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jueves, 15 de noviembre de 2018

LAS TRES PLENITUDES (San Alberto Magno)

LAS TRES PLENITUDES

vaso de aguaHabla San Alberto Magno que existen tres géneros de plenitudes: "la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene, y la de la fuente, que crea, retiene y da". ¡Qué tremenda verdad!
Efectivamente, yo he conocido muchos hombres-vaso. Son gentes que se dedican a almacenar virtudes o ciencia, que lo leen todo, coleccionan títulos, saben cuanto puede saberse, pero creen terminada su tarea cuando han concluido su almacenamiento: ni reparten sabiduría ni alegría.
Tienen, pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. Son simples servidores de su egoísmo.
También he conocido hombres-canal: es la gente que se desgasta en palabras, que se pasa la vida haciendo y haciendo cosas, que nunca rumia lo que sabe, que cuanto le entra de vital por los oídos se le va por la boca sin dejar pozo adentro. Padecen la neurosis de la acción, tienen que hacer muchas cosas y todas de prisa, creen estar sirviendo a los demás pero su servicio es, a veces, un modo de calmar sus picores del alma. Hombre-canal son muchos periodistas, algunos apóstoles, sacerdotes o seglares. Dan y no retienen. Y, después de dar, se sienten vacíos.
Qué difícil, en cambio, encontrar hombres-fuente, personas que dan de lo que han hecho sustancia de su alma, que reparten como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque recrean todo lo que viven y reparten todo cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Cristo -pienso- debió ser así. El era la fuente que brota inextinguible, el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros -¡ah!- tal vez ya haríamos bastante con ser uno de esos hilillos que bajan chorreando desde lo alto de la gran montaña de la vida.
Autor: Padre José Luis Martín Descalzo

sábado, 18 de noviembre de 2017

LAS TRES PLENITUDES (San Alberto Magno) Padre José Luis Martín Descalzo

LAS TRES PLENITUDES

vaso de aguaHabla San Alberto Magno que existen tres géneros de plenitudes: "la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene, y la de la fuente, que crea, retiene y da". ¡Qué tremenda verdad!
Efectivamente, yo he conocido muchos hombres-vaso. Son gentes que se dedican a almacenar virtudes o ciencia, que lo leen todo, coleccionan títulos, saben cuanto puede saberse, pero creen terminada su tarea cuando han concluido su almacenamiento: ni reparten sabiduría ni alegría.
Tienen, pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. Son simples servidores de su egoísmo.
También he conocido hombres-canal: es la gente que se desgasta en palabras, que se pasa la vida haciendo y haciendo cosas, que nunca rumia lo que sabe, que cuanto le entra de vital por los oídos se le va por la boca sin dejar pozo adentro. Padecen la neurosis de la acción, tienen que hacer muchas cosas y todas de prisa, creen estar sirviendo a los demás pero su servicio es, a veces, un modo de calmar sus picores del alma. Hombre-canal son muchos periodistas, algunos apóstoles, sacerdotes o seglares. Dan y no retienen. Y, después de dar, se sienten vacíos.
Qué difícil, en cambio, encontrar hombres-fuente, personas que dan de lo que han hecho sustancia de su alma, que reparten como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque recrean todo lo que viven y reparten todo cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Cristo -pienso- debió ser así. El era la fuente que brota inextinguible, el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros -¡ah!- tal vez ya haríamos bastante con ser uno de esos hilillos que bajan chorreando desde lo alto de la gran montaña de la vida.
Autor: Padre José Luis Martín Descalzo

sábado, 29 de octubre de 2016

A pesar del dolor...soy Su esclava.(Meditación para hoy) 29102016

A pesar del dolor...soy Su esclava.
¡Qué pensaría María, en los momentos de dolor de su Hijo!


Por: José Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net 




Ahora sé que elegí bien la palabra: «Esclava, esclava». Pude decir sencillamente: «Dile que sí, que estoy de acuerdo». O responder: «El sabe que estoy a sus órdenes». O preguntar: «¿Acaso Dios tiene que pedirme a mí permiso?» Pero dije: «He aquí la esclava», sin comprender hasta qué punto me convertía en lo que estaba diciendo, en alguien a quien arrastrarán siempre con los ojos cerrados por túneles oscuros que jamás entenderá.

Conducida del gozo al dolor, del dolor al espanto, del espanto a este vacío de ahora en el que mi corazón es un lagar molido, un cesto de cenizas, una cadena de muertes. Si sabías que esto acabaría así, ¿por qué elegiste una madre? ¿Por qué no naciste como el pedernal, en la montaña, en lugar de entrar en el pobre seno de una mujer que no podría soportar tanta desgarradura? Todas las madres dicen: «Los hijos son difíciles de entender, crecen, crecen; tu crees saber hasta la más mínima de las arruguitas de su cara. Y un día descubres que han crecido tan desmesuradamente que no acabas de creerte que un día han estado dentro de ti. Pero tú…

Es como si hubiera engendrado un gigante, parido una montaña, albergado dentro todas las cordilleras del universo entero. Siempre supe que me desbordarías. Cada vez que en tu vida quise descender al fondo de tus ojos entendí que me perdía por los vericuetos de tu alma. Tú eras, desde luego, un hombre. Yo lo sabía como nadie. Pero también más, también un vértigo a cuya orilla yo no podía ni asomarme. Crecías, crecías, como si tuvieras que vivir muchos años dentro de cada uno de los tuyos, como si te sobrase alma y la pobre piel que la ceñía fuera a estallar en cada hora. Y Yo, cuando te abrazaba ¿cómo podía abrazarte? Me dolías de tanto como te olía el alma a vida y a muerte. Que vendría el dolor, lo supe siempre. Bien me lo dijo Simeón antes de que Tú aprendieses a andar. Pero que el dolor fuese esto, no pude ni sospecharlo: oír el gotear de tu sangre, de «Nuestra» sangre, cayendo sobre el silencio de esta hora, sonando cada gota con más crueldad que los mismos martillazos. Se clava en mí el retumbar de cada gota, como un clavo que me penetra dentro, dentro, dentro, más dentro, allí donde el alma está en carne viva. ¡Ah, tus manos! Yo las vi gordezuelas, buscando mi pecho, enredando en mi pelo, besadas, mordisqueadas por mí, rubias de trigo nuevo, tendidas para acariciar mi rostro, partiendo el pan por mí amasado. ¿Y estaba preparándolas yo para ese hermano clavo que acabaría poseyéndolas, destrozándolas, desgarrándolas como abrías Tú el pan? Hijo, hijo, perdóname, perdóname por seguir viva cuando Tú estás muriendo, Perdóname por no saber decirte nada en esta hora, por no saber ni orar, por tener el alma como el desierto de los desiertos, por no saber ni estar contigo, por no tener en esta hora otro oficio que el de estar cansada y decirte: hijo, hijo, hijo. He entrado en el túnel de Dios. Y está oscuro. A los dos nos ha abandonado. Y ni siquiera nos ha abandonado juntos. Encerrado cada uno en su abandono como en un «bunker» de piedra, en dos vacíos gemelos pero separados.

