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miércoles, 15 de agosto de 2018

Una reflexión cristiana desde Nagasaki: la bomba cayó sobre el barrio católico de la ciudad 14082018

Una reflexión cristiana desde Nagasaki: la bomba cayó sobre el barrio católico de la ciudad

La celebración en Nagasaki es más reflexiva y espiritual que en Hiroshima, donde van demasiados políticos
La celebración en Nagasaki es más reflexiva y espiritual que en Hiroshima, donde van demasiados políticos
Una “pequeña peregrinación por la paz” desde Hiroshima a Nagasaki, para recordar el horror de las armas nucleares y rezar por una “nueva civilización del amor” Es la experiencia que el P. Ignacio Martínez Báez, misionero de Guadalupe y responsable del Departamento de asuntos sociales de la Conferencia Episcopal japonesa, vivió este año, al participar en la conmemoración de los bombardeos atómicos en ambas ciudades.

“El 6 y 9 de agosto de cada año son 2 días especiales, dedicados para pensar en el profundo significado de la paz en el mundo -cuenta el misionero- y en el proceso necesario para alcanzar este don precioso que las personas llaman comúnmente ‘paz’”. Lo recoge la agencia AsiaNews.
Para el P. Martínez es urgente recordar constantemente la realidad que se hizo evidente por primera vez en esos 2 días: hoy, con las armas atómicas, el hombre podría “erradicar la vida de la faz de la Tierra”.

El 6 de agosto,  muchas personas de todo el mundo van a Hiroshima para vivir “el espíritu” y mostrar su compromiso en la lucha contra las guerras y las armas nucleares, alzando su voz con cantos y eslóganes.
“También vienen muchos políticos, que aprovechan este día de memoria para sus fines partidarios o para obtener puntos a su favor”, comenta el misionero. “La Iglesia católica de Hiroshima, si bien es pequeña en número, es una presencia fuerte. Hay momentos de oración ecuménica, reflexión, estudio y discusión del proceso de paz y justicia, partiendo desde un punto de vista cristiano”.
La misa que se hace en Hiroshima es una ocasión para rezar por las víctimas de la guerra en todo el mundo, y por las dificultades que debe afrontar actualmente el género humano.
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“Por primera vez, pude ir a Nagasaki, el 9 de agosto”, cuenta el sacerdote. “A mi modo de ver, allí la conmemoración tiene otro gusto. La bomba atómica fue arrojada sobre Urakami, un barrio donde la mayoría de la población era católica, donde la fe es vivida con fuerza desde hace muchos años. Decenas de miles de fieles católicos inocentes fueron asesinados ese día. La ciudad de Nagasaki prepara una ceremonia distinta cada año, en un clima más tranquilo. Pude percibir un mayor silencio, reflexión y la decisión fuerte de construir puentes de comprensión y reconciliación entre los pueblos”.
La misa por la paz y la reconciliación fue celebrada en la catedral de Urakami en la noche del 9 de agosto. Después de la ceremonia, los fieles en oración llevaron la estatua de María desde Urakami hasta el Parque de la Paz.
“El mensaje era claro: estamos llamados a ser testigos del perdón. Sólo perdonando de un modo cristiano es posible romper la espiral de violencia y construir un proceso de paz duradera, real. Cada uno de nosotros es mensajero de paz y amor, que provienen de nuestro Dios amoroso a través del mensaje de Jesucristo”.
“Estoy muy agradecido -concluye el p. Martínez- porque este año tuve la ocasión de hacer esta ‘pequeña peregrinación por la paz’ en estas dos ciudades y rezar, pensar y ver de cerca la búsqueda de la paz que lleva adelante la sociedad japonesa, desde estos dos puntos de vista. Constaté que la Iglesia en Japón vive un decidido compromiso profético por la justicia social de Hiroshima y un profundo deseo de perdón y reconciliación, por una nueva civilización del amor en Nagasaki. Creo que es necesario integrar estas dos importantes y necesarias experiencias para vivir con responsabilidad nuestra vocación cristiana, en esta fase histórica de Japón y ser verdaderos símbolos para una nueva y duradera paz, para toda la humanidad”.

domingo, 8 de octubre de 2017

La increíble historia de los sacerdotes que sobrevivieron a la bomba atómica.


La increíble historia de los sacerdotes que sobrevivieron a la bomba atómica.

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En un mundo amenazado por la guerra nuclear, vivir el mensaje de María es una necesidad, así como lo era para los sacerdotes sobrevivientes.

 
EL pasado viernes 6 de agosto, se celebró en la Iglesia la Fiesta de la Transfiguración. Conmemorando la ocasión en la cual Cristo, acompañado por Pedro, Santiago y Juan, subió a una alta montaña, tradicionalmente identificada con el Monte Tabor en Galilea, y se transfiguró delante de ellos, de modo que su rostro resplandeció como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz (Mateo 17, 2)
La palabra griega para transfiguración es metemorphothe, de la que se obtiene la palabra metamorfosis. Así que la transfiguración fue un cambio completo e impresionante en la apariencia de Jesús, ya que su divinidad brilló a través de su humanidad, de una manera que abrumó por completo a los discípulos.
Su propósito era prepararlos para la realidad de la crucifixión, de modo que habiendo visto una vez, en algún sentido, su divinidad, fortalecerían su fe.

