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domingo, 24 de julio de 2016

BEATIFICACIÓN DE LOS SIERVOS DE DIOS JOSÉ APARICIO SANZ Y 232 COMPAÑEROS MÁRTIRES EN ESPAÑA (HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II) 11032001

BEATIFICACIÓN DE LOS SIERVOS DE DIOS
JOSÉ APARICIO SANZ Y 232 COMPAÑEROS MÁRTIRES EN ESPAÑA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 11 de marzo de 2001

Amados hermanos y hermanas:
1. "El Señor Jesucristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa" (Flp 3,21). Estas palabras de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos recuerdan que nuestra verdadera patria está en el cielo y que Jesús transfigurará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso como el suyo. El Apóstol comenta así el misterio de la Transfiguración del Señor que la Iglesia proclama en este segundo domingo de Cuaresma. En efecto, Jesús quiso dar un signo y una profecía de su Resurrección gloriosa, en la cual nosotros estamos llamados también a participar. Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.
Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte. La vida de los santos y el testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres "transfigurados"? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.
2. Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos.
La lista de los que hoy suben a la gloria de los altares por haber confesado su fe y dado su vida por ella es numerosa. Hay treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida.
Los testimonios que nos han llegado hablan de personas honestas y ejemplares, cuyo martirio selló unas vidas entretejidas por el trabajo, la oración y el compromiso religioso en sus familias, parroquias y congregaciones religiosas. Muchos de ellos gozaban ya en vida de fama de santidad entre sus paisanos. Se puede decir que su conducta ejemplar fue como una preparación para esa confesión suprema de la fe que es el martirio.
¿Cómo no conmovernos profundamente al escuchar los relatos de su martirio? La anciana María Teresa Ferragud fue arrestada a los ochenta y tres años de edad junto con sus cuatro hijas religiosas contemplativas. El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, pidió acompañar a sus hijas al martirio y ser ejecutada en último lugar para poder así alentarlas a morir por la fe. Su muerte impresionó tanto a sus verdugos que exclamaron: "Esta es una verdadera santa". No menos edificante fue el testimonio de los demás mártires, como el joven Francisco Alacreu, de veintidós años, químico de profesión y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia. O también el neosacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, que fue fusilado sólo dos meses después de haber celebrado su Primera Misa, después de sufrir un sinfín de humillaciones y malos tratos.
3. ¡Cuántos ejemplos de serenidad y esperanza cristiana! Todos estos nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado con la persecución religiosa y el estallido de la guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el siglo XX. En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la Iglesia. Los nuevos beatos que hoy suben a los altares no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron entrar en ellas. Bien lo sabéis muchos de vosotros que sois familiares suyos y hoy participáis con gran alegría en esta beatificación. Ellos murieron únicamente por motivos religiosos. Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia.
¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos!
4. Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.
Al inicio del tercer milenio, la Iglesia que camina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de tantos mártires. Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos! (Tertuliano, Apol., 50,13: CCL 1,171). Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis para ello con la ayuda inigualable de vuestros mártires. Acordaos de su valor, "fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre" (Hb 13,7-8).
5. Deseo confiar a la intercesión de los nuevos beatos una intención que lleváis profundamente arraigada en vuestros corazones: el fin del terrorismo en España. Desde hace varias décadas estáis siendo probados por una serie horrenda de violencias y asesinatos que han causado numerosas víctimas y grandes sufrimientos. En la raíz de tan lamentables sucesos hay una lógica perversa que es preciso denunciar. El terrorismo nace del odio y a su vez lo alimenta, es radicalmente injusto e acrecienta las situaciones de injusticia, pues ofende gravemente a Dios y a la dignidad y los derechos de las personas. ¡Con el terror, el hombre siempre sale perdiendo! Ningún motivo, ninguna causa o ideología pueden justificarlo. Sólo la paz construye los pueblos. El terror es enemigo de la humanidad.
6. Amados en el Señor, también a nosotros la voz del Padre nos ha dicho hoy en el Evangelio: "Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle" (Lc 9,35). Escuchar a Jesús es seguirlo e imitarlo. La cruz ocupa un lugar muy especial en este camino. Entre la cruz y nuestra transfiguración hay una relación directa. Hacernos semejantes a Cristo en la muerte es la vía que conduce a la resurrección de los muertos, es decir, a nuestra transformación en Él (cf. Flp 3,10-11). Ahora, al celebrar la Eucaristía, Jesús nos da su cuerpo y su sangre, para que en cierto modo podamos pregustar aquí en la tierra la situación final, cuando nuestros cuerpos mortales sean transfigurados a imagen del cuerpo glorioso de Cristo.
Que María, Reina de los mártires, nos ayude a escuchar e imitar a su Hijo. A Ella, que acompañó a su divino Hijo durante su existencia terrena y permaneció fiel a los pies de la Cruz, le pedimos que nos enseñe a ser fieles a Cristo en todo momento, sin decaer ante las dificultades; nos conceda la misma fuerza con que los mártires confesaron su fe. Al invocarla como Madre, imploro sobre todos los aquí presentes, así como sobre vuestras familias los dones de la paz, la alegría y la esperanza firme.
               


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CANONIZACIÓN DE LA BEATA CUNEGUNDA HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II (16 de junio de 1999)

  VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
CANONIZACIÓN DE LA BEATA CUNEGUNDA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Miércoles 16 de junio de 1999

