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domingo, 12 de agosto de 2018

La conmovedora carta que un anciano abandonado en un asilo dejó al morir

La conmovedora carta que un anciano abandonado en un asilo dejó al morir

manos de un anciano tomando un baston

Uno de sus enfermero encontró una hoja doblada por el anciano, la leyó y decidió enseñársela a sus colegas que compartir la lección

 
Es una historia que encontramos al navegar por la red, es la historia de un anciano que, como mucho otros, terminó su vida en un asilo, olvidado por todos, comenzando por su familia que lamentablemente lo visitaba raramente.
Es la historia de Mak Filiser que una mañana, en su soledad, volvió a la casa del Padre, y mientras los enfermeros que lo cuidaban, quizá con benevolencia pero también con mucha superficialidad, encontraron una hoja doblada. Uno de ellos, tras leerlo decidió enseñársela a los colegas, como advertencia, como lección para encontrar tiempo de cuidar no sólo el cuerpo, sino el espíritu de las personas que están a su cargo
La hoja era una poesía con el título: "escorbútico viejo"
¿Qué ves enfermero? ¿Qué ves? ¿Qué estás pensando… cuando me miras?
¿Ves un hombre viejo, irritable… no muy sabio, con hábitos inciertos… con ojos lejanos? Que regatea con la comida…y no responde, cuando dices en voz alta…¡espero que la pruebes! ¿Y que pierde un calcetín… o lo zapatos? Que a veces resistiendo y a veces no… te permite hacerlo a tu manera, bañarse y comer… ¿así para llenar el largo día?
¿Es esto que estás pensando? ¿Es esto que ves?
Abre los ojos enfermero… no me estás mirando a mí. Acepté el regalo de nacer… y comí según su agrado
He sido un niño de 10 años… con un padre y una madre, hermanos y hermanas… que se amaban.
Un joven de dieciséis años… con las alas a los pies soñaba que pronto… encontraría a una mujer para amar.
Fui un esposo de veinte años… con el corazón que se me salía por el pecho.
A los veinticinco años… tuve junto a mí a mi esposa que necesitaba de mí para seguir adelante… y tuve una casa y era realmente feliz.
Un hombre de treinta años… mis hijos crecieron rápidamente, unidos entre ellos… con una relación que debería durar.
A los cuarenta años, mis jóvenes hijos… crecieron y siguieron sus caminos, pero mi mujer se quedó junto a mí… para ver que todo fuera bien.
A los cincuenta años, una vez más… los niños jugaban sentados en mis piernas, y luego me llegaron los días oscuros, mi mujer murió.
Miraba el futuro…y sentía escalofríos de terror.
Y crecieron mis hijos…y también sus hijos. Y hoy pienso en los años transcurridos… y al amor que conocí.
Ahora son un hombre viejo.. y la naturaleza ha sido cruel
Es una burla la vejez… te miran todos como si fueras un imbécil.
El cuerpo se deshace… la gracia y la fuerza, desaparecen.
Pero dentro de esta carcasa vive aún un joven, y de vez en cuando… mi corazón se inflama y me vuelvo incierto.
Recuerdo las alegrías… recuerdo el dolor. Y estoy amando y viviendo… la vida de nuevo.
Pienso en los años, que siempre son muy pocos… y que pasaron rápidamente.
Y aceptar el hecho desnudo y crudo… que nada puede durar.
Por lo tanto, gente abran los ojos… abran y vean. No ven un nuevo viejo e irritable. Miren más de cerca… ¡me ven…a mí!
No abandonemos a nuestros ancianos, no los dejemos en la soledad que a menudo la vejez obliga a sufrir.
Recordemos que son personas, con una vivencia, una sabiduría, una historia que contar…
Publicado originalmente en: Aleteia español, autor: Aleteia

viernes, 6 de mayo de 2016

Empatía: Sentir con los demás

Empatía: Sentir con los demás
Para vivir la caridad hay que comenzar reconociendo en el otro a alguien digno de consideración, y ponerse en sus circunstancias


