
Misa Comunidad Congoleña © Vatican Media
El Papa pide a la comunidad congoleña una “economía al servicio de la paz”
Misa en la Basílica Vaticana
(ZENIT .- 1 diciembre 2019).- El Papa Francisco llama, particularmente a la República Democrática del Congo (RDC), a una economía al servicio de la paz, en su homilía para la misa del primer domingo de Adviento, que dura cuatro semanas y se prepara para la Navidad.
El Papa Francisco, aún resfriado, presidió la misa en el rito zaireño, este domingo 1 de diciembre de 2019, en el altar de la “Silla de San Pedro” de la Basílica del Vaticano, con motivo del jubileo de plata del la capellanía congoleña de Roma y la beatificación (24 de abril de 1994) del beato Isidoro Bakanja (1885 – 1909), y la fiesta de la beata Anuarita Marie-Clementine Nengapeta (1939-1964) beatificada el 15 de agosto de 1985, dos mártires. Se han incluido diferentes idiomas de la RDC en la misa.
El Papa ha pedido la paz en el este del país y una “economía” al servicio de la paz en el mundo: “pidamos en nombre de Dios-Amor y con la ayuda de las poblaciones vecinas, renunciar a las armas, con miras a un futuro donde los unos ya no estén en contra de los otros, sino donde los unos estén con los otros, y donde nos alejemos de una economía que utiliza la guerra por un economía que sirva a la paz!”
Lo reiteró en un tweet publicado después del Ángelus: “Hoy, rezamos por la paz en el Congo, seriamente amenazada en el este del país, donde se desata el conflicto, también alimentado desde el exterior, mientras que muchos callan”.
Precisamente había comenzado su homilía con la palabra “paz”, en idioma lingala: “Boboto”. La asamblea respondió con “fraternidad”, el Papa repitió “fraternidad”. La asamblea respondió: “alegría”.
Pero el Papa ha identificado otros males de la sociedad, incluido el consumismo: “El consumismo es un virus que ataca la fe desde la raíz, porque te hace creer que la vida depende únicamente de lo que haces, y así olvidas a Dios que viene a tu encuentro y que está a tu lado.
El Papa Francisco indica, después del diagnóstico, el remedio: “Hay que velar hoy: superar la tentación que hace creer que el significado de la vida reside en la acumulación; para desenmascarar la ilusión de que uno es feliz si tiene muchas cosas; resistir a las luces cegadoras del consumo que brillan durante este mes y creer que la oración y la caridad no son tiempo perdido, sino los mayores tesoros”.
Al final de la misa, la hermana Rita agradeció al Papa en nombre de toda la comunidad congoleña de Roma. Ella pidió paz en el país y que el Papa Francisco pudiera hacer un viaje a la RDC. En nombre de la comunidad, le ofreció al Papa una casulla bordada en blanco.
AB
***
Homilía del Papa
En las lecturas de hoy hay un verbo, venir, que se encuentra tres veces en la primera lectura, mientras que el Evangelio, para concluir, afirma que “el Hijo del Hombre vendrá“. (Mt 24,44). Jesús viene: El Adviento nos recuerda esta certeza ya en su significado mismo, porque la palabra Adviento significa venida. El Señor viene: esta es la raíz de nuestra esperanza, la certeza de que en medio de las tribulaciones del mundo llega a nosotros el consuelo de Dios, un consuelo que no está hecho de palabras, sino de presencia, de la presencia del que viene entre nosotros.
El Señor viene; hoy, primer día del Año Litúrgico, este anuncio marca nuestro punto de partida: sabemos que más allá de cualquier acontecimiento favorable o contrario, el Señor no nos deja solos. Él vino hace dos mil años y vendrá de nuevo al final de los tiempos, pero viene también hoy a mi vida, a tu vida. Sí, esta vida nuestra, con todos sus problemas, sus angustias e incertidumbres, es visitada por el Señor. Esta es la fuente de nuestra alegría: el Señor no se ha cansado y nunca se cansará de nosotros, desea venir, desea visitarnos.
Hoy, el verbo venir no sólo tiene como sujeto a Dios, sino también a nosotros. Ciertamente, en la primera lectura de Isaías profetiza: “Acudirán pueblos numerosos. Ellos dirán: “¡Venid! subamos a la montaña del Señor” (2, 3). Mientras que el mal en la tierra viene del hecho de que cada uno sigue su propio camino sin los demás, el profeta ofrece una visión maravillosa: todos van juntos a la montaña del Señor. En la montaña, estaba el templo, la casa de Dios. Isaías nos transmite una invitación de Dios a su casa. Somos los invitados de Dios, y el que es invitado es esperado, deseado. “Vengan, dice Dios, porque en mi casa hay lugar para todos. Vengan, porque en mi corazón no hay un solo pueblo, sino todos los pueblos”.
