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viernes, 8 de marzo de 2019

Francisco a los sacerdotes de Roma: “El Señor comienza una obra paciente de reconciliación, una pedagogía sabia” 08032019


Encuentro del Papa con el Clero de Roma © Vatican Media
Encuentro Del Papa Con El Clero De Roma © Vatican Media

Francisco a los sacerdotes de Roma: “El Señor comienza una obra paciente de reconciliación, una pedagogía sabia”

Liturgia penitencial al inicio de Cuaresma

(ZENIT – 8 marzo 2019).- Francisco indicó a los clérigos romanos la razón por la que el tiempo de Cuaresma es “verdaderamente una gracia” porque “nos permite reubicarnos ante Dios, dejando que Él sea todo“.
El Papa se reunió con los sacerdotes de la Diócesis de Roma el jueves, 7 de marzo de 2019, en la Basílica de San Juan de Letrán. El Cardenal Angelo de Donatis, vicario general del Papa, inició el evento con una meditación introductoria.
En la celebración, con carácter penitencial, los sacerdotes recibieron el sacramento de la reconciliación. Algunos de ellos, se confesaron con el Papa; quien se dirigió a ellos, casi todo el rato de manera espontánea, con un discurso profundo, haciendo un fuerte llamamiento a la fuerza renovadora del perdón de Dios y a ponerse en manos de “la guía paciente de Dios”.
Las palabras del Pontífice fueron directas: “La vida de un sacerdote a menudo está marcada por incomprensiones, sufrimientos silenciosos, a veces persecuciones. Y también pecados que solo Él conoce. Las laceraciones entre hermanos de nuestra comunidad, la no aceptación de la Palabra del Evangelio, el desprecio de los pobres, el resentimiento alimentado por las reconciliaciones que  nunca hubo,  el escándalo causado por el comportamiento vergonzoso de algunos hermanos, todo esto puede quitarnos el sueño y dejarnos en la impotencia… Creamos, en cambio, en la guía paciente de Dios, que hace las cosas a su debido tiempo, ensanchemos nuestros corazones y pongámonos al servicio de la Palabra de la  reconciliación”.
El “santo espejo”
El Papa narró la historia de un sacerdote muy bueno, brillante, devoto del ” santo espejo”, donde “se miraba tanto”. “Dios fue bueno con él. Un día le hizo sentir que estaba solo en la vida, que había perdido tanto. Y no se atrevió a decirle al Señor: ‘Pero he arreglado esto, lo otro, lo otro…’. No, de inmediato se dio cuenta de que estaba solo”.
Y el Señor le dio la “gracia de llorar”, relató Francisco. “Lloró por el tiempo perdido, lloró porque el santo espejo no le había dado lo que esperaba de sí mismo. Y volvió a empezar desde el principio, humildemente. Cuando el Señor se va, porque lo echamos, debemos pedir el don  de las lágrimas, llorar la ausencia del Señor”.
Ministros de reconciliación
“El tiempo litúrgico que viviremos –dijo el purpurado– nos pedirá que seamos ministros de reconciliación, embajadores y diáconos del perdón de Dios para todos nuestros hermanos”. Así, el Cardenal les propuso decir en sus comunidades: “Os imploramos, en nombre de Cristo, que os dejéis reconciliar con Dios”, y exhortó a la invitación a todos a pedir perdón, con humildad, a Dios y a los hermanos y hermanas del mal hecho.
Antes de concluir la ceremonia, el Papa les entregó como regalo un subsidio para las segundas lecturas del Oficio de Lectura Cuaresmal, y comentó: “Una de las cosas que me gustan de este [folleto] es la riqueza de los Padres: regresar a los Padres”.
Como de costumbre, el Santo Padre pidió a los sacerdotes su oración por el Sucesor de Pedro: “Lo necesito, necesito la oración. Rezad por mí”.
Éxodo