Conocía la noche de la fe, pero nunca creí que fuera tan profunda. Ni una sola ventana con luz en el alma. Sólo creer, creer, apretar los puños del alma, esperar, agarrarte a los barrotes de tu cárcel, entrar en las entrañas de la oscuridad. Sin ángeles, sin voces de lo alto. Sólo la noche y el seguir escuchando el golpear feroz de los martillazos como látigos. Y el galopar de la muerte que se acerca. Y ojalá fueran, al menos, dos muertes las que se acercan. «Dios te salve, María, dijo el ángel. ¿Salvarme? ¿No es acaso ahora cuando tendría que salvarme y salvarte? ¿Llena de gracia quería decir llena de dolor y de muertes? ¿La gracia es esta espada que nos pulveriza? Gabriel, Gabriel, ¿dónde te has metido? Y si al menos ahora viviera José… Ah, José, amor mío, ¡qué daría yo ahora por tenerte junto a mí y reclinar mi cabeza en tu hombro! En la noche no hay nada. Sólo la noche. Y la certeza de que el sol vendrá mañana. Pero, ¿cuántos siglos faltan para mañana? Dímelo, hijo, respóndeme: ¿Es que siempre hay que salvar con sangre? ¿tan hondos son los pecados de los hombres que sólo pueden borrarse con manos y frente desgarradas? Yo acaricié tantas veces tu frente cuando, de niño, tenías fiebre. Pero las espinas, no, nunca pude imaginarlas. Salíamos al campo, corrías, jugabas con las zarzas. «No vayas a pincharte» Y reías, reías. Yo te veía crecer siempre con miedo. Ah, poder encerrarte para siempre en la infancia, retenerte, disfrutarte. ¿Por qué crecen los hombres, a dónde van, qué prisa tienen? ¿Qué les lleva a la muerte? ¿Una misión será más fuerte que la vida? Tu corazón estuvo siempre tirado, arrastrado por invisibles caballos, como por un hilo que te sujetara desde la eternidad. Tenías que salvar. Como si todas las otras vidas fuesen más importantes que la tuya. Te veo yéndote, como si fuera un pecado cada hora dedicada a ser feliz. «Si el grano no muere, es infecundo», decías. Y tenías que subirte a la cruz, como un suicida, como un amante, enterrándote, sin que entendieran tu entrega ni tus propios apóstoles. Esos pobres que han acabado fallándote. ¿Es que no lo supiste desde siempre? Veo el rostro de Judas, ese muchacho asustado que parecía temblar cada vez que oía la palabra «amor». Me habría gustado ser su madre. Tal vez, entonces… Cuánto le quise y le temí.

Escuchaba tus palabras no como quien las bebe, sino como quien las cuenta, como quien las numera con el alma retorcida. Y ahora, ¿dónde está? ¿dónde estás, Judas, hermano mío, hijo mío? Tu aullido es la gran sombra de esta tarde, un viento helado, una noche de invierno, una sed imposible. Hiel y vinagre suben por mi boca. Y Tú, pequeño mío, ¿por qué agitas ahora la cabeza? ¿qué nube de murciélagos quieres espantar de tu mente? No, no tengas miedo: el Padre tiene que estar orgulloso de ti, como ,o está tu madre. Has cumplido, has cumplido y El lo sabe, aunque esconda su rostro. Yo sé y Él sabe que has sido un valiente, digno de ser lo que eres: mi hijo y mi Dios. Ese Dios diminuto cuyo cuerpo lavé yo tantas veces, cuyas manos creadoras y pequeñitas cabían en las mías. Me quedaba mirándote y pensando: No es posible, no es posible que «esto» sea Dios; y tu boquita me hacía daño al mamar. Ea, ea, mi Dios. Aquella leche iba volviéndose sangre de Dios, la misma que ahora derramas. ¡Pero dejadle morir al menos! Muere por vosotros, ¿no lo entendéis? Un hombre puede ser redimido mientras se carcajea de su Redentor. La Humanidad es ciega. Ceguera. Un océano de ceguera nos rodea. ¡Si al menos supieran a Quien están matando! Tú jugabas a mi lado como los demás niños. Y nadie sospechaba. Como ahora. Si hubieran sabido con Quien jugaron, a Quien crucifican, morirían de espanto. Mejor que ni siquiera lo imaginen, pobres, pobres hombres. Pero yo no puedo permitirme el lujo de estar ciega. Yo sé. Yo mido el volcán sobre el que caminamos, el vértigo de Dios, la página que gira el Universo.

¿Te duele, niño mío? ¡Ah, si al menos volvieras hacia mí esos tus ojos misericordiosos! Pero lo entiendo: ahora estás redimiendo. ¿Qué tiempo podría sobrarte para sentimentalismos? No, no tengo yo derecho a robar a los hombres ni una sola esquirla de tu muerte. Aunque también mueres por mí. También yo necesito de su sangre. Me redimes con la que te presté. ¿Y ahora? ¿No es demasiado, hijo, lo que me estás pidiendo? ¿Habiendo sido madre tuya, cómo podría serlo de tus asesinos? Pero si fui esclava una vez, seguiré siéndolo. Que entren, que entren en mi seno. Se ha desgarrado tanto en esta hora, que ya me caben todos.

Y Tú, descansa hijo. Deja caer de una vez tu cabeza. Y descansa en la muerte. Ella no te hará daño. No podrá vencerte. Cruzará por tus venas, triturará tu sangre, pero Tú tienes tanta vida en ti que ella no durará mucho sobre tus dominios y se irá, derrotada, asombrada de haber podido estar alguna vez sobre su Dios. Y yo cuidaré tu cuerpo. Iré quitándole una a una las espinas, besándote las llagas, cerrando tus ojos, aunque al hacerlo el universo se oscurezca. ¡Ah, si pudiera volver a llevarte dentro, ah, si pudiera parirte otra vez y no sólo tenerte derrumbado sobre mis pobres brazos! Descansa, hijo. Y vuelve, vuelve pronto. Y si puedes, regresa con todas tus heridas, para que ni yo ni nadie lo olvidemos, tanto amor, tanto amor. Vuelve con todas tus sangrientas condecoraciones, hermano nuestro, hijo mío, mi Dios.

lunes, 18 de julio de 2016

El arte de dar lo que no se tiene (José Luis Martín Descalzo)

El arte de dar lo que no se tiene
Ser feliz no es carecer de problemas, sino conseguir que los problemas, fracasos y dolores no anulen la alegría y serenidad del alma.


Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net 




A Gerard Bessiere le ha preguntado alguien cómo se las arregla para estar siempre contento. Y Gerard ha confesado cándidamente que eso no es cierto, que también él tiene sus horas de tristeza, de cansancio, de inquietud, de malestar. Y entonces, insisten sus amigos, ¿cómo es que sonríe siempre, que sube y baja las escaleras silbando infallablemente, que su cara y su vida parecen estar siempre iluminadas?. Y Gerard ha confesado humildemente que es que, frente a los problemas que a veces tiene dentro, él "conoce el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo: salir de uno mismo", buscar la alegría donde está (en la mirada de un niño, en un pájaro, en una flor) y, sobre todo, interesarse por los demás, comprender que ellos tienen derecho a verle alegre y entonces entregarles ese fondo sereno que hay en su alma, por debajo de las propias amarguras y dolores. Para descubrir, al hacerlo, que cuando uno quiere dar felicidad a los demás la da, aunque él no la tenga, y que, al darla, también a él le crece, de rebote, en su interior.

Me gustaría que el lector sacara de este párrafo todo el sabroso jugo que tiene. Y que empezara por descubrir algo que muchos olvidan: que ser feliz no es carecer de problemas, sino conseguir que estos problemas, fracasos y dolores no anulen la alegría y serenidad de base del alma. Es decir: la felicidad está en la "base del alma", en esa piedra sólida en la que uno está reconciliado consigo mismo, pleno de la seguridad de que su vida sabe adónde va y para qué sirve, sabiéndose y sintiéndose nacido del amor. Cuando alguien tiene bien construida esa base del alma, todos los dolores y amarguras quedan en la superficie, sin conseguir minar ni resquebrajar la alegría primordial e interior.

Luego está también la alegría exterior y esa depende, sobre todo, del "salir de uno mismo". No puede estar alegre quien se pasa la vida enroscado en sí mismo, dando vueltas y vueltas a las propias heridas y miserias, autocomplaciéndose. Lo está, en cambio, quien vive con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo que le rodea: la Naturaleza, los rostros de sus vecinos, el gozo de trabajar.

Y, sobre todo, interesarse sinceramente por los demás. Descubrir que los que nos rodean "tienen derecho" a vernos sonrientes cuando se acercan a nosotros mendigando comprensión y amor.

¿Y cuando no se tiene la menor gana de sonreír? Entonces hay que hacerlo doblemente: porque lo necesitan los demás y lo necesita la pobre criatura que nosotros somos. Porque no hay nada más autocurativo que la sonrisa. "La felicidad -ha escrito alguien- es lo único que se puede dar sin tenerlo". La frase parece disparatada, pero es cierta: cuando uno lucha por dar a los demás la felicidad, ésta empieza a crecernos dentro, vuelve a nosotros de rebote, es una de esas extrañas realidades a las que sólo podemos acercarnos cuando las damos. Y éste puede ser uno de los significados de la frase de Jesús: "Quien pierde su vida, la gana", que traducido a nuestro tema podría expresarse así: "Quien renuncia a chupetear su propia felicidad y se dedica a fabricar la de los demás, terminará encontrando la propia". Por eso sonriendo cuando no se tienen ganas, termina uno siempre con muchísimas ganas de sonreír.





lunes, 13 de junio de 2016

JL. Martín Descalzo 12062016

JL. Martín Descalzo

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12 junio 2016


Con motivo del 25 aniversario de la muerte de José Luis Martín Descalzo he publicado un post en el Blog El Olivo, que hoy dejo sentado en este Blog Semblanzas SacerdotalesSe cumple mañana el vigésimo quinto aniversario de la muerte del gran sacerdote, escritor, periodista y maestro de muchas generaciones de curas, José Luís Martín Descalzo. Dedicarle un merecido recuerdo es de justicia.
 
“Nació el 27 de agosto de 1930 en Madridejos (Toledo), en el seno de una familia profundamente cristiana, de la que era el menor de cuatro hermanos. Sus padres fueron Don Valeriano, de carácter noble y sobriedad castellana, y Doña Pepita, que derrochaba bondad y buen humor -comíamos amor cada mañana, rebanadas de alma, diría de ellos-. Ambos inculcaron en él su afición temprana a la lectura y su profundo sentido del deber.
Cuando tenía tres años se trasladaron a Astorga, nuevo destino profesional de su padre quien oficiaba de secretario judicial. Allí transcurrió casi toda su infancia, hecho que evoca de manera entrañable a menudo en sus obras, hasta que a los 12 años ingresa en el Seminario de Valladolid.
 
Completó sus estudios de Historia y Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; allí formó parte del grupo poético reunido en la revista Estría del Colegio Español, que ayudó a fundar junto con José María Javierre, y en la cual colaboraron escritores como José María Cabodevilla, el más tarde arzobispo Antonio Montero Moreno, el biblista Luis Alonso Schökel, y Joaquín Luis Ortega, después director de la Biblioteca de Autores Cristianos y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, y luego el poeta y ensayista José María Valverde. Se ordenó sacerdote en 1953.
Ejerció como profesor de Literatura en el Seminario de Valladolid, dirigiendo también allí una compañía de teatro de cámara. Durante el Concilio Vaticano II fue corresponsal de prensa en el mismo. Como periodista, dirigió las revistas Vida Nueva y Blanco y Negro y el programa televisivo Pueblo de Dios de RTVE.s1 Representó una literatura relacionada con el humanismo cristiano. En 1956 obtuvo el Premio Nadal por La Frontera de Dios y en 1962 el Premio Teatral de Autores. En 1976 consiguió el Premio González-Ruano de periodismo.
Su trayectoria dramática se inició con La hoguera feliz, montada por Mario Antolín por el Teatro Nacional de Cámara y Ensayo en 1969, una nueva recreación del personaje histórico de Juana de Arco en que se privilegia su capacidad de optar por el camino más difícil. La pieza fue un éxito de crítica y público. A dos barajas (1972) fue un melodrama fácil al gusto del público de entonces. Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos (1986) constituyó su mayor éxito y, tras más de cien representaciones en provincias, llegó a Madrid y conquistó al público de la capital, sobre todo por la cautivadora interpretación de Elisa Montés.
De su prolífica obra literaria destacaron: Vida y misterio de Jesús de Nazaret, y los libros de Razones: para vivir, para la esperanza, para la alegría, para el amor, desde la otra orilla, que recogieron muchos de los artículos periodísticos publicados, seguidos semanalmente por multitud de lectores… Basados en hechos reales y cotidianos de la vida, constituyen un estilo singular, a modo de parábolas, que tratan de dar una respuesta de esperanza al dolor humano, utilizando para ello un lenguaje sencillo, transparente y a la vez profundo, al alcance del “hombre de la calle”. En ellos también expone y acerca la esencia y el pensamiento de numerosos autores que influyeron en su vida.
José Luis Martín Descalzo, padeció una grave enfermedad cardíaca y renal, que lo obligó a estar sometido a diálisis durante muchos años, en los que tuvo a su lado como ángel custodio a su hermana Sor Angelines; en ese tiempo escribió muchas de las mejores páginas de su prolífica obra, además de continuar interviniendo en televisión y escribiendo artículos en prensa. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza y vida, hasta su muerte en Madrid, el martes 11 de junio de 1991.
Su testimonio y su obra permanecen vivos, extendiéndose hoy su legado por todo el mundo, con múltiples reediciones de sus libros.”
El libro de Martín Descalzo que me leí primero fue Un periodista en el Concilio. Contemplé su obra de teatro: A dos barajas. Guardo gran recuerdo de La frontera de Dios. Sus artículos en la prensa fueron alimento diario para un ansioso de su prosa limpia y clásica.
Quede aquí en el Blog El Olivo este recuerdo al gran maestro Martín Descalzo, a quien aún falta un gran homenaje de toda la Iglesia en España, olvidadiza con sus mejores hijos.
Tomás de la Torre Lendínez

viernes, 13 de noviembre de 2015

La hierba crece de noche (José Luis Martín Descalzo)

