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lunes, 11 de mayo de 2020

San Luis María Grignion de Montfort, 28 de abril


San Luis María Grignion de Montfort © Catholik-blog
San Luis María Grignion De Montfort © Catholik-Blog

San Luis María Grignion de Montfort, 28 de abril

Maestro de la espiritualidad mariana

«Maestro de la espiritualidad mariana, autor de textos dedicados a la Virgen halló refugio en su maternal regazo ante las numerosas pruebas que sufrió. Dejó puestos los pilares de la Compañía de María y de las Hijas de la Sabiduría»
Nació el 31 de enero de 1673 en Montfort, Francia. Era el mayor de dieciocho hermanos. Entre ellos hubo tres sacerdotes y tres religiosas; otro falleció en la infancia. Aunque de fuerte complexión y fortaleza física, gran habilidad, así como cualidades para el arte (dibujo y pintura) y la literatura –todo lo cual merecía el respeto de sus amigos–, Luis era tímido; le agradaba la soledad. Se curtía orando ante la Eucaristía y frente a la imagen de María. Su padre era un abogado de carácter agrio e irascible, que volcaba especialmente en su primogénito, hostigándole e incitándole a la ira. Como el joven tenía también su temperamento, y seguramente un viso cercano al despotismo y a la arrogancia como su progenitor –según han afirmado estudiosos de su vida–, para evitar conflictos con él actuaba como Teresa de Lisieux: hacía de la huída su victoria. Al optar por esta vía se adiestraba en la forma de morir a sí mismo indicada por Cristo y caminaba firmemente hacia la santidad.
Fue domando sus tendencias y aprendió a ser paciente y amable. Ello le predispuso para saber afrontar evangélicamente numerosas pruebas que salpicaron su acontecer: incomprensiones, persecuciones e insultos cargados de hiel. Pronto se refugió en María para que acogiese en su regazo maternal las penas que le ahogaban. Ella le confería paz. «Soy todo tuyo ¡oh María!, y todo cuanto tengo, tuyo es», escribiría en una de sus extraordinarias obras.
Siendo adolescente acudía por la mañana temprano a misa sin reparar en la notable distancia que había entre el templo y su domicilio. Cursó estudios con los jesuitas de Rennes y mantuvo la costumbre de acudir a la iglesia visitándola antes y después de salir de clase. Todo ello aconteció en la etapa crucial de los 11 a los 19 años, que de algún modo marca el devenir. Era externo; vivía con su tío sacerdote Alain Robert. En ese periodo tuvo una experiencia de Dios que dio un vuelco a su vida, y que le llevó a centrarse en la oración y en la penitencia. Ante todo, buscaba su transformación interior. Por eso aprovechaba las vacaciones uniéndose a un grupo de jóvenes que atendían a pobres y enfermos incurables liderados por Julien Bellier, un sacerdote con gran impronta apostólica. Allí comenzó a impartir catequesis y a intensificarse su devoción a María. Fue el umbral de una de sus líneas características: la búsqueda de la Sabiduría.
A los 20 años inició estudios eclesiásticos en el seminario san Sulpicio de París. Su familia atravesaba serios problemas económicos, y aunque tenía benefactores malvivió en el alojamiento que le asignaron fuera del seminario porque no podía procurarse otro mejor. Al morir el director de la comunidad se acogió a otra con mayores carencias. Padeció hambre y frío tales que enfermó seriamente. Permaneció un tiempo en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte, y al recobrar la salud ingresó en el seminario de san Sulpicio. Sus gestos no pasaron desapercibidos: velaba a moribundos para obtener algo de dinero, se manifestaba en las calles contra los que publicaban textos poco edificantes o entonaban canciones profanas, organizaba colectas en el seminario para ayuda de los necesitados, etc. Eran formas consideradas poco ortodoxas por muchos de su entorno y no causaban buena impresión precisamente. A ello se unían las críticas contra su criterio, juzgado como severo en no pocas ocasiones. Luís iba conquistando la santidad a fuerza de oración, penitencia y estudio.
Fue ordenado en 1700. Y los dieciséis años de sacerdocio vinieron cargados de dificultades para él, entre otras cosas, porque no se entendía su inquietud y nula conformidad con ciertas costumbres eclesiásticas. En 1703 aún no tenía claro si debía orientarse al auxilio de los pobres o a la predicación. Entonces ya vivía en París y meditaba sobre la cruz de Cristo en el minúsculo espacio que había en el hueco de la escalera de un modesto local. En 1704 estuvo centrado en las misiones en Poitiers en medio de incomprensiones hasta el punto de que el obispo le despidió de la diócesis. Fueron años de incertidumbre y soledad, de muchos recelos acumulados tras de sí a su pesar, de ver cómo se cerraban puertas que había ido abriendo. No sabía a quién acudir, hasta que en 1706 tomó la decisión de viajar a Roma. Fue con la esperanza de que el Santo Padre marcase el rumbo que debía seguir. Y Clemente XI en el transcurso de una audiencia ratificó la labor que había venido realizando, esa que otros no acogieron bien, encomendándole la evangelización de las campiñas de Francia en comunión con los obispos. Partió de allí con el título de «misionero apostólico» que el pontífice le confirió.
Durante cinco años evangelizó el país de forma incansable llegando hasta Bretaña. Animaba las misiones con cánticos y ponía signos externos que recordarían la labor llevada a cabo. Señalizaba los lugares con cruces, a veces erigía calvarios y hacía que cobrasen realce cofradías que estaban en decadencia. Después de una corta experiencia vinculado a unos misioneros que actuaban bajo la dirección del padre Leuduger lanzó las redes a laicos y otros presbíteros de distintas órdenes interesados en colaborar con él. En medio de las dificultades que prosiguieron, casi al final de sus días puso las bases de dos congregaciones religiosas: la Compañía de María y las Hijas de la Sabiduría; se materializaron cuando ya había fallecido. Además, restauró templos dedicados a María, y luchó contra el jansenismo arrebatando numerosas conversiones. Fue un insigne escritor de textos marianos. El 28 de abril de 1716 falleció a consecuencia de una pulmonía en Saint-Laurent-sur-Sèvre. León XIII lo beatificó el 22 de enero de 1888. Pío XII lo canonizó el 20 de julio de 1947. En 1942 se halló su manuscrito Tratado de la verdadera devoción a María que ha conferido a este santo fama universal.