La gran tragedia.

El 6 de agosto es también una fecha importante en la historia: El fatídico día en que la primera bomba atómica fue lanzada sobre Hiroshima en Japón.
Ese día, un lunes, a las 8:15 de la mañana, un bombardero americano B-29, Enola Gay, dejó caer su bomba llamada "Little Boy", que cayó a una altura predeterminada de detonación de unos 1.900 pies sobre la ciudad.
Explotó con un flash cegador, creando una bola de fuego gigante, que vaporizó prácticamente todo y a todos en un radio de aproximadamente una milla del punto de impacto.
Se calcula que hasta 80.000 personas fueron directamente asesinadas por la explosión, y para finales de año, esa cifra subió considerablemente, debido a las lesiones y los efectos de la radiación. Más de dos tercios de los edificios de la ciudad fueron completamente destruidos.

Un milagro en Hiroshima.

Pero en medio de esta terrible matanza sucedió algo extraordinario: Había una pequeña comunidad de padres jesuitas que vivía en un presbiterio cerca de la iglesia parroquial, que estaba situada a menos de un kilómetro del punto de detonación, bien adentrado en el radio de la devastación total. Y los ocho miembros de esta comunidad escaparon ilesos de los efectos de la bomba.
iglesia intacta y sacerdotes ilesos en bomba atómica de HiroshimaSu presbiterio permanecía de pie, mientras que los edificios alrededor, hasta donde el ojo podía ver, fueron total y completamente destruidos.
El padre Hubert Schiffer, un jesuita alemán, fue uno de estos sobrevivientes, tenía 30 años de edad en el momento de la explosión y vivió hasta los 63 gozando de buena salud.
En años posteriores viajó para contar su experiencia, y este es el testimonio que se registró en 1976, cuando los ocho jesuitas seguían vivos:
El 6 de agosto de 1945, después de la misa de la mañana, se sentaron a desayunar cuando, de repente, vieron un destello de luz.
Dado que Hiroshima tenía instalaciones militares, asumió que debía de haber algún tipo de explosión en el puerto, pero casi de inmediato, el Padre contó:
"Una explosión terrible llenó el aire con una gran secuela de truenos.
Una fuerza invisible me levantó de la silla, me lanzó por el aire, me sacudió, me golpeó y me dio vueltas y vueltas".

Protegidos por Fátima y el rezo del Rosario.

Se levantó del suelo y miró a su alrededor, pero no pudo ver nada en ninguna dirección. Todo había sido devastado.
Tuvo algunas lesiones muy leves, pero nada serio, y en efecto los exámenes posteriores de manos de médicos y científicos del ejército estadounidense mostraron que ni él, ni sus compañeros, habían sufrido efectos dañinos debido a la bomba.
Junto con sus compañeros jesuitas, el Padre Schiffer creía que habían sobrevivido porque vivían el mensaje de Fátima.
"Vivíamos y rezábamos el rosario diariamente en esa casa".
En realidad hay un precedente bíblico para lo que sucedió a los ocho jesuitas, en el libro de Daniel. En el capítulo 3, leemos de los tres jóvenes que fueron arrojados al horno ardiente a las órdenes de Nabucodonosor, pero que sobrevivieron a su calvario e incluso caminaron en medio de las llamas, acompañados por un ángel que parecía un hijo de los dioses.

Milagro en Nagasaki.

Después de este primer bombardeo, el gobierno japonés se negó a rendirse incondicionalmente, por lo que una segunda bomba atómica fue lanzada sobre la ciudad de Nagasaki tres días después, el 9 de agosto.
Nagasaki había sido realmente el objetivo secundario, pero la cobertura nubosa sobre Kokura lo salvó de la obliteración de ese día. La ironía suprema es que Nagasaki fue la ciudad donde se concentraron dos tercios de los católicos en Japón, y así, después de siglos de persecución, sufrieron este terrible golpe al final de la guerra.
Pero en un curioso paralelo a lo sucedido en Hiroshima, el monasterio franciscano establecido por San Maximiliano Kolbe en Nagasaki antes de la guerra, tampoco fue afectado por la bomba que cayó allí.
San Maximiliano, bien conocido por su devoción a la Santísima Virgen, había decidido ir en contra del consejo que le habían dado de construir su convento en el lugar. Cuando la bomba cayó, el convento fue protegido de la fuerza de la bomba por una montaña intermedia. Así que tanto en Hiroshima como en Nagasaki, podemos ver la mano protectora de María en acción.

Apariciones de Fátima.

