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martes, 9 de junio de 2020

Trinidad en Ratzinger: No hay más Dios que la Palabra y el Amor (con Franz Sobotta) 05062020

Trinidad en Ratzinger: No hay más Dios que la Palabra y el Amor (con Franz Sobotta)

Ante la fiesta de la Trinidad


Quiero preparar esta fiesta de la Trinidad 2020, recordando un libro y unas conversaciones de hace 52 años (el 1968), cuando Ratzinger publicó  su Introducción al Cristianismo, con un famosísimo capítulo sobre la Trinidad.
   Pasé aquel  verano como "ayudante" de Franz Sobotta SJ, que acababa de publicar su tesis sobre el poder salvador de la Palabra (Heilswirsamkeit des Wortes), es decir, sobre el Dios que es Salvador (Trinidad) por la Palabra ofrecida y dialogada... El me decía que Dios es Trinidad por ser Diálogo de amor abierto al mundo entero, pues, añadía: no hay nada en Dios, ni en cielo ni en tierra,más allá de la Palabra. Él lo sabía bien, porque venía (como Ratzinger)  de la gran imposición de la palabra falsa, asesina, antidivina, de la guerra de los nazis.
    Sobotta me dio su libro (Die Heilswirksamkeit der Predigt in der theologischen Diskussion der Gegenwart, Trierer Theologische Studien 21, Trier 1968)...y me dijo: Mira, aquí trato de Dios como Palabra Predicada, pero sobre todo, como palabra dialogal, diciendo en el fondo que Dios es Trinidad por ser Palabra.
 Y me compró el libro de su colega Ratzinger (Introducción al Cristianismo: Einführung in das Christentum) recién publicada, ese mismo año 1968, diciéndome: Habla bien de Dios, pero quizá le pone más allá de la palabra, como un tipo de poder que puede volverse dictatorial.
Nos hicimos amigos, y así leímos juntos el libro de Rarzinger.   Fue para mí una gran experiencia, sobre todo el capítulo dedicado a la Trinidad. Por eso quiero hoy presentarlo a mis lectores, como preparación para la fiesta del domingo. Ratzinger era entonces una joven promesa teológica, y algunas tesis de su libro han sido después muy influyentes en su vida y en la vida de la Iglesia.
Sobotta me indicó: "Mira aquí: Ratzinger  tiene en este capítulo frase esencial para definir a las personas de la Trinidad:  las «tres Personas» que hay en Dios son la realidad de la palabra y el amor en su más íntima dirección a los demás.Éstas son las palabras centrales de su texto, pero  quizá él no las ha desarrollado del todo.
Pero,  la visión que él ofrecía  del Dios Trinidad (Poder y Palabra) ha sido suficientemente contrastada después, ni por él ni por otros, cosa que de haberse hecho podría haber cambiado la teología de Ratzinger y la la vida posterior de la Iglesia.
    Así me lo dijo ya Sobotta, colega de guerra de Ratzinger. Mira, Xabier, lo que dice Ratzinger es cierto, pero deja quizá un tipo de Poder de Dios más allá de la Palabra, y eso es peligrosísimo... Eso, al fin, es Hitler, es dictadura de Dios... Dios es siempre y sólo palabra en la vida, desde abajo, desde los niños, desde los pobres, desde los excluidos...
También Hitler puede apelar a la palabra y al amor..., pero a la palabra y el amor desde arriba, desde su visión de Alemania, una palabra-amor que excluye a otros, a los no alemanes, a los judíos, a los locos, a los enfermos...Eso es lo contrario a Jesús, que es palabra-amor desde abajo, desde los más pobres, desde los excluidos... No Palabra-Amor que se impone desde alguna instancia superior, para "bien" de la gente, en una especie de "protectorado" espiritual..., sino Palabra-Amor desde la misma vida de las personas, de todas...
     Hablamos mucho de eso, a lo largo de dos meses...Quiero recordar y recrear hoy aquellas conversaciones.  Esta postal constará de dos partes:
  1. El texto de Ratzinger sobre la Trinidad, un texto magistral pero peligroso,  que cito y presento  a partir de de Enquiridion Trinitatis (pag. 668-673),  donde recojo el capítulo 7.No me atrevo a comentarlo ni a criticarlo, lo dejo así como está. Sirvan de comentario  para quien quiere ir más allá los capítulos finales de mi Enquiridion, que son en parte un diálogo con el pensamiento de Ratzinger.
  2. Mi conversación con Sobotta SJ, colega de guerra y de estudio de Ratzinger, que me dijo: "Vete más allá de Ratzinger; busca y encuentra la Trinidad en la palabra salvadora, no más allá. No busques ningún Dios ni ningún poder más allá de la Palabra.
      Quien quiera puede empezar leyendo está postal como está, primero lo de Ratzinger, luego mi conversación con Sobotta. Quizá para algunos sea mejor pasar por algo la primera parte, empezar con Sobotta y el poder salvador de la Palabra, para leer luego y recrear el texto de Ratzinger, un texto genial pero peligrosísimo sobre la Trinidad, pues parece situar a Dios más allá de la palabra, de la conversaión... como un poder más allá de la palabra y la política, que puede volverse dictatorial, siendo evidentemente bueno..   
1. RATZINGER, CAPÍTULO SOBRE LA TRINIDAD (INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO, 1968 )[1]. 
Joseph Ratzinger, Einführung in das Christentum“ – Bücher ...
Trinidad, manifestación de Dios
Dios es como se manifiesta. Dios no se manifiesta como no es. En esta expresión radica la relación cristiana con Dios; en ella está incluida la doctrina trinitaria, más aún, es esa misma doctrina. ¿Cómo se llegó a esa decisión? Fundamentalmente, por tres caminos.
(1) La inmediatez divina del hombre. Es decir, quien se encuentra con Cristo en la co-humanidad de Jesús, accesible a él como co-hombre, encuentra también a Dios mismo, no a una esencia bastarda que se metería de por medio. 
(2) La inamovible permanencia en la decisión fuertemente monoteísta, en la profesión de que sólo existe un Dios. 
(3) La preocupación por tomar en serio la historia de Dios con el hombre. Esto quiere decir que Dios, al presentarse como Hijo que dice «tú« al Padre, no representa ante los hombres una obra de teatro ni se pone una máscara para salir al escenario de la historia humana; todo esto es, por el contrario, expresión de la realidad.
(Contra monarquianismo y modalismo).
Einführung in das Christentum: Vorlesungen über das Apostolische Glaubensbekenntnis  1 enero 1968
INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO de Joseph Ratzinger: BUEN ESTADO Tapa ...
Los monarquianos de la primitiva Iglesia dieron expresión a la idea de una representación teatral por parte de Dios, donde las tres Personas serían los tres papeles en los que Dios ha aparecido en el curso de la historia. Observemos que la palabra «persona» y su correspondiente griega prosopon están tomadas del lenguaje teatral; así se llamaba la máscara que se ponía el actor para encarnar su personaje. La palabra pasó pronto al lenguaje de la fe y así inició por sí misma una lucha tan dura que dio origen a la idea de persona, extraña a los antiguos.
Pero otros, los modalistas, afirmaban que las tres figuras eran modi, modos en los que nuestra conciencia aprehende a Dios y se explica a sí misma. Aunque esto implica que a Dios sólo le conocemos en el reflejo de nuestro propio pensar humano, la fe cristiana se afianzó más y más en la idea de que incluso en este reflejo le conocemos. Nosotros no podemos salir de la estrechez de nuestra conciencia, pero Dios puede entrar y revelarse en ella; por eso no hay que negar que los monarquianos y modalistas dieron un impulso digno de tenerse en cuenta a la idea de Dios. La fe aceptó al fin el lenguaje y la terminología que ellos habían elaborado; su terminología sigue operante todavía hoy en la profesión de fe en las tres Personas divinas. Es cierto que la palabra prosopon-persona no expresa todo lo que hay que decir, pero la culpa no es suya.
(Soluciones sin salida).
Toda la lucha antigua de la primitiva Iglesia nos lleva, a la luz de lo que hemos dicho, a la aporía de dos caminos que cada vez se muestran más como no-caminos: subordinacionismo y monarquianismo. Ambas soluciones parecen lógicas y ambas perturban el todo con sus seductoras simplificaciones. La doctrina eclesial, expresada en la fe en Dios uno y trino, significa fundamentalmente la renuncia a encontrar un camino y el estancamiento en el misterio que el hombre no puede abarcar; en realidad esta profesión es la renuncia real a la presunción del saber limitado que, en su falsa limitación, nos seduce con sus soluciones categóricas.
El llamado subordinacionismo elimina el dilema al afirmar que Dios mismo es único. Cristo no es Dios, sino una esencia especialmente cercana a Dios; así se elimina el obstáculo, pero, como ya hemos explicado detalladamente, se llega a la conclusión de que el hombre, separado de Dios, queda encerrado en lo provisional. Dios sería un monarca constitucional y la fe nada tendría que ver con él, sino con sus ministros.
El monarquianismo, con sus soluciones antes mencionadas, disuelve el dilema por otro camino. También él afirma la unidad de Dios, pero dice que Dios al acercarse a nosotros cambia; se presenta primero como Creador y Padre, luego como Hijo y Redentor en Cristo y, por fin, como Espíritu; pero estas tres figuras son sólo las máscaras de Dios que nos habla sobre nosotros mismos, no sobre él.
(Pervivencia del monarquianismo en la filosofía moderna).
La solución es seductora pero, al fin nos lleva a la conclusión de que el hombre gira siempre en torno a sí mismo y de que nunca penetra en lo propio de Dios. El pensar moderno, en el que de nuevo se repite el monarquianismo, nos lo confirma. Hegel y Schelling quisieron explicar el cristianismo filosóficamente, y la filosofía cristianamente. Se unían así en este esfuerzo primitivo por construir una filosofía del cristianismo; esperaban hacer comprensible y útil la doctrina trinitaria, y convertirla dentro de su puro sentido en la clave de la comprensión del ser.  El punto de partida de todo eso sigue siendo la idea de que la doctrina trinitaria es la expresión del lado histórico de Dios, es decir, del modo como Dios se revela.
