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domingo, 9 de diciembre de 2018

Francisco a la Inmaculada: «Virgen María, permanece cercana a las familias del mundo» 09122018

Francisco a la Inmaculada: «Virgen María, permanece cercana a las familias del mundo»

Francisco ante la Inmaculada, en la Plaza de España
Francisco ante la Inmaculada, en la Plaza de España
El Papa Francisco, en su oración a la Virgen María en la Plaza de España, en la festividad de la Inmaculada, le pidió a la Madre de Dios que se quede cerca de las familias que hoy en Roma, en Italia, y en el mundo entero viven situaciones de indiferencia, rechazo y a veces desprecio. Le pidió que sean tutelados los derechos de las familias, según explica la web de noticias de la Santa Sede
En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, Francisco primeramente se dirigió a la Basílica de Santa María Mayor, para rendir un homenaje a la Virgen Salus Populi Romani. Seguidamente, y como es tradición se dirigió a las cuatro de la tarde a la Plaza de España al acto de oración y homenaje a la Virgen de la Inmaculada. La Plaza de España, lugar donde se encuentra también la embajada española ante la Santa Sede, estaba abarrotada de fieles deseosos de compartir el momento de la oración del Papa y la entrega de la ofrenda floral al monumento de la Inmaculada, que reposa sobre una esbelta columna de aproximadamente 12 metros de altura.
Francisco_en_Santa_MarAa_la_Mayor
Francisco visitó primeramente la Basílica de Santa María la Mayor
Oración del Papa a Nuestra Señora Inmaculada:
“Madre Inmaculada, en el día de tu fiesta, tan querida por el pueblo cristiano,
Vengo a rendirte un homenaje en el corazón de Roma.
En mi corazón traigo a los fieles de esta Iglesia.
y todos los que viven en esta ciudad, especialmente los enfermos.
y cuántos por diferentes situaciones les cuesta salir adelante.
En primer lugar, queremos agradecerte.
Por el cuidado materno con el que nos acompañas en nuestro camino:
¡Cuántas veces oímos, con lágrimas en los ojos, a aquellos que han experimentado tu intercesión por las gracias que pides por nosotros a tu Hijo Jesús!
También pienso en una gracia ordinaria que das a las personas que viven en Roma:
La de afrontar los inconvenientes de la vida cotidiana con paciencia”.
Cada uno que ponga de su parte por una vida mejor
Ante los inconvenientes de la vida cotidiana, el Papa le pidió a la Virgen María, que nos dé fuerza para no rendirnos, más bien, de permitir que cada uno ponga de su parte para mejorar las cosas. Para que el cuidado de cada uno haga que Roma sea más bella y habitable para todos; porque el deber bien hecho de cada uno asegure los derechos de todos. En su oración el Papa pidió por “aquellos que tienen roles de mayor responsabilidad” pensando en el bien común de la ciudad, para que la Virgen les de sabiduría, previsión, espíritu de servicio y colaboración. Y le pidió por los sacerdotes, y mujeres de vida consagrada, religiosa y secular:
“Santa Virgen
Quisiera confiarte en modo particular a los sacerdotes de esta diócesis:
Los párrocos, los vice-párrocos, los sacerdotes ancianos que, con el corazón de pastores, continúan trabajando por el pueblo de Dios,
Por los tantos sacerdotes estudiantes de todo el mundo que colaboran en las parroquias.
Por todos ellos te pido la dulce alegría de evangelizar
y el don de ser padres, cercanos al pueblo, misericordiosos.
A ti, Mujer, consagrada a Dios, confío a las mujeres consagradas en la vida religiosa y en la vida secular,
que gracias a Dios en Roma hay tantas, más que en cualquier otra ciudad del mundo,
y forman un hermoso mosaico de nacionalidades y culturas.
Por ellas, te pido la alegría de ser, como Tú, esposas y madres,
Fecundas en la oración, en la caridad, en la compasión.
Oh Madre de Jesús, una última cosa te pido, en esta época de Adviento, pensando en los días en que Tú y José estaban ansiosos por el inminente nacimiento de vuestro hijo, preocupados porque estaba el censo y también porque tenían que abandonar vuestro país, Nazaret, e ir a Belén. Sabes lo que significa llevar en el seno la vida y sentir a tu alrededor la indiferencia, el rechazo, a veces el desprecio”.
Al respecto, el Pontífice le pidió a la Madre de Dios, que se quede cerca de las familias que hoy en Roma, en Italia, y en el mundo entero viven situaciones similares, para que no estén abandonadas a sí mismas, sino tutelados sus derechos, derechos humanos que van antes que cualquier, exigencia, por muy legítima que sea. Y que vele por Roma, que no falte por ningún lado dijo, el testamento de Jesús: "Amaos como yo os he amado (cf. Jn 13, 34).
Oh María Inmaculada, Amanecer de la esperanza en el horizonte de la humanidad.
Vela por esta ciudad,
En los hogares, las escuelas, las oficinas, los comercios,
en las fábricas, hospitales, cárceles;
que no falte en ninguna parte lo que Roma tiene más preciado,
y que conserva para el mundo entero, el testamento de Jesús:
Amaos como yo os he amado (cf. Jn 13, 34).
Amén”.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Solemnidad de la Concepción Inmaculada de la bienaventurada Virgen María (8 de diciembre)


