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miércoles, 19 de diciembre de 2018

Mujer, pobre, indígena (Gilberto HERNÁNDEZ GARCÍA) (Mención honorífica 2013)

Mujer, pobre, indígena

Gilberto HERNÁNDEZ GARCÍA




Rosario en mano, Jacinta va desgranando avemarías como cada noche, desde hace más de mil cien días. Sus dedos se deslizan lentamente por las gastadas cuentas; su voz, pausada y apenas audible, suena lastimera. Al fondo del cuartucho donde está, una imagen de la Virgen de Guadalupe, escasamente iluminada por una mortecina veladora, parece atenta a las súplicas. Pero las últimas jaculatorias son interrumpidas por una de las celadoras del centro de reclusión donde se encuentra.
– Prepare sus cosas. Creo que ya la van a dejar ir –le dijo secamente aquella mujer–.
Jacinta no cabe de asombro. Su corazón se estremece. Es la noticia que ha estado esperando desde que la confinaron en este lugar que la ha separado de su familia. El rosario tiembla en sus manos. Al intentar ponerse en pie sus piernas se niegan a sostenerla. Vuelve a caer sentada al camastro. Cierra sus ojos, anegados ya en lágrimas, y musita una acción de gracias.
Recuerda cómo inició esta dolorosa historia que ahora ya parece tocar fin.
Aquel domingo 26 de marzo, para los habitantes de la comunidad indígena de Mexquititlán parecía ser como cualquier otro. En la plaza central del pueblo, a un costado de la iglesia de Santiago Apóstol, desde temprano, los comerciantes se habían instalado para ofrecer toda suerte de productos: hortalizas, guajolotes y gallinas, huevos, maíz, frijoles, tortillas, tejidos, pulque… además de los artículos de manufactura china que desde hace algunos años iban ganando terreno en el gusto de aquella gente y que, a decir de los propios vendedores, les redituaban mejores ganancias.
El sol esplendoroso daba testimonio de la recién estrenada primavera. El ir y venir de personas se antojaba interminable. Aquel ritual de compraventa, tan colorido como ancestral, hermanaba a todos los habitantes: era el espacio de encuentro, después de una ardua semana de arrancarle el sustento a la Madre Tierra, siempre providente y siempre necesitada de cuidado.
Jacinta había salido de la misa de mediodía y permaneció unos minutos más para dar algunas informaciones a sus compañeras de cofradía, las “Peregrinas a pie al Tepeyac”. Al terminar, recogió el estandarte de la Guadalupana que ella custodiaba por ser la presidenta del grupo, y se dirigió a la botica a comprar algún medicamento para enfrentar la gripe que ya le estaba haciendo estragos. Después iría al puesto de helados y aguas frescas, propiedad de la familia, donde su hija mayor ya la esperaba para que la relevara en el trabajo.
La algarabía y convivencia pacífica del tianguis fue rota cuando llegó un grupo de hombres, vestidos como cualquier civil, que, sin mediar palabra, empezó a despojar de sus mercancías a los vendedores, con lujo de violencia, con el argumento de que eran productos “piratas”. Los agresores lanzaban al suelo los artículos y los pisoteaban. El hecho enardeció a los comerciantes.
Bastaron un par de silbidos, una especie de código comunicativo, que se fueron replicando por el mercado, para que casi todos los vendedores y una gran cantidad de transeúntes se arremolinaran en torno a aquellos hombres que perpetraban ese desmán. Cuando los violentos se vieron copados dijeron ser policías federales; entonces los comerciantes les exigieron identificarse y exhibir la orden que avalara su proceder, pero los agentes se negaron. Aumentó la tensión.
Jacinta llegó en ese momento. Solidaria con los suyos, también recriminaba a los hombres que han hecho los destrozos. En la turba, algunos opinaban que deben retenerlos para ser juzgados según los usos y costumbres del pueblo. Temeroso, el jefe del grupo policial, intentó calmar los ánimos de la gente: dijo que hablaría con sus supriores para ver cómo dar solución al altercado. Los comerciantes dijeron que la única manera de reparar el mal que les habían hecho era pagando los artículos que les habían destrozado.
Al poco tiempo llegó el jefe regional de la policía para dialogar con los afectados y ofrecieron pagar en efectivo los daños causados por los elementos policiacos, pero argumentaron que debían trasladarse a una ciudad cercana para conseguir el pago. Los comerciantes aceptaron el trato y el jefe policial ordenó a uno de los agentes que permaneciera en el pueblo como garantía de que regresarían.
Las horas pasaron y cuando la noche empezaba a cubrir con su negro manto la población, regresaron los miembros de la policía que habían participado en el fallido operativo, junto a su jefe. Parecía el punto final de la historia y que todo quedaría en el anecdotario del pueblo. Los comerciantes levantaron sus puestos y, en un ambiente de camaradería, se dirigieron a sus hogares. La jornada había sido larga y extenuante.
Pasaron cinco meses. El pueblo siguió con su vida cotidiana, en su lucha por la vida. Un día Jacinta barría el frente de su casa. El olor a tierra mojada impregnaba el ambiente. Las gallinas deambulaban por el patio rascando la tierra en busca de algún grano que les sirviera de alimento.
De pronto, frente a su casa se estacionó una gran camioneta negra, de la que bajaron algunos hombres. Era un grupo de agentes del ministerio público. Le mostraron una fotografía y preguntaron si conocía a alguna de las personas que aparecían ahí. Jacinta sonrió, ingenua, y dijo: “Soy yo”.
Entonces el que parecía ser el jefe del grupo le dijo que querían preguntarle algo acerca de un árbol que recientemente había sido derribado en la comunidad y querían saber quiénes fueron los autores del hecho. Jacinta, de buena fe, les explicó que era un árbol viejo, y que de la noche a la mañana había amanecido tirado. El agente le pidió que le ayudara, que testimoniara eso que les contaba, pero para eso tendrían que llevarla a la capital del estado, que no se preocupara, que para la tarde ya estaría de vuelta en su casa. Amable como ella es, accedió a acompañarlos. En el camino recogieron a otras dos mujeres, vecinas de la comunidad.
