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lunes, 2 de diciembre de 2019

El Papa pide a la comunidad congoleña una “economía al servicio de la paz” 01122019


Misa Comunidad Congoleña © Vatican Media

El Papa pide a la comunidad congoleña una “economía al servicio de la paz”

Misa en la Basílica Vaticana

(ZENIT .- 1 diciembre 2019).- El Papa Francisco llama, particularmente a la República Democrática del Congo (RDC), a una economía al servicio de la paz, en su homilía para la misa del primer domingo de Adviento, que dura cuatro semanas y se prepara para la Navidad.
El Papa Francisco, aún resfriado, presidió la misa en el rito zaireño, este domingo 1 de diciembre de 2019, en el altar de la “Silla de San Pedro” de la Basílica del Vaticano, con motivo del jubileo de plata del la capellanía congoleña de Roma y la beatificación (24 de abril de 1994) del beato Isidoro Bakanja (1885 – 1909), y la fiesta de la beata Anuarita Marie-Clementine Nengapeta (1939-1964) beatificada el 15 de agosto de 1985, dos mártires. Se han incluido diferentes idiomas de la RDC en la misa.
El Papa ha pedido la paz en el este del país y una “economía” al servicio de la paz en el mundo: “pidamos en nombre de Dios-Amor y con la ayuda de las poblaciones vecinas, renunciar a las armas, con miras a un futuro donde los unos ya no estén en contra de los otros, sino donde los unos estén con los otros, y donde nos alejemos de una economía que utiliza la guerra por un economía que sirva a la paz!”
Lo reiteró en un tweet publicado después del Ángelus: “Hoy, rezamos por la paz en el Congo, seriamente amenazada en el este del país, donde se desata el conflicto, también alimentado desde el exterior, mientras que muchos callan”.
Precisamente había comenzado su homilía con la palabra “paz”, en idioma lingala: “Boboto”. La asamblea respondió con “fraternidad”, el Papa repitió “fraternidad”. La asamblea respondió: “alegría”.
Pero el Papa ha identificado otros males de la sociedad, incluido el consumismo: “El consumismo es un virus que ataca la fe desde la raíz, porque te hace creer que la vida depende únicamente de lo que haces, y así olvidas a Dios que viene a tu encuentro y que está a tu lado.
El Papa Francisco indica, después del diagnóstico, el remedio: “Hay que velar hoy: superar la tentación que hace creer que el significado de la vida reside en la acumulación; para desenmascarar la ilusión de que uno es feliz si tiene muchas cosas; resistir a las luces cegadoras del consumo que brillan durante este mes y creer que la oración y la caridad no son tiempo perdido, sino los mayores tesoros”.
Al final de la misa, la hermana Rita agradeció al Papa en nombre de toda la comunidad congoleña de Roma. Ella pidió paz en el país y que el Papa Francisco pudiera hacer un viaje a la RDC. En nombre de la comunidad, le ofreció al Papa una casulla bordada en blanco.
AB
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Homilía del Papa
En las lecturas de hoy hay un verbo, venir, que se encuentra tres veces en la primera lectura, mientras que el Evangelio, para concluir, afirma que “el Hijo del Hombre vendrá“. (Mt 24,44). Jesús viene: El Adviento nos recuerda esta certeza ya en su significado mismo, porque la palabra Adviento significa venida. El Señor viene: esta es la raíz de nuestra esperanza, la certeza de que en medio de las tribulaciones del mundo llega a nosotros el consuelo de Dios, un consuelo que no está hecho de palabras, sino de presencia, de la presencia del que viene entre nosotros.
El Señor viene; hoy, primer día del Año Litúrgico, este anuncio marca nuestro punto de partida: sabemos que más allá de cualquier acontecimiento favorable o contrario, el Señor no nos deja solos. Él vino hace dos mil años y vendrá de nuevo al final de los tiempos, pero viene también hoy a mi vida, a tu vida. Sí, esta vida nuestra, con todos sus problemas, sus angustias e incertidumbres, es visitada por el Señor. Esta es la fuente de nuestra alegría: el Señor no se ha cansado y nunca se cansará de nosotros, desea venir, desea visitarnos.
Hoy, el verbo venir no sólo tiene como sujeto a Dios, sino también a nosotros. Ciertamente, en la primera lectura de Isaías profetiza: “Acudirán pueblos numerosos. Ellos dirán: “¡Venid! subamos a la montaña del Señor” (2, 3). Mientras que el mal en la tierra viene del hecho de que cada uno sigue su propio camino sin los demás, el profeta ofrece una visión maravillosa: todos van juntos a la montaña del Señor. En la montaña, estaba el templo, la casa de Dios. Isaías nos transmite una invitación de Dios a su casa. Somos los invitados de Dios, y el que es invitado es esperado, deseado. “Vengan, dice Dios, porque en mi casa hay lugar para todos. Vengan, porque en mi corazón no hay un solo pueblo, sino todos los pueblos”.
Queridos hermanos y hermanas, han venido desde lejos. Han dejado sus hogares, sus seres queridos y sus cosas queridas. Cuando llegaron aquí, encontraron acogida juntos, dificultades e imprevistos. Pero para Dios, siempre son bienvenidos. Para el Señor, nunca somos extraños sino hijos esperados. Y la Iglesia es la casa de Dios: aquí por lo tanto siéntanse siempre en casa.  Aquí venimos para caminar juntos hacia el Señor y a realizar las palabras con las que termina la profecía de Isaías: “Vengan[…]! Caminemos a la luz de la Señor” (v. 5).
