Mostrando entradas con la etiqueta Adelante la Fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adelante la Fe. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de abril de 2019

Así la “neutralidad” laicista ha borrado a la la Iglesia 15042019

Así la “neutralidad” laicista ha borrado a la la Iglesia




De acuerdo con el reciente estudio bajo el ya elocuente título «El archipiélago francés- Nacimiento de una nación múltiple y dividida», difundido por el intelectual Jerome Fourquet, el Catolicismo en Francia estaría atravesando su «fase terminal». A golpes de laicismo y République, en suma, la participación de los fieles en la Santa Misa está ahora reducida a menos del 4% en las ciudades, al 8% en las zonas rurales y los matrimonios por la Iglesia serían solo del orden del 40%: «Existe una descristianización creciente», pone de manifiesto Fourquet, que advierte contra una religión disfrazada «con los valores laicistas anticristianos, como está ocurriendo». Y agrega: «La dislocación de la sociedad francesa de la matriz católica es casi total».
Salvo un imprevisto o sorpresa, se prevé que en el 2031 podría ser celebrado el último matrimonio por la Iglesia y en el 2048 el último bautismo. Para el 2044 está prevista la total desaparición de los sacerdotes, que pasaron por lo demás de los 50 mil del año 1950 a los 10 mil de hoy, en su mayoría de edad avanzada. Siempre cierran más seminarios por falta de recambio generacional: aquel enorme de Lille, por ejemplo, se quedó solo con 30 candidatos. Cada vez más edificios sacros y religiosos fueron y aún siguen siendo transformados en bibliotecas, museos, centros culturales o de actividad económica, como albergues, cines, teatros, negocios propiamente dichos o gimnasios.
Todos estos datos merecen una seria reflexión.
Los repetidos ataques contra la comunidad cristiana y contra las iglesias, por lo demás, no son casuales sino que forman parte, de hecho, de una estrategia precisa, llevada a cabo mediante actos vandálicos y de demolición. O bien por iniciativas hostiles. La última, en orden cronológico, es la actitud asumida por el diputado de extrema izquierda Bastien Lachaud, exponente del movimiento político La France Insoumise («Francia indómita»), decidido en querer eliminar todas las huellas católicas de las tradiciones militares patrias en la sede de la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional. Para hacerlo, blande como un garrote el «Informe de evaluación de las normas antidiscriminatorias en el seno de las fuerzas armadas», fuerzas armadas cuyos recursos –comenzando por los correos electrónicos institucionales– serían a menudo utilizados para enviar invitaciones, por ejemplo, a las celebraciones litúrgicas en honor del Santo Patrono de esta o aquella Arma. Lo que escandaliza al Sr. Lachaud, obstinado en un agresivo llamado a un rígido respeto de una presunta «neutralidad», de una supuesta «laicidad», de cuño, sin embargo, evidentemente anticatólico.
Ataques como estos lamentablemente están al orden del día. Nunca son hechos aislados, lamentablemente. En octubre de 2017, en Ploërmel, por orden del Poder Judicial, fue retirada la cruz situada sobre una estatua de Juan Pablo II, acusada de violar la separación entre el Estado y la Iglesia. La actual Alcadesa de París, Anne Hidalgo, prohibió el mercado de Navidad, porque no era lo suficientemente elegante. Lo que se viene desechando es un precioso patrimonio histórico, cultural y religioso con una sistematicidad tal, que trasluce la voluntad de no querer dejar ni siquiera el rastro.
Las señales de alarma se están multiplicando y los llamamientos también. El sociólogo Mathieu Bock-Côte considera que Francia está viviendo «un proceso de descomposición nacional y cultural que las autoridades decidieron acompañar y moderar, sin pretender combatirlo o revertirlo, como si fuera inevitable». Incluso un vaticanista progresista como Henry Ricq, en su libro El gran temor de los católicos, admite, atónito: «Yo no reconozco más a mi Iglesia», víctima de una suerte de «angustia de la misma desaparición». «Durante centenares de años es la religión católica la que ha estructurado profundamente el inconsciente colectivo de la sociedad francesa. Hoy esta sociedad es la sombra de aquello que era – explica aún Fourquet – Está en curso un gran cambio de civilización».