1. «Los santos no pasan. Los santos viven de los santos y tienen sed de santidad».
Queridos hermanos y hermanas, hace casi treinta y tres años pronuncié esas palabras en Stary Sacz, durante las celebraciones del milenario. Lo hice refiriéndome a una circunstancia particular. A pesar del mal tiempo, habían llegado a esa ciudad los habitantes de la tierra de Sacz y de sus alrededores, y toda la gran asamblea del pueblo de Dios, bajo la presidencia del cardenal primado Stefan Wyszynski y del obispo de Tarnów, Jerzy Ablewicz, oraba a Dios por la canonización de la beata Cunegunda. Por tanto, ¡cómo no repetir esas palabras el día en que, por disposición de la divina Providencia, se me concede realizar su canonización, como hace dos años pude proclamar santa a la reina Eduvigis, señora de Wawel! Ambas llegaron hasta nosotros desde Hungría; entraron en nuestra historia y permanecieron en la memoria de la nación. Al igual que Eduvigis, también Cunegunda resistió a la ley inexorable del tiempo, que todo lo borra. Han pasado los siglos, y el esplendor de su santidad no sólo no se ha apagado; al contrario, brilla aún más para las generaciones que se suceden. No han olvidado a esta hija del rey húngaro, la princesa de Malopolska, fundadora y monja del convento de Sacz. Y este día de su canonización es una magnífica prueba de ello. ¡Sea alabado Dios en sus santos!
2. Antes de recorrer espiritualmente el camino de la santidad de la princesa Cunegunda, para dar gracias a Dios por la obra de su gracia, quiero saludar a todos los que se han reunido aquí y a toda la Iglesia de la hermosa tierra de Tarnów, a su obispo Wiktor Skworc y a los obispos auxiliares Wladyslaw Bobowski y Jan Styrna, así como al querido obispo emérito Piotr Bednarczyk. Saludo a los obispos húngaros, particularmente al primado, cardenal László Paskai, o.f.m., así como al presidente de la República de Hungría, señor Arpad Göncz, y a las personas de su séquito. Saludo a todos los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, y en particular a las clarisas. Dirijo un cordial saludo a los habitantes de Stary Sacz. Sé que esta ciudad es famosa por su devoción a santa Cunegunda. Toda vuestra ciudad parece ser su santuario. Saludo también a Nowy Sacz, una ciudad que siempre me ha admirado por su belleza y su buen funcionamiento. Abrazo en mi corazón a toda la comunidad diocesana, a todas las familias, a las personas solas, a todos los enfermos, así como a los que participan en esta liturgia a través de la radio y la televisión. Que esté con vosotros toda gracia de Aquel que es fuente y fin de toda nuestra santidad.
3. «Los santos viven de los santos».
En la primera lectura hemos escuchado un anuncio profético: «Brillará una luz espléndida hasta los confines de la tierra. Vendrán a ti de lejos pueblos numerosos, y los habitantes de todos los confines del mundo vendrán a la morada de tu santo nombre» (Tb 13, 11).
Estas palabras del profeta se refieren ante todo a Jerusalén, la ciudad marcada por la presencia particular de Dios en su templo. Sin embargo, sabemos que desde que Cristo, mediante su muerte y su resurrección, «no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero (templo), sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Hb 9, 24), esta profecía se cumple en todos los que siguen a Cristo por el mismo camino hacia el Padre. De ahora en adelante ya no será la luz del templo de Jerusalén, sino el esplendor de Cristo, que ilumina a los testigos de su resurrección, el que atraerá hacia la morada del santo nombre de Dios a las numerosas naciones y a los habitantes de todos los confines de la tierra.
Santa Cunegunda, ya desde su nacimiento, había experimentado de modo admirable esta salvífica irradiación de la santidad, pues vino al mundo en la familia real húngara de Bela IV, de la dinastía de los Árpades. Esta estirpe real cultivaba con gran fervor la vida de fe y dio grandes santos. De ella proceden san Esteban, el patrono principal de Hungría, y su hijo san Emerico. Un lugar especial entre los santos de la familia de los Árpades lo ocupan las mujeres: santa Ladislaa, santa Isabel de Turingia, santa Eduvigis de Silesia, santa Inés de Praga y, por último, las hermanas de Cunegunda: santa Margarita y la beata Yolanda. ¿No es evidente que la luz de la santidad de la familia llevó a Cunegunda a la morada del santo nombre de Dios? ¿Podía no dejar huella en su alma el ejemplo de sus santos padres, hermanos, hermanas y parientes?
La semilla de la santidad sembrada en el corazón de Cunegunda en su casa paterna encontró en Polonia una buena tierra para desarrollarse. Cuando, en 1239, llegó primero a Wojnicz, y luego a Sandomierz, entabló una cordial relación con la madre de su futuro esposo, Grzymis³awa, y con su hija Salomé. Ambas se distinguían por una profunda religiosidad, por una vida ascética y por un gran amor a la oración, a la lectura de la sagrada Escritura y de las vidas de los santos. Su cordial compañía, especialmente en los primeros y difíciles años de su estancia en Polonia, ejerció gran influjo en Cunegunda. El ideal de santidad maduró cada vez más en su corazón. Buscando modelos para imitar que respondieran a su rango, eligió como patrona especial a su santa parienta la princesa Eduvigis de Silesia. Asimismo, quiso indicar a Polonia un santo que pudiera llegar a ser para todos los Estados y para todas las regiones un maestro de amor a la patria y a la Iglesia. Por eso, junto con el obispo de Cracovia, Pandota de Bialaczew, puso gran empeño en promover la canonización del mártir de Cracovia obispo Stanislaw de Szczepanów. Indudablemente ejercieron gran influjo en su espiritualidad san Jacinto, que vivió en aquel tiempo, el beato Sadok, la beata Bronis³awa, la beata Salomé, la beata Yolanda, hermana de Cunegunda, y todos los que formaron un ambiente particular de fe en la Cracovia de entonces.