Pero a la luz del Señor se pueden preferir las tinieblas del mundo. Podemos responder “no” al Señor que viene, así como a su invitación a ir a su casa. A menudo, no se trata de un “no” directo, insolente, sino supeditado. Este es el “no” del que Jesús nos advierte en el Evangelio, exhortándonos a no hacer como “en los tiempos de Noé” (Mt 24,37). ¿Qué pasó en los tiempos de Noé? Sucedió que, mientras algo nuevo e impresionante estaba a punto de llegar, nadie le prestaba atención, porque todos pensaban sólo en comer y beber (cf. v.38).  En otras palabras, todos redujeron la vida a sus propias necesidades, se contentaron con una vida plana, horizontal, sin impulso. No había ninguna expectativa de nadie, sólo la pretensión de tener algo para sí mismo, para consumir. La espera del Señor que viene, espera y no pretensión de tener algo para consumir, y esto es el consumismo.
Queridos hermanos y hermanas, el consumismo es un virus que ataca la fe desde sus raíces,  porque te hace creer que la vida solo depende de lo que tienes, y así te olvidas de Dios que viene a tu encuentro y de los que te rodean. El Señor viene, pero tú más bien sigues tus apetitos; el hermano llama a tu puerta, pero te molesta, esta es la actitud, ¿no? egoísta del consumismo. El hermano llama a tu puerta, pero te molesta porque perturba tus planes. En el Evangelio, cuando Jesús señala los peligros de la fe, no se preocupa de los enemigos poderosos, de las hostilidades y persecuciones. Todo esto ha existido, existe y existirá, pero no debilita la fe. El peligro real es más bien lo que anestesia el corazón: es depender de los consumos, es dejar que las necesidades disminuyan y disipen el corazón (cf. Lc 21),34). Entonces vivimos las cosas y ya no sabemos para qué cosas; tenemos muchos bienes pero ya no se hace el bien; las casas están llenas de cosas pero vacías de niños; este es el drama de hoy, casas llenas de cosas pero vacias de hijos, el invierno demográfico que estamos sufriendo,  el tiempo se pierde en pasatiempos, pero ya no tenemos tiempo para Dios y los demás. Y cuando vives para las cosas, nunca son suficientes, la avaricia crece y los otros se convierten en obstáculos en la carrera y así, uno termina sintiéndose amenazado y, siempre insatisfecho y enojado; el odio está ganando terreno. Lo vemos hoy allí donde reina el consumismo, cuanta violencia y cuanta rabia para buscar un enemigo a toda costa! Así que, mientras el mundo está lleno de armas que causan la muerte, no nos damos cuenta de que seguimos armando nuestros corazones de ira.
Jesús quiere despertarnos de todo esto. Para ello utiliza un verbo: “Velen” “estén atentos” (Mt 24, 42). La vigilia era el trabajo del centinela, que vigilaba y se mantenía despierto mientras todos los demás dormían. Permanecer despierto es resistir el sueño que nos envuelve a todos. Para poder mantenerte despierto, necesitas tener una esperanza cierta: que la noche no dura para siempre, que pronto amanecerá. Lo mismo es cierto por la misma razón para nosotros: Dios viene y su luz iluminará hasta las tinieblas más espesas. Pero hoy a nosotros nos toca  vigilar: para superar la tentación que nos lleva a creer que el sentido de la vida reside en acumular, es una tentación, el sentido de la vida no es acumular, a nosotros nos toca desenmascarar el engaño de que uno es feliz si tiene tantas cosas; resistir a las luces deslumbrantes del consumismo que brillarán por todas partes en este mes y creer que la oración y la caridad no es una pérdida de tiempo, sino los mayores tesoros.
Cuando abrimos nuestro corazón al Señor y a nuestros hermanos, viene el precioso bien que las cosas no podrán darnos jamás y que Isaías anuncia en la primera lectura, y ¿cuál es uno de los bienes más preciosos? ¡la paz!: “De sus espadas, forjarán rejas de arado, y hoces con sus lanzas. Ninguna nación contra otra nación levantará jamás la espada; ya no se ejercitarán más en la guerra” (Is 2, 4). Estas son palabras que también nos hacen pensar en su patria. Hoy, oramos por la paz, que está seriamente amenazada en el este del país, especialmente en los territorios de Béni y Minembwe, donde los conflictos se agudizan, también alimentados por afuera, en el silencio cómplice de muchos, conflictos alimentados por aquellos que se enriquecen vendiendo las armas.
Hoy, recuerden a una bellísima figura, la Beata María Clementina Anuarite Nengapeta, violentamente asesinada, no sin haberle dicho a su verdugo, como Jesús: “Te perdono, porque no sabes lo que haces. Por su intercesión, pidámosle en nombre del Dios-Amor, y con la ayuda de las poblaciones vecinas, la renuncia a las armas, por un futuro en el que uno ya no está en contra del otro, sino donde uno está con el otro, y nos convirtamos de una economía que usa la guerra a una economía que sirva a la paz! Quien tenga oídos para entender, entienda, quien tenga corazón para consentir, consienta.
© Librería Editorial Vaticano

