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miércoles, 25 de enero de 2017

«La Virgen es el camino necesario para la Redención», afirma el arzobispo Luigi Negri 25012017

«La Virgen es el camino necesario para la Redención», afirma el arzobispo Luigi Negri

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Luigi Negri, arzobispo de Ferrara-Comaggio, defiende la devoción a la Virgen frente a los ataques gnósticos y secularizantes.
Además de las tesis publicadas en L’Osservatore Romano por Anne-Marie Pellettier, según las cuales la Virgen no debe tener el espacio que ni siquiera Cristo le ha dado y, al ser sólo una madre natural, es una mujer que se eleva exactamente como todas las demás que han hecho la voluntad de Dios, se multiplican las tesis que la rechazan como modelo a imitar. Pero según monseñor Luigi Negri, arzobispo de la diócesis de Ferrara-Comacchio, “el multiplicarse de las tesis parateológicas” no es sólo fruto del rechazo feminista a la sumisión como camino para la realización. “Este rechazo es consecuencia de la herejía gnóstica dominante en la época posmoderna, en la que vive hoy la Iglesia”, explica en una entrevista concedida a La Nuova Bussola Quotidiana.
-Siempre han existido, en la historia de la Iglesia, tendencias que reducen el papel de la Virgen con la excusa de que la devoción a María ofusca la devoción a Jesús. En la época moderna estas tesis han encontrado mucho eco. ¿A qué se debe esta contraposición?
-Esta tendencia es el retorno continuo, a dos siglos de distancia, de la exégesis protestante y racionalista, también dentro de la Iglesia católica, como delineó muy bien el Papa Benedicto XVI en sus extraordinarios libros sobre la vida de Jesús. El origen verdadero de esta reducción es, efectivamente, la tendencia a menoscabar al propio Jesús, relegándolo a su mensaje, mientras que Cristo es el acontecimiento de Dios que se ha hecho hombre y que vive, también ahora, entre nosotros. Obviamente, para quien piensa que esto es falso y que Cristo es solamente un buen ejemplo que hay que seguir, la Virgen no tiene ninguna influencia. Pero cuando se acoge plenamente la verdad contenida en el Magisterio de la Iglesia católica, que reconoce el misterio de la encarnación de lo divino a través de lo humano, la Virgen se convierte en el camino necesario para la redención.

-¿Qué quiere decir exactamente?
-La Virgen es el método con el que Dios se presenta ante nosotros y con el que nosotros podemos ir a Él. La Madre, de hecho, no sólo engendra al hijo de Dios, sino  que lo acompaña en todo su camino. Y lo sigue haciendo hoy, como afirma la encíclica Redemptoris Mater de San Juan Pablo II. Por consiguiente, negar el peso enorme que la Virgen tiene en la redención (dicha encíclica la define como “Madre del Hijo consubstancial al Padre y compañera singularmente generosa en la obra de la redención”) es negar el peso de Cristo. En la redención ella es mediadora de los hombres ante el mediador Jesús y, además de ser la Madre de Cristo, es madre de la Iglesia y de la humanidad (como afirmó el beato Pablo VI), que nos engendra continuamente.

-¿Qué es lo que empuja a definir a María sólo como una de las muchas mujeres santas del Evangelio?
-La reducción gnóstica de la fe: la misma que empuja a la Iglesia hacia la ideología ecologista, por ejemplo. María molesta a los gnósticos, es decir, a todos los que piensan que basta el conocimiento para salvarse, eliminando la encarnación y, por lo tanto, concibiendo la ascesis como un esfuerzo moralista. Es la antigua pretensión del hombre de salvarse a sí mismo por sus propios medios.

-¿Qué ha empujado a las mujeres a rechazar el propio papel de sumisión (un término que hoy suena casi como una blasfemia) en los años de la revolución sexual?
-Estamos ante la alternativa habitual planteada por Guitton, quien, en síntesis, pregunta: ¿es la fe la que juzga el mundo o es el mundo el que ahora juzga la fe? Es otro aspecto del grave error de método y de contenido según el cual el punto de vista psicológico, social, político o sexual de una determinada era, como la posmoderna, se ha convertido en la Iglesia en el criterio para la lectura de la fe. Para la mayoría de los clérigos el machismo y el sexismo son, hoy en día, argumentos indiscutibles y, por consiguiente, son capaces de poner en discusión la fe católica cuando ésta se opone a ellos: por ejemplo, el paradigma de la autonomía contrasta con el método de María.

