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viernes, 19 de abril de 2019

Homilía del P. Cantalamessa: Contemplar al Crucificado como “prototipo de los rechazados” 19042019

Homilía del P. Raniero Cantalamessa en la Pasión del Señor, 19 abril 2019 © Zenit/María Langarica
Homilía Del P. Raniero Cantalamessa En La Pasión Del Señor, 19 Abril 2019 © Zenit/María Langarica

Homilía del P. Cantalamessa: Contemplar al Crucificado como “prototipo de los rechazados”

Pasión del Señor en la Basílica Vaticana
(ZENIT – 19 abril 2019).- El padre Raniero Cantalamessa, predicador de Casa Pontificia, franciscano capuchino, ha reflexionado en torno a la Pasión del Señor, este Viernes Santo, en la celebración presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro, 19 de abril de 2019, a las 17 horas.
En su homilía, el religioso italiano ha señalado que “hoy queremos contemplar al Crucificado precisamente en esta apariencia: como el prototipo y el representante de todos los rechazados, los desheredados y los ‘descartados’ de la tierra, aquellos ante los cuales se gira el rostro hacia otra parte para no ver”.
Más adelante, el P. Cantalamessa ha indicado que el significado de la pasión y muerte de Cristo más profundo “no es el social” y “ni siquiera el más importante”, sino el “espiritual y místico”. Así, ha comentado: “Aquella muerte redimió al mundo del pecado, llevó el amor de Dios al punto más lejano y más oscuro en el que la humanidad se había metido en su huida de él, es decir, en la muerte”.
Pascua es tránsito
Ha continuado el sacerdote, meditando la muerte de Cristo en la cruz, este Viernes Santo, en la Basílica Vaticana: “El Evangelio no se detiene aquí; dice también otra cosa, ¡dice que el Crucificado ha resucitado! En él se produjo un vuelco total de las partes: el vencido se ha convertido en vencedor”.
La palabra «Pascua» (pasech) significa tránsito: paso del pueblo hebreo de la esclavitud a la libertad, tránsito de Cristo de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1) y tránsito, del pecado a la gracia, de los creyentes en él, ha recordado Cantalamessa.
Cambio pleno en la humanidad
La Resurrección de Dios es “la fiesta del vuelco obrado por Dios y realizado en Cristo; es el comienzo y la promesa del único cambio pleno totalmente justo e irreversible en la suerte de la humanidad. ¡Pobres, excluidos, pertenecientes a distintas formas de esclavitud todavía en curso en nuestra sociedad: la Pascua es vuestra fiesta!”, ha anunciado Raniero Cantalamessa.
Y ha concluido con otra idea: “La cruz contiene también un mensaje para aquellos que están en la otra orilla: para los poderosos, los fuertes, los que se sienten tranquilos en su papel de «vencedores». Y es un mensaje, como siempre, de amor y de salvación, no de odio o venganza. Les recuerda que al final están vinculados al mismo destino de todos; que débiles y poderosos, inermes y tiranos, todos están sometidos a la misma ley y a los mismos límites humanos”. 
RD
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Homilía del P. Raniero Cantalamessa 
«DESPRECIADO Y RECHAZADO POR LOS HOMBRES» 
Predicación del Viernes Santo 2019 en la Basílica de San Pedro
«Despreciado y evitado de los hombres,
como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultan los rostros,
despreciado y desestimado» (Is 53,3). 
Son las palabras proféticas de Isaías con las que se ha iniciado la liturgia la palabra de hoy. El relato de la pasión que ha seguido ha dado un nombre y un rostro a este misterioso hombre de dolores, despreciado y rechazado por los hombres: el nombre y el rostro de Jesús de Nazaret. Hoy queremos contemplar al Crucificado precisamente en esta apariencia: como el prototipo y el representante de todos los rechazados, los desheredados y los «descartados» de la tierra, aquellos ante los cuales se gira el rostro hacia otra parte para no ver. 
Jesús no ha empezado ahora, en la pasión, a serlo. En toda su vida, él formó parte de ellos. Nació en un establo porque para los suyos «no había puesto en la posada» (Lc 2,7). Al presentarlo en el templo, los padres ofrecieron «un par de tórtolas o dos pichones», la ofrenda prescrita por la ley para los pobres que no podían permitirse el lujo de ofrecer un cordero (cf. Lev 12,8). Un auténtico certificado de pobreza en el Israel de entonces. Durante su vida pública, no tiene «dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20): un sintecho. 
Y llegamos a la pasión. En el relato de ella hay un momento en el que no nos detenemos a menudo, pero que es muy significativo: Jesús en el pretorio de Pilato (cf. Mc 15,16-20). Los soldados han observado, en la explanada adyacente, un arbusto de espinos; han cogido un haz y se lo han presionado sobre la cabeza; sobre la espalda todavía sangrante por la flagelación, le han colocado un manto como burla; tiene las manos atadas con una tosca cuerda; en una le han puesto un haz de varas y en la otra una caña, símbolos jocosos de su realeza. Es el prototipo de las personas maniatadas, solas, en manos de soldados y bandidos que desfogan sobre los pobres desgraciados la rabia y la crueldad que han acumulado en la vida. ¡Torturado! 
«¡Ecce homo!», ¡He aquí el hombre!, exclama Pilato, al presentarlo poco después al pueblo (Jn 19,5). Palabra que, después de Cristo, puede ser dicha del grupo sin fin de hombres y mujeres humillados, reducidos a objetos, privados de toda dignidad humana. «Si esto es un hombre»: el escritor Primo Levi tituló así el relato de su vida en el campo de exterminio de Auschwitz. En la cruz, Jesús de Nazaret se convierte en el emblema de toda esta humanidad «humillada y ofendida». Vendrían ganas de exclamar: «Despreciados, rechazados, parias de toda la tierra: ¡el hombre más grande de toda la historia ha sido uno de vosotros! A cualquier pueblo, raza o religión que pertenezcáis, tenéis el derecho de reclamarlo como vuestro. 
* * * 
El escritor y teólogo afro-americano, Howard Thurman —aquel al que Martin Luther King consideraba su maestro y el inspirador de la lucha no violenta por los derechos civiles— escribió un libro titulado «Jesus and the Disinherited»[1], Jesús y los desheredados. En él, hace ver lo que representó la figura de Jesús para los esclavos del Sur, de los que él mismo era un descendiente directo. En la privación de todo derecho y en la abyección más total, las palabras del Evangelio que repetía el ministro de culto negro, en la única reunión que se les consentía, daban nuevamente a los esclavos el sentido de su dignidad de hijos de Dios. 