4. Al hablar hoy de la santidad, del anhelo de santidad y de su consecución, convendría preguntarse: ¿cómo hay que formar ambientes que favorezcan esa aspiración? ¿Qué es preciso hacer para que la familia, la escuela, el lugar de trabajo, la oficina, las aldeas, las ciudades y, por último, el país entero, se conviertan en una morada de santos, que influyan mediante su bondad, su fidelidad a la doctrina de Cristo, su testimonio de vida diaria, alimentando el crecimiento espiritual de todo hombre?
Santa Cunegunda y todos los santos y los beatos del siglo XIII responden: hace falta el testimonio. Hace falta valentíapara no poner la fe bajo el celemín. Hace falta, por último, que en el corazón de los creyentes reine el anhelo de santidad, que no sólo forma parte de la vida privada, sino que también influye en toda la sociedad.
En la Carta a las familias escribí que «a través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad. (...) La familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la familia está confiado el cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas del bien, cuya fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre. Es preciso que dichas fuerzas sean tomadas como propias por cada núcleo familiar, para que, como se dijo con ocasión del milenio del cristianismo en Polonia, la familia sea iefuerte de Diosl.» (n. 23).
Hoy, basándome en la experiencia perenne de santa Cunegunda, repito esas palabras aquí, entre los habitantes de la tierra de Sacz, los cuales durante siglos, a menudo a costa de renuncias y sacrificios, dieron prueba de solicitud por la familia y de gran amor a la vida familiar. Juntamente con la patrona de esta tierra, pido a todos mis compatriotas: que la familia polaca mantenga su fe en Cristo. Perseverad con firmeza al lado de Cristo, para que él permanezca en vosotros. No permitáis que en vuestro corazón, en el corazón de los padres y madres, de los hijos e hijas, se apague la luz de la santidad. Que el esplendor de la santidad forme a las futuras generaciones de santos para gloria del nombre de Dios.Tertio millennio adveniente.
Queridos hermanos y hermanas, no tengáis miedo de aspirar a la santidadNo tengáis miedo de ser santos. Procurad que el siglo que está a punto de terminar y el nuevo milenio sea una era de santos.
5. «Los santos tienen sed de santidad». Esta sed fue viva en el corazón de Cunegunda. Con ese anhelo, meditaba las palabras de san Pablo que acabamos de escuchar en la liturgia de hoy: «Acerca de la virginidad no tengo precepto del Señor. No obstante, doy un consejo, como quien, por la misericordia de Dios, es digno de crédito. Por tanto, pienso que es cosa buena, a causa de la necesidad presente, quedarse el hombre así» (1 Co 7, 25-26). Inspirada por esas palabras, quiso consagrarse a Dios con todo su corazón mediante el voto de virginidad. Por eso cuando, por las circunstancias históricas, se vio obligada a casarse con el príncipe Boleslao, lo convenció a llevar una vida virginal para gloria de Dios y, después de una prueba de dos años, ambos esposos hicieron voto de castidad perpetua en manos del obispo Prandota.
Este estilo de vida, hoy tal vez difícil de entender, pero profundamente arraigado en la tradición de la Iglesia primitiva, dio a santa Cunegunda la libertad interior gracias a la cual pudo preocuparse, con dedicación total, ante todo de las cosas del Señor, llevando una profunda vida religiosa. Hoy releemos este gran testimonio. Santa Cunegunda enseña que tanto el matrimonio como la virginidad, si se viven en unión con Cristo, pueden transformarse en camino de santidad. Hoy santa Cunegunda se nos presenta como defensora de esos valores. Nos recuerda que, en ninguna circunstancia, el valor del matrimonio, la unión indisoluble de amor de dos personas, puede ser puesta en tela de juicio. A pesar de las posibles dificultades, no se puede renunciar a la defensa de este amor original, que ha unido a dos personas y que es bendecido incesantemente por Dios. El matrimonio es un camino de santidad, incluso cuando resulta un vía crucis.
Las paredes del convento de Stary Sacz, construido por iniciativa de santa Cunegunda y en el que concluyó su vida, parecen testimoniar lo mucho que apreciaba la castidad y la virginidad, considerando con razón ese estado como un don extraordinario, gracias al cual la persona experimenta de modo especial su libertad. Y esa libertad interior puede convertirse en lugar de encuentro con Cristo y con el hombre en el camino de la santidad. Ante este convento, juntamente con santa Cunegunda, os pido en particular a vosotros, jóvenes: defended vuestra libertad interior. Que una falsa vergüenza no os impida cultivar la castidad. Que los muchachos y muchachas llamados por Cristo a conservar la virginidad a lo largo de toda la vida sepan que se trata de un estado privilegiado, a través del cual se manifiesta de un modo muy claro la acción y la fuerza del Espíritu Santo.
