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lunes, 19 de agosto de 2019

De activista gay a ayudar a decenas a dejar la vida homosexual: conocer a la Virgen lo cambió todo 15082019

Luca di Tolve relata cómo entró y salió de este mundo así como su proceso de conversión

De activista gay a ayudar a decenas a dejar la vida homosexual: conocer a la Virgen lo cambió todo

Luca di Tolve es ahora feliz con su mujer y su hija
Luca di Tolve es ahora feliz con su mujer y su hija
Luca di Tolve es autor del libro Yo fui gay (Libros Libres), donde relata cómo dejó atrás la vida homosexual tras haber sido Mister Gay Italia y se convirtió al catolicismo gracias a la Virgen María. Ahora, este italiano de 49 años casado y padre de familia ayuda junto a su esposa Terry a personas con proyección hacia el mismo sexo pero que desean cambiar su vida.
Este matrimonio ha creado Lot Group y en una entrevista con el National Catholic Registerque recoge Aciprensa, Luca afirma que “fundamos una asociación que ayuda a las personas que, en libertad, quieren cambiar (de la homosexualidad a la heterosexualidad). Es una asociación de evangelización”.
"Queremos dar esperanza"
Este exactivista gay afirma que conoce a muchas personas que han podido cambiar su vida y han podido formar una familia con una mujer e hijos. “Estamos en contra de la ideología de género porque sabemos que hay una opción. Queremos dar esperanza. Los estudios científicos dicen que la homosexualidad no es una condición genética: no se nace así”, afirma Di Tolve.
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De este modo, Luca di Tolve señala que “los cristianos creemos que Jesús puede sanar nuestras heridas. Junto con una buena psicoterapia, los hombres y mujeres heridos pueden recuperar su masculinidad y feminidad. Cuando se curan estas heridas, florece la masculinidad o la feminidad. Vuelves a lo que Dios tenía en mente para ti desde el principio. Puedes experimentar la plenitud de la alegría y la finalización”.
La falta de un padre
Este italiano explica la importancia de las causas que pueden llevar a la vida homosexual. Y el relata las suyas propias, sucesos de su infancia que marcaron su desarrollo posterior. “Poco después de mi nacimiento, mi madre y mi padre se separaron. Fue un matrimonio arreglado, no un verdadero amor. Ellos se divorciaron. Comencé a sentir los efectos de esta falta de padre en mis primeras relaciones con mis compañeros. Tenía mucha inseguridad, muy baja autoestima. Cuando intenté insertarme en un grupo de mis compañeros, no pude. Tenía miedo”, cuenta.
Luca creció solo con su madre y considera que fue un niño muy “mimado” y “sensible” que “tenía miedo de entrar en un grupo de chicos”. “Por miedo a ser herido, poco a poco, perdí mi masculinidad. Extrañaba esa belleza de hacer lo que los otros chicos hacían juntos: había un vacío en mí. A la edad del desarrollo hormonal, esto me provocó cierta atracción sexual y romántica hacia otros niños”, sostiene.
A los 12 años su madre, ya preocupada por su hijo, le llevó a un psicólogo y éste le dijo: “Tu hijo es homosexual. Debes aprender a aceptarlo porque es normal”. Y el punto de inflexión se produjo cuando conoció a un “chico muy afeminado” que lo introdujo en el mundo de los “salones gay”.
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“Venía de una familia pobre con una madre soltera, así que cuando me ofrecieron la posibilidad de ganar 100 dólares por día para bailar, para un adolescente parecía maravilloso. Finalmente tuve amigos como yo”, recuerda.
La vida gay
Poco después ganó el concurso de Mister Gay Italia por lo que se hizo un nombre dentro de este ambiente, acompañando a famosos en sus vacaciones. Al final, cuenta Luca, que había cambiado los valores cristianos por el mero placer, como era “tener bienestar financiero, buenos autos y personas con quienes relacionarnos”.
Pero todo esto no era suficiente para él. “Estaba buscando amor rápido, las relaciones no me gratificaban. Tendría un novio, pero luego rompería con él o él rompería conmigo. Siempre había algo que no funcionaba. Comencé a luchar como activista para obtener derechos para los homosexuales. Empecé a viajar más y más”, relata.
La llegada del SIDA a su vida
Pero otro suceso empezó a trastocar su estilo de vida. Varios amigos suyos empezaron a morir de SIDA y después a él mismo le diagnosticaron el virus del VIH. “Si no hubiera sido tratado rápidamente, habría muerto. Descubrí esto el día antes del funeral de mi mejor amigo. Murió a los 24 años de SIDA. La vida se convirtió en una espiral descendente. Estaba enfermo y me estaba debilitando. El mundo comenzaba a desmoronarse a mí alrededor, pero continué el estilo de vida gay”.