En este clima nacieron la mayoría de los cantos espirituales negros que todavía hoy conmueven al mundo[2]. En el momento de la subasta pública habían vivido el desgarro de ver a las esposas separadas de los maridos y a los padres respecto de los hijos, vendidos a dueños diferentes. Es fácil intuir con qué espíritu cantaban bajo el sol o en el interior de sus cabañas: «Nobody knows the trouble I have seen. Nobody knows, but Jesus»: Nadie sabe el dolor que he experimentado; nadie, excepto Jesús». 
* * * 
Este no es el único significado de la pasión y muerte de Cristo y ni siquiera el más importante. El significado más profundo no es el social, sino el espiritual y místico. Aquella muerte redimió al mundo del pecado, llevó el amor de Dios al punto más lejano y más oscuro en el que la humanidad se había metido en su huida de él, es decir, en la muerte. No es, decía, el sentido más importante de la cruz, pero es el que todos, creyentes y no creyentes, pueden reconocer y acoger. 
Todos, repito, no sólo los creyentes. Si por el hecho de su encarnación el Hijo de Dios se hizo hombre y se unió a toda la humanidad, por el modo en que se produjo su encarnación se ha hecho uno de los pobres y rechazados, ha abrazado su causa. Él mismo se ha encargado de asegurárnoslo cuando solemnemente afirmó que lo que hicimos por el hambriento, el desnudo, el preso, el exilado, se lo hicimos a él y lo que omitimos hacérselo a ellos no se lo hicimos a Él (cf. Mt 25, 31-46). 
Pero no podemos detenernos aquí. Si Jesús solo tuviera esto que decir a los desheredados del mundo, no sería más que uno entre ellos, un ejemplo de dignidad en la desventura y nada más. Más aún, sería una prueba ulterior a cargo de Dios que permite todo esto. Es conocida la reacción indignada de Iván, el hermano rebelde de los hermanos Karamazov, de Dostoievski, cuando el hermano menor, Aliosha, le menciona a Jesús: «¡Ah, se trata del Único sin pecado y de su sangre! No, no me había olvidado de él: y más aún, me maravillaba, mientras se discutía, cómo era posible que tardaras tanto en sacarlo contigo, ya que comúnmente, en los debates, todos los de vuestra parte le ponen a Él ante que cualquier otra cosa»[3]. 
Efectivamente, el Evangelio no se detiene aquí; dice también otra cosa, ¡dice que el Crucificado ha resucitado! En él se produjo un vuelco total de las partes: el vencido se ha convertido en vencedor, el juzgado se ha convertido en el juez, «la piedra descartada por los arquitectos se ha convertido en piedra angular» (cf. Hch 4,11). La última palabra no ha sido y no será nunca la de la injusticia y la opresión. Jesús no ha devuelto sólo una dignidad a los desheredados del mundo; ¡les ha dado una esperanza! 
En los tres primeros siglos de la Iglesia la celebración de la Pascua no estaba distribuida como ahora, en varios días: Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua. Todo estaba concentrado en un solo día. En la Vigilia pascual se conmemoraba tanto la muerte como la resurrección. Más concretamente, ni la muerte ni la resurrección se conmemoraban como hechos distintos y separados; se conmemoraba, más bien, el tránsito de Cristo de una a otra, de la muerte a la vida. La palabra «Pascua» (pasech) significa tránsito: paso del pueblo hebreo de la esclavitud a la libertad, tránsito de Cristo de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1) y tránsito, del pecado a la gracia, de los creyentes en él. 
Es la fiesta del vuelco obrado por Dios y realizado en Cristo; es el comienzo y la promesa del único cambio pleno totalmente justo e irreversible en la suerte de la humanidad. ¡Pobres, excluidos, pertenecientes a distintas formas de esclavitud todavía en curso en nuestra sociedad: la Pascua es vuestra fiesta! 
* * * 
La cruz contiene también un mensaje para aquellos que están en la otra orilla: para los poderosos, los fuertes, los que se sienten tranquilos en su papel de «vencedores». Y es un mensaje, como siempre, de amor y de salvación, no de odio o venganza. Les recuerda que al final están vinculados al mismo destino de todos; que débiles y poderosos, inermes y tiranos, todos están sometidos a la misma ley y a los mismos límites humanos. La muerte, como la espada de Damocles, pende sobre la cabeza de cada uno, colgada de un hilo. Pone en guardia contra el peor mal para el hombre que es la ilusión de la omnipotencia. No hay que ir demasiado para atrás en el tiempo, basta repensar la historia reciente para darnos cuenta de lo frecuente que es este peligro y a cuántas personas y pueblos lleva a la catástrofe. 
La Escritura tiene palabras de sabiduría eterna dirigidas a los dominadores de la escena de este mundo: 
«Aprended, gobernantes de toda la tierra…
los poderosos serán examinados con rigor» (Sab 6,1.6).
«En la prosperidad el hombre no comprende,
es parecido a las bestias que mueren» (Sal 49,21).
«¿Para qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si luego pierde su alma o se destruye a sí mismo?» (Lc 9,25) 
La Iglesia ha recibido el mandato de su fundador de ponerse de la parte de los pobres y los débiles, de ser la voz de quien no tiene voz y, gracias a Dios, es lo que hace, sobre todo en su pastor supremo. 
La segunda tarea histórica que las religiones deben, juntas, asumir hoy, además de promover la paz, es no permanecer en silencio ante el espectáculo que está ante la mirada de todos. Pocos privilegiados poseen bienes que no podrían consumir, aunque viviesen incluso siglos enteros y masas aniquiladas de pobres que no tienen un trozo de pan y un sorbo de agua por dar a sus hijos. Ninguna religión puede permanecer indiferente, porque el Dios de todas las religiones no es indiferente ante todo esto. 
Volvamos a la profecía de Isaías de la que hemos partido. Comienza con la descripción de la humillación del Siervo de Dios, pero se concluye con la descripción de su exaltación final. Es Dios que habla: 
«Por los trabajos de su alma verá la luz […]
Le daré una multitud como parte,
y tendrá como despojo una muchedumbre.
Porque expuso su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
él tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores». 
Dentro de dos días, con el anuncio de la resurrección de Cristo, la liturgia dará un nombre y un rostro también en este triunfador. Velemos y meditamos en espera. 
________________________ 
[1] Howard Thurman, Jesus and the Disinherited (Beacon Press, Boston: MA 1949; reimp. 2012). 
[2] Howard Thurman, Deep River and the Negro Spiritual Speaks of Life and Death(Richmond, Indiana 1975). 
[3] F. Dostoievski, Los hermanos Karamazov, Libro V, cap. 4 (Alianza Editorial, Madrid 2019). 
© Librería Editorial Vaticana
© Fotografías de Zenit/María Langarica 

viernes, 12 de abril de 2019

Quinta predicación de Cuaresma 2019 -:Raniero Cantalamessa: “Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”


