VI
MATERNIDAD - VIRGINIDAD
Dos dimensiones de la vocación de la mujer
17. Hagamos ahora objeto de nuestra meditación la virginidad y la
maternidad, como dos dimensiones particulares de la realización de la
personalidad femenina. A la luz del Evangelio éstas adquieren la plenitud de su
sentido y de su valor en María, que como Virgen llega a ser Madre del Hijo de
Dios. Estas
dos dimensiones de la vocación femenina se han encontrado y
unido en ella de modo excepcional, de manera que una no ha excluido la otra,
sino que la ha completado admirablemente. La descripción de la Anunciación en el
Evangelio de San Lucas indica claramente que esto parecía imposible a la misma
Virgen de Nazaret. Ella, al oír que le dicen: «Vas a concebir en el seno y vas
a dar a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús», pregunta a continuación:
«¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?» (
Lc 1, 31. 34). En el
orden común de las cosas la maternidad es fruto del recíproco «conocimiento»
del hombre y de la mujer en la unión matrimonial. María, firme en el propósito
de su virginidad, pregunta al mensajero divino y obtiene la explicación: «
El
Espíritu Santo vendrá sobre ti», tu maternidad no será consecuencia de un
«conocimiento» matrimonial, sino obra del Espíritu Santo, y «el poder del
Altísimo» extenderá su «sombra» sobre el misterio de la concepción y del nacimiento
del Hijo. Como Hijo del Altísimo, él te es dado exclusivamente por Dios, en el
modo conocido por Dios. María, por consiguiente, ha mantenido su virginal «no
conozco varón» (cf.
Lc 1, 34) y al mismo tiempo se ha convertido en
madre.
La virginidad y la maternidad coexisten en ella, sin excluirse
recíprocamente ni ponerse límites; es más, la persona de la Madre de Dios ayuda
a todos —especialmente a las mujeres— a vislumbrar el modo en que estas dos
dimensiones y estos dos caminos de la vocación de la mujer, como persona, se
explican y se completan recíprocamente.
Maternidad
18. Para tomar parte en este «vislumbrar», es necesario una vez más
profundizar
en la verdad sobre la persona humana, como la presenta el Concilio Vaticano
II. El hombre —varón o mujer— es la única criatura terrestre a la que Dios ha
amado por sí misma, es decir, es una persona, es un sujeto que decide sobre sí
mismo. Al mismo tiempo, el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no
es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».(39) Se ha dicho ya que esta
descripción —que en cierto sentido es definición de la persona— corresponde a
la verdad bíblica fundamental acerca de la creación del hombre —hombre y mujer—
a imagen y semejanza de Dios. Esta no es una interpretación puramente teórica o
una definición abstracta, pues
indica de modo esencial
el sentido de
ser hombre, poniendo de relieve
el valor del don de sí, de la persona. En
esta visión de la persona está contenida también la parte esencial de aquel
«ethos» que —referido a la verdad de la creación— será desarrollado plenamente
por los Libros de la Revelación y, de modo particular, por los Evangelios.
Esta verdad sobre la persona abre además el
camino a una plena
comprensión de la maternidad de la mujer. La maternidad es fruto de la
unión matrimonial de un hombre y de una mujer, es decir, de aquel
«conocimiento» bíblico que corresponde a la «unión de los dos en una sola
carne» (cf.
Gén 2, 24); de este modo se realiza —por parte de la mujer—
un «don de sí» especial, como expresión de aquel amor esponsal mediante el cual
los esposos se unen íntimamente para ser «una sola carne». El «conocimiento»
bíblico se realiza según la verdad de la persona sólo cuando el don recíproco
de sí mismo no es deformado por el deseo del hombre de convertirse en «dueño»
de su esposa («él te dominará») o por el cerrarse de la mujer en sus propios
instintos («hacia tu marido irá tu apetencia»:
Gén 3, 16).