“Seguí yendo al gimnasio, tomando vitaminas. Empecé a beber más. Empecé a tomar más drogas. Por la noche llegaba a casa, una hermosa casa, después de ser aclamado por la gente, pero no tenía una persona a mi lado que me quisiera, excepto quizás por dos noches, un mes, dos años. Me estaba hartando de eso”, cuenta Luca.
La conversión a través de la Virgen María
Di Tolve cuenta que la medicina que tomaba para el VIH lo volvió más delgado y demacrado; dentro suyo sentía que iba a morir pronto. Y en este momento se produjo su conversión. Recordó que su madre le había dado unas estampas de la Virgen. Entonces “empecé a pensar: ‘¡La Virgen María existe!’. Me di cuenta: ‘No es solo un dibujo, no una fábula’. En ese momento, pedí ayuda. Agarré un Rosario. No conocía los misterios, pero conocía las oraciones. Y comencé a sentir dentro de mí una paz, un calor, tanto que vi a Nuestra Señora en lo más profundo de mi conciencia”.
De este modo, Luca asegura que “caí de rodillas como por un ataque al corazón de amor. Mi corazón estaba rodeado por una Madre de amor. Ella extendió las manos y dijo: ‘Adelante’. Ella entendió mis sufrimientos y dijo: ‘Sigue adelante. Da el siguiente paso como un niño pequeño que comienza a caminar. Si te caes, mi Hijo te recogerá’. Comprendí que podía seguir”.
En aquel tiempo, Di Tolve había dejado de salir de la casa y sufría ataques de pánico. “Pensé: ‘Si salgo de la casa y voy a misa, daré un paso como dijo la Virgen’. Comencé a ir a la iglesia y sentí la necesidad de confesarme. Cuando di mi confesión, fue como si el velo que cubría mis ojos, mi ceguera espiritual, se cayera. Finalmente estaba vivo. Me sentí fuerte Ahí comenzó mi conversión”, acotó.
Ayuda para dejar la vida homosexual
Di Tolve explica que para volver a su masculinidad y heterosexualidad empezó a leer un libro de Joseph Nicolosi, un profesor estadounidense de California (Estados Unidos). El texto presentaba estudios clínicos sobre la homosexualidad.
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“Era como si un rayo me golpeara por lo que él había escrito. Sentí que era exactamente lo que había visto con mis propios ojos. Él estaba diciendo: ‘No eres homosexual; eres un heterosexual. Tienes un problema homosexual. Puedes volver a tu naturaleza heterosexual; es como si fueras un heterosexual latente’. Vi que tenía un problema con las amistades masculinas. El profesor dijo que la homosexualidad es un problema de relación, no de sexo. Nicolosi dijo que esa era la herida: no poder tener una verdadera intimidad con otros hombres”, expresó Luca.
Luego, el italiano llamó al Dr. Nicolosi en los Estados Unidos, y tras la llamada, decidió “que quería seguir este camino”.  “Esto fue hace 22 años”, relata.
Nicolosi le presentó a un psicólogo que podía trabajar con él en Italia. Se trataba de Andrew Comiskey. “Me dijeron que podía reintegrar mi masculinidad y que las atracciones homosexuales desaparecerían. Por primera vez probé la posibilidad de que tal vez podría tener una familia. Esto fue hermoso. Gracias a esta terapia comencé este viaje, y después de unos dos años comencé a tener más iniciativa en mi trabajo, a tomar decisiones, a ser firme. Hice amistades”, reconoció Luca.
Luego, acotó: “Nicolosi dijo que cuando tienes muchas amistades saludables, las atracciones homosexuales se desmoronarán. Esto sonaba imposible. Lo que me ayudó fue la oración y la fe, porque era muy difícil”.
En Medjugorje conoció  a su esposa
Tiempo después, Di Tolve comenzó a dedicar sus vacaciones a visitar santuarios de Europa.   “Los jóvenes grupos cristianos fueron una gran oportunidad para tener amistades y vacaciones con oración. Hubo un momento en que estábamos en la playa pasando un buen rato y me di cuenta de que no sentía nada por los chicos en trajes de baño. En ese momento todavía no tenía una atracción por las mujeres, pero estaba feliz. Entonces comencé a orar y a pedir una mujer que entrara en mi vida. Tenía 30 años”, cuenta.
 “Un día fui a Medjugorje para agradecerle a Nuestra Señora por lo que me había sucedido. Me encontré con unos amigos. Era el mes de mayo. Decidimos regresar al festival juvenil allí en agosto. Y allí, finalmente, conocí a mi esposa. Hubo un entendimiento inmediato. Teníamos los mismos valores. Queríamos hacer lo mismo. Nos comprometimos en 2006 y en 2008 nos casamos”, concluye Di Tolve.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Luca di Tolve era gay y dejó de serlo: el testimonio de su dura vida y retorno a Dios impresiona 13112017

