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domingo, 4 de agosto de 2019

San Juan María Vianney. El Santo Cura de Ars. Patrono de los Sacerdotes (4 de agosto)

San Juan María Vianney. El Santo Cura de Ars. Patrono de los Sacerdotes

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San Juan María Vianney, el Cura de Ars, brilló por su ardiente predicación y caridad. Logró miles de conversiones a través de la confesión

 
San Juan María Vianney, conocido también como el Santo Cura de Ars, fue un humilde sacerdote de parroquia francés venerado en la Iglesia Católica como el santo patrono de los sacerdotes. Es conocido internacionalmente por su labor sacerdotal y pastoral en su parroquia de Ars, Francia, debido a la radical transformación espiritual de la comunidad y sus alrededores. Consiguió su santidad a través de su perseverante ministerio en el sacramento de la confesión y a su ardiente devoción a la bienaventurada Virgen María.

Fiesta: 04 de Agosto

Martirologio romano: Memoria de san Juan María Vianney, el cura de Ars, que durante más de cuarenta años condujo admirablemente la parroquia que se le confía en el pueblo de Ars, cerca de Belley en Francia, con la una predicación diligente y muy intensa, oración y una ejemplar vida de penitencia. Todos los impartía catequesis a niños y adultos, administró de manera magistral y sencilla el sacramento de la reconciliación a los penitentes, y en con las obras impregnadas de una ardiente caridad, sacada de la fuente de la Sagrada Eucaristía, brilló de tal manera hasta el punto en que se extendió por todas partes sus grandes y sabios consejos y predicas.

Biografía de San Juan María Vianney

San Juan María Vianney nació en la localidad de Dardilly en Francia el 08 de mayo 1786. Fue el hijo de un granjero pobre. Él tuvo que tomar su Primera Comunión en secreto cuando tenía 13 años, debido a que la Iglesia estaba siendo perseguida. Trabajó como pastor hasta los 18 años, cuando comenzó la formación para el sacerdocio.
Juan Vianney atravesó por momentos muy difíciles durante sus estudios para el sacerdocio. Él luchó grandemente y se esforzó en aprender, pero tuvo un momento particularmente difícil con el latín, el cual no podía asimilarlo bien.
San Juan María Vianney fue despedido del seminario en Lyon, y lo readmitieron posteriormente; pero falló los exámenes nuevamente. Por último, el vicario general, sintiendo un poco de compasión por él, examinó a Juan en francés y pasó su prueba.
Vianney fue ordenado a la edad de 29 años en Grenoble en 1815, después de unos arduos once años de estudios. A esa edad ya era más viejo que su profesor.
Muchos católicos de la zona se sentían indignados en su ordenación, a sabiendas que su conocimiento, especialmente de latín, era poco ejemplar, así que hacen pasar una petición para que San Juan María Vianney fuese removido como sacerdote.
Pero su obispo se dio cuenta que San Juan María Vianney tenía un gran sentido común y era un modelo de nobleza y bondad; por lo que fue retirada tal petición y así Vianney logró su ordenación

Vianney: el gran confesor

Nombrado vicario a la parroquia de su primer sacerdote-instructor, el joven sacerdote Vianney pronto mostró dones particulares, como confesor.
En 1818, San Juan María Vianney fue nombrado como párroco de Ars, una parroquia rural. Él comenzó a visitar a sus feligreses, especialmente los enfermos y pobres. Aquí había de pasar el resto de sus días.
San Juan María Vianney fue impulsado en vida para la gloria de Dios, la salvación de su alma y de las almas por las cuales él era responsable. Ardió de amor por Jesús y por medio de él Jesús encendió muchas llamas en la fe.
Vianney pasaba regularmente de 14 a 18 horas al día en el confesionario y pasaba dos y hasta tres días sin comer y cuando comía su comida consistía solamente en patatas cocidas.

Dones y carismas de San Juan María Vianney

En esta importante obra, Vianney se vio favorecido por el don espiritual de leer las conciencias de las personas.
Las habilidades y dones extraordinarios de San Juan María Vianney como confesor se extendería por todos los pueblos cercanos, miles, incluidos obispos y aristocracia viajaban a Ars para recibir su consejo espiritual.
Oyó confesiones de personas de todo el mundo para escucharlo, quienes llegaban humildemente al confesionario, y ocurrían muchos milagros.
Su vida estuvo llena de obras de caridad y amor. Se registra que incluso los más acérrimos de los pecadores se convertían con tan sólo escuchar su predicación.
Para el año 1855, San Juan María Vianney (el cura de Ars) había escuchado alrededor de unas 20.000 confesiones en un año.
Con Catalina Lassagne y Benedicta Lardet, estableció "La Providencia", un hogar para niñas y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia.
Sólo un hombre de visión podría tener tal confianza que Dios iba a proveer a las necesidades espirituales y materiales de todos los que vinieron a hacer de "La Providencia" su casa.
San Juan María Vianney fue párroco de Ars durante 41 años. Ni en su lecho de muerte tuvo momentos de soledad que tanto deseaba.
La gente venía con rosarios y medallas para ser bendecidos, y para ser bendecidos ellos mismos. Incapaz de hablar, Juan levantaba la mano y hacía una señal débil de la cruz.

Su muerte

El 3 de agosto, que aún estaba vivo, a esos de las siete de la tarde, el obispo de Belley fue a visitarlos. El Santo Cura de Ars estaba demasiado enfermo para hablar y sólo podía sonreír. El obispo le dio un beso y se fue a la iglesia a orar por él.
A las dos de la mañana del día siguiente, 4 de Agosto de 1859, San Juan María Vianney, el Santo cura de Ars, se había ido a la patria celestial; tenía setenta y tres años.
Muchos fueron los milagros que se dieron a través de la intercesión de Juan Vianney aún después de su muerte. Fue beatificado el 8 de enero de 1905 por el Papa San Pío X, y posteriormente canonizado el 31 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI.
Hasta el día de hoy, su cuerpo permanece incorrupto y puede verse encerrado en vidrio en un altar de mármol en Ars, Francia.
En el 2010, El Papa Benedicto XVI, decretó un año sacerdotal, y asimismo declaró a San Juan María Vianney como Patrono Universal de los Sacerdotes, con ocasión del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars

Oración a San Juan María Vianney

Santo Cura de Ars y espléndido modelo de todos los ministros de las almas, tú que fuiste un ejemplar conductor de almas, un constructor de puentes entre Dios y su pueblo, y que condujiste a innumerables penitentes a través del sacramento de la reconciliación, al encuentro con Jesús, te pedimos que inspires a todos los sacerdotes que se dedican como mediadores entre Dios y su pueblo.
Amén.