Solemnidad de la Concepción Inmaculada de la bienaventurada Virgen María

fecha: 8 de diciembre
Elogio: Solemnidad de la Concepción Inmaculada de la bienaventurada Virgen María, que, realmente llena de gracia y bendita entre las mujeres, en previsión del nacimiento y de la muerte salvífica del Hijo de Dios, desde el mismo primer instante de su Concepción fue preservada de toda culpa original, por singular privilegio de Dios. En este mismo día fue definida, en 1854, por el papa Pío IX, como verdad dogmática recibida por antigua tradición.
Oración: Oh Dios, que por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado, concédenos, por su intercesión, llegar a ti limpios de todas nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
A la Santísima Virgen María la honra la Iglesia en todo momento del año litúrgico, ya sea en las solemnidades, fiestas y memorias dedicadas a su persona, como en el recuerdo que a cada paso la asocia a su Hijo. Sin embargo el 8 de diciembre es especial porque celebramos en la Virgen la plenitud de toda santidad posible en una creatura de modo que, como el propio Papa Pío IX dice cuando define el dogma de la Inmaculada Concepción: «que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.» Precisamente por esto, por lo inadecuado de cualquier alabanza en forma de panegírico o de hagiografía que pudiéramos hacer, pareció preferible presentar con sencillez algunas partes del texto de la encíclica Ineffabilis Deus, de SS Pío IX, del 8 de diciembre de 1854, en la que declara ser dogma la fe en la Concepción Inmaculada de la Virgen, junto con una pequeña selección de la enorme iconografía dedicada a este misterio central de nuestra fe:

1. María en los planes de Dios

El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los án­geles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.
Y, por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente, enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.

