro en todas sus diferencias. Sin duda que Catalina quiso encauzar mejor las energías que los cristianos perdían en luchas fratricidas, cuando respondió enérgicamente al llamamiento del papa Gregorio XI para emprender la Cruzada que tenía por fin rescatar el Santo Sepulcro de manos de los turcos. Sus esfuerzos en ese sentido le hicieron entrar en contacto con el papa.
En febrero de 1375, Catalina fue a Pisa, donde la recibieron con enorme entusiasmo y, su presencia produjo una verdadera reforma religiosa. Pocos días después de su llegada a dicha ciudad, tuvo otra de las grandes experiencias místicas que preludiaron las nuevas etapas de su carrera. Después de comulgar en la iglesita de Santa Cristina, se puso en oración, con los ojos fijos en el crucifijo; súbitamente se desprendieron de él cinco rayos de color rojo, que atravesaron las manos, los pies y el corazón de la santa y le causaron un dolor agudísimo. Las heridas quedaron grabadas sobre su carne como estigmas de la pasión, invisibles para todos, excepto para la propia Catalina, hasta el día de su muerte.
Se hallaba todavía en Pisa, cuando supo que Florencia y Perugia habían formado una Liga contra la Santa Sede y los delegados pontificios franceses. Bolonia, Viterbo, Ancona y otras ciudades se aliaron pronto con los rebeldes, debido en parte, a los abusos de los empleados de la Santa Sede. Catalina consiguió que Lucca, Pisa y Siena, se abstuviesen durante algún tiempo, de participar en la contienda. La santa fue, en persona, a Lucca y escribió numerosas cartas a las autoridades de las tres ciudades. El papa apeló, en vano, desde Aviñón, a los florentinos; después despachó a su legado el cardenal Roberto de Ginebra, al frente de un ejército y lanzó el interdicto contra Florencia. Esta medida produjo efectos tan desastrosos en la ciudad, que las autoridades pidieron a Catalina, quien se hallaba entonces en Siena, que ejerciese el oficio de mediadora entre Florencia y la Santa Sede. Catalina, siempre dispuesta a trabajar por la paz, partió inmediatamente a Florencia. Los magistrados le prometieron que los embajadores de la ciudad la seguirían, en breve, a Aviñón; pero de hecho, éstos no partieron sino después de largas dilaciones. Catalina llegó a Aviñón el 18 de junio de 1376 y, muy pronto, tuvo una entrevista con Gregorio XI, a quien ya había escrito varias cartas «en un tono dictatorial intolerable, dulcificado apenas por las expresiones de deferencia cristiana». Pero los florentinos se mostraron falsos; sus embajadores no apoyaron a Catalina, y las condiciones que puso el papa eran tan severas, que resultaban inaceptables. Aunque el principal objeto del viaje de Catalina a Aviñón había fracasado, la santa obtuvo éxito en otros aspectos. Muchas de las dificultades religiosas, sociales y políticas en que se debatía Europa, se debían al hecho de que los Papas habían estado ausentes de Roma durante setenta y cuatro años y a que la Curia de Aviñón estaba formada, casi exclusivamente, por franceses. Todos los cristianos no franceses, deploraban esa situación, y los más grandes hombres de la época habían clamado en vano contra ella. El mismo Gregorio XI había tratado de partir a Roma, pero la oposición de los cardenales franceses se lo había impedido. Como Catalina había tocado el tema en varias de sus cartas, nada tiene de extraño que el papa haya tratado el asunto con ella, cuando se encontraron frente a frente. «Cumplid vuestra promesa», le respondió la santa, aludiendo a un voto secreto del papa, del que éste no había hablado a nadie. Gregorio decidió cumplir su voto sin pérdida de tiempo. El 13 de septiembre de 1376, partió de Aviñón para hacer, por mar, la travesía a Roma, en tanto que Catalina y sus amigos salían, por tierra, rumbo a Siena. Las dos comitivas se encontraron de nuevo, casi incidentalmente, en Génova, donde Catalina había tenido que detenerse debido a la enfermedad de dos de sus secretarios, Neri di Landoccio y Esteban Maconi. Este último era un noble sienés, a quien la santa había convertido y quería tal vez más que a ningún otro de sus hijos, excepto Alessia. Un mes después, Catalina llegó a Siena, desde donde escribió al papa para exhortarle a hacer todo lo que estaba en su mano por la paz de Italia. Por deseo especial de Gregorio XI, Catalina fue nuevamente a Florencia, que seguía estragada por las facciones y obstinada en su desobediencia. Allí permaneció algún tiempo, a riesgo de perder su vida en los diarios asesinatos y tumultos; pero siempre se mostró valiente y se mantuvo serena cuando la espada se levantó contra ella. Finalmente, consiguió hacer la paz con la Santa Sede, bajo el sucesor de Gregorio XI, Urbano VI.
