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lunes, 29 de febrero de 2016

Cuando Europa fue a la universidad (Temas de la historia)

Cuando Europa fue a la universidad
La universidad es un invento europeo nacido de manos de la Iglesia


Por: www.4buenasnoticias.com | Fuente: www.4buenasnoticias.com 



La universidad es un “invento” europeo nacido de manos de la Iglesia. El siglo XIII es el siglo de las universidades. El desarrollo académico necesitaba proteger los intereses de profesores y alumnos, y mantener su carácter de “cuerpo”. Aunque hay universidades que nacen “de cero”, las primeras en aparecer, y también las que alcanzaron más prestigio, fueron las que surgieron a partir de las escuelas episcopales del siglo XII: París, Oxford y Bolonia. El desarrollo académico necesitaba de una cierta autonomía frente a los poderes municipales y episcopales. El conflicto se dirimió acudiendo al Papa, que asentó la independencia de la institución y sus privilegios. De un total de 44 universidades europeas antes de 1400, al menos 31 contaron con un documento fundacional pontificio, lo que subraya su carácter internacional y su condición eclesiástica. La Bula “Parens Scientiarum” (1231) de Gregorio IX recordó la dependencia de las universidades de la Santa Sede.

La palabra “universidad” (“universitas”) en el siglo XIII significaba “asociación, consorcio”. Así, el 1221 la Universidad de París habla de sí misma como “Nos Universitas magistrorum et scholarium Parisiensium” (“Nosotros, el consorcio de profesores y estudiantes de París”). Además, del término “universidad”, se emplea también el de “Estudio General”, definido en las Partidas de Alfonso X como “Ayuntamiento de maestros et de escolares, que es fecho en algunt logar con voluntad et con entendimiento de aprender los saberes”. Con el calificativo de “general” se indicaba la procedencia internacional de sus miembros, y la validez universal de sus títulos para poder enseñar en cualquier lugar del mundo (“licentia ubique terrarum” o “licentia ubique docendi”), que sólo el Papa y, con el tiempo, también los emperadores y los reyes, podían conceder.


 

lunes, 11 de enero de 2016

De los grandes forjadores de América. Hoy, el fundador de Chile, Pedro de Valdivia 11012016

De los grandes forjadores de América. Hoy, el fundador de Chile, Pedro de Valdivia

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11 enero 2016


            Pedro de Valdivia nace en Villanueva de la Serena, en Extremadura, el 17 de abril de 1497. Hijo del portugués Pedro Oncas de Melo y de Isabel Gutiérrez de Valdivia, pertenece a una familia de hidalgos. En 1520 inicia su carrera militar en la Guerra de las Comunidades de Castilla, participando luego en las campañas de Flandes y en las Guerras Italianas.

            Con treinta años contrae matrimonio con Marina Ortiz de Gaete, de Salamanca, y ocho años después parte para el Nuevo Mundo en la expedición de Jerónimo de Ortal, llegando a la isla de Cubagua en 1535. En América participa en la exploración y conquista de Venezuela.

            En 1538 se une a Francisco Pizarro en su lucha contra Diego de Almagro, y es recompensado con unas minas en el Cerro de Porco, en el Potosí, encomienda vecina a la de la viuda Inés Suárez, con quien inicia amoríos. Un año después, Pizarro le autoriza a explorar Chile, considerada desde la vuelta de Almagro como tierra pobre y hostil, adonde le acompaña su incondicional Inés, que se enrola en la expedición como su criada.

            De la sierra cuzqueña baja al valle de Arequipa, costeando hacia el sur. Siguiendo el llamado Camino del Inca, llega a Chiu-Chiu. En San Pedro de Atacama sale al encuentro de su camarada de las Guerras Italianas, Francisco de Aguirre, lo que sin él saberlo, le salva la vid pues entretanto, llegaba al campamento un grupo liderado por Pedro Sánchez de la Hoz con la intención de asesinarle para tomar el mando de la expedición.

            En 1540, en el valle de Copiapó, derrota a un ejército de ocho mil indios y bautiza a la tierra como Nueva Extremadura. Llega al valle del río Mapocho, y a los pies del Huelén, funda Santiago de la Nueva Extremadura, primera ciudad española de Chile, que con el correr del tiempo, será su capital.