viernes, 21 de diciembre de 2018

Suiza: ciudadanía negada a una pareja islámica 20122018

Suiza: ciudadanía negada a una pareja islámica

La ciudad suiza Lausana bloqueó la solicitud presentada por una pareja islámica de adquirir la ciudadanía helvética, dado que los dos se negaban a estrechar la mano a personas del sexo opuesto. Por lo tanto, en la medida en que ellos demuestren no haber incorporado y no compartir la identidad cultural del País huesped, no podrán aspirar a decirse y a ser ciudadanos. El principio de la igualdad entre los sexos forma parte de las costumbres unánimemente aceptadas: por lo tanto, el haberlo infringido obligó a la correspondiente comisión municipal a bloquear su pedido. La Comisión está formada por tres miembros, entre los cuales el Vice-Alcalde, Pierre-Antoine Hildbrand, quien se declaró «sumamente satisfecho» con la decisión.
Nada filtró de las oficinas municipales acerca de la nacionalidad de los requerientes u otros detalles: cuestiones de privacy, no se deben conocer, ni intuir quienes son. La única información se refiere al asunto del apretón de manos, como así también a la timidez de ellos manifestada en el responder a personas del otro sexo. Con las cuales, por lo demás, el Islam no consiente el contacto físico, excepción hecha entre los miembros de la misma familia. El Síndico de Lausana, Grégoire Junod, aseguró que la libertad de credo y religión está garantizada y tutelada por las leyes del Cantón de Vaud, del que forma parte Lausana, pero, dicho esto, agregó: «la práctica religiosa no está al margen de la ley». Ahora la pareja tiene 30 días de plazo para impugnar el veredicto.
Ya hace dos años desencadenó una rebelión popular el hecho de que en una escuela secundaria, en el Norte de la Confederación, se hubiera permitido a dos hermanos sirios no estrechar la mano de los profesores de sexo femenino, por ser contrario a sus creencias religiosas. Concesión inmediatamente anulada por las autoridades regionales, pese a las protestas suscitadas. ¿Todo bien, entonces? No propiamente, porque el principio invocado por el primer ciudadano de Lausanne, no fue el de la igualdad entre los sexos, sino el de la «igualdad de género». Lo cual cambia significativamente las cosas y transforma un principio justo en un diktat ideológico.
Como reiteradamente fue dejado en evidencia por numerosos expertos, la cuestión de género es cultural e imprecisa, no genética ni biológica, en una palabra subjetiva y no objetiva. Por eso se llega a hablar de «gendercracia», pero también de «genderfluidez», entendida como flexibilidad en la orientación sexual, considerada en constante evolución, en nombre de una infinita, ilimitada e antinatural autodeterminación del individuo: representa, en suma, una suerte de muy particular aplicación de la teoría del caos, en cuyo núcleo está la negación del principio del orden y de la causalidad en la esfera sexual, determinando de hecho la disolución.
Por ello tampoco el género pertenece a las tradiciones y a las costumbres locales: lo cual, volviendo al caso de la pareja islámica, hace justa la decisión adoptada contra ella, pero por motivos erróneos. Y, en cierto sentido, esa pareja se encuentra así distante de la identidad cultural y de la historia del pueblo suizo tanto cuanto el primer ciudadano de Lausanne.

