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martes, 9 de noviembre de 2021

Fray Nelson advierte sobre peligro del “Juego del Calamar”: No es simple entretenimiento

 Fray Nelson advierte sobre peligro del “Juego del Calamar”: No es simple entretenimiento

POR DAVID RAMOS | ACI Prensa



Ante la popularidad de la serie televisiva El Juego del Calamar, también conocida como Ojingeo Geim o Squid Game y difundida por la cadena de streaming Netflix, el sacerdote dominico Nelson Medina advierte: “No es simple entretenimiento”.

En un video publicado en su canal de YouTube, el sacerdote y doctor en Teología Fundamental, conocido en redes sociales como Fray Nelson, señaló que “yo mismo no he visto la serie, entre otras cosas por limitaciones de tiempo y también por cierto cuidado, por cierto amor a mi propia integridad intelectual y moral”.

Sin embargo, precisó, “estoy bastante bien informado de lo que está sucediendo en El Juego del Calamar y de las repercusiones que tiene”.

El Juego del Calamar es una exitosa serie televisiva surcoreana transmitida desde el 17 de septiembre de este año a través de Netflix. El programa presenta a 456 personajes que participan en una serie de juegos letales, buscando ganar un premio de alrededor de 38 millones de dólares.

El Juego del Calamar se convirtió pronto en la serie más vista en Netflix, con más de 142 millones de suscriptores atentos al programa durante sus primeras cuatro semanas de difusión.

En su análisis de la serie, Fray Nelson se enfocó en “cinco ejes”, y el primero es “inocencia y crueldad”.

El sacerdote colombiano explicó que “inocencia y crueldad quiere decir que te vas a encontrar con una especie de paradoja, porque la serie muestra la realización de una serie de juegos que son juegos infantiles y se supone que los juegos infantiles tienen esa carga de inocencia”.

“Pero el resultado de ganar o perder en esos juegos infantiles, entre comillas, es que muere gente. Empiezan un poco más de 450 personas y la idea es que quede un ganador. Y el que va perdiendo, pues no solamente pierde el juego sino que pierde el juego de la vida”.

“Entonces aparece aquella muñeca gigante y aparecen esos distintos juegos. Pero en realidad no son juegos, porque son más bien batallas y son batallas a muerte”, añadió.

En el segundo eje de su análisis, Fray Nelson apuntó al “eje económico, es decir, entre pobreza y riqueza”.

Quienes participan en El Juego del Calamar, dijo, “son personas prácticamente desechadas de la sociedad o desechables por la sociedad. Es decir, son vidas baratas”.

“Y son vidas baratas porque son vidas de personas pobres. El pobre se convierte en un objeto”, lamentó.

“Y el que lo usa, como nos damos cuenta al final de la serie, por lo menos en esta temporada que se ha publicado, el que lo usa es el rico”, añadió.

El sacerdote colombiano señaló que “hay serios cuestionamientos éticos”, pues “nos damos cuenta que en nuestra sociedad, de hecho, a las personas necesitadas muchas veces se les trata como si fueran objetos de compra y venta hasta los extremos absolutamente aberrantes de la explotación sexual, de la prostitución, etcétera”.

Fray Nelson criticó que “la gran explicación de toda la crueldad en El Juego del Calamar es 'estábamos aburridos'” y “para vencer el aburrimiento se necesita diversión. ¿Y qué precio tiene la diversión? Pues el precio de vidas humanas”.

El sacerdote dominico comparó El Juego del Calamar con “lo que eran los gladiadores en la época del Imperio Romano”.

“El parecido es muy grande”, dijo, pues “los juegos de los gladiadores eran juegos a muerte y eran financiados por personas que tenían una gran cantidad de dinero, pero que también tenían gran avidez de más poder, pues para conseguir más dinero”.

“De hecho, muchos videojuegos tienen una estructura semejante”, señaló, con “una estructura en la que la diversión está unida a la pérdida de vidas humanas o está unida al torturar, al decapitar, al acribillar, al masacrar”.

El siguiente eje del análisis de Fray Nelson es el “que va entre la virtualidad y la realidad”.

“¿Qué sucede en la persona, qué sucede en el espectador, que mira capítulo tras capítulo del Juego del Calamar? Pues está viendo cómo estos gladiadores se están despedazando unos a otros, cómo mueren unos a otros, como su muerte se convierte en un espectáculo y se convierte en el escalón necesario para subir al siguiente nivel”, dijo.

Pero esa violencia, continuó, “es algo que también nos habla de la realidad”.

“De hecho, los productores y directores de la serie hablan de eso como una especie de justificación. Dicen que esta serie finalmente tiene que ver con una descripción de cómo es el mundo”, dijo.