martes, 28 de abril de 2020

San Luis María Grignion de Montfort, presbítero y fundador (28 de abril)


San Luis María Grignion de Montfort, presbítero y fundador

fecha: 28 de abril
n.: 1673 - †: 1716 - país: Francia
canonización: 
B: León XIII 22 ene 1888 - C: Pío XII 20 jul 1947
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Luis María Grignion de Montfort, presbítero, que evangelizó las regiones occidentales de Francia, anunciando el misterio de la Sabiduría Eterna, y fundó dos congregaciones. Predicó y escribió acerca de la Cruz de Cristo y de la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen, y, después de convertir a muchos, descansó de su peregrinación terrena en la aldea francesa de Saint-Laurent-sur-Sévre.
refieren a este santo: Santa Juana Delanoue

Oración: Oh Dios, sabiduría eterna, que hiciste al presbítero San Luis María insigne testigo y maestro de la total consagración a Cristo, tu Hijo, por mano de su Madre, la bienaventurada Virgen María; concédenos que, siguiendo su mismo camino espiritual, podamos extender tu reino en el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)

San Luis María era el mayor de los ocho hijos de Juan Bautista Grignion, modesto ciudadano de Montfort que pertenecía, entonces, a la diócesis de Saint- Malo. Allí nació el santo en 1673. Después de educarse en el colegio de los jesuitas de Rennes, fue al cumplir veinte años a París, a prepararse para el sacerdocio. Como era demasiado pobre para entrar en el seminario de San Sulpicio, ingresó en otra institución dirigida por el P. de la Barmondiére. A la muerte de éste, pasó a un seminario todavía más estricto, en el que reinaba una gran pobreza. Los mismos seminaristas preparaban por turno la comida, «para tener el gusto de envenenarse a sí mismos», según la irónica expresión de uno de ellos. Luis cayó tan enfermo, que hubo de ser trasladado al hospital. Cuando recobró la salud, consiguió ingresar en el seminario de San Sulpicio, donde permaneció hasta el fin de sus estudios. Un año, tuvo el honor de ser uno de los dos mejores estudiantes que, según la costumbre, visitaban un santuario de Nuestra Señora. La peregrinación de aquel año fue a la catedral de Chartres.
El éxito que obtuvo durante sus años de seminario en la catequesis de los niños más abandonados de la ciudad, no hizo más que confirmar su deseo de consagrarse al apostolado. Después de recibir la ordenación sacerdotal, en 1700, estuvo algún tiempo en Nantes, con un sacerdote que se encargaba de preparar a los jóvenes para diversas clases de apostolado y, al fin, fue nombrado capellán del hospital de Poitiers. Pronto emprendió las reformas que necesitaba aquella institución de caridad y organizó, entre el personal femenino, el núcleo de lo que más tarde había de convertirse en la Compañía de las Hijas de la Divina Sabiduría, cuyas reglas redactó entonces. Pero las reformas que había introducido provocaron una violenta reacción, y el santo tuvo que renunciar a su cargo. Enseguida, se dedicó a predicar misiones entre los pobres que acudían en masa a oírle; pero el obispo de Poitiers, a instancias de los enemigos del siervo de Dios, le prohibió predicar en su diócesis. Sin desalentarse por ello, San Luis emprendió, a pie, el viaje a Roma, donde fue recibido amablemente por el papa Clemente XI; al volver a Francia, llevaba el título de misionero apostólico. Como Poitiers siguió cerrándole las puertas, volvió a su tierra natal de Bretaña, donde emprendió una serie de misiones hasta su muerte.
Cierto que la mayoría de las parroquias le recibían con los brazos abiertos, pero no faltaban quienes le criticaban severamente, hasta el grado de que varias diócesis jansenizantes le cerraron las puertas. El santo exhortaba a sus oyentes a llevarle todos los libros impíos para quemarlos públicamente en una gran hoguera, sobre la que colocaba la efigie de una mujer mundana que representaba al diablo. En otras ocasiones, organizaba la representación de la escena en que agonizaba un pecador, cuya alma se disputaban el diablo y su ángel guardián. El santo representaba el papel del pecador y otros dos sacerdotes, los del diablo y el ángel custodio. A pesar de ello, su predicación no era puramente emocional y conseguía frutos prácticos y duraderos, simbolizados por la restauración de alguna iglesia en ruinas, la erección de gigantescas cruces misionales, limosnas muy generosas y profunda reforma de las costumbres. Casi sesenta años después de la muerte del santo, el párroco de Saint-Lô declaraba que muchos de sus feligreses practicaban todavía las devociones que Luis María había inculcado en una de sus misiones. La principal de ellas era la recitación del rosario, para promover la cual fundó numerosas cofradías. Además, hacía aprender al pueblo oraciones rimadas e himnos que él mismo componía y que se cantan aún en muchas regiones de Francia. A lo que parece, su amor al rosario fue lo que le movió a ingresar en la tercera orden de Santo Domingo.
Pero el esfuerzo de evangelización de san Luis no se limitaba a las misiones, pues era de los que creían que debe predicarse la Palabra de Dios oportuna e inoportunamente (2Tim 4,2). En una ocasión en que navegaba por el río, entre Dinant y Rouen, sus compañeros de travesía empezaron a entonar canciones obscenas; cuando el santo los invitó a rezar el rosario, se burlaron de él, pero al fin, acabaron todos por arrodillarse a rezar y escucharon atentamente el sermón que siguió a las oraciones. En otra ocasión, un baile al aire libre terminó de la misma manera. Pero tal vez el santo obtuvo sus mayores triunfos en La Rochelle, que era el centro del calvinismo, donde predicó una serie de misiones famosas y reconcilió a numerosos protestantes con la Iglesia. San Luis tenía, desde hacía tiempo, el proyecto de fundar una asociación de sacerdotes misioneros; pero sólo pocos años antes de su muerte, logró reunir a los primeros misioneros de la Compañía de María. La súbita enfermedad que le llevó a la tumba le sorprendió cuando predicaba una misión en Saint-Laurent-sur-Sévre. Entregó su alma a Dios en 1716, a los cuarenta y dos años de edad. Además de sus versos e himnos, la más conocida de sus obras es el tratado de «La verdadera devoción a la Santísima Virgen», que se divulgó ampliamente de nuevo con motivo de su canonización, en 1947.
Aparte de las biografías de los contemporáneos, como J. Grandet y el P. de Cloriviére (1775), hay que mencionar la obra de A. Laveille, Le b. L.M. Grignion de Montfort d'aprés des documents inédits (1907). Pero existen muchas otras biografías en francés, como las de G. Bernoville (1946) y la del P. Morineau (1947). Acerca del testamento que dictó el santo poco antes de morir, cf. Analecta Bollandiana, vol. LXVIII (1950), pp. 464-474. En la Biblioteca de ETF se encontrarán obras y referencias al santo, tanto en castellano como en francés.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedido 18890 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1399

