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jueves, 18 de agosto de 2016
¿Una masonería eclesiástica? 17082016
domingo, 7 de agosto de 2016
Iglesia, unidad y reforma. San Agustín, Santa Catalina de Siena.07082016
Iglesia, unidad y reforma. San Agustín, Santa Catalina de Siena. | |||||||||||
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La unidad ha sido siempre un problema eclesial. San Juan nos muestra la preocupación del Señor por este tema relatando la oración al Padre por la unidad: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Jn 17, 21). En las primeras comunidades cristianas se vivieron las mismas disputas que vivimos hoy en día dentro de la Iglesia. Como cuenta Pablo en 1Co 3, 3-9, en la comunidad de Corinto existían disputas entre diversos grupos que se identificaban con unos u otros apóstoles. Unos decían ser de Pablo, otros de Pedro, otros de Apolo, pero nadie era capaz de definirse como “de Cristo”. San Pablo toma cartas en el asunto y les deja claro que los segundos salvadores pueden parecer maravillosos, pero sólo Cristo salva. Ese uno de que habla el Apóstol somos todos nosotros. En los Salmos a veces cantan muchos y a veces canta uno. Es para mostrar, en el primer caso, cómo la unidad se forma de la diversidad, y en el segundo caso, cómo la diversidad llega a formar la unidad. Por eso en la piscina sólo sanaba uno; otro cualquiera que bajase no sanaba. Este uno era símbolo de la unidad de la Iglesia. ¡Ay de aquellos que detestan la unidad y se dividen en partidos entre los hombres! Que presten atento oído a aquel que quería hacerlos a todos Uno, en Uno y para Uno; que presten oído atento a sus palabras: No os hagáis muchos. Yo planté y Apolo regó, mas es Dios el que da el crecimiento. Y ni el que planta es algo ni es algo el que riega, sino Dios, que es el que da el crecimiento. Decían ellos: Yo soy de Pablo, yo de Apolo y yo de Pedro; y él: ¿Es que Jesucristo está dividido? Permaneced siendo en Uno, sed una sola cosa, sed Uno: Nadie subió al cielo sino el que bajó del ciclo. Mira que queremos ser tuyos, decían a Pablo. Y él: No quiero que seáis de Pablo, sino sed de Aquel de quien es Pablo con vosotros. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 12, 9) Actualmente muchos nos llaman a tomar partido o bando, para tener claro “de quien somos” dentro de la Iglesia. Portales, personas relevantes, clero, religiosos y hasta seglares, nos llaman a decidir qué segundo salvador elegimos. Una vez elegimos “bando” se nos obliga a señalar a quien no está en la línea para denigrarlo. ¿Es esto cristiano? ¿Qué nos pasa? Sin duda la Iglesia necesita reformarse, pero esta reforma nunca podrá venir de la mano de bandos o partidos que luchan entre sí. En unas declaraciones de hace pocos días, el Cardenal Schönborn nos dice que: "En la Iglesia hay una oposición muy fuerte, significativa, activa y vociferante contra el Papa", como queriendo dejar claro que hay que “ser de Pedro” para estar bien considerado. Mal vamos si seguimos estas declaraciones y muchas otras similares. La única reforma que conduce a la unidad la señaló perfectamente Santa Catalina de Siena: la santidad personal. La creación de bandos, sólo es una estrategia del diablo para tenernos entretenidos despellejándonos unos a otros. Hace unos días leía en el perfil social de una religiosa de cierta relevancia mediática que existen cardenales que “impedían las reformas del Papa Francisco”. La verdad es que este tipo de mensaje me causa mucha tristeza. ¿Por qué? Los religiosos están consagrados a Cristo y a la Virgen María. ¿Qué sentido tiene hablar de otra reforma que no sea la