Después de esa memorable reconciliación, Catalina volvió a Siena, donde, según escribe Raimundo de Cápua, «trabajó activamente en componer un libro, que dictó bajo la inspiración del Espíritu Santo». Se trataba de su famosísima obra mística, dividida en cuatro tratados, conocida con el nombre de «Diálogo de Santa Catalina». Pero ya desde antes, la ciencia infusa que poseía se manifestó en varias ocasiones, tanto en Siena como en Aviñón y en Génova, para responder a las abrumadoras cuestiones de los teólogos, con tal sabiduría, que los había dejado desconcertados. La salud de Catalina empeoraba por momentos y tenía que soportar grandes sufrimientos, pero en su pálida faz se reflejaba una perpetua sonrisa y, con su encanto personal ganaba amigos en todas partes. Dos años después del fin del «cautiverio» de los papas en Aviñón, estalló el escándalo del gran cisma. A la muerte de Gregorio XI, en 1378, Urbano VI fue elegido en Roma, en tanto que un grupo de cardenales entronizaba, en Aviñón, a un papa rival. Urbano declaró ilegal la elección del pontífice de Aviñón, y la cristiandad se dividió en dos campos. Catalina empleó todas sus fuerzas para conseguir que la cristiandad reconociese al legítimo papa, Urbano. Escribió carta tras carta a los príncipes y autoridades de los diferentes países de Europa. También envió epístolas a Urbano, unas veces para alentarle en la prueba y, otras, para exhortarle a evitar una actitud demasiado dura que le restaba partidarios. Lejos de ofenderse por ello, el papa la llamó a Roma para disfrutar de su consejo y ayuda. Por obediencia al Vicario de Cristo, Catalina se estableció en la Ciudad Eterna, donde luchó infatigablemente, con oraciones, exhortaciones y cartas, para ganar nuevos partidarios al papa legítimo. Pero la vida de la santa tocaba a su fin. En 1380, en una extraña visión se contempló aplastada contra las rocas por la nave de la Iglesia; al recuperar el sentido, se ofreció como víctima por Ella. Nunca más se rehizo. El 21 de abril del mismo año, un ataque de apoplejía la dejó paralítica de la cintura para arriba. Ocho días después, murió en brazos de Alessia Saracini, a los treinta y tres años de edad.
Además del «Diálogo» arriba mencionado, se conservan unas cuatrocientas cartas de la santa. Muchas de ellas son muy interesantes, desde el punto de vista histórico, y todas son notables por la belleza del estilo. Los destinatarios eran papas, príncipes, sacerdotes, soldados, hombres y mujeres piadosos y constituyen, por su variedad, «la mejor prueba de la personalidad múltiple de la santa». Las cartas a Gregorio XI, en particular, muestran una extraordinaria combinación de profundo respeto, franqueza y familiaridad. Se ha llamado a Catalina «la mujer más grande de la cristiandad». Cierto que su influencia espiritual fue inmensa, pero, tal vez, su influencia política y social fue menor de lo que se ha afirmado algunas veces. Como escribió el P. de Gaiffier, «la grandeza de Catalina consiste en su devoción a la causa de la Iglesia de Cristo». Fue canonizada en 1461 y el 4 de noviembre de 1970 fue declarada Doctora de la Iglesia por Pablo VI. En 1999 Juan Pablo II la declaró, junto a santa Brígida y a Edith Stein, copatrona de Europa.
Los principales materiales de la vida de Catalina, provienen de la «Legenda Major», escrita por su confesor, el beato Raimundo de Cápua; del Supplementum de Tomás Caffarini, que es también el autor de la «Legenda Minor»; del «Processus Contestationum super sanctitatem et doctrinam Catharinae de Senis» y de los «Miracoli». Naturalmente, otra de las fuentes son las cartas de la santa, sobre cuyas fechas y texto original exacto, se discute mucho. Hay, en fin, muchos otros documentos de menor importancia. La crítica drástica que el historiador Robert Fawtier hizo de las fuentes, despertó cierta inquietud. La mayor parte de sus críticas, aparecieron en forma de artículos o contribuciones a las revistas de sociedades históricas, y el mismo autor se encargó de reeditar algunos de los textos menos conocidos, como la Legenda Minor. Pero Fawtier reunió sus principales críticas en dos volúmenes, titulados Sainte Catherine de Sienne: Essai de Critique des Sources. El primero de esos volúmenes está consagrado a las Sources hagiographiques (1921) y el segundo, a Les oeuvres de Ste Catherine (1930). En el apéndice de la obra de Atice Curtayne, Saint Catherine of Siena (1929), puede verse una crítica de los comentarios de Fawtier; en ese excelente libro se encontrará también una reimpresión del original italiano de un estudio de Taurisano. Cf. igualmente Analecta Bollandiana, vol. XLIX (1930), pp. 448-451. Otras obras útiles son las de J. Jiiergenses, Sainte Catherine de Sienne; E. de Santis Rosmini, Santa Caterina da Siena (1930) ; y F. Valli, L'infanzia e la puerizia di S. Caterina (1931). Hay que mencionar N. M. Denis-Boulet, La corriere politique de Ste Catherine de Sienne (1939) ; M. de la Bedoyére, Catherine, Saint of Siena (1946) ; y una biografía italiana muy completa escrita por el P. Taurisano (1948). La double expérience de Catherine Benincasa (1948), de R. Fautier y L. Canet, es una obra muy completa desde otro punto de vista. La obra de J. Leclecq, Ste Catherine de Sienne (1922), conserva todavía su valor. Fawtier puso en duda la fecha del nacimiento de santa Catalina y, por consiguiente, la edad que tenía al morir, sobre este punto, ver Analecta Bollandiana, vol. XI (1922) , pp. 365-411. En el sitio del Vaticano puede leerse (en italiano) la homilía de SS Pablo VI del 3 de octubre de 1970 en la que declara a la santa Doctora de la Iglesia.
Lecturas: Tres días de la Liturgia de las Horas incluyen, como segunda lectura del Oficio, escritos tomados de los Diálogos de santa Catalina de Siena:
-XIX Domingo del Tiempo Ordinario: Con lazos de amor.
-Sábado de la XXX semana del Tiempo Ordinario: Cuán bueno y cuán suave es, Señor, tu Espíritu para con todos nosotros.
-El día de la santa: Gusté y vi.
El papa Benedicto XVI dedica la catequesis del 24 de noviembre del 2010 a la figura de la santa.
Cuadro: Fra Bartolomeo: «Los desposorios místicos de Catalina», 1511, Museo del Louvre, París.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedido 19387 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1412