La hierba crece de noche
Como todas las cosas grandes e importantes

Henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental


Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para vivir 



No sé ya quién escribió esa perogrullada que he puesto como título de esta nota, pero sí sé que de ella viene alimentándose mi alma hace un montón de años. Porque es cierto, la hierba -como todas las cosas grandes e importantes del mundo- crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea crecer, porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre acompañada del brillo y del estrépito.

La gran peste de este mundo contemporáneo -y los periódicos estamos contribuyendo decisivamente a ello- es que en él, como anunciara Kierkegaard, sólo se conceden altavoces a los necios.

Cualquier cretino de turno se casa o descasa, se pinta el pelo de verde, hace -¡oh, milagro!- dos agujeros en los pantalones de las nenas, y ahí están todas las revistas del mundo para contar su prodigiosa hazaña. Pero, en cambio, si usted «sólo» ama, «sólo» trabaja, «sólo» piensa y estudia, «sólo» trata de ser honesto, ya puede matarse a hacer todas esas cosas tan poco importantes, que jamás saldrá en la primera página. Cualquier criminal será más importante que usted. Y así es como los hombres de hoy estamos condenados a ver perpetuamente la realidad a través de un espejo deformante.

Si tres mil cirujanos ponen su alma y sus nervios en aras de sus pacientes, nunca serán noticia. Pero Dios libre a uno solo de ellos de equivocarse en uno de sus diagnósticos o en el manejo de sus bisturíes, pronto serán los tres mil acusados de carniceros.

Si veinte mil curas luchan diariamente por difundir su fe en Dios y por servir humildemente a sus hermanos, jamás cantará nadie su heroísmo en un poema. Pero que suba uno de ellos a un púlpito un día en que le duele el estómago y diga un par de tonterías, verán ustedes cómo lo cuenta hasta la televisión.

Podríamos seguir con todas las profesiones. Podríamos añadir que del mismo bien sólo se ven los aspectos espectaculares. Yo no sé si Agustina de Aragón era una buena novia o una buena esposa, yo no sé si quería a sus padres o era generosa con sus amigas. Sólo me han contado que un día se inflamó su alma y disparó un cañón, y la verdad es que resulta mucho más heroico amar veinticinco años que disparar un cañón veinticinco minutos.

A veces uno se muere de risa: llevas toda tu vida luchando por escribir bien, acusando montañas de páginas, renunciando a millares de diversiones para atarte a este potro de tortura que es la máquina de escribir... ¡y se enteran veinticinco! Pero te llaman un día a la televisión para que digas las cuatro bobadas que se pueden decir en tres minutos (y que forzosamente en aquel clima de focos y locura no pueden ser otra cosa que bobadas) ¡y luego estás durante un mes encontrándote con amigos que te dicen que te vieron en la «tele» y que hasta te valoran por ese maravilloso éxito de que tu rostro haya aparecido en ese cuadradito luminoso!

Sí, henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental. Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro. Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: sólo vemos el mal, sólo parece triunfar la estupidez.

Esto último no es culpa de la prensa: desde que el mundo es mundo, los tontos han hecho siempre mucho ruido. Y así como cien violentos son capaces de traer en jaque a treinta millones de pacíficos, una docena de infradesarrollados son capaces de poner patas arriba todo lo que los mejores lograron construir a lo largo de siglos.

Frente a ello sólo nos queda la sonrisa, reírse un poco de la condición humana y de esa ancha zona de tontería que todos llevamos dentro de vuestra propia alma. Sonreír, mirarse al espejo, sacarle la lengua a la tontería externa y a la interna... y seguir trabajando. Porque ésta es la gran verdad: toda la necedad del mundo nunca será capaz de impedir que la hierba siga creciendo de noche... siempre que la hierba sea capaz de seguir creciendo callada y oscuramente y no caiga también ella en la tentación de envidiar a los ruidosos.

Platón lo dijo mucho mejor: «Nada de cuanto sucede es malo para el hombre bueno.» Puede el dolor acorralarnos, pero no emponzoñarnos. Puede la injusticia agredirnos, pero no violarnos. Puede la frivolidad escupirnos, pero no ahogarnos. Sólo la propia cobardía puede conducirnos al desaliento y, con él envenenarnos. Damos una importancia desmesurada al mal. Invertimos lo mejor de nuestras horas en lamentarnos de él o en combatirlo. Y casi ya no nos resta tiempo para construir el bien.

Graham Greene decía que esa famosa estación del Vía Crucis que suele titularse «Jesús consuela a las piadosas mujeres» debería llamarse «Jesús reprende a las mujeres lloronas». Porque aquellas mujeres que tanto parecían compadecerse del Cristo sufriente, ¿no pudieron hacer por él algo más que llorar? Y añade, ferozmente, el novelista: «Las lágrimas sólo sirven para regar berzas.» Yo añadiría que «además las riegan muy mal». Efectivamente: sobran en el mundo los llorones, faltan trabajadores. Y las lágrimas son malas si sólo sirven para enturbiar los ojos y maniatar las manos.

¡Ni una lágrima, pues! Mis ojos -cuando están claros- saben, aunque no vean, que en la negrura del mundo hay millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y ardientes. No gritan, pero aman. No son ilustres, pero están vivas. No salen en los periódicos, pero ellas sostienen el mundo. Hay en todo lo ancho del planeta millones de flores que nunca verá nadie, que crecerán y morirán sin haber «servido» para nada, pero que estarán orgullosas por el simple hecho de vivir y de haber sido hermosas. Porque, como dijo -hablado de las rosas- un poeta, «qué importa morir, cuando se ha sido ¡y tanto!».