santidad? ¿Qué sentido tiene echar en cara la fidelidad a Cristo y a la Tradición a unos cardenales y a todos los que amamos a la Iglesia por encima de bandos humanos? La fidelidad no es rigidez ni fanatismo cuando se vive y se testimonia en nuestra vida. Todo esto evidencia el fino trabajo del diablo. Un trabajo que busca separar, enfrentar y condenar a quien no es del bando del segundo salvador de turno. Decía Santa Catalina de Siena poniendo voz al Señor: “Yo me dejaré plegar al deseo, a las lágrimas y a las oraciones de mis siervos y tendré misericordia de mi Esposa, reformándola con santos y buenos pastores. Reformada así la Iglesia, con buenos pastores, forzosamente se corregirán los súbditos, porque de casi todas las cosas malas que ellos hacen tienen la culpa los malos pastores. Porque si ellos se corrigieran y en sus vidas resplandeciera la piedra preciosa de la justicia, con una vida honesta y santa, los demás no actuarían de ese modo” (Santa Catalina de Siena. Diálogo) En este texto señala a la santidad como la reforma que necesitamos. Una santidad que conforme a pastores, religiosos, sacerdotes, en primer término. Las estructuras humanas son igual de reformables que corrompibles. No podemos aceptar la máxima progresista de que cambiar es un bien en sí mismo, porque entonces perdemos todo sentido de justicia, bondad, belleza y unidad. Las reformas del Papa Francisco deben ser las mismas que tenía que propiciar el Papa Urbano VI en tiempos de la santa: la santidad dentro de la Iglesia. ¿Alguna persona está contra la santidad? Sin duda quienes quieren una iglesia humana, plural y progresista están en contra y hay que tener cuidado con ellos. La santidad es el único programa que puede llevarnos a tener una Iglesia santa en todas sus dimensiones. La fidelidad nunca se opone a la santidad, mientras que el progresismo pelagiano sí es un terrible problema. ¿Qué hacer? Para empezar, deberíamos de dejar de trazar líneas que nos separen. Líneas que se convierten en abismos sobre los que es imposible saltar sin ser despellejado. Hay que dialogar entre nosotros porque de otra forma dejamos de ser hermanos. Tenemos que tolerarnos con caridad, humildad y prudencia, pero sin que la tolerancia oculte o negocie “la Verdad”, que es Cristo. Dialogar, como bien indicó el entonces Card. Ratzinger (Situación actual de la fe y la teología), no es plegarse o negociar, es contemplar la Verdad unidos y convertirnos a Ella (Cristo). Dialogar permite aprender y darnos cuenta que no somos nada sin la Gracia de Dios. Es imprescindible dejar atrás las actitudes arrogantes que nos imponen nuevas iglesias adaptadas al mundo. Iglesitas que no tienen sustento en la Tradición Apostólica. Aunque nos pueda sonar extraño y repita esto mil veces, los actuales enfrentamientos y divisiones evidencian que hemos perdido la Esperanza en Cristo. Cuando no se confía en el Señor se deposita la esperanza en personas humanas que de forma consciente o inconsciente, son utilizadas por el maligno para separarnos y enfrentarnos. Oremos por estas personas, ya que su conversión puede ayudar a que la Palabra se haga presente de nuevo entre nosotros. Dios lo quiera. | |||||||||||
viernes, 11 de septiembre de 2015
En el centro: Jesús 11092015
En el centro: Jesús
Fecha: 11 de 09 de 2015
Isaías 50, 5-9: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban”
Salmo 114: “Caminaré en la presencia del Señor”
Santiago 2, 14-18: “La fe, si no se traduce en obras, está completamente muerta”
San Marcos 8, 27-35: “Dijo Pedro: ‘Tú eres del Mesías’.- Es necesario que el Hijo del hombre padezca mucho”
