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viernes, 31 de julio de 2015

“Dejémonos conquistar por Cristo para poder servir a nuestros hermanos”, el Papa a los jesuitas 31072013

“Dejémonos conquistar por Cristo para poder servir a nuestros hermanos”, el Papa a los jesuitas

Papa Francisco en la homilía de la Misa el 31 de julio de 2013 Fiesta de San Ignacio de Loyola, en la Iglesia del Gesú en Roma. - AFP
31/07/2015 11:01
(RV).- “Poner al centro a Cristo y a la Iglesia; dejarse conquistar por Él para servir y sentir la vergüenza de nuestros límites y pecados para ser humildes ante él y ante los hermanos”. Fueron los tres puntos de la meditación del Papa Francisco en la homilía de la Misa celebrada el 31 de julio de 2013, en la Fiesta de San Ignacio de Loyola, en la Iglesia del Gesú en Roma.
El Santo Padre, presidió la celebración como un jesuita más y habló a sus compañeros de estos dos fuegos que no se pueden separar: la centralidad del misterio de Jesús y la centralidad de la Iglesia.
Como jesuitas, dijo el Pontífice, nosotros y toda la Compañía, estamos por decirlo así “desplazados”, estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia. No puede haber caminos paralelos o aislados. Sí, caminos de búsqueda, caminos creativos, sí, es importante; ir hacia las periferias... pero siempre en comunidad con la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el valor para ir hacia adelante.
(RM - RV)
Escuchemos las palabras del Santo Padre:
Texto de la homilía completa del Papa Francisco
Fiesta de San Ignacio de Loyola 2013