San Juan María Vianney, presbítero (4 de agosto)


San Juan María Vianney, presbítero

fecha: 4 de agosto
fecha en el calendario anterior: 8 de agosto
n.: 1786 - †: 1859 - país: Francia
otras formas del nombre: Santo Cura de Ars
canonización: B: Pío X 8 ene 1905 - C: Pío XI 31 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Memoria de san Juan María Vianney, presbítero, que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con asidua predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la santa Eucaristía, brilló de tal modo que difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa, y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas.
Patronazgos: patrono universal de los párrocos.
refieren a este santo: San Pedro Julián Eymard

Oración: Dios de poder y misericordia, que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo pastoral, concédenos por su intercesión y su ejemplo, ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
La santidad tiene una belleza innegable. Y de tiempo en tiempo aparece un santo que se gana la admiración del mundo, como Santa Teresita del Niño Jesús o «el santo Cura de Ars». La popularidad de este último es tanto más notable, cuanto que no se le puede rodear tan fácilmente de ese halo de sentimentalismo que, algunas devotas indisciplinadas y explotadores sin escrúpulos, colocan sobre la cabeza de santa Teresita del Niño Jesús. La primera dificultad surge ante el rostro duro del cura santo, porque no se puede crear un atractivo superficial ante una cara de Voltaire santificado. La vida de un párroco pueblerino francés es tan desconocida en el extranjero como puede serlo la vida interna en un convento del Carmelo. Juan María Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, el 8 de mayo de 1780. Tres años después, estalló la Revolución Francesa, y un sacerdote que había jurado la Constitución quedó al frente de la parroquia de Dardilly, de suerte que los padres del futuro santo tenían que asistir a la misa que celebraba, de vez en cuando, algún sacerdote fugitivo. Durante el reinado del Terror, que fue tan devastador en Lyon como en París, Juan María se encargaba de cuidar el rebaño de su padre, Mateo Vianney, en ambas orillas del riachuelo de Planches. Juan María era un niño tranquilo y piadoso, que exhortaba a sus compañeros a ser buenos. Aunque no carecía de cierta habilidad en el juego de bolos, prefería generalmente jugar «a la iglesia». A los trece años hizo su primera comunión, en secreto. Poco después, se restableció en Dardilly el culto regular y, cinco años más tarde, Juan María confesó a su padre que quería ser sacerdote. El buen hombre, que no podía pagar los estudios de su hijo ni deseaba prescindir de sus servicios en el trabajo de la granja, no mostró el menor entusiasmo por el proyecto, de suerte que el joven tuvo que aguardar hasta los veinte años para realizarlo. A esa edad, partió al pueblecito de Ecully, donde el P. Balley había fundado un seminario parroquial.
Los estudios le causaron grandes dolores de cabeza, pues carecía de aptitudes para ellos y sólo había ido unos cuantos meses a la escuela que se había abierto en Dardilly cuando él tenía nueve años. El latín le resultaba tan cuesta arriba que, durante algún tiempo, tanto Juan María como su maestro creyeron que no lograría aprenderlo. En el verano de 1806, Juan María emprendió a pie una peregrinación al santuario de san Juan Francisco de Regis, que distaba más de cien kilómetros, para obtener la ayuda de Dios en sus estudios. Durante el camino vivió de limosna y pidió alojamiento por caridad. La peregrinación no aumentó sus aptitudes para los estudios, pero le ayudó a superar la crisis de desaliento. El año siguiente, recibió el sacramento de la confirmación, que le confirió todavía mayor fuerza para la lucha; en él tomó Juan María el nombre de Bautista. La gracia del sacramento llegó en un momento muy oportuno, pues esperaba al joven otra prueba muy difícil. En efecto, como su nombre no estuviese incluido en la lista de los que hacían estudios eclesiásticos, fue llamado al servicio militar. El P. Balley intentó explicar el error a las autoridades, Mateo Vianney trató de conseguir un sustituto para su hijo, pero todo fue en vano y Juan María hubo de presentarse en Lyon el 26 de octubre de 1809. Dos días después, cayó enfermo y fue internado en el hospital, de suerte que su regimiento partió a España sin él. Entonces recibió la orden de ir a reunirse con otro regimiento en Roanne, el 5 de enero por la mañana. Pero, cuando iba en camino, se detuvo a orar en una iglesia y llegó a su destino cuando el destacamento ya había partido. Las autoridades militares le ordenaron que alcanzase al destacamento en Renaison, sin más insignia militar que la mochila. Cuando se hallaba descansando un poco en las montañas de Le Forez, presentó ante él un desconocido que se echó a los hombros su mochila y le ordenó que le siguiese. Juan quedó tan desconcertado, que no discutió la orden siguió al desconocido hasta una cabaña del remoto pueblecito montañés de Les Noës. Entonces cayó en la cuenta de que el desconocido era un desertor del ejército y que en los bosques de los alrededores se ocultaban otros muchos como él. Juan María comprendió que se hallaba en una situación muy comprometida y no supo qué hacer. Al cabo de unos días de reflexión, decidió presentarse al alcalde de la localidad. El Señor Fayot era un hombre bondadoso y de gran sentido común; haciendo notar a Juan María que ya era técnicamente un desertor, le aconsejó que escogiese el menor de los males y se quedase escondido; además, tuvo la bondad de buscarle alojamiento en casa de un primo suyo. El escondite de Juan María era un gran montón de heno en el establo. Con el pseudónimo de Jerónimo Vincent, pasó catorce meses en Les Noës, entregado al estudio del latín, a la enseñanza de los hijos de su huésped y a colaborar en los trabajos de la granja; así se ganó el respeto y el cariño de todos. Los soldados estuvieron a punto de echarle mano en varias ocasiones; en una de ellas, cuando se hallaba escondido bajo el montón de heno, el sable de uno de los gendarmes le rozó las costillas. En marzo de 1810, el emperador, con ocasión de su matrimonio con la archiduquesa María Luisa, concedió la amnistía a todos los desertores. A principios del año siguiente, el hermano de Juan María se enroló como sustituto voluntario y el santo pudo volver al pueblo.
En 1811 recibió la tonsura y, a fines del año siguiente, fue a estudiar filosofía en el seminario menor de Verriéres. Naturalmente, no se distinguió en los estudios; pero trabajó con tal humildad y tesón que, en el verano de 1813, pasó al seminario mayor de Lyon. Ahí se daban todas las clases en latín y, aunque los superiores tuvieron en cuenta las cualidades de Juan María y le facilitaron las cosas todo lo posible, éste no pudo dar pie con bola. A fines del primer trimestre, abandonó el seminario y se trasladó a Ecully para estudiar bajo la dirección personal del P. Balley. Tres meses después, se presentó al examen y, en el oral lo hizo tan mal, que los examinadores no pudieron por menos de reprobarle. En consecuencia, no se le podía admitir para el sacerdocio, pero le aconsejaron que intentase conseguir la ordenación en otra diócesis. El P. Balley fue entonces a ver al P. Bochard, uno de los examinadores, quien aceptó acompañar al rector del seminario en una entrevista privada con Juan María. Los dos sacerdotes quedaron muy bien impresionados con la conversación y fueron a presentar al vicario general el caso del «seminarista menos sabio y más devoto de Lyon». El P. Courbon, que gobernaba la diócesis en ausencia del obispo, sólo les preguntó una cosa: «¿Es bueno el señor Vianney?». «Sí, es un verdadero modelo», fue la respuesta. «En tal caso, puede ordenarse tranquilamente; Dios hará el resto». El 2 de julio de 1814, Juan María recibió las órdenes menores y el subdiaconado y volvió a Ecully a proseguir sus estudios. En junio de 1815, recibió el diaconado y, el 12 de agosto, se le confirió el sacerdocio. Al día siguiente, cantó su primera misa y fue nombrado vicario del P. Balley, a cuya intuición y perseverancia debe la Iglesia, después de Dios, el que Juan María Vianney haya recibido el sacerdocio.
