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domingo, 26 de julio de 2020

Santos Ana y Joaquín, padres de la B.V. María (26 de julio)

Santos Ana y Joaquín, padres de la B.V. María

fecha: 26 de julio
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Memoria de san Joaquín y santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, cuyos nombres se conservaron gracias a la tradición de los cristianos.
Patronazgos: Santa Ana, cuyo culto es más antiguo que el de san Joaquín, es patrona de numerosas ciudades europeas, además de las madres y amas de casa, de los matrimonios; juntos son patronos de los abuelos.
Oración: Señor, Dios de nuestros padres, tú concediste a san Joaquín y a santa Ana la gracia de traer a este mundo a la Madre de tu Hijo; concédenos, por la plegaria de estos santos, la salvación que has prometido a tu pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
San Pedro Damian decía que era una curiosidad vana y culpable tratar de averiguar lo que los Evangelistas no escribieron y ponía precisamente como ejemplo la curiosidad acerca de los padres de la Santísima Virgen. Los únicos escritos que pretenden poseer algunos datos sobre los padres de María son apócrifos, como el «Protoevangelio de Santiago», que -a pesar de su nombre- no tiene nada de la autenticidad de la Sagrada Escritura. En realidad no poseemos ningún dato cierto sobre ellos, pero no es ilícito aceptar las piadosas creencias procedentes de los apócrifos cuando no se oponen a las verdades ciertas.
Aunque la primera redacción del apócrifo de Santiago es muy antigua, no se trata de un documento fidedigno. El protoevangelio cuenta que los parientes de Joaquín se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces, el santo se retiró cuarenta días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana «se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones» (por su esterilidad y por haberse quedado sin marido). Cuando Ana se hallaba sentada orando bajo un laurel, un ángel se le apareció y le dijo: «Ana, el Señor ha escuchado tu oración: concebirás y darás a luz. Del fruto de tu vientre se hablará en todo el mundo». Ana respondió: «Vive Dios que consagraré el fruto de mi vientre, hombre o mujer, a Dios mi Señor y que le servirá todos los días de su vida». El ángel se apareció también a san Joaquín. A su debido tiempo, nació María, quien sería un día la Madre de Dios. Hagamos notar que esta narración se parece mucho a la de la concepción y el nacimiento de Samuel, cuya madre se llamaba también Ana (1Reyes 1). Los primeros Padres de la Iglesia oriental veían en ello un paralelismo. En realidad, se puede hablar de paralelismo entre la narración de la concepción de Samuel y la de San Juan Bautista, pero en el caso presente la semejanza es tal, que se trata claramente de una imitación.
Sin embargo, el culto a santa Ana se difundió desde la antigüedad: la mejor prueba es que en Constantinopla, ya a mediados del siglo VI, el emperador Justiniano le dedicó un santuario. En Santa María la Antigua hay dos frescos que representan a Santa Ana y datan del siglo VIII. Su nombre aparece también destacadamente en una lista de reliquias que pertenecían a san Angel de Pescheria y sabemos que el papa san León III (795-816), regaló a la iglesia de Santa María la Mayor un ornamento en el que estaban bordadas la escena de la Anunciación y las figuras de san Joaquín y santa Ana.
En Apt, en la Provenza, se guardan supuestas reliquias de santa Ana, sin embargo las pruebas históricas en favor de la autenticidad más bien muestran que carecen absolutamente de valor. La verdad es que antes de mediar el siglo XIV, el culto de santa Ana no era muy popular en Occidente, pero un siglo más tarde se popularizó enormemente, e incluso Lutero lo ridiculizó con acritud y atacó en particular la costumbre de representar juntos á Jesús, María y Ana, como una especie de trinidad. En 1382, Urbano VI publicó el primer decreto pontificio referente a Santa Ana; por él concedía la celebración de la fiesta de la santa a los obispos de Inglaterra exclusivamente, como se lo habían pedido algunos ingleses. Muy probablemente la ocasión de dicho decreto fue el matrimonio del rey Ricardo II con Ana de Bohemia, que tuvo lugar en ese año. La fiesta fue extendida a toda la Iglesia de Occidente recién en 1584, y sólo desde ese tiempo comenzó en Occidente el culto a san Joaquín.
En el Oriente se celebra desde fecha muy antigua la fiesta de san Joaquín y santa Ana el 9 de septiembre. Pero en Occidente, puesto que no había tradición al respecto, las fechas fueron variables, y sólo en 1913 se fijó el 16 de agosto como día de la fiesta de san Joaquín. Sin embargo, los benedictinos y algunos católicos de Oriente celebraban juntos a san Joaquín y santa Ana el 26 de julio, fecha que el nuevo martirologio adoptó para toda la Iglesia.
El Protoevangelio de Santiago es conocido con diversos nombres, y su texto puede leerse en muchas ediciones actuales, incluso populares; una traducción confiable se contiene en «Los Evangelios apócrifos», BAC (2009). Una obra completa sobre santa Ana y su devoción es la del P. B. Kleinschmidt, Die heilige Anna (1930). El presente artículo fusiona (con algunos retoques) los del Butler-Guinea correspondientes a santa Ana del 26 de julio y a san Joaquín del 9 de agosto
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_2562

jueves, 25 de octubre de 2018

Don José (José OROZCO JUÁREZ)