Hay otra característica del espíritu de santa Cunegunda, vinculada a su anhelo de santidad. Como princesa, supo ocuparse de las cosas del Padre también en este mundo. Al lado de su marido participó en el gobierno, demostrando firmeza y valentía, generosidad y solicitud por el bien del país y de sus súbditos. Durante las turbulencias que tuvieron lugar en el interior del Estado, durante la lucha por el poder en un reino dividido en regiones, durante las devastadoras invasiones de los tártaros, santa Cunegunda supo afrontar las necesidades del momento. Con gran celo trató de promover la unidad de la herencia de los Piast y, para que el país resurgiera de las ruinas, no dudó en dar todo lo que había recibido de su padre como dote.
A su nombre están vinculadas las minas de sal gema de Wieliczka y de Bochnia, cerca de Cracovia. Pero, sobre todo, tenía siempre presente las necesidades de sus súbditos. Lo confirman sus antiguas biografías, testimoniando que el pueblo la llamaba: «consoladora», «médico», «nutricia» y «santa madre». Renunciando a la maternidad natural, se convirtió en verdadera madre de muchos.
También se interesó por el desarrollo cultural de la nación. A su persona y al convento local está vinculado el nacimiento de verdaderos monumentos de la literatura, como el primer libro escrito en lengua polaca: Zoltarz Dawidów (Salterio de David).
Todo ello es fruto de su santidad. Y hoy, cuando nos preguntamos cómo aprender a ser santos y cómo realizar la santidad, santa Cunegunda nos responde: es preciso ocuparse de las cosas del Señor en este mundo. Ella testimonia que el cumplimiento de esa tarea consiste en un esfuerzo incesante por conservar la armonía entre la fe profesada y la vida. El mundo de hoy necesita la santidad de los cristianos, que en las condiciones ordinarias de vida familiar y profesional cumplen sus deberes diarios; y que, con el deseo de hacer la voluntad del Creador y servir cada día a los hombres, responden a su amor eterno. Eso atañe a los diversos sectores de la vida, como la política, la actividad económica, social y legislativa (cf. Christifideles laici, 42). Que no falte en estos campos el espíritu de servicio, la honradez, la verdad, la solicitud por el bien común, incluso a precio de una generosa renuncia a lo propio, a ejemplo de la santa princesa de estas tierras. Que en estos sectores no falte tampoco la sed de santidad, conseguida mediante el servicio realizado con competencia y espíritu de amor a Dios y al prójimo.
6. «Los santos no pasan». Al contemplar la figura de santa Cunegunda, surge un interrogante esencial: ¿Qué es lo que la convierte en una figura que, en cierto sentido, no pasa? ¿Qué le permitió sobrevivir en la memoria de los polacos y, particularmente, en la de la Iglesia? ¿Cuál es el nombre de esa fuerza que resiste a la ley inexorable del «todo pasa»? El nombre de esa fuerza es el amor. El evangelio de hoy, que nos presenta el pasaje de las vírgenes prudentes, habla precisamente del amor. Cunegunda fue ciertamente una de ellas. Como ellas salió al encuentro del Esposo divino. Como ellas veló con la lámpara del amor encendida, para no perder el momento de la venida del Esposo. Como ellas, se encontró con él mientras estaba llegando y fue invitada a participar en el banquete de bodas. El amor del Esposo divino en la vida de la princesa Cunegunda se manifestó con numerosos actos de amor al prójimo. Fue precisamente ese amor el que hizo que el paso del tiempo, al que está sujeto todo hombre en la tierra, no borrara su memoria. Después de muchos siglos, hoy lo expresa la Iglesia en Polonia.
«Los santos viven de los santos y tienen sed de santidad». Repito una vez más estas palabras aquí, en la tierra de Sacz. Cunegunda la recibió como regalo a cambio de la dote que destinó a socorrer al país y esta tierra nunca ha dejado de ser su herencia particular. Ella siempre cuida del pueblo fiel que vive aquí. ¡Cómo no darle gracias por proteger a las familias, especialmente a las muchas familias numerosas, hacia las que sentimos gran admiración y respeto! ¡Cómo no darle gracias porque obtiene para esta comunidad eclesial el don de tantas vocaciones sacerdotales y religiosas! ¡Cómo no darle gracias porque hoy nos hallamos reunidos aquí, uniendo nuestra oración, hermanos y hermanas de Hungría, de la República checa, de Eslovaquia, de Ucrania, renovando la tradición de la unidad espiritual, que ella misma formó con tanto esmero!
Llenos de gratitud, alabamos a Dios por el don de la santidad de la señora de esta tierra y le pedimos que el esplendor de esta santidad prosiga en todos nosotros. Que, en el nuevo milenio, esta magnífica luz se irradie hasta los últimos confines de la tierra, para que vengan de lejos a la morada de su santo nombre (cf. Tb 13, 13) y vean su gloria.
«Los santos no pasan». Los santos invocan la santidad.
Santa Cunegunda, señora de esta tierra, alcánzanos la gracia de la santidad.