El vicario general de Lyon había dicho en la ordenación de Juan María: «La Iglesia no necesita sólo sacerdotes sabios, sino también sacerdotes santos». Y Mons. Simon, obispo de Grénoble, había predicho que sería «un buen sacerdote». En efecto, Juan María sabía todo lo que un sacerdote necesita saber, aunque no lo hubiese aprendido en los libros. Por ejemplo, por lo que toca a la teología moral, el P. Bochard le había examinado a fondo sobre «casos» difíciles y el santo había respondido muy acertadamente, basándose en el sentido común, pues la auténtica casuística no es más que una aplicación del sentido común. Poco después de haber sido nombrado vicario de Ecully, Juan María recibió las facultades para oír confesiones. Su primer penitente fue su propio párroco, y su confesionario empezó pronto a llenarse de fieles. Más tarde, había de pasar las tres cuartas partes de la jornada en el confesonario. Sin hacer alarde de ello, el párroco y el vicario empezaron a emularse en la austeridad y vivían como monjes de la Tebaida, aquél acusó a éste ante el vicario general, de «sobrepasar todos los límites», y el vicario acusó al párroco de practicar mortificaciones excesivas. El P. Courbon no pudo menos de sonreír y de manifestar que los fieles de Ecully podían considerarse felices de tener dos sacerdotes que hiciesen penitencia por ellos. En 1817, murió el P. Balley, cosa que produjo una pena enorme a su vicario. A principios del año siguiente, el P. Vianney fue nombrado cura de Ars-en-Dombes, una remota aldea de 230 almas, «que era, en todos los sentidos de la palabra, un verdadero agujero».
Se ha exagerado mucho la decadencia espiritual de Ars en la época en que el P. Vianney llegó a la aldea, como se ha exagerado también la «ignorancia» del párroco. En realidad, la población de Ars no era mejor ni peor que la de cualquier aldea a principios del siglo XIX: ni el vicio, ni la inmoralidad se practicaban abiertamente, pero tampoco existía una religiosidad muy pronunciada; podría decirse que el gran pecado de Ars era, ni más ni menos, «el mortal escándalo de la indiferencia en la vida ordinaria». Por lo demás, había varias familias profundamente cristianas, entre las que se contaba la del alcalde y la de «la señora del castillo». Dicha señora era la Srta. Garnier des Garets («Mademoiselle d'Ars»), dama sinceramente piadosa, aunque su piedad tenía algo de ostentoso. El nuevo cura (que en realidad no era entonces más que una especie de capellán o vicario aislado) no sólo continuó, sino que redobló sus penitencias, sobre todo el empleo de la disciplina. Durante los seis primeros años, no comió prácticamente nada más que patatas, para hacer penitencia por sus «débiles ovejas». Los malos espíritus de la impureza, la embriaguez y la injusticia «sólo se arrojan con el ayuno y la oración»; ahora bien, como el pueblo de Ars no parecía muy dispuesto a orar y ayunar, el santo cura se propuso hacerlo por su grey.
Una vez que hubo visitado todas las casas de la localidad y organizado el catecismo de los niños, el P. Vianney decidió emprender a fondo la reconversión de Ars. Para ello se valió del trato personal con los habitantes, de la dirección espiritual en el confesonario y de la predicación. Preparaba cuidadosamente sus sermones y los pronunciaba con naturalidad y fervor («¿Eran largos los sermones del Señor Cura? -preguntó Mons. Convert. Sí, muy largos, y siempre versaban sobre el infierno... Hay quienes dicen que no hay infierno; pero el Señor Cura era de los que de veras creen en él»). Las gentes del lugar estaban demasiado preocupadas por los asuntos materiales y demasiado habituadas a la indiferencia para convertirse de golpe. Por otra parte, en aquella época todavía se dejaba sentir la influencia del jansenismo en la doctrina y los métodos de muchos teólogos y directores espirituales, ortodoxos pero demasiado rigoristas. Así pues, nada tiene de extraño que el cura de Ars haya sido muy estricto. Había en la población muchas tabernas, en las que se gastaba inútilmente el dinero, se practicaba la embriaguez y se charlaba en forma inconveniente. Las dos tabernas más próximas a la iglesia fueron las primeras en cerrar sus puertas por falta de clientes. Más tarde, desaparecieron otras dos. Cierto que se abrieron luego otras siete, pero todas fracasaron. El señor cura luchó con todas sus fuerzas contra la blasfemia, la mundanidad y la obscenidad y, como no vacilaba en pronunciar desde el púlpito las expresiones que ofendían a Dios, nadie podía llamarse a engaño. Durante más de ocho años predicó la perfecta observancia de las fiestas de la Iglesia, que no consistía simplemente en asistir a la misa y a las vísperas, sino en suprimir todo trabajo que no fuese absolutamente necesario. Pero, sobre todo, declaró guerra a muerte al baile, pues lo consideraba como una ocasión de pecado para los que bailaban y para los que veían bailar. El P. Vianney se mostraba implacable con los que bailaban, tanto en público como en privado; si no prometían renunciar definitivamente al baile y no cumplían su palabra, les rehusaba la absolución. La batalla contra el baile y la falta de modestia en el vestir, duró veinticinco años, pero el santo Cura acabó por ganarla. Incluso pintó sobre el arco de la capilla de San Juan Bautista estas palabras: «Sa téte fut le prix d'une danse!» (su cabeza fue el precio de un baile).
En 1821, el territorio de Ars fue convertido en parroquia sufragánea y, en 1823, pasó a formar parte de la nueva diócesis de Belley. Con esa ocasión, los enemigos del P. Vianney (pues su celo no dejaba de crearle algunos) le acusaron ante el obispo, quien envió al deán del cabildo a investigar. Mons. Devie quedó pronto convencido de la inocencia de su súbdito; con el tiempo, llegó a tener gran confianza en él y aun le ofreció una importante parroquia, pero el P. Vianney se negó a aceptarla, después de mucho cavilar. La fama de santidad y eficacia del Cura de Ars se había ido difundiendo; varios párrocos le pidieron que fuese a predicar misiones en sus parroquias, y las gentes asaltaban su confesionario. En 1824, el P. Vianney inauguró en Ars una escuela gratuita para niñas, regenteada por Catalina Lassagne y Benita Lardet, a quienes él mismo había enviado a formarse en un convento. De dicha escuela nació tres años más tarde la famosa institución de «La Providencia», que era un asilo para niños y jóvenes huérfanos o abandonados. No se aceptaba un céntimo de ninguno de los pupilos, ni siquiera de los que podían pagar, y las directoras