 

jueves, 22 de octubre de 2015

24 pequeñas maneras de amar (Tema actual)

24 pequeñas maneras de amar
Con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable


Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net 



Cuando a la gente se la habla de que "hay que amarse los unos a los otros" son muchos los que se te quedan mirando y te preguntan: ¿y amar, qué es: un calorcillo en el corazón? ¿Cómo se hace eso de amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos o semiconocidos? ¿Amar son, tal vez, solamente algunos impresionantes gestos heroicos?
Un amigo mío, Amado Sáez de Ibarra, publicó hace muchos años un folleto que se titulaba "El arte de amar" y en él ofrecía una serie de pequeños gestos de amor, de esos que seguramente no cambian el mundo, pero que, por un lado, lo hacen más vividero y, por otro, estiran el corazón de quien los hace.
Siguiendo su ejemplo voy a ofrecer aquí una lista de 24 pequeñas maneras de amar:
- Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.
- Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
- Pensar, por principio, bien de todo el mundo.

- Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se lo merecerían teóricamente.
- Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.
- Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.
- Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.
- Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.
- Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.
- Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.
- Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.
- Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.
- Contestar, si te es posible, a todas las cartas.
- Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.
- Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.
- Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
- Hacer regalos muy pequeños, que demuestran el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
- Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.
- Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
- Dar buenas noticias.
- No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.
- Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.
- Mandar con tono suave. No gritar nunca.
- Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.
La lista podría ser interminable y los ejemplos similares infinitos. Y ya sé que son minucias. Pero con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

viernes, 2 de octubre de 2015

El frenesí del bien (Razones para la Alegría) José Luis Martín Descalzo

El frenesí del bien
Una enfermedad muy típica de curas, de monjas, de algunos apóstoles seglares, que parecen medir su amor a Dios por el número de cosas que hacen


Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para la Alegría 




A un jesuita amigo mío le han regalado una cartera en cuya piel el donante había mandado repujar aquellas palabras de Santa Teresa que recuerdan que "hay en la Compañía muchas cabezas perdidas por el demasiado trabajo". La Santa de Ávila, desde luego, sabía lo que se decía, porque no sólo en la Compañía, sino en el mundo entero, abundan las cabezas echadas a perder por el ingenuo afán de abarcarlo todo. Hay también, naturalmente, muchísimas cabezas que se pierden por no dar golpe. Pero esto, al fin y al cabo, es natural. Lo triste es que se pierdan también gentes y cabezas estupendas que quedaron atrapadas en ese engaño que el P. Duval llamaba "el frenesí de hacer bien a los demás".

Como es lógico, no voy a decir yo aquí lo contrario de lo que tantas veces he dicho en este cuaderno de apuntes: que sólo el amor a los demás llena y justifica nuestras vidas. Pero sí voy a añadir que todas las cosas tienen su medida, que hay gente que confunde el celo con el frenesí, y que hay ciertos tipos de amor al prójimo que, precisamente por lo exagerados que son, terminan por ser una forma especialmente maligna de egoísmo.

Hay, efectivamente, gentes que se entregan tanto a la actividad, a la lucha -tal vez por sus ideas, quizá por otras personas-, que no logran ocultar que lo que les ocurre es que, por dentro, están solos y vacíos y que tienen miedo a pararse para contemplar su alma, con lo que el trabajo se les vuelve una morfina porque temen que, si se parasen, se desintegrarían.

Esta enfermedad es, por ejemplo, muy típica de curas, de monjas, de algunos apóstoles seglares, que parecen medir su amor a Dios por el número de cosas que hacen. Son la gente que querría ser "más celosa que Cristo" y que se avergüenza un poco de pensar que él "perdiera" treinta años cortando maderas en Nazaret.

Es también típica de ciertos activistas políticos o pacifistas que creen que su entrega a la causa se mide por los nervios que a ella dedican, sin darse cuenta de que con ello van pasando de ser seguidores y servidores de una idea a convertirse en fanáticos de la misma.

¿Hay algo más ridículo que un pacifista que carece de paz interior y que, combatiendo la guerra, crea guerras de nervios? "El frenesí del activista -ha dicho Thomas Merton -neutraliza su trabajo por la paz. Destruye su capacidad de paz. Destruye la fecundidad de su obra, porque mata la raíz de sabiduría interior que hace fecunda la obra." Sí, nada que nazca fuera de un alma reposada es verdaderamente fecundo.

El frenesí del bien, digámoslo sin rodeos, es tan peligroso y estéril como el frenesí del mal. Y de ambos proviene un no pequeño porcentaje de neurosis.

María Germade, en el precioso libro que publicó sobre la Depresión mental, analiza cómo en los comienzos de su crisis "iba de un lado a otro con la idea fija de hacer más cosas en menos tiempo, creyendo que, por el hecho de hacer cosas, vivía más". "Quizá esta reacción naciera de la admiración que había sentido por las personas que repetían la frase ´no tengo tiempo para nada´. Quizá me parecieran más importantes que yo, que entonces lo tenía para todo, y quise ser como ellas."

Sí, hay que decirlo sin rodeos: la gente que dice que "no tiene tiempo para nada" realmente dice la verdad: que no hacen nada, que corren de acá para allá, que tal vez fabrican cosas y montan mandangas, pero... hacer, hacer de veras, no hacen nada sino multiplicar sus nervios y los de quienes les rodean.

Pronto reciben, además, su propio castigo cuando descubren que en ellos se realiza aquel verso terrible de Rilke: "Voy haciendo ricas todas las cosas, mientras yo me quedo cada vez más pobre". El verdadero amor es otra cosa. El que ama no pierde cuando da, al contrario, se enriquece dando. Aquel cuya alma se devalúa al entregarse, en realidad lo que entrega son sus nervios y no su alma.

Sí, defendamos la calma como fuente de toda obra bien hecha. Decía Martín Abril que "para estar bien despierto hay que estar bien dormido". Y pudo añadir que para estar bien activo hay que estar bien relajado, que los árboles necesitan su tiempo para crecer y las frutas para madurar, que no se está más vivo por el hecho material de hacer más cosas, que no hay que confundir el arte de amar o el de vivir con el de batir un récord de cien metros lisos en una olimpiada.