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jueves, 24 de marzo de 2016

MISA DE BEATIFICACIÓN DE MARÍA BERNARDINA JABŁOŃSKA Y MARÍA KARŁOWSKA HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
MISA DE BEATIFICACIÓN DE MARÍA BERNARDINA JABŁOŃSKA
Y MARÍA KARŁOWSKA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 

Zakopane, viernes 6 de junio de 1997

1. Nos encontramos hoy en esta gran asamblea litúrgica al pie de la cruz, en el monte Giewont, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Doy gracias a la divina Providencia porque me permite celebrar esta solemnidad en la patria —bajo la «Krokiew», en la tierra de Podhale— con vosotros, que en vuestra religiosidad conserváis fielmente la veneración al misterio del Corazón de Jesús. La Iglesia en Polonia ha dado una gran contribución a la introducción de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús en el calendario litúrgico. Era expresión de un profundo deseo de que se multiplicaran los magníficos frutos producidos por esa devoción en la vida de los fieles en toda la Iglesia. Y así sucedió.
¡Cuán agradecidos deberíamos estar con Dios por todas las gracias que experimentamos por mérito del Corazón de su Hijo! ¡Cuánto le debemos agradecer este encuentro! Lo hemos esperado durante mucho tiempo. Desde hacía mucho tiempo, habíais invitado al Papa en diversas ocasiones, especialmente durante vuestras frecuentes peregrinaciones a la ciudad eterna. Seguramente recordáis que os decía entonces que había que tener paciencia, que era necesario encomendar mi visita a Zakopane a la divina Providencia. Durante mi peregrinación a Eslovaquia, en Levoča leí el cartel que habíais preparado: «¡Zakopane te espera! ¡Zakopane te da la bienvenida! ». Y hoy podemos decir que Zakopane ha logrado hacer realidad su deseo, y yo también.Dios lo ha dispuesto así, y la Virgen de Levoča ha traído al Papa a Zakopane.
Os saludo a todos, especialmente a vosotros, habitantes de Zakopane. Saludo a los montañeses de Podhale, tan queridos a mi corazón. Saludo en particular al señor cardenal Franciszek; al obispo de Torun, que hoy se alegra aquí por la beatificación de su diocesana; a todos los obispos polacos, encabezados por el cardenal primado; y a todos los obispos extranjeros que participan en esta celebración. Saludo al clero, a las religiosas y, especialmente, a las religiosas Albertinas y a las religiosas Pastorcitas, para quienes este día tiene una elocuencia particular.
Saludo al alcalde de Zakopane y a las autoridades locales de Podhale. Agradezco este importante homenaje de Podhale, siempre fiel a la Iglesia y a la patria. ¡Se puede contar siempre con vosotros! Demos gracias a Dios por este día, en que ha actuado en nuestro favor. Queridos hermanos y hermanas, con espíritu de gratitud quiero meditar con vosotros en el gran misterio del Sagrado Corazón de Jesús. Es conveniente que lo hagamos en el itinerario de mi peregrinación, con ocasión del Congreso eucarístico de Wrocław. En efecto, toda la devoción al Corazón de Jesús y todas sus manifestaciones son profundamente eucarísticas.
2. «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37). Son palabras que acabamos de escuchar. Con esta cita profética, san Juan termina su descripción de la pasión y la muerte de Cristo en la cruz. Gracias a ella sabemos que el Viernes santo, antes de la fiesta de la Parasceve, los judíos pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y retiraran sus cuerpos (cf. Jn 19, 31). Así hicieron los soldados con los dos malhechores crucificados con Jesús. «Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 33-34). Era la prueba de su muerte. Los soldados podían asegurar a Pilato que Jesús de Nazaret había muerto. Pero san Juan evangelista ve aquí la necesidad de un testimonio particular. Escribe así: «El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido» (Jn 19, 35). Y, al mismo tiempo, afirma que al traspasar el costado de Cristo, se cumplió la Escritura, que dice: «No se le quebrará hueso alguno» y también: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 36-37).
En este pasaje evangélico se basa toda la tradición de la devoción al Sagrado Corazón. Se desarrolló de modo particular desde el siglo XVII, en relación con las revelaciones a santa Margarita María de Alacoque, mística francesa. Nuestro siglo es testigo de un intenso desarrollo de la devoción al Corazón de Jesús, como atestiguan las magníficas «Letanías del Sagrado Corazón de Jesús » así como el «Acto de consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús» y el «Acto de reparación al Sagrado Corazón de Jesús». Todo esto ha impregnado profundamente nuestra piedad polaca y forma parte de la devoción de muchos fieles que sienten la necesidad de reparación al Corazón de Jesús por los pecados de la humanidad y también de las naciones, de las familias y de las personas.
3. «Mirarán al que traspasaron»: estas palabras orientan nuestra mirada hacia la santa cruz, hacia el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la Salvación del mundo. «Pues la predicación de la cruz es necedad para el mundo; mas para nosotros, es fuerza de Dios» (cf. 1 Co 1, 18). Esto lo comprendieron bien los habitantes de Podhale. Cuando terminaba el siglo XIX y empezaba el nuevo, vuestros padres pusieron una cruz en la cima de Giewont. Está allí y allí permanece. Es un testigo mudo, pero elocuente, de nuestro tiempo. Se puede decir que esta cruz jubilar mira hacia Zakopane y Cracovia y, más allá, hacia Varsovia y Gdansk. Abraza toda nuestra tierra, desde los montes Tatra hasta el Báltico.
Vuestros padres querían que la cruz de Cristo reinara de modo particular en este hermoso rincón de Polonia. Y así sucedió. Se puede decir que vuestra ciudad se ha extendido al pie de la cruz; tanto Zakopane como Podhale viven y se desarrollan en su radio. Lo demuestran a lo largo de los caminos las capillas tan hermosas, esculpidas y conservadas con cuidado. Este Cristo os acompaña en vuestro trabajo diario, o en el itinerario de vuestros paseos por las montañas. Hablan de él las iglesias de esta ciudad, sea las antiguas y monumentales, que encierran todo el misterio de la fe y la piedad humana, sea las recientes, que han surgido gracias a vuestra generosidad, como por ejemplo la iglesia parroquial de la Santa Cruz, en la parroquia de la Virgen de Fátima, que nos acoge.
Queridos hermanos y hermanas, no os avergoncéis de esta cruz. Tratad de aceptarla cada día y de corresponder al amor de Cristo. Defended la cruz, no permitáis que se ofenda el nombre de Dios en vuestro corazón, en la vida familiar o social. Demos gracias a la divina Providencia porque el crucifijo ha vuelto a las escuelas, a las oficinas públicas y a los hospitales. ¡Ojalá que permanezca allí! Que nos recuerde nuestra dignidad cristiana y también la identidad nacional, lo que somos, a dónde vamos y dónde están nuestras raíces. Que nos recuerde el amor de Dios al hombre, que en la cruz encontró su más profunda expresión.
