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jueves, 4 de febrero de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (“EL HOMBRE”, VA VINIENDO A TRAVÉS DEL HOMBRE) (HN-04)

“EL HOMBRE”,  VA VINIENDO A TRAVÉS DEL HOMBRE  (HN-04)

Si aceptamos la visión ternaria de Kant debemos empezar aceptando que toda realidad –sobre todo la realidad humana– puede ser captada de tres maneras; y que, además, esta captación se hace siempre de forma progresiva. Refiriendo esta captación a la persona: lo primero que debemos hacer es intentar entenderla; después tratar de comportarnos con ella adecuadamente, según sus gustos; para poder llegar así, al final, incluso a amarla y gozarla. Esta captación, que según Kant es siempre progresiva, tiene mucha importancia para nosotros en todo lo que se va a decir; como tal sucesión histórica. 

En efecto, cuando la teología estaba en la etapa de la Lógica se pensaba que Dios era lo máximo que podía pensar cualquier persona; y todavía hay mucha gente que lo ve así. Pero es un error creer que lo mejor de una realidad, el tope máximo que podemos captar de una realidad –bien sea un objeto, una estrella, una planta, un ratón... o una persona– es tan solo conocerla. Por ejemplo, si ante una botella de vino sin descorchar te preguntaran: “¿Qué es esto?” Y respondieras: “vino tinto, Rioja, gran reserva... cosecha del 98.  ¿Ya estaría captado? Es verdad que lo sabes todo de ese vino, pero sigue tan intocado como antes de responder; pues todavía no lo has gozado. ¿Vemos por donde va hoy la búsqueda de “la teología del gozo”? Al principio, en la época en que los escolásticos pensaron, estos lo hicieron tan genialmente bien que nos dejaron tesoros como “La Síntesis Del Derecho” de Graciano. Eran cíclopes, no gigantes sino cíclopes, y construyeron un edificio tan grande del conocimiento que creyeron habían llegado al tope; pero este era solo el primero de los topes de la realidad: el tope del conocimiento. Inventaron el conocimiento y pensaron durante siglos, creyendo que aquello era el tope; y dieron lugar a la visión beatífica siguiente: cuando tú lo sepas todo de Dios estarás en el cielo, porque lo máximo es conocer-ver a Dios. Pero después llegaron otros y dijeron: ¿y de qué sirve conocer la realidad, si la maltratamos? En efecto, yo puedo pensar y conocer una cosa perfectamente pero utilizarla mal. Si bien, pudieron decir esta novedad porque ya estaban en una segunda etapa, donde el tope ya no es conocer: este tope es comportarse bien con las cosas; usarlas bien, apreciarlas y utilizarlas como se debe. En esta etapa se da un paso más, pero para dar este nuevo paso fue necesario todo el conocimiento anterior. Y siguiendo a la tercera etapa (en la captación de Dios): yo no puedo conformarme solo con ver a Dios –porque no es un espectáculo– yo quiero terminar estando dentro de él; pero antes de estar con él gozándolo, hay que conocerlo y comportarnos bien con él. ¿Nos damos cuenta, cómo el hombre es un todo? Somos una especie en evolución, en la que el hombre futuro va viniendo a través del hombre; hasta llegar al Hombre que hemos de ser.
 En la primera etapa, fueron tan perfectos que creyeron ser el tope: y todavía hay muchos cristianos que creen que para ser muy cristiano hay que saber mucha doctrina... No, el cristianismo es una cosa de tan poco saber que, muchos de los que dicen no ser cristianos puede que lo sean sin saberlo. O sea, ¿que hay personas que no saben que son cristianos y pueden estarlo siendo? Sí pero, sólo aquellos a los que veas sorprenderse cuando contemplan lo cotidiano como algo nuevo y a la vez que esta contemplación les produce alegría. Sí, si percibes que sienten dentro su libertad de forma cantarina; o sea, si ves que resuenan y cantan llenándolo todo de paz. Sí, si los percibes como niños gozosos que estrenan cada día el milagro de su caminar. Sí, porque en definitiva para llegar a ser niño no basta sólo con saber. Hay mucho cristiano que todavía cree que lo que más importa es saber, y por eso suelen decir: ¡esto no se puede tocar, esto es dogma de fe!  