Las llevaron a un juzgado. A la entrada del edificio ya las esperaban muchos fotógrafos. De inmediato las mujeres se sintieron cohibidas. Así empezó la verdadera pesadilla. Las sentaron frente a un gran escritorio y, sin misericordia, las bombardearon con preguntas de un asunto que no entendían: les pedían explicaciones de cómo había sucedido el secuestro de seis agentes de la policía hace cinco meses en su pueblo, Mexquititlán.
Ellas, indígenas, no comprendían todo lo que les decían porque no hablaban bien el español. En la mente de Jacinta revoloteaba la palabra “secuestro” y no hallaba una palabra en su idioma que se le pareciera o le diera una idea de qué era eso. Balbuceaba algunas cosas en su maltrecho castellano… los dedos de las secretarias se movían con velocidad sobre las máquinas de escribir. Agobiadas, les dieron a firmar las declaraciones, pero como no sabían escribir, les tomaron la mano e impusieron sus huellas digitales en los papeles. Tardarían un tiempo en entender bien qué estaba pasando.
Esa noche, el ministerio público convocó a todos los medios de comunicación de la localidad. Jacinta y sus dos compañeras fueron presentadas ante la opinión pública como culpables de haber secuestrado a seis agentes policiacos durante los hechos ocurridos cinco meses atrás. Las únicas pruebas para sentenciar a la mujer, eran una fotografía publicada en un periódico local, donde ella aparece detrás de los agentes y las declaraciones de los seis. La policía que aquella vez había sido obligada a pagar sus fechorías, ahora se estaba cobrando la factura.
En la averiguación previa se decía que en el reporte rendido por los policías el mismo día de los hechos, estaba asentado que “un grupo de gente los rodeó” y eso implicaba una retención, un secuestro. A Jacinta le acusaron falsamente de querer linchar y quemar al agente que se quedó en el pueblo mientras sus superiores conseguían el dinero para pagarle a los tianguistas los daños causados por los agentes.
La familia de Jacinta de inmediato buscó la ayuda de un abogado, pero no tuvieron suerte. Argumentaban que sería difícil ganarle la batalla al Goliat que resultaba ser la policía.
En el pueblo se corrió la voz de que Jacinta había sido detenida por una fotografía donde aparecía; y que había muchas fotos más. Los comerciantes se llenaron de miedo y prefirieron no exponerse. Cuando los familiares de Jacinta les pedían apoyo para hacer frente a la injusticia, los demás tianguistas se disculpaban pero no se atrevieron a hacer fuerza con ellos. Lo mismo pasó cuando fueron a ver al párroco del lugar: dijo que él no se metía en política y que si estaba en el reclusorio sería porque evidentemente sería culpable.
Pasaron más de dos años y Jacinta siguió en la cárcel. El abogado de oficio que le consiguieron nada pudo hacer en defensa de la mujer: fue sentenciada a 21 años de prisión, condena máxima que se le aplica a un secuestrador. La familia quedó desecha. La resignación se fue apoderando poco a poco de ellos. Pero en el corazón de Jacinta la esperanza se negaba a ceder su lugar a la derrota.
Gracias a una nota en un periódico, un Centro de Derechos Humanos se enteró del caso de Jacinta y asumieron su defensa. En sus indagatorias se dieron cuenta que el proceso persistía en graves desigualdades del sistema de justicia, como la falta de acceso a un traductor y la negación de su derecho a la presunción de inocencia, los cuales tienen efectos de mayor intensidad en las mujeres indígenas debido a la triple discriminación de que son objeto: por ser indígenas, mujeres y pobres. La investigación sacó a relucir las deficiencias de la impartición de justicia.
El Centro de Derechos Humanos, emprendió una campaña de solidaridad en favor de Jacinta y sus dos compañeras, que suscitó numerosas adhesiones. Así, la comunidad se sintió con valor y empezó a exigir a las autoridades que pusieran fin al encarcelamiento de las mujeres. Al poco tiempo, Amnistía Internacional declaró a Jacinta “prisionera de conciencia”. La presión social obligó a que las instancias judiciales presentaran conclusiones no acusatorias en el proceso que enfrentaban las mujeres por el delito de secuestro. Tuvieron que pasar tres años para que Jacinta pudiera recobrar su libertad.
La comunidad entendió que es tarea de la sociedad civil y de la opinión pública mantener constante atención a estos para que las autoridades, en sus distintos niveles, se comprometan a no repetir acusaciones injustas como le sucedió a Jacinta y sus compañeras.
El día que Jacinta fue puesta en libertad, las autoridades del reclusorio quisieron hacerlo con mucha discreción. Pretendieron sacarla por la puerta trasera, a altas horas de la noche. Sin embargo, los activistas de derechos humanos, algunos periodistas que habían dado a conocer los atropellos de los impartidores de justicia, y cientos de vecinos y simpatizantes de la mujer, hicieron un plantón frente el centro de reclusión y exigieron que saliera por la puerta principal.
El director del penal, fue por Jacinta y la acompañó a la puerta. Secamente le tendió la mano y le dijo: “Usted disculpe”, y regresó de inmediato al edificio. Al ver a Jacinta todos los presentes estallaron en gritos de júbilo. La que entró como delincuente salió de la prisión como heroína.
Hoy en día Jacinta sigue siendo “peregrina a pie al Tepeyac”, pero ahora entiende su ser de cristiana desde una nueva óptica: está comprometida con la causa de los derechos humanos, particularmente de las mujeres y los indígenas.
Basado en un hecho real