En esta Eucaristía en la que celebramos a nuestro padre Ignacio de Loyola, a la luz de las lecturas que hemos escuchado, desearía proponer tres sencillos pensamientos guiados por tres expresiones: poner en el centro a Cristo y a la Iglesia; dejarse conquistar por Él para servir; sentir la vergüenza de nuestras limitaciones y pecados para ser humildes ante Él y ante nuestros hermanos.
1. El escudo de nosotros, jesuitas, es un monograma, el acrónimo de «Iesus Hominum Salvator» (IHS). Cada uno de vosotros podrá decirme: ¡lo sabemos muy bien! Pero este escudo nos recuerda continuamente una realidad que jamás debemos olvidar: la centralidad de Cristo para cada uno de nosotros y para toda la Compañía, a la que san Ignacio quiso precisamente llamar «de Jesús» para indicar el punto de referencia. Por lo demás, también al comienzo de los Ejercicios Espirituales nos sitúa ante nuestro Señor Jesucristo, nuestro Creador y Salvador (cf. EE, 5). Y esto nos lleva a nosotros, jesuitas, y a toda la Compañía a estar «descentrados», a tener delante al «Cristo siempre mayor», el «Deus semper maior», el «intimior intimo meo», que nos lleva continuamente fuera de nosotros mismos, nos lleva a una cierta kenosis, a salir del «propio amor, querer e interés» (ee, 189). No está descontada la pregunta para nosotros, para todos nosotros: ¿es Cristo el centro de mi vida? ¿Pongo verdaderamente a Cristo en el centro de mi vida? Porque existe siempre la tentación de pensar que estamos nosotros en el centro. Y cuando un jesuita se pone él mismo en el centro, y no a Cristo, se equivoca. En la primera lectura Moisés repite con insistencia al pueblo que ame al Señor, que camine por sus sendas, «pues Él es tu vida» (cf. Dt 30, 16.20). ¡Cristo es nuestra vida! A la centralidad de Cristo le corresponde también la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo más queen la Iglesia y con la Iglesia. Y también en este caso nosotros, jesuitas, y toda la Compañía no estamos en el centro; estamos, por así decirlo, «desplazados», estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia, la Esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica (cf. EE, 353). Ser hombres enraizados y fundados en la Iglesia: así nos quiere Jesús. No puede haber caminos paralelos o aislados. Sí, caminos de investigación, caminos creativos, sí; esto es importante: ir hacia las periferias, las muchas periferias. Para esto se requiere creatividad, pero siempre en comunidad, en la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el valor para ir adelante. Servir a Cristo es amar a esta Iglesia concreta, y servirla con generosidad y espíritu de obediencia.
2. ¿Cuál es el camino para vivir esta doble centralidad? Contemplemos la experiencia de san Pablo, que es también la experiencia de san Ignacio. El Apóstol, en la segunda lectura que hemos escuchado, escribe: me esfuerzo por correr hacia la perfección de Cristo porque también «yo he sido alcanzado por Cristo» (Flp 3, 12). Para Pablo sucedió en el camino de Damasco; para Ignacio en su casa de Loyola; pero el punto fundamental es común: dejarse conquistar por Cristo. Yo busco a Jesús, yo sirvo a Jesús porque Él me ha buscado antes, porque he sido conquistado por Él: y éste es el núcleo de nuestra experiencia. Pero Él es el primero, siempre. En español existe una palabra que es muy gráfica, que lo explica bien: Él nos «primerea». Es el primero siempre. Cuando nosotros llegamos, Él ha llegado y nos espera. Y aquí querría recordar la meditación sobre el Reino, en la segunda semana. Cristo nuestro Señor, Rey eterno, llama a cada uno de nosotros diciéndonos: «quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria» (EE, 95): ser conquistado por Cristo para ofrecer a este Rey toda nuestra persona y toda nuestra fatiga (cf. EE, 96); decir al Señor querer hacer todo para su mayor servicio y alabanza, imitarle en soportar también injurias, desprecio, pobreza (cf. EE, 98). Pero pienso en nuestro hermano en Siria en este momento. Dejarse conquistar por Cristo significa tender siempre hacia aquello que tenemos de frente, hacia la meta de Cristo (cf. Flp 3, 14) y preguntarse con verdad y sinceridad: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo? (cf. EE, 53).
3. Y llego al último punto. En el Evangelio Jesús nos dice: «Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa la salvará... Si uno se avergüenza de mí...» (Lc 9, 23-26). Y así sucesivamente. La vergüenza del jesuita. La invitación que hace Jesús es la de no avergonzarse nunca de Él, sino seguirle siempre con entrega total, fiándose y confiándose a Él. Pero contemplando a Jesús, como nos enseña san Ignacio en la Primera Semana, sobre todo contemplando al Cristo crucificado, sentimos ese sentimiento tan humano y tan noble que es la vergüenza de no estar a la altura; contemplamos la sabiduría de Cristo y nuestra ignorancia, su omnipotencia y nuestra debilidad, su justicia y nuestra iniquidad, su bondad y nuestra maldad (cf. EE, 59). Pedir la gracia de la vergüenza; vergüenza que me llega del continuo coloquio de misericordia con Él; vergüenza que nos hace sonrojar ante Jesucristo; vergüenza que nos pone en sintonía con el corazón de Cristo que se hizo pecado por mí; vergüenza que pone en armonía nuestro corazón en las lágrimas y nos acompaña en el seguimiento cotidiano de «mi Señor». Y esto nos lleva siempre, individualmente y como Compañía, a la humildad, a vivir esta gran virtud. Humildad que nos hace conscientes cada día de que no somos nosotros quienes construimos el Reino de Dios, sino que es siempre la gracia del Señor que actúa en nosotros; humildad que nos impulsa a ponernos por entero no a nuestro servicio o al de nuestras ideas, sino al servicio de Cristo y de la Iglesia, como vasijas de barro, frágiles, inadecuados, insuficientes, pero en los cuales hay un tesoro inmenso que llevamos y comunicamos (2 Co 4, 7). Siempre me ha gustado pensar en el ocaso del jesuita, cuando un jesuita acaba su vida, cuando declina. Y recuerdo siempre dos imágenes de este ocaso del jesuita: una clásica, la de san Francisco Javier, mirando China. El arte ha pintado muchas veces este ocaso, este final de Javier. También la literatura, en ese bello fragmento de Pemán. Al final, sin nada, pero ante el Señor; esto me hace bien: pensar en esto. El otro ocaso, la otra imagen que me viene como ejemplo, es la del padre Arrupe en el último coloquio en el campo de refugiados, cuando nos había dicho —lo que él mismo decía— «esto lo digo como si fuera mi canto del cisne: orad». La oración, la unión con Jesús. Y, después de haber dicho esto, tomó el avión, llegó a Roma con el ictus, que dio inicio a aquel ocaso tan largo y tan ejemplar. Dos ocasos, dos imágenes que a todos nosotros hará bien contemplar, y volver a estas dos. Y pedir la gracia de que nuestro ocaso sea como el de ellos.
Queridos hermanos, dirijámonos a Nuestra Señora; que Ella, que llevó a Cristo en su vientre y acompañó los primeros pasos de la Iglesia, nos ayude a poner siempre en el centro de nuestra vida y de nuestro ministerio a Cristo y a su Iglesia; que Ella, que fue la primera y más perfecta discípula de su Hijo, nos ayude a dejarnos conquistar por Cristo para seguirle y servirle en cada situación; que Ella, que respondió con la humildad más profunda al anuncio del Ángel: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), nos haga experimentar la vergüenza por nuestra indigencia frente al tesoro que nos ha sido confiado, para vivir la humildad ante Dios. Que acompañe nuestro camino la paterna intercesión de san Ignacio y de todos los santos jesuitas, que continúan enseñándonos a hacer todo, con humildad, ad maiorem Dei gloriam.

jueves, 30 de julio de 2015

"Iñigo de Loyola, peregrino en busca de Dios", el Rector del Santuario 30072015

"Iñigo de Loyola, peregrino en busca de Dios", el Rector del Santuario

El santuario dedicado a San Ignacio de Loyola en España - RV
30/07/2015 18:52
(RV):- “Que San Ignacio nos ayude a peregrinar internamente en nuestras vidas” es el deseo del Rector del Santuario de Loyola, padre Koldo Alzíbar, quien en el día de la festividad del San Ignacio relata, ante los micrófonos de Radio Vaticano, cómo se prepara su comunidad para celebrar al santo fundador de la Compañía de Jesús, cuya preocupación fue la extensión y defensa de la fe, las misiones y la educación de los jóvenes.
Este año, la festividad de San Ignacio marcará el inicio del primer Año Jubilar del Camino Ignaciano, que rememora el itinerario que Ignacio de Loyola recorrió en 1522 desde Azpeitia hasta Manresa para viajar a Tierra Santa como peregrino.

