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miércoles, 6 de marzo de 2019

Miércoles de Ceniza: “La Cuaresma es una llamada a detenerse”, un “despertador para el alma” 06032019

El Papa se impone la ceniza de Cuaresma © Vatican Media
El Papa Se Impone La Ceniza De Cuaresma © Vatican Media

Miércoles de Ceniza: “La Cuaresma es una llamada a detenerse”, un “despertador para el alma”

Homilía del Papa, inicio de la Cuaresma
(ZENIT – 6 marzo 2019).- “La Cuaresma es una llamada a detenerse, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma”, es el llamamiento del Papa Francisco este Miércoles de Ceniza, 6 de marzo de 2019.
Para dar comienzo al Tiempo de Cuaresma, el Papa ha celebrado las Estaciones romanas, un antiguo rito romano. Ha rezado durante unos minutos, a las 16:30 horas, en la Iglesia de San Anselmo en el Monte Aventino, acompañado por varios cardenales, arzobispos y obispos, monjes benedictinos de San Anselmo y padres dominicos de Santa Sabina.
A continuación, se ha dirigido en procesión a la Basílica de Santa Sabina, donde ha celebrado la Misa de Cenizas.
Cenizas
“Para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente”.
Así, el Santo Padre ha recordado que la ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. “Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento”, asegura.
Tres etapas
En este viaje de regreso a lo esencial, que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide de recorrer sin hipocresía, sin engaños: la limosna, la oración, el ayuno, ha recordado el Papa.
¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno “nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos”.
Adherirse a algo
“Nuestro corazón necesita adherirse a algo”, ha explicado. “Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva”.
“Si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece”, reitera Francisco.
Sigue la homilía del Papa Francisco, pronunciada este Miércoles de Ceniza, 6 de marzo de 2019.
***
Homilía del Papa Francisco
«Tocad la trompeta, proclamad un ayuno santo» (Jl2,15), dice el profeta en la primera lectura. La Cuaresma se abre con un sonido estridente, el de una trompeta que no acaricia los oídos, sino que anuncia un ayuno. Es un sonido fuerte, que quiere ralentizar nuestra vida que siempre va a toda prisa, pero a menudo no sabe hacia dónde. Es una llamada a detenerse, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma.
El sonido de este despertador está acompañado por el mensaje que el Señor transmite a través de la boca del profeta, un mensaje breve y apremiante: «Convertíos a mí» (v. 12). Convertíos. Si tenemos que regresar, significa que nos hemos ido por otra parte. La Cuaresma es el tiempo para redescubrir la ruta de la vida. Porque en el camino de la vida, como en todo viaje, lo que realmente importa es no perder de vista la meta. Sin embargo, cuando estás de viaje, si lo que te interesa es mirar el paisaje o pararte a comer, no vas muy lejos. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿en el camino de la vida, busco la ruta? ¿O me conformo con vivir el día, pensando solo en sentirme bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Tal vez la búsqueda de la salud, que muchos dicen que es hoy lo más importante, pero que pasará tarde o temprano? ¿Quizás los bienes y el bienestar? Sin embargo no estamos en el mundo para esto. Convertíos a mí, dice el Señor. A mí. El Señor es la meta de nuestro peregrinaje en el mundo. La ruta se traza en relación a él.
Para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?
En este viaje de regreso a lo esencial, que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide de recorrer sin hipocresía, sin engaños: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Ahí es hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios. Y después hacia el otro, con caridad, que nos libra de la vanidad del tener, del pensar que las cosas son buenas si lo son para mí. Finalmente, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos con el ayuno, que nos libra del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba.
Jesús dijo: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt6,21). Nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva. En cambio, si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece.
¿Dónde podemos fijar nuestra mirada a lo largo del camino de la Cuaresma? En el crucifijo. Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. ¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, pero lleva a la meta. La Cuaresma nos lo muestra. Comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y viviremos en la alegría.

lunes, 4 de marzo de 2019

Jesús nos dice: “Es mejor que mires tus defectos y dejes vivir en paz a los demás” 04032019

© Vatican Media
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Jesús nos dice: “Es mejor que mires tus defectos y dejes vivir en paz a los demás”