Segunda Predicación De Cuaresma De P. Cantalamessa, 22 De Marzo De 2019 © Vatican Media
Segunda Predicación De Cuaresma De P. Cantalamessa, 22 De Marzo De 2019 © Vatican Media

Predicación de Cuaresma: “Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”


Padre Raniero Cantalamessa

(ZENIT- 12 abril 2019). -Esta mañana, a las 9:00,  en la Capilla Redemptoris Mater, el Predicador de la Casa Pontificia, el Reverendo Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., ha pronunciado el quinto y último sermón de Cuaresma.
El tema de las meditaciones de Cuaresma ha sido el siguiente: “Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”.
A continuación, ofrecemos el texto completo de la meditación del Padre Cantalamessa.
***
Juan y Pablo: dos miradas diferentes sobre el misterio
En el Nuevo Testamento y en la historia de la teología hay cosas que no se entienden si no se tiene en cuenta un dato fundamental, es decir, el de la existencia de dos enfoques diferentes, aunque complementarios, hacia el misterio de Cristo: el de Pablo y el de Juan.
Juan ve el misterio de Cristo a partir de la Encarnación. Jesús, Verbo hecho carne, es para él el supremo revelador del Dios vivo, aquel fuera del cual «nadie va al Padre». La salvación consiste en reconocer que Jesús «ha venido en carne» (2 Jn 7) y en creer que él «es el Hijo de Dios» (1 Jn 5,5); «Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1 Jn 5,12). En el centro de todo, como se ve, está «la persona» de Jesús hombre-Dios.
La peculiaridad de esta visión joánica salta a los ojos si la comparamos con la de Pablo. Para Pablo, en el centro de atención no está tanto la persona de Cristo, entendida como realidad ontológica; está, más bien, la obra de Cristo, es decir, su misterio pascual de muerte y resurrección. La salvación no está tanto en creer que Jesús es el Hijo de Dios venido en carne, cuanto en creer en Jesús «muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). El acontecimiento central no es la encarnación, sino el misterio pascual.
Sería un error fatal ver en ello una dicotomía en el origen mismo del cristianismo. Cualquiera que lee sin prejuicios el Nuevo Testamento comprende que, en Juan, la encarnación es en vistas del misterio pascual, cuando Jesús finalmente derrame su Espíritu sobre la humanidad (Jn 7,39), y entiende que para Pablo el misterio pascual supone y se basa en la Encarnación. Aquel que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, es uno que «tenía la forma de Dios», igual a Dios (cf. Flp 2,5ss). Las fórmulas trinitarias en las que Jesucristo es mencionado junto al Padre y al Espíritu Santo, son una confirmación de que, para Pablo, la obra de Cristo tiene sentido por su persona.
La distinta acentuación de los dos polos del misterio refleja el camino histórico que la fe en Cristo ha hecho después de la Pascua. Juan refleja la fase más avanzada de la fe en Cristo, aquella que se tiene al final, no al comienzo de la redacción de los escritos neotestamentarios. Él está al final de un proceso de remontarse a las fuentes del misterio de Cristo. Esto se nota observando desde dónde comienzan los cuatro Evangelios. Marcos comienza su evangelio desde el bautismo de Jesús en el Jordán; Mateo y Lucas, que vinieron después, dan un paso atrás y hacen comenzar la historia de Jesús desde su nacimiento de María; Juan, que escribe el último, hace un salto decisivo hacia atrás y coloca el comienzo de la historia de Cristo no ya en el tiempo, sino en la eternidad: «En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios» (Jn 1,1).
El motivo de este desplazamiento de interés es bien conocido. La fe, entretanto, entró en contacto con la cultura griega y ésta está más interesada en la dimensión ontológica que en la histórica. Lo que importa para ella no es tanto el desarrollo de los hechos, cuanto su fundamento (archè). A este factor ambiental se añadían los primeros síntomas de la herejía doceta que cuestionaba la realidad de la Encarnación. El dogma cristológico de las dos naturalezas y de la unidad de la persona de Cristo estará casi enteramente basado en la perspectiva de san Juan del Logos hecho carne.
Es importante tener en cuenta esto para comprender la diferencia y la complementariedad entre teología oriental y teología occidental. Las dos perspectivas, la paulina y la joánica, aunque fusionándose juntas (como vemos que sucede en el Credo Niceno-Constantinopolitano), conservan su distinta acentuación, como dos ríos que, confluyendo uno en otro, conservan durante un largo trecho el distinto color de sus aguas. La teología y la espiritualidad ortodoxa se basa predominantemente en Juan; la occidental (la protestante más aún que la católica) se basa principalmente en Pablo. Dentro de la misma tradición griega, la escuela alejandrina es más joánica, la antioqueña más paulina. Una hace consistir la salvación en la divinización, la otra en la imitación de Cristo.
La cruz, sabiduría de Dios y poder de Dios
Ahora quisiera mostrar qué comporta todo esto para nuestra búsqueda del rostro del Dios vivo. Al término de las meditaciones de Adviento hablé del Cristo de Juan que, en el mismo momento en que se hace carne, introduce en el mundo la vida eterna. Al final de estas meditaciones de Cuaresma, querría hablar del Cristo de Pablo que, en la cruz, cambia el destino de la humanidad. Escuchemos enseguida el texto donde aparece más clara la perspectiva paulina sobre la cual queremos reflexionar:
«Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,21-25).
El Apóstol habla de una novedad en el actuar de Dios, casi un cambio de ritmo y de método. El mundo no ha sabido reconocer a Dios en el esplendor y en la sabiduría de la creación; entonces él decide revelarse de modo opuesto, a través de la impotencia y la necedad de la cruz. No se puede leer esta afirmación de Pablo sin recordar el dicho de Jesús: «Te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).
¿Cómo interpretar este vuelco de valores? Lutero hablaba de un revelarse de Dios «sub contraria specie», es decir, a través de lo contrario de lo que uno se esperaría de él[1]. Él es potencia y se revela en la impotencia, es sabiduría y se revela en la necedad, es gloria y se revela en la ignominia, es riqueza y se revela en la pobreza.
La teología dialéctica de la primera mitad del siglo pasado llevó esta visión a sus últimas consecuencias. Entre el primer y el segundo modo de manifestarse de Dios no existe, según Karl Barth, continuidad, sino ruptura. No se trata de una sucesión sólo temporal, como entre Antiguo y Nuevo Testamento, sino de una oposición ontológica. En otras palabras, la gracia no construye sobre la naturaleza, sino contra ella; toca al mundo «como la tangente al círculo», es decir lo roza, pero sin penetrar dentro, como, en cambio, hace la levadura con la masa. Es la única diferencia que, según dice el mismo Barth, le retenía de llamarse católico; todas las demás le parecían, en comparación, de poca monta. A la analogía entis, él oponía la analogía fidei, es decir, a la colaboración entre naturaleza y gracia, la oposición entre la palabra de Dios y todo lo que pertenece al mundo.
