sábado, 19 de septiembre de 2026

Mateo 18 completo y Domingo 24º del TO. Ciclo A (13.09.2026): Mateo 18,21-35. Perdonar todo y a todos, siempre - “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12) CINCO MINUTOS.

 Mateo 18 completo

Espero que nadie haya olvidado la presentación de los comentarios del domingo pasado. El asunto central de la página de Mateo (18,21-35) para este domingo es una pregunta de Pedro a Jesús y la respuesta de éste por medio de una impresionante parábola. Si esta parábola no se comprende en su contexto se echa a perder todo el sentido de ese asunto que es el pecado y su perdón.
En tiempos de Jesús, la religión de Israel tenía su centro en el Templo donde continuamente el sacerdocio ofrecía a su Dios Yavé sacrificios cruentos (derramamientos de sangre) por los pecados personales, colectivos, nacionales y mundiales. Todo estaba reglado y bien regulado. El código de tales pecados abarcaba las prohibiciones de todo tipo (unas 365) y los mandatos obligatorios (más de 240). Saltarse una prohibición o no realizar tal mandato era motivo de pecado y había que presentar en el único templo de Jerusalén los 'sacrificios' correspondientes para alcanzar el perdón de su Dios. 
Esta realidad era así y es muy sencillo llegar a la conclusión de que toda persona en Israel era pecadora. Y de esta realidad participó aquel judío galileo llamado Jesús de Nazaret. Creo que este Jesús del Evangelista Mateo aceptaba que todos eran y éramos pecadores, pero se atrevió a proclamar que todos eran y éramos capaces de perdonar. No se necesitaba otra cosa que aprender a perdonar. No eran necesarios ni el templo, ni los sacerdotes, ni los sacrificios... Era preciso sólo que cada cual reconociera su pecado y fuera capaz de perdonarse y de perdonar al otro, y al otro...
Pedro, el seguidor de Jesús y este Pedro del evangelista Mateo se reconocía pecador, pero no podía admitir aprender a perdonarse y perdonar al otro... Y como este tal Pedro de entonces, ahí seguimos también en las religiones sin ser capaces de perdonarme y perdonar.
Pues es posible aprender a hacerlo. Si Dios Yavé lo hace, todos los humanos tenemos el mismo poder perdonador de Dios. Si esto se acepta, todo pecado puede perdonarse y todo pecador puede llegar a ser un perdonador. Esto es lo que desea decir el mensaje de la parábola. Unos van a aprender a ser pecadores y perdonadores. Y habrá otros que serán incapaces de reconocerse y aceptarse como aprendices y practicantes del perdón. Todo depende de la comprensión de lo que entonces era un talento y un denario.
Y el asunto es sencillísimo de comprender: Un denario era el sueldo de trabajo de un día. Un talento era el sueldo de seis mil días de trabajo. El mayor pecador que me puedo imaginar era aquella persona que se había aprovechado de seis mil días de trabajo multiplicados por diez mil, unos sesenta millones de días de trabajo. Tal vez, sólo un 'satanás' pecador pudiera haber llegado a esa cuota de maldad. Pues hasta ese tal, asegura este Jesús del evangelista Mateo, puede aprender a ser perdonador... ¿Una utopía revolucionaria? Perdonar es, fue y será siempre y en cualquier religión una revolución humanizadora. Hacer a los demás lo que yo deseo que ellos hagan conmigo. Así se aprende a ser perdonador... No se trata de prácticas rituales de liturgias religiosas, sino de practicar el gesto de darse las manos y llegar hasta los abrazos en la práctica del convivir diario.
Creo, por fin, que este es el asunto capital del cuarto discurso que Mateo coloca en el corazón de la misión de su Evangelizador Jesús de Nazaret.
Para esta nueva semana es más que suficiente.
A continuación se encuentran los dos comentarios para el domingo 13 de septiembre.

Carmelo Bueno Heras.           

Comentario primero:

Domingo 24º del TO. Ciclo A (13.09.2026): Mateo 18,21-35.

Perdonar todo y a todos, siempre. Lo escribo CONTIGO

Seguimos la lectura del cuarto discurso que pone el Evangelista en boca de su Jesús de Nazaret. El texto de  Mateo 18,21-35 comienza con una pregunta, de la misma manera que la primera parte del discurso había comenzado también con otra pregunta de los discípulos (Mt 18,1-29). Ahora es Pedro el que interroga a Jesús en presencia de cuantos recorren juntos la segunda etapa del camino iniciado en Cesarea de Filipo (Mt 16,13) y que acabará en Jerusalén.

 

Como buen narrador que es Mateo, muy intencionadamente piensa en Pedro, el seguidor explícitamente reprochado por Jesús por atreverse a ser ‘un satanás’. Como todo ‘buen judío’, Pedro conoce bien el funcionamiento de los credos y tradiciones de su Religión judía. Y sabe bien que todo rompimiento de una ley es un pecado  Y sabe también que todo pecado sólo se perdona por medio de la ofrenda de un sacrificio que debe ofrecer un sacerdote en el templo de Jerusalén. La Ley de Moisés ordena tanto las leyes como los pecados por su desobediencia y sus correspondientes perdones. Aquí se asienta uno de los poderes económicos del Templo.

 

Cuando leo despacio este relato de Mateo, mis neuronas no dejan de interrogarse o imaginar cuántas veces y de qué manera debió de hablar aquel Jesús de Nazaret del perdón de los pecados para que a Pedro se le despertase la curiosidad de preguntar: “¿Cuántas veces tengo que perdonar...? ¿Es suficiente con siete?” (18,21). Tampoco olvido como lector curioso que este asunto de perdonar pecados lo aprendió Jesús de Nazaret de un tal Juan el bautizador.