Homilía del Papa en la parroquia romana San Crispín de Viterbo
(ZENIT – 4 marzo 2019).- El Papa visitó ayer, domingo, 3 de marzo de 2019, VIII domingo del tiempo ordinario, la parroquia romana de San Crispín de Viterbo en Labaro, en el sector norte de la diócesis de Roma.
Al final, el Santo Padre encontró a los enfermos y discapacitados, saludó a los sacerdotes de la comunidad y administró el Sacramento de la Reconciliación a 5 feligreses de diferentes edades.
A las 17:20 horas el Papa presidió la celebración de la santa misa en la iglesia parroquial. Después de la proclamación del Evangelio pronunció una homilía improvisada.
Terminada  la celebración eucarística, antes de la bendición final, el párroco don Luciano Cacciamani se despidió brevemente del Papa, expresando su agradecimiento por la visita y dándole una foto del artista Meo Carbone, dedicada al tema de la inmigración.
Antes de dejar la parroquia y regresar al Vaticano, el Santo Padre dirigió unas palabras de saludo a los muchos fieles que lo esperaban fuera de la iglesia.
Publicamos a continuación  la transcripción de la homilía y las palabras del Papa  durante los diferentes encuentros  de su visita a la parroquia de San Crispín de Viterbo.
***
Homilía del Papa Francisco
Hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús explica a las personas la sabiduría cristiana, con parábolas. Por ejemplo, un ciego no puede guiar a otro ciego; después, el discípulo no es más grande que el Maestro; luego,  no hay un buen árbol que produzca un mal fruto. Y así, con estas parábolas, enseña a la gente.
Me gustaría centrarme en una, que no he repetido. Ahora la digo [lee]: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la vida que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja  que saque la brizna que hay en tu ojo, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano”. Y con esto, el Señor quiere enseñarnos a no ir criticando a los demás, a no mirar los defectos de los demás: Mira primero los tuyos, tus defectos. “Pero, padre, ¡no tengo ninguno!” – ¡Ah, felicidades! ¡Te aseguro que si no te das cuenta de que los tienes aquí, los encontrarás en el Purgatorio! Mejor verlos aquí.
Todos tenemos defectos, todos. Pero estamos acostumbrados, en parte por inercia, en parte por la fuerza de la gravedad del egoísmo, a mirar los defectos de los demás: Somos especialistas, todos, en esto. Enseguida encontramos los defectos de los demás. Y hablamos de ello. Porque hablar mal de los demás parece dulce, nos gusta. No, en esta parroquia tal vez no ocurra [risas], pero en otras partes es muy común. Siempre sucede así: “Ah, ¿cómo estás?” – “Bien, bien, con este tiempo, estoy bien..” “¿Pero  has visto  a ese…?”. E inmediatamente [caemos en ello].
No sé si vosotros habéis escuchado estas cosas, pero es algo malo. Y no es nuevo: Ya se hacía en la  época de Jesús. Es algo que, con el pecado original que tenemos, nos lleva a condenar a los demás, a condenar. E inmediatamente somos especialistas en encontrar las cosas malas de los demás, sin ver las nuestras. Y Jesús dice: “Tú condenas a ese por una cosa tan pequeña, y tienes cosas mucho más grandes, pero no las ves”. Y es cierto: nuestra maldad no es tanta, porque estamos acostumbrados a no ver nuestros límites, no a ver nuestras faltas, pero somos especialistas en ver las faltas de otros.
Y Jesús nos dice una palabra muy fea, muy fea: “Si vais por este camino, sois unos hipócritas”. Es feo decir hipócrita: Jesús se lo decía a los fariseos, a los doctores de la Ley, que decían una cosa y hacían  otra. Hipócrita. Hipócrita significa uno que tiene un doble pensamiento, un doble juicio: Uno lo dice abiertamente y otro a escondidas, con el que condena a los demás. Es tener una doble manera de pensar, una doble manera de dejarse ver. Se muestran como personas buenas y perfectas, y por debajo condenan. Por eso Jesús se escapa de esta hipocresía y nos aconseja: “Es mejor que mires tus defectos  y dejes vivir en paz a los demás. No te metas en la vida de los demás: Mira la tuya”.
Y esto no termina aquí: el chismorreo no termina con el chismorreo; el chismorreo va más allá, siembra discordia, siembra enemistad, siembra mal. Escuchadme, no exagero: Por la lengua comienzan las guerras. Tú, chismorreando de los demás, empiezas una guerra. Un paso hacia la guerra, una destrucción. Porque es lo mismo destruir al otro con la lengua que con una bomba atómica, es lo mismo. Tú destruyes Y la lengua tiene el poder de destruir como una bomba atómica. Es muy potente. Y no lo digo yo: Lo dice el apóstol Santiago en su carta. Tomad la Biblia y miradlo. ¡Es muy poderosa! Es capaz de destruir. Y con los insultos, con el hablar mal de los demás, comienzan tantas guerras: guerras domésticas,  -se empieza a gritar- guerras en el vecindario, en el lugar de trabajo, en la escuela, en la parroquia… Por eso Jesús dice: “Antes de hablar de los demás, toma un espejo y mírate a ti mismo; mira tus faltas y avergüénzate de tenerlas. Y así te volverás mudo sobre los defectos de los demás “. “No, padre, es que tantas veces hay gente mala, que tiene tantos defectos…”. Pues, vale, sé valiente, sé valiente y díselo a la  cara: “Eres malo, eres mala, porque estás haciendo esto y esto”. Díselo a la cara, no a la espalda, no por detrás. Díselo a la cara. “Pero no quiere escucharme”. Entonces díselo a quien pueda remediarlo,  a quien pueda corregir, pero no lo digas como chismorreo, porque el chismorreo no resuelve nada, al contrario. Empeora las cosas y te lleva a la guerra.
[Dentro de poco] comenzaremos la Cuaresma: Sería muy bonito que cada uno de nosotros, en esta Cuaresma, reflexionase sobre esto. ¿Cómo me porto con la gente? ¿Cómo está mi corazón frente a la gente? ¿Soy un hipócrita, sonrío y luego critico y destruyo con mi lengua? Y si al final de la Cuaresma hubiéramos podido corregir esto un poco, y no ir siempre criticando a los demás por la espalda,  os aseguro que la resurrección de Jesús se vería más hermosa, más grande entre nosotros… “Eh, padre, es muy difícil, porque me sale criticar a los demás”;  lo puede decir cualquiera de nosotros, porque es un hábito que el diablo pone en nosotros. Es verdad, no es fácil. Pero hay dos medicamentos que ayudan mucho. En primer lugar, la oración. Si a ti te sale lo de “despellejar” a otro, lo de  criticar a otro, reza por él, reza por ella y pide al Señor que resuelva ese problema y, a ti que te cierre la boca. Primer remedio: la oración. Sin oración no podemos hacer nada. Y en segundo lugar, hay otra medicina, que también es práctica como la oración: cuando sientas el deseo de hablar de alguien, te muerdes la lengua. ¡Fuerte! Porque así se te hinchará la lengua y no podrás hablar. [ríen] Es una medicina práctica, es muy práctica.
Pensad seriamente en lo que Jesús dice: “¿Por qué miras los defectos de los demás y no miras los tuyos, que son más grandes?”. Pensadlo bien. Pensad que este hábito tan feo es el comienzo de tantas desuniones, de tantas guerras domésticas, guerras en el vecindario, guerras en el lugar de trabajo, tantas enemistades. ¡Pensadlo! Y rezad al Señor, rezad para que nos dé la gracia de no hablar mal de los demás. ¡Y todos los días tened la dentadura lista para aplicar el segundo medicamento!
¡El Señor os bendiga!