2. Sentir de la Iglesia respecto a la concepción inmaculada

Ahora bien, la Iglesia católica, que, de continuo ense­ñada por el Espíritu Santo, es columna y fundamento firme de la verdad, jamás desistió de explicar, poner de manifiesto y dar calor, de variadas e ininterrumpidas maneras y con hechos cada vez más espléndidos, a la original inocencia de la augusta Virgen, junto con su admirable santidad, y muy en conso­nancia con la altísima dignidad de Madre de Dios, por tenerla como doctrina recibida de lo alto y contenida en el depó­sito de la revelación. Pues esta doctrina, en vigor desde las más antiguas edades, íntimamente inoculada en los espíritus de los fieles, y maravillosamente propagada por el mundo católico por los cuidados afanosos de los sagrados prelados, espléndidamente la puso de relieve la Iglesia misma cuando no titubeó en proponer al público culto y veneración de los fieles la Concepción de la misma Virgen. Ahora bien, con este glorioso hecho, por cierto presentó al culto la Concepción de la misma Virgen como algo singular, maravilloso y muy distinto de los principios de los demás hombres y perfectamente santo, por no celebrar la Iglesia, sino festividades de los santos. Y por eso acostumbró a emplear en los oficios eclesiásticos y en la sagrada liturgia aún las mismísimas palabras que emplean las divinas Escrituras tratando de la Sabiduría increada y describiendo sus eternos orígenes, y aplicarla a los principios de la Virgen, los cuales habían sido predeterminados con un mismo decreto, juntamente con la encarnación de la divina Sabiduría.
Y aun cuando todas estas cosas, admitidas casi universalmente por los fieles, manifiesten con qué celo haya mantenido también la misma romana Iglesia, madre y maestra de todas las iglesias, la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo de eso, los gloriosos hechos de esta Iglesia son muy dignos de ser uno a uno enumerados, siendo como es tan grande su dignidad y autoridad, cuanta absolutamente se debe a la que es centro de la verdad y unidad católica, en la cual sola ha sido custodiada inviolablemente la religión y de la cual todas las demás iglesias han de recibir la tradición de la fe. Así que la misma romana Iglesia no tuvo más en el corazón que profesar, propugnar, propagar y defender la Concepción Inmaculada de la Virgen, su culto y su doctrina, de las maneras más significativas.

[continúa la encíclica enumerando la presencia de la fe en la Concepción Inmaculada de la Virgen en toda la tradición de la Iglesia de manera initerrumpida]

14. Expresiones de alabanza

Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas. Mas, como si éstas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y por eso afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original.
A éstos hay que añadir los gloriosísimos dichos con los que, hablando de la concepción de la Virgen, atestiguaron que la naturaleza cedió su puesto a la gracia, paróse trémula y no osó avanzar; pues la Virgen Madre de Dios no había de ser concebida de Ana antes que la gracia diese su fruto: porque convenía, a la verdad, que fuese concebida la primogénita de la que había de ser concebido el primogénito de toda criatura.

[Reseña luego la investigación y pasos previos a la definición del dogma, inciados en 1849 con una encíclica preparatoria, y llega luego el momento central de la encíclica:]

18. Definición

Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.

19. Sentimientos de esperanza y exhortación final

Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.
Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gra­cia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada.
Finalmente, para que llegué al conocimiento de la universal Iglesia esta nuestra definición de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, queremos que, como perpetuo recuerdo, queden estas nuestras letra apostólicas; y mandamos que a sus copias o ejemplares aún impresos, firmados por algún notario público y resguardados por el sello de alguna persona eclesiástica constituida en dignidad, den todos, exactamente el mismo crédito que darían a éstas, si les fuesen presentadas y mostradas.
A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta, página de nuestra declaración, manifestación, y definición, y oponerse a ella y hacer la guerra con osadía temeraria. Mas si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Dado el 8 de diciembre de 1854. Pío IX.
Toda la encíclica es un precioso documento que vale la pena conocer, para quienes lo deseen, pueden leerla en el sitio de Mercabá, de donde tomamos estos fragmentos. Para una historia de la fiesta litúrgica, cfr. el interesante artículo del Butler-Guinea del 8 de diciembre, tomo IV.
Cuadros (en orden, de arriba abajo):
"La Inmaculada pintada por el Padre Eterno", anónimo del siglo XVIII, en la parroquia de San Andrés, valencia, España.
"María, arquitecto de la creación", G.B. Trotti, llamado "Malosso", 1603, Iglesia de San Francisco, Piacenza, Italia.
"La Inmaculada Concepción", Miquel Bestard, 1592-1633, Iglesia Monte Sión, Palma de Mallorca, España.

