Audiencia general, 8 de agosto de 2018 – Texto completo
Catequesis sobre el primer Mandamiento
(ZENIT – 8 agosto 2018).- “La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad”, ha anunciado el Papa Francisco, en la audiencia general celebrada esta mañana, 8 de agosto de 2018, en el Aula Pablo VI, del Palacio Apostólico Vaticano.
Así, el Santo Padre ha continuado en la audiencia general con la reflexión sobre el primer mandamiento del Decálogo, profundizando en la idolatría con la escena bíblica del becerro de oro, que representa el ídolo por excelencia.
“Cuando se acoge el Dios de Jesucristo –ha expuesto el Pontífice– un hombre rico que se hizo pobre para nosotros, uno descubre que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino que es la condición para abrirse a uno que es verdaderamente fuerte”.
“Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios; y en virtud de su propia insuficiencia, el hombre se abre a la paternidad de Dios”, ha matizado.
A continuación, ofrecemos la traducción de la catequesis del Papa Francisco, pronunciada este miércoles, 8 de agosto de 2018, en la audiencia general.
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Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos hoy a reflexionar sobre el Decálogo, profundizando en el tema de la idolatría, ya hablamos de esto la semana pasada. Ahora volvemos al tema porque es muy importante conocerlo. Y tomamos de referencia el ídolo por excelencia, el becerro de oro, del cual se habla en el Libro del Éxodo (32, 1-8) – acabamos de escuchar un pasaje. En este episodio hay un contexto preciso: el desierto, donde el pueblo espera a Moisés, que subió a la montaña para recibir las instrucciones de Dios.
¿Cuál es el desierto? Es un lugar donde reinan la precariedad y la inseguridad – en el desierto no hay nada – donde no hay agua, no hay comida y no hay refugio. El desierto es Il deserto es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no tiene garantías inviolables. Esta inseguridad genera en el hombre ansiedades primarias, que Jesús menciona en el Evangelio: “¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Qué nos pondremos?” (Mt 6,31). Son ansiedades primarias. Y el desierto causa estas ansiedades.
Y en ese desierto sucede algo que desencadena la idolatría. “Moisés tardó en descender de la montaña” (Es32,1). Se quedó allí 40 días y la gente se impacientó. El punto de referencia, que era Moisés, falta: el líder, el jefe, el guía tranquilizador, y esto se vuelve insostenible. Entonces las personas piden un dios visible – esta es la trampa en la que cae la gente – para poderse identificar y orientar.
Y le dicen a Aron: “Danos un dios que vaya por delante de nosotros!”, “Danos un jefe, danos un líder”. La naturaleza humana, escapar de la precariedad – la precariedad en el desierto – busca una religión “hazlo tú mismo”: si Dios no aparece, nos hacemos un dios a medida. “Ante el ídolo, no hay riesgo de que seamos llamados a abandonar nuestra seguridad, porque ‘los ídolos tienen boca, pero no pueden hablar’ (Sal 115,5)”. Entendemos entonces que el ídolo es un pretexto para ubicarse en el centro de la realidad, en la adoración del trabajo de sus propias manos” (Enc. Lumen fidei, 13).
Aaron no puede oponerse a las peticiones de las personas y crea un becerro de oro. El becerro tenía un doble significado en el antiguo Oriente Próximo: por un lado representaba la fertilidad y la abundancia, y por el otro representaba energía y fuerza. Pero, sobre todo, es dorado, por lo que es un símbolo de
riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Estas son las tentaciones de todos los tiempos! Esto es lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de libertad y en su lugar esclavizan. Es atractivo y tú caes. Ese encanto de la serpiente, que mira el pájaro y el pájaro se queda quieto sin poder moverse y la serpiente lo coge. Aaron no sabía como oponerse.
riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Estas son las tentaciones de todos los tiempos! Esto es lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de libertad y en su lugar esclavizan. Es atractivo y tú caes. Ese encanto de la serpiente, que mira el pájaro y el pájaro se queda quieto sin poder moverse y la serpiente lo coge. Aaron no sabía como oponerse.
Pero todo se debe a la incapacidad de confiar sobre todo en Dios, de poner nuestra seguridad en Él, para permitirle dar una verdadera profundidad a los deseos de nuestros corazones. Esto nos permite soportar también la debilidad, la incertidumbre y la inseguridad. La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad. Sin la primacía de Dios, uno fácilmente cae en la idolatría y se contenta con garantías mínimas. Pero esta es una tentación que siempre leemos en la Biblia. Y piensen bien esto: liberar el pueblo de Egipto a Dios no costó tanto trabajo; lo hizo con signos de poder, de amor. Pero la gran obra de Dios fue quitar a Egipto del corazón de la gente, es decir, quitar la idolatría del corazón del pueblo. Y, sin embargo, Dios continúa trabajando para eliminarlo de nuestros corazones. Esta es la gran obra de Dios: eliminar “ese Egipto” que llevamos dentro, que es el atractivo de la idolatría.
Cuando se acoge el Dios de Jesucristo, un hombre rico que se hizo pobre para nosotros (cfr 2 Cor 8,9), entonces uno descubre que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino que es la condición para abrirse a uno que es verdaderamente fuerte. Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios (cfr 2 Cor 12,10); y en virtud de su propia insuficiencia, el hombre se abre a la paternidad de Dios. La libertad del hombre surge de dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Y esto nos permite aceptar la propia fragilidad y rechazar los ídolos de nuestro corazón.
Nosotros, los cristianos, volvamos nuestra mirada a Cristo crucificado (cfr Gv 19,37), que es débil, despreciado y despojado de toda posesión. Pero en Él se revela el rostro del Dios verdadero, la gloria del amor y no del engaño brillante. Isaías dice: “Hemos sido sanados por sus heridas” (53,5). Fuimos curados precisamente por la debilidad de un hombre que era Dios, por sus heridas. Y desde nuestras debilidades podemos abrirnos a la salvación de Dios. Nuestra recuperación proviene de Aquel que se hizo pobre, que aceptó el fracaso, quien ha llevado nuestra precariedad hasta el final para llenarla de amor y fortaleza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra fragilidad ya no es una maldición, sino un lugar de encuentro con el Padre y la fuente de una nueva fuerza desde arriba.
© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea (Texto original: italiano)