El
don recíproco de la persona en el matrimonio se abre hacia el don
de una nueva vida, es decir, de
un nuevo hombre, que es también persona
a semejanza de sus padres. La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica
una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el «papel»
de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz el hijo, la
mujer «se realiza en plenitud a través del don sincero de sí». El don de la
disponibilidad interior para aceptar al hijo y traerle al mundo está vinculado
a la unión matrimonial que, como se ha dicho, debería constituir un momento
particular del don recíproco de sí por parte de la mujer y del hombre. La
concepción y el nacimiento del nuevo hombre, según la Biblia, están acompañados
por las palabras siguientes de la mujer-madre: «
He adquirido un varón con el
favor de Yahveh» (Gén 4, 1). La exclamación de Eva, «madre de todos los
vivientes», se repite cada vez que viene al mundo una nueva criatura y expresa
el gozo y la convicción de la mujer de participar en el gran misterio del
eterno engendrar. Los esposos, en efecto, participan del poder creador de Dios.
La maternidad de la mujer, en el período comprendido entre la concepción y
el nacimiento del niño, es un proceso biofisiológico y psíquico que hoy día se
conoce mejor que en tiempos pasados y que es objeto de profundos estudios. El
análisis científico confirma plenamente que la misma constitución física de la
mujer y su organismo tienen una disposición natural para la maternidad, es
decir, para la concepción, gestación y parto del niño, como fruto de la unión
matrimonial con el hombre. Al mismo tiempo, todo esto corresponde también a la
estructura psíquico-física de la mujer. Todo lo que las diversas ramas de la
ciencia dicen sobre esta materia es importante y útil, a condición de que no se
limiten a una interpretación exclusivamente biofisiológica de la mujer y de la
maternidad. Una
imagen así «empequeñecida» estaría a la misma altura de
la concepción materialista del hombre y del mundo. En tal caso se habría
perdido lo que verdaderamente es esencial: la maternidad, como hecho y fenómeno
humano, tiene su explicación plena en base a la verdad sobre la persona. La
maternidad está
unida a la estructura personal del ser mujer y a la
dimensión personal del don: «He adquirido un varón con el favor de Yahveh»
(
Gén 4, 1). El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte
de la mujer, este hecho está unido de modo especial a «un don sincero de sí».
Las palabras de María en la Anunciación «hágase en mí según tu palabra» (
Lc
1, 38) significan la disponibilidad de la mujer al don de sí, y a la aceptación
de la nueva vida.
En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja
el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino (cf.
Ef
3, 14-15). El humano engendrar es común al hombre y a la mujer. Y si la
mujer, guiada por el amor hacia su marido, dice: «te he dado un hijo», sus
palabras significan al mismo tiempo: «este es nuestro hijo». Sin embargo,
aunque los dos sean padres de su niño,
la maternidad de la mujer constituye
una «parte» especial de este ser padres en común, así como la parte más
cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad
más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es «la
que paga» directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las
energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que
el
hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él
contrae
una deuda especial con la mujer. Ningún programa de «igualdad de derechos»
del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo
totalmente esencial.
La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que
madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular
«comprende» lo que lleva en su interior. A la luz del «principio» la madre
acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de
contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud
hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en
general—, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer.
Comúnmente se piensa que
la mujer es más capaz que el hombre de dirigir
su atención
hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla
todavía más esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en
el ser padre, se encuentra siempre «fuera» del proceso de gestación y
nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos,
conocer por la madre su
propia «
paternidad». Podríamos decir que esto forma parte del normal
mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas
al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo
—entendida globalmente— debería abarcar en sí la doble aportación de los
padres: la materna y la paterna. Sin embargo, la contribución materna es
decisiva y básica para la nueva personalidad humana.