Hegel, y a su modo también Schelling, llevaron esta idea hasta sus últimas consecuencias y concluyeron así que el proceso de la autopresentación histórica de Dios no se diferencia del Dios que, permaneciendo en sí mismo, está detrás de la historia; el proceso de la historia hay que comprenderlo como el proceso de Dios mismo. Por lo tanto, la figura histórica de Dios es la progresiva autoformación de lo divino; la historia es el proceso del Logos como proceso real de la historia. Con otras palabras podemos afirmar que, según Hegel, el Logos «la inteligencia de todo ser» se engendra progresivamente a sí mismo en el curso de la historia.
La historicización de la doctrina trinitaria, realizada en el monarquianismo, se convierte en historicización de Dios... La  historia del monarquianismo manifiesta aun otro aspecto que vamos a describir brevemente. Tiene una nota política tanto en su forma cristiana como en su renovación mediante Hegel y Marx: es «teología política». En la primitiva Iglesia sirvió para cimentar teológicamente la monarquía imperial; con Hegel se convirtió en apoteosis del estado prusiano; con Marx en el programa de acción que la humanidad debe realizar en el futuro.
Por el contrario, en la primitiva Iglesia la lucha de la fe en la Trinidad en contra del monarquianismo significó la lucha en contra del uso político de la teología: la fe trinitaria eclesial superó un modelo útil a la política, eliminó la teología como mito político y negó que la predicación pudiese justificar una situación política... 
Tesis Primera:
La paradoja  «una esencia en tres personas» está subordinada al problema del sentido primordial de la unidad y de la multiplicidad. Una ojeada al trasfondo del pensamiento precristiano y griego, de donde surgió la fe en el Dios uno y trino, nos explicará muy bien el sentido del enunciado. Los antiguos creían que sólo la unidad era divina; la multiplicidad, en cambio, les parecía algo secundario, el desmoronamiento de la unidad. Según ellos, la multiplicidad nace de la ruina y tiende a ella.
La profesión cristiana en Dios uno y trino, en aquel que es al mismo tiempo el monas y el trias, la unidad y la multiplicidad por antonomasia, expresa la convicción de que la divinidad cae más allá de nuestras categorías de unidad y multiplicidad. Para nosotros, para lo no-divino, la divinidad en tanto es una y única, lo divino contrapuesto a lo no-divino, en cuanto que es en sí misma verdadera plenitud y multiplicidad, de tal manera que la unidad y la multiplicidad de las criaturas es imagen de lo divino y participación en ello. No sólo la unidad es divina; también la multiplicidad es algo original y tiene en Dios su fundamento íntimo.
La multiplicidad no es puro desmoronamiento; también ella cae dentro de lo divino; no nace por el puro entrometerse del dyas, de la disgregación. No es el resultado del dualismo de los poderes contrarios, sino que responde a la plenitud creadora de Dios que supera y comprende la unidad y la multiplicidad. La fe trinitaria, que admite el plural en la unidad de Dios, es fundamentalmente la definitiva exclusión del dualismo como principio de explicación de la multiplicidad junto a la unidad. Por la fe trinitaria se consolida definitivamente la positiva valoración de lo múltiple.
Dios supera el singular y el plural. Esto tiene una consecuencia importante. Para quien cree en el Dios uno y trino la suprema unidad no es la unidad de la vidriosa monotonía. El modelo de la unidad, al que hemos de aspirar, no es, en consecuencia, la indivisibilidad del átomo que ya no puede dividirse en una unidad más pequeña; la forma suprema y normativa de la unidad es la unidad que suscita el amor. La unidad de muchos creada por el amor es unidad más radical y verdadera que la del «átomo».
Tesis Segunda:
La paradoja «una essentia, tres personae» está en función del concepto de persona, y ha de comprenderse como íntima implicación del mismo.
La fe cristiana profesa que Dios, la inteligencia creadora, es persona, conocimiento, palabra y amor. Con todo, la profesión de fe en Dios como persona incluye necesariamente la confesión de fe en Dios como relación, como comunicabilidad, como fecundidad. Lo simplemente único, lo que no tiene ni puede tener relaciones, no puede ser persona. No existe la persona en la absoluta singularidad, lo muestran las palabras en las que se ha desarrollado el concepto de persona: la palabra griega prosopon significa «respecto»; la partícula pros significa «a, hacia», e incluye la relación como constitutivo de la persona. Lo mismo sucede con la palabra latina persona: «resonar a través de», donde la partícula per (=a, hacia) indica relación, pero esta vez como comunicabilidad. En otros términos: si lo absoluto es persona, no es lo singular absoluto. Por tanto, el concepto de persona supera necesariamente lo singular. Afirmar que Dios es persona a modo de triple personalidad destruye el concepto simplista y antropomórfico de persona. Implícitamente nos dice que la personalidad de Dios supera infinitamente el ser-persona del hombre; por eso el concepto de persona ilumina, pero al mismo tiempo encubre como parábola insuficiente la personalidad de Dios.
Tesis Tercera:
La paradoja «una essentia, tres personae» está subordinada al problema de lo absoluto y de lo relativo, y manifiesta lo absoluto de lo relativo.
(a) El dogma como regulación terminológica. Las reflexiones siguientes intentan un acercamiento a lo que hemos indicado. Cuando a partir del siglo IV la fe expresó la unidad trina de Dios con la fórmula una essentia, tres personae, tuvo lugar una división de conceptos que se convirtió en adelante en «regulación terminológica». Tenía que salir a la luz el elemento de la unidad, el de la trinidad y la simultaneidad de ambos en el incomprensible predominio de aquella. Como dijimos antes, es en cierto sentido accidental el hecho de que esto se dividiese en los conceptos de sustancia y persona; en último término ambos elementos son claros, ninguno queda abandonado a la arbitrariedad del individuo que podría volatilizar o destruir la cosa misma con las palabras propias de su tiempo. Teniendo en cuenta esta observación, podemos concluir que la idea sólo podía expresarse conceptualmente así; con esto reconocemos el carácter negativo del lenguaje de la doctrina de Dios, los balbuceos de la locución.
(b). El concepto de persona. Por otra parte, esta regulación terminológica significa mucho más que un detenerse en la letra. En el lenguaje, por muy inadecuado que sea, se toca la realidad misma; por eso el interés por el lenguaje de la profesión de fe muestra la preocupación por la cosa misma. La historia del espíritu nos dice que aquí, por vez primera, se comprendió plenamente la realidad de «persona». El concepto y la idea de «persona» surgieron en el espíritu humano cuando buscó la imagen cristiana de Dios y explicó la figura de Jesús de Nazaret. Habida cuenta de estas reservas, vamos a explicar nuestras fórmulas en su justa medida, pero antes se nos imponen dos observaciones: Dios, considerado como absoluto, es uno; no se da la multiplicidad de principios divinos. Una vez afirmado esto, es también claro que la unidad cae en el plano de la sustancia; en consecuencia la Trinidad, de la que también hay que hablar, no hemos de buscarla aquí; tiene que estar en otro plano, en el de la relación, en el de lo «relativo».
A la misma conclusión nos lleva una lectura de la Biblia...
El hallazgo de un diálogo en el ser íntimo de Dios nos lleva a admitir en Dios un yo y un tú, un elemento de relación, de diferencia y de afinidad. Por su forma, el concepto «persona» parece apto para expresar tal elemento; con esto el concepto, superando su significado teatral y literario, profundizó más en la realidad sin perder lo fluctuante que lo adaptaba a tal uso. Al observar que Dios considerado absolutamente es uno, y que sin embargo en él se da también en fenómeno de lo dialógico, de la distinción y de la relación del diálogo, la categoría de la relación adquiere en el pensamiento cristiano un significado completamente nuevo; Aristóteles la coloca entre los «accidentes», entre los efectos accidentales del ser, separables de la sustancia; forma de lo real que soporta todo.
Al darnos cuenta de que Dios es dialógico, de que Dios no sólo es Logos, sino «diálogo», no sólo idea e inteligencia, sino diálogo y palabra unidos en el que habla, queda superada la antigua división de la realidad en sustancia (lo auténtico), y accidentes (lo puramente casual). Es pues claro, que junto con la sustancia están el diálogo y la relación como forma igualmente original del ser.
Ahí estaba contenida ya fundamentalmente la terminología del dogma. Sale a la luz la idea de que Dios es simplemente uno como sustancia, como «esencia»; pero al querer hablar de Dios en la categoría de trinidad lo que hacemos no es multiplicar la sustancia, sino afirmar que en Dios uno e indivisible se da el fenómeno del diálogo, de la unión de la palabra y el amor.
Esto significa que las «tres Personas» que hay en Dios son la realidad de la palabra y el amor en su más íntima dirección a los demás. No son sustancias o personalidades en el moderno sentido de la palabra, sino relación cuya actualidad pura («paquetes de ondas») no elimina la unidad de la esencia superior, sino que la constituye... En esas palabras se oculta la imagen revolucionaria del mundo: el omnímodo dominio del pensar sustancial queda destruido; la relación se concibe como una forma primigenia de lo real, del mismo rango que la sustancia; con esto se nos revela un nuevo plano del ser. Probablemente pueda afirmarse que el cometido del pensar filosófico originado por estas observaciones no se ha realizado todavía lo suficiente; el pensar moderno depende en gran parte de las posibilidades aquí mencionadas, sin ellas no podría siquiera concebirse ( (Introducción al cristianismo, cap 7).
2.CONVERSACIÓN CON SOBOTTA. EL RIESGO DE UNA TRINIDAD MÁS ALLÁ DE LA PALABRA, UN PODER QUIZÁ BUENO, PERO IRRACIONAL.