Benedicto XVI, en su encíclica «Deus Caritas Est», muestra las consecuencias que tiene esta distinta visión a propósito del amor. Karl Barth escribió: «Donde entra en escena el amor cristiano, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor [el amor humano] y este conflicto no tiene fin[2]». Benedicto XVI escribe, por el contrario:
«Eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente […]. La fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones»[3].
La oposición radical entre naturaleza y gracia, entre creación y redención, fue atenuándose en los escritos posteriores del mismo Barth y ahora ya no encuentra casi seguidores. Por tanto, podemos acercarnos con más serenidad a la página del Apóstol para entender en qué consiste realmente la novedad de la cruz de Cristo.
Dios se ha manifestado en la cruz, sí, «bajo su contrario», pero bajo lo contrario de lo que los hombres han pensado siempre de Dios, no de lo que Dios es verdaderamente. Dios es amor y en la cruz se produjo la suprema manifestación del amor de Dios por los hombres. En cierto sentido, sólo ahora, en la cruz, Dios se revela «en la propia especie», en lo que le es propio. El texto de la primera Carta a los Corintios sobre el significado de la cruz de Cristo debe ser leído a la luz de otro texto de Pablo en la Carta a los Romanos:
«En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,6-8).
El teólogo medieval bizantino Nicolás Cabasilas (1322-1392) nos proporciona la clave mejor para entender en qué consiste la novedad de la cruz de Cristo. Escribe:
«Dos cosas dan a conocer al amante verdadero y le aseguran el triunfo sobre el amado: hacerle todo el bien que le es posible y tolerar por su amor los más terribles tormentos: el sufrimiento es aún mayor prueba de amistad que el llenar de sus bienes. Pero Dios era inaccesible para todo sufrimiento y no podía ofrecer al hombre la prueba suprema de amor […]. Tenía que darnos alguna prueba y, pues nos amaba con locura, manifestarnos lo extremado de su amor. Para esto inventa y lleva a cabo este anonadamiento maravilloso. Y encuentra en ello la manera de poder sufrir los más atroces tormentos. Y habiéndole mostrado con su tortura la intensidad del amor, obliga al hombre, que antes le huía por el temor de su odio, a que se le acerque confiado»[4].
En la creación Dios nos ha llenado de dones, en la redención ha sufrido por nosotros. La relación entre las dos cosas es la de un amor de beneficencia que se hace amor de sufrimiento.
Pero, ¿qué ha ocurrido tan importante en la cruz de Cristo para hacer de ella el momento culminante de la revelación del Dios vivo de la Biblia? La criatura humana busca instintivamente a Dios en la línea de la potencia. El título que sigue al nombre de Dios es casi siempre «omnipotente». Y he aquí que, abriendo el Evangelio, se nos invita a contemplar la impotencia absoluta de Dios en la cruz. El Evangelio revela que la verdadera omnipotencia es la total impotencia del Calvario. Hace falta poca potencia para proseguir, en cambio, se requiere mucha para ponerse a un lado aparte, para borrarse. ¡El Dios cristiano es esta ilimitada potencia de ocultamiento de si!
La explicación última está, pues, en el nexo indisoluble que existe entre amor y humildad. «Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,8). Se humilló haciéndose dependiente del objeto de su amor. El amor es humilde porque, por su naturaleza, crea dependencia. Lo vemos, en pequeño, por lo que ocurre cuando dos personas humanas se enamoran. El joven que, según el ritual tradicional, se arrodilla ante una chica para pedir su mano, hace el acto más radical de humildad de su vida, se hace mendigo. Es como si dijera: «Yo no me basto a mí mismo, necesito de ti para vivir». La diferencia esencial es que la dependencia de Dios respecto de sus criaturas nace únicamente por el amor que tiene hacia ellas, la de las criaturas entre sí, de la necesidad que tienen la una de la otra.
«La revelación de Dios como amor, escribió Henri de Lubac, obliga al mundo a revisar todas sus ideas sobre Dios»[5]. La teología y la exégesis están aún lejos, creo, de haber sacado de ello todas las consecuencias. Una de dichas consecuencias es ésta. Si Jesús sufre de forma atroz en la cruz no lo hace principalmente para pagar en lugar de los hombres su deuda insoluta. (¡Con la parábola de los dos siervos, en Lucas 7,41ss., explicó anticipadamente que la deuda de diez mil talentos fue cancelada por el rey gratuitamente!). No, Jesús muere crucificado para que el amor de Dios pudiera llegar al hombre en el punto más remoto en el cual se había alejado rebelándosele, es decir, en la muerte. Incluso la muerte está habitada por el amor de Dios. En su libro sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI, escribió:
«La injusticia, el mal como realidad no puede simplemente ser ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, puesto que los hombres no son capaces de ello, que lo haga Dios mismo: esta es la bondad incondicional de Dios»[6].
El motivo tradicional de la expiación de los pecados mantiene, como se ve, toda su validez, pero no el motivo último. El motivo último es «la bondad incondicional de Dios», su amor.
Podemos identificar tres etapas en el camino de la fe pascual de la Iglesia. Al comienzo hay solamente dos hechos escuetos: «Ha muerto, ha resucitado». «Vosotros lo crucificasteis, Dios lo ha resucitado», grita a las multitudes Pedro el día de Pentecostés (cf. Hch 2,23-24). En una segunda fase, se plantea la pregunta: «¿Por qué murió y por qué ha resucitado?», y la respuesta es el kerygma: «Murió por nuestros pecados; ha resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). Faltaba aún una pregunta: «Y, ¿por qué ha muerto por nuestros pecados? ¿Qué le ha empujado a hacerlo?» La respuesta (unánime, en este punto, de Pablo y de Juan) es: «Porque nos ha amado». «Me amó y se entregó a sí mismo por mí», escribe Pablo (Gál 2,20); «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo», escribe Juan (Jn 13,1).
Nuestra respuesta
¿Cuál será nuestra respuesta frente al misterio que hemos contemplado y que la liturgia nos hará revivir en la Semana Santa? La primera y fundamental respuesta es la de la fe. No una fe cualquiera, sino la fe mediante la cual nos apropiamos de lo que Cristo ha adquirido para nosotros. La fe que “arrebata” el reino de los cielos (Mt 11,12). El Apóstol concluye con estas palabras el texto del que hemos partido:
«Cristo Jesús [se convertiò] para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor» (1 Cor 1,30-31).
Lo que Cristo ha llegado a ser «para nosotros» —justicia, santidad y redención— nos pertenece; ¡es más nuestro que si lo hubiéramos hecho nosotros! Yo no me canso de repetir, a este respecto, lo que escribió san Bernardo:
«Yo, en verdad, tomo con confianza para mí (usurpo!) lo que me falta de las entrañas del Señor, porque rebosan misericordia. […] Mi mérito, por lo tanto, es la misericordia del Señor. No careceré seguramente de mérito mientras el Señor no carezca de misericordia. Si las misericordias del Señor son muchas, yo también soy muy grande por lo que respecta a los méritos […] ¿Cantaré acaso mi justicia? “Señor, recordaré sólo tu justicia” (cf. Sal 71,16). Ella es, en verdad, también mía; porque tú te has hecho para mí justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor 1,30)»[7].
No dejemos pasar la Pascua sin haber hecho, o renovado, el golpe de audacia de la vida cristiana que nos sugiere san Bernardo. San Pablo exhorta a menudo a los cristianos a “despojarse del hombre viejo” y «revestirse de Cristo»[8]. La imagen del desvestirse y revestirse no indica una operación sólo ascética, consistente en abandonar ciertos «hábitos» y sustituirlos con otros, es decir, en abandonar los vicios y adquirir las virtudes. Es, ante todo, una operación que hay que hacer mediante la fe. Uno se pone ante el crucifijo y, con un acto de fe, le entrega todos sus pecados, la propia miseria pasada y presente, como quien se despoja y arroja en el fuego sus trapos sucios. Luego se reviste de la justicia que Cristo ha adquirido para nosotros; dice, como el publicano en el templo: «¡Oh Dios ten piedad de mí, pecador!, y vuelve a casa como él, «justificado» (cf. Lc 18,13-14). ¡Esto sería realmente un «hacer la Pascua», realizar el santo «tránsito»!
Naturalmente, no todo termina aquí. De la apropiación debemos pasar a la imitación. Cristo —señalaba el filósofo Kierkegaard a sus amigos luteranos— no es sólo «el don de Dios que hay que aceptar mediante la fe»; es también «el modelo a imitar en la vida»[9]. Quisiera destacar un punto concreto sobre el que tratar de imitar el actuar de Dios: lo que Cabasilas destacó con la distinción entre el amor de beneficencia y el amor de sufrimiento.
En la creación, Dios ha demostrado su amor por nosotros llenándonos de dones: la naturaleza con su magnificencia fuera de nosotros, la inteligencia, la memoria, la libertad y todos los demás dones dentro de nosotros. Pero no le bastó. En Cristo quiso sufrir con nosotros y por nosotros. Así sucede también en las relaciones de las criaturas entre ellas. Cuando brota un amor, se siente inmediatamente la necesidad de manifestarlo haciendo regalos a la persona amada. Es lo que hacen los novios entre sí. Pero sabemos cómo funcionan las cosas: una vez casados, afloran los límites, las dificultades, las diferencias de carácter. Ya no basta hacer regalos; para avanzar y mantener vivo el matrimonio, hay que aprender a «llevar los pesos uno del otro» (cf. Gál 6,2), y a sufrir el uno por el otro y el uno con otro. Así el eros, sin menguar en sí mismo, se convierte también en ágape, amor de donación y no sólo de búsqueda. Benedicto XVI, en la encíclica citada (n.7) , se expresa así:
Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará «ser para» el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don.
La imitación del actuar de Dios no se refiere sólo al matrimonio y a los casados; en un sentido distinto, nos toca a todos nosotros, los consagrados antes que a cualquier otro. El progreso, en nuestro caso, consiste en pasar de hacer muchas cosas por Cristo y por la Iglesia, a sufrir por Cristo y por la Iglesia. Sucede en la vida religiosa lo que sucede en el matrimonio y no hay que asombrarse de ello, desde el momento que es también un matrimonio, un desposorio con Cristo.
Una vez la Madre Teresa de Calcuta hablaba a un grupo de mujeres y las exhortaba a sonreír a su marido. Una de ellas la objetó: «Madre, usted habla así porque no está casada y no conoce a mi marido». Ella le respondió: «Te equivocas. También yo estoy casada y te aseguro que a veces no es fácil tampoco para mí sonreír a mi Esposo». Después de su muerte se ha descubierto a qué aludía la santa con aquellas palabras. Tras la llamada a ponerse al servicio de los más pobres de los pobres, emprendió con entusiasmo el trabajo por su divino Esposo, poniendo en pie obras que maravillaron al mundo entero.
Muy pronto, sin embargo, la alegría y entusiasmo disminuyeron, ella cayó en una noche oscura que la acompañó durante todo el resto de la vida. Llegó a dudar si tenía todavía fe, hasta el punto de que cuando, tras su muerte, fueron publicados sus diarios íntimos, alguien totalmente desconocedor de las cosas del Espíritu, habló incluso de un «ateísmo de la Madre Teresa». La santidad extraordinaria de la Madre Teresa está en el hecho de que vivió todo esto en el más absoluto silencio con todos, escondiendo su desolación interior bajo una sonrisa constante del rostro. En ella se ve lo qué significa pasar de hacer las cosas para Dios, al sufrir por Dios y por la Iglesia.
Es una meta muy difícil, pero afortunadamente Jesús en la cruz no solo nos ha dado el ejemplo de este tipo nuevo de amor; nos ha merecido también la gracia de hacerlo nuestro, de apropiárnoslo mediante la fe y los sacramentos. Prorrumpa, pues, en nuestro corazón, durante la Semana Santa, el grito de la Iglesia: «Adoramus Te, Christe, et benedicimus Tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum». Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo.
¡Santo Padre, venerables Padres, hermanos y hermanas: feliz y santa Pascua!
© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
[1] Cf. Martin Lutero, De servo arbitrio: WA, 18, 633; cf. también WA, 56, pp. 392. 446-447.
[2] Karl Barth, Dommatica eclesiale, IV, 2, 832-852. La incompatibilidad entre amor humano y amor divino es la tesis de Anders Nygren, Eros y ágape, Sagitario, Barcelona 1969. (Edición original sueca (Estocolmo 1930).
[3] Benedicto XVI, Deus Caritas Est, nn. 7-8.
[4] Nicolás Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 2: PG 150, 645 [trad.esp. La vida en Cristro (Rialp, Madrid 41999) 189 ].
[5] H. de Lubac, Histoire et esprit, Paris 1950, Ch.5.
[6] Cf. J. Ratzinger – Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, Parte II (Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del VAticano 2011) 151 [trad. esp. Jesús de Nazaret (BAC, Madrid 2015)].
[7] San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar, 61, 4-5: PL 183,1072.
[8] Cf. Col 3,9; Rom 13,14; Gál 3,27; Ef 4,24).
[9] Cf. Søren Kierkegaard, Diarios, X1, A, 154 (año 1849).