lunes, 2 de enero de 2017

Conmociones en la Iglesia, en el cisma de Aviñón 02012017

Conmociones en la Iglesia, en el cisma de Aviñón
Loading
 
2 de Enero de 2017 / 0 Comentarios
 
 
 
 
Google +
 
Imprimir
 
 
Redacción (Lunes, 02-01-2017, Gaudium Press) En nota anterior hablamos de los antecedentes del cisma de Aviñón y del profético papel de dos santas, Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena, intentando evitar grandes males. Hoy recordaremos las principales convulsiones derivadas de ese Cisma.
1.jpg
Santa Catalina de Siena
La confusión es la primera y tal vez la principal. Apoyando al Papa Urbano VI se encontraban dos luminarias como Santa Catalina de Siena y Santa Catalina de Suecia, hija de Santa Brígida. Y "adictos a la obediencia francesa", es decir a los antipapas que surgen del cisma (1), se hallaban un San Vicente Ferrer y un beato Pedro de Luxemburgo. No era clara para todos los católicos de entonces, la validez de la elección de Urbano VI.
Si bien, la gran mayoría de naciones rechazó la obediencia al antipapa Clemente VII "la contrariedad de pareceres se hace notar, más o menos, en todos los escritos de aquel tiempo, y personas sinceras declaraban después públicamente, que no sabían cuál de los dos papas había sido el legítimo".
La situación de la cristiandad se tornó terrible. "No había sólo dos Colegios cardenalicios, sino que, en muchas diócesis, se veía pelear con las armas a dos obispos sobre la sede episcopal, a dos abades acerca de una abadía, a dos párrocos a cerca de una parroquia. Un reino se levantaba contra otro -escribe el Abad Ludolfo de Sagán- una provincia contra otra; los eclesiásticos, los letrados, las familias se dividían entre sí; producíase una casi ilimitada confusión. ¡No es, pues, de maravillar, que la religión cristiana se convirtiera en objeto de escarnio para los mahometanos y judíos!"
La debilidad de la Iglesia la hacía mucho más influenciable por el poder civil, ocasionando con esto un mayor daño a su prestigio, una dependencia como no había existido en ninguna época histórica según el parecer de Von Pastor. Cada monarca escogía al Papa que le pareciera, muchas veces a aquel que mejor secundara sus intereses políticos, en lo que principalmente se destacó sumiso el antipapa Clemente VII.
En algunos lugares se dejaron de celebrar eucaristías.
"La contienda entre ambos partidos se llevaba al cabo con saña sin igual; mientras los partidarios del papa romano menospreciaban las misas de los ‘clementinos', éstos tenían por sacrilegio las misas de los ‘urbanistas'; estas luchas produjeron con frecuencia la completa suspensión del culto divino". Decía Santa Catalina de Siena que "el exceso del mal se desplomó sobre la Iglesia". Antes del cisma, el mal ejemplo de un importante sector del alto clero había creado una situación de secularización del conjunto clerical que requería de profundas reformas para recuperar el fervor. El cisma también obstaculizaba esta necesaria reforma.
Se multipllican las herejías; aparecen los pseudo-profetas
También abundaron entonces los videntes, los pseudo profetas y profetizas, aumentando el caos. "La dificultad de descifrar cuál fuera el verdadero Papa, y el apretamiento de corazón y la angustia de las conciencias que se originaba de ello en personas de índole melancólica, por efecto del estado caótico de las cosas eclesiásticas, hacía que el número de los visionarios y de los profetas se multiplicara de una manera sorprendente". "En aquella época espantosamente agitada, estos profetas, todos lo cuales se presentan con atrevida seguridad, hallaron tanto más fácil cabida, cuanto la gran mayoría de su contemporáneos eran menos maliciosos y capaces para la crítica".