Ciertos cristianos creen que aquél que sepa de memoria todos los dogmas será un cristiano perfecto; pero no saben que los dogmas están ahí como puntos de partida y no de llegada: que no son jaulas, para retener cualquier intento de vuelo futuro del pájaro incansable que es el hombre. Venimos desde aquél lugar donde los dogmas pertenecen a la Lógica, venimos desde aquellos hombres que pensaban que los dogmas eran formulaciones lógicas claras, perfectas y límites. Pero no es así, los dogmas sólo son puntos de partida y están ahí para ayudarnos a caminar. La Iglesia no se ha preocupado de enumerar dogmas, y hay muchos que ni siquiera están registrados. Ni todos los teólogos juntos suman todos los dogmas, ni mucho menos todos los caminos ni todas las intenciones que tuvieron tantos “santos padres” al ir madurando los dogmas que hoy consideramos. El cristianismo es mucho más que un saber; y en el s. XVII se dio un segundo gran paso; poniendo el tope no en el saber sino en la ética (el comportamiento, la moral). Lo que, pasándolo a cristiano, equivale a decir: ¡sólo es cristiano aquél que cumple...! Y cuidado con esto, pues hay mucha gente que se cree perfecta sólo porque cumple...; a pesar de que Cristo ya los retrató: Un fariseo subió al templo –cosa propia de fariseos, de hombres de Iglesia–,  se puso en pie muy seguro –pues este tipo de cristiano se siente muy seguro– y le dijo a Dios –con soberbia y desprecio desde una pretendida perfección–: “Señor te doy gracias porque no soy como los demás...” (Lc. 18, 11). Hoy también hay muchos que van por la vida pensando esto: ¡menos mal que no soy como los demás!, pues no tengo hijos drogadictos, cumplo todos los códigos de leyes... aporto mis impuestos, acudo al templo... ¡Gracias Señor, porque me veo... “santo”! Pero no olvidemos que Cristo respondió, a esta presunción cumplidora del fariseo, con una novedad demoledora: “Éste bajó a su casa en desgracia de Dios”. Recuerden además estos cristianos (los que creen que basta con el buen cumplimiento) que los fariseos intocables y santos fueron los responsables de la muerte de Cristo; o sea que, “este tipo de santos matan a Dios”. ¿Nos damos cuenta? Ser cristiano no es un código, que si lo cumples te hace cristiano; porque cuando uno no mata, ni roba, ni fornica, ni... solo quiere decir que se es ético –que se cumple– pero no que se sea cristiano. Y si retrocedemos más todavía, algunos siguen pensando que cuando sepan mucho de Dios serán cristianos. Pero no, porque hay japoneses sintoístas, especialistas en cristianismo, que saben más del cristianismo que nosotros y no son cristianos. Luego, se puede saber mucho de Dios y se pueden cumplir todas las leyes sin estar en Dios. Santo Tomás de Aquino, al acabar los increíbles volúmenes de la “Summa Theologica”, termina diciendo: “¿Y cómo será, que muchas veces una viejecita con su escoba sabe más de Dios que un gran teólogo?” No sorprende que esto lo piense Santo Tomás: un místico... un hombre con carne de niño que murió muy joven, a los 47 años. Y esto demuestra lo maduro que estaba aquél tiempo, para que se pudieran hacer síntesis como esta: es posible que una abuelita con su escoba sepa más de Dios que un teólogo. Se dieron cuenta que la sabiduría de Dios no viene solo por el saber –no viene solo por la Lógica–. Pero tampoco viene solo porque la abuelita barra bien –haga bien su trabajo, o cumpla con su Ética–, sino por la combinación sucesiva de ambas y por algo más que ya es actual; por lo que, según Kant, ya pertenece a la tercera etapa: por la Estética. Y ahora debemos recordar que, los que pretendan ir directamente a la Estética no entenderán nada; pues hay que pasar por las etapas previas, con paciencia y concentración. Ahora, después de mirar con respeto a la Lógica y después de aprender a comportarnos correctamente –o sea con sabiduría y con principios éticos–, ya podemos desembocar en su síntesis: la Estética. Con la estética y desde nuestros conocimientos actuales, estamos entrando ya en una etapa crucial de nuestra historia: en la síntesis de toda la dirección horizontal por la que venimos y por la que seguiremos caminando; sin saber bien lo que sucederá... porque vamos a tientas, porque lo que está por venir será una sorpresa, una maravilla y, como decía San Pablo, “mucho más allá de lo que esperamos”. Esto es lo que sucede con el hombre: lo que nos espera está siempre más allá de lo que somos, porque el hombre desemboca en Dios. O dicho de otra forma: estamos hechos para la sorpresa y la maravilla. El misterio, el milagro... la maravilla, pertenecen a la dimensión del hombre; porque lo que ya tenemos dentro, aún siendo admirable y formidable, no es más que una profecía del futuro: eso que de verdad estamos llamados a ser. Es como cuando, viendo un hombre de 90 años a punto de morirse, todavía preguntamos: ¿qué va a llegar a ser? Y es que hay siempre una dimensión infinita por delante de nosotros, que nos hace pensar que un hombre de 90 años puede ser todavía un niño: puede tener todavía más futuro que pasado.