sábado, 6 de abril de 2019

Cuarta predicación de Cuaresma 2019 -:Raniero Cantalamessa: “Adorarás al Señor tu Dios” 05042019



Predicación de Cuaresma del P. Cantalamessa © Vatican Media
Predicación De Cuaresma Del P. Cantalamessa © Vatican Media

Raniero Cantalamessa: “Adorarás al Señor tu Dios”

Cuarta predicación, Cuaresma 2019 

(ZENIT – 5 abril 2019).- ¿Cuál es la “adoración” de Dios, el primer mandamiento? El padre Raniero Cantalamessa, capuchino, predicador de la Casa Pontificia dedicó este tema a su meditación de Cuaresma, este viernes, 5 de abril de 2019, en la capilla Redemptoris Mater del Vaticano en presencia del Papa Francisco y sus colaboradores de la Curia Romana.
Y luego responde que la adoración es un regalo de Dios para el que ora: “Es como un destello de luz en la noche. Pero con una luz especial: no tanto la luz de la verdad como la luz de la realidad. Es la percepción de grandeza, majestad, belleza y, al mismo tiempo, la bondad de Dios y su presencia lo que quita el aliento”.
Aquí está la traducción oficial en francés de la meditación de la Cuaresma en P. Cantalamessa.
AB
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P. Raniero Cantalamessa
«Adorarás al Señor tu Dios»
 Cuarta predicación, Cuaresma 2019 