Los pueblos mayenses han sabido expresar plásticamente su concepción de Dios, del mundo y de la historia, en el llamado “Altar maya”. Con los cuatro rumbos y sus vistosos colores, dan gracias al Dios de la vida que amanece y llena de alegría el oriente; que anoche y da reposo al morir el sol, que se hace presente en los vientos del norte y del sur. Flores, frutos, ramas, semillas y diversos objetos van tiñendo el color debido: blanco, negro, rojo, amarillo, pero en el centro los colores de la vida: el azul y el verde, representando el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra. Es en el centro donde convergen todos los rumbos, donde se entrecruzan todos los caminos, donde se sostiene todo el universo. Tatic Alberto contempla ya terminado el precioso y multicolor altar, ceremonioso va y coloca junto a las velas verde y azul, su Biblia en tseltal y la imagen de Cristo crucificado, mientras explica: “kAjualtik Jesucristo está en el mero centro porque es el más importante. Su Palabra es la que nos da vida”
Jesús y sus discípulos van de camino y ahí, caminando, es donde se presentan los problemas y las crisis, donde se cuestionan sobre la meta, donde se revisa el camino andado. Ya nos encontramos en la mera mitad del Evangelio de San Marcos… Jesús ha realizado prodigios en pro de la vida y del pueblo oprimido. Ha liberado a enfermos y endemoniados, ha restituido dignidad y valor a los marginados. Ha denunciado las actitudes hipócritas y serviles de los escribas y fariseos. Ha anunciado por todo Galilea y más allá de las fronteras, su Buena Nueva y llega el momento de preguntarse: ¿Qué se ha logrado? Parece poca cosa: la ceguera de los fariseos, la alabanza de un pueblo que busca respuestas inmediatas a sus necesidades, los intereses de sus discípulos, el escándalo y el alejamiento de su familia. ¿Es el camino que quiere Jesús? Entonces viene la pregunta a los cercanos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”, y las respuestas no se dejan esperar. Y viene la comparación con los personajes más importantes que conoce el judío, y se esperaría que Cristo estuviera muy contento con estas respuestas… pero lejos de mostrarse complacido, va más allá con otra pregunta incisiva: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. No es una pregunta accidental o sin importancia, sino la pregunta fundamental en la vida
Nuestras respuestas no estarían muy lejanas de las que dicen los discípulos. Ciertamente hay una admiración por Cristo como hombre, como persona, como fundador de una religión, como el gran maestro. Hay millones que se dicen sus seguidores y que en una u otra forma están bautizados y se reconocen cristianos. Pero ¿esto es lo importante para Cristo? También que hay quienes lo atacan y buscan enlodar su nombre, hay quienes quisieran destruirlo o que pasara ignorado… pero Cristo sigue insistiendo en su pregunta: “y tú, ¿quién dices que soy yo?”. No espera confesiones ni monumentos, no pregunta si llevas una medalla en el pecho o si tienes una bella imagen en tu cuarto, sino pregunta por tu vida. No por tus palabras, con tu vida quién dices que soy yo. Claro que somos multitudes los que nos decimos cristianos, pero quizás recibiríamos el mismo reproche dirigido a Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. Porque a pesar de llamarnos sus seguidores, nos acomodamos más a los criterios de los hombres que a los criterios de Jesús, porque buscamos los primeros lugares, porque luchamos denodadamente por el poder, porque mentimos y robamos, porque damos la espalda al prójimo, porque ¡no hemos entendido lo que quiere Jesús! Usamos su nombre para nuestros propios fines.