-¿Qué tiene que ver esto con el feminismo?
-El feminismo nace del individualismo moderno. Para la mujer autónoma es imposible aceptar como criterio de realización el sacrificio y la entrega de sí misma a una voluntad distinta de la propia. He aquí por qué la dimensión fundamental de la criatura María, la humildad, es rechazada como enemiga. Pero aceptando este paradigma hemos dejado que la Virgen y Cristo, es decir, la fe, sean juzgados por el mundo, exactamente como había profetizado el beato Pablo VI: un pensamiento mayoritario no católico prevalecerá en la Iglesia, pero permanecerá siempre un pequeño resto que salvará el núcleo de la fe.

-¿Cuál es la conveniencia para quien, como María, se sacrifica sometiéndose al Dios encarnado?
-Recuerdo que hace muchos años oí hablar a Henri-Marie de Lubac, en Milán, de la Virgen como síntesis existencial de todo el catolicismo: ella es la criatura totalmente impelida por el acontecimiento de la fe y que, al adherirse a ésta, experimenta, mostrándonoslo, el camino hacia la plena realización de la naturaleza humana, hasta el extremo, hasta la asunción al cielo. Este acontecimiento nos dice que ella es el camino para realizarnos, para ir a Cristo y con el que Cristo nos sale al encuentro para llevarnos a Él. El problema es que al mundo le cuesta comprenderlo, no tanto por la mentalidad individualista, que es una consecuencia, sino porque ha echado raíces una concepción gnóstica según la cual la fe se actúa mediante la inteligencia humana y no, como es verdad, mediante la entrega de uno mismo a un hecho más grande que nosotros y que lleva a cumplimiento nuestra humanidad.

-Sin embargo, si por una parte prevalece la gnosis, por la otra aumenta el número de quienes avanzan la hipótesis de la función “corredentora” de María…
-La corredención no es un término avalado por la Iglesia aunque, como dice San Bernardo, sin Ella, sin su permiso, la redención habría sido imposible. Por consiguiente, el peso de la Virgen en la redención es determinante, pero los poderes de Cristo siempre han sido considerados únicos por el Magisterio.

-¿Por qué ella es elegida para aplastar la cabeza del demonio y por qué, en su opinión, precisamente una mujer?
-Con el pecado original la existencia estaba insidiada por la voluntad orgullosa y prepotente del demonio de sustituir a Dios. Cristo ha vencido al demonio, pero se ha encarnado gracias al “sí” de una criatura femenina que se ha entregado totalmente a la voluntad de Dios. Por eso lo ha vencido a través de ella y con ella. Es  humillante para el antagonista de Dios ser vencido por una criatura frágil, pero fuerte en su humildad.

-Además de las herejías, se multiplican los actos desacralizadores. ¿Adónde hay que mirar para seguir teniendo esperanza?
-Esta Navidad cientos de estatuas de la Virgen han sido destruidas y nacimientos profanados. El ataque a los signos de la fe preocupan, y aún más porque se llevan a cabo ante la resignación de los cristianos, como si el ataque a la Virgen no fuera un ataque sustancial al contenido de la fe. Pero una cultura que ataca a la Virgen de este modo, o mediante la herejía, no puede tener una vida larga y feliz. También porque María, como la describe Alessandro Manzoni en el hermosísimo himno que le dedica, es “terrible como enemiga, alineada para la batalla”. Ahora que el vómito diabólico y anticristiano está sobrepasando todo límite, la esperanza está puesta en la victoria de su corazón inmaculado.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

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miércoles, 25 de marzo de 2015

Un obispo contundente: «Occidente asiste a su final; en el horizonte, la bandera negra del Califato»

Negri denuncia la pasividad de una «sociedad moribunda»

Un obispo contundente: «Occidente asiste a su final; en el horizonte, la bandera negra del Califato»

Un obispo contundente: «Occidente asiste a su final; en el horizonte, la bandera negra del Califato»
Monseñor Luigi Negri es uno de los obispos italianos más apreciados por su sinceridad y su contundencia al defender a la Iglesia.
Actualizado 24 marzo 2015
 
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 No sólo Francisco: Benedicto desveló al obispo Negri que también a él le impactó «Señor del mundo»
 Cincuenta años agrediendo a otros acusándoles de fascismo
 No podemos dialogar con todos
 El símbolo de los cristianos perseguidos por los islamistas
[En Mosul, los terroristas de Estado Islámico picaron estatuas y bajorrelieves antiguos y los destruyeron con un martillo neumático, volaron lugares de culto, quemaron libros robados de las bibliotecas y destruyeron parte delas murallas de Nínive, la antigua capital asiria en la periferia de la ciudad. Ellos mismos grabaron las imágenes y las difundieron, dando lugar a una toma de posición del arzobispo de Ferrara-Comacchio (Italia), Luigi Negri, que ha adquirido gran notoriedad y ha sido traducida a diversos idiomas. Por su interés reproducimos íntegro su artículo en ReL.]

