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jueves, 23 de agosto de 2018

La Iglesia es joven (Mons. José H. Gómez) 10082018


La Iglesia es joven

La Iglesia de Los Ángeles es joven y está creciendo.
En la Arquidiócesis de Los Ángeles, bautizamos cada año a unos 60 mil bebés; mucho más que en cualquier otra diócesis en el país.
Por supuesto, el bautismo es el inicio del recorrido, no el final.
La misión de la Iglesia es caminar con estas jóvenes familias y con sus hijos, ayudarlos a crecer en su fe, a seguir a Jesús con alegría y valor y a trabajar para hacer de este mundo el reino que Dios quiso para su pueblo.
Estaba reflexionando este pasado domingo acerca del pasaje evangélico en el que Jesús multiplica los panes y los peces.
En el centro del milagro hay un joven; algunas traducciones dicen un “muchacho·”. No sabemos qué edad tenía, pero él escuchó el llamado de Jesús y lo siguió hasta la ladera de aquel monte para escucharlo.
A diferencia de muchos de los 5,000 adultos que habían seguido a Jesús allí, el joven había venido preparado: había traído algo de pescado y de pan, por si le daba hambre. Este muchacho les ofreció a Jesús y sus apóstoles todo lo que tenía, y Jesús usó sus dones para realizar un milagro que reveló el poder y el misterio de la Eucaristía.
Para mí, este muchacho, con sus panes y sus peces, es un signo de la importancia de los jóvenes en la Iglesia.
Nuestro Dios es un Dios que toma en serio la vida y los dones de los jóvenes. Acuérdense de las historias de José, de Samuel, de David y de Daniel en el Antiguo Testamento. Piensen en el niño Jesús, enseñando en el Templo.
“Dejen que los niños vengan a mí”, dijo Jesús.
Este debe ser el objetivo de todos nuestros planes y programas pastorales para los jóvenes de la Iglesia. ¿Qué hemos hacer para llevar a los jóvenes a Jesús? ¿Cómo podemos ayudarlos a escuchar su llamado en sus vidas y a seguirlo a Él?
Esto es lo que estamos tratando de hacer con Ciudad de los Santos, nuestro festival anual de oración y alabanza para adolescentes y adultos jóvenes, que tendrá lugar este fin de semana, del 3 al 5 de agosto, en el campus de UCLA.
Lo que siempre me conmueve en Ciudad de los Santos es ver a tantos hombres y mujeres jóvenes que están tan felices de ser católicos y de vivir su fe con alegría y dedicación.
Existe en estos tiempos una profunda preocupación por los jóvenes que se están alejando de la Iglesia o volviéndose indiferentes a la fe.
Yo comparto esa inquietud. Estoy especialmente preocupado por el aumento de los llamados “nones”, aquellos que no se afilian a la Iglesia ni a ninguna otra religión. Según los estudios, un tercio de los milenarios (los nacidos entre 1981 y 1996) se describen a sí mismos como ateos, agnósticos o como gente que no cree en “nada en particular”.
Esta será una conversación crucial durante la próxima reunión de los obispos del mundo que el Papa Francisco convocará en el mes de octubre, en Roma. He tenido el privilegio de ser nombrado uno de los cinco obispos delegados para el Sínodo sobre los Jóvenes, la Fe y el Discernimiento Vocacional, junto con nuestro Obispo Auxiliar Robert Barron.
Mi esperanza para el sínodo es que exploremos nuevas formas de proclamar y explicar las enseñanzas de la Iglesia a nuestros jóvenes, especialmente las relativas al matrimonio, la familia y la sexualidad. Necesitamos también comprender y abordar la mentalidad dominante en nuestra sociedad, que está conformada por la ciencia y la tecnología y por un enfoque de la vida mecanizado y consumista.
Pero nuestros jóvenes necesitan también un nuevo testimonio del poder del Evangelio. El cristianismo es una forma de vida, no un código de conducta. A la Iglesia se le ha confiado la Palabra de vida, que no es una “palabra” sino una Persona divina: el Hijo del Dios vivo.
Lo que la Iglesia enseña sólo adquiere sentido, sólo tiene poder para cambiar la vida, si sabemos quién es Dios y para qué nos hizo.
Debemos entonces seguir guiando a nuestros jóvenes en todo lo que podamos para que lleguen al encuentro con Jesucristo, que los está llamando a venir a Él.
Y tenemos que seguir poniendo como ejemplo a los múltiples jóvenes santos que han inspirado a la Iglesia a lo largo de los siglos. El Papa Francisco anunció que durante el sínodo canonizará a uno de esos jóvenes, el Beato Nunzio Sulprizio.
Durante el sínodo estaré pidiendo la intercesión de mis santos favoritos, entre ellos, San José Sánchez del Río, el joven de 13 años que fue martirizado durante la persecución de la Iglesia en México.
San José Sánchez solía decir: “Cumple siempre el más mínimo deseo de Dios”. Ésa es la clave para la vida de cada uno de nosotros: vivir como Dios desea que vivamos.
Hagamos nuestra esa oración durante esta semana. Oren por mí y yo estaré orando por ustedes.
Que la Santísima Virgen María, madre de la Iglesia, nos cuide y nos guíe para buscar nuevas maneras de llevar a nuestros jóvenes a Cristo.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