En una cristiandad desgarrada, las herejías se multiplican. "La crisis que sufrió la Iglesia en aquel horroroso período, fue la mayor que recuerda su Historia; pues, al mismo tiempo que todas las cosas eran precipitadas en la más extrema confusión por los dos papas que se combatían con saña mortal; cuando las gracias y rentas eclesiásticas servían sólo para premiar a los partidarios de cada uno, y el aseglaramiento alcanzaba en todas partes su punto culminante: en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Alemania, y especialmente en Bohemia, surgían agitaciones heréticas, contra las cuales peleaba con escaso éxito la Inquisición, en gran manera debilitada por efecto del cisma. Todo el orden eclesiástico se hallaba amenazado por doctrinas erróneas; y ninguna cosa era más natural que esto; pues, cuanto más se retrasaba la reforma eclesiástica, tanto se hacía más profunda y poderosa la que no procedía de la Iglesia; y cuanto más altas eran las esferas que necesitaban de la primera, pero la resistían; tanto más hondamente penetraba la segunda en la vida del pueblo". Valdenses, los apocalípticos, y demás, desembocan en una de las peores doctrinas aparecidas hasta el momento, la de Juan de Wiclef, precursor del protestantismo. A Wiclef le sucede su legítimo discípulo Juan Hus -sin duda precursor del comunismo- en Praga, desde donde se esparce el cáncer de la herejía por Europa central y luego por todo el mundo cristiano.
Sucede a Urbano VI Bonifacio IX, un hombre joven, prudente, elocuente, de puras costumbres. Consiguió con esa prudencia, obtener recursos económicos para luchar contra la expansión del partido francés, hizo reconocerse como señor de Roma, sometiendo a muchos señores feudales rebeldes. Entretanto Bonifacio no fue santo, y esto se hizo ver en su nepotismo, en sus métodos a veces no tan 'sanctos' para obtener dinero lo que particularmente lo desprestigió y en su verdadero poco interés por restaurar la unidad de la Iglesia. También durante el pontificado de Bonifacio IX se introdujo el humanismo en la corte papal. A Bonifacio IX lo sucede el corto pontificado de Inocencio VII, y luego viene el de Gregorio XII, quien renuncia al pontificado para buscar la unidad; sería el último Papa en tiempos de cisma, pues le sucedería Martín V ya aceptado por toda la cristiandad, en perjuicio del antipapa Benedicto XIII, Pedro de Luna -quien moriría declarado no solo cismático sino hereje en Peñíscola- de su sucesor sin trascendencia, el antipapa Clemente VIII, y del antipapa de Pisa, Juan XXIII.
Catastrófico fue este período de medio siglo, pero la evidencia de que Dios seguía velando por su Iglesia nunca desapareció de las almas fieles, de la cual es digno ejemplo Santa Catalina de Siena quien escribía, en medio a las más terribles convulsiones: "Vi cómo la Esposa de Cristo derramaba la vida, porque tiene en sí tanta fuerza vital, que ninguno puede matarla, yo vi que ella difundía la fuerza y la luz, y que ninguno podría enervarla ni obscurecerla; y vi que sus frutos no menguan nunca, sino crecen siempre".
Por Saúl Castiblanco
***
[1] Todas las citas de este artículo están tomadas de la Historia de los Papas, de Ludovico Pastor. Volumen I. Traducción de la Cuarta versión alemana. Editor Gustavo Gili. Barcelona. 1910


Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/84534#ixzz4UeNgcgYA
Se autoriza su publicación desde que cite la fuente. 

Santa Brígida y Santa Catalina de Siena antes del cisma de Aviñón 30122016

Santa Brígida y Santa Catalina de Siena antes del cisma de Aviñón
Loading
 
30 de Diciembre de 2016 / 0 Comentarios
 
 
 
 
Google +
 
Imprimir
 
 
Redacción (Viernes, 30-12-2016, Gaudium Press) Desarrollaremos los antecedentes de lo que fue el cisma de Aviñón, o Cisma de Occidente, privilegiando la voz de dos santas, Santa Brígida y Santa Catalina de Siena.
Clemente V -Bertrand de Got, el Papa francés y sumiso al Reino de Francia, aquel que pasó a la historia por ser el supresor de los Templarios y que no los defendió como debía de la codicia y crueldad de Felipe el Hermoso- traslada ‘temporalmente' la Corte pontificia a Aviñón en 1309, la apacible ciudad del río Rodano, que aunque en la época no era territorio francés sino napolitano, sí quedaba bajo la órbita de influencia del Rey de Francia. Tras Clemente V, 7 papas mantienen la Sede de Pedro en esa ciudad, hasta 1377.
1.jpg
Santa Catalina de Siena
Después de Clemente V siguió Juan XXII, luego Benedicto XII, Clemente VI, Inocencio VI, Urbano V y Gregorio XI quien finalmente regresa a Roma en 1378. Todos ellos, por su origen francés y por las estrechas relaciones que tenían con el reino de los francos hacían que las demás naciones sospechasen ‘a priori' de su imparcialidad, ocasionando revueltas en muchos lugares principalmente en Italia, y un desprestigio acentuado y creciente del Papado. La concepción de universalidad ecuánime y justa del trono de Pedro sufre muchísimo.
Urbano V, movido por los mejores deseos, volvió a Roma por un tiempo, llegando a la Ciudad Eterna el 16 de octubre de 1367. Pero la situación en Italia era difícil y para afrontarla "hubiera sido necesario un soberano de mayores energías. Urbano V no estaba en disposición de superar victoriosamente las dificultades que por todas partes se le oponían". [1] Pronto "empezó a suspirar por la ciudad del Ródano y su hermoso país natal" e infelizmente decide regresar a Aviñón. Santa Brígida le advierte "que el Papa moriría tan pronto como dejase a Italia". Pero Urbano no hace caso a las admoniciones, regresa a la ciudad francesa el 27 de septiembre de 1370 y efectivamente, muere poco después, el 19 de diciembre.
Las circunstancias de desorden en Italia, producto en gran medida de la salida del Pontífice de Roma, terminan enfrentando a los ejércitos de la República de Florencia con los del nuevo Papa, Gregorio XI. Santa Catalina de Siena, cuyo merecido prestigio ya la hacía reconocida autoridad en Europa, era la enviada del cielo para predicar entonces a todos la paz y la reconciliación. A los florentinos decía que aunque los prelados no fueran cunas de virtud, había que reconocer indefectiblemente su autoridad derivada de Jesús. Y a Gregorio XI le decía que si bien tenía el deber de recobrar los dominios perdidos por la Iglesia, mayor deber tenía en recoger todas las ovejas posibles en el rebaño de Cristo, lo que mejor se hacía con la caridad y la moderación. Lamentablemente las invocaciones pacíficas de la virgen cayeron en tierra infecunda y la guerra entre florentinos y papistas continuó, poniendo más obstáculos al regreso del Pontífice a Roma y horadando por ende la autoridad pontificia.
El regreso de los papas era el mayor deseo de Santa Catalina, en lo que la secundaba Santa Brígida, quien advertía que si Gregorio XI no regresaba pronto a Roma "no solo perdería su autoridad temporal, sino también la espiritual". Finalmente, los ruegos y amonestaciones de la Santa de Siena lograron su cometido, y Gregorio XI vuelve al lugar de donde no debió haber salido la Santa Sede. Muere este Papa el 27 de marzo de 1378.