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viernes, 7 de diciembre de 2018

P. Antonio Rivero: “La Inmaculada Concepción es un monumento a la misericordia de Dios” 07122018

© Cathopic
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P. Antonio Rivero: “La Inmaculada Concepción es un monumento a la misericordia de Dios”

Comentario a la liturgia en la Solemnidad de la Inmaculada
SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
Ciclo C
Textos: Gn 3, 9-15.20; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38
Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: María Inmaculada es un monumento a la misericordia de Dios.
Síntesis del mensaje:El Papa Francisco dice: Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza”(Bula, Misericordiae Vultus, n. 3).
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, las tres personas divinas derramaron su misericordia sobre esta mujer, de la estirpe humana. Primero, Dios Padre al querer asociarla al misterio de la Encarnación y hacerla Madre de su propio Hijo, escoge una mujer a quien, desde el origen de su existencia, adornó de una santidad esplendorosa. Segundo, Dios Hijo, al elegir a su propia Madre, debía mostrar para ella el amor del mejor de los hijos, de un hijo que quiere hacer a su madre todo el bien posible, admitiéndola a la participación de sus tesoros y de sus riquezas; por eso desde el primer instante de la concepción la adornó con la más alta pureza y santidad, no borrando una mancha ya contraída sino preservándola de todo pecado. Y tercero, Dios Espíritu Santo, por su parte, para formar en María al Verbo Encarnado y así elevarla a la dignidad de Esposa suya, requería una creatura que siempre hubiera sido perfectamente santa; no bastando para ello los dones correspondientes a los demás hombres, desde toda la eternidad se decidió llevar a cabo este privilegio que enriquecía a María con todas las gracias inimaginables y la elevaría a una santidad muy superior a la de todos los ángeles y santos juntos: “Toda hermosa eres, María, no hay mancha en ti”, canta la Iglesia.
En segundo lugar, ¿qué hizo María delante de este plan maravilloso y misericordioso de Dios? María no puso obstáculos a Dios. Al contrario, se puso a disposición de Él, desde la humildad, y dio el consentimiento de su fe al anuncio de su vocación. Aquí María demostró también su gran misericordia para con el género humano. Y asíaparece como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, “sol de justicia” (Cf. Mal 3,20), como la primera creatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente y misericordioso por Dios en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. El plan del Padre que quería enviar a su Hijo a la humanidad exigía, para la mujer destinada a llevarlo en su seno, una perfecta santidad que fuese reflejo de la santidad divina. Ella que no conoció el pecado, está en el centro de esta enemistad entre el demonio y la estirpe humana redimida por Jesucristo, la estirpe de los hijos de Dios. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la obscuridad. Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre. En medio de las tempestades que por todas partes nos apremian, ella, Madre llena de misericordia, no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.
Finalmente, ¿a qué nos invita esa solemnidad de la Inmaculada Concepción a nosotros? San Pablo nos responde en la segunda lectura de hoy, escrita a los efesios: el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. Esto requiere de nosotros una lucha ascética, que dura toda nuestra vida, contra el pecado. Sabemos que el pecado original, aunque es cancelado por el bautismo, normalmente deja en el interior del hombre un desorden que tiene que ser superado, deja una propensión hacia el pecado, que tiene que ser vencida con la gracia y con el esfuerzo humano (Cf. Conc. Trid. Decretum De iustificationecap. 10). El hombre se da cuenta de que en su interior, por ser creatura herida por el pecado, se combaten dos fuerzas antagónicas: el bien y el mal. No todo aquello que nace espontáneamente en el interior del hombre, es bueno por sí mismo. Se requiere un sano y serio discernimiento de los propios pensamientos e intenciones para elegir, a la luz de Dios y de su palabra, aquello que es bueno y santo. En consecuencia, la vida humana y cristiana se revela como una “lucha” contra el mal (Cf. Gaudium et spes13,15). Una lucha en la que Dios está de parte del hombre y en la que el hombre debe elegir libremente la parte de Dios. El cristiano, pues, tiene la misión de entablar este combate contra el pecado en sí mismo, pero al mismo tiempo debe luchar para que los demás no caigan en el pecado. Debe luchar para que la buena noticia de la salvación en Jesucristo, llegue a todos los hombres. El cristiano, así, se encuentra con María, en el centro de esa enemistad entre el demonio y la estirpe humana y su responsabilidad no es pequeña en la historia de la salvación. Con su vida y con su muerte debe dar testimonio de que la salvación está presente en Cristo Jesús, camino, verdad y vida, y que el amor de Dios es más fuerte que todo pecado. Somos colaboradores de la misericordia de Dios, luchando contra el pecado en nuestra vida y en la vida de nuestros hermanos.
Para reflexionar: ¿lucho contra el pecado,contra el demonio y sus acechanzas? ¿Vigilo atentamente para rechazar las tentaciones que me ofrece el mundo: el placer desordenado, la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones? ¿Tengo misericordia del mundo ante las amenazas del maligno hoy: la manipulación genética, la corrupción del lenguaje que llega a ser ya guerra semántica, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo que conducen a la pérdida total de los valores?
Para rezar: Meditemos en estos versos:
Mirad hoy, resplandeciente,
a la Reina celestial.
Mirad cómo tiembla el mal
y se esconde la serpiente.
Vestida de sol ardiente,
la luna por pedestal
y, cual corona nupcial,
doce estrellas en la frente.
Es la Sierva y la Señora,
la Virgen profetizada,
del Sol naciente la Aurora.
Viene de gracia colmada,
pues su Hijo, en buena hora,
quiso hacerla Inmaculada.
Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org