Si después de Kant seguimos con Heggel, entendemos la realidad como bipolar, aceptamos que toda tesis tiene su contraria: la antítesis. En chino existe el yin-tesis y el yang-antítesis, que nosotros llamamos derecha e izquierda, masculino y femenino, día y noche, luz y tinieblas, arriba y abajo, hombre y Dios, o Dios y Satanás... Pero el hombre ansía pensar la realidad como una, y en esa unidad encontrar lo gozoso para siempre: la felicidad. Lo que es polémico y estridente es la escisión o la ruptura de la unidad; pero en este mundo en el que vivimos, que no es nuestra meta final, “la realidad una” se hace doble: sólo podemos percibir la realidad de forma dual y esto es fundamental entenderlo. Pues cuando yo me pienso, y me fijo en mi parte derecha, digo: sí, esta derecha forma parte de mí pero la izquierda también. Si me miro arriba, digo: sí… pero la parte de abajo también. Lo que soy ahora forma parte de mí, pero también es mío lo que estoy llamado a ser...  Si cogemos lo humano, la persona entera, resulta que la parte derecha de nuestro cerebro –la parte preferentemente femenina– tiende a captar lo total, lo global...; y que la parte izquierda –la  preferentemente masculina– tiende a captar lo lineal, la sucesión, el tiempo, la matemática, el número... Por eso, si imaginamos integrados los dos hemisferios de nuestro cerebro –formando una sola unidad–, entonces coincidirán lo lineal, lo temporal, lo analítico... con lo global, lo sintético, lo amoroso...  ¿Y qué sucederá cuando esto tenga lugar? Habrá iluminación y totalidad: esto es de lo que estamos hablando. Cuando se unan nuestras dos dimensiones personales, acaecerá nuestra totalidad. La suma de nuestras dos dimensiones, a tope y en una, darán la dimensión total de cada hombre: se producirá  el gozo en Cristo (Hombre-Dios) de cada uno, en lo que conocemos como “resurrección”. 

martes, 2 de febrero de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (SOMOS “EL NIÑO”, EL HIJO, DE TODOS LOS QUE NOS ANTECEDIERON) (HN-03)

SOMOS  “EL NIÑO”, EL HIJO,  DE TODOS  LOS  QUE  NOS  ANTECEDIERON   (HN-03)

Está claro que las cosas viejas se pueden contar hoy tal como fueron contadas hace muchos años, pero las nuevas sólo hoy se pueden contar; porque estas ayer todavía no eran, todavía no las conocíamos. Y si nos referimos a la teología de hoy, en tiempos y espacios que no sean pasado, podremos afirmar una cosa muy seria –derivada de lo dicho por Cristo y que veremos ahora más adelante–: la teología de hoy nos va a decir cosas inauditas (nunca oídas), pero esperadas. ¿Inauditas y esperadas?  Sí, esperadas porque lo que más esperamos es lo que más dentro llevamos; que a su vez es un infinito parcial: algo que todavía es un inaudito en su totalidad. Recordemos que cuando apareció el Mesías en Navidad apareció lo inaudito, que a su vez era lo que habían estado esperando desde Adán: pues desde que el hombre se puso en pie ya esperaban al Mesías. ¡Inaudito, pero esperado! Lo más esperado, lo más nuestro, es lo más increíble; debido a que, al ser futuros infinitos, desde nuestra finitud actual no podemos imaginar –nos resulta increíble– lo que puede suponer ser infinitos: y esto resulta increíble salvo que lo experimentemos, que lo gocemos parcialmente, de alguna manera. Pero la teología hasta hace no mucho –y por supuesto toda la escolástica–, no supo caminar por lo que ahora entendemos como “la teología del gozo”; como “la celebración del hombre nuevo”. Porque, las cosas no se entienden hasta que ya se pueden entender