El cisma
Tras la muerte de Gregorio, y después de 75 años, volvía a reunirse un cónclave en Roma para elegir al sucesor de Pedro. Y aunque el pueblo tumultuoso presionó de una u otra manera durante cónclave, pidiendo un papa romano o al menos italiano, fue pacífica en una primera instancia la aceptación por todos de Urbano VI como Jefe de la Iglesia, inclusive por la totalidad de cardenales allí presentes.
Era entretanto Urbano VI de muy recio carácter y fue muy duro con los purpurados desde el inicio, exigiendo un cambio de vida necesario, pero haciéndolo sin prudencia y moderación. Santa Catalina de Siena advierte sobre esto al Papa: "Justicia sin misericordia tendrá más de injusticia que de justicia. Haced vuestro negocio con moderación -le decía en otra carta. Pues la inmoderación destruye mucho más de lo que edifica; y con benevolencia y corazón tranquilo. ¡Por amor de Cristo crucificado! Moderad un poco esos movimientos repentinos que brotan de vuestra índole". Sin embargo Urbano VI continúa con su "desdichado estilo", haciendo que las relaciones con los cardenales fueran cada vez más tirantes, cardenales que en su mayoría eran franceses, mientras que Urbano era italiano.
Tampoco escuchó Urbano VI el consejo de Santa Catalina de Siena sobre una nueva configuración del Colegio de los Cardenales: "Había aconsejado Santa Catalina de Sena al Papa, poco después de su elección, que nombrara cierto número de cardenales hábiles y virtuosos, que le ayudarían en su difícil cargo con su consejo y cooperación. Pero Urbano dejaba pasar un tiempo precioso, sin aumentar el Colegio Cardenalicio y, en vez de esto, dijo en presencia de varios cardenales franceses, que tenía el designio de asociarles tantos romanos e italianos, que superarían el número de ellos. Un testigo presencial refiere, que a estas palabras palideció el Cardenal de Ginebra, y poco después se salió de las habitaciones del Papa. Ya se podía prever, con bastante certidumbre, una revolución en el Colegio Cardenalicio, cuando Urbano VI se indispuso también con sus amigos políticos, la reina de Nápoles y su esposo el duque Otón de Brunswich, y por semejante manera, con el conde Honorato Gaetani de Fondi. Los irritadísimos príncipes de la Iglesia [cardenales] supieron ya entonces dónde podrían encontrar un firme apoyo; y apenas empezaba en Roma los ardores del verano, y con ellos se hacía sentir el aire pesado e insalubre de la ciudad, cuando los cardenales ultramontanos, alegando motivos de salud, fueron un en pos de otro, pidiendo su licencia".
Se reunieron estos cardenales en Agnani, y ya se sabía en Roma que su intención era rebelarse contra el Papa. Huelga decir que esta rebelión también estaba motivada no solo por los malos tratos del Papa sino también por el indigno deseo de los purpurados de volver a establecer la Sede de Pedro en Aviñón. El 9 de agosto de 1378, "los trece cardenales no italianos reunidos en Anagni, dieron un altisonante y apasionado manifiesto, en el cual declaraban, que la elección de Urbano había sido inválida, como violentada por la presión y tumulto del pueblo romano, y que la Sede Pontificia se hallaba vacante".
Era el inicio del Gran Cisma de Occidente.
Por Saúl Castiblanco
***
[1] Todas las citas de este artículo están tomadas de la Historia de los Papas, de Ludovico Pastor. Volumen I. Traducción de la Cuarta versión alemana. Editor Gustavo Gili. Barcelona. 1910.


Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/84497-Santa-Brigida-y-Santa-Catalina-de-Siena-antes-del-cisma-de-Avinon#ixzz4UeFLB1HR
Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.