Mostrando entradas con la etiqueta Juan Manuel de Prada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Manuel de Prada. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de diciembre de 2021

El color de España (Chesterton) 09122021

 

El color de España

G.K. Chesterton.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) comprendió que la aversión a España entre los progres de su tiempo tenía una raíz espiritual.

por Juan Manuel de Prada

 Opinión 

Leo en estos días una magnífica recopilación de G. K. Chesterton titulada El color de España, publicada por Espuela de Plata, uno de los sellos de mi bienamada Editorial Renacimiento, que se ha embarcado en la misión benemérita de rescatar la obra de aquel gordo genial. En El color de España se congrega un ramillete de artículos en los que volvemos a paladear al Chesterton más genuino, siempre dispuesto a combatir todas las falsas filosofías que se presentan a los ojos de sus contemporáneos con el engolosinador marchamo de ‘progresistas’. En Chesterton es constante el esfuerzo por mostrar al lector que toda filosofía que carece de tesis es puro diletantismo, o un mero intento de arrojar al hombre hacia el caos; y también es constante el empeño por demostrar que la recuperación de la tradición no es, como pretende el moderno, la vuelta a un pasado de oscurantismo y barbarie, sino el único modo de aclarar nuestro futuro.

Chesterton insistió mucho en esta cuestión: para salvarse, al hombre no le bastará con bajarse del tren del progreso que trata de moldear su alma, sino que tendrá que desandar parte del camino, hasta llegar a la encrucijada donde tomó el camino errado. Esa fortaleza para desandar el camino errado la halló Chesterton en la tradición, que le mostró el modo de iluminar el futuro con una luz traída del pasado. Pretender que el pasado sea un páramo de barbarie, como pretende la modernidad, es una falacia semejante a la del hombre «que dijera al amanecer que si estaba más oscuro cuatro horas antes tendría que estar todavía más oscuro catorce horas antes», ignorando que esas catorce horas lo devolverían al día anterior, en el que lució un sol radiante. Chesterton sabe que las modas son una falsificación de la costumbre; y se enfrenta a las filosofías falsas que triunfaban en su época (versiones medrosas y germinales de las que hoy campean) con la certeza de que los hombres terminarían abjurando de ellas, porque cuando los hombres han hecho cosas realmente dignas han deseado siempre que perduren. Y, para que algo perdure, tiene que afianzar al hombre en la búsqueda de sentido, no arrojarlo al extravío y el desconcierto, como hacen siempre las filosofías falsas.

Claro que, para desmontar el trampantojo de las filosofías falsas, Chesterton sabe que los hombres tienen que recuperar antes su capacidad para espantarse de las monstruosidades morales. «La gente sencilla no siente horror por las monstruosidades físicas, así como la gente culta no lo siente por las monstruosidades morales». Tal vez la simpatía que Chesterton muestra en este libro hacia los españoles (y, según el propio autor nos aclara, ‘simpatía’ significa sufrir con el otro, no sólo lamentar su sufrimiento, como hace la filantropía) tenga mucho que ver, precisamente, con su simpatía hacia la gente sencilla que todavía siente horror ante las monstruosidades morales. Ese tipo de español sencillo que Chesterton encontró tan admirable podía vestir de negro, pero poseía una alegría mayor que la de ningún hombre culto, porque sabía mezclar las diversiones y los misterios religiosos de una forma chocante «para aquellas personas que no creen en los misterios religiosos» (y tampoco en la auténtica diversión, nos atreveríamos a añadir). Chesterton descubre que los españoles, tan devotos de las corridas de toros, se muestran sin embargo bondadosos con los niños; afirmación que no podría decirse de la España de hogaño, tan civilizadamente animalista, pero terriblemente cruel con los niños (a los que aniquila cuando apenas son una semilla y pervierte antes de que florezcan).