Cristo, después de la confesión de Pedro, presenta la Cruz como el camino y el único modo de liberación y salvación. Pero a Pedro le cuesta mucho aceptar el camino de la cruz y se opone valientemente a lo que considera son los enemigos de Jesús y quiere destruir todo obstáculo que pueda dañar a su Maestro. Lo hace sinceramente pero equivocadamente. No basta con la buena intención, necesita ajustar su pensamiento y su corazón al corazón de Jesús. A veces tras aparentes buenas intenciones se esconden egoísmos, justificaciones y ambiciones inconfesables. Quizás hoy nosotros como Pedro le diríamos a Cristo que es equivocado predicar una Cruz, que es preferible anunciar una salvación fácil, cómoda y compatible con las necesidades modernas. Quizás le diríamos que deje de soñar en un mundo de hermanos y hermanas donde todos sean iguales. Que su Iglesia y su Reino tienen que tomar los métodos de la publicidad moderna donde todo se hace agradable, fácil y posible… mientras que su propuesta exige renuncia, servicio, entrega y fidelidad. Y sin embargo, Cristo no está buscando puntos en una encuesta de popularidad, sino vida y amor. Por eso, lejos de aceptar la propuesta de Pedro, y quizás nuestra propia propuesta, define bien sus exigencias: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. ¡Qué lejos de un mundo de individualismo egoísta! ¡Qué criterios tan diferentes! Por eso muchos han tratado de compaginar el Evangelio con la mundanidad y sienten como una bofetada la definición y exigencia tan clara del Papa Francisco cuando pide poner a Cristo en el centro de la vida y de las decisiones. No se puede ser fiel al Evangelio si no se carga la cruz. No se puede ser fiel al Evangelio si se le despoja de su exigencia de justicia, de verdad, de misericordia y de entrega.
Lo que Cristo exige es decisivo en la vida del discípulo. No son superficialidades, no es una religión para vestirse, no son apariencias, es una entrega completa y definitiva a su Evangelio. Es tocar con su palabra todos los aspectos de nuestra vida, es abrir los oídos y el corazón y dejarse invadir por sus criterios. No se puede dejar a un lado la pregunta de Jesús. Hoy tenemos que tener una actitud de escucha. Debo empaparme de lo que Jesús me dice. Rumiarlo y asumirlo en todos los momentos de mi vida, aun en los más pequeños. Hoy necesito hablar con toda honestidad con Jesús sobre mis sentimientos, mis deseos y preguntarle si no son erróneos, si no es una forma de pensar a estilo de los hombres. Hoy necesito confrontar mi vida con el evangelio y hacerme preguntas en serio: ¿Es Jesús el centro de mi vida? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a seguirlo? ¿Vale la pena vivir la vida como lo estoy haciendo?
Míranos, Señor, con ojos de misericordia y haz que experimentemos vivamente tu amor, para que podamos seguirte con sinceridad y servirte con todas nuestras fuerzas. Amén.
Fecha: 11 de 09 de 2015
Isaías 50, 5-9: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban”
Salmo 114: “Caminaré en la presencia del Señor”
Santiago 2, 14-18: “La fe, si no se traduce en obras, está completamente muerta”
San Marcos 8, 27-35: “Dijo Pedro: ‘Tú eres del Mesías’.- Es necesario que el Hijo del hombre padezca mucho”
Los pueblos mayenses han sabido expresar plásticamente su concepción de Dios, del mundo y de la historia, en el llamado “Altar maya”. Con los cuatro rumbos y sus vistosos colores, dan gracias al Dios de la vida que amanece y llena de alegría el oriente; que anoche y da reposo al morir el sol, que se hace presente en los vientos del norte y del sur. Flores, frutos, ramas, semillas y diversos objetos van tiñendo el color debido: blanco, negro, rojo, amarillo, pero en el centro los colores de la vida: el azul y el verde, representando el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra. Es en el centro donde convergen todos los rumbos, donde se entrecruzan todos los caminos, donde se sostiene todo el universo. Tatic Alberto contempla ya terminado el precioso y multicolor altar, ceremonioso va y coloca junto a las velas verde y azul, su Biblia en tseltal y la imagen de Cristo crucificado, mientras explica: “kAjualtik Jesucristo está en el mero centro porque es el más importante. Su Palabra es la que nos da vida”