martes, 4 de diciembre de 2018

Elegidos para ser santos e inmaculados (P. Raniero Cantalamessa) 05122018

Elegidos para ser santos e inmaculados

 Opinión 

Génesis 3, 9-15.20;
Efesios 1,3-6.11-12;
Lucas 1,26-38

Para que la solemnidad de la Inmaculada Concepción no se quede en mera celebración de los «privilegios» de María, sino que nos toque y nos implique profundamente, debemos comprenderla a la luz de las palabras de Pablo en la segunda lectura: «Dios Padre nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor». Todos, por lo tanto, estamos llamados a ser santos e inmaculados; es nuestro verdadero destino; es el proyecto de Dios sobre nosotros. Poco más adelante, en la misma Carta a los Efesios, Pablo contempla este plan de Dios refiriéndolo no ya a los hombres singularmente considerados, cada uno por su cuenta, sino a la Iglesia Universal esposa de Cristo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa en inmaculada» (Ef 5, 25-27).
El próximo sábado, 8 de diciembre, se celebra la festividad de la Inmaculada Concepción de María. Imagen: Inmaculada de José de Ribera (1591-1652), Museo del Prado.

Una humanidad de santos e inmaculados: he aquí el gran proyecto de Dios al crear la Iglesia. Una humanidad que pueda, por fin, comparecer ante Él, que ya no tenga que huir de su presencia, con el rostro lleno de vergüenza como Adán y Eva tras el pecado. Una humanidad, sobre todo, que Él pueda amar y estrechar en comunión consigo, mediante Su Hijo, en el Espíritu Santo.

¿Que representa, en este proyecto universal de Dios, la Inmaculada Concepción de María que celebramos? La liturgia responde a esta pregunta en el prefacio de la Misa del día, cuando dirigiéndose a Dios canta: En Ella has señalado el «comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura... Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad». He aquí, entonces, lo que celebramos en esta solemnidad en María: el inicio de la Iglesia, la primera realización del proyecto de Dios, en la que existe como la promesa y la garantía de que todo el plan irá hacia su cumplimiento: «¡Nada es imposible para Dios!». María es la prueba de ello. En Ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, como en una gota de rocío, en una mañana serena, se refleja la bóveda azul del cielo. También y sobre todo por esto María es llamada «madre de la Iglesia».

María no se presenta, en cambio, sólo como aquella que está detrás de nosotros, al comienzo de la Iglesia, sino también como quien está ante nosotros «como modelo de santidad para el pueblo de Dios». Nosotros no hemos nacido inmaculados como, por singular privilegio de Dios, nació Ella; es más, el mal anida en nosotros en todas las fibras y en todas las formas. Estamos llenos de «arrugas» que hay que estirar y de «manchas» que hay que lavar. Es en esta labor de purificación y de recuperación de la imagen de Dios en la que María está ante nosotros como poderosa llamada.

