Mostrando entradas con la etiqueta genocidio vandeano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta genocidio vandeano. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de abril de 2017

El genocidio de La Vendée: las pruebas de la determinación anticatólica de la Revolución Francesa 19042017

Los generales del Terror se vanagloriaban del exterminio y lo contaron todo

El genocidio de La Vendée: las pruebas de la determinación anticatólica de la Revolución Francesa

El genocidio de La Vendée: las pruebas de la determinación anticatólica de la Revolución Francesa
El primer genocidio de la era moderna tuvo lugar en 1794 en la región francesa de la Vendée.

Añadir a Facebook Añadir a Twitter Añadir a Goglle+ Añadir a Linkedin
19 abril 2016
"Camaradas, entramos en el país insurrecto. Os doy la orden de entregar a las llamas todo lo que sea susceptible de ser quemado y pasar al filo de la bayoneta todo habitante que encontréis a vuestro paso. Sé que puede haber patriotas [ciudadanos afectos a la Revolución] en este país; es igual, debemos sacrificarlo todo".

El primer genocidio de la era moderna
Ni Lenin fue más claro. De todos los intentos de exterminio que jalonan la historia de la Modernidad (armenios, ucranianos, judíos, rusos blancos, camboyanos, tutsis...), aquel en el que mejor consta la determinación genocida es el que tuvo lugar en 1793 y 1794 contra la población de la región francesa de la Vendée a causa de su fidelidad católica. La voluntad exterminadora del Comité de Salud Pública era tan clara, que los ejecutores materiales de las matanzas, sintiéndose inequívocamente respaldados, no temieron dejar constancia de ellas, por incriminatorio que pudiese resultar.

La frase citada al principio, por ejemplo, la pronunció el general Grignon, al mando de la primera columna que entró en el país. Pero esa y otras pruebas padecieron durante dos siglos un espeso manto de silencio: la historia de la Revolución Francesa la escribieron los revolucionarios, y la protección pública a una verdad oficial que ocultaba esos hechos laminaba en la práctica la labor de los historiadores que osaran discutirla.

Una investigación capital: Reynald Secher
Sólo en torno a 1989, con ocasión del bicentenario, comenzaron a llegar a la opinión pública hechos que hasta entonces sólo divulgaban las minorías contrarrevolucionarias. En 1985, cuando Reynald Secher quiso defender primero, y publicar después, su tesis doctoral sobre el genocidio de la Vendée (La Vendée-Vengé. Le génocide franco-français), que allegaba cientos de testimonios de autoinculpación de los revolucionarios, fue seriamente advertido de las consecuencias para su futuro académico de exponer unos hechos que contradecían el adoctrinamiento impuesto a los franceses desde la escuela durante doscientos años.

Pero siguió adelante, y aunque el libro nunca se ha publicado en español, forma ahora el punto de partida de la reciente obra de investigación del profesor Alberto Bárcena en La guerra de la Vendée. Una cruzada en la revolución (San Román). Bárcena brinda así, por primera vez al lector no especializado, los elementos esenciales de la investigación de Secher, completados con la propia investigación del autor.



El libro demuestra, con base documental y testifical, que el fundamento de la resistencia de los vendeanos, y la causa del odio revolucionario hacia ellos, fue la religión.

Amor a los refractarios, desprecio a los juramentados
Tras el asesinato de Luis XVI el 21 de enero de 1793 y el inicio de la guerra contra España en marzo, la Convención ordenó una leva de 300.000 hombres, que fue la chispa que encendió la rebelión. Pero lo que realmente había convertido en rebeldes los espíritus de los franceses (no sólo los vandeanos) era la Constitución Civil del Clero, que exigía a los sacerdotes un juramento de fidelidad a la Revolución.

La persecución contra los obispos y sacerdotes que se negaron fue brutal, y las autoridades los sustituían por el clero adicto. Bárcena cita multitud de documentos en los que el pueblo exige "buenos curas" como una de sus principales reivindicaciones. Los curas juramentados eran detestados como infieles. Los refractarios, protegidos y escondidos por la gente aun a riesgo de su propia vida.


La canción El escapulario evoca la memoria católica del pueblo vandeano en su lucha por el Reinado Social de Cristo.

Los vandeanos, entrañablemente adheridos a la monarquía católica, se distinguieron particularmente en ese rechazo a las autoridades revolucionarias.