Para estos siete años de camino diocesano de conversión pastoral, que hay hasta el Jubileo de 2025 (el segundo), el Santo Padre ha propuesto el libro de Éxodo como un paradigma. “El Señor actúa, hoy como ayer, y transforma a un “no-pueblo” en Pueblo de Dios. Este es su deseo y su proyecto también con nosotros.
Y bien, “¿qué hace el Señor cuando constata con tristeza que Israel es un pueblo ‘de dura cerviz’? ‘inclinado al mal’, como en el episodio del becerro de oro?” –reflexionó el Papa– “Comienza una obra paciente de reconciliación, una pedagogía sabia, en la que amenaza y consuela, hace conscientes de las consecuencias del mal cometido y decide olvidar el pecado, castiga azotando al Pueblo y cura la herida que nos ha infligido”.
Precisamente en el texto de Éxodo 32-34, que los sacerdotes están llamados a proponer en la Cuaresma para la meditación de sus comunidades, aparece la “decisión radical” del Señor: “No subiré contigo” (Ex 33.3), indicó el Papa. “Cuando el Señor se cierra, se aleja. Tenemos experiencia de esto, en los malos momentos, de desolación espiritual. Si alguno de vosotros no conoce estos momentos, le aconsejo que vaya y hable con un buen confesor, un padre espiritual, porque falta algo en su vida; no sé qué es, pero no tengo desolación… no es normal, diría que no es cristiano”.
Ídolos
“A veces, cuando no tenemos desolación, podemos tener ídolos”, previno el Santo Padre. “No, estoy bien, con esto con que me las arreglo…”. “La tristeza del abandono de Dios nunca llega. ¿Qué hace el Señor cuando lo ‘apartamos’ – con los ídolos- de la vida de nuestras comunidades, porque estamos convencidos de que somos suficientes por nosotros mismos? En ese momento el ídolo soy yo: ‘No, me las arreglo…Gracias… No te preocupes, me las arreglo’. Y no se siente esa necesidad del Señor, no se siente la desolación de la ausencia del Señor”.
Polvo
“¿Qué sentiríamos nosotros si el Señor Resucitado nos dijera: continuad si queréis vuestras actividades eclesiales y vuestras  liturgias, pero no seré yo el que estará presente y actuará en vuestros sacramentos?” hizo pensar el Papa a los curas romanos.
“Dado que, cuando tomáis vuestras decisiones, os basáis en criterios mundanos y no evangélicos (tamquan Deus non esset), entonces me quito totalmente de en medio… Todo sería vacío, sin sentido, no sería más que ‘polvo'”, recordó. “Es la muerte, la desesperación, el infierno: sin mí no puedes hacer nada“, citó Francisco.
Gran privilegio
“¡Es un gran privilegio es el nuestro!”, animó Francisco a los sacerdotes. “Dios conoce nuestra ‘vergonzosa desnudez’, y sin embargo, nunca se cansa de servirse de nosotros para ofrecer reconciliación a los hombres. Somos muy pobres, pecadores, y, no obstante, Dios nos toma para interceder por nuestros hermanos y para distribuir a los hombres, a través de nuestras manos que no son para nada inocentes, la salvación que regenera”.
El perdón de Dios, fuerza
El perdón de Dios –celebrado en la liturgia penitencial– es una fuerza que “restablece la comunión en todos los niveles”: “entre nosotros los presbíteros en el único presbiterio diocesano; con todos los cristianos, en el único cuerpo que es la Iglesia; con todos los hombres, en la unidad de la familia humana”, explicó Francisco.
Sed vosotros los primeros en pedir perdón a vuestros hermanos. “Será una buena señal si, como hemos hecho hoy, cada uno de vosotros se confesará con un hermano, incluso en las liturgias penitenciales en la parroquia, ante los ojos de los fieles”.
Asimismo, animó a los sacerdotes a animó en los ejercicios espirituales que predicarán a las personas de sus comunidades, en las liturgias penitenciales, a “tener el valor de proponer la reconciliación del Señor, de proponer su amor apasionado y celoso”.