miércoles, 21 de marzo de 2018

Jesús salva (Mons. José Gómez) 09032018


Jesús salva

Al escuchar detenidamente las oraciones de la Misa durante la Cuaresma, nos damos cuenta de que estos 40 días estamos orando aún más intensamente, pidiendo los dones del cielo y de la vida eterna.
Por ejemplo, en una de las oraciones después de la Comunión oramos implorando poder “merecer ir a contemplarlo para siempre”.
A lo largo de esta temporada, en nuestra oración estamos pidiendo conocer las “cosas del cielo” y estamos rogando llegar a ser “herederos del gozo del cielo”.
La Cuaresma nos recuerda que vamos recorriendo esta vida como peregrinos y que nuestro hogar está en el cielo.
Creo que todos entendemos que Jesús bajó del cielo para nuestra salvación. Él es nuestro Salvador; Él es el Salvador del mundo. Pero ¿qué significa eso? ¿De qué nos salvó y cómo lo hace? ¿Y, ante todo por qué es que necesitamos la salvación?
Este es el tipo de preguntas que dieron lugar a un nuevo documento emitido la semana pasada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Vaticano.
“Placuit Deo” (del latín; “Quiso Dios”) tiene la intención de ayudar a los obispos del mundo a pensar y abordar los problemas que la gente tiene hoy acerca de Jesús y de la salvación.
El documento refleja la preocupación del Papa Francisco de que nuestras ideas y creencias actuales estén siendo influenciadas por un nuevo “Pelagianismo” y por un nuevo “Gnosticismo”.
Estas fueron herejías de los primeros años del cristianismo, pero en cierto sentido, estas maneras de pensar son tan antiguas como el pecado original.
Al igual que los pelagianos, Adán y Eva trataron de seguir su propio camino en este mundo, como si no necesitaran de Dios. Recordamos la historia: cómo ellos eligieron cuestionar lo que Dios les había ordenado, y cómo quisieron decidir por sí mismos.
Y al igual que los gnósticos, nuestros primeros padres también creyeron que tenían una “conocimiento interno”, una sabiduría especial que les había sido impartida por la serpiente que les ofreció un “atajo” para llegar a ser como Dios.
Por supuesto, estas herejías fueron más complicadas que eso. Pero para nosotros lo importante es que estas herejías expresan tentaciones naturales, que tienen sus raíces en la debilidad humana y en el pecado original.
Y ninguno de nosotros está por encima de estas tentaciones, pues son parte del aire cultural que respiramos.
Todos nosotros estamos influenciados por el énfasis que nuestra cultura pone en la libertad individual y en la autodeterminación. Este énfasis se ve amplificado por nuestra ciencia y tecnología, que nos infunden un sentimiento de que tenemos un poder propio para controlar el mundo que nos rodea e incluso nuestro propio cuerpo. Todos estamos tentados de pensar que somos lo suficientemente inteligentes y lo suficientemente fuertes como para vivir sin Dios.
Eso es parte de lo que el Papa quiere decir al hablar de neo-pelagianismo.
También estamos influenciados por el “subjetivismo” de nuestra cultura, que reduce todo a la experiencia individual, al juicio personal y a la opinión. En nuestra cultura, no hay verdades o valores más allá de lo que nosotros pensamos y sentimos como individuos. Tú tienes tus valores y verdades y yo tengo los míos.
Lo que el Papa ve como neo-gnosticismo es la tendencia que tenemos a pensar que podemos “forjarnos a nosotros mismos” y dictar los términos de nuestra relación personal con Dios.
Con que nos “sintamos” cerca de Dios, eso basta. La religión se convierte en algo privado; es sólo entre tú y tu Dios.
Estas son cosas importantes que hemos de reflexionar en esta temporada, ahora que nos estamos preparando para renovar nuestros votos bautismales.
Jesús salva. Y su salvación es real. Esta es la hermosa verdad de nuestra religión. Esta es la esperanza con la que vivimos.
Dios envió a su único Hijo al mundo precisamente porque él sabe que nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos.
Jesús viene como uno de nosotros en todas las cosas excepto en el pecado. Una persona humana, igual que nosotros pero que también es Dios, ofreció su vida por ustedes y por mí. Con su muerte y resurrección, Él nos abre una nueva relación con Dios.
En el bautismo, aceptamos el don de su salvación, unimos nuestras vidas a la suya y recibimos su Espíritu. Y empezamos una nueva vida con Él, caminando con Él como hijos de Dios en su familia, que es la Iglesia.
Jesús no nos salva en privado o por nosotros mismos. Él nos salva en la historia, en la creación, en el mundo real en el que vivimos. Él nos salva en compañía de los demás. Él es la salvación de todos.
Jesús no nos muestra el camino, Él es el camino. Y cuando lo elegimos como el camino de nuestras vidas, cuando lo seguimos en amor y confianza, vamos creciendo cada día más y más en nuestra semejanza a Él.
El nuevo documento del Vaticano cita una frase del Concilio Vaticano II: “La vocación máxima del hombre es, de hecho, una sola, y es una vocación divina”.
Somos salvados para participar de la misión de amor y misericordia de Cristo. Y este viaje continúa hasta que lleguemos a la casa del Padre en el cielo, cuando lo veamos cara a cara.
Oren por mí esta semana, y yo oraré por ustedes. Y busquemos siempre la intercesión de María, la Madre de nuestro Salvador.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

