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viernes, 18 de marzo de 2016

Entre Cielo y la Tierra

Entre Cielo y la Tierra
La disputa del Santísimo Sacramento

La Eucaristía une dos mundos. Cristo Eucaristía está aquí pero también allá. Cada misa que celebra el sacerdote es, por así decirlo, una cita entre Dios y la humanidad.


Por: Víctor Orozco | Fuente: Catholic.net 



Entre las muchas obras de arte que custodian los Museos Vaticanos hay toda una serie de habitaciones que son de una riqueza incalculable, puesto que fueron decoradas por el famosísimo pintor Rafael Sanzio. Hay una pintura en particular que se llama “La disputa del Santísimo Sacramento”. En ella aparecen todo una serie de santos y de intelectuales famosos y al parecer todos ellos se encuentran reunidos en una misma escena para discutir sobre un mismo tema: La Eucaristía.
Las guías oficiales de los Museos suelen hacer notar que la pintura está dividida en dos partes que se podrían analizar como dos escenas por separado, de no ser porque hay una cosa que las une a ambas y las hace inseparables: la Santísima Eucaristía. Definitivamente que cuando Rafael decoró aquella pared pensó en mostrar una realidad que sucede en cada misa: La Eucaristía se convierte como en un especie de puente entre este mundo y el más allá.
http://imagenes.catholic.net/imagenes_db/cc4563_La-Disputa-del-Sacramento-Raffaello-810x551.jpg
Esto de por sí ya es maravilloso: pensar que la Eucaristía une dos mundos. Que Cristo Eucaristía está aquí pero también allá. Cada misa que celebra el sacerdote es, por así decirlo una cita entre Dios y la humanidad. No importa cuántos hombres se encuentren allí para presenciar el milagro; si el sacerdote celebra correctamente la misa, Dios acudirá absolutamente puntual a su cita.
Hay una verdad más que descubrí hace poco que fui a contemplar la pintura y que hoy les quiero compartir: Para explicárselos primero me voy a servir de un ejemplo. Pensemos en una familia que nace y vive en un país en guerra (por desgracia la realidad presente que vivimos nos trae de inmediato a la memoria ejemplos concretos). Esta familia, sabiendo que corre peligro y que los alimentos escasean, busca opciones para emigrar a otro país. Solicita asilo en una nación donde pueda vivir con paz y libertad y donde no tenga que sufrir por falta de alimentos. Imaginemos que después de un tiempo a esta familia le llega la autorización para emigrar. Seguramente una vez que realicen el gran viaje y llegue a su nuevo hogar pensarán sólo en el futuro y no habrá nada que le haga arrepentirse de su elección.


En el mundo espiritual pasa algo muy curioso. Cuando abandonemos este mundo y llegemos al paraíso nos encontraremos con una realidad que superará todas nuestras expectativas. Allí todo será perfecto, allí ya no existirá el dolor, ni el hambre, ni la sed, ni la injusticia. Allí veremos a Dios cara a cara y todos seremos felices. Los santos y todos aquellos que han vivido una vida en el amor y en el servicio ya lo viven.
Ahora bien, hay una cosa aquí en la tierra que les hace mirar hacia atrás, que les hace querer volver y que les produce añoranza de su vida pasada: esa realidad es la Eucaristía. Observen con detalle la pintura de Rafael; en ella aparecen aquellos que sobre la tierra adoran a Jesús Sacramentado y para hacerlo tienen que alzar la mirada. Luego aparecen en la parte superior aquellos que hacen lo mismo, adoran a Señor que ha bajado de nuevo a la tierra, pero lo hacen mirando hacia abajo.
¿Qué te hace volver tu mirada a la tierra y anhelar vivir aquí entre los mortales, oh alma santa que has alcanzado tu recompensa en la gloria de Dios? ¿Será que tú quieres, como yo, recibir a tu creador y redentor que viene a la tierra para alimentarnos con su cuerpo, pero no puedes hacerlo? Tú padeces una santa envidia hacia mí porque yo sí puedo alimentarme de mi Señor y yo te envidio a ti porque ya vives en el cielo al lado de Dios. Hagamos un pacto para que entre los dos demos alabanza y gloria a Jesús Eucaristía como él merece. Ayúdame a recogerme para ser más consciente de lo que hago cada vez que recibo el cuerpo de Cristo y cuando me encuentre de rodillas adorando a mi Señor intercede por mí para que Dios sea alabado como se merece.   

lunes, 24 de agosto de 2015

Salvado por una misa

Salvado por una misa
Cuando Pedro recuperó la conciencia y pudo recordar lo que había ocurrido, enseguida hizo un balance de su vida...