viernes, 27 de febrero de 2015

87. Cuando los hombres se dan la mano (Razones desde la otra orilla) José Luis Martín Descalzo

87. Cuando los hombres se dan la mano
Hubiera dado oro por poder asistir al diálogo entre Karol Wojtyla y Ali Agca. Haber estado allí, silencioso, sentado en el pobre camastro, olvidándome incluso de que soy periodista y de que uno de aquellos dos pequeños y temblorosos seres que conversan, como si se confesasen, es el Papa y el otro su asesino. Haber oído tembloroso, como quien asiste a un sacramento, las palabras que se cruzaban seres tan distintos, a los que el destino cruzó en el fulgor de unos disparos; seres que nada sabían en realidad el uno del otro segundos antes de que la bala atravesara un cuerpo, regara de sangre la tapicería del «jeep», que cruzaría casi en volandas la plaza de San Pedro, a la misma hora en que las agencias del mundo entero abrían miles de no menos dolorosas heridas.
Me habría gustado estar allí para preguntarles qué es esto de ser hombre, por qué un ser humano puede disparar sobre otro, qué razones pueden conducir a enarbolar una pistola para cortar con ella algo tan sagrado como una vida cualquiera, tanto si es la del Papa como si fuera la de un asesino.
Habría querido investigar qué ideas, qué tipos de razones pueden conducir a oprimir un gatillo. ¿Razones religiosas? Pero ¿es posible que alguien pueda llegar alguna vez a creer que puede servir a Dios matando a un hijo suyo?-¡ Qué largos siglos de aberraciones, de falsificaciones de la imagen de Dios, han podido conducir a grupos humanos -incluso a seguidores de Cristo- a la monstruosa idea de que un Dios Padre tenga que ver algo con un Dios-verdugo!
Ya es -me parece- bastante doloroso que en esta oscura búsqueda en que caminamos hacia El podamos, a veces, confundir a Dios con sus sombras para que encima caigamos en la aberración de confundirle con alguien sediento de sangre, con un devorador de aquellos que en El no creen. Sólo los sueños locos de Goya pudieron inventarse la imagen visible del antidiós en ese Saturno que devora a sus hijos o a sus enemigos. Moloc sólo es un sueño de la demencia humana. Dios está en otro sitio: en esa cárcel en la que dos hombres se acercan y conversan, y porque se acercan se aman.
¿Quién inyectaría en la cabeza de Ali Agca la idea de que el Papa era un enemigo de su Alá o de su pueblo? ¿Sólo el dinero? ¡Es demasiado poco! Sólo las ideas tienen veneno suficiente para llevar a la locura. Alguien llenó su cabeza de cualquiera de esos dogmas que son siempre peligrosos cuando se olvida que todos deben subordinarse a la más radical de todas las ideas: «La única, la última verdad, es amarse.» Toda idea en la que surge o aparece la palabra enemigo tiene que ser forzosa- mente falsa.
Miro esta fotografía en la que dos hombres hablan: no hay enemigos ahí. Dadme una foto como ésa y construiremos el mundo.
Me habría gustado también, claro, oír las palabras que Juan Pablo diría a su asesino. Pero en éstas siento menos curiosidad. Son fáciles de imaginar. Seguramente son las mismas con las que describió a Dios en una encíclica como el «rico en misericordia». Son viejas palabras perdón, comprensión, misericordia. Palabras que algunos creen que los cristianos decimos desde arriba, con el orgullo del que saborea el placer de sentirse y saberse magnánimo. Pero nunca se perdona desde arriba, sino acercándose en un rincón, a la misma altura, en voz baja.
Me hubiera gustado, eso sí, escuchar con qué tono se dijeron esas palabras por parte del Papa, cómo fueron oídas por el joven Ali.
No hace muchas semanas, una dulce periodista televisiva, batiendo el récord de inhumanidad, se atrevió a preguntar, como quien hace una gracieta, a un sacerdote, y aludiendo al Papa, si él creía que Cristo llevaría chaleco antibalas. La pregunta nos hirió a muchos como un disparo de frivolidad. En primer lugar, porque es un hecho que el Papa se ha negado a los chalecos antibalas. En segundo, porque si él no tuviera el pequeño derecho a defender su vida lo tendríamos los muchos que le amamos y queremos que siga estando entre nosotros. En tercer lugar, porque esa pregunta sólo tiene derecho a formularla quien tenga su cuerpo ya atravesado y siga exponiéndolo a diario a los disparos.
Yo sé muy bien que Juan Pablo II está más que dispuesto a subir a la cruz el día que sea necesario. ¿Es que no sube acaso en la renuncia permanente a su vida privada, en el riesgo diario de sus baños de multitud, en los aplastantes itinerarios de todos sus viajes?
De todos modos, lo que importa no es jugarse la muerte, sino construir la vida. Y esa foto construye. A mí me gustaría que ahora el Papa consiguiera la amnistía para su asesino. Pero muy por encima de los frutos personales me emociona pensar que dos ¿enemigos? puedan encontrarse, dialogar, regresar a la hombría total en la que ingresamos por la palabra y de la que huimos por los disparos.
Escribir este día con lápiz gozosamente rojo en mi calendario: porque el mundo retrocede en cada hombre que mata y estalla como una primavera cada vez que dos hombres que se creían adversarios se dan la mano.
Me pregunto qué pensarán hoy los miles de lectores que contemplarán esta portada: ¿Ternura? ¿Emoción? ¿Esperanza?
Recuerdo que el día que murió Juan XXIII, un desconocido taxista me dijo: « i Pobrecillo, hay que ver el trabajo que le está costando morir! Yo me puse a pensar anoche cómo podría ayudarle en algo y me acordé de que hacía un año que no me hablaba con mi cuñado. Le llamé. Cenamos juntos. Volvimos a ser amigos y me acosté feliz porque había ayudado en algo al Papa. En definitiva, si él recibió al yerno de Kruschev, ¿por qué no iba a poder recibir yo a mi cuñado?»
Bajé del taxi temblando. Durante los días anteriores todos los periódicos del mundo habían buscado cientos de interpretaciones políticas al gesto del Papa Roncalli: los avanzados lo veían como una insólita puerta hacia la distensión. Los conservadores, como un gesto imprudente que podía dar miles de votos a los comunistas. Aquel taxista lo había entendido: la hermandad era anterior a la política.
Por eso yo no sé lo que significa este encuentro entre el Papa y Ali Agca. No sé qué saldrá de ese diálogo. Sé que yo, cuando termine de escribir este artículo, tendré la obligación de preguntarme: «José Luis, ¿contra quién has disparado en este año que concluye? ¿A quién deberás acercarte antes de que el mes concluya?» Dicen que este año es el año de la reconciliación. Ahora lo entiendo: reconciliarse es sentarse todos juntos en un rincón y llorar juntos, porque los hombres somos idiotas y aún no hemos empezado a aprender la primera lección, que es amar y no dispararnos -nunca, por nada- los unos a los otros.