lunes, 18 de febrero de 2019

Papa Francisco: “El encuentro con el otro es también un encuentro con Cristo” 17022019

© Vatican Media
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Papa Francisco: “El encuentro con el otro es también un encuentro con Cristo”

Homilía en ‘Fraterna Domus’
(ZENIT – 17 febrero 2019).- El Santo Padre  Francisco visitó el pasado viernes, 15 de febrero de 2019, la Fraterna Domus en Sacrofano (Roma), donde celebró la misa de apertura del encuentro “Libres del miedo”, promovida y organizada por la Fundación Migrantes de la Conferencia Episcopal Italiana, Caritas. Italiana y el Centro Astalli, del 15 al 17 de febrero de 2019.
Publicamos a continuación la homilía del Papa Francisco durante la santa misa y las palabras dirigidas a los presentes.
Homilía del Santo Padre
La riqueza de las lecturas elegidas para esta celebración eucarística se puede resumir en una frase: “No tengáis miedo”.
En el pasaje del Libro del Éxodo hemos visto a los israelitas en el Mar Rojo, aterrorizados porque el ejército del Faraón los persigue y está a punto de alcanzarlos. Muchos piensan: era mejor quedarse en Egipto y vivir como esclavos que morir en el desierto. Pero Moisés invita al pueblo a no tener miedo, porque el Señor está con ellos: “Sed fuertes y veréis la salvación que el Señor os otorgará en este día” (Ex 14,13). El largo viaje por el desierto, necesario para alcanzar la Tierra Prometida, comienza con esta primera gran prueba. Israel está llamado a mirar más allá de las adversidades del momento, a vencer el miedo y confiar plenamente en la acción salvadora y misteriosa del Señor.
En la página del Evangelio de Mateo (14: 22-33), los discípulos se turban y gritan de miedo al ver al Maestro que camina sobre las aguas pensando que es un fantasma. Desde la barca zarandeada por el fuerte viento, no logran reconocer a Jesús; pero Él les tranquiliza: “¡Ánimo, que soy yo, no temáis!” (v. 27). Pedro, con una mezcla de desconfianza y entusiasmo, pide a Jesús una prueba: “Mándame ir a ti sobre las aguas” (v. 28). Jesús lo llama. Pedro da unos pasos, pero luego la violencia del viento lo asusta y comienza a hundirse. Mientras lo agarra para salvarlo, el Maestro le reprocha: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (V. 31).
A través de estos episodios bíblicos, el Señor hoy nos habla a nosotros y nos pide que dejemos que nos libre de nuestros miedos. “Libres del miedo” es precisamente el tema elegido para este encuentro vuestro. “Libres del miedo”. El miedo es el origen de la esclavitud: los israelitas prefieren volverse esclavos por miedo. Es también el origen de toda dictadura, porque sobre el miedo del pueblo crece la violencia de los dictadores.
Ante la maldad y la fealdad de nuestro tiempo, nosotros también, como el pueblo de Israel, tenemos la tentación de abandonar nuestro sueño de libertad. Sentimos un miedo legítimo ante situaciones que nos parecen sin salida. Y no bastan las palabras humanas de un líder o de un profeta para tranquilizarnos, cuando no logramos sentir la presencia de Dios y no somos capaces de abandonarnos a su providencia. Así, nos cerramos en nosotros mismos, en nuestras frágiles seguridades humanas, en el círculo de las personas amadas, en nuestra rutina tranquilizadora. Y al final renunciamos al viaje hacia la Tierra prometida para volver a la esclavitud de Egipto.
Este repliegue en uno mismo, signo de derrota, acrecienta nuestro miedo de los “otros”, de los desconocidos, de los marginados, de  los forasteros –que , por otra parte, son los privilegiados del Señor, como leemos en Mateo,25-. Y esto se nota particularmente hoy en día, frente a la llegada de migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor. Es verdad, el temor es legítimo, también porque falta preparación para este encuentro. Lo decía el año pasado, con motivo de la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados: “No es fácil entrar en la cultura que nos es ajena, ponernos en el lugar de personas tan diferentes a nosotros, comprender sus pensamientos y sus experiencias. Y así, a menudo, renunciamos al encuentro con el otro y levantamos barreras para defendernos”. Renunciar a un encuentro no es humano.
En cambio, estamos llamados a superar el miedo para abrirnos al encuentro. Y para hacerlo, no bastan las justificaciones racionales y los cálculos estadísticos. Moisés dice al pueblo frente al Mar Rojo, con un enemigo aguerrido a sus espaldas: «No temáis», porque el Señor no abandona a su pueblo, sino que actúa misteriosamente en la historia para realizar su plan de salvación. Moisés habla así sencillamente porque se fía de Dios.
El encuentro con el otro  es también un encuentro con Cristo. Nos lo dijo Él mismo. Es Él quien llama a nuestra puerta hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo y encarcelado, pidiendo que lo encontremos y ayudemos. Y si todavía tuviéramos alguna duda, esta es su clara palabra: “En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25,40).
El aliento del Maestro a sus discípulos también se puede entender en este sentido: “Ánimo, que soy yo, no temáis” (Mt 14,27). Y realmente es Él, incluso si a nuestros ojos les cuesta trabajo reconocerlo: con la ropa rota, con los pies sucios, con el rostro deformado, con el cuerpo llagado, incapaz de hablar nuestra lengua … Nosotros también, como Pedro, podríamos sentirnos tentados de poner a prueba a Jesús, de pedirle una señal. Y tal vez, después de algunos pasos vacilantes hacia él, volver a ser víctimas de nuestros miedos. ¡Pero el Señor no nos abandona! Aunque seamos hombres y mujeres de “poca fe”, Cristo continúa tendiendo su mano para salvarnos y permitir que nos encontremos con él, un encuentro que nos salva y nos devuelve la alegría de ser sus discípulos.
Si esta es una clave válida de lectura de nuestra historia actual, entonces deberíamos comenzar a dar las gracias a  quien nos brinda la oportunidad de este encuentro es decir, a los “otros” que llaman a nuestras puertas, ofreciéndonos la oportunidad de superar nuestros miedos para encontrar, acoger y ayudar  a Jesús en persona.
Y aquellos que han tenido la fuerza de liberarse del miedo, los que han experimentado la alegría de este encuentro  hoy están llamados a anunciarlo desde los tejados, abiertamente, para ayudar a otros  a hacer lo mismo, predisponiéndose al encuentro con Cristo y su salvación.
Hermanos y hermanas, es una gracia que comporta una misión,  fruto del completo abandono al Señor, que es para nosotros la única certeza verdadera. Por esta razón, como individuos y como comunidades, estamos llamados a hacer nuestra la oración del pueblo redimido: “Mi fortaleza y mi canción es el Señor, él es mi salvación” (Ex 15,2).