“Entonces es virtualidad. Es algo que está en una pantalla. Pero es algo que salta de la pantalla y se mete en mi vida. O tal vez es algo tomado de mi vida y metido en una pantalla, y hay un eje entre virtualidad y realidad”, expresó.

El sacerdote dominico señaló que el quinto y final eje de su análisis de El Juego del Calamar “es el de la descripción y la producción”.

“Para los realizadores y productores y directores de esta serie, en el fondo se trata de una descripción de lo que de aquello en lo que se ha convertido la vida humana”, insistió.

Sin embargo, precisó, “si tú estás haciendo solamente descripción” lo que “estás haciendo es subrayar lo que está sucediendo”.

“Entonces, al presentar una realidad sin alternativa, ¿no se le está dando también fuerza a esa realidad? Es decir, ¿no es éste un modo de afianzar una lógica, afianzar una manera de ser?”, cuestionó.

“Cuando se presenta ese tipo de diversión sin alternativa se favorece la perpetuidad, la repetición del mismo esquema”, advirtió.

“Es decir: de unos días de espectáculo sangriento en el circo romano lo único que sigue es esperar a la nueva temporada de juegos en el circo romano”, dijo.

Fray Nelson lamentó que en El Juego del Calamar “lo que parece al principio como un cuestionamiento, quizás, en lo que se convierte es en una especie de reafirmación de lo mismo. Y la reafirmación de lo mismo es espantosa. Utiliza la inocencia para ser cruel, usa a los pobres si tienes riqueza. ¿Estás aburrido? Diviértete. No importa si eso supone la muerte de otros”.

Se parece en algo al proyecto del Metaverso que desea realizar Mark Zuckerberg, el de Facebook”, advirtió. “Cuidado porque va en la misma idea”.

Para Fray Nelson El Juego del Calamar “no es simple entretenimiento, están trabajando en nuestra mente.

“¿Por lucro, por una agenda global y mundial que tienen, por avance del mercado coreano en nuestro tiempo en nuestro mundo, en nuestra geografía? No lo sé. Pero que quieren trabajar nuestra mente, indudablemente lo quieren”, indicó.

Etiquetas: violenciaTelevisiónNetflixserieFray Nelson

viernes, 2 de noviembre de 2018

«Adiós, España»... El pudridero ideologizado de series como «Élite» de Netflix causa asombro fuera 02112018

Portento de corrección política: musulmanes y homosexuales, únicos «buenos»

«Adiós, España»... El pudridero ideologizado de series como «Élite» de Netflix causa asombro fuera

En «Élite» ningún personaje parece atesorar virtud alguna... salvo los dos de religión musulmana, uno de ellos homosexual.
En «Élite» ningún personaje parece atesorar virtud alguna... salvo los dos de religión musulmana, uno de ellos homosexual.
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Netflix no ahorró en el lanzamiento de Élite, una producción española sobre un colegio privado para familias adineradas al que llegan tres alumnos de familias humildes. Las tensiones que eso genera son la base de un argumento previsible pero eficaz. Pero el problema no está ahí, sino en el retrato social que los guionistas de la serie han querido transmitir, y la naturaleza ideológica de sus unidireccionales mensajes subyacentes
Fuera de España, lo que algunos lamentan no es solamente dicha carga de adoctrinamiento, común a la mayor parte de las creaciones audiovisuales españolas de los últimos cuarenta años, sino su nula conexión con esa idiosincrasia nacional cristiana que, pese a verse crecientemente resquebrajada, todavía pervive.
Es el caso del historiador Mario Iannaccone, colaborador en diversos medios italianos y autor de una veintena de libro, quien en La Nuova Bussola Quotidiana expresa de forma muy significativa y expresiva ese pesar:
El conformismo de "Élite": los buenos son solo los musulmanes y los homosexuales
En tiempos existió España. Tras la llegada de fuerzas populistas y socialistas, esa tierra cristiana se ha convertido en algo distinto en el espacio de pocas décadas. Cierto, no es solo el caso español, el fenómeno es europeo; pero en España, respecto a Alemania, Francia, Inglaterra e Italia, la historia ha pasado más deprisa. En los últimos veinte años el proceso de degradación cultural y religiosa ha sucedido a gran velocidad. Testigo de ello son las series de televisión españolas, que, gracias al impulso de una lengua hablada en gran parte de Suramérica, se difunden cada vez más.
Esas series muestran cómo parecen haber desaparecido sin dejar huella los restos de la España que fue durante siglos, con sus tradiciones, su religiosidad, su estilo de vida, la mentalidad y las creencias religiosas. Obviamente, una serie de televisión no debe confundirse con la realidad, ni representa toda la realidad, pero es en cualquier caso un síntoma, la expresión de un deseo que concierne a una parte de la opinión pública.
El entorno de Élite
Tomemos como ejemplo una serie de 2018, Élite, emitida en muchos países con cierto éxito. El éxito proviene de haber mezclado, en una trama de aire internacional colocable en cualquier país de Occidente, traiciones, pasiones, sangre, sexo y algunas referencias de actualidad como la inmigración y el islam, la homosexualidad y una bisexualidad que se muestra como natural. La historia, si quitamos todas las complicaciones del argumento, es en realidad muy sencilla: los jóvenes Christian, Samuel y Nadia, que provienen de familias que no podrían permitirse pagar la matrícula de una escuela prestigiosa, son aceptados gracias a una beca y se integran en clase.
En la escuela estudian los vástagos de familias ricas. Christian y Nano son hermanos y su familia es una ruina: padre ausente, madre alcoholizada… La cosa no es mejor entre los ricos: entre los compañeros de clase de los tres, hay dos parejas de novios donde las chicas son arribistas y carecen de escrúpulos y los chicos son débiles, histéricos y poco viriles, o bien violentos y capaces de cualquier cosa. También en su caso, como trasfondo, familias adineradas carentes de toda moral privada o social. Los padres de algunos de los chicos son especuladores sin escrúpulos que, por haber construido mal un colegio, causaron su derrumbamiento: símbolo de la vieja escuela y de la vieja sociedad arrumbada.
En el mundo de Élite nos encontramos una España irreconocible que podría ser California u Holanda. La felicidad o la serenidad no existen; solo un arribismo de estilo estadounidense, apariencia, a menudo perversión. Suceden hurtos y traiciones, y al menos la mitad de los chicos y de las chicas descubren ser bisexuales. Los más románticos son dos gay, Omar, que viene de una familia musulmana, y su amigo Samuel. Tienen problemas, porque el padre de Omar querría casarlo y él no quiere. Marina, la chica (el “feminicidio” es inevitable), que finalmente será asesinada, es seropositiva y desencadena los celos que conducirán a que la maten. Su rica familia está llena de secretos inconfesables.
Los únicos "buenos"
El único personaje que se salva a lo largo de los ocho episodios, por su sabiduría, pureza e inteligencia, es Nadia, quien, pese a su nombre ruso, es una joven árabe y musulmana que lleva velo.
En la improbable escuela de Élite, de suelos brillantes y paredes luminosas, hay un poco de “islamofobia”, pero no tanto como para impedir al rico y próspero Guzmán enamorarse de Nadia y de su integridad. El joven está harto de su propio cinismo y del cinismo de su novia, Lu, que querría casarse pero solo por conveniencia. Y ve en la joven musulmana esa regeneración que ya no ve entre sus compañeras “cristianas”.
Como trasfondo, una sociedad donde ya no parece haber parejas heterosexuales normales; donde la única familia feliz es la formada por “dos mamás”; donde el chico más sensible es un atormentado homosexual enamorado del musulmán Omar; donde las chicas más limpias lo menos que tienen es el VIH y son infieles en serie; donde el joven más vital es el que vende las drogas y los profesores son unos corruptos. La historia transcurre en una pequeña ciudad histórica a la que no se da nombre, edificada con piedras antiguas. Pero en ella no se ven iglesias ni nada “étnicamente” español, ni siquiera la comida. Los discursos y la mentalidad de estos españoles parecen globalizados, apátridas, arrancados de sus “raíces”.
Sin raíces
Ese distanciamiento resulta evidente y excesivo, y por tanto ideológico. No se había visto nada igual ni en la serie española, más inteligente y de mayor éxito, La casa de papel. En suma, que, como por lo demás sucede ya en Italia, para que se acepte un producto audiovisual español se abjura totalmente de la propia identidad, más bien se la traiciona. La protagonista, Marina, corrompida pero no del todo, sueña con redimirse huyendo con un traficante de drogas bueno y proletario; sueña esconderse de su familia de ricos empresarios, que con su codicia han provocado el hundimiento de un colegio; pero es asesinada por un chico de su “élite” que la considera una traidora.
En fin, la auténtica heroína es la musulmana Nadia, un punto tradicionalista pero progresista cuando hace falta para proteger a su hermano Omar, víctima por partida triple: como homosexual, como inmigrante y como musulmán.
Una serie no retrata a una sociedad, es cierto: pero desde España llegan cada vez más a menudo producciones televisivas de estas características. ¿Adiós, España?