lunes, 18 de noviembre de 2019

Misa por la III Jornada Mundial de los Pobres: “Yo cristiano, ¿tengo un amigo pobre?” 17112019

Jornada Mundial De Los Pobres © Vatican Media

III Jornada Mundial de los Pobres: “Yo cristiano, ¿tengo un amigo pobre?”

Homilía del Papa
(ZENIT – 17 noviembre 2019).- “Los pobres nos facilitan el acceso al cielo”, son “los porteros del cielo”, porque han encontrado “la riqueza que nunca envejece, la que conecta la tierra y el cielo y por la cual realmente vale la pena vivir”; el amor “, dijo el Papa Francisco en la celebración de la misa por la III Jornada Mundial de los Pobres, este 17 de noviembre de 2019.
En esta celebración internacional en la Basílica de San Pedro, el Papa estaba rodeado de personas necesitadas.
En un momento en que “la codicia de un pequeño número aumenta la pobreza de muchos”, advirtió el Papa en su homilía contra la tentación del “ahora mismo“, que “no proviene de Dios “. Y de dar el antídoto: perseverancia, “perseverar en el bien, no perder de vista lo que importa”.
También se refirió a la “tentación del yo“: “El cristiano, como no busca el ahora mismo sino el siempre, no es un discípulo del yo , sino del tu. No sigue las sirenas de sus caprichos, sino la llamada del amor, la voz de Jesús”.
“La etiqueta de” cristiano “o” católico “no es suficiente para pertenecer a Jesús. Tienes que hablar el mismo idioma que Jesús, el lenguaje del  amor, el lenguaje del tu . El Papa insistió, invitando a los fieles a preguntarse: “¿Ayudo a una persona de la que no tendré nada que recibir? Yo, cristiano, ¿tengo al menos un amigo pobre?”.
AK
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Homilía del Papa Francisco
En el evangelio de hoy, Jesús sorprende a sus contemporáneos, y también a nosotros. En efecto, justo cuando se alababa el magnífico templo de Jerusalén, dice que «no quedará piedra sobre piedra» (Lc 21,6). ¿Por qué estas palabras hacia una institución tan sagrada, que no era sólo un edificio, sino un signo religioso único, una casa para Dios y para el pueblo creyente? ¿Por qué profetizar que la sólida certeza del pueblo de Dios se derrumbaría? ¿Por qué el Señor deja al final que
se desmoronen las certezas, cuando el mundo las necesita cada vez más?.
Buscamos respuestas en las palabras de Jesús. Él nos dice hoy que casi todo pasará. Casi todo, pero no todo. En este penúltimo domingo del Tiempo Ordinario, Él explica que lo que se derrumba, lo que pasa son las cosas penúltimas, no las últimas: el templo, no Dios; los reinos y los asuntos de la humanidad, no el hombre. Pasan las cosas penúltimas, que a menudo parecen definitivas, pero no lo son. Son realidades grandiosas, como nuestros templos, y espantosas, como terremotos, signos en
el cielo y guerras en la tierra (cf. vv. 10-11). A nosotros nos parecen hechos de primera página, pero el Señor los pone en segunda página. En la primera queda lo que no pasará jamás: el Dios vivo, infinitamente más grande que cada templo que le construimos, y el hombre, nuestro prójimo, que vale más que todas las crónicas del mundo. Entonces, para ayudarnos a comprender lo que importa en la vida, Jesús nos advierte acerca de dos tentaciones.
La primera es la tentación de la prisa, del ahora mismo. Para Jesús no hay que ir detrás de quien dice que el final está cerca, que «está llegando el tiempo» (v. 8). Es decir, que no hay que prestar atención a quien difunde alarmismos y alimenta el miedo del otro y del futuro, porque el miedo paraliza el corazón y la mente. Sin embargo, cuántas veces nos dejamos seducir por la prisa de querer saberlo todo y ahora mismo, por el cosquilleo de la curiosidad, por la última noticia llamativa o escandalosa, por las historias turbias, por los chillidos del que grita más fuerte y más enfadado, por quien dice “ahora o nunca”. Pero esta prisa, este todo y ahora mismo, no viene de Dios. Si nos afanamos por el ahora mismo, olvidamos al que permanece para siempre: seguimos las nubes que pasan y perdemos de vista el cielo. Atraídos por el último grito, no encontramos más tiempo para Dios y para el hermano que vive a nuestro lado. ¡Qué verdad es esta hoy! En el afán de correr, de conquistarlo todo y rápidamente, el que se queda atrás molesta y se considera como descarte. Cuántos ancianos, niños no nacidos, personas discapacitadas, pobres considerados inútiles. Se va de prisa, sin preocuparse que las distancias aumentan, que la codicia de pocos acrecienta la pobreza de muchos. Jesús, como antídoto a la prisa propone hoy a cada uno la perseverancia: «con vuestra
perseverancia salvaréis vuestras almas» (v. 19). Perseverancia es seguir adelante cada día con los ojos fijos en aquello que no pasa: el Señor y el prójimo. Por esto, la perseverancia es el don de Dios con que se conservan todos los otros dones (cf. SAN AGUSTÍN, De dono perseverantiae, 2,4). Pidamos por cada uno de nosotros y por nosotros como Iglesia para perseverar en el bien, para no perder de vista lo importante.
Hay un segundo engaño del que Jesús nos quiere alejar, cuando dice: «Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy” […]; no vayáis tras ellos» (v. 8). Es la tentación del yo. El cristiano, como no busca el ahora mismo sino el siempre, no es entonces un discípulo del yo, sino del tú. Es decir, no sigue las sirenas de sus caprichos, sino el reclamo del amor, la voz de Jesús. ¿Y cómo se distingue la voz de Jesús? “Muchos vendrán en mi nombre”, dice el Señor, pero no han de seguirse.
No basta la etiqueta “cristiano” o “católico” para ser de Jesús. Es necesario hablar la misma lengua de Jesús, la del amor, la lengua del tú. No habla la lengua de Jesús quien dice yo, sino quien sale del propio yo. Y, sin embargo, cuántas veces, aun al hacer el bien, reina la hipocresía del yo: hago lo correcto, pero para ser considerado bueno; doy, pero para recibir a cambio; ayudo, pero para atraer la amistad de esa persona importante. De este modo habla la lengua del yo. La Palabra de Dios, en
cambio, impulsa a un «amor no fingido» (Rm 12,9), a dar al que no tiene para devolvernos (cf. Lc 14,14), a servir sin buscar recompensas y contracambios (cf. Lc 6,35). Entonces podemos preguntarnos: ¿Ayudo a alguien de quien no podré recibir? Yo, cristiano, ¿tengo al menos un pobre como amigo?.
Los pobres son preciosos a los ojos de Dios porque no hablan la lengua del yo; no se sostienen solos, con las propias fuerzas, necesitan alguien que los lleve de la mano. Nos recuerdan que el Evangelio se vive así, como mendigos que tienden hacia Dios. La presencia de los pobres nos lleva al clima del Evangelio, donde son bienaventurados los pobres en el espíritu (cf. Mt 5,3). Entonces, más que sentir fastidio cuando oímos que golpean a nuestra puerta, podemos acoger su grito de auxilio como una llamada a salir de nuestro proprio yo, acogerlos con la misma mirada de amor que Dios tiene por ellos. ¡Qué hermoso sería si los pobres ocuparan en nuestro corazón el lugar que tienen en el corazón de Dios! Estando con los pobres, sirviendo a los pobres, aprendemos los gustos de Jesús, comprendemos qué es lo que permanece y qué es lo que pasa.
Volvemos así a las preguntas iniciales. Entre tantas cosas penúltimas, que pasan, el Señor quiere recordarnos hoy la última, que quedará para siempre. Es el amor, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y el pobre que pide mi amor me lleva directamente a Él. Los pobres nos facilitan el acceso al cielo; por eso el sentido de la fe del Pueblo de Dios los ha visto como los porteros del cielo., los conserjes del cielo. Ya desde ahora son nuestro tesoro, el tesoro de la Iglesia, porque nos revelan la riqueza que nunca envejece, la que une tierra y cielo, y por la cual verdaderamente vale la pena vivir: el amor.
© Editorial del Vaticano