Héroes de la resistencia católica
El levantamiento popular, en ocasiones sin más armas que los aperos de labranza, fue tan entusiasta que infligió a los azules derrotas memorables, de forma que los caudillos católicos se convirtieron en mitos, comenzando por el primero de ellos, Jacques Cathelineau, muerto en combate, y siguiendo por nombres de leyenda como François de Charette o el conde de La Rochejaquelein.



Cathelineau (arriba) y Charette (abajo), dos de los grandes caudillos vandeanos.



Hasta 40.000 soldados lograron presentar en orden de batalla los contrarrevolucionarios, que estuvieron a punto de conquistar Nantes. Llegaron a sumar más de cien mil hombres.

Se decide el genocidio
La Convención comprendió que la mecha vandeana podía prender en todo el país por motivos similares, y fue entonces cuando se tomó la decisión del genocidio: el decreto de 1 de agosto de 1793, que incluía el envío a la región de cantidades ingentes de materiales combustibles de toda clase. El pueblo no combatiente abandonó masivamente la zona, en número de 80.000 personas, mientras los revolucionarios saqueaban y quemaban sus casas.

Un despacho del general Marceau, comandante en jefe interino del ejército del oeste, describe así su paso por la Vendée: "Por agotadas que estuvieran nuestras tropas hicieron todavía ocho leguas, masacrando sin cesar y haciendo un botín inmenso. Nos hicimos con siete cañones, nueve cajas y una inmensidad de mujeres (tres mil fueron ahogadas en Pont-au-Baux)". Los ahogamientos masivos en los ríos fueron uno de los métodos más usados para las matanzas: las llamaban eufemísticamente "deportaciones verticales".

"Fusilamos a todo el que cae en nuestras manos, prisioneros, heridos, enfermos en los hospitales", confiesa el general Rouyer.

Medidas "buenas y puras"
La intensidad de las matanzas era de tal calibre, que algunos de los ejecutores quisieron ponerse a cubierto de cualquier responsabilidad. El 17 de de enero de 1794, el general Turreau exige a la Convención que le confirme la orden de "quemar todas las villas, pueblos y aldeas de la Vendée que no estén en el sentido de la Revolución". Y no por escrúpulos morales, sino por mera seguridad jurídica, pide certidumbres: "Debéis igualmente pronunciaros de antemano sobre la suerte de las mujeres y los niños. Si hay que pasarlos a todos por el filo de la espada, yo no puedo ejecutar semejante medida sin una orden que ponga mi responsabilidad a cubierto".

La respuesta del Comité de Salud Pública llegó el 8 de febrero, y es la prueba evidente de que en la Vendée no hubo excesos: todo lo que se hizo estaba amparado por las autoridades de la Revolución Francesa. "Te quejas, ciudadano general", le dicen, "de no haber recibido del Comité una aprobación formal a tus medidas. Éstas le parecen buenas y puras pero, alejado del teatro de operaciones, espera los resultados para pronunciarse: extermina a los bandidos hasta el último, ése es tu deber". Los "bandidos" eran, obviamente, los católicos vandeanos.


La rebelión ocultada es un docudrama de reciente producción sobre el genocidio de la Vendée. He aquí el tráiler.

Un horror inconcebible
De las atrocidades cometidas da cuenta la denuncia de un oficial de policía, Gannet, sobre lo que vio cometer al general Amey, que mandaba la división con sede en Mortagne. Una vez más, la denuncia no es moral, sino política: sencillamente, Amey, en absoluta orgía asesina, está matando también a partidarios de la Revolución Francesa.

He aquí el impresionante testimonio de Gannet: "Amey hace encender los hornos y cuando están bien calientes mete en ellos a las mujeres y los niños. Le hemos hecho amonestaciones; nos ha respondido que era así como la República quería cocer su pan. Primeramente se ha condenado a este género de muerte a las mujeres bandidas, y no hemos dicho demasiado; pero hoy los gritos de esas miserables han divertido tanto a los soldados y a Turreau que han querido continuar esos placeres. Faltando las hembras de los realistas, se han dirigido a las esposas de verdaderos patriotas. Ya veintitrés, que sepamos, han sufrido este horrible suplicio y no eran culpables más que de adorar a la nación. Hemos querido interponer nuestra autoridad, los soldados nos han amenazado con la misma suerte".

Aquellas fuerzas revolucionarias, uniformadas, al mando de generales que luego destacarían bajo Napoleón, debidamente respaldadas por el Comité de Salud Pública, fueron denominadas "columnas infernales".