viernes, 12 de enero de 2018

Ya es tiempo que el congreso actúe en el asunto de DACA 11012018


Ya es tiempo que el congreso actúe en el asunto de DACA

11.01.18, En Sin categoría, por 


Una vez más empezamos un nuevo año con incertidumbre y temor acerca de la inmigración, y este año nuestros líderes en el Congreso enfrentan una fecha límite difícil.
El 5 de marzo expirará el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), lo cual significa que unos 690 mil jóvenes perderán su permiso para trabajar en este país y enfrentarán la deportación.
Aquí en Los Ángeles, esto llevaría a una crisis humanitaria.
Más de una cuarta parte de los jóvenes beneficiarios del programa DACA de la nación viven en California, y de acuerdo a la mayoría de las estimaciones, hay alrededor de 125 mil que viven dentro de los límites de la Arquidiócesis de Los Ángeles, más que en cualquier otro lugar del país.
La historia de estos jóvenes, llamados “Dreamers”, es bien conocida.
Traídos a este país en la infancia por padres indocumentados o miembros de la familia, ellos no tienen la culpa de ser “ilegales”.
Los “Dreamers” han vivido toda su vida en este país, y muchos tienen ahora alrededor de los 30 años. Y durante toda su vida, los líderes en Washington no han podido llegar a un acuerdo para remediar el sistema de inmigración defectuoso que en primer lugar fue el que les permitió ingresar a este país.
Actualmente, los “Dreamers” son “el ejemplo más claro” de qué tan defectuoso es nuestro sistema y de qué tan malsano e improductivo se ha vuelto nuestro discurso político.
Por donde quiera que se mire, éste es el tipo de jóvenes que nuestro país debería alentar. Casi todos ellos -el 97 por ciento- están ya sea en la escuela o desempeñando un empleo. Alrededor del 5 por ciento ya emprendieron su propio negocio y 15 por ciento han comprado ya su primera vivienda.
Estos son buenos chicos y deberíamos ayudarlos a desarrollar los potenciales que Dios les ha dado, a mantener unidas a sus familias y a hacer su propia contribución al “sueño americano”.
Además, según los líderes empresariales, ellos son esenciales para nuestro futuro económico.
En una carta dirigida en septiembre a los líderes del Congreso, más de 800 ejecutivos, representantes de todos los sectores de la economía, coincidieron en que los jóvenes beneficiarios del programa DACA contribuyen con más de $ 460 mil millones a nuestra economía y con otros $ 24 mil millones en impuestos.
Arreglar el programa DACA debería entonces ser algo sencillo.
Todo el mundo parece darse cuenta de que sería cruel castigarlos por los errores de sus padres, deportándolos a países de origen que nunca han visto, cuyo idioma puede ser que ni siquiera conozcan.
Y sin embargo, en eso estamos. Faltan pocas semanas para que se venza el plazo y para que estos jóvenes se encuentren atrapados en medio de un debate mucho más amplio acerca de muros fronterizos, de seguridad nacional y del funcionamiento interno de nuestro sistema de visas.
Este debate es apasionado y partidista, como podría esperarse. La reforma sistemática de nuestra política de inmigración es algo absolutamente esencial para el futuro de nuestra nación. Y necesitamos tener este diálogo.