Ratzinger desertó en los momentos finales guerra mundial (como multitud de jóvenes soldados, soldados niños, me decía Sobotta), cuando los americanos ocupaban Baviera (finales de abril del 1945) y tras la rendición de Alemania (8 de Mayo) fue internado en un campo de concentración en Bad Aibling, de donde fue pronto liberado (19 de junio). Sólo tenía dieciocho años. Pasó unos meses con su familia, tras la gran catástrofe, y medio año después (a comienzos del 1946) ingresó de nuevo en el seminario.
      Así me dijo Sobotta: Ni Ratzinger ni yo hemos superado el trauma de la guerra... Hemos vivido en el horror. Podemos pensar, él puede hacer quizá buena teología, pero no podemos asumir responsabilidades en este mundo. Sería una locura...
No puedo entrar en lo que fue el proceso interior de J. Ratzinger, cómo vivió el fin de la guerra, cómo respondió a la paz…, aunque he leído algunos de sus libros de “memorias”. Es evidente que hay un secreto que sólo el conoce, una herida que resulta difícil de curar, a pesar del paso de los años.
Sobotta, mi amigo, tenía la misma edad de Ratzinger, pasó por los mismos trances, se hizo también sacerdote y jesuita, acaba de defender la tesis sobre la palabra creadora, la palabra salvadora... la Heilswirsamkeit, que es no sólo la predicación al estilo de cierto protestantismo, sino la conversaición, la verdad, el logos trasparente de la vida, del Dios la Palabra... Eso quería ser , portador de una palabra liberadora, por encima de la guerra.  
 Estuvimos dos meses juntos, solos en la casa parroquial. El tenía necesidad de hablar, yo necesidad de mejorar mi alemán, estábamos encargados de la parroquia de un cura bondadoso (Kurt Novak), también herido por la guerra, ya mayor, que nos dejó dos meses de verano solos, amos de la casa, mientras él resolvía otro problemas y disfrutaba sus vacaciones.
Ese fue mi “bautismo” en Alemania, con un colega de Ratzinger, y leímos juntos la Einführung in das Cristentum (Introducción al Cristianismo). Desde entonces he vivido con el recuerdo de Ratzinger, de su historia personal y de su libro.F. Sobotta y la Introducción al Cristianismo de J. Ratzinger