Por: Redacción | Fuente: salvadmereina.co.cr 



En las ciudades pequeñas todo el mundo se conoce. Los lazos de amistad se estrechan aún más y los buenos amigos se tratan como auténticos hermanos. Es lo que ocurrió con Marcos y Pedro. Los dos crecieron en la acogedora localidad de Lagoa Dourada: juntos hicieron la Primera Comunión en la parroquia del Señor Buen Jesús, estudiaron en la Escuela Pública y participaron activamente en las actividades parroquiales, especialmente como monaguillos en las celebraciones solemnes.
El primero pertenecía a una familia muy católica y en el seno de la misma le habían transmitido una gran devoción a la Santa Misa. Desde pequeñito su abuela, doña Matilde, le llevaba a la iglesia bien temprano para participar en la Sagrada Eucaristía y le iba explicando paso a paso cada parte del Santo Sacrificio del Altar, lo que le dejaba encantado al ver el amor de Jesús por cada uno de nosotros.
Sin embargo, Pedro no había recibido en su hogar tan piadosas influencias. Sus padres eran católicos, sí, aunque poco devotos; tan sólo se preocupaban por gozar de buena salud y tener éxito en los negocios. Había sido doña Matilde la que le había dado una adecuada formación religiosa.
Era ella quien les enseñaba el Catecismo a los dos inseparables compañeros, quien les había preparado para que hicieran la Primera Comunión y quien les animó a que fueran monaguillos en la iglesia parroquial.
El tiempo había pasado y estos buenos amigos ya se habían hecho hombres maduros. Cada uno constituyó su propio hogar, ambos tuvieron hijos y los dos continuaron viviendo en la misma Lagoa Dourada.
Marcos era un padre dedicado y procuraba transmitir a sus hijos toda la buena formación que había recibido de su abuela. Pero sobre todo se esforzaba por darles el ejemplo de un buen cristiano: rezaba el Rosario en familia, enseñaba el Catecismo a los pequeños e iba a Misa todos los días, pues ésta había sido siempre su devoción más grande.
Pedro, por el contrario, se había olvidado de las enseñanzas recibidas y empezó a preocuparse, al igual que sus progenitores, únicamente por el bienestar material de su familia. Su comportamiento en materia de religión no era de lo mejor: nunca rezaba con sus hijos y sólo iba a Misa los domingos… si es que ese día no había organizado alguna visita a las haciendas de sus colegas.
Todas la mañanas, después de dejar a su hijos en la escuela, Marcos asistía a Misa. Al terminar el Sagrado Banquete, se iba a desayunar a su panadería y se comía un buen pan calentito, untado con mantequilla derretida, hecha con la leche pura y grasa de su granja.
De vez en cuando Pedro iba a visitarle, pero la amistad entre ellos iba siendo menos robusta. Las conversaciones giraban casi exclusivamente sobre sus negocios y, aunque intentara mantener las apariencias, se notaba que sus intereses cada vez se distanciaban más de los de Marcos.
Del enfriamiento de las relaciones al rencor había sólo un paso. A pesar de que Marcos no vivía para los negocios como Pedro, su panadería era envidiable, su hacienda muy productiva y su fábrica de lácteos un modelo de factoría bien dirigida. ¿Cuál sería la razón de este éxito? —pensaba Pedro, quien no escatimaba esfuerzos para que sus negocios prosperaran y que sufría con una cosecha escasa, con el desgaste de la tierra y con las enfermedades de su ganado; sin hablar de las crecientes deudas que tenía, las cuales amenazaban su patrimonio…
Un día, los dos amigos fueron invitados a un congreso de terratenientes que se realizaría en la capital de la región. Marcos le propuso que hicieran el viaje juntos y Pedro aceptó por puro interés, porque así los gastos serían menores. La salida quedó fijada para un miércoles, después de la Misa matutina.
Sin embargo, el párroco no pudo celebrarla en el horario habitual aquel día, pues había sido solicitado para que atendiera a un enfermo de una aldea vecina, y avisó que sí habría Misa al mediodía. Marcos, entonces, decidió retrasar el viaje, pero Pedro intentó disuadirlo diciéndole:
— ¡Qué tontería! ¿Qué hay de malo si no vas a Misa un día?
— La Misa tiene un valor infinito, le respondió Marcos. Prefiero esperar.
— Bien, entonces te vas tú solo más tarde. Yo ya me marcho…
Y antes de alejarse añadió:
— ¿Cómo es posible que atrases un viaje de esta envergadura únicamente por causa de una Misa? Tienes toda la vida para asistir a otras muchas más…
En realidad, Pedro se alegraba por la situación que se había creado, pues pensaba que si llegaba antes que Marcos a la ciudad podría escoger la mejor negociación del momento y conseguir superiores resultados.
Sin embargo, en la carretera —llena de curvas— que une Lagoa Dourada con la ciudad vecina se produjo un derrumbe en el justo momento en que Pedro estaba pasando por ahí con su camioneta. La avalancha de tierra le hizo perder el control de su vehículo y cayó barranco abajo.
Fue llevado al hospital y pasó varios días en coma. Cuando recuperó la conciencia y pudo recordar lo que había ocurrido, enseguida hizo un balance de su vida: se dio cuenta de lo alejado que estaba de Dios y de los Sacramentos, y se preguntaba si aquel accidente de automóvil no sería una señal de alerta que venía de la eternidad.
¡Qué locura había sido el haber menospreciado de esa manera una Misa! ¡Qué cerca estuvo de no poder participar en ninguna más! Hizo llamar a su amigo Marcos y al verlo entrar en la habitación del hospital, el convaleciente le dijo:
— Has sido salvado por una Misa. Fui muy codicioso y desprecié el valor supremo e infinito que tiene una sola Celebración Eucarística…
Marcos trató de animarlo inmediatamente y Pedro le expresó lo arrepentido que estaba de la vida que llevaba. Le confió que el accidente le hizo acordarse de todo lo que había aprendido con doña Matilde y, sobre todo, de la frase que repetía con tanta seriedad: “Si supiese que habría una Misa en el rincón más apartado de la Tierra y no tuviera oportunidad de participar en otra, haría lo que fuera para ir hasta allí”.
Cuando Pedro se recuperó totalmente y regresó a su casa, cambió radicalmente de vida. Volvió a ser un amigo leal y empezó a frecuentar otra vez los Sacramentos, con toda su familia. Sus negocios prosperaron y su espíritu, libre de envidias y egoísmos, encontró nuevamente la paz.
Esa única Misa le salvó de un accidente a Marcos, pero también le dio nueva vida al alma de Pedro.