El amor se asocia siempre al corazón. El Apóstol lo asoció precisamente al Corazón que fue traspasado por la lanza del centurión en el Gólgota. En ese gesto se reveló hasta el fondo el amor con que el Padre amó al mundo. Lo amó tan intensamente, «que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). En ese corazón traspasado encontró su expresión externa la dimensión del amor que es más grande que cualquier amor creado. En él se manifestó el amor salvífico y redentor. El Padre dio «a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Por eso, san Pablo escribe: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 14-15), las doblo para expresarle mi agradecimiento por la revelación de su amor, que manifestó en la muerte redentora de su Hijo. Al mismo tiempo, doblo mis rodillas para que Dios «os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16). El corazón es, precisamente, «el hombre interior»Para el Apóstol, el Corazón del Hijo de Dios se transforma en fuente de fuerza para todos los corazones humanos. Todo esto se ha expresado magníficamente en muchas invocaciones de las «Letanías del Sagrado Corazón de Jesús».
4. El Corazón de Jesús se convirtió en fuente de fuerza para las dos mujeres que la Iglesia eleva hoy a la gloria de los altares. Gracias a esa fuerza, alcanzaron la cima de la santidad. María Bernardina Jabłonska, hija espiritual de san Alberto Chmielowski, colaboradora y continuadora de su obra de misericordia, viviendo la pobreza se consagró al servicio de los más pobres. La Iglesia nos pone hoy como ejemplo a esta religiosa piadosa, cuyo lema de vida eran las palabras: «Dar, eternamente dar». Con su mirada fija en Cristo, lo seguía fielmente, imitándolo en el amor. Quería escuchar toda petición de su prójimo, enjugar toda lágrima, y consolar, por lo menos con la palabra, a toda alma que sufría. Quería ser siempre buena con todos, pero más aún con los más probados por el destino. Solía decir: «El dolor de mi prójimo es mi dolor». Junto con san Alberto fundó hospicios para los enfermos y para los que habían quedado sin hogar a causa de la guerra.
Ese amor grande y heroico maduraba en la oración y en el silencio de la cercana ermita de Kalatówki, donde vivió durante algún tiempo. En los momentos más difíciles de su vida, en sintonía con las recomendaciones de quien la dirigía espiritualmente, se encomendaba al Sagrado Corazón de Jesús. A él le ofrecía todo lo que poseía, y especialmente sus sufrimientos interiores y sus dolores físicos. ¡Todo por amor a Cristo! Como superiora general de la congregación de las religiosas Siervas de los Pobres de la tercera orden de san Francisco, las Albertinas, daba continuamente a sus religiosas ejemplo del amor que brota de la unión del corazón humano con el Sagrado Corazón del Salvador. El Corazón de Jesús era su consuelo en el heroico servicio a los más necesitados.
Es conveniente que su beatificación se realice en Zakopane, porque es una santa de Zakopane. Aunque no nació en este lugar, aquí se desarrolló espiritualmente para alcanzar la santidad a través de la experiencia eremítica de fray Alberto, en los montes Kalatówki.
Al mismo tiempo, en los territorios ocupados por Prusia, otra mujer, María Karłowska, desempeñaba una actividad de auténtica samaritana entre las mujeres que sufrían una gran miseria material y moral. Su santo celo atrajo en seguida a un grupo de discípulas de Cristo, con quienes fundó la congregación de las religiosas Pastorcitas de la Divina Providencia. Estableció para ella y para sus religiosas la siguiente finalidad: «Debemos anunciar el Corazón de Jesús, es decir, vivir de él y en él y para él, de modo que lleguemos a ser semejantes a él y que él sea más visible en nuestra vida que nosotras mismas». Su entrega al Sagrado Corazón del Salvador dio como fruto un gran amor a los hombres. Sentía una insaciable hambre de amor. Según la beata María Karłowska, un amor de este tipo nunca dirá basta, nunca se detendrá en el camino. Era precisamente esto lo que le sucedía, porque estaba impulsada por la corriente del amor del divino Paráclito. Gracias a ese amor, devolvió a muchas almas la luz de Cristo y les ayudó a recuperar la dignidad perdida.
También es conveniente que su beatificación se realice en Zakopane, porque la cruz de Giewont mira a toda Polonia, mira hacia el norte, hacia la Pomerania y la ciudad de Płock, mira hacia todos los lugares donde viven los frutos de su santidad, sus religiosas y su servicio a los necesitados.
Queridos hermanos y hermanas, estas dos religiosas heroicas, al realizar sus obras santas en condiciones muy difíciles,manifestaron con plenitud la dignidad de la mujer y la grandeza de su vocación. Manifestaron el «genio femenino », que se revela mediante una profunda sensibilidad ante el sufrimiento humano, mediante la delicadeza, la apertura y la disponibilidad a ayudar y también mediante otras cualidades propias del corazón femenino. A menudo se manifiesta sin clamor y, por eso, a veces lo subestiman. ¡Cuánto lo necesita el mundo actual y nuestra generación! ¡Cuánta necesidad hay de esta sensibilidad femenina en las cosas de Dios y de los hombres, para que nuestras familias y toda la sociedad tengan afecto cordial, benevolencia, paz y alegría! ¡Cuán necesario resulta este «genio femenino», para que el mundo actual aprecie el valor de la vida, de la responsabilidad y de la fidelidad; para que conserve el respeto a la dignidad humana! En efecto, Dios, en su designio eterno, atribuyó un lugar determinado a la mujer, creando al ser humano «varón y mujer», a su «imagen y semejanza».
5. En la carta a los Efesios, san Pablo hace casi una confesión personal. Escribe: «A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas» (Ef 3, 8-9). Así pues, por medio del Corazón de Jesús crucificado y resucitado, leemos el plan eterno de Dios para la salvación del mundo. En cierto sentido, el Corazón divino se transforma en el centro de este plan, que es misterioso y da la vida. En él se realiza este plan. Como escribe el Apóstol: «Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada (...), mediante la Iglesia, conforme al previo designio eterno que [Dios] realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro, quien, mediante la fe en él, nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios» (Ef 3, 10-12).
Todo está contenido aquí. Cristo es el cumplimiento del designio divino del amor redentor. En virtud de este plan, como criatura con respecto a su Creador, sino también como hijo con respecto a su Padre. Por tanto, el cristianismo significa una nueva creación, una nueva vida, la vida en Cristo, mediante la cual el hombre puede decir a Dios: ¡Abbá, Padre mío, Padre nuestro! Por consiguiente, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es, en cierto sentido, un magnífico complemento de la Eucaristía, y por eso la Iglesia, guiada por una profunda intuición de fe, celebra esta fiesta del Corazón divino al día siguiente de la conclusión de la octava del Corpus Christi.
Te alabamos, Cristo, nuestro Salvador, porque de tu Corazón ardiente de amor derramas sobre nosotros los manantiales de gracias. Te agradecemos estas gracias, mediante las cuales multitudes de santos y beatos han podido llevar al mundo el testimonio de tu amor. Te damos gracias por las beatas religiosas María Bernardina y María, que en tu Corazón amoroso encontraron la fuente de su santidad.
Sagrado Corazón de Jesús, ¡ten piedad de nosotros!
Corazón de Jesús, Hijo del Padre eterno; Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre; Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios; Corazón de Jesús, en quien residen todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ¡ten piedad de nosotros!
* * *
Después de impartir la bendición, Su Santidad añadió:
«Hoy he dado gracias a Dios por la cruz que vuestros padres alzaron en el monte Giewont. Esa cruz mira a Polonia entera, desde los montes Tatra hasta el Báltico, diciendo: “Sursum corda!”: ¡Arriba los corazones!, a fin de que toda Polonia, mirando a la cruz de Giewont, pueda escuchar y repetir: “Sursum corda”. ¡Arriba los corazones! Amén»