Este año se celebra el VIII centenario del encuentro de Francisco de Asís con el Sultán de Egipto al-Kamil en 1219. Lo recuerdo en esta sede por un detalle que se refiere al tema de nuestras meditaciones sobre el Dios viviente.Tras el regreso de su viaje a Oriente en 1219, santo Francisco escribió una carta dirigida «A los gobernantes de los pueblos». En ella decía entre otras cosas:
Estáis obligados a tributar al Señor tanto honor entre el pueblo que se os a confiado, que cada noche se anuncie, mediante un pregonero o algún otro signo, que se alabe y dé gracias al Señor Dios Todopoderoso por parte de todo el pueblo. Y si no hacéis esto, sabed que deberéis dar razón de ello a Dios ante el Señor vuestro Jesucristo el día del juicio [1].
Es opinión difundida que el santo sacase la ocasión para esta exhortación por lo que había observado en su viaje a Oriente, donde había escuchado la llamada vespertina a la oración dirigida por los muyahidines desde lo alto de los minaretes. Un hermoso ejemplo no solo de diálogo entre las diversas religiones, sino también de enriquecimiento mutuo. Una misionera, que trabaja desde hace muchos años en un país africano, escribió estas palabras:«Nosotros estamos llamados a responder a una necesidad fundamental de los hombres, a la profunda necesidad de Dios, a la sed de absoluto, a enseñar el camino de Dios, a enseñar a orar. He aquí porqué los musulmanes hacen, por estas partes, tantos prosélitos: enseñan enseguida y dan forma simple a adorar a Dios».
Nosotros cristianos tenemos una diferente imagen de Dios —un Dios que es amor infinito aún antes que potencia infinita—, pero esto no debe hacernos olvidar el deber primario de la adoración. A la provocación de la mujer samaritana: «Nuestros padres adoraron en este monte; sin embargo, vosotros decís que está en Jerusalén el lugar donde hay que adorar», Jesús responde con palabras que son la carta magna de la adoración cristiana:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»(Jn 4,21-24).
Fue el Nuevo Testamento el que elevó la palabra adoración a esta dignidad que antes no tenía. En el Antiguo Testamento, además de a Dios, la adoración se dirige en algunos casos también a un ángel (cf. Num 22,31) o al rey (1 Sam 24,9); por el contrario, en el Nuevo Testamento cada vez que se intenta adorar a alguien aparte de Dios y de la persona de Cristo, aunque sea incluso un ángel, la reacción inmediata es: «¡No lo hagas! Es a Dios a quien se debe adorar»[2]. Como si se corriera, en caso contrario, un peligro mortal. Es lo que Jesús, en el desierto, recuerda terminantemente al tentador que le pide que le  adore: «Escrito está: Al Señor tu Dios, adorarás, sólo a él dará culto» (Mt 4,10).
La Iglesia ha recogido esta enseñanza, haciendo de la adoración el acto por excelencia del culto de latría, distinto de llamado de dulía reservado a los santos y del llamado de hiperdulía reservado a la Virgen. La adoración es, pues, el único acto religioso que no se puede ofrecer a ningún otro, dentro del universo, tampoco a la Virgen, sino sólo a Dios. Aquí está su dignidad y fuerza única.
La adoración (proskunesis), al comienzo, indicaba el gesto material de postrarse rostro en tierra delante de alguien, en señal de reverencia y sumisión. En este sentido plástico la palabra es usada todavía en los Evangelios y en el Apocalipsis. En ellos la persona ante la cual uno se prostra, sobre la tierra, es Jesucristo y en la liturgia celestial el Cordero inmolado, o el Todopoderoso. Sólo en el diálogo con la Samaritana y en 1 Corintios  14,25 él aparece suelto de su significado exterior e indica una disposición interior del alma hacia Dios. Esto llegará a ser cada vez más el significado ordinario del término y en este sentido, en el credo, decimos del Espíritu Santo que es «adorado y glorificado» al igual que el Padre y del Hijo.
Para indicar la actitud exterior correspondiente a la adoración, se prefiere el gesto de doblar las rodillas, la genuflexión. También este último gesto está reservado exclusivamente a la divinidad. Podemos estar de rodillas ante la imagen de la Virgen, pero no hacemos la genuflexión ante ella, como la hacemos ante el Santísimo Sacramento, o el Crucificado.
Qué significa adorar
Pero, más que el significado y el desarrollo del término, nos interesa saber en qué consiste y cómo podemos practicar la adoración. La adoración puede ser preparada por larga reflexión, pero termina con una intuición y, como cualquier intuición, no dura mucho. Es como un relámpago de luz en la noche. Pero de una luz especial: no tanto la luz de la verdad, cuanto la luz de la realidad. Es la percepción de la grandeza, majestad, belleza, y conjunto de la bondad de Dios y de su presencia que quita el aliento. Es una especie de naufragio en el océano sin orillas y sin fondo de la majestad de Dios. Adorar, según la expresión de santa Ángela de Foligno recordada otra vez, significa «recogerse en unidad y sumergirse en el abismo infinito de Dios».
Una expresión de adoración, más eficaz que cualquier palabra, es el silencio. Él dice por sí solo que la realidad está demasiado más allá que toda palabra. En la Biblia resuena alta la advertencia: «¡Calla ante él toda la tierra!» (Hab 2,20) y: «¡Silencio en la presencia del Señor Dios!» (Sof 1,7). Cuando «los sentidos son rodeados por un inmenso silencio y con la ayuda del silencio envejecen las memorias», decía un Padre del desierto, entonces no queda más que adorar.
Fue un gesto de adoración el de Job, cuando, encontrándose cara a cara con el Todopoderoso al final de su historia, exclama: «He aquí, son muy mezquino: ¿qué te puedo responder? Me pongo la mano sobre mi boca» (Job 40,4). En este sentido, el versículo de un salmo, retomado luego por la liturgia, en el texto hebreo decía: «Para ti es alabanza el silencio», Tibi silentium laus! (cf. Sal 65,2, texto Masorético). Adorar —según la maravillosa expresión de san Gregorio Nacianceno— significa elevar a Dios un «himno de silencio»[3]. Como a medida que se sube una alta montaña el aire se hace más enrarecido, así a medida que uno se aproxima a Dios la palabra debe hacerse más breve, hasta hacerse, al final, totalmente muda y unirse en silencio a aquel que es el inefable[4].
Si se quiere decir algo para «parar» la mente e impedir que vagabundee en otros objetos, conviene hacerlo con la palabra más breve que exista: Amén, Sí. Adorar, en efecto, es asentir. Es dejar que Dios sea Dios. Es decir sí a Dios como Dios y a sí mismos como criaturas de Dios. En este sentido, Jesús es definido en el Apocalipsis, el Amén, el Sí hecho persona (cf. Ap 3,14). Se puede también repetir incesantemente con los serafines: «Qadosh, qadosh, qadosh: Santo, santo, santo».
La adoración exige, pues, que nos pleguemos y se esté callado. Pero, ¿es un tal acto, digno del hombre? ¿No lo humilla, derogando su dignidad? Más aún, ¿es realmente digno de Dios? ¿Qué Dios es si necesita que sus criaturas se postren por tierra delante de él y callen? ¿Es acaso, Dios, como uno de esos soberanos orientales que inventaron para sí la adoración? Es inútil negarlo, la adoración supone para las criaturas también un aspecto de radical humillación, un hacerse pequeños, un rendirse y someterse. La adoración implica siempre un aspecto de sacrificio, sacrificar algo. Precisamente así atestigua que Dios es Dios y que nada ni nadie tiene derecho a existir ante él, si no en gracia de Él. Con la adoración se inmola y se sacrifica el propio yo, la propia gloria, la propia autosuficiencia. Pero esta es una gloria falsa e inconsistente, y es una liberación para el hombre deshacerse de ella.
Al adorar, se «libera la verdad que estaba prisionera de la injusticia». Se llega a ser «auténticos» en el sentido más profundo de la palabra. En la adoración se anticipa ya el regreso de todas las cosas a Dios. Uno se abandona al sentido y al flujo del ser. Como el agua encuentra su paz en fluir hacia el mar y el pájaro su alegría en seguir el curso del viento, así el adorador en adorar. Adorar a Dios no es tanto un deber, una obligación, cuanto un privilegio, más aún, una necesidad. ¡El hombre necesita algo majestuoso que amar y adorar!  Está hecho para esto.
Por tanto, no es Dios quien necesita ser adorado, sino el hombre quien necesita adorar. Un prefacio de la Misa dice: «Tú no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación, por Cristo nuestro Señor»[5].Estaba totalmente desviado F. Nietzsche cuando definía al Dios de la Biblia «ese Oriental ávido de honores en su sede celestial»[6].
Sin embargo, la adoración debe ser libre. Lo que hace la adoración digna de Dios y a la vez digna del hombre es la libertad, entendida ésta, no sólo negativamente como ausencia de coacción, sino también positivamente como impulso gozoso, don espontáneo de la criatura que expresa así su alegría de no ser ella misma Dios, para poder tener un Dios por encima de sí al que adorar, admirar, celebrar.
La adoración eucarística
