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martes, 1 de octubre de 2019

Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia (1 de octubre)


Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

fecha: 1 de octubre
fecha en el calendario anterior: 3 de octubre
n.: 1873 - †: 1897 - país: Francia
otras formas del nombre: Teresita de Lisieux
canonización: 
B: Pío XI 29 abr 1923 - C: Pío XI 17 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Memoria de santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, que entró aún muy joven en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Lisieux, en Francia, y llegó a ser maestra de santidad en Cristo por su inocencia y simplicidad. Enseñó el camino de la perfección cristiana por medio de la infancia espiritual y demostró una mística solicitud en bien de las almas y del incremento de la Iglesia. Terminó su vida a los veinticinco años de edad, el día treinta de septiembre.
Patronazgos: patrona de Francia y de las misiones.
Oración: Oh Dios, que has preparado tu reino para los humildes y los sencillos, concédenos la gracia de seguir confiadamente el camino de santa Teresa del Niño Jesús, para que nos sea revelada, por su intercesión, tu gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
El entusiasmo y la extensión del culto a santa Teresita del Niño Jesús, joven carmelita que no se distinguió exteriormente de tantas otras de sus hermanas, es uno de los fenómenos más impresionantes y significativos de la vida religiosa de nuestros días. La santa murió en 1897 y, poco después, era ya conocida en todo el mundo. Su «caminito» de sencillez y perfección en las cosas pequeñas y en los detalles de la vida diaria, se ha convertido en el ideal de innumerables cristianos. Su biografía, escrita por orden de sus superiores, es un libro famoso y los milagros y gracias que se atribuyen a su intercesión son incontables. La comparación entre las dos Teresas es inevitable, ya que ambas fueron carmelitas, ambas fueron santas y ambas nos dejaron una larga autobiografía en la que se reflejan tanto las divergencias espirituales y temperamentales como los rasgos comunes.
Los padres de la futura santa eran Luis Martin, un relojero de Alençon, hijo de un oficial del ejército de Napoleón y Celia María Guerin, costurera de la misma ciudad, cuyo padre había sido gendarme en Saint-Denis, los dos beatificados por SS Benedicto XVI. María Francisca Teresa nació el 2 de enero de 1873. Tuvo una infancia feliz y ordinaria, llena de buenos ejemplos. «Mis recuerdos más antiguos son de sonrisas y caricias de ternura», confiesa ella misma. Teresita era viva e impresionable, pero no particularmente precoz ni devota. En cierta ocasión en que su hermana mayor, Leonía, ofreció una muñeca y algunos juguetes a Celina y Teresita, Celina escogió una peluca de seda; en cambio, Teresita dijo codiciosamente: «Yo quiero todo». «Ese incidente resume toda mi vida. Más tarde ... exclamaba: ¡Dios mío, yo lo quiero todo! ¡No quiero ser santa a medias!».
En 1877 murió la madre de Teresita. El señor Martin vendió entonces su relojería de Alençon y se fue a vivir a Lisieux (Calvados), donde sus hijas podían estar bajo el cuidado de su tía, la Sra. Guerin, que era una mujer excelente. El Sr. Martin tenía predilección por Teresita. Sin embargo, la que dirigía la casa era María, y la mayor, Paulina, se encargaba de la educación religiosa de sus hermanas. Paulina solía leer en voz alta a toda la familia en las largas veladas de invierno; para ello no escogía cualquier libro de piedad barata, sino nada menos que «El año Litúrgico» de Dom Guéranger. Cuando Teresita tenía nueve años, Paulina ingresó en el Carmelo de Lisieux. Desde entonces, Teresita se sintió inclinada a seguirla por ese camino. En aquella época era una niña afable y sensible; la religión ocupaba una parte muy importante en su vida. Un día ofreció un céntimo a un mendigo baldado, quien lo rehusó con una sonrisa. Teresita hubiera querido seguirle para instarle a que aceptara el pastelillo que su padre acababa de darle; la timidez le impidió hacerlo, pero la niña se dijo: «Voy a pedir por este pobrecito el día de mi primera comunión». Aunque ese día de «felicidad total» tardó cinco años en llegar, Teresita no olvidó su promesa. Se educaba por entonces en la escuela de las benedictinas de Notre-Dame-du-Pré. Entre sus recuerdos de escuela, anota: «Viendo que algunas niñas querían particularmente a una u otra de las profesoras, trataba yo de imitarlas, pero nunca conseguí ganarme el favor especial de ninguna. ¡Feliz fracaso, que me salvó de tantos peligros!» Cuando Teresita tenía cerca de catorce años, su hermana María fue a reunirse con Paulina en el Carmelo. La víspera de la Navidad de ese mismo año, Teresita tuvo la experiencia que desde entonces llamó su «conversión»: «Aquella bendita noche, el dulce Niño Jesús, quien tenía apenas una hora de nacido, inundó la oscuridad de mi alma con ríos de luz. Se hizo débil y pequeño por amor a mí para hacerme fuerte y valiente. Puso sus armas en mis manos para que avanzase yo de cima en cima y empezase, por decirlo así, 'a correr como gigante'». Es curioso notar que la ocasión de esta gracia súbita fue un comentario que hizo el padre de la joven acerca del cariño que ella profesaba a las tradiciones navideñas. Y el comentario del Sr. Martin no iba dirigido especialmente a Teresita.
En el curso del año siguiente, la joven comunicó a su padre su deseo de ingresar en el Carmelo y obtuvo su consentimiento; pero tanto las autoridades de la orden como el obispo de Bayeux opinaron que Teresita era todavía demasiado joven. Algunos meses más tarde, Teresita y su padre fueron a Roma con una peregrinación francesa, organizada con motivo del jubileo sacerdotal de León XIII. En la audiencia pública, cuando llegó el turno a Teresita para arrodillarse a recibir la bendición del Pontífice, la joven quabrantó osadamente la regla del silencio y dijo a Su Santidad: «En honor de vuestro jubileo, permitidme entrar en el Carmelo a los quince años». El Pontífice, evidentemente impresionado por el aspecto y los modales de la joven, apoyó sin embargo la decisión de las autoridades inmediatas: «Entraréis, si es la voluntad de Dios», le dijo, y la despidió con suma bondad. La bendición de León XIII y las ardientes oraciones que hizo Teresita en múltiples santuarios durante la peregrinación, produjeron fruto a su tiempo. A fines de aquel año, Mons. Hugonin concedió a Teresita la ansiada autorización, y la joven ingresó, el 9 de abril de 1888, en el Carmelo de Lisieux, en el que la habían precedido sus dos hermanas. La maestra de novicias afirmó, bajo juramento: «Desde su entrada en la orden, su porte, que tenía una dignidad poco común en su edad, sorprendió a todas las religiosas».