miércoles, 25 de marzo de 2020

Santa Lucía Filippini, fundadora (25 de marzo)


Santa Lucía Filippini, fundadora

fecha: 25 de marzo
n.: 1672 - †: 1732 - país: Italia
canonización: 
B: Pío XI 13 jun 1926 - C: Pío XI 22 jun 1930
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En el Montefiascone, en la Toscana, santa Lucía Filippini, fundadora del Instituto de Maestras Pías, para promover la enseñanza cristiana de jóvenes y mujeres, especialmente las carentes de recursos.

El «Instituto de Maestras Pías» no es tan conocido fuera de Italia como merece serlo. Pero en una época en la que todavía no se pensaba en la educación obligatoria, obró maravillas tanto en el mejoramiento religioso como en el social de las mujeres de su país. Aunque santa Lucía no fue la verdadera fundadora de esta notable organización, fue quizás la más celosa, la de mayor influencia y la más santa entre todas sus primeras propulsoras. Nacida en 1672, en Tarquinia, en Toscana, distante aproximadamente nueve kilómetros de Roma, quedó huérfana a temprana edad. Siendo aún joven, la seriedad de sus intenciones, su gran piedad y sus notables cualidades llegaron a oídos del obispo de la diócesis, cardenal Marcantonio Barbarigo, quien la persuadió de ir a Montefiascone para trabajar en un instituto educacional para el entrenamiento de maestros, que él había fundado y puesto bajo la dirección de religiosas. Lucía se dedicó en cuerpo y alma al trabajo, donde tuvo contacto con santa Rosa Venerini, a quien por ser la más eficaz y dedicada organizadora de un instituto similar en Viterbo, el cardenal había llamado a Montefiascone para que contribuyera con su experiencia al bien de su fundación. Ningún alumno pudo haber mostrado más aptitudes que santa Lucía. Su modestia, su caridad y su profunda convicción del valor de las cosas espirituales, aunados a su decisión y su práctico sentido común, se ganaron todos los corazones.
La obra prosperó asombrosamente. Nuevas escuelas para niños y centros educacionales se multiplicaron en todas direcciones y, en 1707, por deseo expreso del Papa Clemente XI, ella fue a Roma a fundar allí la primera escuela de «Maestre Pie» en la calle de Chiavi d'Oro. Lucía pudo permanecer en la ciudad tan sólo un poco más de seis meses, ya que sus obligaciones la llamaban a otras partes, pero los niños acudían en multitudes que excedían, con mucho, el cupo destinado para ellos; a Lucía antes de partir, se le llegó a conocer en casi todo el distrito, como la «maestra santa». Como Rosa Venerini, tenía el don de la palabra fácil y convincente. Sin embargo, su fortaleza no igualaba el esfuerzo con que se dedicaba al trabajo. Enfermó gravemente en 1726 y, a pesar de la atención médica que se le dio en Roma, nunca pudo recuperar del todo su salud. Murió con la más santa de las muertes, el 25 de marzo de 1732, día que ella misma había predicho. Santa Lucía Filippini fue canonizada en 1930.
Ver el Acta Apostolicae Sedis, vol. XXII (1930), pp. 433-443; las actas del proceso de canonización; F. de Simone Vita della serva... Lucia Filippini (1732); y La B. Lucia Filippini... (1926).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedido 1299 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1003

sábado, 1 de febrero de 2020

Beato Luis Variara, presbítero y fundador (1 de febrero)