FINAL DEL LIBRO

jueves, 26 de febrero de 2015

86. Jueves Santo: la hora del vértigo (Razones desde la otra orilla) José Luis Martín Descalzo

86. Jueves Santo: la hora del vértigo
Decía Bernanos que el misterio de toda vida cristiana consiste en descubrir qué lugar del Evangelio nos ha sido destinado, qué frase evangélica fue escrita por y para nosotros. El novelista francés decía que todo cristiano ha tenido una antevida contemporánea a Cristo y que cada uno de nosotros se cruzó un día con jesús en algún lugar de Palestina. Descubrir qué rincón es ése, qué palabra fue pronunciada por Cristo en ese encuentro sería la clave de toda vocación cristiana.
Bernanos mismo decía haber encontrado ya su «sitio» y se declaraba, como varios de sus personajes, «prisionero de la Santa Agonía».
Hace falta realmente mucho valor para atreverse a centrar una vida en el Huerto de los Olivos. Yo, ciertamente, no me atrevería. Porque siempre que trato de asomarme, aunque sea fugazmente, a esta hora, siento que el vértigo se apodera de mí y es más fuerte que yo. Pues, si he de ser sincero, he de confesarme a mí mismo que el vértice de la pasión de Cristo hay que situarlo mucho más en la noche del jueves que en la tarde del viernes.
Y es que nos hemos obsesionado demasiado con la muerte física y material de Cristo. Resulta -no voy yo a negarlo- escalofriante que muera el Hijo de Dios vivo. Pero, en definitiva, ¿morir no es una simple consecuencia de haberse hecho hombre? Guillén ha cantado que, «para ser el hombre más humano», jesús tenía que sufrir y morir. Cristo no se disfrazó de hombre durante unos meses o años. No podía, pues, volver indemne a su cielo tranquilo.
Por eso pensaba Góngora que era mucho más importante la noche de Navidad que la tarde de la Agonía. Ya que -decía - «hay distancia más inmensa de Dios a hombre que de hombre a muerte». Según ello, Cristo habría dado un gran salto de la eternidad al tiempo al venir a la Tierra, y un pequeño salto desde la vida a la eternidad a la hora de morir; un salto, en definitiva, gemelo al que antes y después que Él darían millones y millones de hombres.
Así las cosas -y si el lector no se escandaliza-, podría preguntarse si no le habremos dado una excesiva importancia a la materialidad de esos sufrimientos y de esa muerte. Y hasta podría desconcertarnos que Cristo temiera y temblara antes de esa marcha que a muchos otros hombres no hizo temer ni temblar. Si la muerte de Cristo fuera importante sólo por el «volumen» de sus sufrimientos, habría que pensar que tanto o más que El han sido torturados muchos otros hombres desde que el mundo es mundo. Y hasta podría pensarse que, vista desde fuera, la muerte de Jesús no tuvo más «dignidad» que muchas otras muertes. En lo externo, la agonía de Cristo no tuvo el equilibro de la muerte de Sócrates, ni la arrogancia de la de Alvaro de Luna, ni la paz de la de Juan XXIII. Ironizando, podríamos decir que muchos santos murieron «Mejor» que El.
Tiene que haber, entonces, un misterio más hondo, algo que haga más vertiginosa la muerte de Cristo que el puro hecho de morir. La clave de la pasión de Cristo no pudo ser la anécdota de entregar la vida. «El cáliz» del que pedía ser dispensado tiene que ser distinto y mucho más terrible que espinas, azotes, clavos y cruz.
Y es que no se trataba simplemente de morir, sino ante todo y sobre todo de redimir, de hacer suyos los pecados del mundo. Todos. Ahora sí hemos entrado realmente en el vértigo. Porque no se trataba simplemente de «cargar» con los pecados del mundo, como se echa un saco sobre las espaldas..Una traducción demasiado literal del Agnus De¡ nos ha acostumbrado a pensar que Cristo cogió o quitó los pecados del mundo como coge el faquín una maleta o como se quita un estorbo de sobre una mesa. Tomar así el pecado, como con pinzas, no hubiera resultado demasiado doloroso. Se hubiera tratado simplemente de vencer un poco el asco y de limpiarse luego las manos del alma con alcohol.
Pero eso no hubiera sido redimir. La redención lleva consigo el que la víctima tome literalmente el lugar del ofensor, haciendo suya la culpa, encarnándola de algún modo.
San Pablo, que no era demasiado amigo de metáforas, lo dijo aún más brutalmente al afirmar no sólo que Cristo hiciera suyos los pecados, sino que El mismo «se hizo pecado».
Aquí sí que hemos llegado verdaderamente al terror. Y tenemos que contradecir a Góngora, pues «si hay distancia más inmensa de Dios a hombre que de hambre a muerte», hay distancia mucho más inmensa de Dios a pecado que de Dios a hombre. El hombre no es lo contrario de Dios. Pero, asumiendo el pecado, Dios hacía suyo lo contrario de Sí mismo: volvía, podríamos decir, su alma del revés.
El cardenal Newman, con un coraje que difícilmente tendría un cristiano de hoy, se ha atrevido a bajar a lo concreto en sus imágenes al escribir sobre la Agonía en el Huerto:
«Permaneció de rodillas, inmóvil y silencioso, mientras el impuro demonio envolvía su espíritu con una túnica empapada en todo lo que el crimen humano tiene de más odioso y atroz, y la apretaba en torno de su corazón. Y mientras tanto invadía su conciencia, penetraba en todos los sentidos, en todos los poros de su espíritu y extendía sobre El su lepra moral, hasta que El se sintió convertido en lo que nunca puede llegar a ser, en lo que su enemigo hubiera querido convertirlo. Cuál fue su horror cuando, al mirarse, no se reconoció, cuando se sintió semejante a un impuro, a un detestable pecador. Cuál no fue su extravío cuando vio que sus ojos, sus manos, sus pies, sus labios, su corazón, eran como los miembros de un pérfido y no como los de Dios. ¿Son ésas las manos del Cordero inmaculado de Dios, hasta ese instante inocentes, pero rojas ahora por mil actos bárbaros y sanguinarios? ¿Son ésos los labios del Cordero, ojos profanados por las visiones malignas y las fascinaciones idólatras en pos de las cuales abandonaron los hombres a su adorable Creador? En sus oídos resuena el fragor de las fiestas y los combates; su Corazón está congelado por la avaricia, la crueldad, la incredulidad; su memoria misma, está cargada con todos los pecados cometidos desde la caída en las regiones terrestres».
Horrible, sí, visto desde los ojos del hombre, pero cuánto más contemplado desde los de Dios. Pues si apenas es soportable la idea de imaginarse a Cristo haciendo suyo --sin realizarlo, pero como si lo realizara, al hacerse responsable de él-- el gesto con que se dispara la bomba sobre Hiroshima; la habilidad científica con que se fabricaron los hornos crematorios de Dachau; la refinada crueldad de todos los torturadores; el frío sadismo del tirano y la enloquecida cólera del asesino; la lúbrica astucia del adúltero y la calculada pericia del mentiroso y el estafador; la hipocresía del elegido de Dios que saca jugo a su cargo; la terquedad del dedicado a odiar, que, como una pantera acechante, espera su ocasión, si apenas es soportable para nosotros el imaginarse a Cristo haciendo suyo todo esto, ¿qué pudo ser para El sentirlo formando parte de sus propias entrañas? Nosotros nada sabemos del pecado, podemos vivir con él acurrucado en el corazón y dormir sin que nos desvele. Pero ¿podremos comprender lo que tuvo que ser para Dios «unirse al pecado», cuando El soporta la existencia del infierno y la consiguiente separación de sus hijos por la simple razón de que no puede estar donde el pecado esté?
A Cristo le hizo falta ciertamente toda la fuerza de su divinidad para soportar ese escalofriante descenso, ese hundirse en el mal. Que sudara sangre es sólo una leve anécdota, como es el terremoto un corto signo visible del cataclismo interior producido en el centro de la Tierra. Se entiende bien que temblara y temiera, que pidiera a su Padre el alejamiento de aquel cáliz de no ser estrictamente imprescindible beberlo. No se trataba de morir. Morir es simplemente un juego junto a la horrible tarea de redimir.'
Y el hombre, ¿qué hacía mientras tanto? ¿En qué pensaba, qué hacían sus íntimos, sus mejores amigos? Cumplían su vocación de hombres: dormir. Porque el destino de la Humanidad no es enterarse de las cosas verdaderamente importantes, dormir junto a los volcanes.

