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miércoles, 9 de enero de 2019

Esta tierra que habitamos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Primer premio 2017, ex aequo

Esta tierra que habitamos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Primer premio 2017, ex aequo



Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar abandonando todo lo que poseían.
Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.
- Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.
-Estoy cansado y tengo hambre.
-No se preocupe Esteban apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.
Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pié en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas y entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.
- En esta habitación nació usted.
Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.
-Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.
Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro, recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.
En la Mañana Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
-Compadre esta tierra esta enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del gobierno nos dicen que es mejor venderla.
Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.
- Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.
- ¿Y entonces que van a hacer ustedes?
-La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.
-¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.
-Compadre, no es cosa de muertos es cosa de vivos, si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.
Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.
- Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Si, para mi esa hambre es peor.
Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaria. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.
Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lastima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.
-Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.
Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos por que incluso los ríos se negaban a dar el consuelo del agua. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.
-Martha, amor que nos queda.
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llego la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.
Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos.
Cuando despertaron los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia

jueves, 3 de enero de 2019

Falsos positivos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Segundo premio 2016

Falsos positivos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Segundo premio 2016



NOTA DEL AUTOR: Falso positivo: Es como se conoce a las revelaciones hechas a finales del año 2008 que involucran a miembros del Ejército de Colombia con el asesinato de civiles inocentes para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate dentro del marco del conflicto armado que vive el país. Estos asesinatos tenían como objetivo presentar resultados por parte de las brigadas de combate.1 A estos casos se les conoce en el Derecho Internacional Humanitario como ejecuciones extrajudiciales y en el Derecho Penal Colombiano como homicidios en persona protegida.

La mañana abrió sus ojos a otro día de lucha. Recorrió la casa despacio deteniéndose de manera inconsciente en cada en cada objeto, en las imperfecciones de las paredes, en las grietas abiertas por el tiempo, en cada retrato que evocaba el pasado, acariciando todo con la mirada, acariciando la memoria.
- Mire que este café le hubiera gustado, es un poquito amargo pero así le gustaba a usted ¿se acuerda?
Sus manos reconocieron las sabanas buscando esa silueta perdida. Un ritual repetido mil veces para organizar la vida en torno a los recuerdos, sin llanto, sin palabras, sólo precisando que el aliento de su hijo no se perdiera para siempre.
- Ayer encontraron a su amigo Gonzalo en la fosa del cementerio central, también lo mataron por la espalda. La comadre Diana tuvo problemas con los militares, casi no se lo dejan sacar.
Cinco años atrás, cuando Antonio tomó su camino, en su mente había más hambre que ilusión, era ese dolor que lo acompañaba desde niño: la pesadez, el desaliento, eso que anima los sentidos acallando las ideas. La plaga de los condenados de la tierra. Se fue a recoger café, buscando en esas lejanas montañas un poco de dignidad. Ahora lo único que le quedaba a María era su sombra atrapada en los objetos, restos de una vida cegada por una guerra que nunca decidió pelear.
- Hoy me toca terminar más tarde, mire que llegaron unas compañeras de lejos.
Ese día la plaza estaba llena, innumerables mujeres sostenían retratos de sus hijos muertos. Parecían infinitos, pero no obstante cada una de ellas tenía una cifra exacta: 3.796. Civiles inocentes, llevados bajo engaños a zonas de combate, asesinados a sangre fría y presentados como bajas enemigas, presentados como trofeos de guerra.
Todos eran pobres, a todos les habían prometido un trabajo, todos ejecutados y declarados como guerrilleros. Ahora recorrían la plaza los jueves en la tarde, sus imágenes recordaban al mundo que en una guerra sin sentido los absurdos pueden multiplicarse en los cuerpos de aquellos que nunca sostuvieron un fusil.
- A mi hijo me lo mataron hace cinco años, le dispararon y le pusieron un arma en las manos. Después cobraron la recompensa.
María le hablaba a un grupo de mujeres recién llegadas, sus rostros asustados mostraban la extrañeza ante una ciudad que no les pertenecía. Ahora ella era fuerte, había aprendido a serlo gritando la verdad todos los días.
Las abrazó largamente con la ternura que viene del intenso dolor. Todas eran una sola persona, las unía un pasado en común, la de ser las madres de los falsos positivos.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia
Miembro del colectivo literario Surgente

sábado, 23 de septiembre de 2017

Esta tierra que habitamos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Primer premio 2017, ex aequo- Cuentos Cortos Latinoamericanos