jueves, 20 de diciembre de 2018

La cacería de los niños a través de los abortos selectivos 20122018

La población de los portadores del síndrome de Down, también conocido como Trisomía 21, se redujo entre el 80 a 90% en los últimos diez años. Quien lo afirma es laCanadian Down Syndrome Society (C.D.S.S.) que lanzó una campaña internacional para sensibilizar sobre lo que ya sucede desde hace tiempo en muchos países, donde las personas afectadas por el síndrome de Down están siendo sistemáticamente eliminadas antes del nacimiento a través de los tests de diagnóstico prenatal y control cromosónico. Los números hablan con claridad: en Noruega el 65% de los niños a quienes precozmente es diagnosticado el síndrome fueron abortados; el porcentaje se eleva al 90% en Gran Bretaña, al 95% en España e incluso al 100% en Islandia.
Para hacer frente a este genocidio y sacudir las conciencias la Canadian Down Syndrome Society comparó la situación de los portadores de la anomalía genética con la de algunas especies animales en vía de extinción. De hecho, las organizaciones que se ocupan de los “derechos” de los animales gozan de recursos y financiamientos de lejos superiores a aquellos que se ocupan de las personas Down. El vídeo de la petición internacional muestra a dichas personas disfrazadas de osos polares, panda y leones que, irónicamente, reclaman su derecho a ser reconocidos como seres vivos en peligro de extinción. A través de dicha petición, la C.D.S.S. solicita también que se garantice su derecho al trabajo, a ser reconocidos como miembros activos de la sociedad, a vivir en forma independiente, a tener asistencia comunitaria y servicios que faciliten la inclusión social, a que sean removidas las barreras educativas, a tener una educación pública que contrarreste la errónea percepción de la persona Down (ilGiornale.it, 30 de noviembre 2018).
Lo cierto es que la práctica criminal de los abortos legalizados tiende inevitablemente a discriminar entre individuos sanos e individuos enfermos, entre personas de la serie A y personas de la serie B. Es más: el aborto deshumaniza al ser humano, lo rebaja al nivel de los animales y peor aún más bajo, hasta reducirlo a un objeto. Es en esta óptica perversa que es posible encuadrar la actual tendencia a considerar al hijo como un “derecho”, es decir, como un producto útil, pero no necesario, para la realización de las aspiraciones personales. Por lo tanto, al hijo puedo tenerlo, comprarlo, cambiarlo, usarlo e incluso eliminarlo si resulta “defectuoso” o no conforme a mis expectativas, del mismo modo que un bien de consumo. La fábrica de los abortos tiende así a perfeccionar la técnica para descubrir precozmente los “productos defectuosos” para “sacarlos del mercado” y ponerse a salvo de los eventuales reclamos por parte del “cliente”. Además, la mayor parte de las leyes abortistas, incluida la 194/1978, prevén la posibilidad de abortar incluso frente a diagnósticos solo de presuntas malformaciones del feto.
A veces aparecen noticias en las cuales uno viene a descubrir que el niño asesinado porque considerado enfermo estaba en realidad perfectamente sano o bien casos en los cuales solo la determinación y el coraje de los padres en consentir que el niño, caso contrario condenado a muerte, viniera al mundo. La noticia llega de Inglaterra, donde una mujer en la duodécima semana de gestación rechaza el aborto que le era aconsejado por los médicos, según los cuales el niño nacería con todas las probabilidades de estar afectado por el síndrome de Down. La señora Jordan y su marido pudieron resistir las fuertes presiones a favor del aborto; negándose también a realizar el examen del líquido amniótico que habría determinado el diagnóstico pero implicado en riesgos para elnasciturus (el que va a nacer). Así, la valiente mamá inglesa llevó a término el embarazo y dio a luz un niño que, para sorpresa de quienes lo hubieran querido muerto, resultó perfectamente sano. “Hemos advertido muchas presiones para que interrumpiéramos el embarazo. No nos proporcionaron ningún apoyo ni asesoramiento en el caso que hubiéramos querido tomar una decisión distinta”, declaró al Daily Mail la señora Jordan.
En realidad, estos episodios, que hipócritamente son denominados “mala praxis”, constituyen la normalidad en el interior de las estructuras hospitalarias de muchas partes del mundo, solo que rara vez concluyen con un final feliz. La caza al niño Down no es otra cosa sino la consecuencia lógica de un sistema perverso y criminal que transformó un delito en un incuestionable derecho de la mujer; de hecho en una sutil e imperativa obligación moral que es necesario evitar con todos los medios lícitos a nuestra disposición.