Por: Javier Laínez | Fuente: Almudi/ opusdei 



Todos hemos experimentado que, en muchas ocasiones, para asimilar bien lo que sucede a nuestro alrededor, no basta con que se nos transmitan simplemente unos datos objetivos. Por ejemplo, si alguien interpreta una pieza musical para unos amigos, esperará ver cómo los demás pasan un rato agradable al oír la misma melodía que a él apasiona. En cambio, si los amigos se limitaran a decir que la ejecución ha sido correcta, pero sin mostrar el menor entusiasmo, entonces seguramente vendría el desánimo, junto a la sensación de que en realidad no se posee talento.
Cuántos problemas se evitarían si procuráramos entender mejor lo que sucede en el interior de los demás, sus expectativas e ideales. «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”»[1]. Para vivir la caridad hay que comenzar reconociendo en el otro a alguien digno de consideración, y ponerse en sus circunstancias. Hoy se suele hablar de empatía para referirse a la cualidad que facilita meterse en el lugar de los demás, hacerse cargo de su situación y ponderar sus sentimientos. Unida a la caridad, esta actitud contribuye a fomentar la comunión, la unión de corazones, como escribe san Pedro: «tened todos el mismo pensar y el mismo sentir»[2].
Aprender de Cristo
Desde el principio, los discípulos experimentaron la sensibilidad del Señor: su capacidad de ponerse en el sitio de los demás, su delicada comprensión de lo que sucedía en el interior del corazón humano, su finura para percibir el dolor ajeno. Al llegar a Naím, sin que medie palabra, se hace cargo del drama de la mujer viuda que ha perdido a su hijo único[3]; al escuchar la súplica de Jairo y el rumor de las plañideras, sabe consolar a uno y apaciguar al resto[4]; es consciente de las necesidades de quienes le siguen y se preocupa si no tienen qué comer[5]; llora con el llanto de Marta y María ante la tumba de Lázaro[6] y se indigna ante la dureza de corazón de los suyos cuando quieren que baje fuego del cielo para quemar la aldea de los samaritanos que no les han recibido[7].
Con su vida, Jesús nos enseña a ver a los demás de un modo distinto, compartiendo sus afectos, acompañándolos en ilusiones y desencantos. Aprendemos de Él a interesarnos por el estado interior de quienes nos rodean, y con la ayuda de la gracia superamos progresivamente los defectos que lo impiden, como la distracción, la impulsividad o la frialdad. No hay excusa para cejar en este empeño. «No pensemos que valdrá de algo nuestra aparente virtud de santos, si no va unida a las corrientes virtudes de cristianos. −Esto sería adornarse con espléndidas joyas sobre los paños menores»[8]. La cercanía con el Corazón del Señor ayudará a moldear el nuestro de manera que nos llenemos de los sentimientos de Cristo Jesús.