            Sus exploraciones lo llevan al valle de Chile donde se enfrenta al cacique Michimalonco. Valdivia lo apresa y Michimalonco le revela el gran seceto de los lavaderos de oro del estero de Marga Marga.

            Por ese entonces, ha de hacer frente a dos conspiraciones: la primera la de su compatriota Chinchilla, al que ajusticia; la segunda, la de los indios liderados por el propio Michimalonco y su hermano Trajalongo. Valdivia abandona Santiago a la búsqueda de los indios, y deja en la ciudad cincuenta infantes y jinetes al mando de Monroy, así como a su amante Inés. El caso es que Michimalonco se planta a las puertas de la ciudad y está a punto está de tomarla, cuando Inés se dirige a la prisión para ordenar la ejecución de unos caciques apresados, al objeto de asustar así a los atacantes. Como los guardias le preguntan “¿De qué manera los hemos de matar?”, Inés les responde “¡Desta!”, y los decapita ella misma. Sale entonces al patio, y blandiendo la espada en una mano y una cabeza en la otra, consigue la ansiada retirada de los indios. Cuenta la leyenda que entonces Michimalonco manda espías para ver si se había conseguido matar a alguno de los treinta y dos caballeros españoles, y que los espías le dicen que ya no son 32 sino 33, lo que da pie a la hermosa leyenda según la cual, Santiago Apóstol se había unido a la tropa.

            Repuesta la colonia, Valdivia encarga a Juan Bohón la fundación de la segunda ciudad del territorio, entre Valparaíso en Chile y el Callao, en Perú, a la que llamará La Serena.

            En 1546 con sesenta soldados, se adentra en la conquista del sur, pero al llegar a río Itata, la resistencia de los mapuches le obliga a regresar. Apresa no obstante algunos indios, entre los cuales un muchacho de real linaje y nombre Lautaro, hijo del cacique Curiñancu, al que convertirá en su paje y que tendrá, como veremos, no poca importancia en la vida del explorador español.

            Entretanto, unas nuevas ordenanzas prácticamente abolen el régimen de la encomienda, y los encomenderos peruanos, encabezados por Gonzalo Pizarro, se alzan en armas. La Corona envía a Pedro de la Gasca. El leal Valdivia se dirige al Perú y se pone a las órdenes del nuevo virrey. Los revolucionarios ya habían vencido en Huarina, pero Valdivia se llega a unas leguas de Cuzco y desde ahí hace blanco en la tienda de Gonzalo Pizarro, acabando con su vida y con la rebelión. La Gasca le premia otorgándole el título de Gobernador y Capitán General de la Nueva Extremadura.

            Valdivia vuelve a Chile, pero contraviniendo la prohibición de La Gasca de enrolar pizarristas o indios peruanos, Lagasca envía tras él a Pedro de Hinojosa, al que Valdivia se entrega, para poco después ser absuelto, aunque no sin condiciones, entre las cuales, la de hacer volver a su amante Inés Suárez, un personaje sin par al que un día dedicaremos una entrada en nuestras mujeres fantásticas de la Historia. Al llegar a La Serena, se encuentra la ciudad destruída y a treinta españoles muertos.

            En 1550 inicia una nueva campaña al sur. Esta vez hace frente a diez mil araucanos, entre los cuales el propio Michimalonco, que muere en la batalla. Valdivia realiza su tercera fundación, Santa María de la Inmaculada Concepción, donde instala la Real Audiencia.

            Desde Concepción sigue bajando hacia el sur hasta el río Valdivia, donde funda una nueva ciudad con su nombre. Dos años después funda una quinta ciudad, a la que llama La Imperial, por haber hallado la talla en madera de unas águilas con dos cabezas, semejantes a las del emblema imperial de Carlos V. Mientras se interna en la cordillera y funda la ciudad de Villarrica, así llamada por su abundancia en plata, su paje Lautaro se da a la fuga. Llega al seno de Reloncaví y divisa la isla de Chiloé, el punto más meridional que alcanzará nunca, en el paralelo 43, dos mil kilómetros al sur de Valparaíso y a algo más de mil del Estrecho de Mgallanes. Realiza la que habrá de ser su última fundación, Los Confines de Angol.