Cristo, en el día de la Ascensión, mientras se iba les decía a los discípulos –pequeñitos pero curiosos–: “mucho me queda por deciros, pero no podéis con tanto ahora...” (Jn. 16, 12): “no lo podríais soportar, no lo entenderíais, no os cabría dentro” (Jn. 14, 26; 16,7; Hb. 5,11). Es como si a ti, que eres un cuenco pequeño, quisiéramos meterte todo el Mediterráneo; reventaría tu cuenco. O sea que entonces no se nos podía decir; pero en su momento y ya con nuestra dimensión agrandada, se nos puede meter mucho más mar dentro sin que estalle nuestro cuenco. “Esto es lo que tenía que deciros... el Espíritu Santo, ése os lo enseñará todo” (Jn. 14, 26). Y traduciendo: Ese es el que nos enseñará el resto, hasta el infinito.  Pero también podríamos preguntarnos: ¿y por qué Jesús no hizo que pudieran entender entonces lo que tenía que decir? Porque, esta es la obra silenciosa de Dios en el corazón del hombre: obra en la que no sólo respeta “la edad”-la madurez- de cada hombre, sino que respeta también la de las distintas edades de la humanidad. Es como cuando queremos transmitir mensajes a los niños: no los cogemos y abrimos en canal para meterles dentro el mensaje, sino que acudimos a la creatividad y sugestión de un cuento; y así lo van entendiendo, según lo sienten y gozan. Es decir, montados en el tiempo y a lo largo de... lo vamos entendiendo; pero siempre se necesitan fracciones de tiempo sucediéndose, para contar los hechos y sus matices. Así han pasado 2.000 años desde que Jesús se fue, y durante este tiempo la silenciosa obra de Dios –en el cogollo del hombre– ha ido trabajando para que pudiésemos entender todo lo que ahora ya aceptamos: eso que no nos pudo enseñar antes, pues no lo hubiéramos entendido. Y de igual forma, nos seguirá preparando para que en el futuro se entiendan cosas que ahora todavía no podemos entender: de hecho parece que nos seguirá preparando incluso en la eternidad, ya que esta también es progresiva en inteligencia y conocimiento de Dios.  O sea que, ¿hoy se sabe más que todos los viejos teólogos y que todos los que no lograron decir lo que se va a decir durante este curso? Sí, pero no nos sintamos superiores: lo que hoy se sabe es gracias a los que nos precedieron y no a pesar de ellos. Si ellos no nos hubieran precedido no podríamos decir lo que estamos diciendo en la actualidad. Así que, hay que rendir un homenaje a todos los viejos: este curso debe ser un homenaje a todo lo que tenían de “niño” (inquietos-preguntones)  los viejos que nos antecedieron. Ahora, los niños somos nosotros y los viejos son aquellos niños que ya tienen... años. No hay que maldecir nada del pasado, porque cuando anunciamos lo nuevo estamos diciendo: vamos hacia el futuro, pero lo que nos permite avanzar seguros hacia ese futuro es el pasado; ese  “humus” rico que nos dejaron nuestros antepasados y que nos sirve ahora de combustible para sentir y pensar. Recordemos que el petróleo que usamos actualmente se hizo hace millones de años –quizá después de cataclismos monstruosos que sepultaron lo que luego se transformaría–, y que hoy viajamos gracias a esas reservas de nuestra propia tierra; hechas y amasadas, allá dentro, durante millones de años. Esto mismo es lo que pasa en las bodegas del hombre. Recordemos que, tanto en teología como en antropología, lo que nos distingue de los primitivos es una sola cosa: son las generaciones intermedias.   

Recordemos, como ejemplo, el momento en que Europa descubre a Aristóteles en el s. XI. Ya que Europa –desde los romanos pasando por San Agustín– fue puramente platónica hasta que Aristóteles empezó a ser traducido (del árabe y del griego) en la escuela de traductores de Toledo.  Pedro el Venerable, un visitador de los cistercienses, recogió alguno de estos textos traducidos y los llevó a Francia: a la escuela de Chartres, fundada al tiempo que empezaba a crecer su maravillosa catedral. Allí estaba la “escuela de los chartrianos”, dirigida por un Obispo y su hermano Bernardo; siendo éste un gran conocedor de Aristóteles. Pero Aristóteles era del siglo IV antes de Cristo, y ahora nos estamos refiriendo a los siglos XI y XII después de Cristo; por consiguiente, hay dieciséis siglos de diferencia entre Aristóteles y la llegada a Europa de la novedad de su pensamiento. Y es entonces cuando empiezan a abandonar a Platón y a meterse en la experiencia naturalista de Aristóteles. Y es allí, en Chartres, donde uno de los alumnos le preguntó a Bernardo: ¿maestro, cómo hacéis para saber tanto? A lo que San Bernardo –de forma críptica, pero  brillante– contestó lo siguiente: “porque soy un enano sobre espaldas de gigantes”. Y esto hay que seguir recordándolo hoy, cuando pretendamos presumir demasiado, al discurrir por novedades: somos enanos sobre espaldas de gigantes. Los gigantes están soportándome y yo soy un enano; pero al estar encaramado sobre gigantes, lo que no vieron ellos lo puedo ver yo aunque mida mucho menos. Ahora, y sobre la espalda del último gigante, veo más que él.

He aquí la humildad para todo este curso: lo que digamos ahora, como novedades, se lo deberemos a aquellos teólogos que quedan en la sombra porque no lo supieron decir todavía. Y también: si fuéramos ahora gigantes en vez de enanos, podríamos contar maravillas; pero al ser enanos, sólo podremos contar algún milímetro más de los nuevos caminos que abre la teología actual.

Retomemos ahora el encuentro entre Cristo y yo, del que ya hemos hablado en los resúmenes anteriores. Hablemos de su solicitud y acogida correspondiente, así como de las irradiaciones y resonancias que esto implica: de cómo me coge de la mano –al toparme con Él en el interior del hombre– y tira de mí para que no me quede en el exterior; de cómo me solicita Cristo para que recorra mi camino hasta su cogollo –que es el mío–: y allí, y con sorpresa, me doy cuenta de que al buscarle como persona con quién me he topado realmente es con el infinito: Dios.  O sea, se me solicita para que emprenda un camino que cada vez se abre más y que ya no tiene fin: camino infinito que llevará a miles de civilizaciones sucesivas, y que tirará también –una vez interpretadas por el hombre– de todas las galaxias. Pero, dado que la búsqueda del hombre –en su encuentro interior con Cristo– ya ha recorrido un camino –el de la teología que sabemos hoy y el cristianismo del siglo XXI–, surge la pregunta: ¿cómo nos ha llegado este conocimiento por la persona de Cristo y su mensaje? ¿Qué etapas o pasos se han ido dando? ¿Cuáles son las etapas y los esfuerzos realizados por los gigantes que nos sostienen?