El camino de lo que falta pasa por lo que hay, Jesús no vino a abolir la Ley o los Profetas sino a cumplirlos –ha aclarado el Papa–. Tenemos que partir de la realidad para dar el salto a “lo que falta”.Debemos escudriñar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.
Algunos piensan que sea mejor apagar este impulso, -el impulso de vivir- porque es peligroso. Quisiera decir, sobre todo a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por muy graves y dramáticos que sean: El mayor peligro en la vida es un mal espíritu de adaptación que no es la mansedumbre ni la humildad, sino la mediocridad, la pusilanimidad [1]. Un joven mediocre ¿es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí; no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Esos jóvenes que tienen miedo de todo. “No, yo soy así…” Esos jóvenes no saldrán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad, nada de mediocridad. El beato Pier Giorgio Frassati decía que debemos vivir, no ir tirando. [2] Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Hay que pedir a nuestro Padre Celestial para los jóvenes de hoy el don de la inquietud saludable. Pero, en vuestras casas, en cada familia, cuando hay un joven que está todo el día sentado, a veces la madre y el padre piensan: “Está enfermo, tiene algo” y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la inquietud saludable, la capacidad de no estar satisfechos con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica, me pregunto ¿Dónde irá la humanidad? ¿Dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?
Jesús, en el Evangelio, dice algo que puede ayudarnos: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento “(Mt 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, por eso vino. Aquel hombre tenía dar un salto para llegar al umbral, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de uno mismo, de las propias obras, de los propios bienes y – precisamente porque falta la vida plena -dejarlo todo para seguir al Señor [3]. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús – inmenso, maravilloso – no está la propuesta de la pobreza sino la de la riqueza, la verdadera, “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven ¡Sígueme!”(V. 21).

El primer mandamiento –ha recordado el Pontífice– prohíbe hacer ídolos o imágenes de cualquier tipo de realidad: todo, de hecho, puede usarse como un ídolo. “Estamos hablando de una tendencia humana que no perdona ni a los creyentes ni a los ateos”.
¿Qué es un “dios” en el plano existencial? Es lo que está en el centro de la vida y de lo que uno depende y piensa. Uno puede crecer en una familia nominalmente cristiana, pero centrada, en realidad, en puntos de referencia ajenos al Evangelio. Los seres humanos no viven sin enfocarse en algo. Entonces aquí el mundo ofrece el “supermercado” de ídolos, que pueden ser objetos, imágenes, ideas, roles. Por ejemplo, incluso la oración. Debemos orar a Dios, nuestro Padre.
Pensemos en tantas personas sin trabajo. ¿Por qué? Porque a veces sucede que los empresarios de esa compañía, esa empresa, han decidido despedir a las personas para ganar más dinero. El ídolo del dinero. Uno vive en hipocresía, haciendo y diciendo lo que otros esperan, porque el dios de su afirmación lo impone. Y las vidas se arruinan, las familias se destruyen y los jóvenes quedan en manos de modelos destructivos, solo para aumentar las ganancias.

El Santo Padre, continuando su nuevo ciclo de catequesis sobre los Mandamientos ha centrado esta vez su atención sobre el tema: “El amor de Dios precede la ley y le da significado” (pasaje bíblico: Deuteronomio 4, 32-35).
¿Por qué esta proclamación que Dios hace de sí mismo y de la liberación? Porque se llega al Monte Sinaí después de atravesar el Mar Rojo: el Dios de Israel primero salva, luego pide confianza. [1] Es decir: el Decálogo comienza con la generosidad de Dios. Dios no pide nunca sin haber dado antes. Nunca. Primero salva, después da, luego pide. Así es nuestro Padre, Dios bueno.
liberación! Los mandamientos te liberan de tu egoísmo y te liberan porque el amor de Dios te lleva hacia delante. La formación cristiana no se basa en la fuerza de voluntad, sino en la aceptación de la salvación, en dejarse amar: primero el Mar Rojo, luego el Monte Sinaí. Primero la salvación: Dios salva a su pueblo en el Mar Rojo, después en el Sinaí le dice lo que tiene que hacer. Pero ese pueblo sabe que hace esas cosas porque ha sido salvado por un Padre que lo ama.
Y sin embargo, alguno puede sentir que aún no ha tenido una verdadera experiencia de la liberación de Dios. Puede suceder. Podría ser que uno mire en su interno y encuentre solo sentido del deber, una espiritualidad de siervos y no de hijos. ¿Qué hacer en este caso? Lo que hizo el pueblo elegido. Dice el libro del Éxodo: “Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus gemidos y acordóse Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob… Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció”(Ex 2,23-25). Dios piensa en mí.
oprimido y no liberado en nosotros. Hay tantas cosas que no han sido liberadas en nuestra alma, “Sálvame, ayúdame, libérame”. Esta es una hermosa oración al Señor. Dios espera ese grito porque puede y quiere romper nuestras cadenas; Dios no nos ha llamado a la vida para estar oprimido, sino para ser libres y vivir con gratitud, obedeciendo con alegría a Aquel que nos ha dado tanto, infinitamente más de lo que nosotros podremos darle. Es hermoso esto ¡Que Dios sea siempre bendito por todo lo que ha hecho, lo que hace y lo que hará en nosotros!