Se justifica por más testimonios. El capitán Dupuy, del batallón de la Libertad, escribe así a su hermana: "Por todas partes donde pasamos, llevamos la llama y la muerte. La edad, el sexo, nada es respetado. Un voluntario mató, con sus propias manos, a tres mujeres. Es atroz, pero la salvación de la República lo exige imperiosamente. No hemos visto un solo individuo sin fusilarle. Por todas partes la tierra está cubierta de cadáveres".

El cirujano Thomas describe escenas horrorosas: "He visto quemar vivos a hombres y mujeres. He visto ciento cincuenta soldados maltratar y violar mujeres, chicas de catorce y quince años, masacrarlas después y lanzarse de bayoneta en bayoneta tiernos niños que habían quedado al lado de su madre sobre las baldosas".

Hay datos aún más escalofriantes, como la utilización de la piel de las víctimas, un hecho firmemente documentado en varias causas judiciales e incluso en un informe oficial del capitoste revolucionario Saint-Just: "Se curte en Meudon la piel humana. La piel que proviene de hombres es de una consistencia y de una bondad superiores a la de las gamuzas. La de los sujetos femeninos es más flexible, pero presenta menos solidez".

Los cadáveres de los vandeanos servían incluso para grasa. De nuevo, a confesión de parte, en este caso de uno de los soldados del general Crouzat que el 5 de abril de 1794 quemaron a 150 mujeres: "Hicimos agujeros en la tierra para colocar calderas a fin de recibir lo que caía; habíamos puesto barras de hierro encima y colocado a las mujeres encima. Después, más encima aún, estaba el fuego. Dos de mis camaradas estaban conmigo en este asunto. Envié diez barriles a Nantes. Era como la grasa de momia: servía para los hospitales".

Reacción tardía
Algunos revolucionarios, como el general Danican, sí denunciaron la barbarie: "He visto masacrar a viejos en su cama, degollar niños sobre el seno de sus madres, guillotinar mujeres embarazadas e incluso al día siguiente de su alumbramiento. Las atrocidades que se han cometido ante mis ojos han afectado de tal manera mi corazón que no sentiré nunca la vida".

Y al final, la misma Convención que había ordenado el genocidio y amparado su brutalidad tuvo que reconocer, el 29 de septiembre de 1794, que "jefes bárbaros, que osan aún decirse republicanos, han hecho degollar, por el placer de degollar, a viejos, mujeres, niños. Municipios patriotas incluso han sido las víctimas de esos monstruos de los que no detallaremos las execrables actuaciones".

Exterminada la quinta parte
No hacía falta, pues sus mismos autores no tuvieron reparo en contarlas. Todo este aporte documental, que se hallaba virgen hasta 1985 porque nadie se atrevía a desmentir la versión oficial hasta que Reynald Secher lo hizo, forma parte de La guerra de la Vendée de Alberto Bárcena.


El autor, durante un acto de presentación del libro.

Pero la obra de Bárcena no se limita a estudiar la represión. Es una historia completa de las campañas bélicas, de la trastienda política y de las razones que, aparte la religión (la principal), también contribuyeron al ensañamiento con esa región francesa, que perdió el 14,38% de la población (dos tercios campesinos, un tercio comerciantes) y vio destruidas el 18,16% de sus casas. Son valores medios, porque hay pueblos donde el exterminio de personas y de hogares llegó al 80%.

Todo ello, bajo la divisa Libertad, Igualdad, Fraternidad y en nombre de los Derechos Humanos. Una historia que estaba por escribirse.

Reynald Secher demostró el genocidio de la Revolución Francesa en la Vendée: hundieron su carrera 21042017

En 2011 descubrió los documentos que desde París ordenaban las matanzas

Reynald Secher demostró el genocidio de la Revolución Francesa en la Vendée: hundieron su carrera

Reynald Secher demostró el genocidio de la Revolución Francesa en la Vendée: hundieron su carrera
Una escena de The Hidden Rebellion La Rebelión Escondida, película pro-vandeana dirigida en 2016 por Daniel Rabourdin.