El final de la civilización occidental en el Museo de Mosul
Es mi deseo que los medios tecnológicos de que dispone nuestra sociedad -y de los que a menudo se abusa- conserven vivamente, también para las próximas generaciones, la imagen de la tremenda barbarie a la que hemos asistido, como si se tratara de una transmisión en directo desde cualquier parte del mundo: la ira, más demencial que bárbara, hacia las expresiones artísticas de uno de los grandes momentos de la cultura universal y que habían pasado con devoción y respeto de una generación a la otra, de una cultura a la otra, de una civilización a la otra. Porque la cultura y la civilización no son excluyentes, como lo es en cambio la horrenda ideología, también religiosa. La cultura y la civilización son inclusivas y saben, por consiguiente, incorporar también realidades históricas y culturales que no han nacido en las limitaciones del propio ámbito, de las que al contrario se enriquecen.

Es lo que precisamente se les ocurrió a esos pocos hombres de cultura que aún existen en esta débil sociedad, la gran tradición católica que durante siglos supo acoger las expresiones de la cultura clásica, griega y romana, y más adelante de otras tradiciones, incluidas las de Extremo Oriente.

Basta pensar, por ejemplo, en el cuidado apasionado con el que las corrientes benedictinas primero, y las cistercienses después, acogieron, custodiaron, copiaron, volvieron a copiar y comentaron los documentos de la tradición clásica. Y este movimiento de acogida y profundización generó la gran cultura de los monasterios, de los conventos y de las grandes universidades, como nos ha enseñado de manera insuperable el gran padre Chenu y en Italia el renombrado don Inos Biffi.

Esta capacidad de acogida, de respeto, de profundización ha sido pulverizada. La expresión más indecente es la destrucción del distinto. En realidad, también nosotros europeos hemos experimentado esto. Tenemos ante nuestros ojos la destrucción de las tradiciones precedentes llevada a cabo, por ejemplo, por esa Revolución francesa que el laicismo europeo aún considera un punto de partida insuperable. Y desgraciadamente no sólo los laicistas, sino también una cierta parte del mundo católico considera la Revolución francesa un hecho positivo insuperable.

Occidente ha asistido anticipadamente a su final. En la tragedia que se ha consumado en ese bellísimo museo de Mosul, donde se custodiaban obras maestras del gran arte, la gran cultura, Occidente ha visto la muerte de su propia civilización, evocada de manera inigualable por Benedicto XVI en su incomprendido discurso de Ratisbona. La gran civilización occidental es una civilización en la que la variedad de formas de vida, de pensamiento, de costumbres han sabido, y saben, encontrarse, conocerse, valorizarse, combatirse cuando es necesario, pero todo por una novedad de vida humana e histórica que es el signo de la civilización.

Todo esto, guste o no, se está acabando, si no lo ha hecho ya. El horizonte está marcado por la bandera negra del Califato, bajo la cual yacen la libertad de conciencia y de corazón, la libertad física, la libertad de vivir dignamente y de profesar las propias convicciones de manera libre y responsable.

La masacre, las atrocidades, se han convertido en algo normal en el imaginario del hombre occidental. Lee sobre ellas superficialmente en los periódicos o en las redes sociales, mira distraídamente las imágenes en la televisión mientras cena tranquilamente, como si fueran acontecimientos de otro mundo.

La civilización se ha acabado. Un sociedad moribunda no tiene ni siquiera la capacidad de una auténtica revisión crítica de la propia vida. Y si la tuviera, sería necesario que emergieran todos lo que, consciente o incoscientemente, han preparado y siguen preparando, en las formas más distintas, este final: todos los que han perseguido al diálogo más allá de todo límite; todos lo que, en el fondo, tienen más miedo de la fe cristiana que de la barbarie de la ideología islamista. Pero tal vez esta responsabilidad es, sobre todo, de quienes han apostatado de Cristo. Y apostatando de Cristo han apostatado de ellos mismos. Y como el hombre está siempre estrechamente vinculado a una sociedad, apostatando de ellos mismos han destruido la civilización.

Artículo publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.

Traducción de Helena Faccia Serrano.