Queridos hermanos y hermanas, han venido desde lejos. Han dejado sus hogares, sus seres queridos y sus cosas queridas. Cuando llegaron aquí, encontraron acogida juntos, dificultades e imprevistos. Pero para Dios, siempre son bienvenidos. Para el Señor, nunca somos extraños sino hijos esperados. Y la Iglesia es la casa de Dios: aquí por lo tanto siéntanse siempre en casa. Aquí venimos para caminar juntos hacia el Señor y a realizar las palabras con las que termina la profecía de Isaías: “Vengan[…]! Caminemos a la luz de la Señor” (v. 5).
Pero a la luz del Señor se pueden preferir las tinieblas del mundo. Podemos responder “no” al Señor que viene, así como a su invitación a ir a su casa. A menudo, no se trata de un “no” directo, insolente, sino supeditado. Este es el “no” del que Jesús nos advierte en el Evangelio, exhortándonos a no hacer como “en los tiempos de Noé” (Mt 24,37). ¿Qué pasó en los tiempos de Noé? Sucedió que, mientras algo nuevo e impresionante estaba a punto de llegar, nadie le prestaba atención, porque todos pensaban sólo en comer y beber (cf. v.38). En otras palabras, todos redujeron la vida a sus propias necesidades, se contentaron con una vida plana, horizontal, sin impulso. No había ninguna expectativa de nadie, sólo la pretensión de tener algo para sí mismo, para consumir. La espera del Señor que viene, espera y no pretensión de tener algo para consumir, y esto es el consumismo.
Queridos hermanos y hermanas, el consumismo es un virus que ataca la fe desde sus raíces, porque te hace creer que la vida solo depende de lo que tienes, y así te olvidas de Dios que viene a tu encuentro y de los que te rodean. El Señor viene, pero tú más bien sigues tus apetitos; el hermano llama a tu puerta, pero te molesta, esta es la actitud, ¿no? egoísta del consumismo. El hermano llama a tu puerta, pero te molesta porque perturba tus planes. En el Evangelio, cuando Jesús señala los peligros de la fe, no se preocupa de los enemigos poderosos, de las hostilidades y persecuciones. Todo esto ha existido, existe y existirá, pero no debilita la fe. El peligro real es más bien lo que anestesia el corazón: es depender de los consumos, es dejar que las necesidades disminuyan y disipen el corazón (cf. Lc 21),34). Entonces vivimos las cosas y ya no sabemos para qué cosas; tenemos muchos bienes pero ya no se hace el bien; las casas están llenas de cosas pero vacías de niños; este es el drama de hoy, casas llenas de cosas pero vacias de hijos, el invierno demográfico que estamos sufriendo, el tiempo se pierde en pasatiempos, pero ya no tenemos tiempo para Dios y los demás. Y cuando vives para las cosas, nunca son suficientes, la avaricia crece y los otros se convierten en obstáculos en la carrera y así, uno termina sintiéndose amenazado y, siempre insatisfecho y enojado; el odio está ganando terreno. Lo vemos hoy allí donde reina el consumismo, cuanta violencia y cuanta rabia para buscar un enemigo a toda costa! Así que, mientras el mundo está lleno de armas que causan la muerte, no nos damos cuenta de que seguimos armando nuestros corazones de ira.
Jesús quiere despertarnos de todo esto. Para ello utiliza un verbo: “Velen” “estén atentos” (Mt 24, 42). La vigilia era el trabajo del centinela, que vigilaba y se mantenía despierto mientras todos los demás dormían. Permanecer despierto es resistir el sueño que nos envuelve a todos. Para poder mantenerte despierto, necesitas tener una esperanza cierta: que la noche no dura para siempre, que pronto amanecerá. Lo mismo es cierto por la misma razón para nosotros: Dios viene y su luz iluminará hasta las tinieblas más espesas. Pero hoy a nosotros nos toca vigilar: para superar la tentación que nos lleva a creer que el sentido de la vida reside en acumular, es una tentación, el sentido de la vida no es acumular, a nosotros nos toca desenmascarar el engaño de que uno es feliz si tiene tantas cosas; resistir a las luces deslumbrantes del consumismo que brillarán por todas partes en este mes y creer que la oración y la caridad no es una pérdida de tiempo, sino los mayores tesoros.