  Sobotta era tímido, yo corto en buen alemán. Pero pronto coincidimos en muchas cosas: Paseamos en barco por el Elba con los niños de la catequesis, comimos helados (¡cómo le gustaban!), dirigimos catequesis de niños, hicimos teatro (yo como ayudante suyo, casi le mato, pues el truco que planeó con una cuerda que le debía apretar el curllo no le salió)… y hablamos.

Él me repetía que era Alemán y niño de la guerra. Debía haber nacido el mismo año que Ratzinger (1927), de una familia alemana, pero de ascendencia eslava, como tantas otras.
Quizá por eso era alemán de un modo exagerado, antinazi pero inmensamente alemán, exageradamente alemán,con todo lo bueno que eso implica, pero con sus riesgos (y con su remordimiento).

Había sido un buen estudiante, amaba a Alemania, y  pensó que era lógico que le llevaran a la guerra, durante dos largos años, como auxiliar en una división de tanques… Pero al acabar la guerra sintió que todo era una locura, que le habían engañado, que no merecía la pena vivir.... La mayor parte de su familia había muerto, asesinada, bombardeada... A él sólo le quedaba la curación por la palabra. Entró jesuita: Había que resolver el problema que había causado la guerra, la violencia, el horror, lo sabido y lo reprimido, todo.
  Así sintió que había que volver a la palabra que es Dios (Trinidad), a la autoridad que es palabra compartida, no imposición sagrada irracional, ni la de Hitler ni la de ningún Dios impositivo, por más bueno que pudiera parecer.

Como el curriculum de los jesuitas es más largo y había pasado por medio la guerra (sin recuperar cursos, como había echo Ratzinger), estaba terminando entonces su carrera, con 41 años (yo era algo más joven). Entró jesuita tras la guerra, con necesidad de ordenar su vida y de ofrecer su contribución al mundo nuevo a través de la Heilwirksamkeit de la palabra...
   Sólo la palabra cura, me decía..., que podamos hablar, que no tengamos miedo de hablar, que nadie haga las cosas a la fuerza, que nadie se engañe... Nosotros, alemanes, podemos ofrecer una contribución al mundo si creamos palabra, si compartimos Palabra, porque eso,  la Palabra hecha carne, eso es la Trinidad. Y no sé si mi colega Ratzinger lo ha visto bien en este libro.
Se había ordenado sacerdote, había trabajado de formador y acababa de publicar su tesis doctoral en teología, que me enseñó y me regaló con euforia:

Franz Sobotta, Die Heilswirksamkeit der Predigt in der theologischen Diskussion der Gegenwart (Trierer Theologische Studien. Band 21, Trier 1968)
  Precisamente entonces su tiempo de preparación como estudiante y como SJ, … y podía quizá dedicarse a enseñar, en alguna universidad del entorno germano (quizá en Innsbruck, decía que querían llamarle).

Sin embargo, Ratzinger, con su misma edad, casi como niño prodigio, tras la guerra  había hecho una carrera meteórica: Profesor de Teología en Bonn…, consultor del Vaticano II, luego profesor en Tubinga, donde acababa de impartir un curso famoso sobre el cristianismo, para alumnos de todas las facultad, en el Semestre de verano (Sommersemester) del año 1967 (semestre que va del 1 de abril al 30 de septiembre de ese año).Las anotacoines para ese curso formaban el texto base” del libro que estábamos leyendo: Introducción (Einführung) al Cristianismo.  

El primer día que fuimos al centro  Hamburg, en la librería teológica de la calle Jungferstrasse, se empeñó en comprarme el libro. Lo tengo todavía aquí, en las manos. Lo tengo todavía aquí, en mis manos. Es la reedición del 2 de julio de ese mismo año (1968), con una tirada de 7000 ehenokaresm  21 al 27 mil. ¡Un éxito increíble! Veintisiete mil ejemplares vendidos en menos de medio año.

Así perfeccioné mi alemán, leyendo a Ratzinger y dialogando con su “colega” Franz Sobotta, cuya tesis apenas acabé de leer, aunque hablamos mucho de ella. Iba en la línea de la Teología de la Palabra (de la Escuela de Innsbruck) y retomaba motivos de la disputa jesuítica del siglo XVI-XVII, sobre el tipo de causalidad formal y material (de palabra y de gesto) de los sacramentos....y sobre todo de la causalidad personal de la Palabra, que es,me decía, la esencia de Dios.

Ratzinger, Sobotta , Dios y la Guerra

Sobotta estaba orgulloso de Ratzinger, que era como él, de los niños de la guerra, y se había convertido en la promesa de la nueva teología católica alemana, un hombre ya famoso, con 41 años, a pesar de que le hubiera constado reaccionar ante los problemas de ese año (estábamos en julio-agosto, Ratzinger venía de mayo del 68) en la Universidad de Tübingen donde la palabra no le pareció suficiente para arreglar los problemas de los estudiantes....
A pesar de todo, a pesar de que, a su juicio, Ratzinger no iba a la raíz salvadora de la palabra, como esencia de la Trinidad y de la vida humana, Sobotta le defendía: ¡Tiene que seguir aprendiendo!, me decía.