Caridad, afabilidad y empatía
«La caridad de Cristo no es sólo un buen sentimiento en relación al prójimo; no se para en el gusto por la filantropía. La caridad, infundida por Dios en el alma, transforma desde dentro la inteligencia y la voluntad: fundamenta sobrenaturalmente la amistad y la alegría de obrar el bien»[9]. Es hermoso descubrir cómo los apóstoles, al calor de su relación con el Señor, van apaciguando sus temperamentos, muy variados, que en ocasiones les han llevado a manifestarse poco compasivos frente a otras personas. Juan, tan vehemente que con su hermano Santiago mereció el sobrenombre de hijo del trueno, más tarde se llenará de mansedumbre e insistirá en la necesidad de abrirse al prójimo, de entregarse a los demás como lo hizo el mismo Cristo: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos»[10]. También san Pedro, que antes se había mostrado duro ante los adversarios de Jesús, se dirige al pueblo en el Templo buscando su conversión, pero con palabras exentas de cualquier rastro de amargura: «Hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. (…) Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, de modo que vengan del Señor los tiempos de la consolación»[11].
Otro ejemplo nos lo ofrece san Pablo, que tras haber sido un terrible azote para los cristianos, se convierte y pone al servicio del Evangelio su genio y su genio: su mente clara y su carácter fuerte. En Atenas, aunque su espíritu bulle de indignación ante la presencia de tantos ídolos, procura empatizar con sus habitantes. Cuando tiene ocasión de dirigirse a ellos en el Areópago, en lugar de echarles en cara su paganismo y depravación de costumbres, apela a su hambre de Dios: «Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, porque al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: “Al Dios desconocido”. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer»[12]. En esta actitud que sabe comprender y motivar se descubren los rasgos sobresalientes de una inteligencia que integra y modula sus emociones. También se manifiesta la genialidad de una persona que se hace cargo de la situación de los demás: escoge un aspecto de su sensibilidad, por más pequeño que parezca, para sintonizar con los oyentes, captar su interés y llevarlos hacia la verdad plena.
Caminos para amar la verdad
Al tratar de ayudar a los demás, la caridad y la mansedumbre nos guiarán hacia las razones del corazón, que suelen abrir las puertas del alma con mayor facilidad que una argumentación fría o distante. El amor de Dios nos impulsará a conservar un estilo afable, que muestre lo atractivo que es la vida cristiana: «La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre»[13]. Sabremos descubrir lo positivo de cada persona, pues amar la verdad implica reconocer las huellas de Dios en los corazones, por más desfiguradas que parezcan estar.
La caridad hace que, en el trato con amigos, colegas de trabajo, familiares, el cristiano se muestre comprensivo con quienes están desorientados, a veces porque no han tenido la oportunidad de recibir una buena formación en la fe, o porque no han visto un ejemplo encarnado del auténtico mensaje del Evangelio. Se mantiene, así, una disposición de empatía también cuando los otros están equivocados: «No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»[14]. Hemos de decir la verdad con una paciencia constante −«veritatem facientes in caritate»[15]−, sabiendo estar al lado de quien quizá está confundido, pero que con un poco de tiempo se podrá abrir a la acción de la gracia. Esta actitud consiste muchas veces, como señala el Papa Francisco, en «detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad»[16].
Apostolado y comunión de sentimientos
Algunos podrían intentar reducir la empatía a una simple estrategia, como si fuera una de esas técnicas que proponen un producto al consumidor de tal modo que tiene la sensación de que eso era justo lo que estaba buscando. Aunque lo anterior pueda ser válido en ámbito comercial, las relaciones interpersonales siguen otra lógica. La auténtica empatía implica sinceridad y es incompatible con una conducta impostada, que esconde los propios intereses.
Esta sinceridad es fundamental cuando buscamos dar a conocer el Señor a las personas con las que convivimos. Haciendo propios los sentimientos de quienes Dios ha puesto a nuestro lado en el camino, tenemos la finura de caridad de alegrarnos con cada uno de ellos y de sufrir con cada uno también. «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo, sin que yo me abrase de dolor?»[17] ¡Cuánto afecto sincero se descubre en esta cariñosa alusión de san Pablo a los cristianos de Corinto! Es más fácil que la verdad se abra paso a través de este modo de compartir sentimientos, porque se establece una corriente de afectos −de afabilidad− que potencia la comunicación. El alma se vuelve así más receptiva a lo que escucha, especialmente si se trata de un comentario constructivo que la anima a mejorar en su vida espiritual.
«Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores»[18]. Cuando la escucha es atenta, nos implicamos en la realidad de los demás. Buscamos ayudar al otro a discernir cuál es el paso que el Señor le pide dar en ese momento específico. Es en el momento en que el interlocutor percibe que su situación, opiniones y sentimientos son respetados −es más, asumidos por quien le escucha− cuando abre los ojos del alma para contemplar el resplandor de la verdad, la amabilidad de la virtud.
En contraste, la indiferencia ante los demás es una grave enfermedad para el alma apostólica. No cabe ser distantes con quienes nos rodean: «Esas personas, a las que resultas antipático, dejarán de opinar así, cuando se den cuenta de que “de verdad” les quieres. De ti depende»[19]. La palabra comprensiva, los detalles de servicio, la conversación amable, reflejan un interés sincero por el bien de aquellas personas con las que convivimos. Sabremos hacernos querer, abriendo las puertas de una amistad que comparte la maravilla del trato con el Señor.
Animar a caminar
Señala el Papa Francisco que «un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio»[20]. Al hacernos cargo de las debilidades de los demás, sabremos también animar a no ceder al conformismo, a ampliar sus horizontes para que sigan aspirando a la meta de la santidad.
Al obrar de este modo, seguiremos el ejemplo de profunda comprensión y amable exigencia que nos ha dejado Nuestro Señor. Cuando, en la tarde del día de la Resurrección, camina al lado de los discípulos de Emaús, les pregunta: «¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?»[21], y deja que se desahoguen, manifestando la desilusión que oprimía sus corazones y la dificultad que tenían para creer que Jesús había realmente vuelto a la vida, como atestiguaban las santas mujeres. Solo entonces el Señor toma la palabra y les explica cómo «era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria»[22].
¿Cómo habría sido la conversación de Jesús, de qué modo habría sabido responder a las inquietudes de los discípulos de Emaús, que al final le dicen: «Quédate con nosotros»[23]? Y eso, a pesar de que al inicio les reprocha su incapacidad de comprender lo que habían anunciado los Profetas[24]. Quizá sería el tono de voz, la mirada cariñosa, lo que haría que estos personajes se supieran acogidos pero, al mismo tiempo, invitados a cambiar. Con la gracia del Señor, también nuestro trato reflejará el aprecio por cada persona, el conocimiento de su mundo interior, que impulsa a caminar en la vida cristiana.
Notas
[1] San Josemaría, Camino, n. 463.
[2] 1 Pe 3, 8.
[3] Lc 7, 11-17.
[4] Cfr. Lc 8, 40-56; Mt 9, 18-26.
[5] Cfr. Mt 15, 32.
[6] Cfr. Jn 11, 35.
[7] Cfr. Lc 9, 51-56.
[8] Camino, n. 409.
[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 71.
[10] Jn 3, 16.
[11] Hch 3, 17. 19-20.
[12] Hch 17, 23.
[13] Camino, n. 657.
[14] San Josemaría, Conversaciones, n. 44.
[15] Ef 4, 15 (Vg).
[16] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 46.
[17] 2 Cor 11, 29.
[18] Francisco, Evangelii gaudium, n. 171.
[19] San Josemaría, Surco, n. 734.
[20] Francisco, Evangelii gaudium, n. 171.
[21] Lc 24, 17.
[22] Lc 24, 26.
[23] Lc 24, 29.
[24] Cfr. Lc 24, 25.

jueves, 29 de octubre de 2015

¿Es posible ser feliz en el sufrimiento? (Reflexión)

¿Es posible ser feliz en el sufrimiento?
La única manera de darle sentido y una respuesta a nuestro dolor y sufrimiento es el camino de Cristo.