La liturgia habla de Ella como de un «modelo de santidad». La imagen es justa, a condición de que superemos las analogías humanas. La Virgen no es como las modelos humanas que posan, inmóviles, para dejarse pintar por el artista. Ella es un modelo que obra con nosotros y dentro de nosotros, que nos lleva la mano al representar las líneas del modelo por excelencia, suyo y nuestro, que es Jesucristo, para hacernos «conformes a su imagen» (Rm 8, 29). Es de hecho «abogada de gracia» antes aún que modelo de santidad. La devoción a María, cuando es iluminada y eclesial, en verdad no desvía a los creyentes del único Mediador, sino que les lleva hacia Él. Quien ha tenido la experiencia auténtica de la presencia de María en la propia vida sabe que ésta se determina por entero en una experiencia de Evangelio y en un conocimiento más profundo de Cristo. Ella está idealmente ante todo el pueblo cristiano repitiendo siempre lo que dijo en Caná: «Haced lo que Él os diga».

jueves, 8 de diciembre de 2016

Ángelus del Papa: “Cada sí a Dios origina historias de salvación” 08122016

Ángelus del Papa: “Cada sí a Dios origina historias de salvación”

El Papa a la hora del Ángelus: Cada sí a Dios origina historias de salvación - AFP
08/12/2016 12:12
 
(RV).- En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María el Papa Francisco rezó el Ángelus con los miles de fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro el jueves 8 de diciembre. Al comentar las lecturas bíblicas del día, el Obispo de Roma explicó que presentan dos pasajes cruciales en la historia de las relaciones entre el hombre y Dios que conducen, de alguna manera, a los orígenes del bien y del mal.
El primero nos lo presenta el Libro del Génesis con el no de los orígenes, cuando la tentación hizo que el hombre prefiriera bastarse por sí mismo ignorando a su Creador, saliendo de la comunión con Él, alejándose y perdiéndose, víctima del pecado que produce miedo. Sin embargo, el Papa Bergoglio dijo que Dios jamás deja al hombre a merced de su mal, sino que lo busca con tanta paciencia, como suele hacer una madre o un padre con el hijo que ha caído en alguna situación negativa.
El segundo pasaje crucial que narra en esta ocasión el Evangelio se refiere al momento en que el Señor viene a habitar entre nosotros haciéndose hombre. Lo que se hace posible – explicó Francisco – gracias a un gran sí, en contraposición al no de los orígenes. El sí definitivo, pleno y sin condiciones de María – la “llena de gracia”, la que carece de sombra de mal – en el momento de la Anunciación. El sí más importante de la historia de la humanidad, que difiere de nuestro modo de actuar.
El Santo Padre recordó que también para cada uno de nosotros hay una historia de salvación hecha de sí y de no a Dios. Y puso de manifiesto que solemos ser expertos en los sí a medias, lo que nos lleva a cerrar la puerta al bien, con lo que el mal se aprovecha de los sí que faltan.
Por eso Francisco insistió en que cada sí pleno a Dios da origen a una historia nueva de donde se deduce que decir sí a Dios es algo verdaderamente “original”. Y concluyó afirmando que “cada sí a Dios origina historias de salvación para nosotros y para los demás”, a la vez que invitó a decir este sí con generosidad y confianza – como María – este sí personal a Dios.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
Texto y audio de las palabras del Santo Padre Francisco antes de rezar el Ángelus:
 