Gilberto Hernández García
Chiapas, México

sábado, 17 de febrero de 2018

Mujer, pobre, indígena (Mención honorífica 2013) Gilberto HERNÁNDEZ GARCÍA

Mujer, pobre, indígena

Gilberto HERNÁNDEZ GARCÍA




Rosario en mano, Jacinta va desgranando avemarías como cada noche, desde hace más de mil cien días. Sus dedos se deslizan lentamente por las gastadas cuentas; su voz, pausada y apenas audible, suena lastimera. Al fondo del cuartucho donde está, una imagen de la Virgen de Guadalupe, escasamente iluminada por una mortecina veladora, parece atenta a las súplicas. Pero las últimas jaculatorias son interrumpidas por una de las celadoras del centro de reclusión donde se encuentra.
– Prepare sus cosas. Creo que ya la van a dejar ir –le dijo secamente aquella mujer–.
Jacinta no cabe de asombro. Su corazón se estremece. Es la noticia que ha estado esperando desde que la confinaron en este lugar que la ha separado de su familia. El rosario tiembla en sus manos. Al intentar ponerse en pie sus piernas se niegan a sostenerla. Vuelve a caer sentada al camastro. Cierra sus ojos, anegados ya en lágrimas, y musita una acción de gracias.
Recuerda cómo inició esta dolorosa historia que ahora ya parece tocar fin.
Aquel domingo 26 de marzo, para los habitantes de la comunidad indígena de Mexquititlán parecía ser como cualquier otro. En la plaza central del pueblo, a un costado de la iglesia de Santiago Apóstol, desde temprano, los comerciantes se habían instalado para ofrecer toda suerte de productos: hortalizas, guajolotes y gallinas, huevos, maíz, frijoles, tortillas, tejidos, pulque… además de los artículos de manufactura china que desde hace algunos años iban ganando terreno en el gusto de aquella gente y que, a decir de los propios vendedores, les redituaban mejores ganancias.
El sol esplendoroso daba testimonio de la recién estrenada primavera. El ir y venir de personas se antojaba interminable. Aquel ritual de compraventa, tan colorido como ancestral, hermanaba a todos los habitantes: era el espacio de encuentro, después de una ardua semana de arrancarle el sustento a la Madre Tierra, siempre providente y siempre necesitada de cuidado.
Jacinta había salido de la misa de mediodía y permaneció unos minutos más para dar algunas informaciones a sus compañeras de cofradía, las “Peregrinas a pie al Tepeyac”. Al terminar, recogió el estandarte de la Guadalupana que ella custodiaba por ser la presidenta del grupo, y se dirigió a la botica a comprar algún medicamento para enfrentar la gripe que ya le estaba haciendo estragos. Después iría al puesto de helados y aguas frescas, propiedad de la familia, donde su hija mayor ya la esperaba para que la relevara en el trabajo.
La algarabía y convivencia pacífica del tianguis fue rota cuando llegó un grupo de hombres, vestidos como cualquier civil, que, sin mediar palabra, empezó a despojar de sus mercancías a los vendedores, con lujo de violencia, con el argumento de que eran productos “piratas”. Los agresores lanzaban al suelo los artículos y los pisoteaban. El hecho enardeció a los comerciantes.
Bastaron un par de silbidos, una especie de código comunicativo, que se fueron replicando por el mercado, para que casi todos los vendedores y una gran cantidad de transeúntes se arremolinaran en torno a aquellos hombres que perpetraban ese desmán. Cuando los violentos se vieron copados dijeron ser policías federales; entonces los comerciantes les exigieron identificarse y exhibir la orden que avalara su proceder, pero los agentes se negaron. Aumentó la tensión.
Jacinta llegó en ese momento. Solidaria con los suyos, también recriminaba a los hombres que han hecho los destrozos. En la turba, algunos opinaban que deben retenerlos para ser juzgados según los usos y costumbres del pueblo. Temeroso, el jefe del grupo policial, intentó calmar los ánimos de la gente: dijo que hablaría con sus supriores para ver cómo dar solución al altercado. Los comerciantes dijeron que la única manera de reparar el mal que les habían hecho era pagando los artículos que les habían destrozado.