Se publica en español su libro «Yo fui gay»

Luca di Tolve era gay y dejó de serlo: el testimonio de su dura vida y retorno a Dios impresiona

Luca di Tolve era gay y dejó de serlo: el testimonio de su dura vida y retorno a Dios impresiona
Lo que cuenta Luca di Tolve en su libro es duro, pero queda iluminado por la esperanza que triunfa.

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13 noviembre 2017
Este martes se pone a la venta la edición en español de Yo fui gay (LibrosLibres), de Luca di Tolve, una historia conmovedora contada por su protagonista. Su publicación en Italia sacudió el conformista panorama -tan generalizado en Europa- que acepta sin rechistar la ideología homosexualista y su pretensión de que no es posible dejar de sentir atracción por el mismo sexo. Estas páginas son la prueba palpable de que sí, y su valor no reside solo en mostrarnos cómo nace esa atracción y cómo llega a nuclear en torno a sí la personalidad, los actos y el futuro de alguien, sino en convertirse en una ventana al ambiente en la realidad que menos interesa a lobby gay que se conozca.


Pincha aquí para adquirir a partir del martes Yo fui gay, de Luca di Tolve.

Abandonado por su padre siendo niño, con una relación con su madre y  el mundo femenino en la que faltó equilibrio, Luca di Tolve vio cuestionada su propia identidad y en la adolescencia se inició en la vida homosexual. Su historia encaja en el modelo arquetípico que proponen tanto el doctor Joseph Nicolosi, fallecido este año, como el pscicoterapeuta Richard Cohen para explicar el surgimiento de los sentimientos homosexuales.

Transgresión, desenfreno y VIH
Con los años Luca di Tolve llegó a ser Míster Gay y a adquirir cierta celebridad en ese ámbito, donde alcanzó un elevado nivel de vida organizando fiestas y espectáculos y aceptando formas sutiles y no tan sutiles de prostitución. En una sorda rebelión contra su padre y contra Dios, no rechazó ningún tipo de transgresión ni desenfreno. Delicada pero claramente, en Yo fui gay encontramos la descripción de un modo de vida que casi nunca responde al significado originario de la palabra inglesa gay: alegre.

En los años 90 el sida empezó a llevarse por delante a los mejores amigos de Luca, y él mismo dio positivo en el test del VIH. El cariño con el que habla de algunos de sus compañeros, como el transexual Belladonna, a quien acompañó hasta su final, deshace cualquier intento de caracterizar estas páginas como "homófobas".

