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martes, 27 de agosto de 2019

Beata María del Pilar Izquierdo Albero, virgen y fundadora (27 de agosto)


Beata María del Pilar Izquierdo Albero, virgen y fundadora

fecha: 27 de agosto
n.: 1906 - †: 1945 - país: España
canonización: 
B: Juan Pablo II 4 nov 2001
hagiografía: Vaticano
Elogio: En San Sebastián, de nuevo en España, beata María del Pilar Izquierdo Albero, virgen, que, muy probada por la pobreza y por graves enfermedades, sirvió a Dios mostrando una caridad singular en favor de los pobres y afligidos, para cuyo servicio fundó la Obra Misionera de Jesús y María.
Oración: Señor, Tú que te dignaste inspirar a la Beata Mª Pilar Izquierdo el valor redentor del sufrimiento, e infundiste en su alma una sed intensa de “dolor, de almas y de amor”. Tú que siempre escuchabas su oración en favor de los pobres, de los que sufrían e imploraban tu misericordia, haz que también nosotros sepamos entender el misterio de la cruz, y concédenos el favor que humildemente suplicamos por su intercesión. Amén. (fte: Congregación)
María del Pilar Izquierdo Albero, tercera de cinco hermanos, nació en Zaragoza (España) el 27 de julio de 1906. Sus padres, un matrimonio humilde y pobre de bienes materiales, pero rico en virtudes, inculcaron a la niña el espíritu de piedad, el amor a los pobres y una tierna devoción a la Virgen del Pilar. Desde muy niña brilló en ella un amor exquisito a Dios y a los pobres. Se privaba a veces de su merienda y de sus cosas para ayudar a quien consideraba más necesitado que ella. Como nunca fue a la escuela, no sabía escribir ni casi leer, por eso se consideraría «una tontica» que no sabía más que «sufrir y amar, amar y sufrir».
Pronto probó en propia carne las punzadas del dolor y comprendió el valor redentor del sufrimiento. A la edad de 12 años fue víctima de una enfermedad misteriosa, que ningún médico supo diagnosticar. Después de cuatro años vividos por motivos de salud en Alfamén (Zaragoza), regresó a Zaragoza, donde comenzó a trabajar en una fábrica de calzado, siendo muy querida de todos, por su sencillez, su natural simpatía, su bondad y laboriosidad. Pero, el Señor quería llevarla por otros derroteros y la fue adentrando en el misterio de la Cruz. Y tanto amó María Pilar el sufrimiento que solía decir: «Encuentro en este sufrir un amor tan grande hacia nuestro Jesús, que muero y no muero... porque ese amor es el que me hace vivir».
En 1926, mientras volvía del trabajo, se fracturó la pelvis al caer del tranvía y, en 1929, quedó parapléjica y ciega a causa de multitud de quistes, teniendo que recorrer una vía dolorosa de más de doce años entre los hospitales de Zaragoza y la pobre buhardilla de la calle Cerdán, 24. Esta buhardilla se convirtió, no obstante, en una escuela de espiritualidad y en un remanso de luz, de paz y alegría para cuantos la visitaban, especialmente durante los tres años de la guerra civil española. Allí se oraba, se fomentaba la amistad evangélica y las almas discernían la vocación a la que Dios las llamaba.
En 1936 comienza María del Pilar a hablar de la «Obra de Jesús» que habría de aparecer en la Iglesia y que tendría como finalidad «Reproducir la vida activa del Señor en la tierra mediante las obras de misericordia». El 8 de diciembre de 1939, fiesta de la Inmaculada, de la cual era devotísima, María del Pilar se curó milagrosamente de su parálisis que la había tenido postrada durante más de 10 años en el lecho. Desaparecieron también los quistes y recobró instantáneamente la vista. Inmediatamente puso en marcha la Obra, trasladándose, junto con varias jóvenes, a Madrid, donde ya había sido aprobada la Fundación con el nombre de «Misioneras de Jesús y María». Pronto se interpusieron los juicios humanos a los planes de Dios y le prohibieron ejercer cualquier apostolado, hasta que en 1942 el Sr. Obispo de Madrid erigió canónicamente la Obra como «Pía Unión de Misioneras de Jesús, María y José».
Pasados dos años de fecundo apostolado entre los pobres, niños y enfermos de los suburbios, Dios la quiso llevar de nuevo por el camino de la Cruz. Se le reprodujeron los quistes del vientre y, a la enfermedad, se unieron los sufrimientos morales con los que Dios suele purificar a las almas que quiere llevar hasta la cima de la perfección. Calumnias, intrigas, incomprensiones desacreditaron su Obra y alejaron de la misma a varias jóvenes que le habían sido siempre fieles. Llegaron hasta tal punto las cosas que María del Pilar, aconsejada por el confesor, en noviembre de 1944 tuvo que retirarse de su propia Obra. La siguieron nueve de sus Hijas.
El 9 de diciembre viajó a San Sebastián, último tramo de la subida al Calvario. Durante el viaje, en una noche gélida y por caminos cubiertos de nieve, se fracturó una piena en un accidente de coche. Un tumor maligno que se manifestó casi contemporáneamente, la hirió de muerte, pero no logró apagar la luz de su fe ni su firme convicción de que la Obra volvería a resurgir. Postrada en el lecho del dolor, abandonada de las criaturas, pudo saborear mejor el cáliz, mientras alentaba a sus Hijas diciéndoles: «Siento dejaros porque os amo mucho, pero desde el cielo os seré más útil. Volveré a la tierra para estar con los que sufren, con los pobres, los enfermos. Cuando más solas estéis más cerca estaré de vosotras».
Murió en San Sebastián, a los 39 años, el 27 de agosto de 1945, ofreciendo su vida por las Hijas que se le habían separado, a quienes recordaba con dolor y con cariño: «Las amo tanto, -decía- que no las puedo olvidar; aunque me pegaran y me arrastraran, quisiera tenerlas aquí. No quiero acordarme del mal que me hacen sino del bien que me hicieron. Bien sabe nuestro amado Jesús que más, mucho más de lo que me hacen sufrir quiero que les dé de cielo».
Sus Hijas, confiadas en las palabras de la Madre, permanecieron unidas bajo la dirección del Padre Daniel Díez García, que la había ayudado y asistido durante los últimos años de su vida. En 1947 llegaron a Logroño y, en mayo de 1948, el Sr. Obispo D. Fidel García Martínez las aprobó canónicamente como Pía Unión bajo el nombre de «Obra Misionera de Jesús y María». En 1961 fueron aprobadas como Congregación de Derecho Diocesano y, en 1981, fueron declaradas de Derecho Pontificio. María del Pilar fue beatificada el año 2001.
Ver el web de la Congregación para más detalles de su vida y de la obra fundada, así como para información con vistas a la canonización: http://www.beatamariapilarizquierdo.com/
fuente: Vaticano
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_3070

domingo, 26 de agosto de 2018

Beata María del Pilar Izquierdo Albero, 27 de agosto

Cripta donde reposan los restos de Maria Pilar Izquierdo Albero © Casa de acogida Virgen del Pilar

Beata María del Pilar Izquierdo Albero, 27 de agosto

Dedicada a los más pobres y necesitados
«Fundadora de la Obra Misionera de Jesús y María, dedicada a los más pobres y necesitados. Alumbró esta fundación desde su lecho del dolor, afectada por graves enfermedades de las que sanó milagrosamente. Puesta en duda su credibilidad y la de médicos que la atendieron, se vio obligada a dejar su propia obra»
Hoy, festividad de santa Mónica, madre de san Agustín, entre otros santos y beatos la Iglesia celebra la vida de María Pilar. Nació en Zaragoza, España, el 27 de julio de 1906. Su infancia discurrió al abrigo de la ternura de sus piadosos padres, en un humilde hogar conformado por cinco hermanos más; ella era la tercera. Conservó vivo en su corazón el día de su bautismo que le hizo «hija de la Iglesia», una gracia por la que no cesó de bendecir a Dios. «¡Ojalá sea una realidad lo que me han dicho siempre mis padres confesores, de que sigo viviendo como el día de mi bautismo!». Al paso de los años se consideraba una «tontica» porque aprendió a leer y a escribir superada la treintena; no pudo recibir estudios a su tiempo por tener que ayudar a los suyos. Una tía le transmitió sus conocimientos para trabajar confeccionando alpargatas, y a ello se dedicó en su propio domicilio.
Sensible, caritativa, marcada por el desprendimiento, hacía de la escasez una fuente inagotable de bienes para los que eran tan pobres como ellos y más. No podía ver necesidades en derredor suyo; a escondidas o de forma abierta donaba lo que tuvieran en casa. Su padre sentía especial dilección por ella, ya que de dos hijas fue la que sobrevivió, aparte de los varones. Era un hombre tierno, de bondadoso corazón, y siempre disculpaba los gestos de su «Pilarín»; también lo hacía la madre, aunque era la que solía reconvenirla a veces. La familia al completo ponía de manifiesto su generosidad. La joven vivía inmersa en un ambiente espiritualmente privilegiado: el amor a Dios que le inculcaban no era teórico. La Virgen del Pilar lo presidía todo.
Su vida fue sellada por el dolor. Bien dijo que lo suyo era «sufrir y amar, amar y sufrir». Hacia los 14 años de edad se le presentó un cuadro clínico difícil de diagnosticar que parecía de índole nerviosa, aunque cursaba en medio del estado de paz que solía caracterizar a la muchacha. Por esa época comenzó a ser agraciada con visiones. A pesar de la precariedad económica que tenían, sus padres no dudaron en conducirla fuera del pueblo para restituirle la salud después de ser tratada por diversos especialistas. Estuvieron cuatro años en Alfamén, pero no hubo mucho que hacer y regresaron a Zaragoza. Entretanto la beata pudo emplearse en un taller y en una fábrica de calzado, recibiendo la estima de todos por sus muchos valores.
Poco a poco, sin diagnóstico certero, fue viendo invadido su cuerpo de quistes de notable tamaño. Y en 1926 nueva fatalidad tocó su puerta; se cayó del tranvía al regresar del trabajo y se fracturó la pelvis. Quizá era respuesta al sentimiento que latía en su interior de amor al sufrimiento, algo frecuentemente inexplicable para muchas personas que lo abordan al margen de la fe, pero bien entendido dentro de la vida santa. De esta lesión sanó después de realizar una novena a la canonizada Laura Vicuña. Pero tres años más tarde se le presentó un compendio de males, a cuales mayores, ante la sorpresa de los médicos que fueron tratándola y que no supieron atribuir cuál era la causa de ellos: ceguera, casi total sordera y una severa parálisis que la mantuvo recluida en su lecho más de una década.
Es sorprendente cómo alguien que yace inmóvil, presa de tantas lesiones, puede convertir una humilde buhardilla de 9 metros cuadrados en una especie de santuario donde late el amor a Dios. Lo consiguió con su fe, aceptación de la voluntad divina, súplica incesante de unir sus sufrimientos a la Pasión redentora de Cristo, y de ardientes ruegos de que no se le hurtaran padecimientos. Ese pobre lugar fue una universidad en la que se aprendía lo que es la donación genuina. Las incesantes visitas que recibía partían conmovidas por su ofrenda, alegría y paz. Los más cercanos supieron por ella el valor que daba a esa vida doliente que gobernaba sus días y sus noches: «Encuentro en este sufrir un amor tan grande hacia nuestro Jesús, que muero y no muero… porque ese amor es el que me hace vivir».
Un grupo cada vez más nutrido se congregaba en torno a su cama. En 1936 iba forjando la «Obra de Jesús» que pondría en marcha con el objeto de «reproducir la vida activa del Señor en la tierra mediante las obras de misericordia».Era una labor que venía efectuando desde el lecho con las numerosas dádivas que le ofrecían. Personas de su confianza, «su rebañico», se implicaban en la tarea de hacerlas llegar a los necesitados: alimentos, ropa, etc. Entretanto, inducía a muchos a la conversión, orientaba en la vida espiritual, vaticinaba hechos y sabía escrutar los corazones, porque también le había sido concedida esa gracia. En ese entorno solo cabía orar y soñar en lo más hermoso: el amor divino. Fue intervenida quirúrgicamente en distintas ocasiones y siempre las afrontó con paciencia y agrado.
El 8 de diciembre de 1939 milagrosamente, tal como se le vaticinó en una visión, recobró por completo la salud. Por lo inaudito del hecho, y dado lo extraordinario del mismo, se efectuaron los trámites pertinentes ante las autoridades eclesiásticas. Fue llamada a juicio, pero no dieron credibilidad a su testimonio ni al de otras personas, incluidos los médicos, y se hizo pública la recusación. Supuso un duro golpe para su fundación. Algunas de las jóvenes integrantes la abandonaron. Sufrió la prohibición de realizar apostolado y se vertieron sobre ella calumnias y juicios malévolos. Ella misma después de haber logrado abrir un fecundo campo apostólico con los pobres, los enfermos y los niños de zonas deprimidas de Madrid, donde fue aprobada su obra, en 1944 tuvo que dejarla instada por las fuertes presiones. Nueve de sus hijas decidieron seguirla. En diciembre de ese año se fracturó una pierna en un accidente de coche yendo hacia San Sebastián; al tiempo se le presentó un tumor maligno. Falleció el 27 de agosto de 1945. Ofreció su vida especialmente por las hermanas que salieron de la obra. Aseveró que ayudaría a todas desde el cielo. Juan Pablo II la beatificó el 4 de noviembre de 2001.