Al poco tiempo llegó el jefe regional de la policía para dialogar con los afectados y ofrecieron pagar en efectivo los daños causados por los elementos policiacos, pero argumentaron que debían trasladarse a una ciudad cercana para conseguir el pago. Los comerciantes aceptaron el trato y el jefe policial ordenó a uno de los agentes que permaneciera en el pueblo como garantía de que regresarían.
Las horas pasaron y cuando la noche empezaba a cubrir con su negro manto la población, regresaron los miembros de la policía que habían participado en el fallido operativo, junto a su jefe. Parecía el punto final de la historia y que todo quedaría en el anecdotario del pueblo. Los comerciantes levantaron sus puestos y, en un ambiente de camaradería, se dirigieron a sus hogares. La jornada había sido larga y extenuante.
Pasaron cinco meses. El pueblo siguió con su vida cotidiana, en su lucha por la vida. Un día Jacinta barría el frente de su casa. El olor a tierra mojada impregnaba el ambiente. Las gallinas deambulaban por el patio rascando la tierra en busca de algún grano que les sirviera de alimento.
De pronto, frente a su casa se estacionó una gran camioneta negra, de la que bajaron algunos hombres. Era un grupo de agentes del ministerio público. Le mostraron una fotografía y preguntaron si conocía a alguna de las personas que aparecían ahí. Jacinta sonrió, ingenua, y dijo: “Soy yo”.
Entonces el que parecía ser el jefe del grupo le dijo que querían preguntarle algo acerca de un árbol que recientemente había sido derribado en la comunidad y querían saber quiénes fueron los autores del hecho. Jacinta, de buena fe, les explicó que era un árbol viejo, y que de la noche a la mañana había amanecido tirado. El agente le pidió que le ayudara, que testimoniara eso que les contaba, pero para eso tendrían que llevarla a la capital del estado, que no se preocupara, que para la tarde ya estaría de vuelta en su casa. Amable como ella es, accedió a acompañarlos. En el camino recogieron a otras dos mujeres, vecinas de la comunidad.
Las llevaron a un juzgado. A la entrada del edificio ya las esperaban muchos fotógrafos. De inmediato las mujeres se sintieron cohibidas. Así empezó la verdadera pesadilla. Las sentaron frente a un gran escritorio y, sin misericordia, las bombardearon con preguntas de un asunto que no entendían: les pedían explicaciones de cómo había sucedido el secuestro de seis agentes de la policía hace cinco meses en su pueblo, Mexquititlán.
Ellas, indígenas, no comprendían todo lo que les decían porque no hablaban bien el español. En la mente de Jacinta revoloteaba la palabra “secuestro” y no hallaba una palabra en su idioma que se le pareciera o le diera una idea de qué era eso. Balbuceaba algunas cosas en su maltrecho castellano… los dedos de las secretarias se movían con velocidad sobre las máquinas de escribir. Agobiadas, les dieron a firmar las declaraciones, pero como no sabían escribir, les tomaron la mano e impusieron sus huellas digitales en los papeles. Tardarían un tiempo en entender bien qué estaba pasando.
Esa noche, el ministerio público convocó a todos los medios de comunicación de la localidad. Jacinta y sus dos compañeras fueron presentadas ante la opinión pública como culpables de haber secuestrado a seis agentes policiacos durante los hechos ocurridos cinco meses atrás. Las únicas pruebas para sentenciar a la mujer, eran una fotografía publicada en un periódico local, donde ella aparece detrás de los agentes y las declaraciones de los seis. La policía que aquella vez había sido obligada a pagar sus fechorías, ahora se estaba cobrando la factura.