Pero el Congreso necesita separar la discusión del tema del programa DACA de estos otros asuntos más amplios.
Nuestro sistema ha sido defectuoso durante mucho tiempo y hay demasiadas cosas que están mal. El Congreso debería tomarse el tiempo de debatir los problemas de manera adecuada y elaborar verdaderamente un sistema de inmigración que refleje las realidades globales de la economía del Siglo XXI.
Necesitamos un debate serio acerca de la seguridad fronteriza. Nadie se opone al hecho de que debemos asegurar nuestras fronteras y protegernos de quienes nos podrían perjudicar.
Algunos dicen que construir un muro a lo largo de la frontera suroeste del país es la solución. Otros dicen que podemos usar tecnologías de vigilancia electrónica para crear un muro “virtual” que sería mucho más efectivo y menos costoso.
El punto es que debemos estudiar el problema y no tratar de forzar una “solución” sólo para resolver temas políticos a corto plazo.
Tenemos que estudiar también la manera en que nuestro país otorga las visas, nuestras prioridades y los criterios que usamos para ello. Y, nuevamente, tenemos que analizar los problemas y examinar nuestras premisas.
Por ejemplo, hay una gran cantidad de discusiones apasionadas acerca de cómo los inmigrantes le quitan los empleos a los estadounidenses y hacen que los salarios se reduzcan. Pero, ¿es realmente así?
En centros agrícolas como en el Valle Central de California, este año los agricultores nuevamente no pudieron encontrar suficientes trabajadores para la cosecha de sus cultivos.
A pesar de que los salarios y beneficios mínimos han aumentado en todo el país, los patrones dicen que no hay suficientes trabajadores nacidos en Estados Unidos que quieran hacer el trabajo poco especializado y de bajo salario que se necesita en nuestros campos y en el área de la construcción, en hoteles y otros sectores.
Esto sugiere que el Congreso y los estados deben encontrar nuevas maneras de ofrecer programas de trabajadores invitados que permitan a los extranjeros entrar y salir del país según lo requieran los negocios. También sugiere que tenemos que considerar con más claridad nuestras necesidades laborales al renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
El punto importante es que necesitamos una reforma total de nuestro sistema de inmigración, y ésta no debería de estar vinculada al debate actual sobre el programa DACA ni con los “Dreamers”.
Como nación, tenemos una obligación moral y humanitaria para con los “Dreamers”. Estos jóvenes no han hecho nada malo. Y su futuro depende del resultado de estos debates.
Así que espero que se unan a mí para exigirles a nuestros líderes en el Congreso que los ayuden con un espíritu de generosidad y justicia. Y tenemos que decirles a nuestros líderes que arreglar el programa DACA debería ser el primer paso en la reforma de inmigración sistemática que se requiere desde hace mucho tiempo.
Oren por mí esta semana, y yo estaré orando por ustedes. Y que nuestra Santísima Madre María interceda por nosotros y nos guíe.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