y colaboradoras no percibían salario alguno. Se trataba de una institución de caridad, que vivía de limosnas y se preocupaba sobre todo por la salvación de las almas. En algunas temporadas, el número de pupilos llegaba a sesenta y el P. Vianney tenía que sudar para sostener a su gran familia. En cierta ocasión, el granero se llenó milagrosamente de trigo; en otra oportunidad, el cocinero aseguró que había hecho diez panes de veinte libras cada uno con sólo unas cuantas libras de harina, gracias a las oraciones del P. Vianney. Esos milagros fueron transformando poco a poco la actitud de los fieles de Ars, y los visitantes se hacían lenguas del orden y la excelente conducta que reinaban en «La Providencia». Pero el elemento decisivo del cambio que se operó en la aldea fue el ejemplo del P. Vianney: «Nuestro cura es un santo y tenemos que obedecerle»; «No somos mejores que las gentes de otros pueblos, lo que pasa es que tenemos a un santo entre nosotros». Algunos llegaban hasta a decir: «Lo que él nos manda es la voluntad de Dios y, por ello, debemos obedecerle». Pero aun ésos obedecían, en realidad, porque el P. Vianney era un hombre de Dios.
En tanto que el pueblo se convertía lentamente a la vida cristiana, el Cura de Ars era objeto de una verdadera persecución por parte del demonio. En toda la hagiología no existe un solo caso en el que la acción del demonio haya sido tan larga, variada y violenta. Los fenómenos iban desde los ruidos y voces hasta los ataques personales. En cierta ocasión, el lecho del párroco se incendió inexplicablemente. La persecución que comenzó en 1824, duró más de treinta años, con algunas intermitencias. Por lo demás, varias personas tuvieron ocasión de presenciar sus efectos. Pero el P. Vianney tomaba la acción del demonio con tal naturalidad, que parecía considerarla como parte normal de la jornada. El P. Toccanier le dijo una vez: «Seguramente que os asustáis mucho en algunas ocasiones». El P. Vianney replicó: «A todo se acostumbra uno, amigo mío. El diablo y yo somos ya casi compinches». Además de la persecución del demonio, el Cura de Ars tuvo que soportar los ataques de los que, si la naturaleza humana no fuese lo que es, nos sentiríamos tentados a calificar de preternaturales. Algunos de sus hermanos en el sacerdocio (generalmente no los mejores ni más inteligentes), incapaces de apreciar la santidad del P. Vianney, recordando sus fracasos intelectuales en el seminario y prestando oídos a las hablillas, criticaban su «celo indiscreto», su «ambición» y su «presunción», y llegaban hasta a tratarle de «charlatán» e «impostor». El P. Vianney comentaba a este propósito: «¡Pobre curita de Ars! ¡Qué cantidad de cosas desagradables se imaginan sobre él! Hay quienes por hablar de él se olvidan de predicar el Evangelio». Pero los enemigos del cura no se limitaron a criticarle en la sacristía, sino que le denunciaron al obispo de Belley. El P. Vianney se negó a defenderse y Mons. Devie le dejó en paz, tras de hacer algunas investigaciones. En cierta ocasión en que un sacerdote calificó de «loco» al Cura de Ars, Mons. Devie, haciendo alusión a ello, dijo a su clero durante el retiro anual: «Señores, confieso que me sentiría muy orgulloso si todos vosotros tuviéseis algo de esa locura».
Otro de los hechos extraordinarios que deben mencionarse es que Ars se convirtió en un sitio de peregrinación en vida del santo. Y los peregrinos no iban para visitar el santuario de «su querida santa Filomena», que él había construido, sino para ver al párroco. Indudablemente que había una parte de curiosidad en esas peregrinaciones, pues es imposible mantener secretos los hechos extraordinarios como el de la multiplicación de los panes y los ataques del demonio. Pero la causa principal de las peregrinaciones, que fueron haciéndose cada vez más frecuentes y numerosas, era el deseo de recibir los consejos del Cura en el confesonario. Y eso era sobre todo lo que enfurecía a los sacerdotes que no querían al P. Vianney, algunos de los cuales llegaron incluso a prohibir a sus feligreses que fuesen a ver al Cura de Ars. Desde 1827, empezaron a acudir a Ars los peregrinos del exterior. Entre 1830 y 1845 hubo un promedio de trescientos peregrinos por día. En Lyon se abrió una oficina especial para los viajeros que iban a Ars y se puso a la disposición del público una serie de billetes de ida y vuelta por ocho días, pues era imposible conseguir hablar con el santo Cura en menos tiempo. Ello significaba que el P. Vianney tenía que pasar doce horas diarias en el confesionario durante el invierno y dieciséis horas durante el verano. No contento con eso, en los quince últimos años de su vida predicaba todos los días a las once de la mañana. Se trataba de sermones muy sencillos, pues el santo no tenía tiempo para prepararlos, pero llegaban al corazón de los los hombres más cultos y de los más endurecidos. Ricos y pobres, sabios y sencillos, buenos y malos, clérigos y laicos, obipos, sacerdotes y religiosos, todos acudían a Ars a arrodillarse en el confesonario del santo Cura y a sentarse en los bancos del catecismo. El P. Vianney no perdía el tiempo en dar consejos largos; generalmente sólo decía unas cuantas palabras, una sola frase, pero esa frase tenía toda la autoridad de un santo y revelaba con frecuencia un conocimiento sobrenatural del estado del alma del penitente. Muchas veces, el santo corregía el número de años que habían pasado desde la última confesión del penitente, o le recordaba algún pecado que había olvidado. El arzobispo de Auch manifestó que lo único que le dijo el P. Vianney había sido: «Amad mucho a vuestro clero». Al superior general de un instituto religioso consagrado a la enseñanza dijo únicamente: «Amad mucho al buen Dios». Durante la confesión de los pecados, el santo repetía constantemente: «¡Qué pena, qué pena!» y lloraba sin cesar. Las gentes hacían viajes de centenares de kilómetros y esperaban a veces día tras día en la iglesia para poder confesarse con él. Y las conversiones se multiplicaban.
Al principio, el santo trataba a los forasteros con el mismo rigor que a los habitantes de Ars, pero con los años adquirió experiencia sobre las necesidades y posibilidades de cada alma y un conocimiento más profundo de la teología moral, de manera que el rigor fue cediendo ante la compasión, la bondad y la ternura. Desaconsejaba a las almas la multiplicación de las devociones y recomendaba sobre todo el Rosario, el Angelus, las jaculatorias y las oraciones de la liturgia. Solía decir: «La oración privada es como un poco de paja encendida que se arroja al viento y arde con llamas muy pequeñas. En cambio, la oración litúrgica es como si se juntase en un haz toda la paja; entonces arde de veras y el fuego sube al cielo como una columna». «En el P. Vianney no había afectación ninguna, nada de exclamaciones, suspiros y trances; cuando estaba muy conmovido, se limitaba a sonreír o a llorar».