El P. Pichon S.J., quien predicó los Ejercicios a la comunidad cuando Teresita era novicia, dio el siguiente testimonio en el proceso de beatificación: «Era muy fácil dirigirla. El Espíritu Santo la conducía, y no recuerdo haber tenido que prevenirla contra las ilusiones, ni entonces, ni más tarde ... lo que más me llamó la atención durante aquellos Ejercicios fueron las pruebas especiales a las que Dios la sometía». La joven religiosa leía asiduamente la Biblia y la interpretaba correctamente, como lo prueban las múltiples citas de la Sagrada Escritura que hay en «Historia de un alma». Dado que su culto ha alcanzado las proporciones de una devoción popular, vale la pena llamar la atención sobre la predilección de la santa por la oración litúrgica y su inteligencia de esa inagotable fuente de vida cristiana. Cuando le tocaba oficiar durante la semana y tenía que recitar en el coro las colectas del oficio, solía recordar «que el sacerdote dice las mismas oraciones en la misa y, como él, estaba yo autorizada a rezar en voz alta ante el Santísimo Sacramento y a leer el Evangelio, cuando era yo primera cantora». En 1899, Teresita y sus hermanas sufrieron una tremenda prueba de ver que su padre perdía el uso de la razón a consecuencia de dos ataques de parálisis. Hubo que internar al Sr. Martin en un asilo privado, en el que permaneció tres años. Escribió Teresita: «los tres años del martirio de mi padre fueron, a lo que creo, los más ricos y fructuosos de nuestra vida. Yo no los cambiaría por los éxtasis más sublimes». La joven religiosa hizo su profesión el 8 de septiembre de 1890. Pocos días antes, escribía a la madre Inés de Jesús (Paulina): «Antes de partir, mi Amado me preguntó por qué caminos y países iba yo a viajar. Yo repliqué que mi único deseo consistía en llegar a la cumbre del monte del Amor. Entonces nuestro Salvador, tomándome por la mano, me condujo a un camino subterráneo, en el que no hace frío ni calor, en el que el sol no brilla nunca, en el que el viento y la lluvia no tienen entrada. Es un túnel en el que reina una luz velada que procede de los ojos de Jesús, que me miran desde arriba ... Daría yo cualquier cosa por conquistar la palma de Santa Inés; si Dios no quiere que la gane por la sangre, la ganaré por el amor ...»
Uno de los principales deberes de las carmelitas consiste en orar por los sacerdotes. Santa Teresita cumplió ese deber con inmenso fervor. Durante su viaje por Italia, había visto u oído algo que le había hecho abrir los ojos a la idea de que los sacerdotes tienen necesidad de oraciones tanto como el resto de los cristianos. Teresita jamás cesó de orar, en particular, por el célebre ex carmelita Jacinto Loyson, quien había apostatado de la fe. Aunque era de constitución delicada, la santa religiosa se sometió desde el primer momento a todas las austeridades de la regla, excepto al ayuno, pues sus superioras se lo impidieron. La priora decía: «Un alma de ese temple no puede ser tratada como una niña. Las dispensas no están hechas para ella». Sin embargo, Teresita confesaba: «Durante el postulantado, me costó muchísimo ejecutar ciertas penitencias exteriores ordinarias. Pero no cedí a esa repugnancia, porque me parecía que la imagen de mi Señor crucificado me miraba con ojos que imploraban tales sacrificios». Entre las penitencias corporales, la más dura para ella era el frío del invierno en el convento; pero nadie lo sospechó hasta que Teresita lo confesó en el lecho de muerte. Al principio de su vida religiosa había dicho: «Quiera Jesús concederme el martirio del corazón o el martirio de la carne; preferiría que me concediera ambos». Y un día pudo exclamar: «He llegado a un punto en que me es imposible sufrir, porque todo sufrimiento me es dulce».
La autobiografía titulada «Historia de un alma», que santa Teresita escribió por orden de su superiora, es un hermoso documento, de carácter excepcional. Está escrito en estilo claro y de gran frescura, lleno de frases familiares. Abundan las intuiciones psicológicas que revelan un extraordinario conocimiento propio y una profunda sabiduría espiritual de la que no está excluida la belleza. Cuando Teresita define su oración, nos revela más acerca de sí misma que si hubiese escrito muchas páginas de análisis propiamente dicho: «Para mí, orar consiste en elevar el corazón, en levantar los ojos al cielo, en manifestar mi gratitud y mi amor lo mismo en el gozo que en la prueba. En una palabra, la oración es algo noble y sobrenatural, que ensancha mi alma y la une con Dios ... Confieso que me falta valor para buscar hermosas oraciones en los libros, excepto en el oficio divino, que es para mí una fuente de gozo espiritual, a pesar de mi indignidad ... Procedo como una niña que no sabe leer; me limito a exponer todos mis deseos al Señor, y Él me entiende». La penetración psicológica de la autobiografía es muy aguda: «Me porto como un soldado valiente en todas las ocasiones en las que el enemigo me provoca a la lucha. Sabiendo que el duelo es un acto de cobardía, vuelvo las espaldas al enemigo sin dignarme ni siquiera mirarle, me refugio apresuradamente en mi Salvador y le manifiesto que estoy pronta a derramar mi sangre para dar testimonio de mi fe en el cielo». Teresita resta importancia a su heroica paciencia con una salida humorística. Durante la meditación en el coro, una de las hermanas solía agitar el rosario, cosa que irritaba sobremanera a la joven religiosa. Finalmente, «en vez de tratar de no oír nada, lo cual era imposible, decidí escuchar como si fuese la más deliciosa música. Naturalmente mi oración no era precisamente 'de quietud', pero cuando menos tenía yo una música que ofrecer al Señor». El último capítulo de la autobiografía constituye un verdadero himno al amor divino que concluye así: «Te ruego que poses tus divinos ojos sobre un gran número de almas pequeñas; te suplico que escojas entre ellas una legión de víctimas insignificantes de tu amor». Teresita se contaba a sí misma entre las almas pequeñas: «Yo soy un alma minúscula, que sólo puede ofrecer pequeñeces a nuestro Señor».