sábado, 16 de diciembre de 2017

Abran sus corazones a la aventura del Adviento (Mons. José H. Gómez) 05122017

Abran sus corazones a la aventura del Adviento


Este fin de semana entramos en el Adviento, la gran temporada de gracia y de alegría.
Adviento es una antigua palabra que significa “venida”, algo así como la llegada del rey a nosotros y pronto estaremos en su presencia. Durante la temporada santa, esperamos que Dios se acerque a nosotros, preparándonos para darle un gran recibimiento. Esto es lo que diferencia a la religión cristiana de otras religiones.
Nosotros creemos que el Creador viene a nosotros para estar cerca de su creación. Nosotros creemos que nuestro Creador ha ordenado este mundo para nuestro bien y dirige el trascurrir de la historia de acuerdo con su plan de amor. Y nosotros creemos que nuestro Dios viene a nosotros para quedarse con nosotros, que nos ama tanto que se hace a sí mismo uno de nosotros, compartiendo totalmente la experiencia de nuestra humanidad, empezando por ser un niño pequeño en el vientre de su madre.
Esta es la hermosa verdad que anticipamos en estas cortas semanas que conducen a la Navidad.
Pido a Dios que este año hagamos de este Adviento una aventura espiritual de vivir con una nueva conciencia de la presencia de Dios. El Adviento nos invita a mirar nuestras vidas con nuevos ojos y a ver nuestra realidad diaria de un modo nuevo.
Dios viene a nosotros siempre, ¡siempre está cerca de nosotros! Por otro lado, con demasiada frecuencia nosotros no sabemos verlo. No podemos darle la bienvenida porque no estamos “despiertos” a su presencia.
Yo oigo que los atletas, artistas y activistas usan la palabra “despiertos” (woke), como en “debemos estar despiertos (woke)”. Incluso en los medios sociales hay un hashtag sobre el tema como en “debemos de estar despiertos (woke)”. Lo que quieren decir es que debemos mantener los ojos bien abiertos a la injusticia en la sociedad, a cómo el poder se presta al abuso y a la corrupción.
Yo me pregunto si esos individuos saben que esta idea comienza en los Evangelios.
La liturgia del Adviento está repleta de exhortaciones a estar despiertos, no como protesta sino para vigilar la llegada de Dios.
“Benditos los siervos a quienes el maestro encuentra despiertos cuando él llega”, dice Jesús.
¡Adviento es el tiempo de despertar de nuestro sueño! Cuando estamos “despiertos” a quién es Dios, también estamos ‘despiertos’ a quiénes somos nosotros y a la belleza de cada vida.
El Nuevo Testamento habla de una cierta “anestesia” espiritual que puede inundarnos. Recordamos cómo los discípulos se quedaron dormidos en el Monte de la Transfiguración y de nuevo en el Huerto de Getsemaní.
En parte, esto es un símbolo de que a veces nosotros estamos “adormilados” ante la realidad de la presencia de Dios, incluso cuando Él está en nuestras propias vidas.
Por ello podemos hacer un nuevo esfuerzo en esta estación santa de reducir un tanto el ritmo en nuestras vidas, de bajar un poco el volumen; de dedicar un tiempo a crear un espacio en nuestras vidas para estar en silencio con Dios.
El salmista nos dice: “Guarda silencio y aprende que yo soy Dios”, pero nosotros sabemos que con frecuencia nuestras vidas no están “en silencio”. Nosotros estamos en continuo movimiento, siempre ocupados, siempre haciendo algo.
Los santos hablan de la “práctica” de la presencia de Dios. Y eso requiere práctica. Los primeros cristianos oraban diciendo: “Ven, Señor Jesús”. Nosotros, también, debemos convertirla en nuestra oración.
Debemos hablar a Dios y decirle: “Señor, yo sé que estás cerca de mí. Sé que, en tu amor, tú vienes a caminar conmigo. “Necesitamos pedir la gracia de creer de veras que en todo momento estamos viviendo bajo la mirada de Dios y que es posible, con su gracia, hacerlo todo por su amor”.
Nuestro más reciente santo americano es el beato Solanus Caisey, sacerdote capuchino recientemente beatificado en Detroit. Era conocido como el hacedor de milagros. Y es cierto. Cuando el beato Solanus rezaba por el pueblo, las cosas cambiaban. Los milagros se realizaban. De repente la gente se curaba de sus enfermedades.
Pero esa no es la razón por la que el beato Solanus es santo. Es santo porque vivió en la presencia de Dios e intentó servir a Dios en todo momento.
Solía decir: “La grandeza reside en ser fiel al momento presente. Debemos ser fieles al momento presente, de lo contario frustraremos el plan de Dios en nuestras vidas”.
Este es el propósito en nuestras vidas, ser fieles al momento presente. Cuando estamos “despiertos” a la presencia de Dios, nuestros corazones están dispuestos a hacer su voluntad y a vivir según su plan de amor para nosotros. Y Él nos ha creado para hacer grandes cosas.
Recen por mí esta semana y yo rezaré por ustedes en esta temporada santa del Adviento.
Y recurramos a la Madre de Dios para pedirle que nos ayude a estar despiertos, para que podamos vivir con una conciencia mayor de la presencia de Dios, viendo su amorosa mano actuando en nuestras vidas y en el mundo.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