martes, 5 de noviembre de 2019

Papa Francisco: “Quien es de Jesús vive en salida hacia Él” (Misa por los cardenales y obispos fallecidos) 04112019

Misa En Sufragio De Los Cardenales Y Obispos, 4 Nov. 2019 © Vatican Media

Papa Francisco: “Quien es de Jesús vive en salida hacia Él”

Misa por los cardenales y obispos fallecidos
(ZENIT – 4 nov. 2019).- “Para el que cree no hay término medio: no se puede ser de Jesús y girar sobre sí mismos. Quien es de Jesús vive en salida hacia Él”, indicó el Papa Francisco.
Hoy, 4 de noviembre de 2019, a las 11:30 h., el Santo Padre ha presidido la Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el año.
160 pastores difuntos
En total han sido 160 pastores de la Iglesia, de los que 13 son cardenales y 147 obispos o arzobispos.
De los 13 cardenales, 5 de ellos pertenecen a diócesis o jurisdicciones de Latinoamérica o de España, como el card. Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo emérito de Pamplona y Tudela (España); el card. José Manuel Estepa Laurens, arzobispo militar emérito de España; el card. Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo emérito de San Cristóbal de la Habana (Cuba); el card. Sergio Obeso Rivera, arzobispo emérito de Jalapa (México); y el card. José de Jesús Pimiento Rodríguez, arzobispo emérito de Manisales (Colombia).
Asimismo, de los 147 obispos y arzobispos, 54 formaban parte de jurisdicciones eclesiásticas de América Latina, España y Estados Unidos.
“Ir a Jesús”
El Papa comenzó su homilía declarando que “no hemos nacido para la muerte sino para la resurrección”, pues así lo recuerdan las lecturas del día y planteó: “¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar?”. Igualmente, a lo largo de la misma, planteó tres estímulos con vistas a la resurrección.
De este modo, remitiendo al Evangelio de Juan, Francisco expuso que la primera ayuda proviene de Jesús que manifestó: “Al que venga a mí no lo echaré afuera” (Jn 6,37) y remarcó esta invitación “ir a Jesús, el que vive, para vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine”.
Después, el Pontífice emitió una serie de preguntas que ayudan a concretarla, tales como “¿ (…) vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?”.
La vida, “toda una salida”
En este sentido, el Obispo de Roma remarcó también “la vida es toda una salida: del seno materno para venir a la luz, de la infancia para entrar en la adolescencia, de la adolescencia hacia la vida adulta y así sucesivamente, hasta la salida de este mundo”.
Así, al orar por los cardenales y obispos difuntos, “que han salido de esta vida para ir al encuentro del Resucitado”, el Papa remarcó que “la salida más importante y más difícil, que da sentido a todas las demás” es “la salida de nosotros mismos”: “Solo saliendo de nosotros mismos abrimos la puerta que conduce al Señor”.
Por ello, el Papa Francisco ha exhortado a pedir esta gracia: “Señor, deseo ir a Ti, a través de los caminos y de los compañeros de viaje de cada día. Ayúdame a salir de mi mismo, para ir a tu encuentro, tú que eres la vida”.
La piedad
Como segunda reflexión en torno a la resurrección, el Papa propone el “noble gesto” de piedad de Judas Macabeo en favor de los difuntos que aparece en la primera lectura, pues son los “sentimientos de piedad los que generan un magnífico premio”.
Asimismo, añadió que si, como recuerda san Pablo “la caridad jamás tendrá fin”, esta deber ser “el puente que conecta la tierra con el cielo” e instó a preguntarnos si estamos avanzando en este puente: “¿Me dejo conmover por la situación de alguno que está en necesidad? ¿Sé llorar por el que sufre? ¿Rezo por aquellos a los que nadie recuerda? ¿Ayudo a alguno que no tiene con qué devolverme el favor?”.
Y matizó que todo esto “no es buenismo, no es caridad trivial, son preguntas de vida, cuestiones de resurrección”.
Juzgar la vida “a partir del fin”
El “tercer estímulo en vista de la resurrección” es tomado por el Santo Padre de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, quien sugiere que antes de tomar una decisión importante, nos imaginemos ante Dios al final de los días.
“Esa es la cita que no se puede posponer, el punto de llegada de todos, de todos nosotros. Entonces, cada elección de vida afrontada en esa perspectiva está bien orientada, porque más cerca de la resurrección, que es el sentido y la finalidad de la vida”, describió.
Francisco agregó además que “puede ser un ejercicio útil para ver la realidad con los ojos del Señor y no solo con los nuestros; para tener una mirada proyectada hacia el futuro, hacia la resurrección, y no solo sobre el hoy que pasa; para tomar decisiones que tengan el sabor de la eternidad, el gusto del amor”.
Tres estímulos
En esta línea, propuso una serie de cuestiones: “¿Salgo de mí para ir cada día hacia el Señor? ¿Tengo sentimientos y gestos de piedad con los necesitados? ¿Tomo las decisiones importantes en la presencia de Dios?”.
Finalmente, el Papa recomendó que nos dejásemos “provocar al menos por uno de estos tres estímulos”, pues “estaremos más en sintonía con el deseo de Jesús en el Evangelio de hoy: no perder nada de lo que el Padre le ha dado. Entre las tantas voces del mundo que nos hacen perder el sentido de la existencia, sintonicemos con la voluntad de Jesús, resucitado y vivo: haremos del hoy que vivimos un amanecer de resurrección”.