Cuando abrimos nuestro corazón al Señor y a nuestros hermanos, viene el precioso bien que las cosas no podrán darnos jamás y que Isaías anuncia en la primera lectura, y ¿cuál es uno de los bienes más preciosos? ¡la paz!: “De sus espadas, forjarán rejas de arado, y hoces con sus lanzas. Ninguna nación contra otra nación levantará jamás la espada; ya no se ejercitarán más en la guerra” (Is 2, 4). Estas son palabras que también nos hacen pensar en su patria. Hoy, oramos por la paz, que está seriamente amenazada en el este del país, especialmente en los territorios de Béni y Minembwe, donde los conflictos se agudizan, también alimentados por afuera, en el silencio cómplice de muchos, conflictos alimentados por aquellos que se enriquecen vendiendo las armas.
Hoy, recuerden a una bellísima figura, la Beata María Clementina Anuarite Nengapeta, violentamente asesinada, no sin haberle dicho a su verdugo, como Jesús: “Te perdono, porque no sabes lo que haces. Por su intercesión, pidámosle en nombre del Dios-Amor, y con la ayuda de las poblaciones vecinas, la renuncia a las armas, por un futuro en el que uno ya no está en contra del otro, sino donde uno está con el otro, y nos convirtamos de una economía que usa la guerra a una economía que sirva a la paz! Quien tenga oídos para entender, entienda, quien tenga corazón para consentir, consienta.
© Librería Editorial Vaticano

Buscamos respuestas en las palabras de Jesús. Él nos dice hoy que casi todo pasará. Casi todo, pero no todo. En este penúltimo domingo del Tiempo Ordinario, Él explica que lo que se derrumba, lo que pasa son las cosas penúltimas, no las últimas: el templo, no Dios; los reinos y los asuntos de la humanidad, no el hombre. Pasan las cosas penúltimas, que a menudo parecen definitivas, pero no lo son. Son realidades grandiosas, como nuestros templos, y espantosas, como terremotos, signos en
Hay un segundo engaño del que Jesús nos quiere alejar, cuando dice: «Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy” […]; no vayáis tras ellos» (v. 8). Es la tentación del yo. El cristiano, como no busca el ahora mismo sino el siempre, no es entonces un discípulo del yo, sino del tú. Es decir, no sigue las sirenas de sus caprichos, sino el reclamo del amor, la voz de Jesús. ¿Y cómo se distingue la voz de Jesús? “Muchos vendrán en mi nombre”, dice el Señor, pero no han de seguirse.
Los pobres son preciosos a los ojos de Dios porque no hablan la lengua del yo; no se sostienen solos, con las propias fuerzas, necesitan alguien que los lleve de la mano. Nos recuerdan que el Evangelio se vive así, como mendigos que tienden hacia Dios. La presencia de los pobres nos lleva al clima del Evangelio, donde son bienaventurados los pobres en el espíritu (cf. Mt 5,3). Entonces, más que sentir fastidio cuando oímos que golpean a nuestra puerta, podemos acoger su grito de auxilio como una llamada a salir de nuestro proprio yo, acogerlos con la misma mirada de amor que Dios tiene por ellos. ¡Qué hermoso sería si los pobres ocuparan en nuestro corazón el lugar que tienen en el corazón de Dios! Estando con los pobres, sirviendo a los pobres, aprendemos los gustos de Jesús, comprendemos qué es lo que permanece y qué es lo que pasa.
En total han sido 160 pastores de la Iglesia, de los que 13 son cardenales y 147 obispos o arzobispos.
El Papa comenzó su homilía declarando que “no hemos nacido para la muerte sino para la resurrección”, pues así lo recuerdan las lecturas del día y planteó: “¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar?”. Igualmente, a lo largo de la misma, planteó tres estímulos con vistas a la resurrección.
Después, el Pontífice emitió una serie de preguntas que ayudan a concretarla, tales como “¿ (…) vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?”.
En este sentido, el Obispo de Roma remarcó también “la vida es toda una salida: del seno materno para venir a la luz, de la infancia para entrar en la adolescencia, de la adolescencia hacia la vida adulta y así sucesivamente, hasta la salida de este mundo”.
Como segunda reflexión en torno a la resurrección, el Papa propone el “noble gesto” de piedad de Judas Macabeo en favor de los difuntos que aparece en la primera lectura, pues son los “sentimientos de piedad los que generan un magnífico premio”.