Esta tierra que habitamos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Primer premio 2017, ex aequo



Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar abandonando todo lo que poseían.
Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.
- Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.
-Estoy cansado y tengo hambre.
-No se preocupe Esteban apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.
Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pié en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas y entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.
- En esta habitación nació usted.
Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.
-Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.
Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro, recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.
En la Mañana Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
-Compadre esta tierra esta enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del gobierno nos dicen que es mejor venderla.
Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.
- Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.
- ¿Y entonces que van a hacer ustedes?
-La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.
-¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.
-Compadre, no es cosa de muertos es cosa de vivos, si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.
Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.
- Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Si, para mi esa hambre es peor.
Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaria. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.
Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lastima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.
-Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.
Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos por que incluso los ríos se negaban a dar el consuelo del agua. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.
-Martha, amor que nos queda.
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llego la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.
Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos.
Cuando despertaron los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia

sábado, 6 de mayo de 2017

Falsos positivos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Segundo premio 2016 - Cuentos Cortos Latinoamericanos

Falsos positivos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Segundo premio 2016



NOTA DEL AUTOR: Falso positivo: Es como se conoce a las revelaciones hechas a finales del año 2008 que involucran a miembros del Ejército de Colombia con el asesinato de civiles inocentes para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate dentro del marco del conflicto armado que vive el país. Estos asesinatos tenían como objetivo presentar resultados por parte de las brigadas de combate.1 A estos casos se les conoce en el Derecho Internacional Humanitario como ejecuciones extrajudiciales y en el Derecho Penal Colombiano como homicidios en persona protegida.

La mañana abrió sus ojos a otro día de lucha. Recorrió la casa despacio deteniéndose de manera inconsciente en cada en cada objeto, en las imperfecciones de las paredes, en las grietas abiertas por el tiempo, en cada retrato que evocaba el pasado, acariciando todo con la mirada, acariciando la memoria.
- Mire que este café le hubiera gustado, es un poquito amargo pero así le gustaba a usted ¿se acuerda?
Sus manos reconocieron las sabanas buscando esa silueta perdida. Un ritual repetido mil veces para organizar la vida en torno a los recuerdos, sin llanto, sin palabras, sólo precisando que el aliento de su hijo no se perdiera para siempre.
- Ayer encontraron a su amigo Gonzalo en la fosa del cementerio central, también lo mataron por la espalda. La comadre Diana tuvo problemas con los militares, casi no se lo dejan sacar.
Cinco años atrás, cuando Antonio tomó su camino, en su mente había más hambre que ilusión, era ese dolor que lo acompañaba desde niño: la pesadez, el desaliento, eso que anima los sentidos acallando las ideas. La plaga de los condenados de la tierra. Se fue a recoger café, buscando en esas lejanas montañas un poco de dignidad. Ahora lo único que le quedaba a María era su sombra atrapada en los objetos, restos de una vida cegada por una guerra que nunca decidió pelear.
- Hoy me toca terminar más tarde, mire que llegaron unas compañeras de lejos.
Ese día la plaza estaba llena, innumerables mujeres sostenían retratos de sus hijos muertos. Parecían infinitos, pero no obstante cada una de ellas tenía una cifra exacta: 3.796. Civiles inocentes, llevados bajo engaños a zonas de combate, asesinados a sangre fría y presentados como bajas enemigas, presentados como trofeos de guerra.
Todos eran pobres, a todos les habían prometido un trabajo, todos ejecutados y declarados como guerrilleros. Ahora recorrían la plaza los jueves en la tarde, sus imágenes recordaban al mundo que en una guerra sin sentido los absurdos pueden multiplicarse en los cuerpos de aquellos que nunca sostuvieron un fusil.
- A mi hijo me lo mataron hace cinco años, le dispararon y le pusieron un arma en las manos. Después cobraron la recompensa.
María le hablaba a un grupo de mujeres recién llegadas, sus rostros asustados mostraban la extrañeza ante una ciudad que no les pertenecía. Ahora ella era fuerte, había aprendido a serlo gritando la verdad todos los días.
Las abrazó largamente con la ternura que viene del intenso dolor. Todas eran una sola persona, las unía un pasado en común, la de ser las madres de los falsos positivos.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia
Miembro del colectivo literario Surgente