viernes, 26 de febrero de 2016

El Papa Francisco asiste a la segunda predicación de Cuaresma 26022016

El Papa Francisco asiste a la segunda predicación de Cuaresma


El Papa Francisco asiste a la segunda predicación de Cuaresma a cargo del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia - ANSA
26/02/2016 12:26

La adoración en Espíritu y Verdad
 
(RV).-  Un Dios que habla; la lectio divina; acoger, contemplar y hacer la Palabra, fueron los temas que abordó el  Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia en su segunda predicación de Cuaresma sobre el tema “Acoger la Palabra sembrada en ustedes”; una reflexión sobre la Constitución dogmática “Dei Verbum”.
Continuando sus consideraciones sobre los principales documentos del Concilio Ecuménico Vaticano II, el Predicador de la Casa Pontificia explicó – ante la presencia del Papa Francisco y los miembros de la Curia Romana, reunidos el último viernes de febrero en la Capilla Redemtoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano – que de las cuatro “Constituciones” aprobadas, la de la Palabra de Dios, es decir la Dei Verbum,  junto a la de la Iglesia, o sea la Lumen gentium,  son las únicas calificadas como “dogmáticas”, a lo que añadió:
“Esto se explica con el hecho de que con este texto el Concilio pretendía reafirmar el dogma de la inspiración divina de la Escritura y precisar, al mismo tiempo, su relación con la tradición. Fiel al intento de dar luz a las implicaciones más estrictamente espirituales y edificantes de los textos conciliares, me limitaré, también aquí, a algunas reflexiones dirigidas a la práctica y a la meditación personal”.
Del primer punto, “un Dios que habla”, el Padre Cantalamessa dijo que ciertamente el “Dios bíblico es un Dios que habla”, y aunque “Dios no tiene boca ni respiración humana: su boca es el profeta, su respiración es el Espíritu Santo”.  De todos modos – agregó – “se trata de un hablar en sentido verdadero”, donde la criatura recibe un mensaje que puede traducir en palabras humanas. A la vez que destacó que ninguna voz humana alcanza al hombre en profundidad como lo hace la Palabra de Dios.
“Esta ‘penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón’ (Hb 4, 12). A veces el hablar de Dios es una voz que ‘parte los cedros del Líbano’ (Sal 29, 5), otras veces se parece al ‘rumor de una brisa suave’ (1 Re 19, 12). Conoce todas las tonalidades del hablar humano”.
Después de recordar que “¡El Verbo ha sido visto y oído!”, el Predicador afirmó que, sin embargo, lo que se escucha no es palabra de hombre, sino Palabra de Dios porque quien habla no es la naturaleza sino la persona, y la persona de Cristo es la misma persona divina del Hijo de Dios. En él Dios no nos habla más a través de un intermediario, “por medio de los profetas”, sino personalmente.
La lectio divina
“Después de estas observaciones sobre la Palabra de Dios en general – dijo el Predicador –  quisiera concentrarme en la Palabra de Dios como un camino de santificación personal”.
“La Palabra de Dios – dice la Dei Verbum –  es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual”.
De ahí que el Padre Cantalamessa haya manifestado que por fortuna, la Escritura nos propone, por sí misma, un método de lectura de la Biblia al alcance de todos, tal como lo indica la Carta de Santiago (1, 18-25) en la que leemos un famoso texto sobre la Palabra de Dios. Y destacó que de allí obtenemos un esquema de la lectio divina que tiene tres etapas u operaciones sucesivas: acoger la Palabra, meditar la Palabra y poner en práctica la Palabra.
Acoger la Palabra
El Predicador afirmó que con la parábola de la semilla y el sembrador (Lc 8, 5-15)  Jesús nos ofrece una ayuda para descubrir dónde estamos, cada uno de nosotros, en cuanto a la recepción de la Palabra de Dios. Él distingue cuatro tipos de suelo: el camino, el terreno pedregoso, las espinas y el terreno bueno.
“Explica, entonces, lo que simbolizan los diferentes terrenos: el camino a aquellos en los que las Palabras de Dios no tienen tiempo ni para detenerse; el terreno pedregoso, a los superficiales e inconstantes que escuchan, tal vez con alegría pero no dan a la palabra una oportunidad de echar raíces; el terreno lleno de zarzas, a los que se dejan ahogar por las preocupaciones y los placeres de la vida; y el terreno bueno que son los que escuchan y dan fruto con perseverancia”.
Contemplar la Palabra
La segunda etapa sugerida por Santiago consiste en “fijar la mirada” en la Palabra, en el estar largo tiempo delante del espejo, es decir en la meditación o contemplación de la Palabra, añadió el Predicador de la Casa Pontificia.
“El alma que se mira en el espejo de la Palabra aprende a conocer  ‘cómo es’, aprende a conocerse a sí misma, descubre su deformidad de la imagen de Dios y de la imagen de Cristo”.
“Yo no busco mi gloria”, dice Jesús (Jn 8, 50): aquí el espejo está delante de ti y en seguida ves lo lejos que estás de Jesús –  afirmó el Padre Cantalamessa –  si buscas tu gloria;  “bienaventurados los pobres de espíritu”: el espejo está de nuevo delante de ti y en seguida te descubres lleno de apegos y lleno de cosas superfluas, lleno sobre todo de ti mismo; “la caridad es paciente...”  y de das cuenta cuanto tú eres impaciente, envidioso e interesado. Más que “escrutar la Escritura” (Cfr. Jn 5, 39),  se trata de “dejarse escrutar” por la Escritura”.
Hacer la Palabra
Llegamos así –  dijo el Padre Raniero Cantalamessa – a la tercera fase del camino, propuesto por el apóstol Santiago: “Sean de aquellos que ponen en práctica la Palabra..., quien la pone el práctica encontrará su felicidad en el practicarla... Si uno escucha solamente y no pone en práctica la Palabra, se asemeja a un hombre que observa el propio rostro en un espejo: apenas se siente observado se va, y enseguida se olvida de cómo era”. A lo que añadió:
“Esta es también la cosa que más le agrada a Jesús: ‘Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’ (Lc 8, 21)”.
Sin este “hacer la Palabra” todo el resto acaba siendo una ilusión, una construcción en la arena (Mt 7, 26), dijo el Predicador. Porque “no se puede ni siquiera decir que se ha entendido la Palabra porque, como escribe san Gregorio Magno, la palabra de Dios se entiende verdaderamente sólo cuando uno comienza a ponerla en práctica”.
“La palabra particular que podemos poner hoy en el molino de nuestro espíritu – concluyó diciendo el Predicador de la Casa Pontificia –  es el lema del Año Jubilar de la Misericordia: ‘Sean misericordiosos como es misericordioso su Padre celestial’”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