De las etapas del camino recorrido, por nuestros gigantes y nuestros niños, dos ya están recorridas; y de una tercera, la nuestra, aún queda camino por recorrer. Pero tanto esta tercera como las anteriores son provisionales, pues en el año… estarán ya en otra..., que vayan Uds. a saber como la llamarán. Es como cuando los historiadores inventaron la Edad Media, pues es evidente que entre la Antigua y la Moderna está la Media; pero ahora, con la Antigua, Media, Moderna y Contemporánea, la Media ya no está en medio y no se debería llamar así. ¿Y quiénes son realmente los gigantes que nos han antecedido en teología cristiana? Hoy nos sostiene un primer gigante: la Teología Lógica o Filosófica, la Teología del Pensamiento, y la Escolástica (que ha durado desde que San Anselmo la inventó en el s. XII hasta hoy prácticamente). Y el otro gigante que nos sostiene –sobre todo en nuestro país– es la Teología Moral. En los siglos XVII y XVIII hubo un intento de coger la Lógica y meterla dentro de la Ética; o sea dentro del comportamiento. Y como ejemplo baste la gran discusión que hubo entre balmesianos y molinistas en nuestro país sobre los temas de “la gracia”, “la moral” y “el libre albedrío”: que nos llevó a entender que ser cristiano consistía en portarse bien, en comportarse según las normas que nos daban. ¿Y ahora dónde estamos? Aquí hay que recordar a Kant, gran maestro en materia de divisiones de la filosofía, que dijo lo siguiente –en “la crítica de la razón pura”–: todo pensamiento y toda realidad pueden ser pensados, pasando por tres etapas –como tres formas distintas de captar la realidad–: una Lógica, otra Ética y una tercera Estética. La Lógica nos enseña a pensar la cosa. La Ética enseña a comportarnos. Y la Estética nos lleva al sentimiento, a la percepción total gozosa de la cosa. La teología durante 2.000 años ha sido lógica y nos ha enseñado a pensar a Dios. Por eso la Escolástica  –una biblioteca infinita, una maravilla– es un gigante que tenemos debajo, y sin él estaríamos todavía entre los primitivos. Pero así como la Lógica nos enseñó a pensar, los grandes maestros de la Ética nos enseñaron a comportarnos de una manera determinada. Y, ¿ahora que? Como decía Kant, ahora toca la Estética; en la que ya estamos. Es el momento de la belleza –de la contemplación–, del juego –de la alegría–, de la libertad –de lo nuevo–. Y como todo lo nuevo tiene un bello atractivo y produce alegría, en libertad, la pregunta es: ¿Soy yo realmente “ese niño”, ese hijo nuevo actual, que desde la contemplación debe repartir paz y alegría?

lunes, 1 de febrero de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (ME PUEDEN QUITAR TODO, MENOS MI LIBERTAD INTERIOR) HN02

ME  PUEDEN  QUITAR  TODO,   MENOS  MI  LIBERTAD INTERIOR   (HN-02)