La maternidad en relación con la Alianza
19. Volvemos en nuestra reflexión al
paradigma bíblico de la «mujer» tomado
del Protoevangelio. La «mujer», como madre y como primera educadora del hombre
(la educación es la dimensión espiritual del ser padres), tiene una precedencia
específica sobre el hombre. Si su maternidad, considerada ante todo en sentido
biofísico, depende del hombre, ella imprime un «signo» esencial sobre todo el
proceso del hacer crecer como personas los nuevos hijos e hijas de la estirpe
humana. La maternidad de la mujer,
en sentido biofísico, manifiesta una
aparente pasividad: el proceso de formación de una nueva vida «tiene lugar» en
ella, en su organismo, implicándolo profundamente. Al mismo tiempo, la
maternidad
bajo el aspecto personal-ético expresa una creatividad muy
importante de la mujer, de la cual depende de manera decisiva la misma humanidad
de la nueva criatura. También en este sentido la maternidad de la mujer
representa una llamada y un desafío especial dirigidos al hombre y a su
paternidad.
El paradigma bíblico de la «mujer» culmina
en la maternidad de la Madre
de Dios. Las palabras del Protoevangelio: «Pondré enemistad entre ti y la
mujer», encuentran aquí una nueva confirmación. He aquí que Dios
inicia en
ella, con su «fiat» materno («hágase en mí»),
una nueva alianza con la
humanidad. Esta es la Alianza eterna y definitiva en Cristo, en su cuerpo y
sangre, en su cruz y resurrección. Precisamente porque esta Alianza debe
cumplirse «en la carne y la sangre» su comienzo se encuentra en la Madre. El
«Hijo del Altísimo» solamente gracias a ella, gracias a su «fiat» virginal y
materno, puede decir al Padre: «Me has formado un cuerpo. He aquí que vengo,
Padre, para hacer tu voluntad» (cf.
Heb 10, 5. 7).
En el orden de la Alianza que Dios ha realizado con el hombre en Jesucristo
ha sido introducida la maternidad de la mujer. Y cada vez, todas las veces que
la
maternidad de la mujer se repite en la historia humana sobre la tierra,
está siempre en
relación con la Alianza que Dios ha establecido con el
género humano mediante la maternidad de la Madre de Dios.
¿Acaso no se demuestra esta realidad en la misma respuesta de Jesús al grito
de aquella mujer en medio de la multitud, que lo alababa por la maternidad de
su Madre: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron»? Jesús
respondió: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (
Lc
11, 27-28 ). Jesús confirma el sentido de la maternidad referida al cuerpo;
pero al mismo tiempo indica un sentido aún más profundo, que se relaciona con
el plano del espíritu: la maternidad es signo de la Alianza con Dios, que «es
espíritu» (
Jn 4, 24). Tal es, sobre todo, la maternidad de la Madre de
Dios. También
la maternidad de cada mujer, vista a la luz del Evangelio,
no es solamente «de la carne y de la sangre», pues en ella se manifiesta la
profunda «
escucha de la palabra del Dios vivo» y la disponibilidad para
«custodiar» esta Palabra, que es «palabra de vida eterna» (cf.
Jn 6,
68). En efecto, son precisamente los nacidos de las madres terrenas, los hijos
y las hijas del género humano, los que reciben del Hijo de Dios el poder de
llegar a ser «hijos de Dios» (
Jn 1, 12). La dimensión de la nueva
Alianza en la sangre de Cristo ilumina el generar humano, convirtiéndolo en
realidad y cometido de «nuevas criaturas» (cf.
2 Cor 5, 17). Desde el
punto de vista de la historia de cada hombre, la maternidad de la mujer
constituye el primer umbral, cuya superación condiciona también «la revelación
de los hijos de Dios» (cf.
Rom 8, 19).