Retrato de San Bartolomé Apóstol

Retrato de San Bartolomé Apóstol
Bartolomé a menudo es representado en el arte como despellejado y teniendo en la mano su propia piel


Por: Alejandro E. Pomar | Fuente: La Biblia on line 




Bartolomé es mencionado en sexto lugar en las tres listas de apóstoles de los Evangelios (Mt. 10, 3; Mc. 3, 18; Lc. 6, 14), y en séptimo lugar en la lista de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 1, 13).

El nombre "Bartolomé" significa "hijo de Talmai" (o Tholmai), que era un nombre hebreo antiguo: Talmai se llamaba, por ejemplo, el rey de Guesur, cuya hija era una de las esposas de David (cfr. 1 Sam. 3, 3). Bartolomé pudo haber sido el nombre propio del apóstol, o quizás se lo agregó simplemente para distinguirse como "hijo de Talmai". Fuera de los casos referidos, ninguna otra mención del nombre tiene lugar en el Nuevo Testamento.

Nada se sabe de Bartolomé con toda seguridad. Muchos eruditos, sin embargo, lo identifican con Natanael, mencionado por Juan (Jn. 1, 45-51). Entre otras razones, porque "Bartolomé", como se dijo, puede no ser un nombre propio, y porque ese nombre nunca aparece en el Cuarto Evangelio, mientras "Natanael" no se menciona en los sinópticos. Además, está junto a Felipe en las listas de Mateo y de Lucas, y se encuentra próximo a él en Marcos, lo que concuerda bien con el hecho, narrado por San Juan, de que Felipe era un viejo amigo de Natanael, y se lo presentó a Jesús. Por otra parte, en la aparición de Cristo resucitado en la costa del Mar de Tiberíades (Jn. 21, 1ss), Natanael se encuentra presente, junto con varios apóstoles que son llamados por sus nombres, "y otros dos discípulos" anónimos que eran, muy probablemente, otros apóstoles. Como la palabra "apóstol" no aparece en Juan, y "discípulo", en el Cuarto Evangelio, significa normalmente "apóstol", entonces Natanael era uno de los Doce, a saber, el que los sinópticos llaman Bartolomé.

La identificación entre ambos nombres está "oficializada" en la Liturgia. El Evangelio de la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, es Jn. 1, 45-51, en que se narra la vocación de Natanael, a quien Jesús llama "un israelita de verdad".