Beato Luis Variara, presbítero y fundador

fecha: 1 de febrero
n.: 1875 - †: 1923 - país: Colombia
canonización: 
B: Juan Pablo II 14 abr 2002
hagiografía: Vaticano
Elogio: En la ciudad de Cúcuta, en Colombia, beato Luis Variara, presbítero de la Sociedad de San Francisco de Sales, que dedicó toda su actividad en favor de los leprosos y fundó la Congregación de Hermanas Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
El P. Luis Variara nació el 15 de enero de 1875 en Viarigi (Asti, Italia). En 1856 había estado allí Don Bosco para predicar una misión. Y fue a Don Bosco a quíen su padre confió el hijo, llevándoselo a Valdocco el 1 de octubre de 1887. El santo morirá cuatro meses más tarde, pero Luis llegó a conocerlo como para quedar marcado por toda la vida. Así recuerda él mismo el evento: «Estábamos en la estación de invierno. Jugábamos una tarde en el amplio patio del Oratorio, cuando de repente se oyó gritar de un lado a otro: ¡Don Bosco!... ¡Don Bosco! Instintivamente nos abalanzamos todos hacia el sitio donde aparecía nuestro buen Padre, a quien sacaban a dar un paseíto en un coche. Lo seguimos hasta llegar al lugar donde debía subir al vehículo. Pronto se vio Don Bosco rodeado de su querida turba infantil. Yo buscaba afanosamente el modo de situarme en algún punto donde pudiera verlo a mi gusto, pues deseaba ardientemente conocerlo. Me acerqué lo más que pude y, en el momento de ser ayudado a subir al coche, me dio una dulce mirada y sus ojos se fijaron detenidamente en mí; tenía la seguridad de haber conocido a un santo y que ese santo había leído en mi alma algo que sólo Dios y él pudieron saber».
Pidió hacerse salesiano: entró al noviciado en 1891 y lo concluyó al año siguiente, profesando los votos perpetuos en las manos del primer sucesor de Don Bosco, el beato Miguel Rua, quien le susurró al oído: «Variara, no varíes». Hizo los estudios de filosofía en Valsálice. Por allí, en 1894, pasó el P. Unia, célebre misionero que poco antes había comenzado a trabajar entre los leprosos de Agua de Dios. «Cuál no sería mi asombro y alegría -narra el mismo P. Variara- cuando, entre los 188 compañeros que tenían la misma aspiración, fijando su mirada en mí, dijo: "Éste es el mío"». Llegó a Agua de Dios el 6 de agosto de 1894. La población contaba con 2000 habitantes, 800 de los cuales eran leprosos. Se sumergió totalmente en su misión. Valiéndose de sus capacidades musicales, organizó una banda instrumental que creó un clima de fiesta en la «ciudad del dolor».
El 24 de abril de 1898 fue ordenado sacerdote y pronto se reveló óptimo director espiritual. Entre sus penitentes estaban también las componentes de la Asociación de las Hijas de María, grupo de unas 200 muchachas, muchas de las cuales eran leprosas. El joven sacerdote descubrió que no pocas de ellas se hubieran consagrado con gusto al Señor. Pero se trataba de un sueño considerado irrealizable, porque ninguna congregación aceptaba a una leprosa y ni siquiera a una hija de leprosos. Fue ante esta constatación como nació en él la primera idea de jóvenes consagradas aunque fueran leprosas. La Congregación de las «Hijas de los SS. Corazones de Jesús y de María» tuvo inicio el 7 de mayo de 1905, y está presente en la actualidad en diez naciones.
Era cada vez más entusiasta de su misión. Escribía: «Nunca como este año me he sentido contento de ser salesiano y bendigo al Señor por haberme enviado a este lazareto, donde he aprendido a no dejarme robar el cielo». Se cumplían diez años desde su llegada a Agua de Dios, década feliz y rica de obras. Entre éstas, la ultimación del Asilo «P. Miguel Unia» que, pese a los atrasos causados por la guerra de los 1000 días, fue inaugurado en 1905. Pero entonces comenzó un período de sufrimientos e incomprensiones que duraría 18 años, es decir, hasta la muerte del generoso misionero. Tuvo que alejarse de Agua de Dios: Mosquera, Contratación, Bogotá y Barranquilla fueron los varios sitios que la obediencia le asignó. En 1921 fue enviado a Táriba, ciudad venezolana en el límite con Colombia, en donde su salud empeoró en forma preocupante. El médico aconsejó que, por razones de clima, lo llevaran a Cúcuta, en Colombia. Fue allá, pero sus condiciones precipitaron pronto. Murió el 1 de febrero de 1923, a los 49 años de edad y 24 de sacerdocio. Lo sepultaron en Cúcuta. En 1932 los restos mortales fueron trasladados a la capilla de sus Hijas en Agua de Dios, en donde todavía descansan. Fue beatificado por SS Juan Pablo II el 14 de abril del 2002.
fuente: Vaticano
accedido 1700 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_415

viernes, 15 de noviembre de 2019

San Leopoldo III de Austria, confesor (15 de noviembre)

San Leopoldo III de Austria, confesor.

San Leopoldo III
San Leopoldo III

Todo caridad y prudencia.

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San Leopoldo III de Austria, “el Piadoso”, confesor. 15 de noviembre.
Fue hijo de Leopoldo II, y de Ida de Formbach-Ratelnberg. Nació sobre 1075 y desde niño era piadoso y le gustaban el culto, las iglesias y socorrer a los pobres. Apenas llegó a la adolescencia comenzó a disciplinarse, a orar y meditar más asiduamente, a aplicarse al estudio de las Escrituras y la teología bajo la tutela del obispo San Altmann de Passau (8 de agosto), y por supuesto, a ejercitar una caridad constante. En el año 1096 murió su padre y Leopoldo, con 21 años tomó las riendas del gobierno. Era Austria en aquellos momentos una nación de gente indómita, valerosa y leal, pero sumida en el paganismo, la superstición y la casi absoluta indiferencia religiosa hacia la fe de Cristo. Leopoldo emprendió una labor evangelizadora y a la par cultural, para mejorar a su pueblo. Comenzó cambiando leyes arcaicas y brutales, iluminándolas con el Derecho Romano y la misericordia cristiana. Bajó impuestos, fijó precios, dotó a las iglesias de partidas para que se instruyese a los niños, persiguió la impunidad de nobles y alguaciles, promovió la construcción de puentes, acueductos, hospitales y hospicios. Cuando una epidemia de peste negra asoló sus dominios organizó la caridad para con los enfermos y los huérfanos de tal modo, que le llamaron "padre de los pobres". Embelleció iglesias y procuró el establecimiento de muchos monasterios, como veremos.

En 1077 fue excomulgado emperador Enrique IV por el papa San Gregorio VII (25 de mayo), a causa de las investiduras, o sea, el poder que el emperador se arrogó a sí mismo para poner y deponer obispos, un asunto que quedaría zanjado tiempo después entre Enrique V y Calixto II. Pues a causa de esta excomunión y de la desastrosa política del emperador, Enrique, hijo de Enrique IV se levantó en armas contra su padre. Leopoldo y Austria tomaron parte en aquella guerra civil, que terminó en 1105, con la deposición de Enrique IV por parte de la Dieta de Maguncia.