El Año Jubilar ignaciano se celebra con el objetivo de potenciar el Camino Ignaciano como instrumento de encuentro con Dios y de crecimiento personal y con la vista puesta en el 500° aniversario de la conversión de Iñigo de Loyola y su peregrinación a Manresa, que se conmemorará con un segundo Año Jubilar entre el 31 de julio de 2021 y 2022.
(MCM-RV)


miércoles, 29 de julio de 2015

Para Peregrinar como Ignacio hay que ser libre 29072015

Para Peregrinar como Ignacio hay que ser libre

san Ignacio en el altar de Ñu Guazú, Paraguay - AP
29/07/2015 19:39
REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz
El testimonio del peregrino de Loyola nos demuestra que la peregrinación de la vida no es algo fácil, natural, sin encrucijadas. Los engaños del espíritu del mal, que trabaja para apartarnos del camino mejor, no solamente con los atajos de las seducciones groseras, sino también con engaños sutiles, razones aparentes, disfrazado bajo especie de bien, hacen el camino realmente difícil.
La peregrinación de Ignacio de Loyola es una verdadera batalla por vencerse a sí mismo y liberarse de las “redes y cadenas”, de los “afectos desordenados”, los apegos con los que el mal espíritu nos ata, nos aprisiona, para poder conocer el plan de amor del Padre Dios con él y seguir con libertad de corazón las huellas de su hijo Jesús. El libro de los Ejercicios Espirituales, en los que san Ignacio redacta algunas cosas que lo ayudaron en su experiencia espiritual y que propone a otros como ayuda, describen un decisivo combate espiritual para liberarse hasta de las raíces del mal y del pecado, y para conocer, elegir y ponerse en el camino del amor a Dios y a los hermanos con decisión deliberada, determinada.
Pero Ignacio de Loyola para convertirse en peregrino de Dios no se libera solo. El que lo libera, lo ilumina y le da fuerzas con su amor hasta el extremo es Jesucristo. Aquel que en la autobiografía confiesa que “hasta los 26 años fue hombre dado a las vanidades del mundo”, y que “principalmente se deleitaba en el ejercicio de las armas con grande y vano deseo de ganar honores”, frente a Jesucristo crucificado, avergonzado y confundido considera “como de Creador ha venido a hacerse hombre y de vida eterna a muerte temporal y así a morir por mis pecados”. Y se pregunta: “¿Y yo qué hice, qué hago, que debo hacer por Cristo?”.
San Ignacio, rogamos tu intercesión para que la misericordia de Dios nos ayude a librarnos de los afectos desordenados y a conocer el plan de amor de Dios, para ser peregrinos libres para amar y servir a Dios en los hermanos, tras las huellas de Jesús. Amén

    martes, 28 de julio de 2015

    El Peregrino Ignacio de Loyola 28072015

    El Peregrino Ignacio de Loyola

    Ignacio de Loyola
    28/07/2015 19:30
    REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz
    Él quería como apodo para sí mismo el de “Peregrino”. Ignacio de Loyola dictando la autobiografía escribe “el Peregrino” como su seudónimo. “El Peregrino” se refiere a una condición, porque venimos de Dios y vamos a Dios. Aunque estemos sentados o acostados, “la procesión va por dentro” y espiritualmente, movidos por el buen o mal espíritu, siempre estamos haciendo un camino.
    Vos y yo ¿qué camino estamos haciendo?
    Sobre el camino hacia Dios, Ignacio de Loyola peregrina en oración, o se detiene en las encrucijadas de la vida, también en oración, para discernir cuál de los buenos caminos es el mejor para el encuentro con Dios en los hermanos.
    El mapa de peregrino de Ignacio de Loyola es el Evangelio de Jesús y la brújula interior es la alegría del Evangelio que palpita en su corazón desde que se encontró con Jesús leyendo la vida de Cristo y de los santos. La consolación interior por tanto amor y misericordia de Dios con su familia, con el “santo pueblo fiel de Dios”. Por eso son hitos fundamentales del camino espiritual de Ignacio de Loyola los santuarios marianos de Aránzazu, Monserat, lugares donde el “santo pueblo fiel de Dios” vibra de gratitud, de fe, esperanza y solidaridad, por el amor hasta el extremo de Dios en el hijo de María de Nazaret.
    Ignacio de Loyola resume en el Principio y Fundamento del texto de los Ejercicios Espirituales, su experiencia interior de peregrino:
    [EE.23] Principio y Fundamento: "El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados".
    San Ignacio de Loyola, ruega por nosotros.