El “tercer estímulo en vista de la resurrección” es tomado por el Santo Padre de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, quien sugiere que antes de tomar una decisión importante, nos imaginemos ante Dios al final de los días.
En esta línea, propuso una serie de cuestiones: “¿Salgo de mí para ir cada día hacia el Señor? ¿Tengo sentimientos y gestos de piedad con los necesitados? ¿Tomo las decisiones importantes en la presencia de Dios?”.
Hoy, 8 de julio de 2019, en el VI aniversario de su
Ante la revelación de su sueño, explica el Papa, Jacob se dirige confiado al Señor y le pide que le proteja en el viaje que le queda por recorrer, lo cual supone un momento relevante en la historia de la salvación al decirle “El Señor será mi Dios” (Gn 28,21).
La confianza total en esto último, continúa el Obispo de Roma, es la que une a la niña y a la mujer enferma del Evangelio, a las que Jesús les ofrece la “liberación de la enfermedad y la muerte”. Ambas representan a los “últimos” de la sociedad “que hay que amar y levantar” y por los que Jesús revela a los discípulos que es preciso tener una “opción preferencial”.
Y añadió “¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! ’No se trata sólo de migrantes’, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada”.
Por último, el Papa ha agradecido y valorado el “hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad” de aquellos migrantes que, aunque han llegado hace pocos meses, se encuentran ya ayudando a los hermanos y hermanas que arriban ahora en la misma situación.
Salvación. Durante su viaje desde Berseba a Jarán, Jacob decide detenerse y descansar en un lugar solitario. Tuvo un sueño en el que vio una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo (cf. Gn 28,10-22). La escalera, por la que los ángeles de Dios subían y bajaban, representa la unión entre lo divino y lo humano, que se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo (cf. Jn1,51), una ofrenda amorosa de revelación y salvación por parte del Padre. La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien “baja”, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia.
Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: «Dios mío, confío en ti». Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva.
Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Son muchas las pobrezas de hoy; como escribió san Juan Pablo II, los «“pobres”, en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los “últimos” en la sociedad» (Exhort. ap.
En este sexto aniversario de mi
Aparece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob. En Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos. Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo.
Esta es, hermanos y hermanas, una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de vosotros, que habéis llegado hace tan sólo unos meses, ya estáis ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradeceros este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad.
El Santo Padre ha celebrado la Misa este jueves de la quinta semana de Pascua, el 23 de mayo de 2019, en el altar de la Cátedra de San Pedro de la Basílica Vaticana, con motivo de la inauguración de la 21ª Asamblea General de Caritas Internationalis sobre el tema: “
Francisco destacó “tres elementos esenciales para la Iglesia en el camino: la humildad de escuchar, el carisma de estar juntos y el valor de la renuncia”. La renuncia, porque “para seguir al Señor, tienes que caminar rápido y caminar rápido, tienes que aliviar, incluso si cuesta”. Y de manera similar, para anunciar “de manera transparente y creíble” que Dios es amor, el Papa explicó que “las convicciones y tradiciones humanas que son obstáculos en lugar de ayuda, pueden y deben dejarse atrás”.


El encuentro, que nace de la llamada, culmina en la visión. Simeón dice: «Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Ve al Niño y ve la salvación. No ve al Mesías haciendo milagros, sino a un niño pequeño. No ve nada de extraordinario, sino a Jesús con sus padres, que llevan al templo dos pichones o dos palomas, es decir, la ofrenda más humilde (cf. v. 24). Simeón ve la sencillez de Dios y acoge su presencia. No busca nada más, pide y no quiere nada más, le basta con ver al Niño y tomarlo en brazos: «Nunc dimittis, ahora puedes dejarme ir» (cf. v. 29). Le basta Dios así como es. En él encuentra el sentido último de la vida. Es la visión de la vida consagrada, una visión sencilla y profética, donde al Señor se le tiene ante los ojos y entre las manos, y no se necesita nada más. La vida es él, la esperanza es él, el futuro es él. La vida consagrada es esta visión profética en la Iglesia: es mirada que ve a Dios presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta; es voz que dice: «Dios basta, lo demás pasa»; es alabanza que brota a pesar de todo, como lo muestra la profetisa Ana. Era una mujer muy anciana, que había vivido muchos años como viuda, pero no era una persona sombría, nostálgica o encerrada en sí misma; al contrario, llega, alaba a Dios y habla solo de él (cf. v. 38).