«La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora,
pero cuando ha dado a luz al niño,
ya no se acuerda del aprieto por el
gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (
Jn 16, 21). La primera
parte de estas palabras de Cristo se refieren a «los dolores del parto», que
pertenecen a la herencia del pecado original; pero al mismo tiempo indican
la
relación que existe entre
la maternidad de la mujer y el misterio
pascual. En efecto, en dicho misterio está contenido también el dolor de la
Madre bajo la Cruz; la Madre que participa mediante la fe en el misterio
desconcertante del «despojo» del propio Hijo. «Esta es, quizás, la
"kénosis"
más profunda de la fe en la historia de la humanidad».(40)
Contemplando esta Madre, a la que «una espada ha atravesado el corazón» (cf.
Lc 2, 35), el pensamiento se dirige a
todas las mujeres que sufren en
el mundo, tanto física como moralmente. En este sufrimiento desempeña
también un papel particular la sensibilidad propia de la mujer, aunque a menudo
ella sabe soportar el sufrimiento mejor que el hombre. Es difícil enumerar y
llamar por su nombre cada uno de estos sufrimientos. Baste recordar la
solicitud materna por los hijos, especialmente cuando están enfermos o van por
mal camino, la muerte de sus seres queridos, la soledad de las madres olvidadas
por los hijos adultos, la de las viudas, los sufrimientos de las mujeres que
luchan solas para sobrevivir y los de las mujeres que son víctimas de
injusticias o de explotación. Finalmente están los sufrimientos de la
conciencia a causa del pecado que ha herido la dignidad humana o materna de la
mujer; son heridas de la conciencia que difícilmente cicatrizan. También con
estos sufrimientos es necesario ponerse junto a la cruz de Cristo.
Pero las palabras del Evangelio sobre la mujer que sufre, cuando le llega la
hora de dar a luz un hijo, expresan inmediatamente el gozo: «
el gozo de que
ha nacido un hombre en el mundo». Este gozo también está relacionado con el
misterio pascual, es decir, con aquel gozo que reciben los Apóstoles
el día
de la resurrección de Cristo: «También vosotros estáis tristes ahora»
(estas palabras fueron pronunciadas la víspera de la pasión); «pero volveré a
veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar»
(
Jn 16, 22).
La virginidad por el Reino
20. En las enseñanzas de Cristo
la maternidad está unida a la virginidad,
aunque
son cosas distintas. A este propósito, es fundamental la
frase de Jesús dicha en el coloquio sobre la indisolubilidad del matrimonio. Al
oír la respuesta que el Señor dio a los fariseos, los discípulos le dicen: «Si
tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse»
(Mt
19, 10). Prescindiendo del sentido que aquel «no trae cuenta» tuviera
entonces en la mente de los discípulos,
Cristo aprovecha la ocasión de
aquella opinión errónea para instruirles
sobre el valor del celibato; distingue
el celibato debido a defectos naturales —incluidos los causados por el hombre—
del «
celibato por el Reino de los cielos». Cristo dice: «Hay eunucos que
se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos» (
Mt 19, 12).
Por consiguiente, se trata de un celibato libre, elegido por el Reino de los
cielos, en consideración de la vocación escatológica del hombre a la unión con
Dios. Y añade: «Quien pueda entender, que entienda». Estas palabras son
reiteración de lo que había dicho al comenzar a hablar del celibato (cf.
Mt
19, 11). Por tanto
este celibato por el Reino de los cielos no es
solamente fruto de una opción libre por parte del hombre, sino también de una
gracia
especial por parte de Dios, que llama a una persona determinada a vivir el
celibato. Si éste es un signo especial del Reino de Dios que ha de venir, al
mismo tiempo sirve para dedicar a este Reino escatológico todas las energías
del alma y del cuerpo de un modo exclusivo, durante la vida temporal.
Las palabras de Jesús son la respuesta a la pregunta de los discípulos.