Pero lo cierto es que estas experiencias rompieron por fin en Luca la aparente seguridad en sí mismo que le había convertido en un cierto referente para la comunidad en Italia. Un venturoso encuentro con una doctora que le encaminó hacia el doctor Nicolosi le convenció de que necesitaba hacer un alto en la carrera enloquecida de su vida, en la que comenzaba a aparecer un peligroso hastío existencial.

En presencia de Dios
Inició entonces un proceso de reflexión psicológica y conversión espiritual que le llevó a descubrir y a sanar sus viejas heridas, a reapropiarse de su masculinidad y a volver a la heterosexualidad. Un camino largo y duro, jalonado de dudas y recaídas, que tuvo su momento decisivo en su reencuentro con Jesucristo. Años después se hacía verdad la petición que hizo al Señor el día de su Confirmación, siendo aún niño: "Haz que todo me pueda suceder en mi vida, menos separarme de Ti. Párteme en dos si quieres, pero no permitas que  me aleje definitivamente de ti".

Y Dios escuchó esa oración, haciendo de forma que el alejamiento que en verdad existía no fuese, según había pedido Luca en su oración, definitivo. "Algo sobrenatural vibró claramente dentro de mí", cuenta para explicar los primeros barruntos de su conversión, durante una visita a Asís siguiendo a un chico de quien se había enamorado. El impulso final le llegó en Medjugorge de la mano de la Virgen María.

Al servicio de los demás
Luca podía haberse puesto a resguardo a partir de entonces para restaurar en silencio y soledad todos los rotos de su pasado. Prefirió, sin embargo, poner la lámpara sobre el celemín, según el modelo evangélico, y ayudar a muchas otras personas con un itinerario parecido. Ha fundado el Grupo Lot  y la casa de espiritualidad Sant'Obizio, iniciativas a las que consagra todo su tiempo.

Y su peripecia personal inspiró una canción emblemática ya para todos aquellos que han superado o quieren superar la atracción por el mismo sexo: Luca era gay, de Piova, segundo premio en el Festival de San Remo 2009.



Yo fui gay es el desgarrador relato de todos estos años de sufrimiento interior enmascarado por el éxito (social y económico), en una búsqueda infructuosa del amor auténtico. Pero es también un esplendoroso testimonio de esperanza y renacimiento interior, porque Luca terminó encontrando ese amor. En su esposa, Teresa, y en la hija que tuvieron ambos. En la Madre de Dios, protectora en los momentos más difíciles. Y en Dios mismo, Jesucristo, fundamento de su alegría.

martes, 2 de mayo de 2017

Buscó en la vida gay un hombre que le salvara: lo encontró luego en el Cristo que había despreciado 01052017

En la conversión de Joseph Sciambra fue decisivo ver rezar a su padre

Buscó en la vida gay un hombre que le salvara: lo encontró luego en el Cristo que había despreciado

Buscó en la vida gay un hombre que le salvara: lo encontró luego en el Cristo que había despreciado
Joseph Sciambra, un ex gay católico que encontró su camino reencontrando a su padre y a Jesucristo.

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1 mayo 2017
Joseph Sciambra, californiano nacido en 1969, se crió en una familia estructurada y fue educado en escuelas católicas, aunque, en pleno postconcilio, recibió en ellas una visión superficial e intrascendente de la religión. El consumo de pornografía en su adolescencia fue la puerta de entrada en un plano inclinado que le condujo, años después, a convertirse en actor porno gay y a prostituirse. Tras estar a punto de morir y regresar a la fe en 1999 (a una fe auténtica y con contenido), en un momento dado saltó a la palestra para defender la posición católica sobre la vida homosexual... incluso ante las mismas claudicaciones de algunos sectores de la Iglesia. Hoy es una de las voces autorizadas de católicos que, o bien han dejado atrás sus sentimientos de atracción por el mismo sexo, o bien los viven en castidad. En un reciente artículo publicado en su página web explica cómo vivió su homosexualidad en relación con su padre, y el impacto que le produjo verle rezar para su cambio definitivo. (Los ladillos son de ReL.)