martes, 8 de mayo de 2018

“El amor se ve en las obras, no en las palabras” – Homilía del Papa Francisco 06052018


El Papa escuchando a los fieles del Santísimo Sacramento, en Roma © Vatican Media

“El amor se ve en las obras, no en las palabras” – Homilía del Papa Francisco

Visita pastoral al Santísimo Sacramento en Tor de Schiavi, Roma

(ZENIT – 8 mayo 2018).- “El amor siempre es trabajo para los demás. Porque el amor se ve en las obras, no en las palabras”, es uno de los mensajes que Francisco dejó a los fieles de la parroquia romana del Santísimo Sacramento en Tor de Schiavi.
En la tarde del pasado domingo, 6 de mayo de 2018, VI Domingo de Pascua, el Papa Francisco visitó esta iglesia, donde inauguró la ‘Casa de la Alegría’ para las personas con discapacidad, construida en la buhardilla del edificio.
A su llegada, alrededor de las 15:30 horas, fue recibido por el arzobispo Angelo De Donatis, vicario general de la diócesis de Roma, el cardenal titular José Gregorio Rosa Chávez, el cardenal arzobispo de Manila y Presidente de Caritas Internationalis Luis Antonio Tagle, vinculado al nacimiento de la “Casa de la alegría”, el párroco,  padre Maurizio Mirilli, el vice- párroco, padre Vasile Alexandru Muresan y algunos colaboradores de la parroquia.
En el oratorio, el Papa encontró a la comunidad parroquial, respondió a cuatro preguntas formuladas por un padre, un joven, un adolescente y un niño. Más tarde, en el salón parroquial, encontró a los ancianos y a los enfermos.
Luego subió a los locales de la “Casa de la Alegría”. En los espacios utilizados como centro de día, el Papa Francisco encontró a los responsables de Caritas, de los  proyectos “Vecindarios solidarios ” y “Barrios solidarios” y del servicio nocturno para las personas sin domicilio fijo. El Santo Padre habló posteriormente con los discapacitados en el centro de día y con sus familias. Luego visitó la nueva casa familiar y, después de haber bendecido los locales, conoció a los siete niños que vivirán allí junto con dos religiosos y una laica. Por último bajó a los locales parroquiales donde confesó a algunos penitentes.
A las 17:30 horas celebró la Santa Misa, durante la cual administró el sacramento de la Confirmación a una niña de la parroquia con una enfermedad mitocondrial y a su madre. Al final, después del saludo a los fieles reunidos en la plaza que habían seguido la celebración en una pantalla gigante especialmente preparada para la ocasión, regresó al Vaticano.
Sigue  la homilía improvisada por el Santo Padre durante la celebración eucarística en la cual administró el sacramento de la Confirmación y las palabras pronunciadas por el Papa durante los diversos encuentros en la parroquia.
Sigue el texto íntegro de la homilía que ofreció el Papa Francisco en la parroquia romana del Santísimo Sacramento, en Tor de Schiavi.
Homilía del Santo Padre
Jesús, antes de ir al Huerto de los Olivos y empezar su Pasión – sufrió mucho Jesús, en el Huerto de los Olivos- tuvo esta larga conversación a la mesa con los discípulos. Y él aconseja algo fuerte, da un consejo muy fuerte: “Permaneced en mi amor”. Este es el consejo que Jesús  da a los suyos antes de sufrir y morir. Y también es el consejo que nos da a nosotros, a cada uno de nosotros. Jesús nos dice: “Permaneced en mi amor. No os vayáis fuera de mi amor”. Y cada uno puede preguntarse en su corazón – dentro de su corazón-: “¿Yo permanezco en el amor del Señor?. ¿O salgo buscando otras cosas, otros entretenimientos, otros modos de vida?”.
Pero “permanecer en el amor” es hacer lo que Jesús hizo por nosotros. Él dio la vida. Él fue nuestro siervo: vino para servirnos. “Permanecer en el amor” significa servir a los demás, estar al servicio de los demás. ¿Qué es el amor? ¿Queremos pensar qué es el amor? “Ah, sí, vi un telefilm sobre el amor, era bonito… y esa pareja de novios… al final, terminó mal, ¡qué pena!”. No es así. El amor es otra cosa. El amor es hacerse cargo de los demás. El amor no es tocar violines, todo romántico… El amor es trabajo. Las que entre vosotras son madres, pensad en cuando los niños eran pequeños: ¿cómo amabais a vuestros niños? Con el trabajo. Cuidándolos. Ellos lloraban…había que darle de mamar, cambiarlos, esto, lo otro… El amor siempre es trabajo para los demás. Porque el amor se ve en las obras, no en las palabras. Recordáis esa canción: “Palabras, palabras, palabras”. Muchas veces son solo palabras. En cambio el amor es concreto. Cada uno tiene que pensar: Mi amor por mi familia, en el barrio, en el trabajo: ¿Es servicio hacia los demás? ¿Me preocupo de los demás?
Estuve arriba – le llaman la “Casa de la Alegría”- pero se puede llamar la “Casa del Amor”, porque esta parroquia cuida a muchos que necesitan que se les cuide, que se vele por ellos. Y esto es amor. Amor es trabajo, trabajo por los demás. El amor está en las obras, no en las palabras. “Yo te amo”. “¿Y qué haces por mí si me amas?”. Cada uno de los enfermos del barrio se pregunta: “¿Qué haces por mí?”. En nuestra familia, si tú amas a tus hijos, que sean pequeños o grandes, a los padres, a los ancianos: ¿Qué haces por ellos?. Para ver como es el amor, hay que decir siempre: ¿Qué hago? .“Pero padre, dónde aprendemos esto?” .Donde  Jesús. Y en la segunda lectura hay una frase que nos puede abrir los ojos: “En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: Dios ha mandado en el mundo a su Hijo”. En eso está el amor. No hemos sido nosotros los primeros que amaron a Dios; sino fue Él que nos amó el primero.
El Señor siempre nos ama el primero. Nos espera con el amor. También nosotros podemos preguntarnos: ¿Yo espero con el amor a los demás?. Y después hacer la lista de las preguntas. Por ejemplo: ¿El chismorreo es amor?. El que chismorrea…No, no es amor. Hablar mal de la gente no es amor. “Oh, yo amo a Dios. Hago cinco novenas cada mes. Hago esto, y esto…” .Sí pero… ¿cómo es tu lengua?. ¿Cómo va tu lengua?. Esta es precisamente la piedra de toque para ver el amor. ¿Yo amo a los demás? .Pregúntate: ¿cómo está  mi lengua?. Te dirá si es amor verdadero. Dios nos amó el primero. Nos espera siempre con el amor. ¿Yo soy el  primero en amar o espero que me den algo para amar? .Como los perritos que esperan su regalo, el trozo para comer y después festejan al amo. El amor es gratuito, el primero. Pero el termómetro para conocer la temperatura de mi amor es la lengua. No lo olvidéis.
Cuando estéis a punto de hacer el examen de conciencia, antes de la confesión o en casa, preguntaos: ¿He hecho lo que Jesús me dijo: “Permaneced en mi amor”? Y, ¿cómo puedo saberlo? Por cómo está mi lengua. Si he hablado mal de los demás, no he amado. Si esta parroquia consiguiese no hablar mal de los demás, ¡habría que canonizarla! Y, por lo menos, como he dicho otras veces: Esforzaos en no chismorrear. “Pero, padre, denos un remedio para no chismorrear”. Es fácil. Está al alcance de todos. Cuando tengas ganas de hablar mal de los demás, ¡muérdete la lengua! Se hinchará, pero es cierto que ya no chismorrearás.
Pidamos al Señor que “permanezcamos en el amor” y que entendamos que el amor es servicio. Es hacerse cargo de los demás. Y la gracia de entender que el termómetro de cómo está el amor es la lengua.
Todos acompañaremos a Maia que recibirá la confirmación.
[Rito de la confirmación]
© Librería Editorial Vaticano

miércoles, 14 de febrero de 2018

Iglesia Greco-melquita: “El abrazo del padre de una Iglesia con Pedro”13022018

Iglesia Greco-melquita: “El abrazo del padre de una Iglesia con Pedro”