Jesús y sus discípulos van de camino y ahí, caminando, es donde se presentan los problemas y las crisis, donde se cuestionan sobre la meta, donde se revisa el camino andado. Ya nos encontramos en la mera mitad del Evangelio de San Marcos… Jesús ha realizado prodigios en pro de la vida y del pueblo oprimido. Ha liberado a enfermos y endemoniados, ha restituido dignidad y valor a los marginados. Ha denunciado las actitudes hipócritas y serviles de los escribas y fariseos. Ha anunciado por todo Galilea y más allá de las fronteras, su Buena Nueva y llega el momento de preguntarse: ¿Qué se ha logrado? Parece poca cosa: la ceguera de los fariseos, la alabanza de un pueblo que busca respuestas inmediatas a sus necesidades, los intereses de sus discípulos, el escándalo y el alejamiento de su familia. ¿Es el camino que quiere Jesús? Entonces viene la pregunta a los cercanos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”, y las respuestas no se dejan esperar. Y viene la comparación con los personajes más importantes que conoce el judío, y se esperaría que Cristo estuviera muy contento con estas respuestas… pero lejos de mostrarse complacido, va más allá con otra pregunta incisiva: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. No es una pregunta accidental o sin importancia, sino la pregunta fundamental en la vida
Nuestras respuestas no estarían muy lejanas de las que dicen los discípulos. Ciertamente hay una admiración por Cristo como hombre, como persona, como fundador de una religión, como el gran maestro. Hay millones que se dicen sus seguidores y que en una u otra forma están bautizados y se reconocen cristianos. Pero ¿esto es lo importante para Cristo? También que hay quienes lo atacan y buscan enlodar su nombre, hay quienes quisieran destruirlo o que pasara ignorado… pero Cristo sigue insistiendo en su pregunta: “y tú, ¿quién dices que soy yo?”. No espera confesiones ni monumentos, no pregunta si llevas una medalla en el pecho o si tienes una bella imagen en tu cuarto, sino pregunta por tu vida. No por tus palabras, con tu vida quién dices que soy yo. Claro que somos multitudes los que nos decimos cristianos, pero quizás recibiríamos el mismo reproche dirigido a Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. Porque a pesar de llamarnos sus seguidores, nos acomodamos más a los criterios de los hombres que a los criterios de Jesús, porque buscamos los primeros lugares, porque luchamos denodadamente por el poder, porque mentimos y robamos, porque damos la espalda al prójimo, porque ¡no hemos entendido lo que quiere Jesús! Usamos su nombre para nuestros propios fines.
Cristo, después de la confesión de Pedro, presenta la Cruz como el camino y el único modo de liberación y salvación. Pero a Pedro le cuesta mucho aceptar el camino de la cruz y se opone valientemente a lo que considera son los enemigos de Jesús y quiere destruir todo obstáculo que pueda dañar a su Maestro. Lo hace sinceramente pero equivocadamente. No basta con la buena intención, necesita ajustar su pensamiento y su corazón al corazón de Jesús. A veces tras aparentes buenas intenciones se esconden egoísmos, justificaciones y ambiciones inconfesables. Quizás hoy nosotros como Pedro le diríamos a Cristo que es equivocado predicar una Cruz, que es preferible anunciar una salvación fácil, cómoda y compatible con las necesidades modernas. Quizás le diríamos que deje de soñar en un mundo de hermanos y hermanas donde todos sean iguales. Que su Iglesia y su Reino tienen que tomar los métodos de la publicidad moderna donde todo se hace agradable, fácil y posible… mientras que su propuesta exige renuncia, servicio, entrega y fidelidad. Y sin embargo, Cristo no está buscando puntos en una encuesta de popularidad, sino vida y amor. Por eso, lejos de aceptar la propuesta de Pedro, y quizás nuestra propia propuesta, define bien sus exigencias: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. ¡Qué lejos de un mundo de individualismo egoísta! ¡Qué criterios tan diferentes! Por eso muchos han tratado de compaginar el Evangelio con la mundanidad y sienten como una bofetada la definición y exigencia tan clara del Papa Francisco cuando pide poner a Cristo en el centro de la vida y de las decisiones. No se puede ser fiel al Evangelio si no se carga la cruz. No se puede ser fiel al Evangelio si se le despoja de su exigencia de justicia, de verdad, de misericordia y de entrega.