La Iglesia católica conoce una forma particular de adoración que es la adoración eucarística. Toda gran corriente espiritual, en el seno del cristianismo, ha tenido su particular carisma que constituye su contribución particular a la riqueza de toda la Iglesia. Para los protestantes, este es el culto de la palabra de Dios; para los ortodoxos, el culto de los iconos; para la Iglesia católica, es el culto eucarístico. A través de cada una de estas tres vías, se realiza el mismo objetivo de fondo, que es la contemplación de Cristo y de su misterio.
El culto y la adoración de la Eucaristía fuera de la Misa es un fruto relativamente reciente de la piedad cristiana. Comenzó a desarrollarse en Occidente, a partir del siglo XI, como reacción a la herejía de Berengario de Tours que negaba la presencia «real» y admitía una presencia sólo simbólica de Jesús en la Eucaristía. A partir de esa fecha, sin embargo, no ha habido, se puede decir, un santo, en cuya vida no se note un influjo determinante de la piedad eucarística. Ella ha sido fuente de inmensas energías espirituales, una especie de hogar siempre encendido en medio de la casa de Dios, en el cual se han calentado todos los grandes hijos de la Iglesia. Generaciones y generaciones de fieles católicos han advertido el estremecimiento de la presencia de Dios al cantar el himno Adoro te devote, ante el Santísimo expuesto.
Lo que diré de la adoración y de la contemplación eucarística se aplica casi por completo también a la contemplación del icono de Cristo. La diferencia es que en el primer caso se tiene una presencia real de Cristo, en el segundo una presencia sólo intencional. Ambas se basan en la certeza de que Cristo resucitado está vivo y se hace presente en el sacramento y en la fe.
Estando tranquilos y silenciosos, y posiblemente largo tiempo, ante Jesús sacramentado, o ante un icono suyo, se perciben sus deseos respecto de nosotros, se depositan los propios proyectos para dar cabida a los de Cristo, la luz de Dios penetra, poco a poco, en el corazón y lo sana. Ocurre algo que evoca lo que les pasa a en los árboles en primavera, es decir, el proceso de la fotosíntesis. Brotan de las ramas las hojas verdes; estas absorben de la atmósfera ciertos elementos que, bajo la acción de la luz solar, son «fijados» y transformados en alimento de la planta. Sin tales hojitas verdes, la planta no podría crecer y dar frutos y no contribuiría a regenerar el oxígeno que nosotros mismos respiramos.
¡Nosotros debemos ser como esas hojas verdes! Son un símbolo de las almas eucarísticas y de las almas contemplativas. Al contemplar el «sol de justicia» que es Cristo, «fijan» el alimento que es el Espíritu Santo, en beneficio de todo el gran árbol que es la Iglesia. En otras palabras, es lo que dice también el apóstol Pablo cuando escribe: «Todos nosotros, a rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18).
Nuestro poeta, Giuseppe Ungaretti, al contemplar una mañana en la orilla del mar el surgir del sol, escribió una poesía de solo dos brevísimos versos, tres palabras en total: «Me ilumino de inmensidad ». Son palabras que podrían ser hechas propias por quien está en adoración ante el Santísimo Sacramento. Sólo Dios conoce cuántas gracias ocultas han descendido sobre la Iglesia gracias a estas almas adoradoras.
La adoración eucarística es también una forma de evangelización y entre las más eficaces. Muchas parroquias y comunidades que la han puesto en su horario diario o semanal lo experimentan directamente. La vista de personas que por la tarde o de noche están en adoración silenciosa ante el Santísimo en una iglesia iluminada ha empujado a muchos transeúntes a entrar y, después de haber permanecido un momento, a exclamar: «¡Aquí está Dios!». Precisamente como está escrito que sucedía en las primeras asambleas de los cristianos (cf. 1 Cor 14,25).
La contemplación cristiana nunca es en un sentido único. No consiste en mirarse, como se dice, el ombligo, a la búsqueda del propio yo profundo. Consiste siempre en dos miradas que se cruzan. Hacía, pues, una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con la mirada dirigida al sagrario y que, interrogado por el Santo Cura qué hacía así todo el tiempo, respondió: «¡Nada, yo le miro y Él me mira!».
Si a veces se abaja y flaquea nuestra mirada, nunca flaquea, sin embargo, la de Dios. La contemplación eucarística se reduce, a veces, simplemente a hacer compañía a Jesús, a estar bajo su mirada, dándole incluso la alegría de contemplarnos, que, en cuanto criaturas sacadas de la nada y pecadoras, sin embargo, somos el fruto de su pasión, aquellos por los que él ha dado la vida. Es un acoger la invitación de Jesús dirigida a los discípulos en Getsemaní: «Permaneced aquí y velad conmigo» (Mt 26,38).
La contemplación eucarística no es impedida, pues, en sí, por la aridez que a veces se puede experimentar, ya sea debida a nuestra disipación, o, en cambio, permitida por Dios para nuestra purificación. Basta darla un sentido, renunciando también a nuestra satisfacción derivada del fervor, para hacerle feliz y decir, como decía Charles de Foucauld: «¡Tu felicidad, Jesús, me basta!»; es decir: me basta con que tú seas feliz. Jesús tiene a disposición la eternidad para hacernos felices; nosotros no tenemos más que este breve espacio de tiempo para hacerle feliz: ¿cómo resignarse a perder esta oportunidad que ya no volverá nunca eternamente?
Al contemplar a Jesús en el Sacramento del altar, nosotros realizamos la profecía hecha en el momento de la muerte de Jesús sobre la cruz: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Más aún, dicha contemplación es ella misma una profecía, porque anticipa lo que haremos por siempre en la Jerusalén celestial. Es la actividad más escatológica y profética que se pueda realizar en la Iglesia. Al final ya no se inmolará el Cordero, ni se comerán ya sus carnes. Es decir, cesarán la consagración y la comunión; pero no cesará la contemplación del Cordero inmolado por nosotros. Esto es lo que, en efecto, los santos hacen en el cielo (cf. Ap 5,1ss). Cuando estamos ante el sagrario, formamos ya un único coro con la Iglesia de arriba: ellos delante, nosotros, por así decirlo, detrás del altar; ellos en la visión, nosotros en la fe.
En 1967 comenzó la Renovación Carismática Católica que en cincuenta años ha tocado y renovado a millones de creyentes y ha suscitado innumerables realidades nuevas, personales y comunitarias. Nunca se insiste suficientemente en el hecho de que éste no es un “movimiento eclesial”, en el sentido común de este término; es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia, una «inyección de Espíritu Santo» de la que ella tiene necesidad desesperadamente. Es como una sacudida eléctrica destinada a descargarse sobre la masa que es la Iglesia y, una vez que esto ha ocurrido, desaparecer.
Menciono aquí esta realidad porque ella inició precisamente con una extraordinaria experiencia de adoración del Dio vivo que ha sido el tema de esta meditación. El grupo de estudiantes de la Universidad Duquesne de Pittsburgh que participó en el primer retiro, se encontró, una noche, en la capilla ante el Santísimo, cuando, de pronto, sucedió una cosa singular, que una de ellos, más adelante, describió así:
«El temor del Señor comenzó a correr en medio de nosotros; una especie de terror sagrado nos impedía levantar los ojos. Él estaba allí personalmente presente y nosotros teníamos miedo de no resistir a su excesivo amor. Lo adoramos, descubriendo por primera vez lo que significa adorar. Hicimos una experiencia abrasadora de la terrible realidad y presencia del Señor. Desde entonces entendimos con una claridad nueva y directa las imágenes de Dios que, en el monte Sinaí, truena y estalla con el fuego de su mismo ser; hemos entendido la experiencia de Isaías y la afirmación según la cual nuestro Dios es un fuego devorador. Este sagrado temor era, en cierto modo, la misma cosa que el amor, o al menos así lo advertíamos nosotros. Era algo sumamente amable y bello, aunque ninguno de nosotros vio ninguna imagen sensible. Era como si la realidad personal de Dios, espléndida y deslumbrante, hubiera venido a la habitación llenándola a ella y a nosotros a la vez» [7].
Simultánea presencia de majestad y de bondad en Dios, de temor y amor en la criatura; el «misterio tremendo y fascinante», como lo definen los estudiosos de las religiones. La persona que describió en estos términos la experiencia de ese momento no sabía que estaba haciendo una síntesis perfecta de los rasgos que caracterizan el Dios vivo de la Biblia.
Terminamos  con un versículo del Salmo 95  con el cual la Liturgia de las Horas nos hace empezar cada nuevo día:
Entrad, adoremos, prosternémonos,
¡de rodillas ante Yahveh que nos ha hecho!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros el pueblo de su pasto,
el rebaño de su mano.
© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
***
[1] S. Francisco de Asìs, Escritos, BAC, Madrid 1993, p. 61.
[2] Cf. Ap 19,10; 22,9; Hch 10,25-26; 14,13s.
[3] San Gregorio Nacianceno, Poemas, 29: PG 37, 507.
[4] Ps.- Dionisio Areopagita, Teología mística, 3: PG 3, 1033.
[5] Misal Romano,Prefacio común IV.
[6] Friederich Nietzsche, La Gaia ciencia, n. 135.
[7]  En patti gallagher mansfield,As by a New Pentecost. Beginning of the Catholic Charismatic Renewal,Amor Deus Publishing, Phoenix, AZ, 2016, p. 131.