En la averiguación previa se decía que en el reporte rendido por los policías el mismo día de los hechos, estaba asentado que “un grupo de gente los rodeó” y eso implicaba una retención, un secuestro. A Jacinta le acusaron falsamente de querer linchar y quemar al agente que se quedó en el pueblo mientras sus superiores conseguían el dinero para pagarle a los tianguistas los daños causados por los agentes.
La familia de Jacinta de inmediato buscó la ayuda de un abogado, pero no tuvieron suerte. Argumentaban que sería difícil ganarle la batalla al Goliat que resultaba ser la policía.
En el pueblo se corrió la voz de que Jacinta había sido detenida por una fotografía donde aparecía; y que había muchas fotos más. Los comerciantes se llenaron de miedo y prefirieron no exponerse. Cuando los familiares de Jacinta les pedían apoyo para hacer frente a la injusticia, los demás tianguistas se disculpaban pero no se atrevieron a hacer fuerza con ellos. Lo mismo pasó cuando fueron a ver al párroco del lugar: dijo que él no se metía en política y que si estaba en el reclusorio sería porque evidentemente sería culpable.
Pasaron más de dos años y Jacinta siguió en la cárcel. El abogado de oficio que le consiguieron nada pudo hacer en defensa de la mujer: fue sentenciada a 21 años de prisión, condena máxima que se le aplica a un secuestrador. La familia quedó desecha. La resignación se fue apoderando poco a poco de ellos. Pero en el corazón de Jacinta la esperanza se negaba a ceder su lugar a la derrota.
Gracias a una nota en un periódico, un Centro de Derechos Humanos se enteró del caso de Jacinta y asumieron su defensa. En sus indagatorias se dieron cuenta que el proceso persistía en graves desigualdades del sistema de justicia, como la falta de acceso a un traductor y la negación de su derecho a la presunción de inocencia, los cuales tienen efectos de mayor intensidad en las mujeres indígenas debido a la triple discriminación de que son objeto: por ser indígenas, mujeres y pobres. La investigación sacó a relucir las deficiencias de la impartición de justicia.
El Centro de Derechos Humanos, emprendió una campaña de solidaridad en favor de Jacinta y sus dos compañeras, que suscitó numerosas adhesiones. Así, la comunidad se sintió con valor y empezó a exigir a las autoridades que pusieran fin al encarcelamiento de las mujeres. Al poco tiempo, Amnistía Internacional declaró a Jacinta “prisionera de conciencia”. La presión social obligó a que las instancias judiciales presentaran conclusiones no acusatorias en el proceso que enfrentaban las mujeres por el delito de secuestro. Tuvieron que pasar tres años para que Jacinta pudiera recobrar su libertad.
La comunidad entendió que es tarea de la sociedad civil y de la opinión pública mantener constante atención a estos para que las autoridades, en sus distintos niveles, se comprometan a no repetir acusaciones injustas como le sucedió a Jacinta y sus compañeras.
El día que Jacinta fue puesta en libertad, las autoridades del reclusorio quisieron hacerlo con mucha discreción. Pretendieron sacarla por la puerta trasera, a altas horas de la noche. Sin embargo, los activistas de derechos humanos, algunos periodistas que habían dado a conocer los atropellos de los impartidores de justicia, y cientos de vecinos y simpatizantes de la mujer, hicieron un plantón frente el centro de reclusión y exigieron que saliera por la puerta principal.
El director del penal, fue por Jacinta y la acompañó a la puerta. Secamente le tendió la mano y le dijo: “Usted disculpe”, y regresó de inmediato al edificio. Al ver a Jacinta todos los presentes estallaron en gritos de júbilo. La que entró como delincuente salió de la prisión como heroína.
Hoy en día Jacinta sigue siendo “peregrina a pie al Tepeyac”, pero ahora entiende su ser de cristiana desde una nueva óptica: está comprometida con la causa de los derechos humanos, particularmente de las mujeres y los indígenas.
Basado en un hecho real