A continuación exponemos la homilía completa del Papa Francisco.
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Homilía del Santo Padre
Las lecturas que hemos escuchado nos recuerdan que hemos venido al mundo para resucitar: no hemos nacido para la muerte, sino para la resurrección. Como escribe en la segunda lectura san Pablo, ya desde ahora «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) y, como dice Jesús en el Evangelio, resucitaremos en el último día (cf. Jn 6,40). Y es también la idea de la resurrección la que sugiere a Judas Macabeo en la primera lectura una obra de gran rectitud y nobleza (2M 12,43). También hoy nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar?
Una primera indicación nos la ofrece Jesús, que en el Evangelio de hoy dice: «Al que venga a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Esta es su invitación: «Venid a mí» (Mt 11,28). Ir a Jesús, el que vive, para vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine. Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica. Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con Él? ¿Y con las personas que he encontrado, he acudido a Jesús, las he llevado a Él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal? ¿En definitiva, vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?
La frase de Jesús es desconcertante: El que viene a mí no lo echaré afuera. Está afirmando la expulsión del cristiano que no va a Él. Para el que cree no hay término medio: no se puede ser de Jesús y girar sobre sí mismos. Quien es de Jesús vive en salida hacia Él.
La vida es toda una salida: del seno materno para venir a la luz, de la infancia para entrar en la adolescencia, de la adolescencia hacia la vida adulta y así sucesivamente, hasta la salida de este mundo. Hoy, mientras rezamos por nuestros hermanos Cardenales y Obispos, que han salido de esta vida para ir al encuentro del Resucitado, no podemos olvidar la salida más importante y más difícil, que da sentido a todas las demás: la de nosotros mismos. Sólo saliendo de nosotros mismos abrimos la puerta que lleva al Señor. Pidamos esa gracia: “Señor, deseo ir a Ti, a través de los caminos y de los compañeros de viaje de cada día. Ayúdame a salir de mi mismo, para ir a tu encuentro, tú que eres la vida”.
Quiera expresar una segunda idea, referida a la resurrección, tomada de la primera Lectura, del noble gesto realizado por Judas Macabeo por los difuntos. Allí está escrito que él lo hizo porque consideraba «que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio» (2M 12,45). Es decir, son los sentimientos de piedad los que generan un magnífico premio. La piedad hacia los demás abre de par en par las puertas de la eternidad. Inclinarse sobre los necesitados para servirlos es entrar en la antesala del paraíso. Si, como recuerda san Pablo, «la caridad no pasa nunca» (1 Co 13,8), entonces ella es precisamente el puente que une la tierra al cielo. Podemos así preguntarnos si estamos avanzando sobre este puente: ¿me dejo conmover por la situación de alguno que está en necesidad? ¿Sé llorar por el que sufre? ¿Rezo por aquellos a los que nadie recuerda? ¿Ayudo a alguno que no tiene con qué devolverme el favor? No es buenismo, no es caridad trivial, son preguntas de vida, cuestiones de resurrección.
Finalmente, un tercer estímulo en vista de la resurrección. Lo tomo de los Ejercicios Espirituales, en los que san Ignacio sugiere que, antes de tomar una decisión importante, hay que imaginarse en la presencia de Dios al final de los tiempos. Esa es la cita que no se puede posponer, el punto de llegada de todos, de todos nosotros. Entonces, cada elección de vida afrontada en esa perspectiva está bien orientada, porque más cerca de la resurrección, que es el sentido y la finalidad de la vida. Igual que el momento de salir se calcula por el lugar de llegada, igual que la semilla se juzga por la cosecha, así la vida se juzga bien a partir de su final, de su fin. San Ignacio escribe: «Considerando cómo me hallaré el día del juicio, pensar cómo entonces querría haber deliberado acerca la cosa presente; y la regla que entonces querría haber tenido, tomarla agora» (Ejercicios Espirituales, 187). Puede ser un ejercicio útil para ver la realidad con los ojos del Señor y no solo con los nuestros; para tener una mirada proyectada hacia el futuro, hacia la resurrección, y no sólo sobre el hoy que pasa; para tomar decisiones que tengan el sabor de la eternidad, el gusto del amor.
¿Salgo de mí para ir cada día hacia el Señor? ¿Tengo sentimientos y gestos de piedad con los necesitados? ¿Tomo las decisiones importantes en la presencia de Dios? Dejémonos provocar al menos por uno de estos tres estímulos. Estaremos más en sintonía con el deseo de Jesús en el Evangelio de hoy: no perder nada de cuanto el Padre le ha dado (cf. Jn 6,39). En medio de tantas voces del mundo que nos hacen perder el sentido de la existencia, sintonicémonos con la voluntad de Jesús, resucitado y vivo: haremos del momento presente un alba de resurrección.
© Librería Editorial Vaticana