 

Perdona siempre. Perdona todo. Perdona a todos. ¿No es esto lo que deseas que los demás hagan contigo? Mis neuronas críticas me repiten Mateo 7,12. Síntesis del primer discurso de este Jesús de Nazaret del Evangelista. Perdona todo a todos siempre... ¡y gratis! ¿Imposible?

 

La respuesta de este Jesús  del Evangelista a la primera de las preguntas fue una parábola que nunca se lee en la liturgia dominical del año de Mateo, el Ciclo A; la oveja del buen pastor. Y la respuesta a la segunda pregunta, la de Pedro, la encontramos en una parábola sorprendente.

 

Creo que en la homilía de este día se debe activar el móvil y su aplicación llamada ‘calculadora’ y comenzar a teclear. Si esto no se hace, es muy probable que las explicaciones de la parábola sean muy, muy, muy, muy... distintas, distantes y muy válidas. Pero cuando hacemos números, tal vez más de uno se lleve las manos a la cabeza y grite: ¡Imposible! ¡Intragable! No puede ser.

 

Creo que esta es la clave: un denario era, en los días de Jesús, la paga por un día de trabajo. Puede leerse explícitamente en Mt 20,1-16; el valor de un talento equivalía a seis mil denarios. Y aquí comienza el ejercicio de la calculadora, sin olvidar qué dinero ganas tú y yo en un año. Diez mil talentos habrá que multiplicarlos por seis mil denarios. El total serán los días de trabajo. Calculen, calculemos... Sesenta millones de días de trabajo, que si los divido entre trescientos sesenta y cinco me vienen a salir algo más de ciento sesenta y cuatro mil años de vida y de trabajo. ¿Monstruosa e impensable la gratuidad de quien se atrevió a cancelar una deuda así? Tal vez me equivoqué en las matemáticas. Perdono siempre todo a todos. ¡Gratis!

Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 13.09.2020. Y también en Madrid, 13.09.2026.


Comentario segundo:

“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)

CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 42ª página del Evangelio de Mateo 23,1-39.

El capítulo vigésimo tercero del Evangelio de Mateo es una unidad literaria y por esto conviene leérsela siempre completa. Y por ello, cada uno de los elementos de esta unidad deben también considerarse como partes de un todo. Esta unidad completa y acaba la narración que Mateo nos ha ofrecido sobre la estancia y evangelización de su Jesús de Nazaret en el Templo de Jerusalén, que según este relato ha durado un par de días (Mt 21,1 hasta 23,39).

La unidad narrativa comienza así: “Entonces Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo” (Mt 23,1). Todo el mensaje de Jesús deben oírlo todos sus oyentes, sean gentes del pueblo, personas vinculadas con el Templo o seguidores del galileo, sean hombres o mujeres. Todos deben oírlo todo. ¡Cuánto me recuerda esto a aquello otro que ya quedó contado en Mateo 4,23-25! Los oyentes de entonces y de ahora son todas las gentes del pueblo judío, en tiempos del siglo primero, cuando muere Jesús y al escribir Mt unos cuarenta años más tarde. Mi lectura detenida de todo el relato de Mt 23,1-39 me dice que existen cuatro apartados en este preciso, precioso y clarificador texto literario y, sobre todo, teológico que el Evangelista se atrevió a colocar en boca de su Jesús de Nazaret, el profeta de Galilea.

 

El primer apartado es Mateo 23,2-7. El narrador cuenta, por si aún no hubiera quedado bien clarito, quiénes eran los maestros de la Ley de Moisés y los fariseos, qué hacían, qué enseñaban, cómo vivían... La denuncia de su identidad y misión es tan radical que sonroja leerla, escucharla e interiorizarla: “No hacen lo que dicen”. En cambio, el Jesús del Evangelista decía (Mt 5-7) y así hacía (Mt 8-9). 

 

El segundo apartado es Mateo 23,8-12. Frente a esta denuncia tan de raíz, este laico de Galilea anuncia otra manera de ser, creer, enseñar y vivir: “El mayor entre vosotros, el servidor”. Servir, no servirse. Mirar hacia abajo, no hacia arriba para ‘medrar’. Mirar al caído, no al encumbrado... Es tan sencillo lo uno como lo otro, pero es... ¡tan distinto y opuesto!

 

El tercer apartado es Mateo 23,13-36. Siete acusaciones o malaventuranzas directas y frontales contra los maestros de la Ley y los fariseos hipócritas. Todo un lujo de calificativos deshumanizadores. Escandalosamente deshumanizadores. Este Jesús de Mateo se cultivó bien su sentencia de muerte en el corazón de la Religión de Yavé Dios. Nadie encontrará en los Evangelios un lenguaje tan proféticamente denunciador. Siete ayes con su coda final, demoledora (Mt 23, 34-36). ¿Qué dicen las ostentaciones religiosas que esto leen? Se callan.

 

Y el cuarto apartado es Mateo 23,37-39. Todo está dicho ya por parte de este Jesús de Mateo, pero le falta aún esa pizca final, guinda del pastel dirían muchos, irrebatible, acusadora y situada donde ciertamente duele: “Jerusalén, Jerusalén, matas a los profetas... Tu Templo quedará desierto”. Es muy probable que cuando este narrador Mateo cuenta estas cosas es que ‘estas cosas’ ya están sucediendo o ya han sucedido en la década de los años setenta del siglo uno. Aquí, y de manera tan enfrentada, acaba la presencia de Jesús en el Templo de su RELIGION: “Jesús salió del Templo”, pero esto es otro contexto del Evangelista en Mateo 24,1.

Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 15.09.2019. Y también en Madrid, 13.09.2026

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