En 1893, la hermana Teresa fue nombrada asistente de la maestra de novicias. Prácticamente era ella la maestra de novicias, aunque no tenía el título. Acerca de sus experiencias de aquella época, escribe: «De lejos parece muy fácil hacer el bien a las almas, lograr que amen más a Dios y moldearlas según las ideas e ideales propios. Pero cuando se ven las cosas más de cerca, llega uno a comprender que hacer el bien sin la ayuda de Dios es tan imposible como hacer que el sol brille a media noche ... Lo que más me cuesta es tener que observar hasta las menores faltas e imperfecciones para combatirlas despiadadamente». La santa tenía entonces veinte años. Su padre murió en 1894. Poco después, Celina, quien hasta entonces se había encargado de cuidarle, siguió a sus tres hermanas en el Carmelo de Lisieux. Dieciocho meses más tarde, en la noche del Jueves al Viernes Santos, santa Teresita sufrió una hemorragia bucal, y el gorgoteo de la sangre que le subía por la garganta lo oyó «como un murmullo lejano que anunciaba la llegada del Esposo». Por entonces se sintió inclinada a responder al llamado de las carmelitas de Hanoi, en la Indochina, quienes querían que partiese a dicha misión. Pero su enfermedad fue empeorando cada vez más y, los últimos dieciocho meses de su vida, fueron un período de sufrimiento corporal y de pruebas espirituales. Dios le concedió entonces una especie de don de profecía, y Teresita hizo la triple confesión que ha estremecido al mundo entero: «Nunca he dado a Dios más que amor y Él me va a pagar con amor. Después de mi muerte derramaré una lluvia de rosas». «Quiero pasar mi cielo haciendo bien a la tierra». «Mi 'caminito' es un camino de infancia espiritual, un camino de confianza y entrega absoluta». En junio de 1897, la santa fue trasladada a la enfermería del convento, de la que no volvió a salir. A partir del 16 de agosto, ya no pudo recibir la comunión, pues sufría de una naúsea casi constante. El 30 de septiembre, la hermana Teresa de Lisieux murió con una palabra de amor en los labios.
El culto de la joven religiosa empezó a crecer con rapidez y unanimidad impresionantes. Por otra parte, los múltiples milagros obrados por su intercesión atrajeron sobre Teresita las miradas de todo el mundo católico. La Santa Sede, siempre atenta al clamor unánime de toda la Iglesia visible, suprimió en este caso el período de cincuenta años que se requería ordinariamente para introducir una causa de canonización. Pío XI beatificó a Teresita en 1923 y la canonizó en 1925 y extendió su fiesta a toda la Iglesia de Occidente. En 1927, santa Teresa del Niño Jesús fue nombrada, junto con san Francisco Javier, patrona de todas las misiones extranjeras y de todas las obras católicas en Rusia. Finalmente el papa Juan Pablo II, en 1997, la proclamó Doctora de la Iglesia, por medio de la Carta Apostólica «Divini Amoris Scientia». No sólo los católicos sino también muchos no católicos que habían leído la autobiografía y se habían asomado al misterio de la vida oculta de Teresita, acogieron con inmenso gozo esas decisiones de la Santa Sede. La joven santa era delgada, rubia, de ojos azul gris; tenía las cejas ligeramente arqueadas; su boca era pequeña y sus facciones delicadas y regulares. Las fotografías originales reflejan algo del ser de Teresita; en cambio, las fotografías retocadas que circulan ordinariamente son insípidas e impersonales.
Teresa del Niño Jesús se había entregado con entera decisión y plena conciencia a la tarea de ser santa. Sin perder el ánimo, ante la aparente imposibilidad de alcanzar las cumbres más elevadas del olvido de sí misma, solía repetirse: «Dios no inspira deseos imposibles. Por consiguiente, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. No tengo que hacerme más grande de lo que soy, sino aceptarme tal como soy, con todas mis imperfecciones. Quiero buscar un nuevo camino para el cielo, un camino corto y recto, un pequeño atajo. Vivimos en una época de invenciones. Ya no tenemos que molestarnos en subir escaleras; en las casas de los ricos hay elevadores. Yo quisiera descubrir un ascensor para subir hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir los escalones de la perfección. Así pues, me puse a buscar en la Sagrada Escritura algún indicio de que existía el ascensor que yo necesitaba y encontré estas palabras en boca de la Eterna Sabiduría: 'Que los que son pequeños vengan a Mí'.»
Los libros y artículos sobre santa Teresita son, por así decirlo, innumerables; pero todos se basan en la autobiografía y en las cartas de la santa, a las que se añaden en algunos casos ciertos testimonios del proceso de beatificación y canonización. Estos últimos documentos, impresos para uso de la Sagrada Congregación de Ritos, son muy importantes, ya que permiten ver que ni siquiera las religiosas sometidas a las austeridades de la regla del Carmelo están exentas de la fragilidad humana y que una parte de la misión de Teresita del Niño Jesús consistió precisamente en reformar con su ejemplo silencioso la observancia de su propio convento. Entre las mejores biografías de la santa (que no son las más largas), hay que mencionar las de H. Petitot, St Teresa of Lisieux: A Spiritual Renaissance (1927); la del barón Angot des Rotours en la colección Les Saints; la de F. Laudet, L'enafnt chérie du monde (1927); la de H. Ghéon, The Secret of the Little Flower (1934). Véase el estudio teológico de H. Urs von Balthasar, Thérése de Lisieux (1953). «L'histoire d'une ame» ha sido traducida prácticamente a todas las lenguas, incluso al hebreo. A mediados del siglo XX se ha publicado la edición original de Histoire d'une ame sin retoque alguno.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_3574