Están dirigidas directamente a aquellos que hicieron la pregunta y que en este
caso eran sólo hombres. No obstante, la respuesta de Cristo, en sí misma, tiene
valor
tanto para los hombres como para las mujeres y, en este contexto,
indica también el ideal evangélico de la virginidad, que constituye una clara
«novedad» en relación con la tradición del Antiguo Testamento. Esta tradición
ciertamente enlazaba de alguna manera con la esperanza de Israel, y
especialmente de la mujer de Israel, por la venida del Mesías, que debía ser de
la «estirpe de la mujer». En efecto, el ideal del celibato y de la virginidad
como expresión de una mayor cercanía a Dios no era totalmente ajeno en ciertos
ambientes judíos, sobre todo en los tiempos que precedieron inmediatamente a la
venida de Jesús. Sin embargo, el celibato por el Reino, o sea, la virginidad,
es una novedad innegable vinculada a la Encarnación de Dios.
Desde el momento de la venida de Cristo la espera del Pueblo de Dios debe
dirigirse al Reino escatológico que ha de venir y en el cual él mismo ha de
introducir «al nuevo Israel». En efecto, para realizar un cambio tan profundo
en la escala de valores, es indispensable una nueva conciencia de la fe, que
Cristo subraya por dos veces: «Quien pueda entender, que entienda»; esto lo
comprenden solamente «aquellos a quienes se les ha concedido» (
Mt 19,
11).
María es la primera persona en la que se ha manifestado esta
nueva
conciencia, ya que pregunta al ángel: «¿cómo será esto, puesto que no
conozco varón?» (
Lc 1, 34). Aunque «estaba desposada con un hombre
llamado José» (cf.
Lc 1, 27), ella estaba firme en su propósito de
virginidad, y la maternidad que se realizó en ella provenía exclusivamente del
«poder del Altísimo», era fruto de la venida del Espíritu Santo sobre ella (cf.
Lc 1, 35). Esta maternidad divina, por tanto, es la respuesta totalmente
imprevisible a la esperanza humana de la mujer en Israel: esta maternidad llega
a María como un don de Dios mismo. Este don se ha convertido en el principio y
el prototipo de una nueva esperanza para todos los hombres según la Alianza
eterna, según la nueva y definitiva promesa de Dios:
signo de la esperanza
escatológica.
Teniendo como base el Evangelio se ha desarrollado y profundizado el sentido
de la virginidad como vocación también de la mujer, con la que se reafirma su
dignidad a semejanza de la Virgen de Nazaret. El Evangelio propone
el ideal
de la consagración de la persona, es decir, su dedicación exclusiva a Dios
en virtud de los consejos evangélicos, en particular los de castidad, pobreza y
obediencia, cuya encarnación más perfecta es Jesucristo mismo. Quien desee
seguirlo de modo radical opta por una vida según estos consejos, que se
distinguen de los mandamientos e indican al cristiano el camino de la
radicalidad evangélica. Ya desde los comienzos del cristianismo hombres y
mujeres se han orientado por este camino, pues el ideal evangélico se dirige al
ser humano sin ninguna diferencia en razón del sexo.
En este contexto más amplio hay que considerar
la virginidad también como
un camino para la mujer; un camino en el que, de un modo diverso al
matrimonio, ella realiza su personalidad de mujer. Para comprender esta opción
es necesario recurrir una vez más al concepto fundamental de la antropología
cristiana. En la virginidad libremente elegida la mujer se reafirma a sí misma
como persona, es decir, como un ser que el Creador ha amado por sí misma desde
el principio(41) y, al mismo tiempo, realiza el valor personal de la propia
femineidad, convirtiéndose en «don sincero» a Dios, que se ha revelado en
Cristo; un don a Cristo, Redentor del hombre y Esposo de las almas: un don
«esponsal».
No se puede comprender rectamente la virginidad, la
consagración de la mujer en la virginidad,
sin recurrir al amor esponsal; en
efecto, en tal amor la persona se convierte en don para el otro.(42) Por otra
parte, de modo análogo ha de entenderse la consagración del hombre en el
celibato sacerdotal o en el estado religioso.