Don José

José OROZCO JUÁREZ




Don José, hombre sesentón, terminaba de cenar, cuando de repente se acordó.............
El pueblo se llamaba San Juan, y era uno de tantos del país, donde el hambre se sentía con ganas ya que más que pueblo, era una aldea semi-urbana, con casas de adobe y un gran patio, donde gallinas, cerdos y perros convivían en total armonía (aunque no siempre).
La familia Díaz, que vivía en los arrabales del arrabal que era San Juan, se componía de 9 miembros: Don Crisógono y Doña Vicenta (Don Cris y Doña Chenta) quienes eran los padres de 7 hijos, 4 hombres y 3 mujeres, siendo José (Pepe) el más pequeño. Vivían de la agricultura, si así se le puede decir, poseer un pedazo de tierra en las afueras de San Juan, que no llegaba a media hectárea, y donde cultivaban maíz y frijol, que en años buenos alcanzaba para medio abastecer a la familia y en años malos, había que dedicarse a otros menesteres como hacerla de peón de albañil, mozo de los grandes hacendados que acaparaban las mejores tierras, siendo uno de estos últimos Don Samuel, a quien todos decían “Tío”.
Así fue creciendo Pepe, entre algunas clases en la escuela del pueblo y los trabajos en la milpa de Don Cris y la hacienda del “Tío”. El trabajo en esta hacienda era del agrado de Pepe, ya que el patrón le mostraba cierta deferencia, pues el joven era muy atento y servicial y también le gustaba el orden que reinaba en todos lados, y lo que más le impresionaba, era el empeño y la constancia que ponía el “Tío” en el trabajo. A pesar de lo bueno que le parecía el trabajo, también se dio cuenta de otras cosas, que no le parecieron tan buenas, y era que el patrón consentía demasiado a las jóvenes más hermosas del pueblo, y las invitaba a llegar a la hacienda en donde a base regalos insignificantes o por unos cuantos pesos, abusaba de su inocencia, y esto era lo que le enojaba a Pepe, ya que en una ocasión vio llegar a su novia Everilda (la Eve), aunque según ella, no pasó nada con el patrón.
Otra cosa que le enojaba era el ver el maltrato de los capataces y jefes de la hacienda sobre los peones y demás trabajadores, quienes por cualquier motivo, con razón o sin ella, eran humillados físicamente con golpes y oralmente con palabras soeces, y estos capataces, no contentos con eso, hacían trabajar hasta turnos de 12 horas a los empleados del “Tío”, que más que empleados eran unos verdaderos esclavos, y todo por sacar adelante a la familia.
Cuando la gente se dio cuenta de que, aunque se sufría, pero a pesar de ello, se salía con los gastos de la familia, muchos aun de otros pueblos y regiones, iban a pedirle trabajo al “Tío”, pero pocos eran lo que lo conseguían, aún así, otros por el afán de conseguir algo, se presentaban subrepticiamente con los capataces, y éstos, aprovechándose de la situación, aplicaban medidas más severas de represión, y aunque los contrataban, era con menos salario que los demás, pero con más obligaciones. Esto redundaba en beneficio de los capataces, ya que ellos cobraban al patrón salarios completos, pero al trabajador le pagaban menos y aquellos se llenaban los bolsillos de dinero mal habido.
Algunos, en su afán por conseguir trabajo, aunque fuera clandestinamente, contrataban a algunos inescrupulosos (coyotes), para que los presentaran a los capataces y así conseguir su deseo de trabajar. Esto se prestó para otro negocio turbio, ya que muchos se hicieron pasar por coyotes y solamente recibían el pago del servicio y desaparecían como por arte de magia. Algunos que lograban entrar de contrabando a la hacienda, sufrían lo indecible, ya que el “Tío” tenía como guardianes, a unos perros enormes, que al darse cuenta de algún intruso, arremetían contra él, causándole en muchas ocasiones la muerte. Y el “Tío” se hacía de la vista gorda.
Esto vino a agravar más la situación, ya que muchos vendían sus animalitos, inclusive su casa, para pagar la cuota que los coyotes les exigían. Cuando el “Tío” se dio cuenta de este manejo, también exigió su cuota a los coyotes, y sólo para “taparle el ojo al macho”, realizaba campañas ridículas, para detener el tránsito de “indeseables” por su hacienda.