lunes, 15 de octubre de 2018

Santa Teresa de Ávila. Virgen, Mística y Doctora de la Iglesia (15 de octubre)

Santa Teresa de Ávila. Virgen, Mística y Doctora de la Iglesia

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Santa Teresa de Ávila vio a un ángel que venía del trono de Dios, con una espada de oro que ardía al rojo vivo y clavó esa espada en su corazón

 
Santa Teresa de Ávila, también conocida como Santa Teresa de Jesús, fue una destacada mística española, santa católica, monja carmelita y autora durante la Contrarreforma. Teóloga de la vida contemplativa a través de la oración y la meditación.

Fiesta: 15 de Octubre de 2014

Martirologio romano: Memoria de Santa Teresa de Jesús, virgen y Doctora de la Iglesia, quien, nacida en Ávila, en España, ingresó a la Orden de los Carmelitas y se convirtió en madre y maestra con una observancia muy estricta, con el cual, concibió en su corazón, un plan de desarrollo espiritual en el aspecto de un aumento gradual del alma hacia Dios. La reforma de su Orden sufrió muchas tribulaciones, pero que superaron siempre con un coraje invencible. También escribió libros en los que mostró altas enseñanzas doctrinales, que fueron fruto de su profunda experiencia.

Biografía de Santa Teresa de Ávila

Santa Teresa de Ávila nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515. Su nombre, Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila Ahumada.
En su casa eran 12 hijos. Tres del primer matrimonio de Don Alonso y nueve del segundo, entre estos últimos, Teresa. Escribe en su autobiografía:
"Por la gracia de Dios, todos mis hermanos y medios hermanos se asemejaban en la virtud a mis buenos padres, menos yo".
De niños, Santa Teresa de Ávila y Rodrigo, su hermano, eran muy aficionados a leer vidas de santos, y se emocionaron al saber que los que ofrecen su vida por amor a Cristo reciben un gran premio en el cielo.
Así que se dispusieron irse a tierras de mahometanos a declararse amigos de Jesús y así ser martirizados para conseguir un buen puesto en el cielo.
Afortunadamente, por el camino se encontraron con un tío suyo que los regresó a su hogar. Entonces dispusieronse construir una celda en el solar de la casa e irse a rezar allá de vez en cuando, sin que nadie los molestara ni los distrajese.
La mamá de Santa Teresa de Ávila murió cuando la joven tenía apenas 14 años. Ella misma cuenta en su autobiografía:
"Cuando empecé a caer en la cuenta de la pérdida tan grande que había tenido, comencé a entristecerme sobremanera. Entonces me arrodillé delante de una imagen de la Santísima Virgen y le rogué con muchas lágrimas que me aceptara como hija suya y que quisiera ser Ella mi madre en adelante. Y lo ha hecho maravillosamente bien".
Sigue diciendo ella:
"Por aquel tiempo me aficioné a leer novelas. Aquellas lecturas enfriaron mi fervor y me hicieron caer en otras faltas. Comencé a pintarme y a buscar a parecer y a ser coqueta. Ya no estaba contenta sino cuando tenía una novela entre mis manos. Pero esas lecturas me dejaban tristeza y desilusión".
Afortunadamente el papá se dio cuenta del cambio de su hija y la llevó a los 15 años, a estudiar interna en el colegio de hermanas Agustinas de Ávila. Allí, después de año y medio de estudios enfermó y tuvo que volver a casa.

Santa Teresa y su conversión

Providencialmente una persona piadosa puso en sus manos "Las Cartas de San Jerónimo", y allí supo por boca de tan grande santo, cuán peligrosa es la vida del mundo y cuán provechoso es para la santidad el retirarse a la vida religiosa en un convento. Desde entonces se propuso que un día sería religiosa.
Comunicó a su padre el deseo que tenía de entrar en un convento. Él, que la quería muchísimo, le respondió:
"Lo harás, pero cuando yo ya me haya muerto".
La joven sabía que el esperar mucho tiempo y quedarse en el mundo podría hacerla desistir de su propósito de hacerse religiosa. Y entonces se fugó de la casa. Dice en sus recuerdos:
"Aquel día, al abandonar mi hogar sentía tan terrible angustia, que llegué a pensar que la agonía y la muerte no podían ser peores de lo que experimentaba yo en aquel momento. El amor de Dios no era suficientemente grande en mí para ahogar el amor que profesaba a mi padre y a mis amigos".

Profesando su Fe

Santa Teresa de Ávila determinó quedarse de monja en el convento de Ávila. Su padre al verla tan resuelta a seguir su vocación, cesó de oponerse. Ella tenía 20 años. Un año más tarde hizo sus tres juramentos o votos de castidad, pobreza y obediencia y entró a pertenecer a la Comunidad de hermanas Carmelitas.
Poco después de empezar a pertenecer a la comunidad carmelitana, se agravó de un mal que la molestaba. Quizá una fiebre palúdica. Los médicos no lograban atajar el mal y éste se agravaba. Su padre la llevó a su casa y fue quedando casi paralizada. Pero esta enfermedad le consiguió un gran bien, y fue que tuvo oportunidad de leer un librito que iba a cambiar su vida.
Se llamaba "El alfabeto espiritual", por Osuna, y siguiendo las instrucciones de aquel librito empezó a practicar la oración mental y a meditar. Estas enseñanzas le van a ser de inmensa utilidad durante toda su vida.
Santa Teresa de Ávila decía después que si en este tiempo no hizo mayores progresos fue porque todavía no tenía un director espiritual, y sin esta ayuda no se puede llegar a verdaderas alturas en la oración.
A los tres años de estar enferma encomendó a San José que le consiguiera la gracia de la curación, y de la manera más inesperada recobró la salud. En adelante toda su vida será una gran propagadora de la devoción a San José, Y todos los conventos que fundará los consagrará a este gran santo.

Mística revelación a Santa Teresa de Ávila

Santa Teresa de Ávila le gustaban los Cristos bien chorreantes de sangre. Y un día al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le preguntó: "Señor, ¿quién te puso así?", y le pareció que una voz le decía: "Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa". Ella se echó a llorar y quedó terriblemente impresionada.
Desde aquel día, Santa Teresa de Ávila ya no volvió a perder tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevaban a la santidad. Y Dios en cambio le concederá enormes progresos en la oración y unas amistades formidables que le ayudarán a llegar a la santidad.
Teresa tuvo dos ayudas formidables para crecer en santidad:
  1. Su gran inclinación a escuchar sermones, aunque fueran largos y cansones y
  2. Su devoción por grandes personajes celestiales.
Además de su inmensa devoción por la Santísima Virgen y su fe total en el poder de intercesión de san José, ella rezaba frecuentemente a dos grandes convertidos: San Agustín y María Magdalena.
Para imitar a esta santa que tanto amó a Jesús, se propuso meditar cada día en la Pasión y Muerte de Jesús, y esto la hizo crecer mucho en santidad. Y en honor de San Agustín leyó el libro más famoso del gran santo "las Confesiones", y su lectura le hizo enorme bien.
Como las sequedades de espíritu le hacían repugnante la oración y el enemigo del alma le aconsejaba que dejara de rezar y de meditar porque todo eso le producía aburrimiento, su confesor le avisó que dejar de rezar y de meditar sería entregarse incondicionalmente al poder de Satanás y un padre jesuita le recomendó que para orar con más amor y fervor eligiera como "maestro de oración" al Espíritu Santo y que rezara cada día el Himno "Ven Creador Espíritu".
Ella dirá después:
"El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas".
Y el Divino Espíritu empezó a concederle Visiones Celestiales. Al principio se asustó porque había oído hablar de varias mujeres a las cuales el demonio engañó con visiones imaginarias.
Pero hizo confesión general de toda su vida con un santo sacerdotes y le consultó el caso de sus visiones, y este le dijo que se trataba de gracias de Dios.