Comunión eclesiástica en la Misa en Santa Marta
El Papa celebra la Misa con el Patriarca de la Iglesia Greco-Melquita © Vatican Media
El Papa Celebra La Misa Con El Patriarca De La Iglesia Greco-Melquita © Vatican Media
(ZEMIT – 13 feb. 2018).- “Esto es lo que significa la ceremonia de hoy: el abrazo del padre de una Iglesia con Pedro”.
El Papa Francisco ha explicado esta mañana, 13 de febrero de 2018, en la Santa Misa celebrada en la Casa de Santa Marta, el significado de la celebración de hoy, en lugar de ofrecer una homilía como de costumbre.
En la Misa de hoy, el patriarca Youssef Absi, patriarca de la Iglesia de Antioquía de los Greco-melquitas, ha hecho pública la Comunión eclesiástica (apostolica communio): “Él es padre de una Iglesia, de una Iglesia antiquísima y viene a abrazar a Pedro, para decir `estoy en comunión con Pedro´”, ha explicado Francisco.
El patriarca de la Iglesia Greco-melquita ha concelebrado la Eucaristía con el Papa Francisco. Al final de la Santa Misa, el Patriarca dio las gracias, en francés, al  Santo Padre y, por invitación del Papa, impartieron juntos la bendición final.
Francisco concedió al recién elegido Patriarca Youssef Absi  mediante una carta del pasado 22 de junio.
El Patriarca de Antioquía y los Obispos greco melquitas católicos viajaron a Roma al término del Sínodo que celebraron en El Líbano a principios de este mes de febrero.
Publicamos a continuación las palabras del Santo Padre durante la Misa y las de agradecimiento del Patriarca.

Palabras del Papa Francisco
Esta misa con nuestro hermano, el patriarca Youssef, hará la apostolica communio: él es padre de una Iglesia, de una Iglesia antiquísima y viene a abrazar a Pedro, para decir “estoy en comunión con Pedro”. Esto es lo que significa la ceremonia de hoy: el abrazo del padre de una Iglesia con Pedro. Una Iglesia rica, con su propia teología dentro de la teología católica, con su propia liturgia maravillosa y con un pueblo, en este momento una gran parte de este pueblo está crucificada, como Jesús. Ofrecemos esta misa por el pueblo, por el pueblo que sufre, por los cristianos perseguidos en el Medio Oriente, que entregan sus vidas, sus bienes, sus propiedades porque son expulsados. Y también ofrecemos la misa por el ministerio de nuestro hermano Youssef.
Palabras del Patriarca al Papa Francisco
Santidad,
Me gustaría darle las gracias por esta hermosa misa de comunión, en nombre de todo el Sínodo de nuestra Iglesia greco-melquita católica. Personalmente, estoy realmente conmovido por su caridad fraterna, por los gestos de fraternidad, de solidaridad que ha demostrado a nuestra Iglesia durante esta misa. Prometemos mantenerla siempre en nuestros corazones, en los corazones de todos nosotros, clero y fieles, y siempre recordaremos este evento, estos momentos históricos, este momento que no puedo describir por lo hermoso que es: esta fraternidad, esta comunión que une a todos los discípulos de Cristo. Gracias, Santidad.
© Librería Editorial Vaticano

sábado, 3 de febrero de 2018

Vida Consagrada: “Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor” 02022018

Vida Consagrada: “Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor”