Ya sabemos que cualquier situación entre humanos es un encuentro de irradiaciones, donde deben activarse y mejorarse los campos energéticos personales. Donde siempre debe buscarse el resonar personalmente con la frecuencia –primigenia y común– de nuestro “ser” interior; y donde cada  encuentro no solo debe solicitar a los otros sino también acogerlos. Por esto, cualquier encuentro con otros debe tirar siempre del conjunto hacia la interioridad: tanto para entrar más en el interior propio como en el del otro, y así terminar profundizando ambos en “lo que es común a los dos”. Y es por esto que, los problemas de desencuentros siempre provienen de faltas de profundizaciones personales.     
Recordemos ahora lo ya dicho, en otro curso anterior,  acerca de la fórmula usada por Calcedonia –en el año 415–, a propósito de su discusión sobre la partícula con la que se debe unir Dios y hombre en la definición de Cristo: “...Zeos, oti antropos”: “...es Dios, porque es hombre”. Mientras que ahora decimos: “Cristo, es Dios verdadero y Hombre verdadero”.  Pero, hay que matizar lo que se discutió en aquel concilio: “Cristo es Dios porque es Hombre” y “Cristo es Hombre porque es Dios”. O sea que Cristo (Hombre-Dios), el que me solicita desde el interior de cada persona y me acoge llevándome de la mano, me dice: ahora que ya has topado conmigo no te pares ahí –en lo que todavía es fachada– sino ven... y te lleva más dentro aún. De forma que cuando llegas al final, a la interioridad de Cristo, te llevas la última y gran sorpresa: ¡Anda!, yo que profundizaba en un hombre me he encontrado en su cogollo con Dios. Y esto es lo que dice Calcedonia: lo que hace que Cristo sea un hombre verdadero (o sea un Hombre) es que a la vez es Dios verdadero. Traducido para nosotros: Lo que hace que cualquiera de nosotros sea hombre verdadero, es que Dios está verdaderamente dentro de cada uno. Por tanto:
-Un hombre que no llegue a sentir a Dios, nunca llegará a ser hombre verdadero. Y, todo hombre que llega a ser Hombre de verdad es porque desemboca en Dios; ya que Dios es la meta del hombre.
-Dios es aquello que hace que el hombre sea lo que “es”; o también, Dios es lo que hace que el hombre sea Hombre. Luego un hombre a quien se le quitase a Dios, se quedaría no en un hombre sin Dios sino en un hombre sin Hombre. La forma de matar realmente a un hombre sería sacarle a Dios; o sea, quitarle su libertad. Y esta es nuestra grandeza de hombre: me pueden quitar todo, pero nunca mi libertad interior; pues nunca me pueden quitar a Dios, incluso aunque yo me confiese ateo.
San Agustín ya dijo: hay que tener muy buena vista para, mirar a un hombre y hablarle como a Dios.
Y esto es exactamente lo que hizo S.Tomás cuando se resistía a creer que Cristo hubiera resucitado, cuando le pidió a Jesús que enseñase las heridas de sus llagas; pues terminó diciéndole: “Señor mío y Dios mío”. O sea, empezó dirigiéndose al hombre Jesús y terminó reconociendo a Dios en él: terminó reconociendo a Dios en el cogollo infinito de Jesús. Es decir que yo, después de mirar bien a un hombre y de sentir en él la irradiación del hombre-Cristo, si me meto bien en su corazón (o sea en lo que hace que ese hombre sea verdaderamente Hombre) y le hablo como tal, puedo llegar a descubrir a Dios.
Y lo mismo les puede pasar a los demás conmigo. Si alguien entra dentro de mí porque yo le interpelo con mi resonar amoroso –desde aquello que hace que yo sea yo, es decir desde lo más mío que yo tengo, o sea desde el yo más yo de todo mí yo– resulta que, al profundizarme, ese alguien puede llegar a descubrir que mi cogollo es divino. Esto quiere decir, traducido, que yo no soy el que consigue llegar a ser Yo: que yo no soy el verdadero autor de mí mismo, porque el que hace que yo llegue a ser Yo es un yo infinito que ya está parcialmente dentro de mí. Y por tanto,  yo conseguiré ser Yo en tanto camine hacia Él desde esa semilla suya (“mi centro”) que ya está dentro de mí. O sea, si somos capaces de introducirnos en lo que es “nuestro centro” –que además es el mismo centro de todos los demás– entonces desembocaremos todos juntos en el infinito. Mi “centro”, que es mi dimensión (como vértice de un ángulo que se abre infinitamente), es la parte del Cristo final que ya está aquí.

El camino de lo humano, es un camino que siempre va hacia adelante y no tiene marcha atrás. Es decir, cada uno empieza desde su curiosidad y va de curiosidad en curiosidad –de circunstancia en circunstancia– para que el punto inicial del que venga detrás sea cada vez mayor; para que se abra el ángulo acumulado al máximo de las posibilidades de cada momento. Y en este largo caminar por nuestra lucha existencial, siempre deberemos recordar que: a pesar de las peores contrariedades y pérdidas personales, siempre nos quedará lo más grande y lo más propio: nuestra libertad interior, Dios. Por lo que, al vivir situaciones dramáticas en las que nos parezca que Dios está ausente, deberemos recordar que es precisamente entonces cuando Él está más dentro de cada afectado. 

sábado, 30 de enero de 2016

INTRODUCCIÓN AL CURSO, “EL HOMBRE NUEVO” (HN-01) Curso del Padre Antonio Oliver

INTRODUCCIÓN AL CURSO,  “EL HOMBRE NUEVO”  (HN-01)