viernes, 19 de febrero de 2016

El Papa asiste a la primera predicación de Cuaresma 19022016

El Papa asiste a la primera predicación de Cuaresma

El Papa asiste a la primera predicación de Cuaresma a cargo del Predicador de la Casa Pontificia, el Padre Raniero Cantalamessa - ANSA
19/02/2016 12:38
La adoración en Espíritu y Verdad
 
(RV).- Tras haber concluido su 12º Viaje Apostólico Internacional como Misionero de la Misericordia y de la Paz en México, el viernes 19 de febrero el Papa Francisco asistió, a las 9.00, junto a los miembros de la Curia Romana, a la primera Predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa, en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano.
“La adoración en Espíritu y Verdad” fue el tema elegido por el Predicador de la Casa Pontificia durante su reflexión sobre la constitución Sacrosanctum Concilium que desarrolló a lo largo de cuatro puntos, a saber:
“El Concilio Vaticano II: un afluente, no el río”; “El lugar del Espíritu Santo en la liturgia”; “La adoración en el Espíritu” y “La oración de intercesión”, que introdujo de la siguiente manera:
“En estas meditaciones de Cuaresma querría proseguir en las reflexiones sobre otros grandes documentos del Vaticano II, después de haber meditado en Adviento, sobre la Lumen Gentium. Creo mientras tanto que sea útil hacer una premisa. El Vaticano II es un afluente y no el río. En su famosa obra sobre ‘El desarrollo de la doctrina cristiana’, el beato cardenal Newman ha afirmado con fuerza que detener la tradición en un punto de su curso, incluso si fuera un Concilio ecuménico, sería volver muerta una tradición y no ‘una tradición viva’”.
Al respecto, el Padre Cantalamessa afirmó que “la tradición es como una música”.  Y se preguntó: “¿Qué sería de una melodía si se detuviera en una nota, repitiéndola hasta el infinito?”. “Sucede  – respondió inmediatamente – con un disco que se arruina y sabemos que efecto produce”.
Al recordar que San Juan XXIII quería que el Concilio fuera para la Iglesia como “una nueva Pentecostés”; el Predicador destacó que tras el evento conciliar hubo un despertar del Espíritu Santo, quien dejó de ser “el desconocido” en la Trinidad, puesto que la Iglesia tomó mayor conciencia de su presencia y de su acción. Por esta razón, citó un pasaje de la homilía de la misa crismal del Jueves Santo de 2012 de Benedicto XVI, en el que el Papa emérito afirmaba:
“Quien mira a la historia de la época post-conciliar puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha asumido formas inesperadas en movimientos llenos de vida y que vuelve casi tangible la vivacidad de la santa Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo”.
Lo que – como explicó el Padre Cantalamessa –  no significa que podemos descuidar los textos del Concilio o ir más allá de ellos; sino que significa releer el Concilio a la luz de sus mismos frutos; a la vez que señaló el hecho de que los concilios ecuménicos pueden tener efectos no entendidos en el momento por sus mismos participantes, tal como lo había indicado el mismo cardenal Newman a propósito del Vaticano I.
Del segundo punto de su reflexión, “El lugar del Espíritu Santo en la liturgia”, el Predicador afirmó que se trata de una premisa general que se revela útil al abordar el tema de la liturgia en la Constitución Conciliar sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum concilium, de la que explicó:
“El texto nace de la necesidad, advertida desde hace tiempo y desde diversas partes, de una renovación de las formas y de los ritos de la liturgia católica. Desde este punto de vista, sus frutos han sido tantos, y muy benéficos para la Iglesia”.
En cuanto a la adoración “en el Espíritu”, el Predicador señaló que el Espíritu no autoriza a inventar nuevas y arbitrarias formas de liturgia o a modificar por propia iniciativa las existentes, puesto que esta tarea corresponde a la jerarquía. Sin embargo, dijo, Él es el único que renueva y da vida a todas las expresiones de la liturgia. En otras palabras, el Espíritu no hace cosas nuevas, ¡hace nuevas las cosas!”. Concepto que reforzó recodando lo que  Pablo refiere de Jesús: “Es el Espíritu que da la vida” (Jn 6, 63; 2 Co 3, 6) y que se aplica en primer lugar – dijo – a la liturgia. De hecho añadió textualmente:
“El Apóstol exhortaba a sus fieles a rezar  “en el Espíritu” (Ef  6, 18; cf. también Judas 20). ¿Qué significa rezar en el Espíritu? Significa permitir a Jesús continuar ejerciendo su propio oficio sacerdotal en su Cuerpo que es la Iglesia. La oración cristiana se convierte en prolongación en el Cuerpo de la oración de la cabeza.
Después de afirmar que el Espíritu Santo vivifica de forma particular la oración de adoración que es el corazón de toda oración litúrgica, cuya peculiaridad deriva del hecho que es el único sentimiento que podemos nutrir sólo y exclusivamente hacia las personas divinas, el Padre Cantalamessa recordó que esto es lo que distingue el culto reservado, por ejemplo, a la Santa Virgen; puesto que “nosotros – dijo – veneramos a la Virgen, no la adoramos, contrariamente a lo que algunos piensan de los católicos”. Y explicó:
“La adoración cristiana es también la trinitaria. Lo es en su desarrollarse, porque es adoración dirigida ‘al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo’ y lo es en su término, porque es adoración hecha, juntos ‘al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo’”.
Además, al comentar un pasaje de san Basilio, recordó cuanto él mismo escribe, cuando se pregunta: “¿Cuál es hoy, para nosotros los cristianos, esa cavidad, ese lugar en el que podemos refugiarnos para contemplar y adorar a Dios?”. A lo que el santo  erudito responde: “¡Es el Espíritu Santo!”. A la vez que se interroga diciendo: “¿De quién lo sabemos?”. Y responde: “Por el mismo Jesús que dijo: ¡Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y verdad!”.
Al referirse al último punto, el de la oración de intercesión, el Padre Cantalamessa explicó que junto a la adoración, un componente esencial de la oración litúrgica es la intercesión. Puesto que en toda su oración, la Iglesia no hace más que interceder: por ella y por el mundo, por los justos y por los pecadores, por los vivos y por los muertos. Y también – afirmó – ésta es una oración que el Espíritu Santo quiere animar y confirmar. Tal como san Pablo escribe:
“El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Rm 8, 26-27).
El Espíritu Santo intercede por nosotros y nos enseña a interceder, a su vez, por los demás, dijo el Predicador de la Casa Pontificia  al concluir esta Primera Predicación de Cuaresma, invitando a proclamar juntos el texto que refleja mejor el lugar del Espíritu Santo y la orientación trinitaria de la liturgia, o sea la doxología final del canon romano: “Por Cristo, con Cristo y en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, cada honor y cada gloria por los siglos de los siglos, Amén”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).