 Así me dijo: Mira, lee aquí donde Ratzinger dice: Esto significa que las «tres Personas» que hay en Dios son la realidad de la palabra y el amor en su más íntima dirección a los demás.    Leímos juntos la frase... Sobotta me dijo:
- Eso que dice Ratzinger es cierto... Dios es Palabra, Dios es amor, eso es la Trinidad... Si te dedicas a la teología piensa en eso: Dios es Palabra, pero del todo... sólo Palabra de amor, palabra que ama y crea, acaricia, se arriesga a ser Palabra, palabra de amor... no para dejar a un lado a los políticos, sino para transformar la política en amor y palabra, como quiere un amigo mío SJ: J. B. Metz... Ha sido de los nuestros, también niño de la guerra, apresado por los americanos, prisionero... Él no quiere un Dios más allá de la Palabra y de la Política...,sino en la misma palabra y la política, para la libertad, para el diálogo entre todos, desde los más pobres... Ése tendría que ser el camino de Ratzinger, pero no lo veo claro...
- Ratzinger es es inteligente, quizá el más inteligente de todos nosotros, los teólogo niños de la guerra... pero quizá no es consecuente... Quizá quiere un poder de Dios por encima de la palabra.... Eso es, da la impresión de que pone un Dios más allá de la palabra, más allá de la política...Y eso es muy peligroso.  Es como buscar una "inmunidad" a Dios. Ciertamente, Dios está más allá del monarquianismo del imperio romano, del monarquianismo de Hitler. Dios está más allá de un tipo de palabra-poder, pero no se trata de buscarle en algo en el fondo irracional, sino más palabra, más racionalidad... mejor política...
Sobotta fue para mí un gran tipo (¡qué pena que muriera luego pronto!) era un sanador/salvador por la palabra. Yo era muy joven (27 años), no entendía muchas cosas, pero me gustaba cómo me hablaba, casi todos los días, de su vida, y de la teología de Ratzinger, a medida que iba reescribiendo con muchos colores el libro. Le daba horror un Dios que pudiera mandar desde arriba, sin razonar, sin escuchar... al estilo de un Hitler que fuera bueno..
.Un Dios como Hitler, pero a lo bueno, sería lo más horrible, me dijo un día, porque de Hitler se puede salir, aunque sea por la muerte, de un Dios así no puede salirse....
Casi siempre estaba nervioso. En el fondo de su sonrisa escondía una inmensa melancolía y tristeza, un dolor constante: El dolor de la guerra, el no poder asimilar lo que había pasado, en los años anteriores, y después en la división de tanques, cuando era sólo adolescente, en los dos años de guerra, acompañando la retirada, la gran derrota de Alemania… con millones de muertos en medio..., por falta de palabra o, mejor dicho, por palabras falsas que nos engañaron a todos.
«Es algo que no podéis comprender, me decía. Fue una locura, que no he logrado asimilar… Me llevará toda la vida ir entendiendo lo que pasó, lo que he pasado… Nosotros, los de la guerra, necesitamos un “sacramento” distinto, un sacramento de sanación, que nos permita recuperar el sentido de la vida, pedir perdón y perdonar, todo a la vez… y vivir con ternura, esa ternura que parece que a veces tenéis, los que venís como tú de tierra más al sur...Por eso he escrito mi tesis sobre el poder salvador de la palabra». Tú (me decía) piensa en la palabra que es amor (y eso he querido hacer..., quizá mal, pero es lo que he hecho:
PALABRA DE AMOR de Xabier Pikaza | Libreria 7 Soles

Yo le decía que quizá entendía… que el tema de la guerra estaba en la Biblia (yo acababa de hacer un trabajo sobre el Apocalipsis, con A. Vanhoye, hoy Cardenal de la Iglesia). Le decía, además, que también yo era un hijo de la guerra española, que había estado desterrado de niño, con mi madre sancionada, por ser mujer de palabra (maestra...).

Pero me decía que era distinto. Que mi guerra no había sido mía, sino de mis padres… Que no había nacido, que no había estado, que no había tenido que escoger…Yo respondía que no, que él no tenía la culpa de nada, que había sido sólo un adolescente obligado… Que todo había pasado.Me respondió que no era así. Que él, y otros como él (incluido su colega Ratzinger) no habían sido nazis, pero que en el fondo sabían lo que estaba pasando, y de algún modo colaboraron, de algún modo les pudo el peso de la Gran Alemania de Hitler y se dejaron engañar.

No, no habían sido nazis, pero buscaban la Gran Alemania… y pensaban que en el fondo lo de los nazis podría ser un pequeño episodio… al servicio de la Gran Alemania, de un Dios Bueno, pero de imposición, sobre todo el universal. Terminarían los nazis, seguiría Alemania como el Gran Imperio, por encima del comunismo de Rusia y del capitalismo de los ingleses y americanos… Ellos, la gran Alemania serían el futuro de la humanidad. Teníamos que habernos opuesto de alguna manera, y no lo hicimos… Nos obligaron, pero nos dejamos llevar y, de alguna manera, colaboramos