Lo que Cristo exige es decisivo en la vida del discípulo. No son superficialidades, no es una religión para vestirse, no son apariencias, es una entrega completa y definitiva a su Evangelio. Es tocar con su palabra todos los aspectos de nuestra vida, es abrir los oídos y el corazón y dejarse invadir por sus criterios. No se puede dejar a un lado la pregunta de Jesús. Hoy tenemos que tener una actitud de escucha. Debo empaparme de lo que Jesús me dice. Rumiarlo y asumirlo en todos los momentos de mi vida, aun en los más pequeños. Hoy necesito hablar con toda honestidad con Jesús sobre mis sentimientos, mis deseos y preguntarle si no son erróneos, si no es una forma de pensar a estilo de los hombres. Hoy necesito confrontar mi vida con el evangelio y hacerme preguntas en serio: ¿Es Jesús el centro de mi vida? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a seguirlo? ¿Vale la pena vivir la vida como lo estoy haciendo?
Míranos, Señor, con ojos de misericordia y haz que experimentemos vivamente tu amor, para que podamos seguirte con sinceridad y servirte con todas nuestras fuerzas. Amén.
viernes, 4 de septiembre de 2015
Ecuador: el Gobierno y los obispos mitigan la polémica 04092015
Ecuador: el Gobierno y los obispos mitigan la polémica
Fecha: 04 de 09 de 2015
El Gobierno y los obispos de Ecuador concordaron en bajar los tonos de la polémica nacida tras la carta de protesta que el Gobierno del presidente Rafael Correa presentó a la Nunciatura en el país andino “por el involucramiento de uno de sus representantes en asuntos políticos, lo cual está prohibido por el derecho canónico y el acuerdo con la Santa Sede”, según la misiva enviada.
El anuncio se da en torno a las recientes declaraciones políticas del arzobispo de Guayaquil, monseñor Antonio Arregui, respecto al proceso de diálogo convocado por el Gobierno, informó la agencia pública de noticias Los ANDES.
El 1 de septiembre el presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, Fausto Trávez, y el canciller Ricardo Patiño, se reunieron en el edificio principal de la diplomacia ecuatoriana para “buscar una salida a los difíciles momentos entre el Gobierno y la Iglesia, luego de que el secretario jurídico de la presidencia, Alexis Mera, dijo que monseñor Antonio Arregui, arzobispo de Guayaquil, era un «recadero de la derecha» y que debería dialogar con «los homosexuales »”, según indicó el diario El Comercio.
Este jueves, los obispos de Ecuador publicaron un comunicado en el que califican de “desafortunadas declaraciones de exponentes del Ejecutivo”, y entienden “el deseo de superar la situación creada”.
Por su parte el embajador de Ecuador ante la Santa Sede, Luis La Torre, le indicó hoy en Roma a ZENIT, que “debido a lo delicado del tema, está siendo tratado directamente entre la Cancillería y la Nunciatura, si bien se ve que se están dando los pasos necesarios para solucionar el percance”.
A continuación el texto completo de la declaración de los obispos:
En la compleja situación presente del país, los obispos de la Conferencia Episcopal no pueden dejar de ofrecer su colaboración con el pueblo ecuatoriano para “afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación sin exclusiones” (Papa Francisco, Discurso en la ceremonia de bienvenida, 5 de julio de 2015).
Apreciamos mucho las recientes expresiones manifestadas por autorizados representantes gubernamentales, en las que reconocemos el deseo de superar la situación creada por las desafortunadas declaraciones de exponentes del Ejecutivo, ya que éstas implicaban una limitación del derecho de los pastores de la Iglesia a ejercer su misión propia de iluminar con el Evangelio las realidades y situaciones sociales.
La legitimidad con que los obispos actúan ejerciendo su magisterio social se corresponde con la libertad de todos los ciudadanos, solos o asociados, en participar, cada uno desde su ámbito específico, y bajo su propia responsabilidad, a la construcción del bien común. Es doctrina ordinaria de la Iglesia que una real justicia social implica siempre garantías de libertad.