Añadir a Facebook Añadir a Twitter Añadir a Goglle+ Añadir a Linkedin
21 abril 2017
El pasado mes de febrero se publicó en Francia una nueva obra sobre el genocidio vandeanoVendée, 1793-1794, de Jacques Villemain. Relata la aniquilación sistemática, por parte de las autoridades de la Revolución Francesa, de la región que se alzó en armas en nombre de la fe católica. Un hecho del que la historiografía oficialista francesa ya no puede huir, a pesar de que hace treinta años, cuando se publicó el primer gran estudio sobre aquellas masacres, se sometió a su autor, el historiador Reynald Secher, a una auténtica "caza del hombre". Con motivo de la aparición del libro de Villemain, Pierre Benoît ha entrevistado a Secher para L'Homme Nouveau:



-Cuando su libro La Vendée-Vengé. Le génocide franco-français [La Vandée-Vengada. El genocidio franco-francés] fue publicado en 1986, ¿cuáles fueron las reacciones?
-Hay que distinguir tres tipos de reacción. La primera fue muy favorable, sobre todo por parte de los descendientes de los vandeanos y del gran público, lo que se tradujo en un inmenso éxito popular, sobre todo tras la emisión de Apostrophe, el 11 de  julio de 1986, donde tuve que enfrentarme a cuatro oponentes, y no de los menos importantes.

»La segunda reacción fue una cierta reserva por parte de los medios de comunicación, con alguna excepción como Le Figaro Magazine, que publicó un memorable artículo del gran periodista y filósofo Jean-­François Revel, que me defendió con firmeza.


Reynald Secher, doctor en Historia y en Administración de Empresas por la Sorbona de París.

»En lo que respecta a la tercera reacción, me fue abiertamente hostil en nombre del principio de que la Revolución no debía ser mancillada. Se dijo y se hizo de todo al respecto, sobre todo por parte de los docentes. Decir que las consecuencias fueron para mí muy duras es un eufemismo: tuve que renunciar a mi plaza de profesor y nunca podré optar a enseñar en la universidad. Los ataques fueron extremadamente violentos y algunos arremetieron contra mí de manera inicua, sin dudar para ello en arremeter también contra mi familia, como fue el caso de mi abuela, a la que acusaron de haber sido una colaboradora durante la Segunda Guerra Mundial, cuando todo el mundo sabe que era un miembro conocido de la Resistencia; o el de mis hijos: de hecho, tuve que sacar del colegio a uno de ellos.

»A pesar del tiempo que ha pasado, la situación no se ha tranquilizado y, como historiador, sigo siendo víctima de ostracismo por parte de los medios de comunicación, como también por parte de algunas ferias, como la de Blois del pasado mes de noviembre.



-Esta obra de Jacques Villemain aporta una nueva dimensión a su trabajo de pionero.
-Tiene usted razón. Yo llevé a cabo un trabajo de historiador con mis propios métodos porque era un tema totalmente nuevo, que no había sido nunca abordado en la universidad, que partía del principio que no se podía llevar a cabo porque no existían documentos al respecto. Lo primero que hice fue verificar si esta afirmación era cierta. De hecho, la situación era más bien la contraria, lo que dio lugar a un trabajo considerable de recogida de información, de reconstitución de los datos y su posterior estudio en perspectiva.

»Gracias a este riguroso -por científico- método, constaté que se llevó a cabo una masacre en masa cuyo objetivo eran los vandeanos en cuanto tales. Lógicamente, me planteé tres preguntas. ¿Quién ideó y puso en marcha esta política y en nombre de qué? ¿Qué medios se pusieron en marcha sobre el terreno? ¿Se podían establecer balances en pérdidas humanas y materiales?

»Contrariamente a lo que siempre se quiso hacer creer, lo que sucedió en la Vandée no fue un patinazo debido a iniciativas locales, sino que fue el resultado de órdenes emitidas al más alto nivel del Estado. En aquella época solo pude remontarme hasta la Convención Nacional. No fue hasta 2011, con el descubrimiento de las órdenes originales, cuando pude demostrar que había sido el Comité Central de Salud Pública el que estaba detrás de todo.

»El método de Jacques Villemain, al ser jurista, es de otra naturaleza, pues él razona según el derecho internacional actual. Su pregunta es simple: si los hechos se produjeran hoy en día, ¿cómo se calificarían? ¿Crimen de guerra, crimen  contra la humanidad, crimen de genocidio? Concluye que estos tres crímenes confluyen en la Vendée. Siempre me gustar recordar que el crimen de genocidio es un crimen que no prescribe y que, por lo tanto, es de naturaleza retroactiva. Ha sido en nombre de esta imprescriptibilidad y de esta retroactividad que se han podido juzgar los crímenes cometidos por los nazis y clasificar el crimen cometido contra los armenios.