El Señor le aconseja en una visión:

"No te dediques tanto a hablar con gente de este mundo. Dedícate más bien a comunicarte con el mundo sobrenatural".
En algunos de sus éxtasis se elevaba hasta un metro por los aires. Cada visión le dejaba un intenso deseo de ir al cielo. Ella decía:
"Desde entonces dejé de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: "Tan alta vida espero que muero porque no muero".
Teresa quería que los favores que Dios le concedía permanecieran en secreto, pero varias personas de las que la rodeaban empezaron a contar todo esto a la gente y las noticias corrían por la ciudad. Unos la creían loca y otros la acusaban de hipócrita, de orgullo y presunción.
San Pedro Alcántara, uno de los santos más famosos de ese tiempo, después de charlar con la famosa carmelita, declaró que el Espíritu de Dios guiaba a Teresa.

La transverberación de Santa Teresa de Ávila.

Esta palabra significa: atravesarlo a uno con una gran herida. Respecto a ello, dice ella:
"Vi a un ángel que venía del trono de Dios, con una espada de oro que ardía al rojo vivo como una brasa encendida, y clavó esa espada en mi corazón. Desde ese momento sentí en mi alma el más grande amor a Dios".
Desde entonces para Santa Teresa de Ávila ya no hay sino un solo motivo para vivir: demostrar a Dios con obras, palabras, sufrimientos y pensamientos que lo ama con todo su corazón. Y obtener que otros lo amen también
Más tarde, al hacer la autopsia del cadáver de la santa encontraron en su corazón una cicatriz larga y profunda
Para corresponder a esta gracia la santa hizo el voto o juramento de hacer siempre lo que más perfecto le pareciera y lo que creyera que le era más agradable a Dios. Y lo cumplió a la perfección. Un juramento de estos no lo pueden hacer sino personas extraordinariamente santas.

Fundación de la comunidad

Un día una sobrina de la santa le dijo:
"Lo mejor sería fundar una comunidad en que cada casa tuviera pocas hermanas".
Santa Teresa de Ávila consideró esta idea como venida del cielo y se propuso fundar un nuevo convento, con pocas hermanas pero bien fervorosas. Ella llevaba ya 25 años en el convento.
Una viuda rica le ofreció una pequeña casa para ello. San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán y el obispo de la ciudad apoyaron la idea. El Provincial de los Carmelitas concedió el permiso.
Sin embargo la noticia produjo el más terrible descontento general y el superior tuvo que retirar el permiso concedido. Pero Teresa no era mujer débil como para dejarse derrotar fácilmente.
Se consiguió amigos en el palacio del emperador y obtuvo una entrevista con Felipe II y este quedó encantado de la personalidad de la santa y de las ideas tan luminosas que ella tenía y ordenó que no la persiguieran más.
Y así fue llenando España de sus nuevos conventos de "Carmelitas Descalzas", poquitas y muy pobres en cada casa, pero fervorosas y dedicadas a conseguir la santidad propia y la de los demás.
Se ganó para su causa a San Juan de la Cruz, y con él fundó los Carmelitas descalzos. Las carmelitas descalzas son ahora 14,000 en 835 conventos en el mundo. Y los carmelitas descalzos son 3,800 en 490 conventos.
Por orden expresa de sus superiores Santa Teresa de Ávila escribió unas obras que se han hecho famosas. Su autobiografía titulada "El libro de la vida"; "El libro de las Moradas" o Castillo interior; texto importantísimo para poder llegar a la vida mística. Y "Las fundaciones: o historia de cómo fue creciendo su comunidad.
Estas obras las escribió en medio de mareos y dolores de cabeza. Va narrando con claridad impresionante sus experiencias espirituales. Tenía pocos libros para consultar y no había hecho estudios especiales.
Sin embrago sus escritos son considerados como textos clásicos en la literatura española y se han vuelto famosos en todo el mundo.

Su muerte

Santa Teresa de Ávila murió el 4 de octubre de 1582 y la enterraron al día siguiente, el 15 de octubre. ¿Por qué esto? Porque en ese día empezó a regir el cambio del calendario, cuando el Papa añadió 10 días al almanaque para corregir un error de cálculo en el mismo que llevaba arrastrándose ya por años.
 

lunes, 17 de septiembre de 2018

Las doctoras de la Iglesia: Parte II. Hildegarda (17 de septiembre)


Las doctoras de la Iglesia: Parte II. Hildegarda


El presente artículo tiene como finalidad hablarnos de una de las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad Media:Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre). Recientemente nombrada doctora de la Iglesia (en octubre de 2012), este análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania. Antes de comenzar, es preciso recordar que ya hice mención en este artículo de otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. Aquí nos dedicamos de lleno a Hildegarda, haciendo algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del siglo XII. Finalmente haremos un análisis y explicación de las facetas que caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético, su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de conventos, y su propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios.

Santa Hildegarda de Bingen fue nombrada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, junto a San Juan de Ávila (10 de mayo). Resulta extraño que al ser una de las personalidades más polifacéticas e interesantes de la Europa medieval (pues tuvo conocimientos en teología, medicina, geometría, astronomía, arquitectura, gramática, música y otros) haya pasado tanto tiempo para nombrarla doctora. Tampoco se debe olvidar el contexto histórico en el que le tocó vivir, una época difícil para el ingreso de una mujer en la religión y, más aún, para destacar y escribir sobre ella. Veamos pues la situación de la Europa medieval para después introducirnos en la personalidad y obra de nuestra santa.  

La Europa cristiana del siglo XII. 
En el año 1098 el Papa Urbano II convocó a todos los cristianos a recuperar Jerusalén, que se hallaba en manos de los musulmanes, que impedía el paso de los creyentes a visitar el lugar más santo de la tierra: el Sepulcro de Cristo. Así comenzaron los primeros movimientos políticos y religiosos conocidos como las Cruzadas, y más tarde surgió la orden del Temple, cuyo principal objetivo era defender a los peregrinos en su viaje a la ciudad santa. Los templarios eran una combinación de monje y guerrero, hombres piadosos que profesaban los votos monásticos y al mismo tiempo se comprometían a mantener seguros los caminos hacia Jerusalén. Como podemos notar, estamos ante un siglo en la que la conciencia religiosa era el motor de la vida diaria.