Hemos hecho mención de su poder de leer en las almas; su conocimiento de los hechos pasados y futuros no era menos extraordinario que sus milagros. Aunque con frecuencia se critica irreflexivamente la inutilidad de los milagros de los santos, ciertamente no se puede hacer ese reproche a los del Cura de Ars. Sus profecías no se referían a los asuntos públicos, sino a la vida de los individuos y siempre iban dirigidas a ayudar y consolar a las almas. En cierta ocasión, dijo el santo que el conocimiento de los hechos ignorados se le presentaba en forma de recuerdos. Así, por ejemplo, narró lo siguiente al P. Toccanier: «En una ocasión dije a cierta mujer: ¿Sois vos la que abandonó a su marido en un hospital y se niega a ir a verle? Ella me preguntó: ¿Cómo lo sabéis, puesto que yo no lo he dicho a nadie? Ante tal réplica, yo quedé todavía más sorprendido que ella, pues tenía la impresión de que ella misma me había contado toda la historia». La baronesa de Lacomblé, que era viuda, se hallaba muy agitada porque un hijo suyo de dieciocho años estaba decidido a casarse con una joven de quince. Así pues, decidió ir a consultar al Cura de Ars, a quien nunca había visto. Cuando entró en la iglesia la encontró tan llena de gente, que le cruzó por la mente el pensamiento de que nunca llegaría a hablar con el párroco e inició el movimiento para retirarse. Pero súbitamente, el P. Vianney salió del confesionario, se dirigió a la baronesa y le murmuró al oído: «Dejadlos que se casen. Van a ser muy felices». El señor cura dijo a una sirvienta que en Lyon le aguardaba un grave peligro; gracias a este aviso, la joven pudo escapar, unos cuantos días más tarde, de las manos de un criminal que se dedicaba a asesinar a las jóvenes y aun presentó testimonio en el proceso que se instituyó contra él. En 1854, el Cura de Ars anunció con gran convicción al obispo de Birmingham, Mons. Ullathorne: «Estoy persuadido de que la Iglesia va a recobrar su antigua grandeza en Inglaterra». Un día preguntó en la iglesia a una joven forastera: «¿Vos me habéis escrito, hija mía?» «Sí, Padre». «Entonces no tengáis ningún cuidado, porque pronto entraréis en el convento; la superiora os escribirá dentro de algunos días». Así sucedió, en efecto, aunque el P. Vianney no había dicho una palabra a la superiora. La Srta. Henry, que tenía una tienda en Chalon-sur-Saone, fue a Ars a pedir al P. Vianney que rogase por la salud de una tía suya que estaba enferma. El santo le aconsejó que volviese inmediatamente a su pueblo. «Mientras vos estáis aquí -le dijo- os están vaciando la tienda». En efecto, la joven encontró a su ayudante robando la tienda. Su tía recobró la salud.
El Cura de Ars acostumbraba atribuir las curaciones que obraba a la intercesión de santa Filomena. Lo primero que exigía de los que solicitaban un milagro, era una fe ferviente y él mismo practicaba en grado sumo esa virtud cuando creía conveniente pedir un milagro para sostener sus obras de caridad en los momentos difíciles. Pero las profesoras de la escuelita de Ars sabían perfectamente cuál era el mayor de los milagros del santo; haciendo eco a lo que se decía en otro tiempo de san Bernardo, decían: «La obra más difícil, extraordinaria e impresionante del Cura de Ars fue su propia vida». Cada día, cuando el P. Vianney salía de la iglesia a la hora del Angelus del mediodía para ir a tomar en la casa parroquial los alimentos que le enviaban de «La Providencia», había personas que querían demostrarle su agradecimiento, respeto y amor. A veces tardaba más de veinte minutos en recorrer el corto espacio que separaba la iglesia de la casa parroquial. Los enfermos de cuerpo y alma se arrodillaban para pedirle que los bendijese y orase por ellos; no sólo le tomaban por la mano, sino que le arrancaban trozos de la sotana. Ello constituía una gran mortificación para el sacerdote, quien repetía: «¡Qué devoción tan mal encauzada!» Naturalmente, el santo suspiraba por la soledad y la quietud, sin embargo, por extraordinario que parezca, el buen cura estuvo en Ars contra su voluntad los cuarenta y un años que pasó ahí, y toda su vida tuvo que luchar contra su deseo personal de entrar en la Cartuja. Tres veces huyó de Ars. En 1843, después de haber sufrido una grave enfermedad, el obispo y el señor de Garets tuvieron que emplear toda su diplomacia para hacerle volver.
En 1852, Mons. Chaladon, obispo de Belley, nombró al P. Vianney canónigo honorario; pero hubo que imponerle la muceta casi por la fuerza y, no conforme con quitarse la vestidura y olvidarla, la vendió por cincuenta francos, que dedicó a una obra de caridad. Tres años más tarde, algunos altos personajes, bien intencionados pero poco acertados, consiguieron que se nombrase al P. Vianney caballero de la orden imperial de la Legión de Honor. Pero él se rehusó absolutamente a aceptar la imposición de la cruz imperial y jamás la portó sobre la sotana: «Si me presento con esta clase de juguetes ante Dios a la hora de la muerte, Él puede decirme que ya recibí mi premio en la tierra. Verdaderamente no sé cómo pudo ocurrírsele al emperador enviarme esta cruz, a no ser que haya querido condecorarme como desertor». En 1853, el santo cura intentó por última vez huir de Ars. Es conmovedora la narración de su regreso a la parroquia, cuando se le dijo que le aguardaba en ella una multitud de pobres pecadores que le necesitaban. Catalina Lassagne declaró con ingenua sorpresa: «Seguramente pensaba que ésa era la voluntad de Dios». Y tal vez ésa era en realidad la voluntad de Díos, que concedió a su siervo unos cuantos años de paz y reposo para que se consagrase de lleno a la contemplación, que ya había producido en él sus más altos frutos de éxtasis y visiones. Es posible que el obispo, Mons. Chalandon, haya cometido un error al no permitirle renunciar a la cura de Ars, pero el P. Vianney no lo consideró así y se consagró con mayor celo que nunca al ministerio. En el año de 1858, más de 100.000 peregrinos fueron a Ars, cuando el párroco era ya un anciano de setenta y tres años, y el esfuerzo que debió realizar para atenderlos acabó con su salud. El 18 de julio de 1859 comprendió que se acercaba el fin y, el 29 del mismo mes, se metió en cama para no levantarse más. «Ha llegado el fin de un pobre hombre -declaró-, mandad llamar al párroco de Jassans». Todavía oyó en el lecho algunas confesiones. Cuando se esparció la noticia de su gravedad, acudieron a Ars gentes de todas partes. Veinte sacerdotes acompañaron al P. Beau cuando éste llevó los últimos sacramentos al santo Cura, quien comentó: «Es triste recibir la comunión por última vez». El obispo de Belley llegó a toda prisa el 3 de agosto. A las dos de la madrugada del día siguiente, en medio de una tormenta de truenos y relámpagos, el santo Cura de Ars exhaló apaciblemente el último suspiro. Pío XI canonizó a San Juan María Bautista Vianney en 1925 y, en 1929, le proclamó principal patrono del clero parroquial.
La biografía del Cura de Ars escrita por Mons. F. Trochu (1928), se basa en un cuidadoso estudio de los documentos del proceso de beatificación y canonización y será probablemente la mejor en mucho tiempo. Dicha obra arroja luz sobre muchos puntos oscuros de las biografías escritas por el P. Monnin (1899) y José Vianney (1911): en la introducción y en las notas el autor da la referencia detallada de las fuentes que utilizó. La voluminosa obra de A. M. Zecca, Ars e il suo curato (1929) no es tanto una biografía cuanto una recopilación muy amena de las impresiones de los peregrinos de Ars. Con ocasión del «Año sacerdotal» (2009), SS Benedicto XVI trazó una semblanza de la figura del Cura de Ars destacando los aspectos no sólo ejemplares sino proféticos de su ministerio.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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jueves, 4 de agosto de 2016