VER A MI PADRE REZANDO EL ROSARIO ME SALVÓ DE LA HOMOSEXUALIDAD

Cuando era  niño, admiraba a mi padre pero no le comprendía.

Un dios distante
Instintivamente, sabía que mi supervivencia dependía de él. Mi padre trabaja duro. Era muy habilidoso. Podía crear algo de la nada: un jardín, una casa en un árbol, una ampliación de nuestro hogar... Era quien suministraba mi felicidad material: cuando ocasionalmente traía a casa una tarta o donuts, era un día feliz. Entonces yo sabía que mi padre estaba a gusto y yo era feliz. A veces, cuando yo hacía algo mal mi padre se enfadaba. En ese momento le temía, porque él era quien me castigaba. Pero yo quería a mi padre y sabía que él me quería a mí. Sin embargo, en mi mente infantil él no era humano, era un dios. Y un dios distante.

Mi padre era ambicioso, audaz, ruidoso. Yo no era como él. Mi padre era fuerte y corpulento. Yo no. Era un hombre hecho y derecho. Yo me consideraba a mí mismo menos que un muchacho. Siempre me sentía hundido cuando estaba a su lado. Mi padre podía arreglar cualquier cosa, elegía siempre la herramienta correcta y la manejaba con destreza; sabía conducir un tractor; levantaba vigas de madera con el poder de sus músculos; nunca le acosó nadie; no era el hazmerreír de nadie. A su lado me sentía a salvo, pero inseguro. En cuanto a mí, no sabía mantenerme en la bicicleta; era incapaz de lanzar la pelota más allá de pocos metros; cuando cogía un martillo o un destornillador, inevitablemente me machacaba un dedo o mellaba la rosca del tornillo.

Víctima de acoso
Por el contrario, me sentaba durante horas con un lápiz y hacía pequeños dibujos de mundos imaginarios llenos de conejos y arcouris. Los chicos del colegio se burlaban de mí sin piedad mientras yo me quedaba parado, incapaz de decir una palabra en mi defensa. Me sentía avergonzado. Un día me quedé tan petrificado que me lo hice encima. Aunque mi padre no estaba cerca del patio del colegio para ser testigo de mi desgracia, yo creía que me había visto y lo sabía. De alguna extraña forma, pensaba que le había fallado al dios y al hombre.


El tercer camino: la homosexualidad y la Iglesia católica es un documental que recoge el testimonio de varias personas con atracción por el mismo sexo que, o la han dejado atrás, o la viven en castidad.

Un Dios absurdo 
La imagen de Jesús presente en la escuela era algo afeminada, con una permanente sonrisa hippy. Predicaba una doctrina nebulosa sobre el amor, pero finalmente cayó víctima de la intolerancia y la opresión del poder político. Nunca imaginé por qué le mataron exactamente le mataron, dado que no era alguien como para preocuparse de Él. La imagen más indeleble de Cristo que se implantó en mi cerebro durante aquellos años fue la del Jesús tímido y hippy del musical Godspell. La proyección de esa película en el polideportivo del colegio fue una experiencia que cambió el curso de mi vida.


Godspell, drama musical llevado al cine en 1973 por David Greene. A Jesús lo interpretó Victor Garber (24 años después, el circunspecto ingeniero del Titanic en la película de James Cameron).


Si mi padre era más dios que hombre, ese Jesús era más hombre que dios. Si mi padre era más-grande-que-la-vida y en cierto modo tenía superpoderes, ese Jesús era prosaico y empalagoso. Y cuando fui creciendo, desprecié ambos dioses. En mi vida homosexual pensé que podría encontrar el hombre perfecto, alguien que fuese masculino y poderoso, pero acogedor y compasivo.

Un desprecio y un adiós 
Nunca encontré mi dios gay. Porque todos los que me rodeaban buscaban exactamente lo mismo. Cuanto más expectativas y esperanzas tenía, más me sumía en la desesperación. Mis padres, en particular mi padre, no podían soportar aquello en lo que me había convertido. Me daba igual. Era evidente que necesitaba un hombre que fuese mi camino de retorno a él, aunque él esto no lo comprendía. Estaba proclamando a gritos que le necesitaba, y al mismo tiempo luchando con el hecho de que él nunca estaba ahí.