Homilía del Papa en la Misa de la XXII Jornada Mundial (Texto completo)
Misa en la XXII Jornada Mundial de la Vida Consagrada © Vatican Media
Misa En La XXII Jornada Mundial De La Vida Consagrada © Vatican Media
(ZENIT – 2 febrero 2018).- “Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor. De un encuentro y de una llamada nació el camino de la consagración. Es necesario hacer memoria de ello”, ha dicho el Santo Padre.
En la Fiesta de la Presentación del Señor, el Papa Francisco ha presidido la Misa en la Jornada por la Vida Consagrada, el 2 de febrero de 2018, a las 17 horas en la Basílica del Vaticano.
La XXII Jornada Mundial de la Vida Consagrada se ha celebrado en la Basílica con la participación de cientos de miembros de Institutos de Vida Consagrada y de Sociedad de vida apostólica, y ha estado concelebrada por obispos, cardenales y sacerdotes de órdenes, congregaciones e institutos religiosos.
Mirar a los ojos
La vida frenética de hoy lleva a cerrar muchas puertas al encuentro, a menudo por el miedo al otro, ha explicado el Pontífice. “Que no sea así en la vida consagrada: el hermano y la hermana que Dios me da son parte de mi historia, son dones que hay que custodiar. No vaya a suceder que miremos más la pantalla del teléfono que los ojos del hermano, o que nos fijemos más en nuestros programas que en el Señor”.
El pensamiento principal del Papa –ha meditado– es que esta es una “fiesta del encuentro”. El Papa ha explicado que es el encuentro entre el Niño Dios y la humanidad que espera, a la vez que se da el encuentro que se da en el templo entre los ancianos y los jóvenes: María y José con Simeón y Ana. “Los ancianos reciben de los jóvenes, y los jóvenes de los ancianos”, ha comentado Francisco.
Nuestra respuesta
El Papa ha compartido con los consagrados y consagradas que la vida consagrada “nace y renace” del encuentro con Jesús tal como es: “pobre, casto y obediente”.
Y ha añadido: “Se mueve por una doble vía: por un lado, la iniciativa amorosa de Dios, de la que todo comienza y a la que siempre debemos regresar; por otro lado, nuestra respuesta, que es de amor verdadero cuando se da sin peros ni excusas, y cuando imita a Jesús pobre, casto y obediente”.
El Papa ha regalado a las religiosas que trabajan en el Vaticano una prímula, una de las primeras flores que florecen después del invierno y que es símbolo de la belleza y la juventud. La ceremonia se ha iniciado con la bendición de las velas y la procesión.
RD
Sigue el texto en español de la homilía del Papa Francisco, traducida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:
Homilía del Papa Francisco
Cuarenta días después de Navidad celebramos al Señor que, entrando en el templo, va al encuentro de su pueblo. En el Oriente cristiano, a esta fiesta se la llama precisamente la «Fiesta del encuentro»: es el encuentro entre el Niño Dios, que trae novedad, y la humanidad que espera, representada por los ancianos en el templo.
En el templo sucede también otro encuentro, el de dos parejas: por una parte, los jóvenes María y José, por otra, los ancianos Simeón y Ana. Los ancianos reciben de los jóvenes, y los jóvenes de los ancianos. María y José encuentran en el templo las raíces del pueblo, y esto es importante, porque la promesa de Dios no se realiza individualmente y de una sola vez, sino juntos y a lo largo de la historia. Y encuentran también las raíces de la fe, porque la fe no es una noción que se aprende en un libro, sino el arte de vivir con Dios, que se consigue por la experiencia de quien nos ha precedido en el camino. Así los dos jóvenes, encontrándose con los ancianos, se encuentran a sí mismos. Y los dos ancianos, hacia el final de sus días, reciben a Jesús, que es el sentido a sus vidas. En este episodio se cumple así la profecía de Joel: «Vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y visiones» (3,1). En ese encuentro los jóvenes descubren su misión y los ancianos realizan sus sueños. Y todo esto porque en el centro del encuentro está Jesús.