lunes, 8 de julio de 2019

Migración: Ayudar a los más débiles y vulnerables, “misión de salvación y liberación” 08072019

Misa Por Los Migrantes, 8 Julio 2019 © Vatican Media

Migración: Ayudar a los más débiles y vulnerables, “misión de salvación y liberación”

Homilía del Santo Padre
(ZENIT – 8 julio 2019).- Francisco ha recordado que ayudar a los más débiles y vulnerables es un compromiso que no debemos ignorar si deseamos emprender la “misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar”.
Hoy, 8 de julio de 2019, en el VI aniversario de su visita a Lampedusa, el Papa Francisco ha celebrado una Misa por los migrantes y las personas que los ayudan cada día en todas partes del mundo, a las 11 horas, en la basílica de San Pedro.
Durante la homilía, el Santo Padre se ha referido a la Palabra de Dios, que nos habla de salvación y liberación.
Salvación
Para tratar el tema de la salvación, Francisco ha remitido al pasaje en el que Jacob tuvo un sueño. En él vio una escalera apoyada en la tierra cuya cima tocaba el cielo. Se trataba de una escalinata por la que los ángeles subían y bajaban y que representa la unión entre lo divino y lo humano, cumplida con la encarnación de Cristo.
En esta escalera, “es Dios quien ‘baja’, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia”.
Ante la revelación de su sueño, explica el Papa, Jacob se dirige confiado al Señor y le pide que le proteja en el viaje que le queda por recorrer, lo cual supone un momento relevante en la historia de la salvación al decirle “El Señor será mi Dios” (Gn 28,21).
Como una especie de eco de las palabras de Jacob, en el salmo de hoy se repite “Dios mío, confío en ti” y el Pontífice ha resaltado que en las situaciones de tribulación es “donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva”.
Liberación
La confianza total en esto último, continúa el Obispo de Roma, es la que une a la niña y a la mujer enferma del Evangelio, a las que Jesús les ofrece la “liberación de la enfermedad y la muerte”. Ambas representan a los “últimos” de la sociedad “que hay que amar y levantar” y por los que Jesús revela a los discípulos que es preciso tener una “opción preferencial”.
Así, en este aniversario de su visita a Lampedusa, el Papa Francisco se ha referido a estos “últimos” que hoy se vuelven hacia el Señor “pidiendo ser liberados de los males que los afligen”: “Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos”, subrayó.
Compromiso, esfuerzo y gracia
Y añadió “¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! ’No se trata sólo de migrantes’, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada”.
Volviendo al símbolo de la escalera de Job, el Santo Padre ha señalado que subir dichos escalones “requiere compromiso, esfuerzo y gracia” y ha confesado que le gusta pensar que “podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo”.
Por último, el Papa ha agradecido y valorado el “hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad” de aquellos migrantes que, aunque han llegado hace pocos meses, se encuentran ya ayudando a los hermanos y hermanas que arriban ahora en la misma situación.
A continuación exponemos la homilía completa del Papa Francisco.
***
Hoy la Palabra de Dios nos habla de salvación y liberación.
Salvación. Durante su viaje desde Berseba a Jarán, Jacob decide detenerse y descansar en un lugar solitario. Tuvo un sueño en el que vio una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo (cf. Gn 28,10-22). La escalera, por la que los ángeles de Dios subían y bajaban, representa la unión entre lo divino y lo humano, que se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo (cf. Jn1,51), una ofrenda amorosa de revelación y salvación por parte del Padre. La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien “baja”, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia.
Frente a esta revelación, Jacob realiza un acto de entrega al Señor, que se traduce en un compromiso de reconocimiento y adoración que marca un momento esencial en la historia de la salvación. Le pide al Señor que lo proteja en el difícil viaje que tendrá que proseguir y dice: «El Señor será mi Dios» (Gn 28,21).
Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: «Dios mío, confío en ti». Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva.
Y este confiar de modo total y extremo es lo que une al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma en el Evangelio (cf. Mt 9,18-26). Son episodios de liberación. Ambos se acercan a Jesús para obtener de él lo que ningún otro les puede dar: la liberación de la enfermedad y la muerte. Por una parte, tenemos a la hija de una de las autoridades de la ciudad; por otra, tenemos a una mujer que padece una enfermedad que la convierte en una excluida, una marginada, una persona impura. Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos “últimos” que hay que amar y levantar.
Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Son muchas las pobrezas de hoy; como escribió san Juan Pablo II, los «“pobres”, en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los “últimos” en la sociedad» (Exhort. ap. Vita consecrata, 82).
En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.
Aparece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob. En Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos. Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo.
Esta es, hermanos y hermanas, una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de vosotros, que habéis llegado hace tan sólo unos meses, ya estáis ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradeceros este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad.
 © Librería Editorial Vaticana

sábado, 25 de mayo de 2019

El “camino” de la Iglesia, según el Papa: “¡Las personas antes que los programas!” 23052019

© Vatican Media
© Vatican Media

El “camino” de la Iglesia, según el Papa: “¡Las personas antes que los programas!”