Joseph, en los años en los que vivió una vida gay.

Un día hizo un comentario tan hiriente como sincero sobre mi aspecto y el de mis amigos. Tanteando el terreno de su aceptación, había traído deliberadamente a casa un fin de semana a algunos de mis amigos gays más estrafalarios. Mi padre dejó muy claro que no eran bienvenidos en su casa. Lo vi como un repudio más, y me largué.

La frustración y la enfermedad
Pasaron los años, fui creciendo y enfermando. Me iba quedando sin opciones, y ahora una generación más joven de chicos solitarios me miraban a mí como a su potencial salvador… como a su nuevo dios.

Durante un tiempo, jugué la partida… solo para hacerme más arrogante y vengativo, tratando a aquellos que buscaban mi aprobación de la misma forma en la que en otro tiempo hombres mayores que yo habían abusado de mí y me habían destrozado. Me odiaba a mí mismo, y empecé a envidiar a todos los amigos que había perdido, muertos dolorosamente por sida. Porque -pensaba- al menos su sufrimiento había concluido.

La Presencia segura y reconfortante 
Una noche, me encontraba moribundo y olvidado en una camilla de hospital fría y dura. Pedía morirme mientras mi madre rezaba a Jesús. La maldije mientras ella intentaba interceder por mí ante el cielo. Yo no quería a su Dios. ¿Dónde había estado toda mi vida? En cualquier caso, Él era alguien escuálido y patético.

Y, sin embargo, en medio de ese último y agónico intento de comportarme con firmeza y confianza en mí mismo... me asusté. Me entró pánico. Clamé al Padre… y Él envió a su Hijo. Sentí inmediatamente Su presencia segura y reconfortante. En cierto modo, era la misma sensación que había tenido de niño cuando mi padre estaba cerca: me sentí a salvo. Luego volvió una cierta ansiedad. ¿Acaso este Jesucristo era ese mismo trabajador social de pelo largo de los años 70 que estaba ahí para darme un abrazo, un vale de comida y devolverme a la calle? Lo único que no quería era volver atrás.


El deseo de los Collados Eternos: tres personas que han dejado de ser homosexuales explican el proceso que cambió sus vidas.

Hijo pródigo 
No teniendo dónde ir, regresé a casa. El hijo pródigo estaba vivo, y mis padres abrieron la puerta. Pero me sentía demasiado confuso, exhausto y enfermo para celebrarlo. Durante un tiempo no pude hablar ni dormir. Me impactó ese retorno a la infancia. Estaba pidiendo ayuda; me estaba aferrando a la verdad; me estaba aferrando a la vida. Estaba buscando a mi padre e intentando llegar a Dios.

Al principio, mi padre no supo qué hacer con aquella situación. Se mantuvo alejado y yo me encerré en mi habitación. Yo rezaba a Dios sin saber que estaba rezando. Tenía tantos dolores que no podía concentrarme en ninguna de las oraciones más simples que, mejor que peor, recordaba de mi infancia. Solamente clamaba pidiendo ayuda. Supliqué. Los días siguientes viví como un ermitaño. Pero aún me sentía inseguro.

Dos libros esclarecedores 
Lentamente me aventuré a salir de mi celda monástica buscando respuestas. Me dirigí casi directamente a la biblioteca de mi padre. Sin apenas pensarlo, me llevé dos libros a la habitación: la Biblia y el Catecismo de la Iglesia católica. No había leído ninguno de ellos.

Durante los días siguientes, estudié una y otra vez algunos de sus pasajes. Sobre todo, el perdón de Cristo a la pecadora pública (Jn 8, 1-11) y los párrafos del Catecismo que trababan sobre la homosexualidad (nn. 2357-2359). Allí había compasión y al mismo tiempo había fortaleza, y todo residiendo en la Verdad. Cristo no era el pelele inútil que yo me había imaginado desde Primaria. Se enfrentaba a los acosadores y luego consolaba al herido. Pero Él no les dejaba abandonados en la basura: Él nos dio Su palabra para vivirla, y las leyes que deben guiar todos nuestros pensamientos. Él ofrecía una salida.