1918-2018: «Todo se desmorona; el centro no se tiene en pie» 20122018

En diciembre de 1918 Europa celebró la primera Navidad en paz tras cuatro años de derramamiento ininterrumpido de sangre. Pero el mundo que nacía ya no era el del día anterior. El 3 de noviembre el Imperio Austro-húngaro había firmado en Padua el armisticio de Villa Giusti con los aliados.
El día 7 del mismo mes se presentó al canciller alemán Max von Baden el ultimátum de los socialistas alemanes, que imponían para el día siguiente, viernes 8 de noviembre al mediodía, la abdicación del káiser Guillermo II. El gran duque de Baden comunicó al Soberano, que se encontraba en su cuartel general de Spa, que ya no se podía confiar en el ejército y era inevitable la guerra civil. Hasta la mañana del día 8, el Soberano manifestó la intención de restablecer el orden y doblegar la revolución a la cabeza de sus tropas.
Pero en la noche del 8 al 9 los acontecimientos se precipitaron. Los consejeros militares y civiles del Emperador reunidos en Spa insistieron en que el Káiser abdicase y se exiliara en Holanda. El día 9, Guillermo declaró que abdicaba como emperador de Alemania, no como rey de Prusia, y confió el mando del ejército al mariscal Hindemburg, encargándole que se hiciera cargo del armisticio. El mismo día el Emperador abandonó Alemania para no volver jamás.
El 8 de noviembre la dirección del Partido Socialdemócrata austriaco se pronunció públicamente a favor de de una «república democrática y socialista del Austria alemana». A medianoche, el Emperador Carlos I convocó en su despacho del palacio de Schönbrunn a sus dos consejeros más íntimos, el conde Hunyadi y el barón Werkmann, y declaró con serenidad: «Austria también caerá siguiendo el ejemplo de la revolución alemana. Proclamarán la república y no quedará nadie que defienda la monarquía. (…) No quiero abdicar ni quiero huir del país».
Se siguieron momentos de convulsión en los que todos los integrantes del círculo más íntimo del Emperador presentaron propuestas e ideas diversas para afrontar la dramática situación. El almirante Miklós Horthy, llegado desde el Adriático para debatir las condiciones de entrega de la flota a los croatas, se cuadró ante el Soberano y con la mano derecha extendida hizo el siguiente juramento sin que nadie se lo hubiera pedido: «No me concederé tregua hasta que ponga a Vuestra Majestad de vuelta en el trono de Viena y de Budapest».
Tres años más tarde sería el propio general Horthy, regente del reino de Hungría, quien empuñara las armas contra su Soberano en las afueras de Budapest y por añadidura lo mandase arrestar y deportar a fin de conservar el poder en Hungría.
A las once de la mañana del 11 de noviembre se presentaron en Schönbrunn el presidente del consejo Lammasch y el ministro de interior Edmund von Gayer, que traían el texto de la abdicación de Carlos, acordado con los políticos del antiguo y del nuevo régimen.
El documento había sido aprobado por el cardenal de Viena, príncipe arzobispo Friedrich Gustav Piffl, que justo una semana antes, el 4 de noviembre, había celebrado la onomástica de Carlos con una Misa solemne oficiada en la catedral de San Esteban. Fue uno de sus sacerdotes, Ignaz Seipel, quien encontró la fórmula de transacción para que el Soberano renunciase al trono sin pronunciar la palabra abdicación.
Gayer le declaró al Emperador que si éste no hubiese firmado, aquella misma tarde habrían visto avanzar las masas de obreros hacia Schönbrunn. «Entonces –dijo–, los pocos que se hubieran negado a abandonar a Vuestra Majestad habrían perdido la vida intentando resistir, y también Vuestra Majestad y su augusta familia habrían caído muertos junto con ellos».
Los ministros exigían que se firmara inmediatamente, sin tomarse siquiera unas horas para reflexionar. El Emperador vaciló. Era un hombre de gran nobleza de carácter, pero no tenía la energía de su mujer Zita, que fue la única persona que protestó en aquel momento, y lo hizo con todas sus fuerzas, dirigiéndose a Carlos con estas palabras: «Un soberano no puede jamás abdicar. Puede ser depuesto, y sus derechos declararse nulos. Pero abdicar… jamás, ¡jamás de los jamases! Prefiero morir aquí a tu lado. Porque después quedaría Otto, y si todavía nos matasen a todos, quedarían otros Habsburgos».