lunes, 27 de noviembre de 2017

El Mandamiento del Amor (Mons. José H. Gómez) 02112017

11
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Jesús habla de que el amor es el “mandamiento” más importante. ¿Alguna vez se han preguntado sobre eso?
Él nos dice que los dos mandamientos más importantes son que amemos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, y que amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
En un principio, esto no parece tener sentido. No se le puede “mandar” a alguien que ame. ¡El amor es una emoción fuerte! O se siente amor o no se siente. La gente “se enamora”. No se le puede decir que lo haga.
Aquí vemos la diferencia entre lo que Jesús quiere decir con la palabra amor y lo que el mundo quiere indica al hablar de amor. Cuando entendemos el amor de Dios por nosotros, entendemos que el amor que Jesús nos ordena que tengamos es más que una emoción y que una pasión. Es más que palabras o que sentimientos.
Para Jesús, nuestro amor es una respuesta al amor de Dios, que nos ama primero y que nos ofrece su amor como un don. Al responder a su mandamiento de amar, estamos cumpliendo con la voluntad de Dios para nuestras vidas: que encontremos la felicidad y la alegría, amando a los demás y experimentando el amor de Dios.
Jesús sabe que el amor no es fácil. Hay personas que no son agradables y que no son fáciles de amar. Pero su amor nos llama a ir más allá de nuestra propia comodidad, de nuestros propios prejuicios.
Por eso Jesús conecta el amor de Dios con el amor al prójimo. Porque Jesús sabe que no podemos realmente decir que amamos a Dios si no amamos a nuestro prójimo. Cuando cerramos los ojos a las necesidades de nuestro prójimo, cerramos nuestros corazones a Dios.
Uno de los santos dijo: “Amemos a Dios tanto como amemos al que menos amamos”.
Vale la pena recordar eso. Pero debemos recordar también esto: Jesús nunca nos ordena hacer algo que no nos vaya a ayudar a hacer. Él nunca nos ordena hacer algo que Él no nos haya ya enseñado a hacer. No hay un modelo de amor más grande que Jesucristo.
Y el amor es como cualquier otra cosa en nuestras vidas. Cuanto más lo practicamos, más se convierte en un hábito para nosotros. Practiquen el amor y, por la gracia de Dios, se volverá perfecto en ustedes.
Entonces eso significa que debemos tomar esa decisión de amar todos los días, en todo momento. Tenemos que decir: “Señor, dame la gracia de amar, aquí y ahora. En esta situación. Con esta persona”.
Así es como los santos enfocan la vida. San Juan de la Cruz solía decir: “Donde no hay amor, pon amor y obtendrás amor”.
Jesús nos ordena: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
El mandamiento de amar nos llama a una nueva manera de vivir. Cuanto más ames, más verás el mundo con los ojos de Cristo, y más pensarás en las otras personas con la mente de Cristo.
Una vez que tomas esa decisión de amar, empiezas a ver a las demás personas, no como una amenaza o como competidores, sino que empiezas a ver a tu prójimo como una persona que es como tú mismo, con las mismas esperanzas, sueños y deseos.
El amor nos saca de nosotros mismos y abre nuestros corazones a las necesidades de los demás. Cuando amas, dejas de ver a “otros” y empiezas a ver hermanos y hermanas en ellos. Comienzas a ver a tu prójimo como a un hijo de Dios, creado a imagen de Dios.
El amor que Jesús pide no es sólo una relación que tenemos con otra persona. El amor cristiano es personal, pero es también social. Es la responsabilidad que tenemos por las demás personas de la sociedad, especialmente por aquellos que son vulnerables: los no nacidos, las viudas y los huérfanos; los inmigrantes y refugiados; los pobres.
El amor por nuestro prójimo exige que tomemos medidas para corregir las cosas cuando descubrimos que están mal. El amor significa promover la justicia donde encontremos la injusticia.
El amor cristiano es siempre un amor misionero. Jesús cuenta con nuestro amor para cambiar el mundo.
El mandamiento del amor coloca nuestra vida en un sendero, haciendo de ella un camino de amor. El amor no es fácil. Requiere un trabajo arduo. Pero puede ser hermoso y se vuelve hermoso cuanto más practiquemos el amor en nuestra vida cotidiana.
Así que al dedicarnos a las actividades de nuestra vida cotidiana, tratemos de poner más amor en el mundo. Podemos comenzar con aquellos que están más cerca de nosotros: con las personas con las que vivimos, con nuestras familias; con las personas con las que trabajamos y con las que vamos a la escuela. Intenten ser un poco más pacientes esta semana, un poco más comprensivos, un poco más indulgentes.
Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes. Y pidámosle juntos a nuestra Santísima Madre María que ore por nosotros. Que ella nos ayude esta semana a hacer pequeños actos de amor, pequeños actos de misericordia y bondad, para Dios y para nuestro prójimo.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Avanzando en el tema de la inmigración (Mons. José H. Gómez) 31082017