Ninguna mención de Bartolomé aparece en la literatura eclesiástica antes de Eusebio, que cita testimonios de que el apóstol habría predicado el Evangelio en la India (pero "India" era un nombre que cubría un área muy amplia, incluso Yemen). Otras tradiciones presentan a Bartolomé predicando en Mesopotamia, Persia, Egipto, Armenia, Licaonia, Frigia, y en las costas del Mar Negro.

La tradición señala que sufrió el martirio en Armenia: fue desollado vivo y luego crucificado cabeza abajo por orden del rey Astiages. A causa de esta leyenda, Bartolomé a menudo es representado en el arte (un ejemplo típico es el "Juicio Final" de la Capilla Sixtina) como despellejado y teniendo en la mano su propia piel. También se lo representa llevando un cuchillo, instrumento de su martirio.

Debido al suplicio que padeció, es considerado patrono de aquellos cuyo trabajo está relacionado con la piel: curtidores, peleteros, trabajadores del cuero, encuadernadores, fabricantes de guantes...

Sus reliquias, tras varios traslados, fueron llevadas a Roma por orden del emperador Otón III en el siglo X, y se conservan en la iglesia de San Bartolomé en la isla Tiberina. El cráneo del apóstol se venera en Francfort-del-Main, ciudad de la que es patrono.
Imagen: San Bartolomé. El Españoleto. Museo del Prado

jueves, 14 de mayo de 2015

La leyenda de Abgar (Belleza del patrimonio cristiano)

La leyenda de Abgar
Al igual que la carta, el retrato estaba destinado a ser el núcleo de una legendaria evolución: el Santo Rostro de Edesa 


Por: H. Leclercq | Fuente: Enciclopedia Católica



El historiador Eusebio guarda una tradición (H. E., I, xii), en la que él mismo cree con firmeza, respecto a una correspondencia que tomó lugar entre Nuestro Señor y el soberano local en Edesa.

Tres documentos se relacionan con ésta correspondencia:

- la carta de Abgar a Nuestro Señor;

- la respuesta de Nuestro Señor;

- un cuadro de Nuestro Señor, como era Él en vida

Ésta leyenda gozó de gran popularidad, tanto en el oriente como en el occidente, durante la Edad Media: la carta de Nuestro Señor era copiada en pergamino, mármol y metal, y era usada como talismán o amuleto. En la época de Eusebio, se pensaba que las cartas originales, escritas en sirio, estaban guardadas en los archivos de Edesa. En nuestros días, poseemos no sólo un texto sirio, sino también una traducción en armenio, dos versiones griegas independientes, más cortas que la siria, y varias inscripciones en piedra, todas ellas discutidas en dos artículos en el “Dictionnaire d’archéologie chrétienne et de liturgies” cols. 88 sq. y 1807 sq. Las únicas dos obras a consultar referentes a éste problema literario son la “Historia Eclesiástica” de Eusebio, y la “Enseñanza de Adai,” la cual afirma pertenecer a la época apostólica.

La leyenda, de acuerdo a éstas dos obras, se desarrolla de la siguiente manera: Abgar, rey de Edesa, quien sufre de una enfermedad incurable, ha oído la fama del poder y los milagros de Jesús y le escribe, rogándole que llegue y lo cure. Jesús no acepta, pero promete enviar un mensajero, dotado de Su poder, llamado Tadeo (o Adai), uno de los setenta y dos discípulos. Las cartas de Nuestro Señor y del rey de Edesa varían en la versión que da Eusebio y la de la “Enseñanza de Adai.” La siguiente está tomada de la “Enseñanza de Adai,” ya que es menos accesible que la Historia de Eusebio:

"Abgar Ouchama a Jesús, el Buen Doctor Quien ha aparecido en el territorio de Jerusalén, saludos:

He oído de Vos, y de Vuestra sanación; que Vos no usáis medicinas o raíces, sino por Vuestra palabra abrís (los ojos) de los ciegos, hacéis que los paralíticos caminen, limpiáis a los leprosos, hacéis que los sordos oigan, cómo por Vuestra palabra (también) curáis espíritus (enfermos) y aquellos atormentados por demonios lunáticos, y cómo, de nuevo, resucitáis los muertos a la vida. Y, al darme cuenta de las maravillas que Vos hacéis, me he dado cuenta de que (de dos cosas, una): o habéis venido del cielo, o si no, sois el Hijo de Dios, quien hace que sucedan todas éstas cosas. También me doy cuenta que los judíos murmuran en contra Vuestra, y Os persiguen, que buscan crucificaros y destruiros. Poseo únicamente una pequeña ciudad, pero es bella, y lo suficientemente grande para que nosotros dos vivamos en paz."