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lunes, 25 de enero de 2016

BEATIFICACIÓN DE 5 SIERVOS DE DIOS (Manuel Domingo y Sol).HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II (29031987)


BEATIFICACIÓN DE 5 SIERVOS DE DIOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 29 de marzo de 1987

Venerables hermanos en el Episcopado,
amadísimos hijos e hijas:
1. “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue –dice el Señor– tendrá la luz de la vida” (Jn 8 12).
En el camino de la Cuaresma, las lecturas bíblicas de este cuarto domingo recuerdan, de un modo particular, la preparación al bautismo, que los catecúmenos solían recibir en la noche santa de la vigilia de la Pascua. E1 período de los cuarenta días anteriores a la Pascua era, en la Iglesia primitiva, un tiempo de catecumenado particularmente intenso. Y así sucede también hoy, especialmente en las Iglesias jóvenes y en las misiones.
La curación del ciego de nacimiento, descrita con todo detalle en el evangelio de San Juan, se refleja, como sabemos, en la liturgia sacramental del bautismo. El hombre, que nace con la herencia del pecado original, debe ser conducido a la Luz que es Cristo. En realidad, todo el pasaje de la donación de la vista a un ciego de nacimiento es, en cierto modo, el comentario mas explícito a las palabras de Cristo: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue... tendrá la luz de la vida” (Jn 8 12).
2. Hoy, cuarto domingo de cuaresma, elevamos a la gloria de los Beatos a tres hijas del Carmelo: Sor María Pilar de San Francisco de Boria, Sor María Ángeles de San José y Sor Teresa del Niño Jesús, así como a otros dos hijos de la Iglesia en España: el Cardenal Marcelo Spínola y Maestre, y el sacerdote Manuel Domingo y Sol. La santidad de los Siervos y Siervas de Dios es precisamente un fruto particular de la gracia bautismal. Mediante esa santidad se manifiesta, de un modo excepcional, la fuerza salvífica del misterio pascual, la fuerza de la redención, el poder del Espíritu Santo y santificante, por medio de la cruz y de la resurrección de Cristo Señor.
Los Siervos de Dios, que la Iglesia declara hoy dignos de la gloria de los altares, se abrieron particularmente a esta Luz del mundoque es Cristo. Y de modo particular lo han seguido, caminando a través de la fe, a la luz de la vida eterna. Este camino de perseverancia, coronado con el fruto de la santidad de vida, da testimonio del poder sobrenatural del Espíritu, que en la liturgia del bautismo se expresa mediante el rito de la unción. E1 libro de Samuel, nos ha hablado precisamente de esa unción en la primera lectura de esta celebración eucarística.
3. Por eso, al contemplar el camino que se abre en la vida de un cristiano por medio del bautismo, y que le lleva a la santidad en el Señor, la Iglesia, rebosante de confianza, se dirige hoy al Buen Pastor, con las palabras del salmo responsorial:
“El Señor es mi pastor, / nada me falta... / Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre” (Sal 23 [22], 1. 3).
Los Beatos, hijos e hijas de la tierra española, pronuncian hoy, con una especial acción de gracias, las palabras con las que toda la Iglesia expresa su confianza sin límites en Cristo, Buen Pastor. El nos conduce muchas veces con mano firme y segura, a través de caminos difíciles y dolorosos, como lo expresan las siguientes palabras del salmo:
“Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 23 [22], 4).
4. Con estas palabras pudieron dirigirse al Buen Pastor estas tres hijas del Carmelo, cuando les llegó la hora de dar la vida por la fe en el divino Esposo de sus almas. Sí, “Nada temo”. Ni siquiera la muerte. El amor es más grande que la muerte y “Tú vas conmigo”. ¡Tú, el Esposo crucificado! ¡Tú, Cristo, mi fuerza!
Este seguimiento del Maestro, que nos debe llevar a imitarlo hasta dar la vida por su amor, ha sido casi una constante llamada, para los cristianos de los primeros tiempos y de siempre, a dar este supremo testimonio de amor –el martirio– ante todos, especialmente ante los perseguidores. Así la Iglesia, a través de los siglos, ha conservado como un legado precioso las palabras que Cristo dijo: “el discípulo no es más que el maestro” (Mt 10, 24), Y que “si a mí me han perseguido, lo mismo harán con vosotros” (Jn 15, 20).
De este modo vemos que el martirio –testimonio limite en defensa de la fe– es considerado por la Iglesia como un don eximio y como la prueba suprema de amor, mediante la cual un cristiano sigue los mismos pasos de Jesús, que aceptó libremente el sufrimiento y la muerte por la salvación del mundo. Y aunque el martirio sea un don concedido por Dios a unos pocos, sin embargo, todos deben –y debemos– estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres, sobre todo en los periodos de prueba que nunca –incluso hoy día– faltan a la Iglesia. Al honrar a sus mártires, la Iglesia los reconoce, a la vez, como signo de su fidelidad a Jesucristo hasta la muerte, y como signo preclaro de su inmenso deseo de perdón y de paz, de concordia y de mutua comprensión y respeto.
Las tres mártires carmelitas tuvieron, sin duda, muy presentes, como conocemos por sus testimonios, aquellas palabras que dejó escritas su Santa Madre y Doctora de la Iglesia, Teresa de Jesús: “El verdadero religioso... no ha de volver las espaldas a desear morir por él y pasar martirio” (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 12, 2).
En la vida y martirio de Sor María Pilar de San Francisco de Boria, de Sor María Ángeles de San José, y de Sor Teresa del Niño Jesús, resaltan hoy, ante la Iglesia, unos testimonios que debemos aprovechar:
— el gran valor que tiene el ambiente cristiano de la familia, para la formación y maduración en la fe de sus miembros;
— el tesoro que supone para la Iglesia la vida religiosa contemplativa, que se desarrolla en el seguimiento total del Cristo orante y es un signo preclaro del anuncio de la gloria celestial;
— la herencia que deja a la Iglesia cualquiera de sus hijos que muere por su fe, llevando en sus labios una palabra de perdón y de amor a los que no los comprenden y por eso los persiguen;
— el mensaje de paz y reconciliación de todo martirio cristiano, como semilla de entendimiento mutuo, nunca como siembra de odios ni de rencores;
— y una llamada a la heroicidad constante en la vida cristiana, como testimonio valiente de una fe, sin contemporizaciones pusilánimes, ni relativismos equívocos.
La Iglesia honra y venera, a partir de hoy, a estas mártires, agradeciéndoles su testimonio y pidiéndoles que intercedan ante el Señor para que nuestra vida siga cada día más los pasos de Cristo, muerto en la Cruz.