Ahora que los miembros del Congreso están regresando a Washington después de su descanso de agosto, el ambiente está lleno una vez más de rumores y tensiones sobre el tema de la inmigración.
El plazo marcado para el 5 de septiembre se acerca ya. Para esa fecha los abogados generales de 10 estados prometieron entablar una demanda contra el Presidente Trump si él no cancela el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), promulgado hace cinco años por el Presidente Obama.
El programa DACA protege de la deportación a 800 mil personas que fueron traídas ilegalmente a este país cuando eran niños; también les permite obtener permisos de trabajo.
El Presidente Trump prometió en su campaña cumplir la promesa de ponerle fin al programa DACA. Pero desde su elección ha expresado simpatía por estos jóvenes, prometiéndoles tratarlos con un “gran corazón”.
Sus palabras sobre el programa DACA han sido tranquilizadoras, aun si sus acciones en otras áreas -como ordenar un mayor número de redadas de inmigración y de deportaciones- han causado un temor generalizado.
La inmigración sigue siendo un problema difícil y la polarización de nuestra política lo hace aún más complicado. No es ningún secreto que tanto los partidos como los grupos de activistas de ambos extremos “se benefician” de que las negociaciones hayan llegado actualmente a un punto muerto.
En todos los ámbitos, ha habido renuencia a buscar un terreno común. Todas las partes parecen estar dispuestas a dejar la cuestión sin resolver, incluso si eso significa que la gente siga sufriendo, todo con tal de no “dar el propio brazo a torcer”.
Nadie debería considerar esta realidad con ingenuidad. Pero tampoco debemos aceptarla. Si todas las partes de nuestra democracia creen que les beneficia no resolver los problemas o trabajar juntos por el bien común, esto es indicación de algo sumamente malsano.
A pesar de toda la controversia, la actual Administración sólo ha continuado con la política de la Administración anterior. El Presidente Obama deportó a casi 3 millones de personas en ocho años. El presidente Trump parece decidido a deportar a un número aún mayor.
Pero la deportación por sí sola no es una política de inmigración.
Todos estamos de acuerdo en que el gobierno debe deportar a los criminales que amenazan la seguridad de nuestras comunidades. Pero la amplia red que el gobierno está lanzando ahora para atrapar a los que el señor Trump llama “hombres malos”, también está atrapando a una gran cantidad de personas buenas: a las mamás y los papás ordinarios que han estado en este país durante varias décadas; a jóvenes que están empezando sus carreras; a propietarios de pequeños negocios. Estos son los tipos de historias que hemos estado escuchando en todo el país durante los últimos meses.
No hay manera de eludir la difícil realidad de que nuestro sistema de inmigración es inadecuado y que sus fallas abarcan, de manera extensiva, todas sus áreas. Lamentablemente, no queda suficiente confianza en Washington, no hay suficiente deseo de superar las sospechas partidistas como para que nuestros líderes promulguen una reforma migratoria integral.
Por lo tanto, tenemos que avanzar, parte por parte. Puede que tengamos que movernos lentamente. Pero hace ya mucho tiempo que debíamos de haber empezado a hacer algo constructivo.
Los lineamientos básicos de la reforma migratoria son fáciles de entender.
Seguridad: Necesitamos asegurar nuestras fronteras y establecer un sistema ordenado y justo para verificar quiénes pueden ingresar a nuestro país y cuánto tiempo pueden permanecer aquí. Necesitamos también una manera no invasiva de seguir la pista de la gente una vez que entra a este país.
Reforma de las visas: El mejor “muro” que podríamos construir en la frontera es un sistema de visas que funcione bien. Necesitamos un sistema que nos permita acoger a los trabajadores con las habilidades que necesitamos para satisfacer las realidades de la economía global. Eso significa garantizar que se concedan suficientes visas para los trabajadores agrícolas y para los trabajadores de la construcción, para los trabajadores de servicios y para la mano de obra no calificada; para la alta tecnología, la medicina y para las demás industrias de educación intensiva. También necesitamos un sistema para traer a trabajadores religiosos no ministeriales que proporcionen servicios indispensables en muchas áreas.
Los indocumentados: Saber qué hacer con los 11 millones de personas indocumentadas que viven entre nosotros es el aspecto más complicado y controvertido de la reforma. Pero no tiene porqué serlo. Existe un amplio respaldo público para otorgarles un camino generoso para regularizar su estatus e incluso su ciudadanía, siempre y cuando cumplan con ciertos requisitos, tales como aprender inglés, pagar algunas multas y conservar un trabajo que pague impuestos.
Lo que tenemos que hacer para reformar nuestro sistema es claro.
Hemos de tener en cuenta que por debajo de toda política, se está tratando con personas reales y asuntos reales, y que existen diferencias de opinión legítimas. Eso no debe ser una excusa para la inacción. Más bien, debe ser el motivo para unirnos y encontrar una manera de avanzar.
Podemos empezar de inmediato, resolviendo la situación de los jóvenes a quienes atañe el programa DACA.
Sería una tragedia cancelar el programa DACA y declarar que estos 800 mil jóvenes son “ilegales” y empezar a deportarlos.
Ellos no tomaron la decisión de entrar a este país en violación de nuestras leyes, y en justicia no podemos hacerlos responsables por ello. Estados Unidos es el único país que conocen y la gran mayoría está poniendo todo su esfuerzo por aportar su propia contribución al sueño americano.
Por lo tanto, me estoy esforzando por persuadir a nuestros funcionarios electos a que actúen para concederles a estos jóvenes un alivio permanente del temor a la deportación, y la oportunidad de obtener la residencia permanente y, finalmente, de buscar la ciudadanía. Podemos hacer esto y debemos hacerlo. Es lo correcto.
Por favor oren por mí esta semana, que yo estaré orando por ustedes. Y pidámosle a Nuestra Santísima Madre que ore por nuestra nación.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