En este contexto, los monasterios desempeñaron un importante papel como productores y repositorios de buena parte de la literatura europea medieval. En ellos se guardaban y copiaban obras religiosas: escritos de los Padres de la Iglesia, reglas monásticas, de oraciones, salterios, aunque también conservaban escritos de autores clásicos, de medicina, de herbolaria, e incluso de música [1]. En esa época también se restableció la regla benedictina, columna vertebral del monaquismo occidental y cuya espiritualidad y modo de vida sirvió de inspiración a otras órdenes religiosas. El poder de esta orden llegó a ser tal que consiguió depender solamente de Roma y comenzó entonces una etapa dorada en cuanto a fundación de conventos.

En un sector más profano, la estructura económica y social medieval eran los señoríos, que se agrupaban a su vez en señoríos más grandes o en reinos y que seguía el sistema del feudo. Los nombres de Luis VII, Conrado III y Federico I Barbarroja nos remiten inmediatamente a ese tiempo aristocrático y caballeresco.

En cuanto al pensamiento que se puso de moda en las altas esferas fue el amor cortés [2]. Este surgió en los círculos de la nobleza francesa, cultivado por los trovadores quienes le cantaban al amor puro y refinado, a la dama noble y virtuosa, y a las hazañas heroicas de un señor enamorado. Los poemas de este tipo normalmente se acompañaban con música de cuerdas y se interpretaban en los salones palaciegos. Pero no toda la población europea era cristiana. Surgieron varios movimientos religiosos que distaban en mucho de las enseñanzas de la Iglesia, por ejemplo, los cátaros, que se originaron en el sur de Francia. Estos negaban la divinidad de Cristo (pues lo consideraban el mensajero de Dios, más no su Hijo) atacaban casi todos los sacramentos y creían en el principio de dos fuerzas creadoras en igual poder, es decir, que Dios y Satán eran polos opuestos y complementarios. Por estas declaraciones fueron censurados y perseguidos incansablemente.

San Bernardo de Claraval (20 de agosto) y Santa Hildegarda fueron algunos de los combatientes más enérgicos contra la herejía cátara. San Bernardo, uno de los pilares de la Iglesia occidental, fue promotor de la segunda Cruzada, financiada por Luis VII de Francia y el emperador alemán Conrado III. Santa Hildegarda por su parte expresó en una de sus cartas que los cátaros habían sido tentados por el Diablo, pues “entró en esos hombres de un modo tal que no les retiró la castidad. Se introdujo en ellos a través de los demonios del aire (…) Esos hombres tampoco aman a las mujeres, sino que les huyen” [3]. La labor de nuestra santa no se limitó solo a combatir herejías, sino que en su vida se manifestaron otras facetas que quedaron constatadas en su leyenda. 
Santos Benito e Hildegarda
Hildegarda de Bingen.
Nació en Bermesheim, cerca de Maguncia, Alemania, en el año 1098 [4]. Fue la última hija de una familia de la baja nobleza conformada por Hildeberto y Matilde. Al ser la hija número diez sus padres consideraron ofrecerla al servicio religioso, como una especie de pago o diezmo a la Iglesia, esto según la mentalidad piadosa de la época.

En su biografía se refiere que la santa desde pequeña veía cosas que el común no podía, pues “Aún no podía pronunciar palabra cuando logré que mis familiares comprendieran, por medio de sonidos y gestos, que podía ver luces e imágenes provenientes del cielo” [5]. Ese precoz don profético la acompañaría toda su vida, y a la tierna edad de cinco años ya podía ver los acontecimientos futuros, como cuando exclamó ante su nodriza: “¡Mira qué hermoso ternero hay dentro de esa vaca! Es blanco, con manchas en la frente, las patas y el lomo. Cuando el ternero nació, resultó ser como la niña lo había descrito” [6].

Cuando tenía ocho años, su padre la envió al monasterio benedictino de Disobodenberg, para que ahí comenzará su educación. Fue recibida por la hija del conde de Spanheim, Santa Jutta (22 de enero y 22 de noviembre), la cual le enseñó a cantar los salmos y a leer en latín [7]. Jutta e Hildegarda vivieron en una casita anexa al monasterio, y más tarde ingresaron en él como novicias. El monasterio pasó a ser entonces dúplice, es decir, que era masculino pero que aceptó recibirlas en una celda apartada de las habitaciones de varones. La fama de virtuosas de maestra y alumna traspasó los muros monásticos y algunos nobles se animaron a llevar a sus hijas para que ahí fueran educadas, y entonces fue preciso ampliar ese espacio por el número cada vez más creciente de vocaciones.

La pequeña y enfermiza Hildegarda siguió percibiendo visiones y cuando ella comentaba si todos las podían ver, al recibir negativas, se asustaba, por lo cual, finalmente optó por no volver a mencionarlas (al menos en ese momento[8]. También informó de ellas a su maestra y ésta al monje Volmar, también benedictino, quien más tarde se convertiría en el secretario de Hildegarda, y luego su copista hasta la muerte.

A los quince años Hildegarda profesó los votos según la regla de San Benito (11 de marzo y 11 de julio[9]. La vida de toda monja estaba marcada por las horas canónicas, en donde la oración, los trabajos en comunidad, el silencio y la meditación eran las labores del día a día. Jutta murió en 1136 y la comunidad de religiosas (que ya había crecido) eligió a Hildegarda como su nueva abadesa. Ella tenía 38 años y desconocía que su destino como profetisa apenas iba a iniciarse. 

Retablo de Santa Hildegarda en su abadía de Rüdesheim


Hildegarda, la profetisa del Rhin.
En 1141 Santa Hildegarda contaba con casi 43 años y sus visiones se incrementaron en profundidad, frecuencia y cantidad. Ella misma refiere que recibió por orden divina la obligación de escribirlas. La voz que venía del cielo le ordenó:
"Oh pobredumbre de pobredumbre, di y escribe lo que ves y oyes (…) y esto no a tu manera, ni a la manera de otro hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas en el secreto de sus misterios". [10]

Y también: 
"En el año mil ciento cuarenta y uno de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses. Una luz de fuego, de brillo extremo, que venía del cielo abierto, se fundió sobre mi cerebro todo entero, y sobre todo mi cuerpo, y todo mi pecho, como una llama que sin embargo, no quemaba, sino que más bien por su calor inflamaba, en el modo en el que el sol calienta lo que toca con sus rayos". [11]

Lo que percibió en esa ocasión le pareció más misterioso y sublime (que las visiones que tuvo cuando era joven) y por tanto, habló de ello al monje Godfrey, su confesor, quién lo reveló a su abad (de Disibodenberg), y éste a su vez consideró anunciarlo al arzobispo de Maguncia. El arzobispo, rodeado de un séquito de estudiosos y expertos en teología, examinó las visiones y finalmente dictaminó que eran de inspiración divina [12]. Como era de esperarse, la fama de la Visionaria se disparó inmediatamente.