La Guerra de la Vendée, de Alberto Bárcena, es la gran obra de referencia en español sobre el genocidio vandeano. Está basada en buena medida en la obra de Reynald Secher. Pincha aquí para leer una entrevista con el autor y también pincha aquí parra adquirir ahora el libro

»Por consiguiente, el trabajo de Jacques Villemain es de una gran importancia porque no sólo pone fin a un debate cuyas únicas razones de ser eran ideológicas y políticas, sino que es el trampolín que permitirá en un futuro reconsiderar un buen número de los crímenes cometidos por los revolucionarios, sobre todo durante El Terror.

-En esa época, ¿hubo conciencia de la singularidad del crimen cometido en la Vendée?
-Sin duda alguna: tanto a nivel de los verdugos como de ciertos personajes de la época. A nivel de los verdugos, son muy claros respecto a este tema: se trata de exterminar a todos los habitantes y de arrasar sus bienes. Incluso aclaran que es necesario exterminar preferentemente a las mujeres, "surcos reproductores", y a los niños, "futuros bandoleros". Las leyes y las órdenes emitidas, contrariamente a lo que sostienen algunos negacionistas, no son en absoluto ambiguas en este tema. Si bien algunos personajes de la época se sienten entusiasmados, otros: militares, periodistas, testigos oculares, etc., declaran estar escandalizados. Gracchus Babeuf [François-Noël Babeuf, 1760-1797, revolucionario francés; murió guillotinado por intentar derrocar el gobierno del Directorio con la "Conspiración de los Iguales"], horrorizado, siente la necesidad imperiosa de denunciar este crimen de estado en una obra que servirá de base para juzgar a Carrier [Jean-Baptiste Carrier, 1756-1794, conocido por su crueldad con sus enemigos, especialmente con el clero, durante el Terror]. Busca, en vano, una palabra en el vocabulario del momento para caracterizar este crimen. Al no encontrar ninguna, inventa el neologismo "populicide" (populicida).

-¿Cómo reaccionarán quienes siguen negando el genocidio de los vandeanos?
-Esta obra es, en el fondo, muy difícil de atacar porque es una demostración irrefutable del genocidio de los vandeanos y sitúa, de facto, a todos los que lo niegan o relativizan en el ámbito de los negacionistas. Hay que decir que, treinta años después, su posición es cada vez más difícil de defender. Constato, además, con la distancia, tres grandes etapas en la evolución de este pensamiento.

»La primera fue el rechazo y la negación de todo mi trabajo: estos negacionistas tenían, en su opinión, los títulos, las funciones, los estatutos. Y fue gracias a esto que consiguieron expulsarme de la enseñanza, prohibiéndome participar en cualquier tipo de congreso, por lo menos en Francia.

»Con el desarrollo de los medios de comunicación paralelos se me ha podido oír y ver cada vez más, sobre todo porque tuve la precaución de publicar los documentos –en particular, las leyes aprobadas, las órdenes emitidas, etc.– que estos negacionistas seguían negando, incluso a costa de decir que yo los había fabricado. Durante este segundo periodo, se refugiaron detrás de un argumento asombroso, según el cual no había ninguna relación entre las leyes, las órdenes emitidas y lo que había sucedido en el terreno.



»En el tercer periodo, con la publicación de mi libro Vendée. Du génocide au mémoricide [Vendée. Del genocidio al memoricidio] y la publicación de pequeñas partes de los documentos, declararon estar escandalizados; algunos no dudaron en decir que estos documentos no existían o que yo los había fabricado. Con la publicación del libro de Villemain, su posición será indefendible.

-¿Espera usted que este libro lleve adelante la causa de los Vandeanos?
-Como pone en evidencia Jacques Villemain, este problema tiene tres dimensiones.

»La primera es el reconocimiento del genocidio como tal, y sólo una ley puede permitirlo. Estoy convencido que, a largo o corto plazo, esta ley será votada en nombre de la justicia y la verdad.

»Segunda, debemos retirar las leyes existentes de exterminación y devastación, que nunca han sido abrogadas y que aún forman parte de nuestro arsenal jurídico. Se ha presentado al Senado una propuesta de ley en este sentido. Espero que con la publicación de este libro se vote la ley.

»A pesar del reconocimiento del genocidio y la abrogación de las leyes, queda el problema del conocimiento del crimen cometido. Creo que hay mucho trabajo por hacer, sobre todo a nivel de la enseñanza.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).