ORACIÓN DEL SANTO CURA DE ARS (4 de agosto)

ORACIÓN DEL SANTO CURA DE ARS
San Juan María Vianney" TE AMO, OH MI DIOS "
Autor: San Juan María Vianney

Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.


LA ORACIÓN SEGÚN EL SANTO CURA DE ARS

Hermosa obligación del hombre: orar y amar

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable.

En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo.

En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración como los peces en eI agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no esta dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la Iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: "Sólo dos palabras, para deshacerme de ti..." Muchas veces pienso que cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

FRASES CÉLEBRES DEL SANTO CURA DE ARS (4 de agosto)

FRASES CÉLEBRES DEL SANTO CURA DE ARS



Santo Cura De Ars* Los buenos cristianos que trabajan en salvar su alma están siempre felices y contentos; gozan por adelantado de la felicidad del
cielo; serán felices toda la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan, siempre se quejan, murmuran, están tristes... y lo estarán toda la eternidad.
Un buen cristiano, un avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra; sólo piensa en embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarle siempre, lo que debe durar siempre.
Ved a los reyes, los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si aman al Buen Dios, sí; si no, no están contentos. Me parece que no hay nada que dé tanta pena como los ricos cuando no aman al Buen Dios. Puedes ir de mundo en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un hambriento".



* Estaba profundamente convencido de que una persona es feliz cuando vive con Dios; y que es infeliz sólo cuando esa persona libremente se ha separado de Dios: porque no conoce lo que Dios dice, porque ha dejadode escucharle y hacerle caso.
"Hijos míos; ¿por qué somos tan ciegos y tan ignorantes? iPorque no hacemos caso de la palabra de Dios!".
Pero lo primero para poder hacer caso a Dios es saber qué dice, estar formado: "Con una persona formada hay siempre recursos. Una persona que no está formada en su religión es como un enfermo agónico; no conoce ni la grandeza del pecado, ni la belleza del alma, ni el precio de la virtud; se arrastra de pecado en pecado".


* Hay muchos cristianos que no saben por qué estan en el mundo.
-¿Por qué Dios mío, me has puesto en el mundo?
-Para salvarte.
-y ¿por qué quieres salvarme?
-Porque te amo.
iQue bello y grande es conocer, amar y servir a Dios! Es lo único que tenemos que hacer en el mundo. Todo lo demás es tiempo perdido.


* "Hay personas que no aman al Buen Dios, que no le rezan y que prosperan; es mal signo. ¡Han hecho un poco de bien a través de mucho mal! El Buen Dios les da su recompensa en esta vida".

"Cuando no tenéis el amor de Dios en vosotros, sois muy pobres. Sois como un árbol sin flores y sin frutos".

* Cuando nos abandonamos a nuestras pasiones, entrelazamos espinas alrededor de nuestro corazón.
El que vive en el pecado toma las costumbres y formas de las bestias. La bestia, que no tiene capacidad de razonar, sólo conoce sus
apetitos; del mismo modo, el hombre que se vuelve semejante a las bestias pierde la razón y se deja conducir por los movimientos de su'cadáver' (su cuerpo).
Un cristiano, creado a la imagen de Dios, redimido por la sangre d
e un Dios. iUn cristiano... hijo de Dios, hermano de Dios, heredero de Dios! iUn cristiano, objeto de las complacencias de tres Personas divinas! Un cristiano cuyo cuerpo es el templo del Espíritu Santo: he aquí lo que el pecado deshonra!
El pecado es el verdugo del Buen Dios el asesino del alma...
Ofender al Buen Dios, que sólo nos ha hecho bien! Contentar al demonio que tan sólo nos hace mal ! ¡ Qué locura!!!




* Por una blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos de placer i Por dos minutos de placer perder a
Dios, tu alma, el cielo... para siempre!
Hijos míos, si veis a un hombre levantar una gran hoguera, apilar la leña, y le preguntáis
qué es lo que hace, os responderá: Preparo el fuego que debe quemarme. ¿Qué pensaríais si vierais a este mismo hombre aproximarse a la llama de la hoguera y, cuando está encendida, echarse dentro? ¿qué diríais?............
Al pecar, eso es lo que nosotros hacemos. No es Dios quien nos echa al infierno, somos nosotros por nuestros pecados. El condenado
dirá: He perdido a Dios, mi alma y el cielo: y es por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa! ¿Se levantará para volver a caer?.