            En esto, los indígenas atacan Tucapel al mando del caudillo Caupolicán. Valdivia se encamina hacia el lugar, al que llega el día de navidad. Un inmenso ejército indígena se precipita sobre él, y aunque consigue rechazar dos brutales embestidas, a la tercera, que dirige el que fuera su paje Lautaro, sucumbe. Valdivia está a punto de lograr la huída, pero atrapado en unas ciénagas, es capturado. Tras tres días de atroces torturas con la amputación de sus miembros, asados y degullidos ante sus propios ojos, le es finalmente extraído el corazón y los indios beben chicha en su cráneo, un cráneo que será guardado como trofeo de guerra por los indígenas y que el cacique Pelantarú devolverá cincuenta y cinco años después, en 1608.

            Tiene el gran explorador de Chile, al morir de tan trágica manera, cincuenta y seis años. Contrariamente a lo que ocurre con otros forjadores de América, su figura es muy reconocida al día de hoy en las tierras que exploró y a cuya evangelización y civilización contribuyó, y numerosos monumentos, avenidas y plazas en Santiago y en otras ciudades chilenas y también españolas, llevan su nombre.

            Una pequeña Virgen policromada de madera que Valdivia llevó de España, lo acompañó siempre. Para ella levantará una ermita que hoy es la iglesia de San Francisco en La Alameda, el edificio más antiguo de Santiago, en cuyo altar aun reposa la diminuta imagen de Nuestra Señora del Socorro.

            Y sin más por hoy, queridos amigos, me despido de Vds. una vez más no sin desearles como siempre que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.


            ©L.A.
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viernes, 11 de septiembre de 2015

10 protagonistas católicos de la historia norteamericana poco conocidos pero emblemáticos 11092015


Inicio / EEUU
Políticos, religiosos y pensadores que marcaron un país

10 protagonistas católicos de la historia norteamericana poco conocidos pero emblemáticos

10 protagonistas católicos de la historia norteamericana poco conocidos pero emblemáticos
Incluso desde la época de las 13 Colonias hubo católicos influyentes, pese a las leyes y sentimientos anticatólicos en EEUU - escena de Sons of Liberty

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11 septiembre 2015
El Papa Francisco visitará los Estados Unidos a partir del próximo 22 de septiembre, un país en el que los católicos han pasado de ser una minoría perseguida y con derechos limitados a constituir el grupo religioso más numeroso.

Jorge Soley, en su reciente libro La historia de los Estados Unidos como jamás te la habían contado, presta atención a ese camino y a alguno de sus protagonistas. De entre sus páginas extraemos a diez de ellos que marcaron época.

1. George Calvert y la colonia fundada por católicos en Maryland 
George Calvert, primer Lord Baltimore y miembro de la nobleza irlandesa, fue quien pidió autorización al rey inglés Carlos I para crear lo que luego sería Maryland.

Calvert tenía intereses más allá de los meramente crematísticos, pues buscaba también establecer un refugio en el Nuevo Mundo para los católicos ingleses, con quienes compartía la misma fe, que estaban sufriendo una dura persecución.

Aunque Calvert moría en 1632, ese mismo año el rey autorizaba a su hijo Cecil a establecer la colonia de Maryland, la tierra de María. Los primeros colonos llegaron a Maryland en 1634 y pronto floreció la colonia, principalmente gracias al muy rentable cultivo del tabaco.

Pero la Revolución Gloriosa de 1688 y la llegada de Guillermo de Orange al trono ingles supuso que el protestantismo pasaba a ser la fe establecida en el reino y, en consecuencia, el catolicismo quedaba fuera de la ley, también en Maryland.

El gobierno de la colonia pasó a manos protestantes y el culto católico se mantuvo a duras penas en capillas particulares de algunos terratenientes católicos. No fue hasta la independencia que los católicos pudieron practicar abiertamente su fe y ejercer todos sus derechos civiles y políticos en la colonia que habían fundado.