Mirémonos a nosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados. Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor. De un encuentro y de una llamada nació el camino de la consagración. Es necesario hacer memoria de ello. Y si recordamos bien veremos que en ese encuentro no estábamos solos con Jesús: estaba también el pueblo de Dios —la Iglesia—, jóvenes y ancianos, como en el Evangelio. Allí hay un detalle interesante: mientras los jóvenes María y José observan fielmente las prescripciones de la Ley —el Evangelio lo dice cuatro veces—, y no hablan nunca, los ancianos Simeón y Ana acuden y profetizan. Parece que debería ser al contrario: en general, los jóvenes son quienes hablan con ímpetu del futuro, mientras los ancianos custodian el pasado. En el Evangelio sucede lo contrario, porque cuando uno se encuentra en el Señor no tardan en llegar las sorpresas de Dios. Para dejar que sucedan en la vida consagrada es bueno recordar que no se puede renovar el encuentro con el Señor sin el otro: nunca dejar atrás, nunca hacer descartes generacionales, sino acompañarse cada día, con el Señor en el centro. Porque si los jóvenes están llamados a abrir nuevas puertas, los ancianos tienen las llaves. Y la juventud de un instituto está en ir a las raíces, escuchando a los ancianos. No hay futuro sin este encuentro entre ancianos y jóvenes; no hay crecimiento sin raíces y no hay florecimiento sin brotes nuevos. Nunca profecía sin memoria, nunca memoria sin profecía; y, siempre encontrarse.
La vida frenética de hoy lleva a cerrar muchas puertas al encuentro, a menudo por el miedo al otro —las puertas de los centros comerciales y las conexiones de red permanecen siempre abiertas—. Que no sea así en la vida consagrada: el hermano y la hermana que Dios me da son parte de mi historia, son dones que hay que custodiar. No vaya a suceder que miremos más la pantalla del teléfono que los ojos del hermano, o que nos fijemos más en nuestros programas que en el Señor. Porque cuando se ponen en el centro los proyectos, las técnicas y las estructuras, la vida consagrada deja de atraer y ya no comunica; no florece porque olvida «lo que tiene sepultado», es decir, las raíces.
La vida consagrada nace y renace del encuentro con Jesús tal como es: pobre, casto y obediente. Se mueve por una doble vía: por un lado, la iniciativa amorosa de Dios, de la que todo comienza y a la que siempre debemos regresar; por otro lado, nuestra respuesta, que es de amor verdadero cuando se da sin peros ni excusas, y cuando imita a Jesús pobre, casto y obediente. Así, mientras la vida del mundo trata de acumular, la vida consagrada deja las riquezas que son pasajeras para abrazar a Aquel que permanece. La vida del mundo persigue los placeres y los deseos del yo, la vida consagrada libera el afecto de toda posesión para amar completamente a Dios y a los demás. La vida del mundo se empecina en hacer lo que quiere, la vida consagrada elige la obediencia humilde como la libertad más grande. Y mientras la vida del mundo deja pronto con las manos y el corazón vacíos, la vida según Jesús colma de paz hasta el final, como en el Evangelio, en el que los ancianos llegan felices al ocaso de la vida, con el Señor en sus manos y la alegría en el corazón.
Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor «en brazos» (Lc 2,28). No sólo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia. Dejarse encontrar por Jesús, ayudar a encontrar a Jesús: este es el secreto para mantener viva la llama de la vida espiritual. Es la manera de escapar a una vida asfixiada, dominada por los lamentos, la amargura y las inevitables decepciones. Encontrarse en Jesús como hermanos y hermanas, jóvenes y ancianos, para superar la retórica estéril de los «viejos tiempos pasados», para acabar con el «aquí no hay nada bueno». Si Jesús y los hermanos se encuentran todos los días, el corazón no se polariza en el pasado o el futuro, sino que vive el hoy de Dios en paz con todos.
Al final de los Evangelios hay otro encuentro con Jesús que puede ayudar a la vida consagrada: el de las mujeres en el sepulcro. Fueron a encontrar a un muerto, su viaje parecía inútil. También vosotros vais por el mundo a contracorriente: la vida del mundo rechaza fácilmente la pobreza, la castidad y la obediencia. Pero, al igual que aquellas mujeres, vais adelante, a pesar de la preocupación por las piedras pesadas que hay que remover (cf. Mc 16,3). Y al igual que aquellas mujeres, las primeras que encontraron al Señor resucitado y vivo, os abrazáis a Él (cf. Mt 28,9) y lo anunciáis inmediatamente a los hermanos, con los ojos que brillan de alegría (cf. v. 8). Sois por tanto el amanecer perenne de la Iglesia. Os deseo que reavivéis hoy mismo el encuentro con Jesús, caminando juntos hacia Él: así se iluminarán vuestros ojos y se fortalecerán vuestros pasos.
© Librería Editorial Vaticano