Gilberto Hernández García
Chiapas, México

viernes, 16 de diciembre de 2016

Hacia una Iglesia autóctona (Mons. Felipe Arizmendi Esquivel) 16122016

Hacia una Iglesia autóctona

Nuevas ordenaciones de diáconos en Chiapas. Son indígenas de las cinco etnias: tseltales, tsotsiles, ch’oles, tojolabales y zoques
Ubicación del estado del Chiapas (Google maps)
Ubicación Del Estado Del Chiapas (Google Maps)


+ Felipe Arizmendi EsquivelObispo de San Cristóbal de Las Casas
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¡Con cuánta emoción, hasta las lágrimas, hemos vivido las ordenaciones de nuevos diáconos permanentes! ¡Con cuánta ilusión esperamos las próximas ordenaciones de tres nuevos presbíteros y de un diácono transitorio! Todos ellos son chiapanecos, nacidos en nuestro territorio diocesano. ¡Son autóctonos! Casi todos los diáconos permanentes que tenemos son indígenas de las cinco etnias: tseltales, tsotsiles, ch’oles, tojolabales y zoques. Pasaron varios años para que la Santa Sede nos permitiera continuar ordenando diáconos permanentes, después de muchos diálogos y habiendo hecho las precisiones necesarias. El diálogo eclesial, en fe y oración, da frutos.
Contamos ya con 11 sacerdotes indígenas, nativos de aquí. De los 68 alumnos de nuestro Seminario, 21 de los cuales cursan Teología, más de la mitad son indígenas. De los casi 8,000 catequistas que trabajan en la evangelización, la gran mayoría con comunidades y adultos, sin descuidar a los niños, un alto porcentaje son indígenas. Y esto es natural, pues nuestra diócesis, con una población de un poco más de dos millones de habitantes, tiene un 75 por ciento de población indígena, que vive su cultura en su vida ordinaria, y no la reduce a un folcklor, ni la guarda en un museo. No podríamos dejar de dar los pasos necesarios para lograr ser una Iglesia autóctona.
Sin embargo, un connotado arzobispo, ya emérito, en una de nuestras asambleas episcopales me increpaba el por qué yo usaba esa expresión. Le sonaba como a algo no acorde con la doctrina y la praxis de la Iglesia. De igual modo, algunos cardenales en Roma, ahora ya retirados, me insistían que dejara de usar ese término. Que mejor hablara de Iglesia inculturada, encarnada, pero no autóctona. Siempre respondí que lo dejaría de hacer cuando hubiera un Concilio Vaticano III, que prohibiera lo que había ordenado el II.
PENSAR
En efecto, el Concilio Vaticano II, en su Decreto Ad gentes, en el No. 6 claramente dice: “Deben crecer de la semilla de la Palabra de Dios en todo el mundo Iglesias particulares autóctonas suficientemente fundadas y dotadas de propias energías y maduras, que, provistas suficientemente de jerarquía propia, unida al pueblo fiel, y de medios apropiados para llevar una vida plenamente cristiana, contribuyan, en la parte que les corresponde, al bien de toda la Iglesia. El medio principal para esta plantación es la predicación del Evangelio de Cristo. Para anunciarlo envió el Señor a sus discípulos a todo el mundo, a fin de que los hombres, renacidos por la Palabra de Dios, ingresen por el bautismo en la Iglesia, la cual, como cuerpo del Verbo Encarnado que es, se alimenta y vive de la Palabra de Dios y del pan eucarístico”.
“Deben crecer… en todo el mundo Iglesias particulares autóctonas”. Es un imperativo: “Deben crecer”.
Es lo que estamos procurando llevar a la práctica, con el gozo de ir teniendo más y más una “jerarquía propia”, con las vocaciones nativas que Dios, por pura gracia y misericordia, nos está regalando.
Hemos de advertir lo que mi predecesor, Don Samuel Ruiz García, indicaba en la nota No. 1 del III Sínodo Diocesano: “Autóctono no debe confundirse con autónomo. De acuerdo con el Concilio Vaticano II nosotros, en este documento, no hablamos de una Iglesia autónoma, sino de una Iglesia autóctona… La Iglesia particular mantiene diversidad de prácticas en la unidad de la fe… Es católica precisamente por su situación geográfica, por su diversidad cultural y, principalmente, por su unidad en la fe. Su catolicidad se realiza al estar en comunión con otras Iglesias locales, bajo la presidencia de la Iglesia de Roma”.
Y más adelante: “En nuestra Diócesis sabemos que una Iglesia autóctona no es una Iglesia independiente, separada de las demás… Una Iglesia autóctona católica siempre estará en comunión con las demás Iglesias particulares y con la Iglesia que preside quien está a la cabeza de la caridad; siempre será una Iglesia fiel a la Tradición; abierta a las experiencias de las Diócesis hermanas que puedan enriquecerla, y también consciente de su vocación misionera hacia otras naciones, aun cuando tenga escasez de clero”.
ACTUAR
Oremos para que el Señor nos siga regalando variadas vocaciones nativas y sigamos esforzándonos por ser muy fieles a la Iglesia universal, con Pedro y bajo Pedro, con un corazón abierto a los pueblos originarios que conforman nuestra Iglesia local.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Libertad religiosa en Chiapas (Mons. Felipe Arizmendi Esquivel) 18112016


