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viernes, 9 de noviembre de 2018

Carta a Rodrigo de Escobedo sobre las sirenas (Patricia SUÁREZ)

Carta a Rodrigo de Escobedo sobre las sirenas

Patricia SUÁREZ




A Rodrigo de Escobedo*:
Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.
Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocefálos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que al pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descubriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.
Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: ”Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvistéis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consolaós, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la passión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacistéis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la formosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos serán tus desatinos, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginabáis que vos no ibais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójadte a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”
Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.
Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.
Palabras del Almirante.

Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.


*El documento es de dudosa autenticidad, según algunos expertos. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.

jueves, 11 de octubre de 2018

Carta a papá querido (Patricia SUÁREZ)

Carta a papá querido

Patricia SUÁREZ




“-María Chucena, ¿qué estás techando?
-No estoy techando mi choza, ni la choza ajena.
Estoy techando la choza de María Chucena”.
Trabalenguas popular
Leyó:
“Papá querido:”, en el comienzo de esa extraña carta sin fecha, en el papel amarillento, con la letra igual que pequeños obreros de los ingenios, con íes con puntos como sombreros, con íes como hongos,
“Papá querido”, decía la carta, y a continuación hacía una sangría y la lapicera hacía un corte profundo sobre el papel, signo que el padre a quien iba dirigida la misiva, al verlo en esa carta escrita para a él, habrá interpretado como signo de nerviosismo. “Yo sé que usted dijo”, decía la carta inmediatamente, “que prefería que su mano derecha perdiera la destreza antes de olvidarse de su familia y de su tierra, y por eso nos prometió que vendría, apenas pudiera, del sur, aunque más no fuera para devolver la cortitrilla que no era suya, por más cosecha que usted tuviera que recoger los Jarma reclaman la cortitrilla y no supimos que hacer, con los reclamos, y cuando la mamá les dijo que usted nos había jurado que prefería perder la destreza de la mano derecha antes de olvidarse de nosotros y de la tierra, y que eso quería decir que tampoco se olvidaba de los amigos ni de ellos de los Jarma, ellos se le rieron a la mamá en la cara. Yo no puedo recordar que usted, papá, haya dicho que prefería perder la destreza de la mano derecha antes que olvidarse de nosotros, no lo puedo recordar, porque usted sabrá, si me recuerda, que yo era muy chica. Me gustaría saber si usted se acuerda de mí, papá querido, como yo me acuerdo de usted a veces. Me parece estar viéndolo, levantándose con el canto del gallo, y saliendo a sembrar, -siempre le pido a la virgen santa por usted, papá-, yo no recuerdo muy bien qué sembraba usted, papá, pero mi hermano dice que usted era un buen sembrador, y también me dijo que lo extraña, aunque él no lo perdona. Cuando el tiempo en que usted dijo que iba volver se cumplió y usted no volvía, empezó a rondar la casa la gente rara. Yo tampoco me acuerdo de eso porque seguía siendo muy chica, pero me dijo mi hermano que por aquel tiempo la mamá estaba muy asustada, y creía que nos iban a sacar la tierra y que nos iban a echar del pueblo por la fechoría que usted había hecho en el sur, que se comentaba que debía había matado a un cristiano. La mamá tenía el susto de que nos sacaran la tierra, porque decían que a los parientes de ella, los que vivían en los cerros se lo habían hecho. La madrina de la mamá, ya sabía que iban a llegar las gentes raras a sacarles la tierra, que ella lo había leído en las entrañas de la cabra, que la madrina de la mamá era muy sabia en eso. Que les habían pedido, primero, que les mostraran las escrituras, y la madrina de la mamá no tenía escritura de la tierra, que esa tierra era suya y de sus gentes de toda la vida, desde antes que llegaran los otros hombres, que las tierras eran de las gentes. Entonces los hombres de traje que fueron les gritaron que ellos era indios y que los indios no valen nada en ningún país y que no tienen tierra, mataron el ganado, los pollos, los cabritos y todo, hasta el guanaco que la madrina de la mamá tenía para hacerse compañía, y así les sacaron la tierra, por ser indios, aunque la madrina de la mamá tuviera también la sangre de un blanco, su padre era un español, de esos que fueron por el oro que escondía el valle, igual eso no les importaba a ellos, ellos lo único que querían era la tierra, por codiciosos, porque son así, porque dicen que un hombre sin ambiciones no es un hombre. Y la madrina de la mamá y la mamá misma les replicaron que ellos no eran hombres, no eran gentes buenas, que ellos eran buitres, que eran peor que los cuervos y los perros del desierto cuando están muertos de hambre. Y a los hombres no les importó nada. Los hombres solamente querían la tierra, y para ellos las gentes no eran gentes, papá, eran no más indios; y los indios no valían nada en ningún país, decían ellos. Yo siempre pensé, papá, que si usted mató a alguien sus razones habrá tenido, porque usted es muy hombre para matar por matar, para andar cuchilleando porque sí a cualquiera. Pero la mamá dice que usted se daba a la bebida, y que el vino es lo peor que le puede pasar a un hombre y a un padre, que después se le olvida todo, nomás por tomar muy mucho, aunque haya prometido que prefería perder la destreza de la mano derecha antes que el olvido, muy bebedor dice que era usted la mamá, y que se le olvidó que nosotros seguimos en el pueblo, que somos su familia, y que pensamos en usted aunque usted esté en la cárcel. Yo lo tengo en mi pensamiento, papá, todo el tiempo, a cada momento. Cada cosa que hago, me digo, ¿cómo sería si estuviera el papá conmigo? Y a veces le pregunto a mi hermano, le pregunto, ¿Cómo sería si papá estuviera con nosotros?, pero a mi hermano no le importa, porque no lo perdona a usted, y dice que todo seguiría igual, que las cosas del mundo no cambian por un padre que esté o que no esté, sino que van a cambiar cuando cambien los patrones, los patrones de la tierra, que son los que nos dañan, ellos, aunque la Lili, por nombrarle alguno, que es la hija del Viejo Álvarez, parezca tan calma y tan buena, ellos, los patrones son los que nos hacen mal, dice mi hermano, y que cuando los patrones se terminen se van terminar nuestros problemas, que son muchos y no se los voy a andar numerando, papá, para que no se me ponga triste. Mi mamá dice que si nosotros, mi hermano y yo decimos estas cosas vamos a terminar presos igual que usted, porque estas cosas no se dicen, claro que no se dicen, a los patrones no les gusta escuchar lo que uno piensa. Creen que ellos solos tienen lengua y seso, y que nosotros somos como un atajo de piernas y brazos, que no somos personas, que no somos gentes. A mí no importaría ir presa, papá querido, si supiera que así voy a estar más cerca suyo, que es lo único que yo deseo, y que la virgen me lo tiene que cumplir. Yo lo único que quiero es que usted vuelva, se lo pido a la santa virgen todo el día, pero la mamá dice que ella tampoco nos escucha, y que a lo mejor no nos escucha porque ella una vez cometió un gran pecado, y de ese pecado le viene el dolor de los huesos de las manos, viera, papá, usted, cómo le duelen a la mamá los huesos de la mano, la dolor de ella es más grande de lo que dice. Mi hermano dice que habría que ir al médico de la ciudad, para que la vea, pero el Viejo Alvárez que sabe mucho le dijo que no sea una burra, que no hace falta ir a la ciudad para que se le vaya el dolor en los dedos, que si se pone la crema de ordeñe el dolor se le va a ir y los dedos no se le van a disformar nunca ni se le van a poner morados, dice, que eso es lo que hace la Señora. Pero la Señora, papá, a la Señora del Viejo Álvarez yo jamás la ví andar lavando la ropa que mamá lava, y menos en esa cantidad, si hasta da pena, por eso no sé por qué lo dice el Viejo, yo creo que nos miente, yo creo, al final, que es como dice mi hermano, que los patrones son los dueños de nuestros dolores. Le dije a la mamá que igual vaya a la ciudad a hacerse ver las manos, pero ella, vió cómo es, papá, cabezuda como una mula, dice que el Viejo Álvarez es bueno y no va a querer hacerle mal, ni tampoco los Jarma, que le hacen lavar la ropa y atender los críos sólo porque usted, papá querido, y no vaya a enojarse por esto que le digo, los Jarma la hacen trabajar a la mamá nada más que porque usted no les devolvió la cortitrilla en aquel tiempo, cuando se fue al sur para la cosecha de la soja, y nos dijo aquello de la mano, que usted prefería perder la destreza en la mano derecha antes que olvidarse de su familia y de su tierra. Yo tengo miedo por la mamá, que se desloma de sol a sol, y se va poniendo vieja, y a veces no quiere comer ni dormir, ni le dice a mi hermano “mi negrito” que es como le decía ella antes, cuando parecía más contenta, tal vez usted se acuerde, papá, de cuando mi mamá estaba contenta. Ha dicho que quiere volverse a los cerros, que ella nunca debería haber dejado su tierra, que su padre era baqueano y su mamá era una criolla guapa que pasaba las horas tejiendo ponchos, y que ella dejó aquello, para venirse con usted, que ella le tenía a usted tantas ganas que eso la hizo venirse de los cerros; yo creo que ese es el gran pecado del que ella habla: haber dejado el cerro, por las ganas del cuerpo que tenía de usted; si usted supiera, papá, qué triste que estoy a veces. La mamá dice que los suyos le ordenan que se vuelva, que la están esperando, se lo dicen a cada rato, en los sueños, la mamá habla con las almas de los suyos. Tiene metido en la cabeza lo de la vuelta, porque las almas de sus gentes se lo dicen en los sueños. Uno de los Jarma, dice, papá, pero yo no le creo, que la vió a la mamá andando dormida por el campo, como perdida. El Jarma que la vió, yo no creo que usted se acuerde de él, uno con cara de bien turquito, que cuando usted se fue, aún él estaba adentro de la panza de su madre, que su madre estaba gruesa de él, y cuando el turquito nació, ella le quiso poner a él su nombre, papá, el nombre de usted, para recordarlo, pero Jarma el viejo dijo que no, se lo prohibió, porque si le ponía el nombre de usted, decía, el chico iba a salir matungo y asesino, y no es justo, papá, que ese viejo amarrete diga lo que dice de usted. Cuestión que el turquito de los Jarma dice que él salió afuera porque sintió la bulla que hacían las gallinas, y pensó que una comadreja estaba dándose una panzada con sus huevos. Salió con la escopeta, el hijo de los Jarma, viera qué atorrante, papá, salir con una escopeta por unos pocos huevos que pierde, y capaz que mata a una persona, pero ellos son así, qué se le va a hacer, parece que no se puede hacer nada con cómo son ellos, tienen el espíritu violento. El turquito dice que vió a la mamá, que andaba en redondo alrededor del álamo que plantó el Viejo Álvarez en el tiempo viejo, cuando esa propiedad todavía era suya y no se la había vendido a los Jarma. Los Jarma odian la tierra en que viven, se lo juro, papá. Es porque el Viejo Alvarez hizo la porquería de vendérselas sabiendo que la tierra estaba agotada, que él la había agotado sembrando maíz y trigo durante más de cinco años seguidos. Trató a la tierra peor que a las bestias de carga. Que cuando los Jarma compraron la tierra, ni los cardos crecían ahí, y la mamá les hizo un trabajo, una vez, para ayudarlos, usted debe acordarse de eso, papá, usted todavía no se había ido al Sur, y debe de acordarse de cuando la mamá hizo aquel trabajo con un toro negro y muy bravo y lo puso a montarse a las vacas justo encima de aquella tierra yerma, la de los Jarma, para que se les volviera fértil. Y ahora uno de ellos viene con el cuento de que la mamá se pasea en sueños por sus tierras, que les pisotea la siembra, dicen, y hablan de la mamá como de una vaca que se cruza los cercos y arruina los sembrados, y una de las Jarma dice que la mamá es bruja porque hizo que ella perdiera la criatura que estaba esperando. Que ni mi mamá ni yo ni nadie, sabíamos que esa estaba preñada, y que si lo perdió fue porque era un hijo malhabido, que vaya a saber con quién lo hizo, papá, esa Jarma que es una víbora. Yo quisiera que todo esto no pasara, papá, que no ocurriera, y que las cosas volvieran a ser como antes, cuando usted estaba en la casa. Yo siempre me acuerdo de cuando usted se levantaba al alba con el canto del gallo, qué lindo hombre era usted, papá, cuando yo le veía en la madrugada y usted se iba a sembrar, que era un buen sembrador, usted, me dijo mi hermano. Y lo que más me apena, papá, es que mi mamá dice que si ella se vuelve para los cerros, nosotros, mi hermano y yo, deberemos quedarnos en el pueblo, porque ese es nuestro lugar, ha dicho ella, nuestro lugar en la tierra. Pero fíjese, papá, ¿qué va a ser de mí? Porque mi hermano es un hombre, y yo sé que el se está buscando mujer, y la hija del Viejo Álvarez, la que parece tan buena, la que le he dicho antes, ella, antes de irse a la ciudad a estudiar a las leyes, me regaló una chiva, para que me hiciera compañía y para que yo no la extrañara a ella, a la Lili, porque ella creía, pobrecita, que con todos sus caprichos y las bondades esas que le venían y se le iban, yo la iba a querer como a una hermana. La cosa es, papá, que ella me regaló una chiva, hasta le puso un nombre y todo pero que me resulta muy difícil de pronunciar porque no es en este idioma que hablamos usted y yo. O sea, papá, que si mi mamá se empeña en irse a los cerros, y cuando mi hermano se encuentre una mujer, yo me voy a quedar sola con la chiva, sirviendo a los Alvarez hasta que las manos se me hagan de polvo, un polvo hasta más chiquito que el cubre la tierra, porque para eso están los patrones, dice mi hermano, les voy a lavar todas sus ropas, la blanca, la de vestir, viera usted, que ni los calzones se lavan, y eso que hay entre ellos tres muchachas ya grandes. Más valiera, papá, morirme, que la vida que me espera. Y yo ni siquiera, puedo decir que estoy pagando un pecado muy grande, porque ni tiempo para pecar he tenido, y todavía ninguno se me arrimó para hacerme un hijo, cosa que espero, papá, según la mamá me ha dicho, que no me pase, nunca, nunca, papá, hasta que yo lo encuentre a usted otra vez, hasta que usted vuelva, papá querido, acuérdese de lo que usted prometió, aquello de que prefería perder la destreza de su mano derecha antes que olvidarse de su familia y de su tierra; y después, quiso el diablo o quien haya sido, que usted se entremetiera a matar al hombre que mató y lo llevaran preso, sin hacerle verdadera justicia, papá, y a la mamá y a nosotros nos rodeara la gente rara y nos obligara a trabajar para pagar la cortitrilla que usted se llevó, y la tierra, el trozo de tierra que tenemos y que es nuestro, y donde no podríamos cavar ni nuestras tres tumbas de estrechito que es, pero es nuestro, aunque mi hermano diga que la tierra no es ni debería ser de nadie, que la tierra es como el aire y como el agua de los ríos y de los lagunas, donde todos toman, yo quiero que mi tierra sea mía, papá, mía para mí sola, y que mi hermano se busque otra para él, y para la mujer que tenga cuando la tenga, y que mi mamá se vaya a los cerros, si ella está emperrada con eso, pero yo quiero mi tierra, la mía, papá, para cuando usted venga. Yo le pido siempre a la virgen santa que usted vuelva. Cuando usted venga, papá, yo voy a estar esperándolo en nuestra tierra. Y vamos a ser usted y yo, solos, papá, para toda la vida“

Patricia Suárez
Buenos Aires, Argentina