Así me seguís diciendo: Éramos unos engañados, eso es cierto, fuimos manipulados, pero no fuimos inocentes. Hubo algo que nos impidió ver, sentir, sufrir con los mendigos, los judíos, los locos, los pobres de otros pueblos... es decir, con la gente de gente de Jesús, la gente de la Trinidad, los pobres, impuros, extranjeros y locos de Galilea en el siglo I.
Mira, Xabier, me dijo.No sé si entiendo bien este libro de Ratzinger, mi colega de guerra, mi colega de derrota... Las distinciones que hace Ratziner entre modalismo y monarqrianismo me parece buena... Pero yo quiero que quede claro  que  la Trinidad es la Palabra, es decir, el diálogo universal, desde los más pequeños.
    Sí, el diálogo en amor, no desde unos sabios profesores o políticos... Un diálogo que empieza desde los más pequeños, buscando juntos, escuchándose todos, dando la vida...No estoy seguro de que Ratzinger en este libro quiera eso....
Da la impresión de que Ratzinger quiere una certeza más allá de las palabras, y una certeza de ese tipo puede ser dictatorial ¿Cómo consigues que no sea dictatorial? . ¿Cómo consigues un Dios que no sea el Gran Dictador, un Inmenso Hitler, pero a lo bueno...
    Seguro que no tengo razón, vengo de una guerra de razones triunfantes... Y a veces pienso que la Iglesia quiere también grandes razones triunfadora, con un Dios emperador o Führer, un dictador buenísimo que lo arregla todo con su poder. A veces pienso que este Dios trinitario que nos presenta, contra monarquianos y modalistas es una especie de tirano superior. Dios me perdone.
Quizá estoy loco, no debo entender demasiado. Evidentemente, este Dios Trinidad de Ratzinger es un Gran Señor bueno, pero yo no quiero que sea Señor, no quiero que mande, que dé ordenes, pues ya me han engañado bastante con órdenes y mandatos que parecían divinos. 
PALABRAS DE AMOR | XABIER PIKAZA | Comprar libro 9788433021465
 Así me hablaba Sobotta. Sabía tratar a los adolescentes, les enseñaba a jugar, a dialogar, a pensar en libertad... No llegó muy adelante en su iglesia, a pesar de que era SJ y había escrito una gran tesis sobre el poder salvador de la Palabra que es Dios.
    Quizá otro día me anime a contar más cosas de él.... mientras sigo escuchando las palabras que me repetía al volver una tarde del paseo junto al río:  ¿Qué podemos decir hoy a los jóvenes? Sólo tenemos la palabra, solo la Palabra, y eso es la Trinidad.
Su gran deseo era trasmitir palabra a  los jóvenes bastante numerosos de la parroquia, muchachos de quince a dieciocho años, monaguillos, cantores. Había que decirles algo distinto, y él no sabía personas como él (gente como él, que habían ido a la guerra, que no se habían opuesto de un modo radical a la imposición anti divina de los nazis) podían decir algo a los nuevos jóvenes, divididos entre el boque comunista (allí mismo a pocos kilómetros, casi se podían ver las torres de vigilancia) y el fantasma del colonialismo americano, del nuevo capitalismo que lo estaba invadiendo todo.
PD. Aquellas conversaciones con Sobotta han seguido iluminando mi vida...
-- Entendí siempre mejor a Ratzinger, que quizá no ha resuelto ese problema de donde entre palabra y un tipo de poder más allá de la palabra... Aquí han estado sus grandes problemas teológicos: El discurso de Ratisbona (de fondo muy bueno, pero en un momento sesgado), su miedo a la palabra de la Teología de la Liberación (una política de la Palabra...), su miedo a los teólogos abiertos a la palabra...
-- Escribí un libro sobre el fondo de aquellas conversaciones, un libro que debo rehacer, pues me quedó teórico, con el título que me daba Sobotta: Dios es Palabra (Seguiré hablando del tema)

domingo, 16 de junio de 2019

Santísima Trinidad. Solemnidad. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo (16 de junio)

Santísima Trinidad. Solemnidad. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo

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La Santísima Trinidad es un misterio que nunca podremos comprender plenamente. Dios es tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo

 
La Solemnidad de la Santísima Trinidad se celebra una semana después de Pentecostés. Es el domingo dedicado en honor a la creencia más fundamental de los cristianos. Nunca podremos comprender plenamente el misterio de la Trinidad, pero podemos resumirlo en la siguiente fórmula: Dios es tres personas en una naturaleza. Las tres Personas de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, son un sólo Dios, y no pueden estar divididos

Fiesta: Domingo después de Pentecostés

Martirologio romano: Solemnidad de la Santísima e indivisa Trinidad, en la que confesamos y veneramos al único Dios en la Trinidad de personas, y la Trinidad de personas en la unidad de Dios

¿Qué es la Santísima Trinidad?

El Misterio de la Santísima Trinidad es algo que muchos damos por sentado, pero que pocos entienden bien: Dios en tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero que es un solo Dios.
La Trinidad es uno de los misterios que es más intelectualmente desafiante de nuestra fe.

¿Cómo pueden ser tres personas, un sólo Dios?

El Famoso San Patricio, intentó explicar esto de una forma muy simple utilizando la imagen del trébol, tiene tres hojas distintas, sin embargo, es un sólo trébol.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla acerca de este misterio:
"El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo" (CIC 234)
¿Eso le aclara todas las cosas? Probablemente no. Tal vez podamos llegar a una mejor comprensión de la Trinidad en nuestras vidas de forma espiritual y práctica; y no con el intelecto

Dogma de Fe de la Santísima Trinidad.

El dogma de fe que constituye el obje to de esta celebración es el siguiente:
Hay un solo Dios, y en este único Dios hay tres personas divinas; el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Sin embargo, no son tres dioses, sino un solo, eterno, ¡un Dios incomprensible! El Padre no es más Dios que el Hijo, ni el Hijo es más Dios que el Espíritu Santo.
El Padre es la primera Persona divina; el Hijo es la segunda Persona Divina, engendrado por la naturaleza del Padre desde la eternidad; el Espíritu Santo es la tercera Persona divina, que procede del Padre y del Hijo. Ningún mortal puede comprender plenamente esta verdad sublime.
Lo único que nos queda humanamente por hacer, es tener la humildad de reconocer y decirle al Señor: "Creo, pero aumenta mi fe"

Celebración de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad se puede interpretar como un final a todas las fiestas anteriores. Las tres personas que contribuyeron y comparten en la obra de la redención. El Padre envió a su Hijo al mundo, porque
"Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito para que se salvara a través de Él".
El Padre nos llama a la fe. El Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, se hizo hombre y murió por nosotros. Él nos redimió y nos hace hijos de Dios.
Después de la ascensión de Jesús, el Espíritu Santo, se convirtió en el gran protagonista de la Evangelización, nuestro Maestro, nuestro líder, nuestro guía, nuestro Consolador.
La fiesta de la Santísima Trinidad bien puede ser considerada como una fiesta en agradecimiento por todas las bendiciones de las temporadas de Navidad y Semana Santa.

Los Domingos son de la Trinidad.

Esta solemnidad también debe hacernos conscientes de que, en realidad, todos los domingos están dedicados en honor a la Santísima Trinidad, pues cada domingo es santificado y consagrado a Dios uno y trino.
Debemos recordar, domingo tras domingo, con actitud de gratificación,todos los dones que la Santísima Trinidad está otorgando sobre nosotros.
El Padre nos creó y nos eligió a ser hijos suyos partícipes de su Reino; en el primer día de la semana comenzó la obra de la creación. El Hijo nos redimió; El domingo es el "Día del Señor", el día de su resurrección.
El Espíritu Santo nos santifica, nos hizo su templo. Un domingo, el Espíritu Santo descendió de los Cielos sobre los Apóstoles, formando la Iglesia naciente. El domingo, por lo tanto, es el día de la Santísima Trinidad.

Símbolos de la Santísima Trinidad.