* ¿Por qué no somos capaces de beneficiarnos más del sacramento de la penitencia? Porque no buscamos todos los secretos de la misericordia del Buen Dios, que no tiene límites en este sacramento.
Cuando vamos a confesarnos, debemos entender lo que estamos haciendo. Se podría decirque desclavamos a Nuestro Señor de la cruz.
Algunos se suenan las narices mientras el sacerdote les da la absolución, otros repasan a ver si se han olvidado de decir algún pecado...
Cuando el sacerdote da la absolución, no hay que pensar más que en una cosa: que la sangre del Buen Dios corre por nuestra alma laván-
dola y volviéndola bella como era después del bautismo.

* Lo central de su vida, como sacerdote, era celebrar la Misa. La Misa era lo más grande para él. Durante sus cuarenta años en Ars, antes de celebrar la misa (de ordinario a las siete de la mañana) se preparaba durante casi una hora de oración... ¿era tan grande lo que iba realizar!:
"Si uno tuviera suficiente fe, vería a Dios escondido en el sacerdote como una luz tras su fanal, como un vino mezclado con el agua.
Hay que mirar al sacerdote, cuando está en el altar o en el púlpito, como si de Dios mismo se tratara".

* Jamás se negó, jamás. Se dio siempre a los demás sin interés alguno. 'La señorita Bernard de Fareins, enferma de un cáncer terminal, deseaba antes de morir tener el consuelo de ver por última vez al Cura de Ars, de quien oía contar maravillas. El reverendo Dubouis le escribió cuatro palabras para comunicarle los deseos de la enferma. Era el día del Jueves Santo de 1837, día en el que tenía la costumbre de pasar toda la noche en la iglesia, acompañando a Jesús en el Monumento. Sin haber dormido, partió enseguida para Fareins. Se equivocó en el camino; después de dar vueltas y vueltas, llegó cubierto de barro y muerto de fatiga. No quiso aceptar ni un vaso de agua. Como ya era conocido, la gente del pueblo le abordaba por la calle. Sin la menor impaciencia, atendió amablemente a cada persona, y se volvió a su casa sin darse importancia.
Lo mismo en 1852, con 66 años, el Rdo.Beau (Cura de Jassans y confesor ordinario del cura de Ars durante 13 años), cayó gravemente enfermo: "Mi amigo vino a visitarme. Era por la tarde del día del Corpus, el 11 de junio. Hizo el viaje a pie, con un fuerte calor y después de haber presidido en Ars la procesión del Santísimo Sacramento', contaba agradecido este sacerdote".

* Era sacerdote para todos, no sólo para los de su pueblo: sacerdote de Jesucristo para todos los hijos de Dios. Por eso, cuando algunos curas, viejos o enfermos, como los de los pueblos vecinos Villeneuve y Mizerieux, no podían atender bien sus parroquias, espontáneamente su compañero de Ars se ponía a sus órdenes.
Iba de noche a visitar a los enfermos de Rancé, de Saint-Jean-de- Thurigneux, de Savigneuxy, de Ambérieux-en-Dombes. Si le llamaban en domingo, partía enseguida, después de la misa mayor, sin entrar en su casa, y volvía en ayunas al tiempo de vísperas.


* No le interesaba más que ser sacerdote: era ese su mayor orgullo. En la última década, el emperador le designó para nombrarle Caballero de la Legión de Honor. El nombramiento apareció en los periódicos. El alcalde, señor des Garets, le comunicó la noticia:
-¿Tiene asignada alguna renta esta cruz?... ¿Me proporcionará dinero para mis pobres? ,preguntó el Santo sin manifestar contento ni sorpresa.

-No. Es solamente una distinción honorífica.
-Pues bien, si en ello nada ganan los pobres, diga usted al Emperador que no la quiero.

* Su gran preocupación es inculcar en los cristianos la convicción de que en la tierra estamos de paso, que vale la pena vivir sien-
do avaros del cielo. La tierra es comparable a un puente que nos sirve para cruzar un río; sólo sirve para sostener nuestros pies.
Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo, puesto que decimos todos los días: Padre nuestro que estás en los cielos. Hay que esperar nuestra recompensa cuando estemos en nuestra casa, en la casa paterna".


* Quiso vivir pobremente, prescindiendo de todo lo posible, para que nada le atase. Y si podía dar, prescindía sin pensárselo dos
veces. Un día, cuando se dirigía al orfanato para explicar el catecismo, se cruzó con un pobre desgraciado que llevaba el calzado destrozado. Inmediatamente, el Cura le dio sus propios zapatos y continuó su camino hacia el orfanato intentando ocultar sus pies descalzos bajo la sotana.

* Cuenta Juana-María Chanay: Le envié una mañana un par de zapatos forrados, enteramente nuevos. i Cuál fue mi admiración al verle, por la tarde, con unos zapatos viejos, del todo inservibles! Me había olvidado de quitárselos de su cuarto.
-¿ Ha dado usted los otros ? , le pregunté:
-Tal vez sí, me respondió tranquilamente.


* En invierno iban muchos pobres a su casa a pedir: "Qué feliz estoy -decía- de que vengan los pobres! Si no viniesen, tendría que ir yo a buscarlos y no siempre hay tiempo".
Les encendía el fuego de la chimenea, les calentaba, y mientras tanto también aprovechaba para hablarles del Buen Dios, les animaba a que le amasen. Algunos le propusieron hacerse cargo ellos, de los pobres, para quitarle trabajo al Cura; pero los pobres, con quien querían estar era con el Cura. Juan Pertinand, que lo vio, cuenta: Los llamaba 'amigos míos' con una voz tan dulce, que se retiraban muy consolados: ¡Se sentían queridos!


* Su cariño a los pobres era muy sobrenatural. Jesús quiso ser pobre, y santificó la pobreza. Por eso le gustaba contar sucesos de la vida de Jesús en los que se presentaba pobre. Contaba con frecuencia aquella anécdota de San Juan de Dios, que al darse cuenta de que los pies del pobre a quien socorría estaban llagados, los besó mientras decía: iEres tú, Señor!; al contar esta anécdota, solía emocionarse.


* En la antigua casa parroquial de Ars se conservan, y pueden verse todavía, las disciplinas y el cilicio del Cura de Ars, pero su
principal instrumento de mortificación no está ahí. Lo han dejado en la Iglesia, pues era el confesionario. Durante largo tiempo del día permanecía sentado en el confesionario, prisionero de los pecadores. De ahí que sufriese una serie de hernias muy dolorosas.
Comentaba en una ocasión el señor Camilo Monnin: Nunca se sentaba en las visitas. Sin duda que era por deferencia a las personas
que recibía, pero también a causa de las hernias que sufría y que había contraído permaneciendo tantas horas sentado en el confesionario.