La natural disposición esponsal de la personalidad femenina halla una
respuesta en la virginidad entendida así. La mujer, llamada desde el
«principio» a ser amada y a amar, en la vocación a la virginidad
encuentra sobre
todo
a Cristo, como el Redentor que «amó hasta el extremo» por medio del
don total de sí mismo y
ella responde a este don con el «don sincero» de
toda su vida. Se da al Esposo divino y esta entrega personal tiende a una unión
de carácter propiamente espiritual: mediante la acción del Espíritu Santo se
convierte en «un solo espíritu» con Cristo-Esposo (cf.
1 Cor 6, 17).
Este es el ideal evangélico de la virginidad, en el que se realizan de modo
especial tanto la dignidad como la vocación de la mujer. En la virginidad
entendida así se expresa el llamado
radicalismo del Evangelio: Dejarlo
todo y seguir a Cristo (cf.
Mt 19, 27), lo cual no puede compararse con
el simple quedarse soltera o célibe, pues la virginidad no se limita únicamente
al «no», sino que contiene un profundo «sí» en el orden esponsal: el entregarse
por amor de un modo total e indiviso.
La maternidad según el espíritu
21. La virginidad en el sentido evangélico comporta
la renuncia al
matrimonio y, por tanto, también a la maternidad física. Sin embargo la
renuncia a este tipo de maternidad, que puede comportar incluso un gran
sacrificio para el corazón de la mujer, se abre a la experiencia de una
maternidad en sentido diverso: la maternidad «
según el espíritu» (cf.
Rom
8, 4). En efecto, la virginidad no priva a la mujer de sus prerrogativas.
La maternidad espiritual reviste formas múltiples. En la vida de las mujeres
consagradas que, por ejemplo, viven según el carisma y las reglas de los
diferentes Institutos de carácter apostólico, dicha maternidad se podrá
expresar como solicitud por los hombres, especialmente por los más necesitados:
los enfermos, los minusválidos, los abandonados, los huérfanos, los ancianos,
los niños, los jóvenes, los encarcelados y, en general, los marginados.
Una
mujer consagrada encuentra de esta manera al Esposo, diferente y único en
todos y en cada uno, según sus mismas palabras: «Cuanto hicisteis a uno de
éstos ... a mí me lo hicisteis»
(Mt 25, 40). El amor esponsal comporta
siempre una disponibilidad singular para volcarse sobre cuantos se hallan en el
radio de su acción. En el matrimonio esta disponibilidad —aún estando abierta a
todos— consiste de modo particular en el amor que los padres dan a sus hijos.
En la virginidad esta disponibilidad está abierta
a todos los hombres,
abrazados por el amor de Cristo Esposo.
En relación con Cristo, que es el Redentor de todos y de cada uno, el amor
esponsal, cuyo potencial materno se halla en el corazón de la mujer-esposa
virginal, también está dispuesto a abrirse a todos y a cada uno. Esto se
verifica en las Comunidades religiosas de vida apostólica de modo diverso que
en las de vida contemplativa o de clausura. Existen además otras formas de
vocación a la virginidad por el Reino, como, por ejemplo, los Institutos
Seculares, o las Comunidades de consagrados que florecen dentro de los
Movimientos, Grupos o Asociaciones; en todas estas realidades, la misma
verdad
sobre la maternidad espiritual de las personas que viven la virginidad
halla una configuración multiforme. Pero no se trata aquí solamente de formas
comunitarias, sino también de formas extracomunitarias. En definitiva la
virginidad, como vocación de la mujer, es siempre la vocación de una persona
concreta e irrepetible. Por tanto, también la maternidad espiritual, que se
expresa en esta vocación, es profundamente personal.
Sobre esta base se verifica también un
acercamiento específico
entre
la virginidad de la mujer no casada y
la maternidad de la mujer
casada. Este acercamiento va no sólo de la maternidad a la virginidad —como ha
sido puesto de relieve anteriormente— sino que va también de la virginidad
hacia el matrimonio, entendido como forma de vocación de la mujer por el que
ésta se convierte en madre de los hijos nacidos de su seno. El punto de partida
de esta segunda analogía es
el sentido de las nupcias. En efecto, una
mujer «se casa» tanto mediante el sacramento del matrimonio como,
espiritualmente, mediante las nupcias con Cristo.