Homilía en la Asamblea de Caritas Internationalis
(ZENIT – 23 mayo 2019).- “Las personas antes que los programas”, este es el lema que dio el Papa Francisco a Caritas Internationalis: “con la mirada humilde de quien sabe buscar en otros la presencia de Dios, que no vive en la grandeza de lo que hacemos, sino en la pequeñez de los pobres que encontramos”.
El Santo Padre ha celebrado la Misa este jueves de la quinta semana de Pascua, el 23 de mayo de 2019, en el altar de la Cátedra de San Pedro de la Basílica Vaticana, con motivo de la inauguración de la 21ª Asamblea General de Caritas Internationalis sobre el tema: “Una sola familia humana, una casa común“, que está inspirada en la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco. La Asamblea tendrá lugar en Roma del 23 al 28 de mayo.
Evangelio, “nuestro programa de vida”
Contra “la tentación de la eficiencia, pensar que a la Iglesia le va bien si tiene todo bajo su control, si vive sin conmociones, con una agenda siempre en orden”, ha dicho el Pontífice, Jesús envía el Espíritu. Santo que “no viene trayendo el orden del día” sino que “viene como un fuego”. Y ha agregado: “La fe no es una hoja de ruta, sino un ‘Camino'”. Jesús mismo vivió “en el camino”. En una palabra, “nuestro programa de vida” es el Evangelio.
Francisco destacó “tres elementos esenciales para la Iglesia en el camino: la humildad de escuchar, el carisma de estar juntos y el valor de la renuncia”. La renuncia, porque “para seguir al Señor, tienes que caminar rápido y caminar rápido, tienes que aliviar, incluso si cuesta”. Y de manera similar, para anunciar “de manera transparente y creíble” que Dios es amor, el Papa explicó que “las convicciones y tradiciones humanas que son obstáculos en lugar de ayuda, pueden y deben dejarse atrás”.
Las intenciones de la oración universal se han expresado en español, inglés, francés e italiano: para obtener verdadera caridad, para gobernantes solidarios, para voluntarios, para los pobres.

domingo, 3 de febrero de 2019

Vida consagrada: obediencia a la ley y apertura al Espíritu 03022019


Misa de la presentación 2019 @ Vatican Media


Misa De La Presentación 2019 @ Vatican Media

Vida consagrada: obediencia a la ley y apertura al Espíritu

Homilía del Papa Francisco para la fiesta de la presentación (texto completo)