miércoles, 25 de febrero de 2015

85. Y el séptimo descansó (Razones desde la otra orilla) José Luis Martín Descalzo

85. Y el séptimo descansó
Siempre que digo misas de difuntos y repito aquello del «dales, Señor, el descanso eterno» me queda dentro la duda de si quienes me escuchan no llegarán a la conclusión de que la felicidad consiste en descansar. Y sí, claro, consiste en descansar del dolor, de la angustia, de las incertidumbres de este mundo, de los nervios que aquí nos poseyeron, pero... tiene que consistir en mucho más. Y yo me temo que lo que a algunos no creyentes les preocupa del cielo es que temen que A van a aburrirse muchísimo.
No deja de ser curioso comprobar cuántos hombres consideran la mayor de las felicidades el hecho de no tener nada que hacer. Piensan: «El día que me toque la lotería se acabó lo de 'currar'. Desde entonces la vida será una siesta perpetua.» Y yo entiendo -¡claro!- que la gente aspire a abandonar trabajos que no les gusten, horarios que les maniatan, tener que hacer las cosas no como uno las haría, sino como le apetezca «al jefe». Pero ¡pensar que la suma de la felicidad sea la vagancia! Eso sólo puede entenderse desde la óptica de una civilización que se pasa las horas empujándonos hacia lo que no amamos.
Pero, en realidad, ¡qué horror una felicidad entendida como vacío! A mí siempre me han impresionado mucho esas personas que reculan ante la idea de la jubilación porque están convencidas de que, cuando les quiten sus rutinas laborales, su vida quedará tan hueca como un traje en un perchero. ¿Es que no tienen ninguna verdadera alusión que no les hayan dejado realizar? ¿Es que su alma no era tan corta que se sintió saciada con un trabajo material que les dio la impresión de vivir? ¿Es que no han descubierto todas esas mil maneras en que podrían ser útiles al margen de las laborales?
Me temo que en el mundo enseñamos a la gente a trabajar, pero no
a gozar ni a vivir de otras maneras. Me temo que hasta los curas hemos confundido un poco a la gente explicándoles que Dios dejó de crear el sexto día y que en el séptimo -cuando no hizo otra cosa que amar- ya no siguió creando nada.
Y es curioso, porque en el Evangelio, no se promete a nadie «el descanso eterno», sino «la vida eterna», y una vida eterna no puede ser una siesta interminable. A mí me encanta esa definición de la muerte y del cielo que escribió Léon Bioy: «Seremos arrebatados en el inmenso torbellino que la Iglesia llama descanso.»
Este ciclo-torbellino me gusta mucho más. No es un torbellino de prisas angustiosas, claro; sí un torbellino de profundidad y desbordamiento de amor. Porque si en el cielo no vamos a amar más que aquí, ¿para qué lo queremos?
Amigos: vivir es amar, lo he dicho muchas veces en estas páginas. Amar trabajando y luego descansar amando más. Como hizo Dios en el día séptimo. En los seis primeros hizo lo más fácil: crear nubes, pájaros, peces, mariposas, hombres. Luego mandó a todos crecer y multiplicarse para tener más cosas, más personas a las que poder amar. ¡Vaya trabajo bonito!

martes, 24 de febrero de 2015

84. El nuevo ídolo (Razones desde la otra orilla) José Luis Martín Descalzo

84. El nuevo ídolo
Confieso que, en televisión, hay algo que me fascina. Y son los anuncios. Y no porque los considere hermosos, o útiles, o porque me induzcan a comprar esto o aquello. Me fascinan porque me hacen pensar, porque me resulta apasionante investigar qué argumentos se esgrimen, qué valores se subrayan para conseguir empujar a los telespectadores al consumo. Mi conclusión -y lo siento- no puede ser más pesimista: no creo que haya en la televisión nada más anticristiano, más antihumano que sus anuncios, ese sutil y terco modo de inyectarnos en el alma todos los valores secundarios, todas las zonas tristes que inclinan al hombre a supervalorar el lujo, el poder, el confort, el sexo estéril, como el paraíso de lo humano.
Pero mi asombro llega al máximo en los anuncios de automóviles. ¿Han percibido ustedes el tono, no diré religioso, sino idolátrico, en el que todos se envuelven? El coche se presenta siempre como una divinidad. Surge en la noche con sus faros envueltos en un halo sobrenatural, entre nieblas e incienso, con músicas sacrales. O aparece entre volcanes, tigres y animales antediluvianos, como si asistiéramos a un nuevo génesis. La voz que nos habla de sus excelencias lo hace con un tono de salmo, con ese aire misterioso y sobrenatural que las películas religiosas ponían para contar un milagro. Cuando, en un concurso, aparece el coche como premio, las azafatas se acercan a él, lo acarician, lo veneran, lo adoran, y no se arrodillan ante él por un último resto de pudor, mientras el público irrumpe con un i Oooooh! de asombro, como si josué acabara de detener el sol. Es un ídolo. Se presenta como tal. Cuando invade la pantalla hasta el prímerísimo plano, se le diría todopoderoso. Hay en sus brillos algo de lúbrico; en todo su inútil instrumental, algo de mito- lógico. Es, literalmente, un ídolo.
Naturalmente, yo no tengo nada contra el automóvil. Me parece un magnífico instrumento que ha dado al hombre moderno una libertad de movimientos que no tenía; reconozco que ha pulverizado las distancias, acortado el mundo y acercado a los hombres. Pero lo que me maravilla es toda esa simbología de la que lo hemos rodeado. Para un alto porcentaje de usuarios, el coche, más que un instrumento de trabajo, es un arma, una propaganda de sí mismos, un signo de poder, cuando no un arte de conquista, y luego, un burdel. Personas hay que dicen que han perdido la fe y que piensan que, con ello, son más racionales, y luego resulta que tienen una fe irracional en el último modelo de automóvil. Personas que se creen muy libres y son esclavas de sus auto- móviles. Sin recordar aquello que escribiera Bonhoeffer: «La exigencia absoluta de libertad lleva a muchos hombres a las profundidades de la esclavitud. El amo de la máquina se hace su esclavo. La máquina se vuelve enemiga del hombre. La criatura se vuelve contra su creador en extraña repetición del pecado original.»
Todos los ídolos son horribles. Los ídolos modernos son el automóvil y el televisor. Y lo grave es que ningún idólatra es consciente de que es esclavo de su ídolo.