miércoles, 20 de julio de 2016

Nuevos retos para la vida y la libertad (Mons. José H. Gómez) 18072016

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Estamos viviendo un tiempo en el que puede parecer como si muchas cosas estuvieran desbaratándose y fracturándose en nuestra sociedad.
La semana pasada fuimos testigos de cómo varios oficiales de policía fueron perseguidos y ejecutados en Dallas, y de cómo otros fueron emboscados y atacados en Missouri y Georgia.
Estos ataques vinieron como consecuencia de los disparos fatales de unos policías a dos hombres de raza negra en Louisiana y Minnesota, acontecimientos que se convirtieron en eventos nacionales cuando varios videos tomados con celulares se volvieron “virales” en las plataformas de los medios sociales.
Llevamos luto por los muertos; oramos para que los heridos recobren la salud y le pedimos a Dios que consuele a sus familias y seres queridos.
Como sociedad tenemos todavía un largo camino por recorrer en cuanto a la manera de enfrentar los prejuicios raciales y las desigualdades dentro de nuestro sistema de justicia criminal.
Pero lo cierto es que la policía, los fiscales, los grupos religiosos y los líderes de la comunidad están trabajando unidos y también que estamos haciendo un verdadero progreso por lo que respecta a la policía comunitaria y a la reforma de las sentencias; en lo referente a la promoción de alternativas al encarcelamiento y a proporcionar oportunidades de trabajo a los que han cumplido su tiempo de cárcel y se disponen a reingresar en la sociedad.
Ahora es el momento de aprovechar este progreso para alentar a aquellos que buscan caminos de diálogo y reconciliación. No podemos ceder a la tentación de la ira y la desesperación.
Incluso antes de las tragedias de la semana pasada, ya podíamos ver señales de que nuestro tejido social se estaba fracturando.
Los que gobiernan y moldean la dirección de la sociedad han desarrollado una hostilidad a la religión y a los valores tradicionales de la familia y de la comunidad. Con una frecuencia cada vez mayor, vemos que están utilizando la fuerza bruta de la ley y de las políticas públicas para imponer sus puntos de vista y para negar los derechos y las libertades de los que no están de acuerdo con ellos.
Esto lo vemos en todos los debates que ha habido en torno a los matrimonios del mismo sexo y a la identidad de género. Lo vemos en el modo en que los gobiernos federales y estatales están usando la anticoncepción, el aborto y la política del suicidio asistido para dictaminar que los creyentes religiosos y otros también, deben abandonar sus convicciones fundamentales para poder seguir operando sus negocios o sus ministerios.
Algunos ejemplos recientes:
Aquí en California, el gobierno estatal ha estado tratando de obligar a todos los planes de seguro para la salud del estado a pagar por los abortos, inclusive por los abortos realizados en las últimas semanas de un embarazo. Los líderes de Nueva York han estado tratando de hacer lo mismo en ese estado.
A fines del mes pasado, el Gobierno de Obama apoyó el plan de California, que se rehúsa a apoyar una ley federal que data de hace mucho tiempo (la “Ley Weldon”) que protege los derechos de los estadounidenses a no participar en abortos.
También a fines del mes pasado, un tribunal del estado de Washington determinó que todos los hospitales de ese lugar que proporcionan atención de maternidad, deben también realizar abortos.
Estas decisiones son exageradas y sólo van a promover la destrucción de vidas humanas inocentes y el descuido de las necesidades de salud de la mujer en nuestra sociedad.
Pero, lo que es más grave, forman parte de un patrón perturbador, en el que nuestro gobierno impone políticas que van en detrimento de la libertad religiosa y de la protección de la conciencia que son esenciales para la democracia y para la sociedad civilizada.
Podríamos poner muchos ejemplos. Por ejemplo, la nueva ley de California que les concede a los médicos el poder de ayudar a los pacientes a suicidarse. Esta ley dedica incluso $ 1 millón al año del dinero de los contribuyentes para pagar por medicamentos letales para los pobres.
También podríamos señalar los nuevos mandatos federales con respecto a la identidad de género en las escuelas y los planes de salud de los empleadores. O los esfuerzos de la Legislatura de California para obligar a los colegios confesionales a no enseñar ni expresar sus creencias acerca del matrimonio y de la persona humana. O la nueva demanda presentada por la Unión Americana de Libertades Civiles que busca obligar a los Obispos de Estados Unidos a ofrecer el control de la natalidad y el aborto a los niños refugiados a quienes servimos.
Y la lista podría continuar.
No es exagerado decir que las élites culturales y del gobierno parecen ahora estar funcionando como si fueran una nueva religión que está imponiendo una nueva “ortodoxia” en el resto de la sociedad. Y obligándonos, al resto de nosotros, a creer lo que ellos creen y a actuar de la manera que ellos quieren que actuemos.
En el corazón de esta nueva ortodoxia se encuentra un falso “humanismo”, es decir, un peligroso conjunto de creencias acerca de lo que significa ser humano y de lo que hace que una persona sea feliz.
Para enfrentar esta peligrosa dirección que está tomando nuestra sociedad, como católicos debemos comprometernos a ser personas de oración y compasión. Tenemos que pedir la fuerza y la sabiduría, y así como lo hicieron los apóstoles, necesitamos orar por quienes ostentan la autoridad.
Nuestra identidad y los mandatos que nos rigen como católicos nunca han provenido de un gobierno. Provienen de nuestro Señor Jesucristo, que nos llama a seguirlo en el servicio de los pobres y los desvalidos, anunciando la libertad a todos los que están en el cautiverio.
Tenemos que defender nuestra libertad de servir a Dios y de seguir y promover la hermosa visión de la dignidad humana y de la felicidad que Jesús nos ha dado.
Oren por mí esta semana y oraré por ustedes. Y juntos pidámosle a Nuestra Santísima Madre María que le traiga la salud y la paz a nuestro país, y también un nuevo respeto por la vida humana y por la dignidad humana.
*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)