Los símbolos que reflejan a la Santísima Trinidad son:
  • Un Triángulo equilátero;
  • El Círculo de la eternidad;
  • Tres círculos entrelazados;
  • Un Círculo dentro de un triángulo;
  • dos triángulos entrelazados en forma de estrella de David;
  • Dos triángulos en forma de estrella de David entretejido con un círculo;
  • El Trébol;
  • El Trébol y un Triángulo;
  • Trébol con puntos;
  • Escudo de la Santísima Trinidad;
  • Tres Peces unidos entre sí en forma de un triángulo;
  • La Cruz y un Triángulo superpuesto, entre otros
Desde los primeros tiempos, muchos teólogos han tratado de explicar el misterio de la Santísima Trinidad y de la fe en el único Dios verdadero. La conclusión: ¡Es inexplicable!
Podemos vislumbrar algunas ideas al respecto, pero todo esto, está más allá de nuestra comprensión humana, y aunque cuando creemos en ella y lo profesamos en nuestra fe en el Credo cada semana, nunca llegaremos a entenderlo del todo.
Lo único que podríamos hacer es aceptar con humildad los misterios de la fe para que el Amor de la Trinidad y todas grandes bendiciones que nos tienen preparados, se reflejen en nuestras vidas, en nuestras acciones y pensamientos.
Redacción: Qriswell Quero, PildorasdeFe.net

Monseñor Enrique Díaz Díaz: “El Dios de la Vida” 16062019

La Santísima Trinidad © Cathopic/Il Ragazzo

Monseñor Enrique Díaz Díaz: “El Dios de la Vida”

Fiesta de la Santísima Trinidad
Proverbios 8, 22-31: “Antes de que existiera la tierra, la sabiduría ya había sido engendrada”
Salmo 8: “¡Qué admirable, Señor, es tu poder!”
Romanos 5, 1-5: “Vayamos a Dios por Cristo mediante el amor que nos ha infundido el Espíritu Santo”
San Juan 16, 12-15: “Todo lo que tiene el Padre es mío.- El Espíritu recibirá de mí lo que les vaya comunicando a ustedes”

¡Duele contemplar su imagen! Parecería un viejo, acabado, deformado, sucio y maloliente, y ¡es apenas un joven! Pero las drogas, el alcohol, los excesos y una vida sin rumbo, lo han dejado hecho una basura. En medio de la calle, con la mirada perdida, agresivo, hace que todos se aparten de él. ¿Qué habrá en su interior? Esta imagen de un hombre sumido en la inconsciencia, en el hedor y la suciedad, contrasta fuertemente con el salmo 8 que hoy proclamamos: “Señor Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra… hiciste al hombre un poquito inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos y todo lo sometiste bajo sus pies” ¿Este es el hombre que soñó el Señor? ¿Esta es la imagen del Dios amor, del Dios comunidad, del Dios familia que hoy celebramos? Ciertamente que no. No es el modelo de hombre que Dios desea. El hombre se ha prostituido y ha abandonado la imagen a la que estaba destinado. No es el plan de Dios; el hombre, cegado por su egoísmo, ha deformado la imagen de Dios y se ha deformado a sí mismo.
El hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Se ataca, se muerde y se destruye y al mismo tiempo destruye la naturaleza que le fue confiada. Lo vivimos constantemente en nuestras familias, ciudades y pueblos, sitiados y asediados por el narcotráfico que acaban aniquilándose. Jóvenes, familias, niños, todos viven en angustia. Esto es consecuencia del rumbo que ha escogido el mundo. Solamente cree en la fuerza, en el dinero y en el poder. Al final el hombre se encuentra solitario, abandonado y ha perdido su rumbo. Queriendo olvidarse de Dios, acaba por olvidar su propio destino y pervertir la propia imagen. Cuánto duele contemplar al hombre en toda su miseria, extraviado y perdidos los ideales.
Y hoy se nos presenta el verdadero Dios, uno y Trino. La Trinidad es la hermosa relación interior del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cada uno persona distinta, cada uno persona diferente y sin embargo todos un solo Dios. Se dan mutuamente, se reciben mutuamente, y no se entiende el uno sin el otro. La revelación de Dios como misterio trinitario constituye el núcleo fundamental y estructurante de todo el mensaje del Nuevo Testamento. El misterio de la Santísima Trinidad, que hoy celebramos con gran solemnidad, antes que doctrina ha sido evento salvador. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la humanidad, donando la vida y comunicando su amor; introduciendo y transformando el devenir de la historia en la comunión divina de las Tres Personas.
Este día, fiesta de la Santísima Trinidad, no quisiera detenerme en elucubraciones teológicas que nos lleven a descubrir las relaciones de tres personas en una misma esencia. Sino quisiera que contempláramos a este Dios familia, trinidad, comunicación y que experimentáramos su amor y su invitación a participar de su misma vida. Porque de la imagen y de la experiencia que tengamos de Dios, dependerá la valoración y la imagen que tengamos de nosotros mismos y de nuestros hermanos.
Son bastantes los que llamándose “religiosos”, “cristianos”, o de cualquier denominación, viven una vida triste y sin sentido. Tienen una idea aburrida y lejana de Dios. Dios sería para ellos un dios nebuloso, gris, “sin rostro”. Algo impersonal, frío e indiferente. Y si les queremos decir que Dios es “Trinidad”, harán un gesto de enfado, de un enredo sin sentido que no tiene nada que ver con su vida. Y sin embargo es, en toda su profundidad, sin querer dar explicaciones, la experiencia del Dios cercano que nos presenta Jesús. El misterio no es la oscuridad, sino el amor y la vida que nos manifiesta Jesús que hay en Dios.
Dios no es un ser solitario condenado a estar encerrado en sí mismo, sino comunión interpersonal, comunicación gozosa de vida. Dios es familia. Dios es vida compartida, amor comunitario, comunión de personas. Por eso el hombre que vive la experiencia de Dios no puede aislarse, cerrar su corazón a los hermanos y morir de narcisismo contemplándose a sí mismo. Si el hombre se cierra a los demás, no puede decirnos que tiene experiencia de Dios. Porque este Dios no es lejano a nosotros, está en las raíces mismas de nuestra vida y de nuestro ser. En él vivimos, nos movemos y somos.
Creer en la Trinidad es creer que el origen, el modelo y el destino último de toda vida es el amor compartido en fraternidad. Si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no descansaremos hasta que podamos disfrutar de ese amor compartido y encontrarnos todos en esa “familia”, en la que cada uno pueda ser él mismo en plenitud, feliz en la entrega y en la solidaridad total con el otro. Celebramos a la Trinidad cuando descubrimos con gozo que la fuente de nuestra vida es un Dios-familia, Dios-comunidad, y cuando nos sentimos llamados desde lo más íntimo de nuestro ser, a buscar nuestra verdadera felicidad en el compartir, en el amar, en la fraternidad, en ser imagen de Dios.
Qué triste sería que este día de La Trinidad, nos quedáramos solos y encadenados a nuestro egoísmo. Habrá que abrir el corazón y los ojos para experimentar y hacer experimentar este Dios amor. Ojalá vengan a cada uno de nosotros muchos cuestionamientos: ¿Cómo puedo hacer que se refleje mucho más claramente en mi vida cristiana el ser “comunitario” de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo? ¿En qué aspectos concretos de mi vida se manifiesta el misterio del Dios trinitario como amor y vida?  ¿Cómo podría abrirme más a la acción del Espíritu de la Verdad en mi vida, para que me lleve a un conocimiento existencial y actualizado del evangelio de Jesús?
Trinidad Santísima, haz de la humanidad creada a tu imagen una sola familia que sea siempre un vivo reflejo de tu misterio comunitario de amor y fermento de unidad y de paz para todo el género humano. Por Cristo, nuestro Señor.

domingo, 27 de mayo de 2018

La Santísima Trinidad, el "misterio de los misterios" (Meditación para hoy) 27052018

La Santísima Trinidad, el "misterio de los misterios"
El misterio de la Santísima Trinidad, más que para ser entendido, es para ser amado y vivido en nuestro interior.