Antes de iniciar este curso hay que hacer una introducción, para evitar problemas de entendimiento. No solo por la teología, pues vamos a estar hablando de “teología del gozo”, sino fundamentalmente por el hombre que trate de sumergirse en ella; dado que, por el océano de “la sabiduría del gozo” solo pueden navegar “los hombres nuevos”. Así que, a la vez que se facilite el material para cada reflexión tendremos que ir aprendiendo a reflexionar como hombres nuevos: haciendo nuevo nuestro camino. Y como para esto no tenemos caminos asfaltados ni fáciles por los que avanzar, tendremos que roturar nuestra propia espesura: incluso arrancando árboles viejos que impidan el paso, desbrozando mucho matorral que no deje ver nuestros fundamentos, allanando dificultades de todo tipo...; en resumen, avanzando de sorpresa en sorpresa impulsados por nuestra ansiedad interior, que se muestra insaciable por alcanzar ese infinito que, en semilla, ya llevamos dentro. Abrir caminos nuevos significa dolor y esfuerzo, pero ya tenemos como soporte los cursos anteriores. Ahora bien, cuando nos adentremos en el curso y profundicemos en sus puntos difíciles nos podemos encontrar con el tema de la sospecha: que afecta a todas las ciencias y que surge siempre frente al prurito de innovación de los estudiosos. Porque, ¿a qué viene tanta novedad? dicen muchos, ¿a qué viene proponer constantemente caminos nuevos? ¿Por qué tanta insistencia en caminar por otros derroteros, distintos a los del siglo pasado y que nos han sido tan útiles? Esta pregunta, que pesa sobre nuestra cabeza como una espada a punto de caer, está muy bien que aparezca y sobre todo en lo referente a lo cristiano. ¡Tengamos mucho cuidado, no nos deje clavados! Olvidando que, si hay una dimensión típicamente cristiana es la dimensión de lo nuevo: del hombre nuevo. En el cristianismo, lo viejo es lo verdaderamente sospechoso. Lo que está prohibido en el cristianismo es repetir rutinariamente, como hacían los fariseos. Lo peligroso, sospechoso y no cristiano es aplicar y depender de leyes cuadriculadas, que porque hayan existido con anterioridad tengan a su vez que seguir existiendo inmutables. Los cristianos hemos de saber que, para los pájaros cautivos puede haber jaulas pero a los Hijos de Dios    –pájaros libres– no hay jaulas capaces de contenerlos.

Si hay algo sospechoso en el cristianismo es lo ya hecho, lo sabido, lo dicho desde siempre y para siempre, sin que nunca cambie nada. Estas son dimensiones para vagos y borregos, pero no para cristianos que caminan hacia delante... ¡no! El cristiano, por pequeño que sea, no cabe en esas dimensiones limitadas y cómodas. Si hay algo seguro en el cristianismo es lo que sentimos en nuestro interior: eso que nos impulsa hacia lo nuevo, y nunca acaba de saciarse. Seamos humildes, a pesar de lo que hemos avanzado durante los cursos pasados, pues esto no significa que hayamos llegado a nada definitivo. No, lo que hayamos avanzado –sea más o menos– debe desembocar siempre en esta afirmación: todo lo que sé, me empuja a continuar avanzando para seguir sabiendo. Todo lo que sé nunca me puede empujar a dejar de estudiar o a dejar de... sino a continuar avanzando. Ser cristiano consiste en caminar hacia lo nuevo, constante, interminable e incansablemente.

Urs Von Balthasar, catedrático en Basilea durante toda su vida y, junto con Rahner, uno de los dos pilares de la teología del s. XX, después de todo lo que escribió y cuando sintió que ya había llegado su hora se dedicó a escribir lo que tituló: “Si no os hacéis como este niño”. Libro que nos dejó como herencia y que es justamente lo que propone el Evangelio, como condición para entrar en la eternidad: “Si no os hacéis como este niño, no entraréis...”. ¡El niño es un ser nuevo, en él nace lo nuevo!

También es aconsejable “Un nuevo estilo de vida”, libro de otro gran teólogo, esta vez protestante, Jürgens Moltmann. Fíjense otra vez en la palabra "nuevo". En este curso trataremos de descubrir que, en el cristianismo casi todo es nuevo. ¡Cristo es el hombre nuevo! Todo aquello que toca Cristo lo hace nuevo, pues Cristo llega para romper cadenas y liberar al hombre de todo lo que sea viejo; y por tanto, como decía San Agustín, ahora podemos empezar a cantar un cántico nuevo: "Estos son los primeros liberados de la Creación". Lo de cantar tiene mucha importancia, y con esto nos metemos ya plenamente en el tema.
J. Moltmann dice: ... “para hablar de la novedad de lo cristiano hay que tener mucho cuidado, porque lo nuevo siempre es un cántico, una alegría y un juego”. Juguemos ahora con estas palabras y así nos entenderemos bien.  Pongamos: “nuevo”, “libertad”, “alegría”, “juego”... y recordemos que de esto vamos a hablar durante todo el curso.  Al hablar de lo nuevo en el cristianismo, de que lo nuevo no se puede decir (pues los inventos del año 3.000 no tienen nombre todavía, aunque lo tendrán cuando lleguen) y que para esto no basta con saber mucha teología, Moltmann nos dirige certeramente hacia la libertad, la alegría y el juego.
 Pues bien, si el cristianismo es una novedad está claro que nunca tendremos palabras para decirlo del todo; que lo tendremos que ir diciendo con el tiempo y a lo largo de la historia.