A mediodía del 11 de noviembre de 1919, el Soberano firmó el acta de renuncia al poder en el que reconocía por anticipado «la decisión que tomará el Austria alemana con vistas a su futura forma constitucional».
En la tarde, el Emperador y su familia, después de rezar en la capilla real, saludaron a los últimos dignatarios y se dirigieron a los automóviles que habrían de llevarlos a su pabellón de caza de Eckartsau. «Mientras pasábamos por los arcos –recuerda Zita–, se encontraban alineados en doble fila  nuestros cadetes de las academias militares, jóvenes de dieciséis y diecisiete años con los ojos alerta pero en posición de firmes y fieles al Emperador hasta el último momento, dignos en todo y por todo del lema que se les había concedido en tiempos de María Teresa: Allzeit getreu (eternamente fieles)».
El 12 de noviembre se proclamó oficialmente en Viena la república. El día anterior, dentro de un vagón de ferrocarril detenido en los bosques aledaños a Compiègne, se firmó el armisticio entre el Imperio Alemán y las fuerzas aliadas. Este acto señaló la conclusión militar de la Primera Guerra Mundial.
El 4 de diciembre del mismo año, el buque George Washington zarpó de Nueva York con rumbo a Francia. A bordo viajaban el presidente estadounidense Woodrow Wilson y la delegación de su país que participaría en la conferencia de paz. Vulnerando el derecho internacional, Wilson había intervenido personalmente en los gobiernos provisionales socialistas de Austria y Alemania a fin de imponer el cambio institucional.
El 14 de diciembre, el presidente de EE.UU. se reunió en París con el primer ministro francés Georges Clemenceau. Ambos políticos fueron los principales artífices de la republicanización de Europa que siguió a la Primera Guerra Mundial. Clemenceau, fanático jacobino, veía en la victoria el cumplimiento de los ideales de la Revolución Francesa. Wilson aspiraba a transformar el mundo en una confederación de repúblicas rigurosamente iguales, fundados en el modelo de los Estados Unidos de América.
El mayor obstáculo lo suponía Austgria-Hungría, último vestigio de la Cristiandad medieval. Uno de los negociadores estadounidenses del tratado de Versalles, Charles Seymour, lo evoca con estas palabras: «La conferencia de paz se encontró en la posición de auténtica liquidadora del imperigo habsbúrgico. (…) En virtud del principio de autodeterminación de los pueblos, a las naciones contiguas al Danubio les correspondía determinar por sí mismas su destino».
La conferencia de paz se inauguró en París el 18 de enero de 1919. En aquellos mismos días, la terrible epidemia de la mal llamada gripe española alcanzaba el cenit. En Italia habrían de morir 600.000 personas, cantidad de víctimas mortales equivalente a la de los tres años de contienda. Dos de los tres videntes de Fátima, Jacinta y Francisco, contrajeron la dolencia en diciembre de 1918. Francisco falleció el 4 de abril de 1919. Jacinta ingresó en el hospital de Lisboa, y allí expiró el 20 de febrero de 1920.
El 22 de diciembre del mismo año, Benedicto XV expresó su esperanza en «las deliberaciones que no tardarán en realizarse en el areópago de la paz al que se dirigen en este momento los suspiros de todos los corazones». Decía L’Ilustrazione italiana del 22 de diciembre de 1918 que 1919 sería «el año de la transfiguración del mundo». Las ilusiones de los locos años veinte las desharía un nuevo huracán bélico cuyas premisas figuraban en los tratados de paz firmados en París en 1919 y 1920.
El siglo que siguió está considerado el más terrible de la historia de Occidente. Se le pueden aplicar los versos de William B. Yeats: «Todo se desmorona; el centro no se tiene en pie. La anarquía se ha enseñoreado del mundo». El Sacro Imperio Romano había sido oficialmente disuelto por Napoleón en 1806, pero Austria-Hungría continuó desempeñando su misión hasta 1918, constituyendo el punto de apoyo de la estabilidad en Europa.
Después se desencadenó el torbellino de la inestabilidad, que hoy ha pasado de la esfera política a la religiosa ocasionando que se pierdan millones de almas. Pero la Iglesia sobrevive a las tempestades que trastornan los imperios, y cada santa Navidad el Niño Jesús nos invita a abandonarnos con tremenda confianza a Él, como niños acunados en los brazos de su madre.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)