Las apariciones de Fátima en Portugal tuvieron lugar en 1917, cuando de mayo a octubre tres niños, Francisco y Jacinta Marto, y su prima Lucia dos Santos, vieron a la Virgen seis veces, culminando en el milagro del sol el 13 de octubre, cuando 70.000 personas vieron el sol girar en el cielo y cambiar de color sucesivamente, antes de caer a la tierra de una manera aterradora.
Muchos de los presentes pensaban que era el fin del mundo, pero el sol reasumió su lugar en el cielo provocando grandes gritos de alivio.
La esencia del mensaje de Fátima se refiere a la conversión del pecado y a un retorno a Dios, e implica la reparación de los pecados propios y los pecados de los demás, así como la ofrenda de sufrimientos y pruebas diarias.
También se centra en la oración y la Eucaristía en Fátima, y ​​en particular en el rosario, así como en la devoción a los Cinco Primeros Sábados, que implica la Confesión, la Sagrada Comunión, el rosario y la meditación durante cinco meses consecutivos con la intención de reparar en Nuestra Señora.

Debemos vivir el mensaje de Fátima.

Es interesante reflexionar sobre el tema de la transfiguración que vincula estos diversos acontecimientos. El rostro de Cristo brilló como el sol en el Monte Tabor, y en Fátima, Nuestra Señora trabajó el gran milagro del sol para convencer a la enorme multitud que se había reunido allí que el mensaje que ella le estaba dando a la humanidad era cierto.
Considere también que los pobres de Hiroshima y Nagasaki sufrieron por "soles" hechos por el hombre, explotando en medio de ellos causando una horrible devastación.
Pero en Hiroshima, los ocho jesuitas que vivían el mensaje de Fátima, y ​​particularmente practicaban el rosario diariamente, estaban de alguna manera transfigurados, protegidos por el poder divino de Dios, de los terribles efectos de la bomba.
Seguramente hay un mensaje aquí para todos nosotros: Vivir el mensaje de Fátima, en un mundo cada vez más peligroso, y que sigue amenazado por la guerra nuclear, es una necesidad tan profunda para nosotros como para el Padre Schiffer y sus compañeros.
Información vía: Catholic Herald
 

sábado, 8 de agosto de 2015

El Milagro de Hiroshima: Jesuitas sobrevivieron a la bomba atómica gracias al Rosario 06082015

El Milagro de Hiroshima: Jesuitas sobrevivieron a la bomba atómica gracias al Rosario

Por Alvaro de Juana

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Hiroshima después de la bomba - Foto: Dominio público
Hiroshima después de la bomba - Foto: Dominio público










VATICANO, 06 Ago. 15 / 10:47 am (ACI).- Se cumplen 70 años del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, uno de los episodios más dramáticos de la historia de la humanidad. Ese 6 de agosto de 1945, fiesta de la Transfiguración, muy cerca de donde cayó la bomba “Little Boy”, cuatro sacerdotes jesuitas alemanes sobrevivieron a la catástrofe, y la radiación -que mató a miles en los meses siguientes- no tuvo efecto en ellos. Esta historia, documentada por historiadores y médicos, es conocida como el Milagro de Hiroshima.
Los jesuitas Hugo Lassalle, superior en Japón, Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik, se encontraban en la casa parroquial de laiglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los pocos edificios que resistió a la bomba. En el momento de la explosión, uno de ellos se encontraba celebrando la Eucaristía, otro desayunaba y el resto en las dependencias de la parroquia.
Según escribió el propio P. Hubert Cieslik en un diario, únicamente sufrieron daños menores producto de cristales rotos, pero ninguno a consecuencia de la energía atómica liberada.
Los médicos que les atendieron tiempo después les advirtieron que la radiación recibida les produciría lesiones graves, así como enfermedades e incluso una muerte prematura.
El pronóstico nunca se cumplió. No desarrollaron ningún trastorno y en 1976, 31 años después del lanzamiento de la bomba, el P. Schiffer acudió al Congreso Eucarístico de Filadelfia y relató su historia, confirmando que los cuatro jesuitas estaban aún vivos y sin ninguna dolencia. Fueron examinados por decenas de doctores unas 200 veces a lo largo de los años posteriores, sin que se hallase en sus cuerpos rastro alguno de la radiación.
Los cuatro religiosos nunca dudaron de que habían gozado de la protección divina, y en particular de la Virgen: “Vivíamos el mensaje de Fátima y rezábamos juntos el Rosario todos los días”, explicaron.
El P. Schiffer escribiría “El Rosario de Hiroshima”, un libro en el que da cuenta de todo lo que vivió.
En el 70 aniversario de Hiroshima, el Obispo de Niigata y Presidente de Cáritas Asia, Mons. Tarcisius Isao Kikuchi, ha difundido un mensaje en el que subraya que Japón puede contribuir a la paz “no con nuevas armas, sino con sus actividades de nobleza y amplia historia en el crecimiento mundial, de modo particular en las consideradas naciones en vía de desarrollo”.
El prelado añade que “con esta contribución al desarrollo, que lleva al pleno respeto y a la realización de la dignidad humana, sería muy apreciado y respetado por la comunidad internacional”. Cada año, del 5 al 15 de agosto, el país celebra una Oración por la Paz.

En Hiroshima y Nagasaki murieron unas 246 mil personas, la mitad en el momento del impacto y el resto en las semanas posteriores por los efectos de la radiación. La bomba de HIroshima coincidió con la solemnidad de la Transfiguración del Señor y la rendición de Japón ocurrió el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María.