Libertad religiosa en Chiapas

La intolerancia religiosa es una grave injusticia

Procesion de Santo Tomas Apóstol. (Wikicommons - Maribel2912)
Procesion De Santo Tomas Apóstol. (Wikicommons - Maribel2912)

VER
El Consejo Interreligioso de Chiapas, en que participamos desde 1992 los obispos y los líderes de presbiterianos, bautistas, adventistas, mormones, nazarenos, asambleas de Dios, Buen Pastor y otros, junto con la Sociedad Reuben Clark, la Fundación “Conciencia Nacional” y la Subsecretaría de Asuntos Religiosos del Gobierno estatal, organizamos un Foro sobre Libertad Religiosa, con ocasión del Día internacional de la Tolerancia. Comparto algo de lo que expuse.
Algunos medios informativos siguen calificando a Chiapas como el Estado donde perduran los conflictos religiosos, particularmente porque en algunas comunidades indígenas los católicos ponen trabas a los evangélicos para que practiquen su fe y se les impide hacer propaganda religiosa; incluso les han expulsado y les han dañado en sus propiedades. También los católicos sufrimos ofensas y descalificaciones por hermanos de otras confesiones, sobre todo en emisoras radiofónicas y en algunas campañas evangelísticas.
Hemos declarado varias veces que esa intolerancia es una grave injusticia. Hemos insistido en el derecho que todos tienen de practicar la religión de su preferencia, pero quienes toman esas decisiones no nos hacen caso. Son decisiones que no pasan por las diócesis y las parroquias católicas, sino que dependen de las asambleas ejidales, que ven la divergencia religiosa como un atropello a su histórica y tradicional unidad cultural y social, que es esencial en la cultura indígena.
Por otra parte, cuando alguna autoridad civil da testimonio público de su fe y participa en una celebración religiosa, varias voces se lo recriminan, pues dicen que se viola el Estado laico y la separación con las iglesias. Sostienen que las autoridades civiles pueden tener la religión que prefieran, pero sólo en su vida privada.
Algunos reducen la libertad religiosa a la libertad de culto y de creencia, que ya está reconocida en la Constitución, sin advertir que tiene muchas otras implicaciones, como tener televisión y emisoras de radio, la objeción de conciencia, la libertad para expresar nuestra opinión sobre las leyes civiles, en aquello que contradicen nuestra fe.
PENSAR
¿Qué entendemos por libertad religiosa? Dice el Papa Benedicto XVI: “La libertad religiosa es la cima de todas las libertades. Es un derecho sagrado e inalienable. Abarca tanto la libertad individual y colectiva de seguir la propia conciencia en materia religiosa como la libertad de culto. Incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia. Ha de ser posible profesar y manifestar libremente la propia religión y sus símbolos, sin poner en peligro la vida y la libertad personal. Es preciso pasar de la tolerancia a la libertad religiosa” (Ecclesia in Medio Oriente, 26-27).
“El derecho a la libertad religiosa debe considerarse como inherente a la dignidad fundamental de toda persona humana, en sintonía con la innata apertura del corazón humano a Dios”. Llama a los Estados “para que reconozcan el derecho humano fundamental a la libertad religiosa”, y los insta a “respetar, y si fuera necesario, proteger a las minorías religiosas que, aunque vinculadas a una religión diferente de la de las mayorías que las rodea, aspiran a vivir con sus conciudadanos de modo pacífico y a participar plenamente en la vida civil y política de la nación, en beneficio de todos” (29-IV-2011).
ACTUAR
Quienes nos declaramos seguidores de Jesús no podemos aprobar, mucho menos incentivar, las discriminaciones religiosas que aún suceden en algunas partes. Si grupos católicos no permiten que minorías protestantes vivan conforme a su fe, cometen un abuso, que nuestras diócesis no promueven ni solapan. Esperamos que, donde predomina una confesión no católica, se evite también la intolerancia contra los católicos. Que tampoco haya intolerancia entre los mismos grupos evangélicos.
Debemos inculcar un gran respeto a la diversidad religiosa y proteger el derecho a ser diferentes, siempre y cuando no se lesione el bien común. Se pueden, por ejemplo, hacer campañas evangelizadoras, procurando que los contenidos no sean ofensivos para otras confesiones, y los aparatos de sonido no excedan el volumen que cause molestias y trastornos a los vecinos, o interferencias con otros actos de culto.
Sigámonos educando para respetarnos unos a otros. Aprendamos a convivir como hermanos, en paz y armonía, siendo de religiones distintas.