2. Charles y John Carroll, dos católicos por la independencia
En la época del esfuerzo por lograr la independencia, los católicos eran ciudadanos de segunda en la mayor parte de las colonias y el sentimiento popular era marcadamente antipapista.

En este contexto, los dos primos Carroll tendrán un protagonismo que anunciaba que los católicos no se iban a conformar con la situación en la que vivían. Ambos formaron parte de la misión diplomática que buscó el apoyo del católico Quebec a las pretensiones independentistas de los colonos.

La misión no logró su objetivo, pero mostró a unos católicos representando a los embrionarios Estados Unidos, algo impensable no mucho tiempo antes.

John, más adelante, sería el primer obispo católico de los Estados Unidos, al ser nombrado para ocupar la sede episcopal de Baltimore, y el fundador de la universidad de Georgetown, mientras que Charles fue el único firmante católico de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos (y además, el último en morir de todos ellos, en 1832, cuando ya había cumplido los 95 años)



3. Francis Cooper, el diputado que se negó a realizar el juramento antipapista... y se salió con la suya
Las restricciones que pesaban sobre los católicos no desaparecieron de la noche a la mañana. Por ejemplo, para ostentar un cargo en la ciudad de Nueva York se exigía un juramento en el que se declaraba que se renunciaba a “cualquier sujeción a todo estado, potestad, príncipe o rey extranjeros, en toda cuestión eclesiástica o civil”. Los católicos, fieles al Papa de Roma en materia eclesiástica, se veían así discriminados.

En este caso no fue hasta 1806 cuando la situación cambió: el católico Francis Cooper fue elegido para ocupar un escaño en el parlamento estatal y se negó a realizar dicho juramento, lo que le impidió sentarse en su escaño. Tras numerosas protestas, el parlamento retiró la alusión a las cuestiones eclesiásticas y Cooper pudo jurar sin traicionar su fe.

4. El padre O´Reilly, el cura que impidió que Atlanta fuera arrasada
El padre Tomas O´Reilly, un sacerdote irlandés, llegó a Atlanta cuatro años antes de que estallara la guerra de Secesión para hacerse cargo de la iglesia de la Inmaculada Concepción, la única parroquia católica de la ciudad en aquel tiempo.

Cuando los combates se acercaron a Atlanta, el padre O´Reilly decidió que su lugar estaba en el campo de batalla, atendiendo los cuerpos y las almas de los heridos de ambos bandos. Pronto fue conocido y apreciado tanto por los oficiales confederados como por los de la Unión, lo que le permitió moverse libremente, administrando los sacramentos a todos por igual.

Así, no es de extrañar que al ordenar el general Sherman que todos los no combatientes abandonasen Atlanta, hiciera una excepción con el padre O´Reilly: el sacerdote era demasiado importante para los soldados de ambos ejércitos como para alejarle del lugar.

Pero con lo que no había contado Sherman fue con la reacción del buen cura a sus planes de entregar al fuego la entera ciudad de Atlanta. Cuando tuvo noticia se estas intenciones, O´Reilly fue a ver a su amigo, el general de la Unión Henry Slocum, y le pidió que al menos se salvasen las iglesias de la ciudad, los tribunales y el ayuntamiento, llegando a amenazar con la excomunión a quien ordenara o participara en la quema de estos edificios. Slocum le hizo llegar el aviso a Sherman y éste cedió. Cuando la población de Atlanta regresó a su ciudad encontró que las iglesias y los edificios públicos se habían salvado de la quema.

5. El padre Edward Sorin, la Universidad de Notre Dame... y la caída del Ku Klux Klan
La Universidad de Notre Dame, en South Bend, Indiana, es una de las universidades católicas estadounidenses más antiguas, sólo superada por la universidad jesuita de Georgetown (cuyo origen data de 1789), en Washington D.C. Notre Dame fue fundada en 1842 por el padre Edward Sorin, de la Congregación de la Santa Cruz y se hizo famosa por sus equipos de fútbol americano, los apodados Irlandeses Luchadores (Fighting Irish) por el origen de muchos de sus alumnos.