* Si alguien le dijera: Me gustaría ser rico.. ¿Qué hay que hacer? Usted le respondería: Hay que trabajar. Pues para ir al cielo hay que sufrir.
iSufrir! ¿Qué más da? Sólo es un momento. Si pudiésemos pasar ocho días en el cielo, comprenderíamos lo que vale este momento
de sufrimiento aquí en la tierra. Ninguna cruz nos parecería pesada, y ninguna prueba sería amarga.


* ¡Cuánto amo las pequeñas mortificaciones que nadie ve! : como levantarse un cuarto de hora más pronto, levantarse un momentito para rezar por la noche; pero hay personas que sólo piensan en dormir.
Podemos privarnos de calentarnos; si estamos mal sentados, no buscar colocarnos mejor; si paseamos en el jardín, privarnos de algunas frutas que nos agradarían; al hacer la limpieza en la cocina, no picotear; privarse de mirar algo bonito que atrae la mirada en las calles de las grandes ciudades sobre todo. Cuando vamos por la calle, fijemos la mirada en Nuestro Señor llevando su cruz ante nosotros, en la Santa Virgen que nos mira, en nuestro ángel de la guarda que está a nuestro lado".

* A los padres les insistía en que atendiesen el alma de sus hijos, que es lo que más vale de ellos.
"Esa madre que no tiene en la cabeza otra cosa que su hija..., pero que se preocupa mucho más por mirar si lleva bien puesto el sombrero que en preguntarle si ha dado a Dios su corazón. Le dice que no ha de parecer uraña, que tiene que ser amable con todo el mundo, para llegar a entablar amistades y colocarse bien... y la hija se esfuerza en seguida en atraer las miradas de todos".
Así forman a las hijas moviéndolas a que vistan de cualquier manera, poniendo más atención en lo externo suyo que en su interior y cuando visten indecentemente, son instrumentos para perder a las almas. y sólo en el tribunal de Dios se sabrá el número de crímenes que habrá hecho cometer...".

* La Santa Virgen está entre su Hijo y nosotros. Aunque seamos pecadores, ella está llena de ternura y de compasión hacia nosotros. El niño que más lágrimas ha costado a su madre es el más querido. ¿No corre una madre siempre hacia el más débil y expuesto? Un médico en un hospital, ¿no presta más atención a los más enfermos?"

* El hombre había sido creado para el cielo. El demonio rompió la escalera que conducía a él. Nuestro Señor, por su pasión, ha construido otra para nosotros. La santísimaVirgen está en lo alto de la escalera y la sostiene con sus manos".

* María, no me dejes ni un instante, estate siempre a mi lado. Volvamos a ella con confianza, y estaremos seguros de que, por miserables que seamos, ella obtendrá la gracia de nuestra conversión.
María es tan buena que no deja de echar una mirada de compasión al pecador. Siempre está esperando que le invoquemos.
En el corazón de María no hay más que misericordia".

BIOGRAFÍA DEL SANTO CURA DE ARS (4 de agosto)

BIOGRAFÍA DEL SANTO CURA DE ARS

Su fiesta se celebra el 4 de agosto
Cuerpo incorrupto del Santo Cura de ArsSu verdadero nombre fue San Juan Bautista María Vianney, pero en todo el mundo es conocido con el nombre de Cura de Ars. Nació en Dardilly, en las cercanías de Lyon (Francia), el 8 de mayo de 1786. Tras una infancia normal, a los diecisiete años Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios en el seminario, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado.

Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero..., falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Él se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años.  Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a fuerza de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará aprendiendo la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga la pastoral de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars.

El 9 de febrero de 1818, San Juan María llegó a Ars. pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás.

Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y embellecimiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta el extremo para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.


Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Éste fue el comienzo de la célebre peregrinación de feligreses a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyon y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aún en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los pueblos más pequeños y menos devotos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Confesionario del Santo Cura de ArsPorque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Los años y las enfermedades le impedían dormir con suficiente tranquilidad.

Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesionario. Es más: después de su muerte, hubo testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A una prsona le recordó un pecado olvidado, a otra le manifestó claramente su vocación, a otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. «¡Ah, amigo mío! -respondió sonriente-, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado». «Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento». «Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte».

Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de «La Providencia», aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. «Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera, y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras». Lo bueno es que, cuando acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: «El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres».

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. «El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans».

Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Éste había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la Diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras «que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén», suavemente, sin agonía, «como obrero que ha terminado bien su jornada», el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: «¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás».

Lo canonizó el papa Pío XI el 31 de mayo de 1925, quien tres años más tarde, en 1928, lo nombró Patrono de los Párrocos. El Papa Benedicto XVI proclamó a San Juan María Vianney "Patrono de todos los sacerdotes del mundo" el 19 de junio de 2009. Su cuerpo se conserva INCORRUPTO en la Basílica de Ars. Su fiesta
se celebra el 4 de agosto.

martes, 26 de julio de 2016

Hoy se inicia la novena al Santo Cura de Ars (26 de julio)

Hoy se inicia la novena al Santo Cura de Ars

Por Abel Camasca

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Hoy se inicia la novena al Santo Cura de Ars








REDACCIÓN CENTRAL, 26 Jul. 16 / 02:34 am (ACI).- “Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios”, decía San Juan María Vianney, conocido también como el Cura de Ars por el nombre de este pueblo de Francia donde sirvió por muchos años.
Fue un gran confesor, tenía el don de profecía, recibía ataques físicos del demonio y vivió entregado a la mortificación y la oración. Este año se celebran los 200 años de su ordenación sacerdotal (13 de agosto de 1815).
Cercanos a su fiesta litúrgica, que es cada 4 de agosto, aquí una novena en honor al patrón de los párrocos.
Día primero: Fe ardiente.
San Juan María Bautista Vianney, tú naciste de una madre profundamente religiosa; de ella recibiste la santa Fe, aprendiendo a amar a Dios y a rezar. Ya a temprana edad se te pudo ver arrodillado delante de una estatua de María. Tu alma fue arrebatada de forma sobrenatural hacia las cosas más elevadas. A pesar del alto coste respondiste a tu vocación.
Contra muchos obstáculos y contradicciones tuviste que luchar y sufrir para llegar a ser el perfecto cura que fuiste. Pero tu espíritu de profunda fe te sostuvo en todas estas batallas. Oh gran santo, tú conoces el deseo de mi alma. Quisiera servir a Dios mejor. De Él he recibido muchas buenas cosas. Por esto, obtén para mí más valor y especialmente una profunda fe.
Muchos de mis pensamientos, palabras y acciones son inútiles para mi santificación y mi salvación porque ese espíritu sobrenatural no impulsa mi vida. Ayúdame a ser mejor en el futuro.
Oración:
Santo Cura de Ars, tengo confianza en tu intercesión. Ruega por mí durante esta novena y especialmente por… (mencione aquí en silencio sus especiales intenciones). Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Las oraciones para los siguientes días aquí: