Mostrando entradas con la etiqueta Papa Francisco Febrero 2018. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Papa Francisco Febrero 2018. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de febrero de 2019

Vida consagrada: obediencia a la ley y apertura al Espíritu 03022019


Misa de la presentación 2019 @ Vatican Media


Misa De La Presentación 2019 @ Vatican Media

Vida consagrada: obediencia a la ley y apertura al Espíritu

Homilía del Papa Francisco para la fiesta de la presentación (texto completo)

(ZENIT – 3 febrero 2019).- “La vida consagrada no es supervivencia, es una vida nueva. Es el encuentro vivo con el Señor en su pueblo. Es una llamada a la obediencia fiel todos los días y a las sorpresas inéditas del Espíritu. Es una visión de lo que supone estrecharse en sus brazos para tener la alegría: Jesús “: el Papa Francisco concluyó con estos términos su homilía para la fiesta de la presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén, que corresponde, desde Juan Pablo II. a la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, este 2 de febrero de 2019.
El Papa presidió la misa a las 17:30 h en la Basílica de San Pedro, en vísperas de su viaje a los Emiratos Árabes Unidos (3-5 de febrero), en presencia de sacerdotes y consagrados presentes en Roma, incluido el General Jesuita , p. Arturo Sosa.
El Papa invitó a los consagrados a una vida obediente a la ley en lo concreto y la fidelidad de la vida cotidiana, como María y José, y al mismo tiempo abiertos a las sorpresas del Espíritu, como Simeón y Ana: “Cuando es así florece y se convierte en un recordatorio para todos contra la mediocridad: : contra el descenso de altitud en la vida espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una vida cómoda y mundana, contra el lamento, la insatisfacción y el hecho de llorar sobre su suerte, contra la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así».
Aquí está la traducción oficial al español de la homilía del Papa Francisco.
AB
Homilía del Papa Francisco
La liturgia de hoy nos muestra a Jesús que va al encuentro de su pueblo. Es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús.
¿Qué nos enseña esto? En primer lugar, que también nosotros estamos llamados a recibir a Jesús que viene a nuestro encuentro. Encontrarlo: al Dios de la vida hay que encontrarlo cada día de nuestra existencia; no de vez en cuando, sino todos los días. Seguir a Jesús no es una decisión que se toma de una vez por todas, es una elección cotidiana. Y al Señor no se le encuentra virtualmente, sino directamente, descubriéndolo en la vida. De lo contrario, Jesús se convierte en un hermoso recuerdo del pasado. Pero cuando lo acogemos como el Señor de la vida, el centro de todo, el corazón palpitante de todas las cosas, entonces él vive y revive en nosotros. Y nos sucede lo mismo que pasó en el templo: alrededor de él todo se encuentra, la vida se vuelve armoniosa. Con Jesús hallamos el ánimo para seguir adelante y la fuerza para estar firmes. El encuentro con el Señor es la fuente. Por tanto, es importante volver a las fuentes: retornar con la memoria a los encuentros decisivos que hemos tenido con él, reavivar el primer amor, tal vez escribir nuestra historia de amor con el Señor. Le hará bien a nuestra vida consagrada, para que no se convierta en un tiempo que pasa, sino que sea tiempo de encuentro.
Si recordamos nuestro encuentro decisivo con el Señor, nos damos cuenta de que no surgió como un asunto privado entre Dios y nosotros. No, germinó en el pueblo creyente, en medio de tantos hermanos y hermanas, en tiempos y lugares precisos. El Evangelio nos lo dice, mostrando cómo el encuentro tiene lugar en el pueblo de Dios, en su historia concreta, en sus tradiciones vivas: en el templo, según la Ley, en clima de profecía, con los jóvenes y los ancianos juntos (cf. Lc 2,25-28.34). Lo mismo en la vida consagrada: germina y florece en la Iglesia; si se aísla, se marchita. Madura cuando los jóvenes y los ancianos caminan juntos, cuando los jóvenes encuentran las raíces y los ancianos reciben los frutos. En cambio, se estanca cuando se camina solo, cuando se queda fijo en el pasado o se precipita hacia adelante para intentar sobrevivir. Hoy, fiesta del encuentro, pidamos la gracia de redescubrir al Señor vivo en el pueblo creyente, y de hacer que el carisma recibido se encuentre con la gracia de hoy.
El Evangelio también nos dice que el encuentro de Dios con su pueblo tiene un principio y una meta. Se parte de la llamada al templo y se llega a la visión en el templo. La llamada es doble. Hay una primera llamada «según la Ley» (v. 22). Es la de José y María, que van al templo para cumplir lo que la ley prescribe. El texto lo subraya casi como un estribillo, cuatro veces (cf. vv. 22.23.24.27). No es una constricción: los padres de Jesús no van a la fuerza o para realizar un mero cumplimiento externo; van para responder a la llamada de Dios. Luego hay una segunda llamada, según el Espíritu. Es la de Simeón y Ana. También esta está resaltada con insistencia: tres veces, refiriéndose a Simeón, se habla del Espíritu Santo (cf. vv. 25.26.27) y concluye con la profetisa Ana que, inspirada, alaba a Dios (cf. v. 38). Dos jóvenes van presurosos al templo llamados por la Ley; dos ancianos movidos por el Espíritu. Esta doble llamada, de la Ley y del Espíritu, ¿qué nos enseña para nuestra vida espiritual y nuestra vida consagrada? Que todos estamos llamados a una doble obediencia: a la ley —en el sentido de lo que da orden bueno a la vida—, y al Espíritu, que hace todo nuevo en la vida. Así es como nace el encuentro con el Señor: el Espíritu revela al Señor, pero para recibirlo es necesaria la constancia fiel de cada día. Sin una vida ordenada, incluso los carismas más grandes no dan fruto. Por otro lado, las mejores reglas no son suficientes sin la novedad del Espíritu: la ley y el Espíritu van juntos.
Para comprender mejor esta llamada que vemos hoy en el templo, en los primeros días de la vida de Jesús, podemos ir al comienzo de su ministerio público, a Caná, donde convierte el agua en vino. También hay allí una llamada a la obediencia, cuando María dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Lo que él diga. Y Jesús pide una cosa particular; no hace una cosa nueva de inmediato, no saca de la nada el vino que falta, sino que pide algo concreto y exigente. Pide llenar seis grandes ánforas de piedra para la purificación ritual, que recuerdan la Ley. Significaba verter unos seiscientos litros de agua del pozo: tiempo y esfuerzo, que parecían inútiles, porque lo que faltaba no era agua, sino vino. Y, sin embargo, precisamente de esas ánforas bien llenas, «hasta el borde» (v. 7), Jesús saca el vino nuevo. Lo mismo para nosotros, Dios nos llama a que lo encontremos a través de la fidelidad en las cosas concretas: oración diaria, la misa, la confesión, una caridad verdadera, la Palabra de Dios de cada día. Cosas concretas, como en la vida consagrada la obediencia al Superior y a las Reglas. Si esta ley se practica con amor, el Espíritu viene y trae la sorpresa de Dios, como en el templo y en Caná. El agua de la vida cotidiana se transforma entonces en el vino de la novedad y la vida, que pareciendo más condicionada, en realidad se vuelve más libre.
El encuentro, que nace de la llamada, culmina en la visión. Simeón dice: «Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Ve al Niño y ve la salvación. No ve al Mesías haciendo milagros, sino a un niño pequeño. No ve nada de extraordinario, sino a Jesús con sus padres, que llevan al templo dos pichones o dos palomas, es decir, la ofrenda más humilde (cf. v. 24). Simeón ve la sencillez de Dios y acoge su presencia. No busca nada más, pide y no quiere nada más, le basta con ver al Niño y tomarlo en brazos: «Nunc dimittis, ahora puedes dejarme ir» (cf. v. 29). Le basta Dios así como es. En él encuentra el sentido último de la vida. Es la visión de la vida consagrada, una visión sencilla y profética, donde al Señor se le tiene ante los ojos y entre las manos, y no se necesita nada más. La vida es él, la esperanza es él, el futuro es él. La vida consagrada es esta visión profética en la Iglesia: es mirada que ve a Dios presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta; es voz que dice: «Dios basta, lo demás pasa»; es alabanza que brota a pesar de todo, como lo muestra la profetisa Ana. Era una mujer muy anciana, que había vivido muchos años como viuda, pero no era una persona sombría, nostálgica o encerrada en sí misma; al contrario, llega, alaba a Dios y habla solo de él (cf. v. 38).
Esto es la vida consagrada: alabanza que da alegría al pueblo de Dios, visión profética que revela lo que importa. Cuando es así, florece y se convierte en un reclamo para todos contra la mediocridad: contra el descenso de altitud en la vida espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una vida cómoda y mundana, contra el lamento, la insatisfacción y el llanto, contra la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así». La vida consagrada no es supervivencia, es vida nueva. Es un encuentro vivo con el Señor en su pueblo. Es llamada a la obediencia fiel de cada día y a las sorpresas inéditas del Espíritu. Es visión de lo que importa abrazar para tener la alegría: Jesús.
© Libreria editorial del Vaticano

Yemen: la oración del Papa Francisco por los niños “en peligro de muerte” 03022019




Ángelus 3 Febrero 2019 © Vatican Media

Yemen: la oración del Papa Francisco por los niños “en peligro de muerte”

Miles de personas oran por el fin de la crisis humanitaria
(ZENIT – 3 febrero 2019).- Miles de personas oraron con el Papa Francisco por el fin de la crisis humanitaria en Yemen, después del Ángelus de este domingo 3 de febrero de 2019, en la Plaza San Pedro.
El Papa expresó su profunda preocupación “por la crisis humanitaria en Yemen. Donde “la población está agotada por el largo conflicto y donde muchos niños pasan hambre, pero sin acceso a los depósitos de alimentos”.
“Hermanos y hermanas”, insistió el Papa, “el clamor de estos niños y sus padres se eleva ante Dios”.
Hizo un llamamiento a las partes y a la comunidad internacional para que “urgentemente” promuevan “el respeto por los acuerdos alcanzados”, a fin de “garantizar la distribución de alimentos y el trabajo por el bien de “la población”.
“Los invito a todos a orar por nuestros hermanos en Yemen”, pidió al Papa que oró con la multitud un “Ave María”.
Luego el Papa les pidió a todos que se llevaran a casa esta intención de oración: “Oremos fuerte, por estos niños hambrientos, sedientos, que no tienen medicinas y están en peligro de muerte”.
El Vaticano una vez deploró la muerte de 80.000 niños, y su observador en la ONU, el obispo Bernardito Auza, transmitió las llamadas del Papa Francisco.
A una pregunta de la prensa sobre Yemen Alessandro Gisotti recordó el 31 de enero: “El Papa ha hablado a menudo de Yemen”, como el 25 de diciembre, en su mensaje de Navidad Urbi et Orbi, donde el Papa ha “alentado al diálogo “:” No sé si el Papa abordará el tema, en público o en privado, lo que es seguro es que lo mencionó en diferentes ocasiones, … por el respeto de los derechos humanos, especialmente de la población y los niños. Siempre habló con claridad … Tomen lo que dijo el 7 de enero al cuerpo diplomático”.
De hecho, el Papa dijo: “El compromiso unánime de la comunidad internacional es más valioso y necesario que nunca para lograr este objetivo, así como para promover la paz en toda la región, especialmente en Yemen e Irak. y permitir, al mismo tiempo, proporcionar la ayuda humanitaria necesaria a las poblaciones necesitadas”.
“Allí”, dijo Alessandro Gisotti, “habló sobre los cristianos en el Oriente Medio, y deseó su protección … Luego habló de inmediato sobre el viaje, citó el hecho de que a menudo, en la historia, una enemistad de ha desarrollado entre cristianos y musulmanes”.
Esto es lo que el Papa Francisco dijo, citando a Francisco de Asís: “Desafortunadamente, en esos años, Siria y en general todo el Oriente Medio se encontraron en la escena de conflictos de múltiples intereses opuestos. Además de los intereses preeminentes de carácter político y militar, el intento de interponer la enemistad entre musulmanes y cristianos no debe descuidarse. Aunque “a lo largo de los siglos, muchas disensiones y enemistades se han manifestado entre cristianos y musulmanes” en diferentes lugares del Oriente Medio, han podido vivir juntos en paz durante mucho tiempo. Pronto, tendré la oportunidad de visitar a estos dos países con mayoría musulmana, Marruecos y los Emiratos Árabes Unidos; Serán dos oportunidades importantes para desarrollar aún más el diálogo interreligioso y el entendimiento mutuo entre los seguidores de ambas religiones en el 8 º aniversario del histórico encuentro entre San Francisco de Asís y el sultán al-Malik al-Kamil.”
© Traduction de Zenit, Raquel Anillo

sábado, 2 de febrero de 2019

Programa del viaje apostólico del Papa a los Emiratos Árabes Unidos 02022019


Palacio Presidencial en Abu Dhabi © Di en Línea

Palacio Presidencial En Abu Dhabi © Di En Línea

Programa del viaje apostólico del Papa a los Emiratos Árabes Unidos

Del 3 al 5 febrero 2019
(ZENIT – 2 feb. 2019).- La visita oficial del Papa Francisco al príncipe heredero de Abu Dhabi, el Jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan, será el lunes, 4 de febrero de 2019, a las 12 hora local (9 horas en Roma).
Logotipo del Viaje Apostólico del Papa Francisco a los Emiratos Árabes Unidos © Vatican Media
El Papa Francisco visitará Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos) del 3 al 5 de febrero de 2019 para participar en el Encuentro Interreligioso Internacional sobre la “Fraternidad humana”.
El Encuentro Interreligioso se celebrará el lunes, 4 de febrero, a las 15 horas (hora de Roma), donde el Santo Padre leerá un discurso. Un momento antes, las 14 horas, se llevará a cabo el encuentro privado del Papa con los miembros del Muslim Council of Elders en la Gran Mezquita del Jeque Zayed.
El martes, 5 de febrero de 2019, el Pontífice visitará la Catedral de Abu Dhabi a primera hora de la mañana y a las 7:30 hora de Roma celebrará la Santa Misa en el Zayed Sports City.
***
Domingo 3 de febrero 2019
ROMA – ABU DHABI
  • 13 horas: Salida en avión de Roma/Fiumicino para Abu Dhabi
  • 22 horas (19 h. en Roma): Llegada al aeropuerto presidencial de Abu Dhabi. Recibimiento oficial
Lunes 4 de febrero 2019
ABU DHABI
  • 12 horas (9 h. en Roma): Ceremonia de bienvenida en la entrada principal del Palacio Presidencial
  • 12:20 horas (9:20 h. en Roma): Visita oficial al príncipe heredero en el Palacio Presidencial
  • 17 horas (14 h. en Roma): Encuentro privado con los miembros del Muslim Council of Elders en la Gran Mezquita del Jeque Zayed
  • 18:10 horas (15.10 h. en Roma): Encuentro Interreligioso en el Founder’s Memorial. Discurso del Santo Padre
Martes 5 de febrero de 2019
ABU DHABI – ROMA
  • 9:15 horas (6:15 h. en Roma): Visita en privado a la Catedral
  • 10:30 horas (7:30 h. en Roma): Santa Misa en el Zayed Sports City. Homilía del Santo Padre
  • 12:40 horas 9:49 h. en Roma): Ceremonia de despedida en el Aeropuerto Presidencial de Abu Dhabi
  • 13 horas (10 h. en Roma): Salida en avión para Roma
  • 17 horas 14 h. en Roma): Llegada al aeropuerto internacional de Roma/Ciampino

miércoles, 28 de febrero de 2018

10ª catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa - Audiencia General – 28 febrero 2018 (Texto completo)

Audiencia General – 28 febrero 2018 (Texto completo)

10ª catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa
Papa abraza a una mujer en la Audiencia General © Vatican Media
Papa Abraza A Una Mujer En La Audiencia General © Vatican Media
(ZENIT – 28 feb. 2018).- “Nuestra ofrenda es poca cosa, pero Cristo necesita de este poco”, ha asegurado el Papa Francisco. “Nos pide poco, el Señor, y nos da tanto”.
El Papa Francisco ha retomado hoy la celebración de la Audiencia General, tras un breve periodo de ejercicios espirituales con los sacerdotes de la Curia Romana, en la localidad de Ariccia.
En la mañana del miércoles, 28 de febrero de 2018, el Papa ha ofrecido una catequesis sobre la liturgia eucarística, es decir, la preparación de los dones y la oración de la ofrenda. Se trata de la 10ª catequesis que el Santo Padre dedica a la Santa Misa en la Audiencia General.
“En los signos del pan y del vino el pueblo fiel pone la propia ofrenda en las manos del sacerdote, el cual la depone en el altar o mesa del Señor, `que es el centro de toda la Liturgia Eucarística´”, ha indicado Francisco.
El Papa ha señalado que al primer gesto de Jesús: «tomó el pan y el cáliz del vino», corresponde la preparación de los dones –es la primera parte de la Liturgia eucarística–.
Para este momento, el Santo Padre ha aclarado que está bien que sean los fieles los que presenten el pan y el vino, porque “estos representan la ofrenda espiritual de la Iglesia ahí recogida para la eucaristía”.
Sacrificio agradable a Dios
En el «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», se ofrece por tanto el compromiso de los fieles a hacer de sí mismos, obedientes a la divina Palabra, «sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso», «por el bien de toda su santa Iglesia».
El Papa sugiere que podemos pensar que “nuestra ofrenda es poca cosa, pero Cristo necesita de este poco”, asegura. “Nos pide poco, el Señor, y nos da tanto”. “Nos pide, en la vida ordinaria, buena voluntad; nos pide corazón abierto; nos pide ganas de ser mejores para acogerle a Él que se ofrece a sí mismo a nosotros en la eucaristía”.
RD
Sigue el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:
Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos con la catequesis sobre la santa misa. En la liturgia de la Palabra —sobre la que me he detenido en las pasadas catequesis— sigue otra parte constitutiva de la misa, que es la liturgia eucarística. En ella, a través de los santos signos, la Iglesia hace continuamente presente el Sacrificio de la nueva alianza sellada por Jesús sobre el altar de la Cruz (cf. Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, 47). Fue el primer altar cristiano, el de la Cruz, y cuando nosotros nos acercamos al altar para celebrar la misa, nuestra memoria va al altar de la Cruz, donde se hizo el primer sacrificio. El sacerdote, que en la misa representa a Cristo, cumple lo que el Señor mismo hizo y confió a los discípulos en la Última Cena: tomó el pan y el cáliz, dio gracias, los pasó a sus discípulos diciendo: «Tomad, comed… bebed: esto es mi cuerpo… este es el cáliz de mi sangre. Haced esto en memoria mía».
Obediente al mandamiento de Jesús, la Iglesia ha dispuesto en la liturgia eucarística el momento que corresponde a las palabras y a los gestos cumplidos por Él en la vigilia de su Pasión. Así, en la preparación de los dones. son llevados al altar el pan y el vino, es decir los elementos que Cristo tomó en sus manos. En la Oración eucarística damos gracias a Dios por la obra de la redención y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Siguen la fracción del Pan y la Comunión, mediante la cual revivimos la experiencia de los Apóstoles que recibieron los dones eucarísticos de las manos de Cristo mismo (cf. Instrucción General del Misal Romano, 72).
Al primer gesto de Jesús: «tomó el pan y el cáliz del vino», corresponde por tanto la preparación de los dones. Es la primera parte de la Liturgia eucarística. Está bien que sean los fieles los que presenten el pan y el vino, porque estos representan la ofrenda espiritual de la Iglesia ahí recogida para la eucaristía. Es bonito que sean los propios fieles los que llevan al altar el pan y el vino. Aunque hoy «los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual» (ibíd., 73). Y al respecto es significativo que, al ordenar un nuevo presbítero, el obispo, cuando le entrega el pan y el vino dice: «Recibe las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio eucarístico» (Pontifical Romano – Ordenación de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos). ¡El Pueblo de Dios que lleva la ofrenda, el pan y el vino, la gran ofrenda para la misa! Por tanto, en los signos del pan y del vino el pueblo fiel pone la propia ofrenda en las manos del sacerdote, el cual la depone en el altar o mesa del Señor, «que es el centro de toda la Liturgia Eucarística» (igmr, 73).
Es decir, el centro de la misa es el altar, y el altar es Cristo; siempre es necesario mirar el altar que es el centro de la misa. En el «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», se ofrece por tanto el compromiso de los fieles a hacer de sí mismos, obedientes a la divina Palabra, «sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso», «por el bien de toda su santa Iglesia». Así «la vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1368).
Ciertamente, nuestra ofrenda es poca cosa, pero Cristo necesita de este poco. Nos pide poco, el Señor, y nos da tanto. Nos pide poco. Nos pide, en la vida ordinaria, buena voluntad; nos pide corazón abierto; nos pide ganas de ser mejores para acogerle a Él que se ofrece a sí mismo a nosotros en la eucaristía; nos pide estas ofrendas simbólicas que después se convertirán en su cuerpo y su sangre. Una imagen de este movimiento oblativo de oración se representa en el incienso que, consumido en el fuego, libera un humo perfumado que sube hacia lo alto: incensar las ofrendas, como se hace en los días de fiesta, incensar la cruz, el altar, el sacerdote y el pueblo sacerdotal manifiesta visiblemente el vínculo del ofertorio que une todas estas realidades al sacrificio de Cristo (cf. igmr, 75). Y no olvidar: está el altar que es Cristo, pero siempre en referencia al primer altar que es la Cruz, y sobre el altar que es Cristo llevamos lo poco de nuestros dones, el pan y el vino que después se convertirán en el tanto: Jesús mismo que se da a nosotros.
Y todo esto es cuanto expresa también la oración sobre las ofrendas. En ella el sacerdote pide a Dios aceptar los dones que la Iglesia les ofrece, invocando el fruto del admirable intercambio entre nuestra pobreza y su riqueza. En el pan y  el vino le presentamos la ofrenda de nuestra vida, para que sea transformada por el Espíritu Santo en el sacrificio de Cristo y se convierta con Él en una sola ofrenda espiritual agradable al Padre. Mientras se concluye así la preparación de los dones, nos dispones a la Oración eucarística (cf. ibíd., 77).
Que la espiritualidad del don de sí, que este momento de la misa nos enseña, pueda iluminar nuestras jornadas, las relaciones con los otros, las cosas que hacemos, los sufrimientos que encontramos, ayudándonos a construir la ciudad terrena a la luz del Evangelio.
© Librería Editorial Vaticano

martes, 27 de febrero de 2018

“El Señor perdona con la dulzura y la confianza de un Padre” 27022018

“El Señor perdona con la dulzura y la confianza de un Padre”

Homilía del Papa en la Misa matutina de Santa Marta
Misa en Santa Marta, 27 de febrero de 2018 © Vatican Media
Misa En Santa Marta, 27 De Febrero De 2018 © Vatican Media
(ZENIT – 27 feb. 2018).- “El Señor dice: ‘Ven, vamos. Ven y discutamos. Hablemos un poco’. No nos asusta. Es como el papá del hijo adolescente que ha hecho una travesura y debe reprenderlo”, ha señalado Francisco.
El Papa Francisco se refirió en la Misa celebrada esta mañana, 27 de febrero de 2018, en la capilla de Santa Marta, a la “actitud especial” de Jesús ante nuestros pecados, inspirándose en la lectura tomada del primer libro del Profeta Isaías que ofrece una verdadera “llamada a la conversión”.
La Cuaresma es un tiempo que nos ayuda en la conversión, en el acercamiento a Dios, en el cambio de nuestra vida. “Ésta es una gracia que hay que pedir al Señor”, ha recordado el Papa esta mañana.
En esta línea, el Santo Padre ha dicho: “El Señor no se cansa de llamar a cada uno para que cambiemos nuestra vida, para que demos un paso hacia Él a fin de convertirnos”.
Jesús no amenaza
De modo que Jesús, como el padre con respecto a un hijo adolescente, con un “gesto de confianza acerca al perdón y cambia el corazón”, ha asegurado el Pontífice, y ha indicado que Jesús “no amenaza, sino que llama con dulzura, dando confianza”.
“Vengan y discutamos” son las palabras del Señor a los jefes de Sodoma y al pueblo de Gomorra, al que –tal como explicó el Papa– ya ha indicado el “mal” que hay que evitar y el “bien” que hay que seguir. Y así también lo hace con nosotros:
“Hablemos, discutamos”
El Señor en este pasaje nos llama así: ‘Vamos, vengan. Tomemos un café juntos. Hablemos, discutamos. No tengan miedo, no quiero aporrearlos’. Y dado que sabe que el hijo piensa: ‘Pero yo he hecho algunas cosas’… Inmediatamente: ‘Incluso si tus pecados fueran como la escarlata, se volverían blancos como la nieve. Si fueran rojos como la púrpura, llegarían a ser como lana”, ha descrito el Santo Padre.
“Pero ven, no te asustes, ven. El perdón está”: El Señor sabe que todos nosotros estamos a mitad de camino y muchas veces tenemos necesidad de esto, de escuchar esta palabra, ha explicado el Papa.
“A mí me ayuda ver esta actitud del Señor: el papá con el hijo que se cree grande, que se cree crecido y aún está a mitad de camino. Y esto nos anima. Ir hacia el Señor con el corazón abierto: es el Padre que nos espera”, ha comentado.

lunes, 26 de febrero de 2018

“No juzguen y no serán juzgados”: Misa en Santa Marta 26022018

“No juzguen y no serán juzgados”: Misa en Santa Marta

El Papa invita a “perdonar” en vez de “juzgar” al prójimo
Homilía del Papa en Santa Marta © Vatican Media
Homilía Del Papa En Santa Marta © Vatican Media
(ZENIT – 26 feb. 2018).- “No juzguen y no serán juzgados”: El Papa Francisco ha invitado en la Misa matutina a no juzgar a los demás, a perdonar al prójimo y a pedir la gracia de la vergüenza por los propios pecados, señala ‘Vatican News’.
En la homilía pronunciada en Santa Marta este lunes, 26 de febrero de 2018, el Papa ha insistido con fuerza en esta invitación de Jesús que se lee en el Evangelio propuesto por la liturgia del día (Lc 6, 36-38) en este tiempo de Cuaresma en que la Iglesia nos invita a renovarnos.
Así, Francisco ha recordado que nadie podrá evitar el juicio de Dios, tanto el personal como el universal; puesto que todos seremos juzgados. Y desde este punto de vista, la Iglesia propone reflexionar sobre la actitud que tenemos con nuestro prójimo y con Dios.
“¡Cuántas veces el tema de nuestras conversaciones es juzgar a los demás!” –ha dicho el Papa–. “Juzgar a los demás es algo malo porque el único juez es el Señor” que conoce esta tendencia del hombre de juzgar a los demás. En este sentido, el Santo Padre ha animado a “perdonar” en vez de “juzgar” al prójimo.
Asimismo, el Santo Padre ha propuesto “ser misericordiosos con los demás puesto que, del mismo modo, el Señor será misericordioso con nosotros”.
Por otra lado, el Pontífice destacó que hoy la Iglesia también a “tener una actitud de humildad con Dios, que consiste en el hecho de reconocernos pecadores”.
“Nosotros sabemos que la justicia de Dios es misericordia –ha indicado el Papa–. Pero es necesario decirlo: ‘A Ti te compete la justicia; a nosotros, la vergüenza’. Y cuando se encuentran la justicia de Dios con nuestra vergüenza, allí está el perdón.
Así, el Papa ha lanzado las preguntas: ¿Yo creo que he pecado contra el Señor? ¿Yo creo que el Señor es justo? ¿Yo creo que es misericordioso? ¿Yo me avergüenzo ante Dios, de ser pecador? Así de sencillo: a Ti la justicia, a mí la vergüenza. Y pedir la gracia de la vergüenza”.
Por último, Francisco reafirmó la invitación a pedir la gracia para que “jamás nos falte la vergüenza ante Dios”.
“Es una gran gracia, la vergüenza. Así recordamos: la actitud hacia el prójimo, recordar que con la medida con la que yo juzgo, seré juzgado; no debo juzgar. Y si digo algo sobre el otro, que sea generoso, con tanta misericordia. La actitud ante Dios, este diálogo esencial: “A Ti la justicia, a mí la vergüenza”, ha explicado el Santo Padre.

domingo, 25 de febrero de 2018

Ángelus: La Pasión de Cristo es sobretodo un don de amor 25022018

Ángelus: La Pasión de Cristo es sobretodo un don de amor

El Papa medita sobre la Transfiguarción
Ángelus del 28/02/2018 © Vatican Media
Ángelus Del 28/02/2018 © Vatican Media
(ZENIT – 25 febrero 2018).- “La transfiguración ayuda a los discípulos, y a nosotros también a comprender que la pasión de Cristo es un misterio de sufrimiento, pero es sobretodo un don de amor, de amor infinito por parte de Jesús”, ha subrayado el Papa Francisco en el Ángelus del 25 de febrero de 2018.
Desde la Plaza San Pedro, en presencia de unas 15.000 personas, el Papa ha introducido la oración mariana meditando sobre el Evangelio del día: la Transfiguración, que es “una aparición pascual anticipada”, ha explicado.
Esta es nuestra traducción completa de las palabras del Papa.

Palabras del Papa antes del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!.
El Evangelio de hoy, segundo domingo de Cuaresma, nos invita a contemplar la transfiguración de Jesús, (Mc 9,2 -10). Este episodio está relacionado con lo que sucedió seis días antes, cuando Jesús reveló a sus discípulos que en Jerusalén tendría que “sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días” (Mc 8,31). Este anuncio puso en crisis a Pedro y a todo el grupo de discípulos que rechazaron la idea de que Jesús fuera rechazado por los líderes del pueblo y asesinado. Esperaban un Mesías poderoso, fuerte, dominador. Al contrario, Jesús se presenta como un siervo humilde, dulce, servidor de Dios, servidor de los hombre, que debería dar su vida en sacrificio, pasando                        por el camino de la persecución, del sufrimiento y de la muerte. ¿Cómo poder seguir un Maestro y Mesías cuyo hecho terrenal se habría terminado de aquel modo? es lo que ellos pensaban. La respuesta llega justo por la  transfiguración: ¿Qué es la transfiguración de Jesús?. Una aparición pascual anticipada.
Jesús tomó consigo a los tres discípulos Pedro, Santiago y Juan y los condujo, a ellos solos aparte a lo alto de un “monte”, (Mc 9,2) y allí, por un momento, muestra su gloria, gloria del Hijo de Dios. Este acontecimiento de la transfiguración les permite así a los discípulos de afrontar la pasión de Jesús de manera positiva, sin ser arrollados. Le han visto como sería después de la Pasión, glorioso. Y así Jesús les prepara para la prueba. La transfiguración ayuda a los discípulos, y también a nosotros, a comprender que la pasión de Cristo, es un misterio de sufrimiento, pero es sobre todo un don de amor infinito de parte de Jesús. El acontecimiento de Jesús que se transfigura en la montaña nos hace también comprender mejor su resurrección. Para comprender mejor el misterio de la cruz. Para comprenderlos, en efecto, es necesario saber con antelación que el que sufre y que es glorificado no es sólo un hombre, sino que es el Hijo de Dios, que por su amor fiel hasta la muerte, nos ha salvado. El Padre renueva así, su declaración mesiánica sobre el Hijo, que ya hizo en las orillas del Jordán después del bautismo, y exhorta: “¡Escuchadle!” (v.7) .Los discípulos están llamados a seguir al Maestro con confianza y esperanza, a pesar de su muerte;  la divinidad de Jesús tiene que manifestarse justamente sobre la cruz, justamente en su muerte  ”de esta manera”, a tál punto que aquí el evangelista Marcos pone en la boca del Centurión la profesión de fe:”¡Verdaderamente, este hombre es el Hijo de Dios!”,  (15,39).
Ahora dirigimos nuestra oración a la Virgen María, la criatura humana transformada interiormente por la gracia de Cristo. Nos encomendamos confiados a su ayuda materna  para continuar con fe y generosidad el camino de la Cuaresma.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

sábado, 24 de febrero de 2018

Cuarta meditación en los Ejercicios del Papa: El remedio contra la sed de nada es la comunión con Jesús (P. José Tolentino de Mendonça) 20022018



El Papa y la Curia Romana en la Casa Divino Maestro en Ariccia

Ejercicios Espirituales: El remedio contra la sed de nada es la comunión con Jesús

El Padre Tolentino predicó esta mañana la cuarta meditación de los Ejercicios Espirituales del Papa y los miembros de la Curia Romana, en la casa Divino Maestro, en Ariccia
Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

La sed de nada que nos enferma

 

“Lo opuesto a la sed es a veces, en nuestra vida, la acedia, esta “sed de nada” que nos invade, más o menos imperceptiblemente, y nos hace enfermar”; con estas palabras inicia la cuarta meditación del padre Tolentino, encargado de guiar los Ejercicios Espirituales de Cuaresma que están realizando esta semana el Papa Francisco y algunos miembros de la Curia Romana, citando un fragmento escrito por el filósofo Søren Kierkegaard en su famoso Diario donde describe con cierto detalles una situación parecida.
“Extraña inquietud que a menudo me agarra. Es decir, me parece que la vida que vivo no es la mía, sino que corresponde punto por punto a la de otra persona, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. No tengo ganas de nada. No tengo ganas de caminar, eso me cansa; no quiere recostarme porque debería estar un largo tiempo tumbado y eso no me va; tampoco levantarme de inmediato me agrada. No quiero cabalgar, es un ejercicio demasiado duro para mi apatía”.
“ Lo opuesto a la sed es a veces, en nuestra vida, la acedia, esta sed de nada que nos invade, más o menos imperceptiblemente, y nos hace enfermar ”
“Y es justamente así: ya no tenemos más ganas de nada, miramos la vida sin color, sin sabor, con esta sed de nada que acaba enfermándonos”, explica el padre Tolentino señalando que no es la sed en sí misma la que nos hace “morir en vida”, sino que precisamente esta sed es la que nos enseña el arte de buscar, de aprender, de colaborar... la pasión de servir”.
IV Meditación

El riesgo de abandonarse en uno mismo

 

El peligro reside por tanto, en dejarse ahogar por esa “sed de nada” que deriva en indiferencia, en apatía, en la falta de interés por los demás y en el encierro en uno mismo.
Un riesgo que afecta a todos, tanto de manera individual como de manera colectiva, cuando hablamos por ejemplo de la Iglesia como Institución, como familia y comunidad, que también puede dejarse arrastrar a la deriva por este “deseo de nada”.
“ El peligro reside por tanto, en dejarse ahogar por esa sed de nada que deriva en indiferencia, en apatía, en la falta de interés por los demás y en el encierro en uno mismo ”
Esa “psicología de la tumba” de la que habla Evangelii gaudium cuando advierte sobre los peligros de que los cristianos, poco a poco, se conviertan en momias de museo: desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza,que se apodera del corazón como «el más pre-ciado de los elixires del demonio».

La anatomía de la tristeza

 

Por otra parte, uno de los sinónimos de acedia, entendida como “apatía del alma”, es la tristeza. Y en este sentido tenemos que reconocer que, a menudo nuestra tristeza, es la misma que la de aquel joven rico, que aún habiendo sido llamado por Jesús, no lo sigue.
En tres ocasiones encontramos en los textos evangélicos esa narración, (Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23) y asistimos al “colapso del deseo” en el joven que antes, se había arrodillado delante de Jesús llamándolo “Maestro Bueno”, pero que al final no lo sigue.
“ Uno de los sinónimos de acedia, entendida como apatía del alma, es la tristeza. Y en este sentido tenemos que reconocer que, a menudo nuestra tristeza, es la misma que la de aquel joven rico que aún habiendo sido llamado por Jesús, no lo sigue. ”
Todo parece indicar que tenía una sed grande y sincera de Jesús, y cumplía con los mandamientos desde su juventud, no obstante, en la hora decisiva prefirió la seguridad y la protección de aquello que consideraba que eran sus bienes, en lugar de lanzarse a la aventura abierta de vivir en confianza con el Señor, con esa disponibilidad que una relación de tal magnitud exige por parte de nosotros.
“Por tanto, no es raro que nuestra tristeza provenga precisamente de esta incapacidad de entregarnos al Señor”, añade el padre Tolentino.

La debilitación del deseo que marca el alma

 

Y en este sentido, el fragmento 82 de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium nos puede ayudar a realizar un examen de conciencia oportuno sobre esa debilitación del deseo que no raramente nos caracteriza.
“ No es raro que nuestra tristeza provenga precisamente de esta incapacidad de entregarnos al Señor ”
Dice el Papa Francisco: “El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable.
De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener diversos orígenes. Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz”.

Aprendan de mí

 

El mejor remedio para luchar contra esa acedia, esa tristeza, esa indiferencia y apatía del alma, nos lo ofrece Jesús mismo, quien nos invita a vivir en comunión con Él, no sólo cultivando un vínculo intelectual sino configurándonos en su Pasión, viviendo el estilo de vida según el suyo.
En su Palabra encontramos todo lo que nuestra alma necesita para encontrar sentido y esperanza; ya que muchas veces la razón de nuestra desesperación, nuestras caídas y nuestro cansancio es precisamente nuestra necesidad de buscar regugio en Dios para poder superar todo esto.
“ El mejor remedio para luchar contra esa acedia, esa tristeza, esa indiferencia y apatía del alma, nos lo ofrece Jesús mismo, quien nos invita a vivir en comunión con Él ”

Y es eso lo que Jesús nos propone cuando dice: “Vengan a mí  todos los que estén cansados y agobiados y yo les daré descanso. Tomen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mt 11, 28-30).

Tercera meditación en los Ejercicios del Papa: «Señor acrecienta mi sed» (P. José Tolentino de Mendonça) 19022018



Ejercicios espirituales del Papa y de la Curia Romana


«Señor acrecienta mi sed» Tercera meditación. Ejercicios espirituales del Papa y la Curia

Debemos perder el miedo de reconocer nuestra sed y nuestra sequedad. Pero… ¿cómo se mide la sed espiritual? En la tercera meditación de los ejercicios espirituales del Papa y de la Curia Romana que se están llevando a cabo en Ariccia, el padre Tolentino continuó su reflexión sobre el elogio de la sed
Griselda Mutual - Ciudad del Vaticano
En la tercera meditación, en la segunda jornada de ejercicios espirituales en los que participa el Santo Padre y la Curia romana en la localidad de Ariccia, el padre Tolentino prosiguió con su meditación acerca del elogio de la sed.
"Puede suceder que estamos completamente sedientos y no nos damos cuenta. Puede parecer que todo fluye, pero que en profundidad, no sea así". Fue la advertencia con la que el predicador prosiguió la segunda meditación del día, la tercera desde el inicio de los ejercicios espirituales, en la que, en primer lugar, manifestó cómo el “entrar en contacto con la propia sed”, no sea una tarea fácil, pero que “si no lo hacemos, la vida espiritual pierde adhesión a la realidad”. Ese fue el motivo por el cual el sacerdote portugués señaló que “debemos perder el miedo de reconocer nuestra sed y nuestra sequedad”. Pero… ¿cómo se mide la sede espiritual?

No intelectualizar demasiado la fe

 

El padre Tolentino explica que estamos, "mayormente preocupados por la credibilidad racional de la experiencia de fe que por su credibilidad existencial, antropológica y afectiva". Nos ocupamos más de la razón que del sentimiento. Nos dejamos a la espalda la riqueza de nuestro mundo emocional, mientras que en cambio, necesitamos mirarnos en nuestra entereza, no temerla, no negarla, sino abrazarla con madurez, lucidez  y confianza. Porque es así que Dios nos mira. “Somos una mezcla de tantos componentes emocionales, psicológicos y espirituales, y de todos debemos adquirir conciencia”. “Dios nos ama al completo”, recuerda. 

Cómo verificar el estado de nuestra fe

 

Una herramienta para evaluar el estado de la propia sed "puede venir de la literatura", indica el predicador haciendo alusión al utilizo de ésta para el análisis de itinerarios religiosos. ¿Por qué? Primero, “porque la literatura logra generarse como metáfora integral de la vida y de sus diversos niveles, su fin es describir la entereza, no sólo ésta o aquella dimensión unívoca.  Y la vida espiritual, progresa sólo cuando es un revisación de la existencia en su totalidad".
Segundo, "porque otorga un conocimiento concreto, no conceptual: tampoco la vida espiritual es una ideología o una idealización que sobrevuela la realidad". Y tercero porque "es un instrumento de precisión como pocos: logra poner en relación el yo y el nosotros, lo personal y lo colectivo, la gracia y el pecado, el encuentro y la soledad, el dolor y la redención". ¿Y la vida espiritual? Ella no está prefabricada, está involucrada en la radical singularidad de cada sujeto.

Me di cuenta de estar sediento

 

Haciendo efectivo el ejemplo de la premisa anterior, el sacerdote reflexionó sobre un texto de la escritora brasileña Clarice Lispector, en el que narra "con la fuerza de una declaración autobiográfica", la toma de conciencia de cuánto ella estuviese sedienta de libertad.
“Hablar de la sed es hablar de la existencia real, [...] es iluminar una experiencia más que un concepto, [...]es adentrarse en una escucha profunda de la vida”, dice el sacerdote, y avisa que “puede suceder que tenemos dificultad a admitir que estamos sedientos”. “¿Sedientos de qué? ¿De quién?" Es la pregunta que podemos ponernos en medio de nuestra gran dificultad a admitir que estamos sedientos. Sin embargo, no podemos hacer como si la sed no existiera: “del ponerse a su escucha depende la calificación espiritual de la vida”. Uno de los requisitos para recibir el agua de la vida es estar sedientos y reconocerse como tales. "Sabemos interpretar el agua. Pero ¿cómo interpretar la sed?"

Interpretar la sed

 

“Escuchar la propia sed es interpretar el deseo que está en nosotros”: responde así a la pregunta presentada antes el padre Tolentino, echando mano luego a la parte final del Simposio de Platón. "El deseo  - explica –es entendido como carencia y no como necesidad". "Debemos – prosigue párrafos más adelante –distinguir el deseo de una mera necesidad que se placa y se satisface con la posesión de un objeto. El deseo es una carencia que no ha sido nunca completamente satisfecha, una tensión, [...] una interminable exposición a la alteridad. Una aspiración que nos trasciende y que no determina, como la necesidad, un término o fin".
Simone Weil, agrega el sacerdote, "revisa el discurso platónico en clave mística", asegurando que "el deseo es bueno porque contiene una energía que se deja orientar hacia lo alto, a lo divino", y en ese sentido "propone una educación del deseo que nos haga vigilantes en relación a las tentaciones de sustitución, enseñándonos, más bien, a permanecer en lo incompleto, en el vacío y en la espera". Esto porque para Simone Weil, no es nuestro deseo el que alcanza a Dios: si permanecemos sedientos y deseosos, es Dios mismo quien desciende hacia nuestra humanidad para colmar de plenitud nuestro deseo.
El padre Tolentino prosigue citando a Hegel, según el cual el deseo humano dirigido al otro se manifiesta como un deseo de reconocimiento. Un deseo del ser humano es el de ser amado, mirado, cuidado, deseado y reconocido. Mientras deseamos objetos, o dejamos que a movernos sea el conseguir cosas, títulos, premios, nuestro desear no es un "verdadero desear". Y hoy en día - ahonda - es cada vez más claro que las sociedades capitalistas, organizadas entorno al consumo [...] están removiendo la sed y el deseo típicamente humanos. "Cuando el placer, la pasión, la alegría acaban en un consumismo desenfrenando, llegamos a la extinción de la sed y a la agonía del deseo, en el que la vida pierde su horizonte". Algo que sucede, observa Tolentino, en nuestras culturas y también en nuestras Iglesias: un déficit de deseo. ¿Nosotros bautizados formamos una comunidad de deseosos? ¿Los cristianos tienen sueños? ¿La Iglesia tiene hambre y sed de justicia? ¿Cómo nos ponemos ante el sueño misionero de llegar a todos? En relación a esta "sed" que la exhortación apostólica Evangelii Gaudium  deposita en el corazón de la Iglesia… ¿nos arremangamos o estamos con las manos en mano?

La sed de Dios

 

En el final de su meditación el padre Tolentino apela al salmo 42: «Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua así mi alma suspira por ti, mi Dios». Una imagen que describe “la distancia física que amplía el deseo”. Es necesario reencontrar el deseo, dice el predicador, los cristianos y en particular los pastores. Un deseo cuya experiencia es una condición de mendicidad: el creyente es un mendigo de misericordia. “El deseo nos expropia de nuestro saber acostumbrado, de nuestros diagnósticos y convicciones consolidadas, del patrimonio acumulado que nos atora, de la tiranía de nuestros puntos de vista absolutistas”. El deseo, según el padre Tolentino, “no refuerza la cerrazón en el proprio yo, sino que la trasciende y redimensiona, poniéndonos ante el Otro y su Alteridad”.
“El deseo es la brújula: nos orienta hacia Dios”. Y lo importante, recuerda el sacerdote, "no es lo que he sido, ni lo que soy, sino la potencialidad que Dios, el deseo de Dios, despierta en mi".
“El Papa recuerda que una de las peores tentaciones son la autosuficiencia y la auto- referencialidad - concluye. Cuando eso sucede, hacemos de la vida una cápsula insonorizada, que puede asemejar a una cómoda zona de confort, pero que nos hunde en una anorexia mortal, porque el don de Dios y de los hermanos no circula, ni nos alimentamos”.

El padre Tolentino finalizó esta meditación con la oración de la sed: Enséñame, Señor, a rezar mi sed y a pedirte que no me la quites o canceles rápidamente, sino acreciéntala aun en aquella medida que yo no conozco y que sólo sé, que es tuya [...].