Pues bien, en 1924 el Ku Klux Klan era la organización más poderosa e influyente de Indiana con 350.000 miembros, uno de cada tres blancos del estado. El 17 de mayo, miles de miembros del Klan se dirigieron hacia South Bend con el propósito de aterrorizar a los estudiantes de Notre Dame, odiada por ser una prestigiosa institución católica.

Se desataron terribles enfrentamientos entre los estudiantes católicos y los miembros del Klan que duraron dos días y requirieron la intervención del ejército para restablecer el orden en la ciudad.

Como consecuencia de estos disturbios, D. C. Stephenson, jefe del Klan en Indiana, fue condenado por asesinato. Una vez en la cárcel confesó los vínculos del Klan con numerosos cargos públicos, muchos de los cuales fueron procesados. Al año siguiente los miembros del Klan en Indiana habían descendido hasta 15.000.

6. El obispo Hughes que animaba a defender las parroquias con las armas
A mediados del siglo XIX y como reacción ante la numerosa llegada de irlandeses a las costas norteamericanas, el nativismo, un movimiento de orgullo de los nacidos en EEUU y desprecio a los recién llegados, teñido de un intenso anticatolicismo, se hizo muy intenso.

Los disturbios empezaron a ser frecuentes: en Filadelfia, en 1844, una serie de ataques nativistas contra iglesias católicas se saldó con varias víctimas mortales. Mientras que el obispo de Filadelfia, Francis Kenrick, había pedido a su grey que no respondiera a los ataques, cuando los disturbios se reprodujeron unos días después en Nueva York, el obispo John Hugues llamó a los católicos neoyorquinos a tomar las armas y proteger sus parroquias. 

A continuación envió un aviso al alcalde de la ciudad y simpatizante nativista, James Harper, evocando la invasión francesa de Rusia en la que los rusos habían preferido incendiar Moscú antes que entregárselo a las tropas napoleónicas, añadiendo que “si una sola iglesia católica es pasto del fuego en Nueva York, la ciudad se convertirá en un nuevo Moscú”. El alcalde, haciendo gala de sensatez, convenció a los nativistas para que regresaran a sus casas.

7. El benedictino Martin Marty que bautizó a Toro Sentado con dos mil sioux Cuando el monje benedictino Martin Marty recibió la orden de viajar a América para poner orden en el monasterio de San Meinrad, en Indiana, difícilmente podía imaginar lo que el destino le iba a deparar. Con solo 26 años abandonó su monasterio de Einsiedeln, en Suiza y pasó 16 años en el renovado monasterio de Indiana.

Pero en 1876 aceptó la propuesta de la Oficina de las Misiones católicas indias y se aventuró a evangelizar en territorio indio, donde llegó un mes después de la batalla de Little Big Horn. Pronto su rectitud y ascetismo le hicieron ganarse el respeto de los sioux.

Fue Marty quien convenció a Toro Sentado para que renunciase al camino de la guerra, no sin antes haberlo bautizado junto con 2.000 sioux en 1883. Su labor entre los sioux continuó toda su vida, más adelante como el primer obispo de la diócesis de Sioux Falls. Además, tuvo tiempo para escribir un diccionario de la lengua sioux y traducir numerosos textos católicos a la lengua de estos indios.


Toro Sentado, con el gran crucifijo
que llevaba tras su bautismo


8. El obispo John Noll y el periodismo católico de Our Sunday Visitor
A finales del siglo XIX rebrotó con fuerza el nativismo con la fundación en Clinton, Iowa, de la American Protective Association (APA), que alcanzaría la cifra de dos millones y medio de miembros y llegaría a publicar 70 periódicos. Su programa era muy claro: impedir que continuaran llegando inmigrantes católicos al país y hacerle la vida lo más difícil posible a los que ya vivían en él. Los católicos reaccionaron con la fundación por parte del arzobispo de Fort Wayne, John Noll, del periódico Our Sunday Visitor, que se sigue publicando hoy en día. Por fortuna, la APA sufrió un rápido declive.

9. Babe Ruth, una leyenda del béisbol, en el reformatorio del padre Mathias 
Uno de los modos de conseguir respetabilidad y reconocimiento en Estados Unidos fue (y sigue siendo) el deporte, que los católicos también han utilizado para reivindicarse como ciudadanos de pleno derecho en un país muy marcado por sus orígenes puritanos y sus prejuicios anticatólicos.