lunes, 15 de febrero de 2016

VIDEO: El Papa en San Cristóbal: Recemos por los enfermos, ellos ayudan a Jesús a llevar la cruz 15022016

El Papa en San Cristóbal: Recemos por los enfermos, ellos ayudan a Jesús a llevar la cruz

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, 15 Feb. 16 / 04:15 pm (ACI).- El Papa Francisco visitó esta tarde la Catedral de San Cristóbal de las Casas en donde se encontró con unas 400 personas entre ancianos, enfermos y sus familiares.
A ellos les dirigió estas palabras: “Todos juntos vamos a rezar por nuestros enfermos. Ellos están llevando un pedazo de la cruz de Jesús, están ayudando a Jesús a llevar la cruz. Vamos a rezar a Jesús para que les dé fuerza, los consuele y vamos a rezar a la Virgen nuestra Madre, para que los cuide, y les dé mucha paz en el corazón. Dios te salve María….
Que la bendición de Dios Todopoderoso, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.  Y recen por mí también. No están muy convencidos, ¿eh?”
Cuando el Papa llegó al templo todos los presentes le cantaron la conocida canción “Pescador de hombres” y el clásico himno “La Guadalupana”.
El Santo Padre se dio el tiempo para saludar, bendecir y conversar con diversas personas presentes que abarrotaban la Catedral.
Luego de esta breve visita, el Papa se dirige a Tuxtla Gutiérrez, también en el estado de Chiapas, en donde sostendrá un encuentro con las familias.

El Papa denuncia en Chiapas la cultura del descarte que despoja al mundo de sus riquezas 15022016

El Papa denuncia en Chiapas la cultura del descarte que despoja al mundo de sus riquezas

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El Papa Francisco durante la Consagración. Foto: Eduardo Berdejo / ACI Prensa
El Papa Francisco durante la Consagración. Foto: Eduardo Berdejo / ACI Prensa







SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, 15 Feb. 16 / 01:08 pm (ACI).- La localidad mexicana de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas, vivió este lunes una jornada histórica que le será muy difícil de olvidar. El Papa Francisco visitó la localidad para celebrar la Santa Misa en el Centro Deportivo municipal con las comunidades indígenas y en su homilía alertó contra la cultura del descarte que ha despojado al mundo de sus riquezas.
En la Misa se emplearon cinco idiomas nativos: Tseltal, Ch´ol, Tojolabal, Zoque y Tsotsil, ésta última es la lengua nativa más hablada en Chiapas y la que usó el Papa al inicio de su homilía. Estas lenguas son habladas cada una por poco más de un millón de personas, según el último censo de México.