En ese mismo año Santa Hildegarda comenzó a escribir su principal obra, el "Scivias" (Scire vías Domini ó vías lucís, o sea "Conoce los Caminos"), escrito que tardó diez años en terminar. Como ella todavía dudaba si era correcto o no escribir lo que veía, recurrió al consejo de San Bernardo de Clavaral, quién lo aprobó sin dudar de la fuente de la que provenía, y se convirtió en su amigo y consejero epistolar durante mucho tiempo. Cuando el papaBeato Eugenio III (8 de julio), cisterciense como Bernardo, visitó el arzobispado con motivo del Sínodo de Tréveris en 1147-1148, el arzobispo a instancias del abad de Disibondenberg presentó al Papa una parte del Scivias [13]. El Papa designó una comisión de teólogos para examinarlos, y después de recibir el informe favorable de la comisión, dió su aprobación y él mismo llegó a leer partes del Scivias ante su concurrencia. El Papa señaló que su obra era al estilo de los profetas, la invitó a seguir escribiendo y autorizó la publicación de sus obras.
Ese don profético fue algo que la santa entendió desde sus inicios. Se concebía a sí misma como un simple instrumento de Dios, como un medio a través del cual se manifestaba sus grandezas. No se preocupaba tanto por interpretar lo que veía, sino que su labor se reducía a la simplicidad de comunicarlas. Santa Hildegarda nos dice que sus visiones nos las veía en sueños, ni en éxtasis, ni con los ojos corporales o los oídos humanos: 
Sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos interiormente, cuando estoy despierta. Simplemente en espíritu, y las he recibido en lugares descubiertos según la voluntad de Dios”. [14]

Es decir, las percibió a través de los sentidos corporales, pero la inspiración venía del interior, del alma (o si se quiere de la mente), como una cosa infunsa desde lo Alto. Comenzó entonces a escribir entusiasta, ayudada por Volmar, su secretario y copista, y por Richardis de Stade, una monja de su comunidad por la que llegó a sentir un gran cariño.

En 1148, Santa Hildegarda dió inicio a un plan para fundar un convento en Ruperstberg. Desde algún tiempo atrás ya se había hecho evidente que la comunidad de religiosas se encontraba demasiado ceñida en el pequeño claustro que se les había destinado en Disibodenberg, así que la abadesa comenzó las gestiones para un nuevo establecimiento [15]. Ante esto, los monjes se opusieron al traslado pues veían disminuir sus donativos y las visitas al lugar (que atraía a hombres piadosos con aras de conocer a la abadesa). La tenacidad de Hildegarda se sobrepuso y en 1150 el Arzobispo consagró el nuevo monasterio dedicado a San Ruperto (o Roberto) de Bingen (15 de mayo). Es de reconocerle esta labor pues en aquella época los monasterios benedictino femeninos no tenían un gobierno propio y sus monasterios siempre dependían de uno masculino. Ella rompió con esa barrera y se puede decir que su convento fue el primer establecimiento femenino que no estaba adosado a uno masculino. Las visiones se siguieron manifestando y darían como fruto numerosos tratados que le dieron la fama de escritora.

Hildegarda, la escritora.
Hasta aquí hemos hablado de dos de los rasgos que toda doctora de la Iglesia debía cumplir y que en el caso de Santa Hildegarda se manifestaron al pie de la letra: una vida santa y virtuosa, y el haber profesado una doctrina ortodoxa según los preceptos cristianos. El siguiente requisito era haber dejado un tratado que defendiera o profundizara una o varias verdades de la fe. Santa Hildegarda fue una elocuente defensora del cristianismo que se refleja a través de sus escritos, sus cartas, sus consejos, predicas y obras. Como visionaria, manifestó lo que ocurría en el plano celeste: reveló la naturaleza de Dios, la disposición de las estrellas, señaló el papel que tiene el hombre en la creación y el plan de salvación que se le tiene destinado, puntualizó la manera en cómo se agrupaban las diferentes jerarquías angélicas en torno al Creador, habló sobre el sacrificio de Cristo y la Iglesia, y muchas otras verdades o dogmas. También combatió a los cátaros a través de sus escritos y sermones.

Sus dos obras teológicas son el "Scivias" y "Liber Divinorum Operum(Libro de las Obras Divinas). Scivias la dividió en tres partes: la primera la dedicó a Dios Padre y a los ángeles, en la siguiente aborda el estudio de la Trinidad, la Iglesia, la Confirmación y el ángel caído. En la última parte hay varios simbolismos relacionados con la plenitud de los tiempos y el Juicio final. En Liber Divinorum, señala la complejidad de la Creación y reconoce en ella la gloria y la omnipotencia de Dios. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace de Él en Liber Divinorum y en la cual describe lo que ve y seguidamente señala el significado de la misma: 
Visión sobre el Origen de la vida.
En ella se aprecia la representación
trinitaria de Dios, según el Liber Divinorum.
"Vi como en el centro del cielo austral surgía la imagen de Dios, con apariencia humana, bella y magnífica en su misterio. La belleza y el esplendor de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar aquella imagen. Un ancho círculo dorado ceñía su cabeza. En el mismo círculo, sobre la cabeza, apareció otro rostro, el de un anciano, cuyo mentón y barba rozaban la coronilla del cráneo de la imagen. A cada lado del cuello de esta imagen brotó un ala, y ambas alas se irguieron por encima del mencionado círculo dorado y allí se unieron la una a la otra. El punto extremo de la curvatura del ala derecha llevaba una cabeza de águila, sus ojos de fuego irradiaban el esplendor de los ángeles como en un espejo. En el punto extremo de la curvatura del ala izquierda había algo como un rostro humano que brillaba como relumbran las estrellas. Y estos dos rostros miraban hacia oriente. Además, desde cada hombro de la imagen bajaba otra ala hasta sus rodillas. La imagen estaba revestida por una túnica tan resplandeciente como el sol y en las manos tenía un cordero que brillaba como la deslumbrante luz del día. Bajo los pies aplastaba un monstruo de forma horrible, venenoso y de color negro, y una serpiente". [16]

Esa imagen le explicó ser Él mismo “La energía suprema y abrasadora. Yo soy quien ha encendido la chispa en todos los seres vivientes, nada mortal mana de Mí, y juzgo todas las cosas” [17]. Es decir, se trata de una visión trinitaria de Dios donde se presenta a sí mismo como un hombre con dos cabezas (el Padre y el Espíritu Santo) mientras que en los brazos lleva un Cordero (el Hijo). La cualidad celeste se acentúa por el doble par de alas que tiene. Hildegarda explica que la figura representa al Amor, que los reflejos del espejo son los ángeles y el monstruo y la serpiente representan las injusticias y las dudas (es decir el pecado).