Es lo que consiguió Notre Dame con su exitoso equipo de fútbol americano, y lo que también consiguió un joven conflictivo de Baltimore que ha pasado a la historia como una leyenda del béisbol: Babe Ruth, educado en un reformatorio católico. Fue el padre Mathias quien encauzaría a Ruth en la vida y conseguiría convertirlo en estrella del deporte. Una placa en la iglesia del campus de Notre Dame con su nombre recuerda su generoso donativo a esa universidad católica tan volcada con el deporte.

10. Russell Kirk, el gran pensador conservador contra la bomba de Hiroshima
Russell Kirk es sin duda el patriarca del renacimiento conservador de la segunda mitad del siglo XX que culminaría con la presidencia de Ronald Reagan y que fue clave para la caída del comunismo y la liberación de los pueblos sometidos por ese perverso régimen.

Kirk fue un académico, nacido en el seno de una familia de origen escocés, que logró un considerable impacto con sus obras de pensamiento político. Menos, no obstante, que los libros que publicó en su otra faceta de novelista de obras de misterio góticas. Quizás ese gusto le viniera del ambiente cercano al ocultismo de su familia y que abandonaría tras su conversión y admisión en la Iglesia católica.

Lo que quizás sorprenda a algunos fue su oposición al lanzamiento de bombas nucleares sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, que le llevaron a escribir: “Ahora que poseemos poder hemos hecho con él lo que los hombres siempre han hecho con él: lo hemos empleado abominablemente. Nosotros hemos sido los primeros en conseguir esas herramientas de masacre masiva y las hemos usado como los romanos usaron las suyas contra Cartago. Un puñado de individuos tomaron la determinación de extirpar las poblaciones de Nagasaki e Hiroshima; nosotros debemos tomar la determinación de impedir la posibilidad de estas decisiones”.



(Hay más historias asombrosas e interesantes como estas en La historia de los Estados Unidos como jamás te la habían contado)

viernes, 4 de septiembre de 2015

Los primeros hospitales

Los primeros hospitales
La verdadera revolución en la medicina, la que profesionalizó en cierto modo la asistencia médica, vino de manos de los cristianos


Por: www.4buenasnoticias.com | Fuente: www.4buenasnoticias.com 



Ir a un hospital no es plato del gusto de nadie. Pero son instituciones necesarias, donde se dan a los enfermos las atenciones que en casa no pueden recibir. Como todas las creaciones humanas, tienen un comienzo en la historia.

Parece ser que desde la antigüedad, los templos de los dioses fueron también casas de refugio para enfermos y escuelas de médicos, una profesión entonces que mezclaba lo artesanal y lo mágico. Los templos a Esculapio, el dios griego de la medicina, se usan a este efecto. En India se conocen hospitales desde el siglo III a. C.

Pero la verdadera revolución en la medicina, la que “profesionalizó” en cierto modo la asistencia médica, vino de manos de los cristianos. Como destaca el cirujano catalán Jacint Raventós en su último libro “La evolución de la asistencia en Cataluña”, "La Iglesia fue la primera entidad asistencial pública por su carácter universal e interclasista. Su acción benéfica y caritativa fue imitada gradualmente por la sociedad laica de los señores feudales, de los primeros burgueses ricos y de las comunas o universidades, formadas por la gente menuda, cuyas pequeñas aportaciones fueron también decisivas para la aparición y el mantenimiento de las entidades hospitalarias benéficas”.

Parece ser que santa Elena funda el primer hospital cristiano en Costantinopla, para atender a los peregrinos que iban Jerusalén. Los primeros hospitales están vinculados a los monasterios. Pero pronto se fundan casas hospitalarias bajo la dirección de la Iglesia. En París se funda el Hôtel Dieu por el obispo Landerico en torno al 650. Y en el 717 se funda en Roma el Hospital del “Santo Spirito”, bajo la protección de los papas. En la Edad Media nacen las primeras órdenes hospitalarias militares: la Orden Militar de San Juan de Jerusalén o del Hospital (actual Orden de Malta), nacida en 1048), y de la Orden Teutónica, surgida a finales del siglo XII en favor de los peregrinos alemanes. En Italia surgen en el siglo XV las “Compañías del Divino Amor”. Y en el siglo XVI aparecen las dos grandes órdenes militares: la Orden de san Juan de Dios, y la de los “Camilos”. Durante toda la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, la casi totalidad de los hospitales es de titularidad eclesiástica. Todavía hoy, el 80 % de los hospitales del Tercer Mundo son de iniciativa cristiana.