Por: Pablo Augusto Perazzo | Fuente: CEC 




«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1, 23-24). Ese es nuestro camino de salvación. Ese es el camino del cristiano. Jesús nunca ha dicho que ser cristiano es algo fácil: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23).
Muchas veces la cruz se hace demasiado pesada, y pareciera que no la podemos cargar. Por eso Jesús, conociendo mejor que nadie nuestra debilidad, también dice en otro pasaje:
«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».(Mt 11, 28-30) La única manera de darle sentido y una respuesta a nuestro dolor y sufrimiento es el camino de Cristo.
Muchas veces tenemos que acompañar personas en momentos de tribulación, de dolor, de sufrimiento… la verdad es que son pocas las palabras con las que se puede consolar alguien que está sufriendo la muerte de un ser querido; acompañando la enfermedad de un hijo; los problemas graves de un familiar; las injusticias a causa de enemigos; la pobreza de madres que no tienen con que dar de comer a sus hijos; los padres que tienen que lidiar con los distintos problemas de la familia; o, simplemente, situaciones difíciles que se presentan a diario, y requieren un sacrificio y esfuerzo especial de nuestra parte.
La verdad es que si nos quedamos en plano simplemente “horizontal”; es decir, si miramos esas situaciones solamente desde los “ojos del mundo”, es imposible darle sentido; darle una respuesta; darle un sentido a todas esas situaciones. ¿Qué sentido tiene sufrir? Solamente Dios puede darnos sentido. Solamente Cristo, que vivió en su propia carne el sufrimiento, puede entendernos y compadecerse de nosotros. La cruz, por lo tanto, en Cristo, cobra un sentido divino, un camino de salvación. Es, por lo tanto, un camino lleno de sentido. Que nos puede llevar a la felicidad.
Muchos huyen del dolor y del sufrimiento. Es comprensible. Pero hacer eso, en el fondo, es huir de la propia vida. Pues nuestra vida siempre tiene una cuota de sufrimiento, de dolor; siempre implica cargar una cruz. Cada uno tiene su Cruz. No significa que busquemos el sufrimiento, pero la vida por sí misma porta una dimensión de dolor. ¿Quién no tiene problemas en la vida?

Volvamos nuestra mirada a Cristo. Él asume el dolor, asume el sufrimiento de la Cruz, de manera voluntaria. «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (2Fil 6-8). Es decir, descubre que es en ese camino, permitido por el Padre, que cumple su Misión. Libremente opta por asumir el dolor y el sufrimiento en su vida. No se trata de buscar el sufrimiento, pero si Dios lo permite en nuestras vidas, por algo será. Normalmente no sabemos el porqué, pero Dios tiene un Plan para cada uno de nosotros. ¡Cuántas cosas aprendemos! ¡Cuánto crecemos y maduramos como personas, cuando aceptamos el sufrimiento en nuestras vidas!
Una clave espiritual fundamental es aprender a sufrir junto con Jesús. Comprender nuestro dolor a través de Cristo, quien le dio sentido salvífico a todo sufrimiento. De esa manera, sufrimos junto con Jesús. Nos conformamos más a Jesús. Por lo tanto, al participar de su dolor, nos estamos haciendo otros Cristos. Así nos santificamos, y por lo tanto somos cada vez más felices. Sólo quien cree en Cristo puede entender el dolor y el sufrimiento de esta manera. Cómo decíamos al comienzo, es “locura para los griegos y necedad para los judíos”.
«Si de verdad queremos que estas reflexiones se concreten en un consuelo real y fuente de paz, es imprescindible cumplir con una condición: vivirlo todo en la fe, que quiere decir que el cristiano que sufre debe unirse conscientemente al Cristo doliente, debe acompañarlo cargando con paz su propia cruz a la de Cristo, que sube al Calvario llevando con amor la suya, debe no sólo aguantar el dolor con resignación sino asumirlo amorosamente, de forma consciente y voluntaria, sabiendo que de esta manera su sufrimiento, igual que el de Jesús, se torna, fecundo y creador, en fuente de vida y redención» (Ignacio Larrañaga, El arte de ser feliz, Paulinas 2012, p.120).