Por: P . Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net 



Se nos ha habituado a pensar que, al hablar de la Santísima Trinidad, hemos de concebir algo totalmente oscuro e ininteligible. ¡Por algo es un misterio! Más aún, es -por así decirlo- el misterio por antonomasia de nuestra fe, el "misterio de los misterios". Pero, en vez de plantear el tema en términos de raciocinio o de especulación teológica, yo prefiero mil veces más tratarlo desde un punto de vista mucho más "humano" y personal, si se me permite la expresión. No que la razón no lo sea. Pero yo creo que es mucho más palpitante, cercano y vivencial cuando lo contemplamos con el corazón y bajo el prisma del amor.

Y es que el misterio de la Santísima Trinidad, más que para ser especulado, es para ser amado y vivido en nuestra interioridad. Al menos, a mí me parece que así es mucho más sabroso y "digerible". La razón es, por lo general, más fría e impersonal. Mientras que el amor es todo lo contrario.

Pues bien, la Santísima Trinidad es un misterio de amor. Es más, es el misterio del "Amor de los amores" –como cantamos en un hermoso motete-. Dios, que "habita en una luz inaccesible" –como nos dice san Pablo en su carta a Timoteo (I Tim 6, 16)— se nos ha querido revelar por medio de su Palabra: Dios, en lo más profundo de su intimidad, es una comunión de personas divinas unidas por el amor. Más aún, son esas mismas personas que son el Amor personificado: el Padre, que es el amor creador; el Hijo, que es el amor redentor; el Espíritu Santo, que es el amor santificador. Pero, además, es un amor recíproco entre ellos mismos; un amor subsistente y personal. Un solo Dios verdadero y tres Personas distintas, cuya vida y existencia es puro Amor. Una relación de amor. Y el amor crea una comunión de personas. Como en el matrimonio y en la familia, pero en un grado infinito y divino. El amor es, por naturaleza, unidad y fecundidad. Esto es, en esencia, el misterio de la Santísima Trinidad.

Y, ¿cómo explicarlo? Es muy difícil encontrar las palabras justas. Más fácil lo podremos comprender a la luz de la propia experiencia del amor que con un discurso racional, aunque sea filosófica y teológicamente muy correcto. ¿Quién de nosotros no sabe lo que es el amor? Todos lo hemos experimentado muchas veces en nuestra propia vida: hemos sentido el calor y la ternura de una madre; la fuerza y seguridad que nos infunde el amor de un padre; el cariño de una hermana o de una amiga; el gozo de la compañía y de la fidelidad de un hermano o de un amigo verdadero; y la dulzura incomparable del amor de una esposa o de un esposo, de unos hijos.

Aristóteles definía la amistad como "una misma alma en dos cuerpos". Y el poeta latino Horacio llamaba a Virgilio, su gran amigo, "dimidium animae meae", "la mitad de mi alma". Grandes poetas, literatos, músicos y artistas de todos los tiempos han ofrecido su tributo a la amistad. Y han reservado sus mejores canciones y sus notas más líricas para cantar la belleza del amor humano. Sin duda alguna, éste es el tema que más ha inspirado a los hombres a lo largo de la historia, sea en el arte, en la poesía o en la propia vida. Decía Dante Alighieri que "es el amor el que mueve el sol, el cielo y las estrellas". Y el poeta Virgilio afirmaba: "amor vincit omnia", "el amor es capaz de vencer todos los obstáculos". Y tenían toda la razón.

Y es que el amor es lo más grande, lo más noble, lo más bello, lo más maravilloso; en una palabra, lo más sagrado del ser humano. Por eso, con el amor no se juega y éste se merece los mayores sacrificios con tal de conservar toda su pureza y su fragancia virginal.

San Juan nos dejó una estupenda definición de Dios: "Deus Charitas est", "¡Dios es Amor!" (I Jn 4, 8). No se expresó en conceptos racionales, sino en un vocabulario propio del corazón. También lo otro pudo haber sido muy correcto. Pero también, sin duda, más frío e impersonal.

Como aquellas definiciones que dio Aristóteles sobre Dios: "El motor Inmóvil", "el Acto puro", "la Inteligencia más perfecta". O incluso aquella definición teológica y metafísica de santo Tomás de Aquino: "el único Ser necesario, absoluto y trascendente", "el mismo Ser subsistente". Pues sí. Es verdad. Pero, ¿no nos gustan y nos dicen inmensamente más las palabras propias del amor?

Y llegados a este punto, sería interminable la lista de experiencias que todos tenemos sobre el amor… Como decía san Juan al final de su Evangelio, "ni todos los libros del mundo serían suficientes para poderlas contener". Y es que el amor no se puede explicar con conceptos o con raciocinios filosóficos. Se siente. Se experimenta. Así también es Dios.

Sí. Lo más maravilloso y sagrado del hombre es el amor. Y también lo más divino. Por eso, a Dios podemos encontrarlo en lo más profundo de nuestro ser, en lo más recóndito de nuestro espíritu. Dios allí habita. Los más altos pensadores de la humanidad así lo experimentaron. Séneca, aquel famoso filósofo romano de origen cordobés, aun sin ser cristiano, llegó a expresarse de esta manera: "sacer intra nos spiritus sedet, malorum bonorumque nostrorum observator et custos. In unoquoque virorum bonorum habitat deus". En nuestra lengua cervantina sonaría así: "un espíritu sagrado reside dentro de nosotros, y es el observador y el guardián de nuestros males y de nuestros bienes. En cada alma virtuosa habita Dios" (Epístolas morales, núm. 41).

San Pablo, por su parte, nos recuerda que "somos morada de la Santísima Trinidad, templos vivos de Dios y del Espíritu Santo" (I Cor 3, 16). Así fue como nos lo prometió nuestro Señor la noche de su despedida: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos nuestra morada." (Jn 14, 23).

¡Éste es el núcleo más bello del misterio de la Santísima Trinidad! Y lo más maravilloso es que también nosotros hemos sido llamados a participar de esta vida íntima de Dios, que es amor. Y nos adentraremos en el seno de la Trinidad Santísima en la medida de nuestra vida de gracia y de nuestra caridad, que es el grado de amor sobrenatural en nuestra alma.


 
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