martes, 2 de enero de 2018

Año nuevo: “El hombre no está solo, nunca más huérfano” 01012018

Año nuevo: “El hombre no está solo, nunca más huérfano”

Misa en la solemnidad de Santa María Madre de Dios (homilía completa)
Misa De 01/01/2018 © Vatican Media
Misa De 01/01/2018 © Vatican Media
(ZENIT – 1 enero 2018).-  “En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también como nosotros. Este es el milagro, la novedad: el hombre no está solo; nunca más huérfano, es hijo por siempre”. Es lo que ha subrayado el Papa Francisco en la celebración de la misa en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, octava de Navidad, y primer día del año 2018, este primero de enero de 2018.
En su homilía, en la Basílica de San Pedro, el Papa ha afirmado que desde la Encarnación, “servir a la vida humana es servir a Dios; y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.
Este lunes marca también la 51ª Jornada sobre el tema “Migrantes y refugiados en busca de la paz”.
A.K
Homilía del Papa Francisco 
El año se abre en el nombre de la Madre. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios. Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.
La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada. Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada. Por lo tanto, servir a la vida humana es servir a Dios, y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.
Dejémonos ahora guiar por el Evangelio de hoy. Sobre la Madre de Dios se dice una sola frase: «Guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Guardaba. Simplemente guardaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra». Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Hb 1,1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad está sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia a su Hijo y lo guarda en silencio.
Y el silencio nos dice que también nosotros, si queremos guardarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón: que su pequeñez desarme nuestra soberbia, que su pobreza desconcierte nuestra fastuosidad, que su ternura sacuda nuestro corazón insensible.
Reservar cada día un momento de silencio con Dios es guardar nuestra alma; es guardar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas.
El Evangelio sigue diciendo que María guardaba todas estas cosas, y las meditaba. ¿Cuáles eran estas cosas? Eran gozos y dolores: por una parte, el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Pero por otra parte: el futuro incierto, la falta de un hogar, «porque para ellos no había sitio en la posada» (Lc 2,7), la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo. Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María. Y ella, ¿qué hizo? Las meditaba, es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así se guardaba. Confiando se guardaba: no dejando que la vida caiga presa del miedo, del desconsuelo o de la superstición, no cerrándose o tratando de olvidar, sino haciendo de toda ocasión un diálogo con Dios. Y Dios que se preocupa de nosotros, viene a habitar nuestras vidas.
Este es el secreto de la Madre de Dios: guardar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón. El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida. También nosotros, cristianos en camino, al inicio del año sentimos la necesidad de volver a comenzar desde el centro, de dejar atrás los fardos del pasado y de empezar de nuevo desde lo que importa. Aquí está hoy, frente a nosotros, el punto de partida: la Madre de Dios. Porque María es exactamente como Dios quiere que seamos nosotros, como quiere que sea su Iglesia: Madre tierna, humilde, pobre de cosas y rica de amor, libre del pecado, unida a Jesús, que guarda a Dios en su corazón y al prójimo en su vida. Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia. La fiesta de hoy nos dice que para ir hacia delante es necesario volver de nuevo al pesebre, a la Madre que lleva en sus brazos a Dios.
La devoción a María no es una cortesía espiritual, es una exigencia de la vida cristiana. Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer. Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe guardar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa guardar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, guarde este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero.
Y como niños, os invito a saludarla hoy, como los fieles de Éfeso….digamos tres veces “Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios”.
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