La oración de un padre 
Cogí mis dos libros, en los que situaba ahora toda mi fe, y salí de mi cuarto para devolverlos a la biblioteca. Yendo hacia allí, vi a mi padre rezando. Nunca antes le había visto rezar.

Durante mi autoimpuesto encarcelamiento en la homosexualidad, mis padres habían atravesado su propia cautividad de un mundo de diversiones y excesos. Pero se dieron cuenta de que la extravagancia del vino caro y de los inacabables tours gourmets nocturnos por todo el globo eran básicamente una comida vacía. Ahora habían abandonado los lujos que la determinación de mi padre había puesto a su alcance. Mi padre no parecía menos resuelto, pero sus ambiciones habían cambiado. Todo en su vida solía estar encaminado a una finalidad material, ahora sus energías se focalizaban en lo puramente inmaterial.


Sciambra, junto a una imagen de la Virgen, a quien rezaba su padre por un regreso que finalmente se produjo.

Permanecí de pie, semioculto en mitad de la escalera, mientras las cuentas de una cadenita pasaban por los dedos de mi padre. Cuando era niño, nunca aprendí a rezar el rosario. Durante los últimos años, mi único recuerdo de un rosario era el que una joven cantante llamada Madonna solía llevar colgado del cuello. En mi mente se había convertido casi en un objeto profano, transformado de lo sagrado en la medida en la que el crucifijo siempre estaba estratégicamente situado en su generoso escote.

Pero en las rudas y callosas manos de mi padre, el rosario había recuperado su sentido y significado correctos. Al igual que mi idea infantil de Jesucristo, tenía más de mi padre de lo que había pensado al principio.

El amor que nunca faltó
Todo ese tiempo en el que yo creía que mi padre me detestaba, él realmente rezaba y lloraba por mí. Y en ese acto, con frecuencia realizado solo y en silencio, había compasión. Mientras yo bailaba en una discoteca gay, mi padre rezaba. Mientras yo tenía sexo con hombres sin nombre, mi padre rezaba. Mientras yo desperdiciaba mi vida, mi padre rezaba. Todos los días él rezaba el rosario y yo no lo sabía.


Joseph Sciambra ha escrito un libro sobre cómo Jesucristo le salvo "de la pornografía, la homosexualidad y el ocultismo": Swallowed by Satan [Engullido por Satanás].

En aquellos largos días de desolación, al igual que en mi lecho de muerte, eso no me habría importado y habría pensado que él era increíblemente estúpido. Debía de estar quedando claro que sus oraciones no daban resultado. Yo no volvía a casa.

Pero él insistió. Y eso requería fuerza y determinación. Las mismas cualidades que me parecían ofensivas cuando yo era niño se transformaban en un medio para mi salvación por medio de Jesucristo.

El único Salvador
La insatisfacción con el mundo conduce a veces a lamentarse. Luego, a menos que queramos permanecer continuamente amargados y deprimidos, para seguir adelante y sobrevivir es necesaria una revisión radical de cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo vemos todo a nuestro alrededor. Eso exige humildad.

En el ruinoso estado físico en el que me encontraba, mi humillación fue completa. En mi vana pretensión de encontrar un hombre masculino que me salvase, fui devuelto a mi infancia; el daño causado a mi cuerpo era horroroso, el niño asustadizo seguía confundido. Solo que ahora sabía que ningún ser puramente humano podía limpiarme, perdonarme o borrar el dolor, ni siquiera mi padre. Porque otro hombre, que era algo más que solo un hombre, ya me había salvado. Y en esa resolución, mi padre había jugado su papel.

Pincha aquí para leer el testimonio coincidiente de David Prosen: "Nunca me sentí un hombre en la cultura gay. Jesús es el hombre fuerte y masculino que me rescató".

Traducción de Carmelo López-Arias.