En todos sus tratados, la santa describe lo que ve y después señala lo que la voz interior explica de ellas. Algunas ediciones de sus libros están bellamente decoradas con grabados que la muestran en actitud contemplativa, sentada en banquillo de respaldo alto, con la vista puesta hacia lo alto, mientras que una luz resplandeciente cae sobre su frente, como señalando que recibe la visión. A veces la escena ocupa todo el cuadro, y en una esquina, aparece una pequeña representación de la abadesa.

Es autora de otras obras en donde aborda temas tanto de índole científico como artístico. En 1150 comenzó su obra musical, El "Symphonia armoniae celestium revelationum" (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas) que contiene letra y música y donde destacan tres poemas: el himno al Espíritu Santo, el himno a Santa María y la Secuencia de San Maximino.

También tiene un auto sacramental titulado "Ordo virtutum" (Orden de las Virtudes), en el cual hace una serie de diálogos entre el alma, las virtudes que adornan a esta y las tentaciones del maligno. Entre 1151 y 1158 escribió el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas) en donde hacia importantes anotaciones respecto a la medicina de su tiempo y de la plantas medicinales. Entre 1158 y 1163 escribió el "Liber Vitae Meritorum" (Libro de los Méritos de la Vida) en donde narra la historia de la Salvación, donde virtudes y vicios se enfrentan entre sí y finalmente la divinidad sale victoriosa.

Otra de sus obras es la "Lingua Ignota" (1150?) formada por unas 900 palabras y un alfabeto de veintitrés letras. Se cree que este es un lenguaje secreto o desconocido, tal vez una nueva codificación a través de la cual la divinidad deseaba comunicarse con su sierva. Fue consultada como un oráculo, muestra de ello son las más de 300 cartas en las que se comunicó y aconsejó a Papas, cardenales, obispos, reyes y emperadores [18], religiosos y hombres de todas clases y condiciones. También mantuvo correspondencia con Santa Isabel de Shönau (18 de junio) y San Gerlach (5 de enero). Todo esto reflejo de lo trascendental que llegó a ser esta monja benedictina en su tiempo. 
 
"O vis aeternitatis"
Composición musical de Santa Hildegarda.

Casi en el ocaso de su vida realizó cuatro viajes en su labor predicativa: a Tréveris en 1160, donde se cree predicó un sermón en la suntuosa catedral, luego fue a Colonia entre 1163 o 1164, el tercero a Maguncia por invitación de su arzobispo, y el cuarto a Suabia en 1170 [19].

Murió el 17 de septiembre de 1179, a la edad de 92 años y fue sepultada en la iglesia del convento de Rupertsberg[20]. En la leyenda de su vida nuevamente se confunde lo maravilloso con lo histórico, pues señala que con motivo de su muerte en el cielo apareció un gran círculo y dentro de éste una cruz resplandeciente, primero pequeña, pero después se agrandó hasta ocupar un lugar prominente hacia el oriente [21]. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido y sus restos fueron trasladados al convento cercano de Eibingen, que también fue obra suya. Con merecimiento se le otorgó el título de la "Sibila del Rin", (en clara alusión a su actividad visionaria) y también es llamada la Profetisa Teutónica. Es patrona de los lingüistas y de las novicias benedictinas, de los farmacéuticos, y contra la calvice. Sus atributos son el hábito benedictino (en ocasiones con el cisterciense), la paloma del Espíritu Santo; frascos y hierbas, que recuerdan su labor como farmacéutica; una lira, pues fue compositora; la cruz pectoral, una pluma y un libro, un conventillo que recuerda que fue fundadora, y a veces lleva un báculo en reconocimiento de abadesa.  y, claro, como no, el birrete doctoral a partir de su nombramiento.

Conclusión.
Las doctoras de la Iglesia son mujeres que alcanzaron el más alto grado honorífico que se puede otorgar. No solo dieron muestra de una vida santa, virtuosa y apegada a los preceptos de la religión cristiana, sino que también contribuyeron con sus obras y argumentos a la defensa de su fe. Casi todas tuvieron un marcado misticismo que las llevo a tener experiencias sobrenaturales con la divinidad, a lograr una unión más cercana con Él, y cuyo sentir lo expresaron por escrito para el conocimiento de las generaciones futuras. Guardaron con celo su virginidad y desde pequeñas resolvieron llevar una vida apartada del mundo.

Santa Hildegarda de Bingen, la cuarta doctora de la Iglesia, llegó más allá de lo que se le permitió a una monja común de su tiempo: fue abadesa, logró independizarse de la comunidad masculina a la cual estaba sujeta, a través de sus visiones señaló lo que Dios quería que se supiera y se realizará, trabó amistad con papas y obispos, con reyes y emperadores, y fue un pilar importante contra la herejía cátara. A pesar de que siempre fue una mujer de salud frágil, logró sacar fuerzas de su flaqueza para cumplir con su destino, se levantó del lecho cuando el asunto reclamó su presencia y cultivó prácticamente todas las artes, todo esto en nombre de la Luz Viviente, que era la voz suprema que le dio la autoridad necesaria para hablar de tal manera a sus contemporáneos.
José Alejandro Valadez Fernández 



Referencias:
Bingen, Hildegarda Santa, El libro de los méritos de la Vida, trad. Rafael Renedo, en www.hildegardiana.es, consultada el 15 de marzo de 2013.

Bingen, Hildegarda Santa, Scivias: conoce los caminos, trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Madrid, Editorial Trotta, 1999.

Martinez Lira, Verónica y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegarda von Bingen: Vida y obra, UNAM- Editorial Espejo de viento, 2003.

Pernoud, Regine, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, Barcelona, 1998.

Renoig, Louis, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo 1 y 2, vol. 3 y 4. Joan Sureda I Pons dir., Daniel Alcoba trad., España, Ediciones del Serbal, 1997. 


[1] Verónica Martínez Lara Lira, y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 33-34.
[2] Op. Cit., p. 43.
[3] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 44.
[4] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[5] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 51.
[6] Ídem.
[7] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 17.
[8] Op. cit; p. 16.
[9] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[10] Regine Pernoud,, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 21.
[11] Op. cit., p. 22.
[12] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[13] Ídem.
[14] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 22.
[15] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 54.
[16] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[17] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[18] El emperador alemán Conrado III y su hijo y sucesor Federico I Barbarroja, le pidieron consejo.
[19] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998.
[20] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[21] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 136.
adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_3265