Queridos hermanos y hermanas ¡buena fiesta!
Las lecturas de esta Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María presentan dos pasajes cruciales en la historia de las relaciones entre el hombre y Dios: podríamos decir que nos conducen al origen del bien y del mal. Estos dos pasajes nos conducen al origen del bien y del mal.
El Libro del Génesis muestra el primer no, el no de los orígenes, el no humano, cuando el hombre ha preferido mirarse a sí mismo antes que a su Creador, cuando ha querido actuar por su cuenta, ha elegido bastarse a sí mismo. Pero, haciendo de este modo, saliendo de la comunión con Dios, se ha perdido precisamente a sí mismo y ha comenzado a tener miedo, a esconderse y a acusar a quien le estaba cerca (Cfr. Gen 3, 10.12). Pero estos son los síntomas: el miedo, siempre un síntoma de no a Dios, indica que estoy diciendo no a Dios; acusar a los demás y no mirarme a mí mismo indica que me estoy alejando de Dios. Y esto hace el pecado. Pero el Señor no deja al hombre a merced de su mal; inmediatamente lo busca y le dirige una pregunta llena de preocupación: “¿Dónde estás?” (v. 9). Como si dijera: “Pero detente. Piensa, ¿dónde estás?”. Es la pregunta de un padre o de una madre que busca al hijo perdido: “¿Dónde estás? ¿En qué situación te has metido?”. Y esto Dios lo hace con tanta paciencia, hasta colmar la distancia que se ha creado en los orígenes. Éste es uno de los pasajes.
El segundo pasaje crucial, que narra hoy el Evangelio, es cuando Dios viene a habitar entre nosotros, se hace hombre como nosotros. Y esto ha sido posible por medio de un gran sí – el del pecado era el no; éste es el sí, ¡es un gran sí! – el de María en el momento de la Anunciación. Por este sí Jesús ha comenzado su camino por las calles de la humanidad; lo ha comenzado en María, transcurriendo los primeros meses de su vida en el seno de su mamá: no ha aparecido ya adulto y fuerte, sino que ha seguido todo el recorrido de un ser humano. Se ha hecho en todo igual a nosotros, excepto en una cosa: aquel no. Excepto el pecado. Por esto ha elegido a María, la única criatura sin pecado, inmaculada. En el Evangelio, con una sola palabra, ella es denominada “llena de gracia” (Lc 1, 28), es decir henchida  de gracia. Quiere decir que en ella, de inmediato llena de gracia, no hay espacio para el pecado. Y también nosotros, cuando nos dirigimos a ella, reconocemos esta belleza: la invocamos “llena de gracia”, sin sombra de mal.
María responde a la propuesta de Dios diciendo: “He aquí la sierva del Señor”  (v. 38). No dice: “Pero, esta vez haré la voluntad de Dios, me vuelvo disponible, después veré…”. ¡No! El suyo es un sí pleno, total, para toda la vida, sin condiciones. Y así como el no de los orígenes había cerrado el pasaje del hombre a Dios, del mismo modo el sí de María ha abierto el camino a Dios entre nosotros. Es el sí más importante de la historia, el sí humilde que derroca el no soberbio de los orígenes, el sí fiel que cura la desobediencia, el sí disponible que vuelca el egoísmo del pecado.
También para cada uno de nosotros hay una historia de salvación hecha de sí y de no. Pero a veces, somos expertos en los sí a medias: somos buenos en hacer de cuenta que no entendemos bien lo que Dios querría y la conciencia nos sugiere. También somos astutos y para no decir un no verdadero y propio a Dios decimos: “Pero, discúlpame, no puedo”, “hoy no, pienso mañana”; “pero mañana seré mejor, mañana rezaré, haré el bien, pero mañana”. Y esta astucia nos aleja del sí, nos aleja de Dios y nos lleva al no, al no del pecado, al no de la mediocridad. El famoso “sí, pero…”: “Sí, Señor, pero…”. Pero así cerramos la puerta al bien, y el mal se aprovecha de estos sí que faltan. ¡Cada uno de nosotros  tiene una colección de ellos dentro! Pensemos, encontraremos tantos sí que faltan. Es así. En cambio cada sí pleno a Dios da origen a una historia nueva: decir sí a Dios es verdaderamente “original”, es origen, no el pecado, que nos hace viejos por dentro. ¿Han pensado esto, que el pecado nos envejece por dentro? ¡Nos envejece pronto! Cada sí a Dios origina historias de salvación para nosotros y para los demás. Como María con su propio sí.
En este camino de Adviento, Dios desea visitarnos y espera nuestro sí. Pensemos: “Yo, hoy, ¿qué sí debo decir a Dios?”. Pensemos. Nos hará bien. Y encontraremos la voz del Señor dentro, de Dios, que nos pide algo, un paso adelante. “Creo en Ti, espero en Ti, Te amo; que se haga  en mí tu voluntad de bien”. Estos sí. Con generosidad y confianza, como María, digamos hoy, cada uno de nosotros, este sí personal a Dios.