En 1104 Leopoldo se casó con una dama de la que no se tiene conocimiento cuál era su nombre y familia, por lo que muchos han puesto en duda tal matrimonio y no falta quien hable de una amante. De este matrimonio (o no), nació Adalberto, que falleció a los pocos meses. En 1106 se concertó su matrimonio con la princesa Inés, hija del Enrique IV que había enviudado de Federico de Suabia, y que tenía dos hijos: Conrado, y Federico. Con ella tuvo Leopoldo nada menos que 18 hijos, de los cuales siete no sobrepasaron la infancia. Entre los que sobrevivieron estuvieron Leopoldo IV, su sucesor y los que serían eminentes obispos, el Beato Otón de Freising (22 de septiembre) y San Conrado II de Salzburg (28 de septiembre). Ambos, Leopoldo e Inés vivieron una intensa vida de piedad: leían las Escrituras, oraban con los sacerdotes de su castillo, cuidaron del recato y comedimiento en las fiestas, hacían que toda su corte participara de los actos piadosos, etc.

Uno de sus mayores anhelos era ir en una Cruzada a Tierra Santa, pero el peligro de los húngaros era demasiado real como para ausentarse y dejar a su pueblo sin gobernante. Y la razón estaba de su parte, pues Austria fue invadida por Esteban II de Hungría, pero Leopoldo y su pueblo le recharazon con valentía. Luego los húngaros lo intentaron de nuevo, pero Leopoldo igualmente les repelió y no les exterminó del todo porque ordenó que se tuviera misericordia y les dejasen huir sin perseguirles ni matarles.

En 1125 murió el emperador Enrique V y al no haber descendencia, varios de los reyes y nobles electores se decantaron por elegir emperador a nuestro santo, pero finalmente prevaleció la elección de Lotario II, duque de Sajonia, pues Leopoldo se negó a llevar la corona imperial. Conrado y Federico, los hijos de Inés, que también habían sido candidatos por ser sobrinos, por línea materna, de Enrique V, levantaron disturbios en el imperio intentando poner a Leopoldo de su parte, pero este se mantuvo fiel a Lotario II como había jurado. Total, finalmente Conrado y Federico serían emperadores, y el último, además, padre de Federico Barbaroja.

En 1133 fundó Leopoldo el monasterio de Santa Cruz y lo entregó al Císter, a unas 12 millas de su castillo, y ambos iban allí diariamente a participar del culto. Y más habrían asistido si no se lo impidiese el gobierno, por lo cual fundaron una comunidad de canónigos regulares que se tornara en el culto divino, al modo de los acemetas, para que siempre hubiera alguien orando en sus dominios. Y para poder asistir con más frecuencia fundaron el santuario y monasterio de Clausterberg, a 2 millas de Viena. La leyenda dice que en una ocasión en que caminaba con su mujer Inés, un vientecillo le arrebató a esta su velo de la cabeza, perdiéndose en el bosque. Nueve años más tarde, estando de cacería, Leopoldo halló el velo como nuevo, y en ese momento se le apareció la Santísima Virgen, pidiéndole la construcción de una iglesia y monasterio en su honor. La tradición dice que San Leopoldo manifestó su humildad cuando se negó a poner la primera piedra, rechazando la pompa de la circunstancia, y rogando a un joven sacerdote que la pusiese en su nombre. La iglesia, dedicada a Nuestra Señora fue dedicada en 1138 por el arzobispo de Saltzburg.

Después de un buen reinado San Leopoldo llegó al final de su vida lleno de piedad, fe y obras de caridad: estando cazando en las inmediaciones de Clausterberg resultó herido. Recibió los sacramentos y con gran paz subió al cielo el 15 de noviembre de 1136. Fue enterrado en su querido monasterio de New-Clausterberg, para el que había dejado una dotación con vistas a que en el aniversario de su muerte y en el de la muerte de Inés (cuando ocurriera) se diesen abundates limosnas a los pobres. El sepulcro de San Leopoldo pronto se convirtió en fuente de muchos milagros, y los austríacos le veneran desde entonces. Fue canonizado por Inocencio VIII en 1485. En 1663 fue nombrado patrono de Austria junto a San Colomán (13 de octubre), y con motivo de este hecho se trasladó su cabeza a un relicario aparte, puesto a la veneración pública.

Fuentes:
-"Vidas de los Santos". Tomo XIV. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año: Noviembre". JEAN CROISSET. Barcelona, 1863.
A 15 de noviembre además se celebra a Santos Gurias, Samonas y Habib de Edesa, mártires.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

San Leandro. Obispo que introdujo el Credo actual en la Misa (13 de noviembre)

San Leandro. Obispo que introdujo el Credo actual en la Misa

san leandro de sevilla obispo convirtio a toda espana al catolicismo

San Leandro fue quien ordenó que en la Misa se recitara el Credo actual. San Leandro hizo florecer el cristianismo en España

  
San Leandro fue quien introdujo el Credo actual en la Misa. Además, San Leandro fue el instrumento principal en la conversión al catolicismo de las tribus de visigodos que invadieron a España y el que logró que su rey se hiciera un fiel y devoto creyente. San Leandro, San Isidoro y sus hermanos (todos ellos santos) pertenecían a una familia de élite de ascendencia hispano-romana de Carthago Nova.

Fiesta: 13 de Noviembre

Martirologio Romano: En Sevilla, en Hispania, san Leandro, obispo, hermano de los santos Isidoro, Fulgencio y Florentina, que con su predicación y diligencia convirtió, contando con la ayuda de su rey Recaredo, a los visigodos de la herejía arriana a la fe católica

Biografía de San Leandro de Sevilla.