En uno y otro caso las
nupcias indican la «entrega sincera de la persona» de la esposa al esposo.
De este modo puede decirse que el perfil del matrimonio tiene su raíz
espiritual en la virginidad. Y si se trata de la maternidad física ¿no debe
quizás ser ésta también una maternidad espiritual, para responder a la verdad
global sobre el hombre que es unidad de cuerpo y espíritu? Existen, por lo
tanto, muchas razones para entrever en estos dos caminos diversos —dos
vocaciones diferentes de vida en la mujer— una profunda complementariedad e
incluso una profunda unión en el interior de la persona.
«Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto»
22. El Evangelio revela y permite entender precisamente
este modo de ser
de la persona humana. El Evangelio ayuda a cada mujer y a cada hombre a
vivirlo y, de este modo, a realizarse. Existe, en efecto, una total igualdad
respecto a los dones del Espíritu Santo y las «maravillas de Dios» (
Act 2,
11). Y no sólo esto. Precisamente ante las «maravillas de Dios» el
Apóstol-hombre siente la necesidad de recurrir a lo que es por esencia
femenino, para expresar la verdad sobre su propio servicio apostólico. Así se
expresa Pablo de Tarso cuando se dirige a los
Gálatas con estas
palabras: «
Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto» (Gál 4,
19). En la primera
Carta a los Corintios (7, 38) el apóstol anuncia la
superioridad de la virginidad sobre el matrimonio —doctrina constante de la
Iglesia según las palabras de Cristo, como leemos en el
evangelio de San
Mateo (19, 10-12)—, pero sin ofuscar de ningún modo la importancia de la
maternidad física y espiritual. En efecto, para ilustrar la misión fundamental
de la Iglesia, el Apóstol no encuentra algo mejor que la referencia a la
maternidad.
Un reflejo de la misma analogía —y de la misma verdad— lo hallamos en la
Constitución dogmática sobre la Iglesia.
María es la «figura» de la Iglesia:(43)
«Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y
virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y
singular como modelo tanto de la virgen como de la madre (...) Engendró en la
tierra al mismo Hijo del Padre (...) a quien Dios constituyó primogénito entre
muchos hermanos (cf.
Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación
y educación coopera con amor materno».(44) «La Iglesia, contemplando su
profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del
Padre,
se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con
fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e
inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de
Dios».(45) Se trata de la maternidad «según el espíritu» en relación con los
hijos y las hijas del género humano. Y tal maternidad —como ya se ha dicho— es
también la «parte» de la mujer en la virginidad. La Iglesia «
es igualmente
virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo».(46) Esto
se realiza plenamente en María. La Iglesia, por consiguiente, «a imitación de
la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente
una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera».(47)
El Concilio ha confirmado que si no se recurre a la Madre de Dios no es
posible comprender el misterio de la Iglesia, su realidad, su vitalidad
esencial.
Indirectamente hallamos aquí la
referencia al
paradigma
bíblico de la «mujer», como se delinea claramente ya en la descripción del
«principio» (cf.
Gén 3, 15) y
a lo largo del camino que va de la
creación —pasando por el pecado— hasta la redención. De este modo se confirma
la profunda unión entre lo que es humano y lo que constituye la economía divina
de la salvación en la historia del hombre. La Biblia nos persuade del hecho de
que no se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo
que es «humano», sin una adecuada referencia a lo que es «femenino». Así
sucede, de modo análogo, en la economía salvífica de Dios; si queremos
comprenderla plenamente en relación con toda la historia del hombre no podemos
dejar de lado, desde la óptica de nuestra fe, el misterio de la «mujer»:
virgen-madre-esposa.