jueves, 14 de mayo de 2015

El simbolismo mariano de la bandera de Europa (Temas de la historia)

El simbolismo mariano de la bandera de Europa
No es difícil descubrir entre sus pliegues la sonrisa y el cariño de Nuestra Madre, la Reina de Europa


Por: Javier Paredes | Fuente: arvo.net



Arsene Heitz es un artista octogenario de la ciudad de Estrasburgo. Aunque su nombre no es muy conocido, sin embargo una de sus creaciones se despliega al viento como símbolo de todos los europeos. En efecto en 1950 el Consejo de Europa convocó un concurso de ideas para confeccionar la bandera de la recién nacida Comunidad Europea. Heitz, entre otros muchos diseñadores, presentó varios proyectos, y uno de ellos resultó ser el elegido, ése que hoy todos conocemos: doce estrellas sobre fondo azul.

Recientemente, Heitz ha desvelado a una revista francesa cuál fue el motivo de su inspiración. En aquellas fechas, dice él, leía la historia de las apariciones de la Santísima Virgen en la Rue du Bac de París, que hoy es conocida como la Virgen de la Medalla de la Milagrosa. Y según el testimonio del artista, concibió las doce estrellas en círculo sobre un fondo azul, tal como la representa la iconografía tradicional de esta imagen de la Inmaculada Concepción. En principio Heitz lo tomó como una "ocurrencia", entre las muchas que fluyen en la imaginación del artista; pero la idea despertó su interés, hasta el punto de convertirse en motivo de su meditación.

Por lo que dice en la revista, Heitz acostumbra a escuchar a Dios en su interior; es decir reza con el corazón y con la cabeza. Se declara un hombre profundamente religioso y devoto de la Virgen, a quien ni un solo día deja de rezar el Santo Rosario en compañía de su mujer. Y por todo ello concluye que en su inspiración confluyen además de sus dotes de artista, esas voces silenciosas que el cielo siempre pronuncia sobre los hombres de buena voluntad, de los que sin duda Heitz forma parte. Un artista que casi al final de su vida y en el cénit de su carrera, puede proclamar con la garantía de la autenticidad que concede ese momento, en el que los cosas que interesan son ya muy pocas pero muy importantes, que se considera un hombre que ama a todo el mundo, pero sobre todo a la Santísima Virgen, que es nuestra madre.

Es cierto que ni las estrellas ni el azul de la bandera son propiamente símbolos religiosos, lo que respeta las conciencias de todos los europeos, sean cuales sean sus creencias. En este sentido, cuando Paul M. G. Lévy, primer director del servicio de Prensa e información del Consejo de Europa, tuvo que explicar a los Miembros de la Comunidad Económica el sentido del diseño, interpretó el número de las doce estrellas, como "guarismo de plenitud", puesto que en la década de los cincuenta no eran doce ni los miembros de dicho Consejo, ni los de la Comunidad Europea. Sin embargo, en el alma de Heitz habían estado presentes las palabras del Apocalipsis: Una gran señal apareció en el cielo: La Mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y sin percatarse, quizás, los delegados de los ministros europeos adoptaron, oficialmente, la enseña propuesta por Heitz en la fiesta de la Señora: el 8 de diciembre de 1955. Muchas casualidades, como para que a partir de ahora no nos sea difícil descubrir entre los pliegues de nuestra bandera de europeos la sonrisa y el cariño de Nuestra Madre, la Reina de Europa, dispuesta a echarnos una mano en ese gran reto, que nos ha propuesto el sucesor de San Pedro, Juan Pablo II: recristianizar el Viejo Continente con el ejemplo de nuestras vidas y el testimonio de nuestra palabra.

Javier Paredes
Profesor Titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá (ESPAÑA)