San Leandro nació en Cartagena, España hacia el año 540, de Severiano y Teodoro, ilustres por su virtud. San Isidoro y San Fulgencio, ambos obispos eran sus hermanos, y su hermana, Florentina, también se cuenta entre los santos de la Iglesia Católica.
Cuando San Leandro era joven, su familia se mudó a Sevilla. Leandro se convirtió en monje benedictino y en 579 fue nombrado obispo de Sevilla. También estableció una escuela, que llegó a ser conocida como un centro de aprendizaje y ortodoxia. Leandro se convirtió en un gran defensor de la fe contra el arrianismo, que era una herejía que negaba la divinidad de Cristo. Te contamos aquí su historia.

Historia de San Leandro.

Desde niño, San Leandro se distinguió por su facilidad para hablar en público y por la enrome simpatía de su personalidad.
Siendo muy joven entró de monje a un convento de Sevilla y se dedicó a la oración, al estudio y a la meditación.

Gran responsabilidad de San Leandro.

Cuando murió el obispo de Sevilla, el pueblo y los sacerdotes lo eligieron a él para que lo reemplazara.
Desde entonces San Leandro se dedicó por completo a convertir a los arrianos, esos herejes que negaban que Jesucristo es Dios.
El rey de los visigodos, Leovigildo, era arriano, pero San Leandro obtuvo que el hijo del rey, San Hermenegildo, se hiciera católico. Esto disgustó enormemente al arriano Leovigildo, el cual mandó matar a Hermenegildo.
El joven heredero del trono prefirió la muerte antes que renunciar a su verdadera religión y murió mártir. La Iglesia lo ha declarado santo. La conversión de Hermenegildo fue un fruto de las oraciones y de las enseñanzas de San Leandro.
San Leandro fue enviado con una embajada o delegación a Constantinopla y allá trabó amistad con San Gregorio Magno, que era embajador del Sumo Pontífice.
Desde entonces estos dos grandes santos y sabios tuvieron una gran amistad que fue de mucho provecho para el uno y el otro. Se escribían, se consultaban y se aconsejaban frecuentemente. Y se cumplió lo que dice la Sagrada Escritura:
"Encontrar un buen amigo, es mejor que encontrar un tesoro".

Superando las pruebas

El rey desterró al obispo San Leandro por haber convertido a Hermenegildo al catolicismo. Y el santo aprovechó el destierro para escribir dos libros contra el arrianismo, probando que Jesucristo sí es verdadero Dios y que los herejes que dicen que Cristo no es Dios, están totalmente equivocados.
El rey Leovigildo estando moribundo se dio cuenta de la injusticia que había hecho al desterrar a Leandro y lo mandó volver de España y antes de morir le recomendó que se encargara de la educación de su hijo y nuevo rey de España, Recaredo.
Y esto fue algo providencial, porque el santo obispo se dedicó a instruir sumamente bien en la religión a Recaredo y lo hizo un gran católico.
Y luego San Leandro demostró tal sabiduría en sus discusiones con los jefes arrianos que logró convertirlos al catolicismo. Y así toda España se hizo católica: El rey Recaredo, sus ministros y gobernadores y los jefes de los arrianos.
El que más alegría sintió por esto fue el Sumo Pontífice San Gregorio Magno, el cual envió a San Leandro una carta de felicitación y lo nombró Arzobispo.

San Leandro y el Credo.

San Leandro reunió a todos los obispos de España en un Concilio en Toledo y allí dictaron leyes sumamente sabias para obtener la santificación de los sacerdotes, y el buen comportamiento de los fieles católicos.
La próxima vez que recites el Credo Niceno en la Misa, piensa en San Leandro, porque fue él quien, introdujo la práctica en el siglo VI. San Leandro lo vio como una manera de ayudar a reforzar la fe de su pueblo y como un antídoto contra la herejía del arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo. Al final de su vida, San Leandro había ayudado a que el cristianismo floreciera en España en un momento de agitación política y religiosa.

El martirio de San Leandro.

Dios, a las personas que quiere hacer llegar a mayor santidad las hace sufrir más, para que ganen más premios en el cielo.
San Leandro sufrió de muchas enfermedades con gran paciencia. Y uno de los males que más lo atormentó fue la gota, en las piernas (o inflamación dolorosa de las articulaciones por cristalización del ácido úrico).
El Papa San Gregorio, que también sufría de ese mismo mal, le escribió diciéndole:
"Dichosa enfermedad que nos hace ganar méritos para el cielo y al obligarnos a estar quietos nos brinda la ocasión de dedicarnos más al estudio y a la oración".
San Leandro murió en el año 596 y España lo ha considerado siempre como un gran benefactor y como Doctor de la Iglesia.

Reflexión sobre San Leandro.

Al rezar el Credo de Nicea todos los domingos, podríamos reflexionar sobre el hecho de que esa misma profesión de fe no solo la recitaban todos los católicos en todo el mundo, sino también muchos otros cristianos.
San Leandro introdujo su recitación como un medio para unir a los fieles. Oremos a San Leandro para que la recitación del Credo pueda mejorar esa unidad hoy en día.

Oración a San Leandro.

San Leandro bendito: que también los gobernantes de ahora se conviertan como tu discípulo Recaredo, en fervientes católicos.
Por Jesucristo Nuestro Señor.
Amen.

San Leandro de Sevilla, obispo (13 de noviembre)