A Chesterton no se le escapa que la aversión que provoca España entre sus compatriotas no es más que una expresión del «odio sincero y salvaje que sienten muchos europeos por la religión de su propio pasado europeo», un fenómeno que no se ha dado en ninguna otra época ante el ocaso de ninguna otra religión. Los paganos se tornaron cada vez más indiferentes ante su religión declinante, pero jamás se revolvieron contra sus reliquias. Si hoy los europeos se empeñan con tanto encono furibundo en arrancar los vestigios cristianos es porque saben que la religión de Cristo nunca podrá ser una reliquia. Y ese mismo odio furibundo fue el que nos dedicaron a los españoles, cuando aún conservábamos aquel color restallante de la fe, que tanto nos hacía desentonar entre todos los europeos. Como afirma Chesterton en otro pasaje de esta suculenta recopilación: «Hemos perdido nuestros instintos nacionales porque hemos perdido la idea de aquel cristianismo que dio origen a las naciones. Y, al liberarnos del cristianismo, nos hemos liberado de la libertad. Ahora no podemos volver a un humorismo meramente pagano, pues el nuevo paganismo es cualquier cosa menos humorístico».

Publicado en XL Semanal.

martes, 17 de abril de 2018

Noticias de Siria 17042018

Noticias de Siria


Quienes deseen conocer la verdad de lo que en Siria acaba de ocurrir deben informarse a través de los cristianos sirios que sufren una guerra alimentada por Occidente desde hace siete años.



Añadir a Facebook Añadir a Twitter Añadir a Goglle+ Añadir a Linkedin
17 abril 2018
Quienes estén interesados en justificar el criminal ataque que la marioneta Trump y sus mariachis han lanzado contra Siria y en auxilio del terrorismo islamista no deben perderse las intoxicaciones y mamarrachadas que los analistos neocones escriben, mientras se fuman un puro o esnifan una rayita de farlopa. En cambio, quienes deseen conocer la verdad de lo que en Siria acaba de ocurrir deben informarse a través de los cristianos sirios que sufren una guerra alimentada por Occidente desde hace siete años.

Así, por ejemplo, pueden leer las declaraciones de Antoine Audo, obispo caldeo de Alepo: «Destruyeron Irak diciendo que allí había armas químicas. Y lo mismo que hicieron entonces con Irak están haciendo ahora con Siria. (…) Usan el argumento del ataque químico para alimentar la guerra y complacer a Arabia Saudita. (…) Hay un gobierno legítimo que está venciendo a grupos terroristas islamistas en Guta, después de recuperar el control de Alepo y Deir Ezzor. ¡Y justo en ese momento comienzan a hablar de armas químicas, alegando que quieren defender los derechos humanos y la democracia!». También pueden leer las declaraciones de Georges Abou Khazen, vicario apostólico de Alepo: «Washington acusa pero carece de certezas. No ha explicado qué sentido tiene un ataque con armas químicas después de que el ejército sirio haya liberado casi todo el territorio al este de Guta. Me pregunto a quién puede aprovechar todo esto. (…) Parece evidente que buscan un pretexto para destruir nuestro país».

Quien esté interesado en conocer la verdad puede asimismo escuchar los lamentos del padre Fadi Aisar, párroco en Damasco: «Las supuestas armas químicas son una calumnia para justificar una guerra injusta. (…) El gobierno sirio propuso a la comunidad internacional que enviase expertos; pero lo rechazaron y nos atacaron, en lugar de venir a averiguar lo ocurrido. (...) Pero estamos tranquilos porque los militares sirios, gracias a Dios, han liberado Guta, donde todas las iglesias cristianas habían sido atacadas. (…) La verdad es que los Estados Unidos no están combatiendo el terrorismo, están combatiendo al lado de los terroristas. Y la verdad acabará sabiéndose». En el mismo sentido se pronuncian los misioneros del Instituto del Verbo Encarnado, en su blog SOS Cristianos Sirios, donde nos recuerdan que el Frente al Nusra, así como otras facciones yihadistas, disponen de armas químicas y en ocasiones anteriores ya las han usado; y donde nos advierten que «en los túneles excavados por los terroristas de Guta se han encontrado materiales para preparar armas químicas».