(ZENIT – 3 febrero 2019).- “La vida consagrada no es supervivencia, es una vida nueva. Es el encuentro vivo con el Señor en su pueblo. Es una llamada a la obediencia fiel todos los días y a las sorpresas inéditas del Espíritu. Es una visión de lo que supone estrecharse en sus brazos para tener la alegría: Jesús “: el Papa Francisco concluyó con estos términos su homilía para la fiesta de la presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén, que corresponde, desde Juan Pablo II. a la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, este 2 de febrero de 2019.
El Papa presidió la misa a las 17:30 h en la Basílica de San Pedro, en vísperas de su viaje a los Emiratos Árabes Unidos (3-5 de febrero), en presencia de sacerdotes y consagrados presentes en Roma, incluido el General Jesuita , p. Arturo Sosa.
El Papa invitó a los consagrados a una vida obediente a la ley en lo concreto y la fidelidad de la vida cotidiana, como María y José, y al mismo tiempo abiertos a las sorpresas del Espíritu, como Simeón y Ana: “Cuando es así florece y se convierte en un recordatorio para todos contra la mediocridad: : contra el descenso de altitud en la vida espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una vida cómoda y mundana, contra el lamento, la insatisfacción y el hecho de llorar sobre su suerte, contra la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así».
Aquí está la traducción oficial al español de la homilía del Papa Francisco.
AB
Homilía del Papa Francisco
La liturgia de hoy nos muestra a Jesús que va al encuentro de su pueblo. Es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús.
¿Qué nos enseña esto? En primer lugar, que también nosotros estamos llamados a recibir a Jesús que viene a nuestro encuentro. Encontrarlo: al Dios de la vida hay que encontrarlo cada día de nuestra existencia; no de vez en cuando, sino todos los días. Seguir a Jesús no es una decisión que se toma de una vez por todas, es una elección cotidiana. Y al Señor no se le encuentra virtualmente, sino directamente, descubriéndolo en la vida. De lo contrario, Jesús se convierte en un hermoso recuerdo del pasado. Pero cuando lo acogemos como el Señor de la vida, el centro de todo, el corazón palpitante de todas las cosas, entonces él vive y revive en nosotros. Y nos sucede lo mismo que pasó en el templo: alrededor de él todo se encuentra, la vida se vuelve armoniosa. Con Jesús hallamos el ánimo para seguir adelante y la fuerza para estar firmes. El encuentro con el Señor es la fuente. Por tanto, es importante volver a las fuentes: retornar con la memoria a los encuentros decisivos que hemos tenido con él, reavivar el primer amor, tal vez escribir nuestra historia de amor con el Señor. Le hará bien a nuestra vida consagrada, para que no se convierta en un tiempo que pasa, sino que sea tiempo de encuentro.
Si recordamos nuestro encuentro decisivo con el Señor, nos damos cuenta de que no surgió como un asunto privado entre Dios y nosotros. No, germinó en el pueblo creyente, en medio de tantos hermanos y hermanas, en tiempos y lugares precisos. El Evangelio nos lo dice, mostrando cómo el encuentro tiene lugar en el pueblo de Dios, en su historia concreta, en sus tradiciones vivas: en el templo, según la Ley, en clima de profecía, con los jóvenes y los ancianos juntos (cf. Lc 2,25-28.34). Lo mismo en la vida consagrada: germina y florece en la Iglesia; si se aísla, se marchita. Madura cuando los jóvenes y los ancianos caminan juntos, cuando los jóvenes encuentran las raíces y los ancianos reciben los frutos. En cambio, se estanca cuando se camina solo, cuando se queda fijo en el pasado o se precipita hacia adelante para intentar sobrevivir. Hoy, fiesta del encuentro, pidamos la gracia de redescubrir al Señor vivo en el pueblo creyente, y de hacer que el carisma recibido se encuentre con la gracia de hoy.
El Evangelio también nos dice que el encuentro de Dios con su pueblo tiene un principio y una meta. Se parte de la llamada al templo y se llega a la visión en el templo. La llamada es doble. Hay una primera llamada «según la Ley» (v. 22). Es la de José y María, que van al templo para cumplir lo que la ley prescribe. El texto lo subraya casi como un estribillo, cuatro veces (cf. vv. 22.23.24.27). No es una constricción: los padres de Jesús no van a la fuerza o para realizar un mero cumplimiento externo; van para responder a la llamada de Dios. Luego hay una segunda llamada, según el Espíritu. Es la de Simeón y Ana. También esta está resaltada con insistencia: tres veces, refiriéndose a Simeón, se habla del Espíritu Santo (cf. vv. 25.26.27) y concluye con la profetisa Ana que, inspirada, alaba a Dios (cf. v. 38). Dos jóvenes van presurosos al templo llamados por la Ley; dos ancianos movidos por el Espíritu. Esta doble llamada, de la Ley y del Espíritu, ¿qué nos enseña para nuestra vida espiritual y nuestra vida consagrada? Que todos estamos llamados a una doble obediencia: a la ley —en el sentido de lo que da orden bueno a la vida—, y al Espíritu, que hace todo nuevo en la vida. Así es como nace el encuentro con el Señor: el Espíritu revela al Señor, pero para recibirlo es necesaria la constancia fiel de cada día. Sin una vida ordenada, incluso los carismas más grandes no dan fruto. Por otro lado, las mejores reglas no son suficientes sin la novedad del Espíritu: la ley y el Espíritu van juntos.
Para comprender mejor esta llamada que vemos hoy en el templo, en los primeros días de la vida de Jesús, podemos ir al comienzo de su ministerio público, a Caná, donde convierte el agua en vino. También hay allí una llamada a la obediencia, cuando María dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Lo que él diga. Y Jesús pide una cosa particular; no hace una cosa nueva de inmediato, no saca de la nada el vino que falta, sino que pide algo concreto y exigente. Pide llenar seis grandes ánforas de piedra para la purificación ritual, que recuerdan la Ley. Significaba verter unos seiscientos litros de agua del pozo: tiempo y esfuerzo, que parecían inútiles, porque lo que faltaba no era agua, sino vino. Y, sin embargo, precisamente de esas ánforas bien llenas, «hasta el borde» (v. 7), Jesús saca el vino nuevo. Lo mismo para nosotros, Dios nos llama a que lo encontremos a través de la fidelidad en las cosas concretas: oración diaria, la misa, la confesión, una caridad verdadera, la Palabra de Dios de cada día. Cosas concretas, como en la vida consagrada la obediencia al Superior y a las Reglas. Si esta ley se practica con amor, el Espíritu viene y trae la sorpresa de Dios, como en el templo y en Caná. El agua de la vida cotidiana se transforma entonces en el vino de la novedad y la vida, que pareciendo más condicionada, en realidad se vuelve más libre.
El encuentro, que nace de la llamada, culmina en la visión. Simeón dice: «Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Ve al Niño y ve la salvación. No ve al Mesías haciendo milagros, sino a un niño pequeño. No ve nada de extraordinario, sino a Jesús con sus padres, que llevan al templo dos pichones o dos palomas, es decir, la ofrenda más humilde (cf. v. 24). Simeón ve la sencillez de Dios y acoge su presencia. No busca nada más, pide y no quiere nada más, le basta con ver al Niño y tomarlo en brazos: «Nunc dimittis, ahora puedes dejarme ir» (cf. v. 29). Le basta Dios así como es. En él encuentra el sentido último de la vida. Es la visión de la vida consagrada, una visión sencilla y profética, donde al Señor se le tiene ante los ojos y entre las manos, y no se necesita nada más. La vida es él, la esperanza es él, el futuro es él. La vida consagrada es esta visión profética en la Iglesia: es mirada que ve a Dios presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta; es voz que dice: «Dios basta, lo demás pasa»; es alabanza que brota a pesar de todo, como lo muestra la profetisa Ana. Era una mujer muy anciana, que había vivido muchos años como viuda, pero no era una persona sombría, nostálgica o encerrada en sí misma; al contrario, llega, alaba a Dios y habla solo de él (cf. v. 38).
Esto es la vida consagrada: alabanza que da alegría al pueblo de Dios, visión profética que revela lo que importa. Cuando es así, florece y se convierte en un reclamo para todos contra la mediocridad: contra el descenso de altitud en la vida espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una vida cómoda y mundana, contra el lamento, la insatisfacción y el llanto, contra la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así». La vida consagrada no es supervivencia, es vida nueva. Es un encuentro vivo con el Señor en su pueblo. Es llamada a la obediencia fiel de cada día y a las sorpresas inéditas del Espíritu. Es visión de lo que importa abrazar para tener la alegría: Jesús.
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