San Leandro de Sevilla, obispo

fecha: 13 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 27 de febrero
n.: c. 545 - †: c. 600 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Leandro, obispo, hermano de los santos Isidoro, Fulgencio y Florentina, que con su predicación y solícita caridad convirtió a los visigodos de la herejia arriana a la fe católica, contando con la ayuda de su rey Recaredo. Murió en la ciudad de Sevilla, en Hispania, el 13 de marzo.
Patronazgos: patrono de Sevilla; protector contra el reumatismo.
Oración: Oh Dios, que por medio de tu obispo san Leandro mantuviste en tu Iglesia la integridad de la fe, concede a tu pueblo permanecer siempre libre de todos los errores. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Los godos o visigodos, que reinaron en España durante cuatro siglos, se convirtieron del arrianismo gracias sobre todo a los esfuerzos de san Leandro. El padre del santo era Severiano, duque de Cartagena, ciudad en la que Leandro nació. Su madre era hija de Teodorico, rey de los ostrogodos. Sus hermanos fueron san Fulgencio, obispo de Écija, y san Isidoro, quien le sucedió en la sede de Sevilla. Tenía también una hermana, santa Florentina y la tradición afirma que otra de sus hermanas se casó con el rey Leovigildo. Pero este último dato no es seguro y, en caso de ser cierto, debió crear muchas dificultades al santo, pues Leovigildo era un ferviente arriano.
Desde niño, se distinguió Leandro por su elocuencia y su fascinante personalidad. Siendo muy joven, entró en un convento de Sevilla, donde se entregó durante tres años a la oración y el estudio. A la muerte del obispo de Sevilla fue elegido unánimemente para sucederle; pero su nueva dignidad no le hizo cambiar de costumbres. El santo se dedicó inmediatamente a combatir el arrianismo, que había hecho grandes progresos, y con su oración y predicación obtuvo numerosas conversiones, entre otras la de Hermenegildo, el hijo mayor del rey Leovigildo. El año 583, san Leandro fue a Constantinopla al frente de una embajada; en esa ciudad conoció a san Gregorio Magno, que aun no era papa, y había ido allí como legado del papa Pelagio II. Una gran amistad les unió desde entonces, y san Gregorio escribió su comentario sobre el libro de Job («Moralia in Iob»), a instancias de san Leandro.
Al regresar a España, san Leandro continuó luchando por la fe; pero en el 586 Leovigildo condenó a muerte a su propio hijo, san Hermenegildo, por haberse negado a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, y al mismo tiempo desterró a varios prelados católicos, entre los que se contaba a san Leandro y a su hermano san Fulgencio. El santo obispo continuó su tarea desde el destierro, escribiendo dos libros contra el arrianismo y otro más para responder a las objeciones que se habían hecho a los dos primeros. Leovigildo levantó la pena de destierro poco después y, ya en su lecho de muerte, confió a san Leandro a su hijo Recaredo para que le instruyese en la verdadera fe. Sin embargo, el propio Leovigildo murió sin reconciliarse con la Iglesia, por miedo de ofender al pueblo, según cuenta san Gregorio. Bajo la dirección de san Leandro, Recaredo llegó a ser un fervoroso católico, bien instruido en la fe. Leandro demostró tal sabiduría en sus discusiones con los obispos arrianos, que acabó por ganarles a su doctrina, más con sus argumentos que con su autoridad. Esto produjo la conversión de todo el pueblo visigodo. Igual éxito tuvo el santo con los suevos, otro pueblo de España pervertido por Leovigildo. Nadie se regocijó más de los triunfos del santo obispo que san Gregorio Magno, quien le escribió una afectuosa carta de felicitación y le envió un palio.
En el 589, san Leandro presidió el tercer Concilio de Toledo, que redactó una solemne declaración de la consustancialidad de las tres Personas divinas y votó veintitrés cánones disciplinares. Como se ve, san Leandro no se preocupaba menos de la pureza de la fe que de las buenas costumbres. Al año siguiente, tuvo lugar en Sevilla otro concilio con el fin de confirmar y sellar la conversión del pueblo a la verdadera fe. San Leandro conocía, por experiencia, el poder de la oración y trabajó por fomentar la verdadera devoción en todos los fieles, pero sobre todo en los que se habían consagrado a Dios en la vida religiosa. Su carta a santa Florentina, documento conocido con el nombre de «Regla de la Vida Monástica», tiene por tema principal el desprecio del mundo y la oración. Una de las obras más importantes de san Leandro fue la reforma de la liturgia. Siguiendo la práctica de las iglesias orientales, el tercer Concilio de Toledo introdujo en la misa el Credo de Nicea, que repudiaba la herejía arriana. Más tarde, otras Iglesias de Occidente y la misma Iglesia de Roma adoptaron esa práctica.
San Leandro se vio frecuentemente atacado por las enfermedades, particularmente por la gota. San Gregorio, que sufría también de ese mal, alude a ello en una de sus cartas. Según una antigua tradición española, la famosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Cáceres, Extremadura, fue un regalo del Papa san Gregorio a su amigo san Leandro. De los numerosos escritos del santo, los únicos que han llegado hasta nosotros son la «Regla de la Vida Monástica» y una homilía de acción de gracias por la conversión del pueblo godo. San Leandro murió hacia el año 600. Sus reliquias se conservan en la catedral de Sevilla. La liturgia española celebra la memoria de san Leandro el 13 de noviembre.
Ver Acta Sanctorum, marzo, vol. II; Gams, Kirchengeschichte von Spanien; vol. II pte. 2, pp. 37 ss., 66 ss.; DTC, vol. IX, p. 95. Ver también el excelente artículo de la Sra. Humphry Ward sobre san Leandro, en A dictionary of Christian Biography, ed. William Smith y Henry Wace, vol. III, pp. 637-640. Leovigildo y la conversión de Recaredo corresponden al cuadro general de la historia de la Iglesia en su transición a la Edad Media, cfr. Jedin, H. manual de Historia de la Iglesia, II, pág 757ss. Herder. Leandro como autor está tratado en Patrología, Di Berardino, BAC, tomo IV, pág 91.
Cuadro: Bartolomé Murillo: «Leandro y Buenaventura», 1665-1666, en el Museo de Ballas Artes de Sevilla.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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sábado, 9 de noviembre de 2019

Beato Luigi Beltrame Quattrocchi, 9 de noviembre

Luigi e Maria Beltrame Quattrocchi
Luigi E Maria Beltrame Quattrocchi © Associazione Maria E Luigi Beltrame Quatrocchi