5. Elevamos hoy también a la gloria de los altares el Cardenal Marcelo Spínola y Maestre, que fue obispo de Coria, de Málaga, y luego Arzobispo de Sevilla. Es una ocasión oportuna para agradecer al Señor el testimonio de santidad de los que “puso el Espíritu Santo como guardianes y pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre” (Hch 20, 28).
Al contemplar la vida de este Pastor de la Iglesia, deseo destacar, ante todo, su confianza en el Señor, que fue el lema de su episcopado: “Todo lo puedo en El” (Flp 4, 13). Apoyado en esta confianza logró brillar en aquellas virtudes que constituyen la gloria y corona de un Obispo:
— la heroicidad en el cumplimiento sacrificado de sus deberes episcopales;
— el amor y entrega a los pobres, desde el desprendimiento y la austeridad;
— la preocupación por la formación de los más humildes, que le llevó a fundar la Congregación de “Esclavas del Divino Corazón”, para el apostolado de la educación de la juventud;
— su independencia eclesial, por encima de divisiones y partidos, siendo portador de paz y comprensión, a la vez que defensor de la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión sagrada;
— todo ello alimentado por un amor encendido a Jesucristo, y revestido de una profunda humildad personal.
Los Pastores de la Iglesia debemos ver en el nuevo Beato un ejemplo, un aliento y una esperanza en el ejercicio del ministerio que se nos ha confiado. Por ello el pueblo fiel se alegra al ver hecha una realidad la santidad excelsa de uno de sus abnegados Pastores.
6. Cierra este glorioso grupo de nuevos Beatos el sacerdote de la diócesis de Tortosa, Manuel Domingo y Sol, apellidado con razón por la Iglesia “el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales” (Decr. super virtutibus, die 4 maii 1970: AAS 63 (1971) 156). En efecto, al presentarlo hoy a la Iglesia como un modelo sobresale, por encima de todo, su intenso apostolado en favor de las vocaciones consagradas y especialmente las sacerdotales, a las que dedicó los mejores esfuerzos de su vida.
Esta glorificación debe suponer para los sacerdotes un estímulo para tomar conciencia de cuán importante y fundamental sea este objetivo. La Iglesia necesita más sacerdotes. Pero, a su vez, es propio de la misión sacerdotal, –al participar de la solicitud de toda la Iglesia– buscar entre el pueblo fiel a jóvenes y adultos que, respondiendo generosamente a la llamada de Cristo: “ven y sígueme”, sean acompañados y formados como ministros idóneos para enseñar también a otros (2Tm 2, 2).
Así, la formación de los futuros sacerdotes, que el nuevo Beato llamaba “la llave de la cosecha”, o sea, el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones, sigue siendo en nuestros días el campo predilecto y urgente de la Iglesia y de sus Pastores. El mismo Mosén Sol,–como popularmente es conocido en su patria chica el nuevo Beato–, nos decía que “entre todas las obras de celo no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y buenos sacerdotes a la Iglesia”. Conviene resaltar también en el nuevo Beato su apostolado juvenil, en el que cifró tantas esperanzas para el futuro cristiano de los pueblos, y que sigue siendo hoy una preocupación intensa de la Iglesia.
Tota la tasca apostòlica de Don Manuel té una arrel i una font, des d’on li brollava la força i el sentit de la seva activitat eficaç: el seu esperit eucarístic i reparador, que palesa la seva espiritualitat. Vet aquí l’herència preciosa que va deixar a la seva Germandat de Sacerdots Operaris Diocesans del Cor de Jesús, fundada com una veritable fraternitat sacerdotal, tant en l’estil de vida, com en la forma de treball, per a la millor santificació dels seus membres i la major glòria de Déu.
7. Al venerar hoy a estos dos Pastores, uno Obispo y Cardenal, y el otro sacerdote, me complace señalar cómo ambos se distinguieron por haber puesto la raíz y el cimiento de su intenso ministerio en una profunda vida interior sacerdotal, que es el alma de todo apostolado. Los dos Beatos se distinguieron por su amor ardiente e íntimo a Jesucristo en la Eucaristía y al Sagrado Corazón de Jesús. ¡Cuánto hemos de agradecer este ejemplo y cómo hemos de imitarlos los sacerdotes de hoy en nuestra vida ministerial!
La Iglesia se alegra al proclamar a estos cinco nuevos Beatos y da gracias al Señor por su testimonio ejemplar. Por eso pedimos a la Virgen Santísima, Madre del Carmelo, Reina de los Apóstoles y Madre de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,–a la que tanto amaron y veneraron los nuevos Beatos–, que interceda ante al Señor para que conceda a la Iglesia de nuestros días, y en particular a la Comunidad eclesial española:
— nuevos testimonios de generosidad y de firmeza en la fe;
— unos Pastores que, en comunión con el Sucesor de Pedro, sean auténticos maestros de la fe y guías eficaces del Pueblo de Dios;
— un renacer de vocaciones sacerdotales que, como fruto de una sólida vida cristiana en las familias, sepan responder con generosidad a Cristo;
— una vida interior profunda en todas las almas consagradas y en todos los apóstoles de la Iglesia
A vosotras, religiosas de todo el mundo y especialmente de la querida Orden del Carmelo y de la Congregación de Esclavas del Divino Corazón; a vosotros, Obispos, Pastores de la Iglesia, que compartís la tarea de conducir al Pueblo de Dios; a vosotros, sacerdotes, seminaristas y fieles seglares todos, que habéis recibido la influencia del espíritu de Mosén Sol; especialmente a vosotros, sacerdotes y alumnos de la Hermandad de Operarios Diocesanos; a todos os conceda el Señor saber recoger tan grandes ejemplos de virtudes.
8. Cristo, Pastor eterno, es la luz del mundo. El que lo sigue tiene la luz de la vida. Los que siguen a Cristo quedan ellos mismos convertidos en luz, como proclama la carta a los Efesios en la liturgia de hoy.
“En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz; toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz” (Ef 5, 8-9), Esto dice el Apóstol a todos los que, en el sacramento del bautismo, han recibido la participación en la “luz” que es Cristo.
Esto mismo nos repiten también hoy estos nuestros cinco Beatos, hijos e hijas de la Iglesia, que durante tantos siglos, ha producido frutos de fe y santidad en tierras de España. Ellos, que quedaron convertidos, de un modo particular, en “luz en el Señor”, repiten hoy a todos sus hermanos y hermanas de la misma tierra y patria española:
“¡Caminad como hijos de la luz ”
“Bondad, justicia y verdad son frutos de la luz”.
¡Caminad como hijos de la luz!

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