Cuando Jesús recibió la carta, en la casa del sumo sacerdote de los judíos, le dijo a Hanán, el secretario, “Id, y decid a vuestro amo, quien os envió a Mí: ‘Feliz seáis, vos que habéis creído en Mí, sin haberme visto, porque está escrito de mí que quienes me vean no creerán en Mí, y que aquellos que no me vean creerán en Mí. En cuanto a lo que habéis escrito, que debería ir a vos, (he aquí, que) todo a lo que fui enviado aquí está terminado, y subo de nuevo a Mi Padre quien me envió, y cuando haya ascendido a Él os enviaré a uno de Mis discípulos, quien sanará todos vuestros sufrimientos, y (os) dará la salud de nuevo, y convertirá a todos aquellos con vos a la vida eterna. Y vuestra ciudad será bendecida por siempre, y el enemigo nunca prevalecerá sobre ella.’” De acuerdo a Eusebio, no fue Hanán quien escribió la respuesta, sino el mismo Nuestro Señor.

Ha surgido una curiosa evolución legendaria de ésta imaginaria ocurrencia. Se ha discutido seriamente la naturaleza de la enfermedad de Abgar, al crédito de la imaginación de varios escritores, sosteniendo que era gota, otros que era lepra, los primeros diciendo que había durado siete años, los últimos descubriendo que el enfermo había contraído su enfermedad durante una visita a Persia. Otros historiadores, nuevamente, sostienen que la carta fue escrita en pergamino, aunque algunos favorecen al papiro. El pasaje crucial en la carta de Nuestro Señor, sin embargo, es el que promete a la ciudad de Edesa la victoria sobre todo enemigo. Le dio al pueblecito una popularidad que desapareció el día en que cayó en manos de conquistadores. Fue una inesperada conmoción para aquellos que creían en la leyenda; estaban más dispuestos a atribuir la caída de la ciudad a la ira de Dios en contra sus habitantes, que a admitir el fracaso de una protección en la que en ése tiempo se confiaba no menos que en el pasado.

Desde entonces, el hecho al que aludía la correspondencia ha, por mucho tiempo, dejado de tener valor histórico alguno. En dos lugares, el texto está tomado del Evangelio, lo cual de por sí es suficiente para refutar la autenticidad de la carta. Por otra parte, las citas son hechas no de los Evangelios auténticos, sino de la famosa concordancia de Tatiano, compilada en el siglo II, y conocida como el “Diatesarón”, fijando así la fecha de la leyenda en aproximadamente la mitad del siglo III. Además, sin embargo, de la importancia que obtuvo en el ciclo apócrifo, la correspondencia del Rey Abgar también ganó un lugar en la liturgia. El decreto “De libris non recipiendis”, del pseudo-Gelasio, coloca la carta entre los escritos apócrifos, lo cual puede, posiblemente, ser una alusión al hecho que haya sido interpolada entre las lecciones oficialmente autorizadas de la liturgia. Las liturgias sirias conmemoran la correspondencia de Abgar durante la cuaresma. La liturgia celta parece haber concedido importancia a la leyenda; el “Liber Hymnorum”, un manuscrito conservado en Trinity College, Dublín (E. 4, 2), da dos oraciones sobre las líneas de la carta a Abgar. Tampoco es del todo absoluto que ésta carta, seguida de varias oraciones, pueda haber conformado un oficio litúrgico menor en ciertas iglesias.

El relato dado por Adai contiene un detalle al que se puede hacer referencia aquí brevemente. Hanán, quien escribió lo que Nuestro Señor le dictó, era archivero en Edesa y pintor del Rey Abgar. Se le había encargado pintar un retrato de Nuestro Señor, tarea que llevó a cabo, trayendo de regreso consigo mismo una pintura que llevó a ser objeto de veneración general, pero que, después de un tiempo, se dijo que había sido pintada por el mismo Nuestro Señor. Al igual que la carta, el retrato estaba destinado a ser el núcleo de una legendaria evolución; el “Santo Rostro de Edesa” era principalmente famoso en el mundo bizantino. Debe ser aquí suficiente una indicación mínima de éste hecho, sin embargo, ya que la leyenda del retrato de Edesa forma parte del extremadamente difícil y oscuro tema de la iconografía de Cristo, y de las pinturas de origen milagroso llamadas acheiropoietoe (“hecho sin manos”).

H. LECLERCQ
Transcrito por Michael C. Tinkler
Traducido por Leonel Antonio Orozco