Beato Luigi Beltrame Quattrocchi, 9 de noviembre

Esposo de la beata María Corsini
«Ejemplo de dos esposos, modelos para las familias. Juntos compartieron un fecundo proyecto de vida, afrontando graves decisiones con inalterable confianza en la Providencia, como seguir adelante con un embarazo de alto riesgo»
 Hoy se celebra la Dedicación de la basílica de Letrán y, entre otros santos y beatos, la vida de Luigi y María que fueron beatificados por Juan Pablo II el 21 de octubre de 2001. El Martirologio Romano los recuerda por separado el 9 de noviembre y el 26 de agosto, respectivamente, y la diócesis de Roma los celebra unidos el 25 de noviembre que fue la fecha de su matrimonio. Pero dado que su historia está cincelada por un vínculo que ocupó gran parte de su existencia, y que fueron elevados a los altares precisamente por el ejemplo de santidad que dieron en la cotidianeidad de su vida familiar, parece oportuno respetar esa conjunción de la biografía de ambos. Y así se ofrece en este santoral de ZENIT.
Luigi nació en Catania, Italia, el 12 de enero de 1880. Al ser acogido por un tío paterno que no tenía descendencia, de acuerdo con los padres del beato, éste tomó de él su apellido Quattrocchi sin dejar de mantener un vínculo con sus padres, Carlo y Francesca. En 1890 se trasladó a Roma por motivos profesionales de su tío. Y en 1898 se matriculó en derecho en la Sapienza. Mientras estudiaba, en 1901 conoció a María, hija del coronel Corsini, perteneciente a una familia acomodada. Residía en Roma desde 1893. Había mostrado fuerte carácter y ciertas desavenencias con sus padres propias de la adolescencia, y en ese momento estudiaba empresas y contabilidad, aunque al mismo tiempo se sentía atraída por la literatura y el arte. Fue autora de un trabajo sobre el pintor Rossetti.
La diferencia de edad entre Luigi y María no era excesiva, puesto que ella había nacido en Florencia el 24 de junio de 1884. Ambos compartían similares intereses artísticos y culturales. De hecho, les vinculó inicialmente el afán literario. Pero María añadía un plus: su compromiso espiritual. Era una mujer culta, amante de la música, que se convertiría a partir de 1912 en escritora y profesora experta en temas pedagógicos. Ya estaba vinculada a la Acción Católica y colaboraba con los scouts. Luigi tenía entonces un horizonte prometedor que se materializó enseguida dadas sus excelentes cualidades personales e intelectuales. Defendió la tesis doctoral en 1902 y después se convertiría en un reputado abogado del Estado.
La pareja no tuvo dudas de la fortaleza de sus sentimientos porque, también amparados por la amistad que vinculaba a las familias de ambos, intensificaron la correspondencia, solidificando un sentimiento profundo que fue desembocando en la clamorosa necesidad de compartir un mismo proyecto de vida. Se comprometieron en marzo de 1905 y el 25 de noviembre de ese año contrajeron matrimonio en la basílica de Santa María la Mayor. En lo concerniente a la fe, Luigi era creyente y su conducta personal y profesional era la de un hombre con principios, intachable, honesto y bondadoso, pero no iba mucho más allá en la práctica religiosa. Sin embargo, el vínculo matrimonial le condujo a una mayor entrega en el amor a Dios, alentado por el ejemplo de su esposa y con la ayuda de su director espiritual, en una progresión exponencial encomiable que le conduciría a los altares junto a ella.
Su residencia, la misma de su familia política, los Corsini, sita en Vía Depretis, le permitía acudir a misa diariamente junto a su esposa a Santa María la Mayor; así abrían su apretada agenda cotidiana. En lo demás, aparentemente se asemejaban a una familia normal dentro de su clase que le permitía acceder a círculos sociales selectos vedados para otros. Pero el escenario en el que transcurría su feliz existencia lo llenaba Dios. En el centro de sus vidas se hallaba la Eucaristía, el amor a la Virgen, la recitación del rosario, el rezo de otras oraciones, etc., además de retiros y la formación espiritual que se procuraban. Todo ello vivido en un clima de fe y de alegría, sin estridencias, de forma sencilla y natural, y eso lo percibieron sus hijos y sus familiares antes que nadie. Cuando en un hogar rezuma la felicidad, un gesto tan simple como introducir la llave en la cerradura comporta un indescriptible gozo porque se ansía volver a reunirse con los seres más queridos; es uno de los sentimientos que narraba María poniendo de manifiesto la riqueza de su convivencia.
A los hijos les enseñaron a afrontar las dificultades del día a día con la confianza en la Providencia, buscando la perspectiva divina con su oración: «desde el techo hacia arriba» era el consejo que dieron a todos. El ejercicio de su caridad alentó su vida, y tres de ellos fueron religiosos; uno sacerdote en la diócesis de Roma, otro trapense, y una hija benedictina. El último de los hijos, una niña, sembró la zozobra en sus vidas antes de nacer. Varios médicos no auguraron nada bueno para la madre y la hija. María fue informada del altísimo peligro que corría si determinaba seguir adelante con el embarazo y le sugirieron deshacerse del bebé para conservar su propia vida. Ni Luigi ni ella vacilaron en la decisión de continuar con el embarazo, aventando el riesgo, y todo se resolvió sin contratiempos.
La oración que impregnaba su hogar se hizo palpable también en el entorno exterior con sus amigos y en las numerosas acciones que realizaron. Porque los esposos desplegaron su apostolado social en diversas vertientes, atendiendo a los pobres, involucrándose en actividades del grupo scouts que organizaron para los niños durante la posguerra –aunque anteriormente habían abierto las puertas de su domicilio a refugiados de la guerra–, en el ámbito catequético y en su decidido compromiso con la Acción Católica. Luigi realizaba su apostolado en su casa, entre compañeros y amigos, y llevó a muchos de ellos a la fe. Con uno de éstos fundó en 1919 un oratorio festivo para los chicos de la favela. Cuando estalló el fascismo tuvo que esconderse para salvar la vida. Después fue nombrado asesor general adjunto del estado italiano. Murió el 9 de noviembre de 1951 de un infarto de miocardio. María, que en 1917 se hizo terciaria franciscana, le sobrevivió hasta el 26 de agosto de 1965, dejando atrás, al penetrar en la gloria, una admirable labor apostólica.