Para hablar de la novedad del cristianismo no basta con saber en qué consiste ser cristiano, se necesita ser nuevo. Para hablar de lo viejo basta con un teólogo muy sabio, pero para hablar de lo nuevo ha de ser nuevo el que habla: ¿lo somos? Y para hablar de la alegría no es bueno hablar con muchas palabras teológicas, pues lo que se necesita sobre todo es estar alegre; porque la alegría no se comunica hablando sino contagiándola, cuando se está alegre. ¿Y cómo vamos a hablar de alegría, si no estamos alegres? ¿Y cómo vamos a hablar de libertad, si no somos libres? ¿Y cómo vamos a hablar del juego, si no sabemos jugar como niños? Esto es lo que dice Urs Von Balthasar en su último libro. Es decir, se impone un método nuevo. Por eso se procurará, a lo largo del curso, exponer los conceptos con palabras densas y simbólicas: se irán arrojando símbolos, para que cada uno los interprete en su justa dimensión. Y de la misma forma que para conocer el efecto del buen vino no acudimos nunca a la lectura de su definición,  por muy buena que pueda ser nuestra definición de Dios no embelesará a nadie; en cambio, cuando Dios llega a nosotros nos embelesa sin decir una sola palabra: esto es lo que estamos queriendo decir. Por tanto, este curso no será un curso de palabras sino de símbolos que hablen;  con lo que, será  el lector el que los tenga que interpretar.

Empecemos ya con el primer ejemplo del curso, y de la reflexión de hoy. Para ello tomemos la palabra “Dios” y  traduzcámosla como “Cristo”,  porque Cristo es Dios.  Supongamos ahora que Cristo se nos presenta en persona o que nosotros nos vamos allí –2.000 años atrás– y nos colocamos junto a él. Cristo grande y yo pequeño –por humildad y porque en la iconografía siempre son de mayor tamaño los santos–; nosotros pequeños, allí, y mirándole. Este es el escenario esencial para nuestro curso: hemos topado con una persona, con Cristo, y no con una palabra ni con un concepto. La persona de Jesús nos interpela siempre, mientras que una columna de iglesia no interpela nunca; tampoco un coche ni una estrella, pero una persona sí. Una persona, cuando se acerca mucho y nos invade el territorio, nos obliga siempre a responder; bien con un beso, o con una bofetada.
¡La persona interpela siempre! Ante una persona es imposible la indiferencia. Por eso, nos parece coherente que Dios, cuando quiso hablarnos –es decir presentársenos como una palabra viva, que sonara en todo el universo–, se presentase como una “persona divina con realidad y naturaleza humana perfectas”: Este es Cristo. Cuando yo quiero toparme con Cristo, ¿qué es lo primero que veo? Un hombre. Este es mi primer nivel de percepción de Cristo, y este es el método para el curso. No lo olvidemos. Por eso hay que insistir: Las palabras no interpelan, y las personas sí. Por tanto, las palabras que aquí se lean son solo un primer y mínimo nivel de percepción. Lo que realmente se tiene que hacer, si no se quiere perder el tiempo, es un esfuerzo por asimilar lo que aquí se diga a la manera de cada uno. Sí, ¡a su manera! El cristianismo está en crisis porque está masificado y somos demasiado iguales. Somos demasiados los que vamos a misa en masa, los que sufrimos en masa, y casi ninguno ponemos de nuestra parte algo propio y personal. Cada uno deberíamos poner en común nuestra propia personalidad, nuestra gota intraducible. Nos falta riqueza individual, estamos aborregados, y así no se puede seguir; porque ni como personas ni como cristianos podemos quedarnos en ser números: persona y cristiano      –que es lo mismo– se puede conjugar perfectamente como verbo de movimiento, pero no conjugamos.

Para resumir, hemos dicho que para topar con Cristo lo primero que vemos es un hombre y con él una interpelación; y a la inversa, que al sentirnos interpelados por algo deducimos tener delante un hombre y en su cogollo a Cristo: a diferencia de si veo unas gafas, que las veo y ahí queda todo.

Las personas irradian siempre algo. Ante una persona, sobre todo si es muy irradiante, lo que percibo –intuyo– sobrepasa lo que pretendía o esperaba ver de ella; pues me encuentro ante una realidad humana que, si resonamos como toca, me solicita y acoge a la vez: apenas llego a ella y ya me capta      –como si me tendiese sus manos–, tirando de mí e introduciéndome en su humanidad. ¿Y cuando llego a toparme con Cristo, y me quedo... ante él? ¿sólo me pasa, lo que pasa con un hombre? ¡No, me pasa algo más! Y ese algo más consiste en que, siento cómo tira de mí para llevarme hacia... ¿hacia él? No, para llevarme hacia mí mismo, mi cogollo, para que entre dentro de mi propia realidad; para llevarme hacia lo que yo estoy buscando, hacia lo que me hechiza de él y que está dentro de mí: el Hombre Nuevo