Con el paso del tiempo, Pepe, ahora José, se pudo casar con la Eve, pero en su mente bullía el afán de hacer algo, (pero qué), a favor de todos sus compañeros y amigos que trabajaban con el “Tío”. Está por demás decir que éste se consideraba el amo de la región, ya que dominaba todo, desde el comercio hasta el cura, así es que los pequeños agricultores (fuera de la hacienda todo era pequeño) y comerciantes, se tenían que plegar a los antojos gansteriles del “Tío”, quien imponía precio a las compras y ventas de todo lo negociable en la comarca.
Lo peor era, que como el “Tío” acaparaba todo tipo mercancía, sólo a él se le podía comprar todo: comida, vestido, inclusive las semillas para sembrar. En fin, que no se `podía concebir actividad alguna en la cual no estuviera involucrado el “Tío”.
Dàndole vueltas al asunto, José se encontró con Juan, un amigo suyo al que no veía desde hacía muchos años, ya que éste se había ido a estudiar a la capital y ahora regresaba a su pueblo con la idea de establecerse ahí, puesto que la carrera que estudió fue agronomía, y ahora graduado como ingeniero agrónomo, venía a hacer algo por su pueblo.
José lo puso al tanto de todos los problemas que tenían, principalmente con el “Tío”, problemas que al principio alarmaron a Juan, pero que después vio que sí había remedio para ellos; ya que si el “Tío” tenía el dinero, Juan poseía la inteligencia.
Lo primero que hizo Juan fue , convocar a todos los agricultores para convencerlos que no había necesidad de depender ya del “Tío”, sino que ellos mismos podían ser autosuficientes para satisfacer sus propias necesidades, lo único que se necesitaba, decía Juan era trabajo, fuerza de voluntad y honestidad.
Al principio casi todos los agricultores se entusiasmaron, pero después, solo quedaron los que sí estaban convencidos de que podían por sí mismos salir adelante, ya que esto implicaba doble trabajo y mucho esfuerzo.
El siguiente paso fue: preparar el terreno para la siembra, pero sin usar abonos químicos, sino abonos orgánicos que el mismo Juan les enseñó a preparar; claro que esta preparación tardó el doble de tiempo que la que hicieron los que habían usado químicos.
Siempre tratando de mejorar, Juan se dio a la tarea de conseguir semilla nativa para sembrar, esto sí le costó mucho trabajo, pero a fin de cuentas, adquirió la suficiente semilla para sembrar, tanto él como sus compañeros.
El siguiente paso de Juan, fue el enseñar a sus compañeros a seleccionar la semilla, para así tener asegurada la siembra del próximo año.
Afortunadamente ese año, fue bueno: llovió lo necesario, no hubo cosas negativas en el trabajo, aunque sí por el lado del “Tío”, quien al ver la cosecha de Juan y compañeros, quiso comprársela a un precio ridículo, alegando que era de una semilla de baja calidad; pero éstos no se desanimaron, y aunque tuvieron que recorrer mucho camino, al fin lograron vender a buen precio su cosecha, fuera de los límites del monopolio del “Tío”.
Esto le causó malestar al “Tío” pero no tuvo más remedio que resignarse y con el tiempo fue perdiendo autoridad y dominio sobre los demás; pero eso se debía a que Juan supo organizar a la comunidad, buscando nuevos horizontes, luchando con honestidad, fomentando la paz y la justicia, a tal grado que con el tiempo, se constituyó en el líder del pueblo de San Juan, y José fue su aliado incondicional.
El “Tío” se dio cuenta que ya era imposible oponerse a casi todo el pueblo y optó por enclaustrarse en su hacienda a disfrutar sus millones de dinero bien y mal ganados.......
Pero eso sucedió hace muchos años, ahora Don José se sienta a recordar con su familia, todos esos acontecimientos de antaño. Su amigo Juan y líder del pueblo, en busca de ayudar a más gente, emigró a otra región para seguir apoyando el desarrollo integral de las personas y las comunidades.
No faltaron dificultades, pero lo único que le queda de satisfacción a Don José, es que la humildad, la honestidad, la solidaridad, el bien común, son la base para un desarrollo personal y comunitario, todo ello aunado al fomento de la paz y la justicia social.

José Orozco Juárez
Santa Ana, El Salvador, C.A.