Y, en fin, quien lo desee puede leer los estremecedores tuits del ortodoxo Hannibal Khoury: «Nosotros descubrimos a Jesús mucho antes de que Estados Unidos fuese siquiera un país. Mis antepasados fueron los primeros en recibir el nombre de cristianos, en Antioquía, y los primeros en construir una iglesia, en Dura Europos. Propagamos el cristianismo y morimos por defenderlo; lo entregamos a Occidente y, a cambio, vosotros nos dais muerte». Y añade: «Los cristianos sirios como yo viven en libertad y son protegidos por el actual gobierno laico sirio. Si las acciones de Trump llevan a nuestra desaparición, espero que nos recordéis».

Desde que, allá por 2003, el monigote Bush ordenase la demente invasión de Irak hasta que el otro día la marioneta Trump y sus mariachis lanzasen su miserable ataque en auxilio del terrorismo yihadista, las poblaciones cristianas de la región casi han desaparecido. Pero, por supuesto, querido lector, es usted muy libre de creerse las intoxicaciones y mamarrachadas de los analistos neocones.

Publicado en ABC el 16 de abril de 2018.

domingo, 5 de marzo de 2017

Defender lo evidente 06032017

Defender lo evidente


La ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública.



Añadir a Facebook Añadir a Twitter Añadir a Goglle+ Añadir a Linkedin
6 marzo 2017
Tiembla el pulso al escribirlo, pero aquel mundo de pesadilla que se recrea en 1984 ya está entre nosotros, con tan sólo treinta años de retraso: “El Partido –escribe Orwell– os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Había que defender lo evidente. (…) La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”. Ese totalitarismo fiscalizador, que en la novela de Orwell se encarnaba en el Partido, en nuestra época se encarna en la ideología de género denunciada por el Papa Francisco en su exhortación Amoris Laetitia, que impulsa “proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer”. Una ideología que pretende –volvemos a citar a Francisco– “imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños”, negando las realidades biológicas más evidentes. Cuando una evidencia biológica y una ideología se contradicen, lo más sensato sería aceptar la evidencia biológica; pues, como decía Chesterton, el hombre debe dudar de sí mismo, antes que de la verdad de las cosas. Pero ya sabemos que en nuestra época sucede exactamente lo contrario.

No siempre, sin embargo. Cuando una chica escuálida, negando una evidencia biológica, afirma que está gorda y se somete a una dieta estragadora, dictaminamos que padece un trastorno mental. No ocurre, misteriosamente, lo mismo cuando un señor con toda la barba, negando una evidencia biológica, afirma que es una señora y se somete a tratamiento hormonal o a mutilaciones en el quirófano. Entonces la ideología reinante nos exige dictaminar que ha asumido su “identidad de género”. En ambos casos nos hallamos ante una percepción subjetiva que niega una evidencia biológica; pero los dictámenes de nuestra época para cada uno de los casos son completamente distintos. ¿No será que, como denunciase Chesterton, vivimos en una época empeñada en considerar las pasiones sexuales más peregrinas como las cosas más inocentes, para que las cosas más inocentes se tiñan de las pasiones sexuales más peregrinas? Enseguida hallamos la respuesta cuando descubrimos que la ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública hasta lograr lo que Marcuse denominó “la dimensión única de pensamiento, de tal modo que toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible”. Y pretende, sobre todo, que nuestros hijos –las cosas más inocentes– sean aleccionados de forma obligatoria en esa dimensión única del pensamiento desde la escuela, con leyes como la que ha promovido la alguacialesa Cristina Cifuentes.

“El sentido común se ha convertido en la mayor de las herejías”, afirmaba Orwell, describiendo el mundo totalitario de 1984. Ha llegado el momento en el que, como ocurría en aquella novela, se nos quiere obligar a aceptar que dos y dos son cinco. Ha llegado el momento de defender lo evidente, frente al rebaño que aplaude al rey desnudo. Se nos encoge el corazón, como al personaje de Orwell, al pensar en la magnitud del poder que tenemos enfrente; pero es un poder que quiere corromper a nuestros hijos. Ha llegado la hora de alzar la voz o callar para siempre.

Artículo publicado en ABC el 4 de marzo de 2017.