Por otra parte, esperamos que se supere, por los mismos canales oficiales, la situación creada por la Nota Verbal de protesta entregada a la Nunciatura Apostólica por el Gobierno nacional, ya que no se compadece con el respeto a esta libertad propia de la Iglesia. Este paso favorecerá, de manera concreta, las condiciones de diálogo y de respeto.
Fecha: 04 de 09 de 2015
El Gobierno y los obispos de Ecuador concordaron en bajar los tonos de la polémica nacida tras la carta de protesta que el Gobierno del presidente Rafael Correa presentó a la Nunciatura en el país andino “por el involucramiento de uno de sus representantes en asuntos políticos, lo cual está prohibido por el derecho canónico y el acuerdo con la Santa Sede”, según la misiva enviada.
El anuncio se da en torno a las recientes declaraciones políticas del arzobispo de Guayaquil, monseñor Antonio Arregui, respecto al proceso de diálogo convocado por el Gobierno, informó la agencia pública de noticias Los ANDES.
El 1 de septiembre el presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, Fausto Trávez, y el canciller Ricardo Patiño, se reunieron en el edificio principal de la diplomacia ecuatoriana para “buscar una salida a los difíciles momentos entre el Gobierno y la Iglesia, luego de que el secretario jurídico de la presidencia, Alexis Mera, dijo que monseñor Antonio Arregui, arzobispo de Guayaquil, era un «recadero de la derecha» y que debería dialogar con «los homosexuales »”, según indicó el diario El Comercio.
Este jueves, los obispos de Ecuador publicaron un comunicado en el que califican de “desafortunadas declaraciones de exponentes del Ejecutivo”, y entienden “el deseo de superar la situación creada”.
Por su parte el embajador de Ecuador ante la Santa Sede, Luis La Torre, le indicó hoy en Roma a ZENIT, que “debido a lo delicado del tema, está siendo tratado directamente entre la Cancillería y la Nunciatura, si bien se ve que se están dando los pasos necesarios para solucionar el percance”.
A continuación el texto completo de la declaración de los obispos:
En la compleja situación presente del país, los obispos de la Conferencia Episcopal no pueden dejar de ofrecer su colaboración con el pueblo ecuatoriano para “afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación sin exclusiones” (Papa Francisco, Discurso en la ceremonia de bienvenida, 5 de julio de 2015).
Apreciamos mucho las recientes expresiones manifestadas por autorizados representantes gubernamentales, en las que reconocemos el deseo de superar la situación creada por las desafortunadas declaraciones de exponentes del Ejecutivo, ya que éstas implicaban una limitación del derecho de los pastores de la Iglesia a ejercer su misión propia de iluminar con el Evangelio las realidades y situaciones sociales.
La legitimidad con que los obispos actúan ejerciendo su magisterio social se corresponde con la libertad de todos los ciudadanos, solos o asociados, en participar, cada uno desde su ámbito específico, y bajo su propia responsabilidad, a la construcción del bien común. Es doctrina ordinaria de la Iglesia que una real justicia social implica siempre garantías de libertad.
Por otra parte, esperamos que se supere, por los mismos canales oficiales, la situación creada por la Nota Verbal de protesta entregada a la Nunciatura Apostólica por el Gobierno nacional, ya que no se compadece con el respeto a esta libertad propia de la Iglesia. Este paso favorecerá, de manera concreta, las condiciones de diálogo y de respeto.
jueves, 3 de septiembre de 2015
San Gregorio I Magno 03092015
San Gregorio I Magno
Fecha: 02 de 09 de 2015
«Importa que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no le disminuya el cuidado de las interiores, y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores». Así describía en su «Regula pastoralis» este gran pontífice, y uno de los cuatro doctores de la Iglesia, las características de los pastores que él mismo había encarnado. Pertenecía a una noble y virtuosísima familia romana. Sus padres, el senador Gordiano y Silvia, engrosan las filas de los santos; son venerados como tales. Y sus tías Tarsila y Emiliana llevaron edificante vida ascética como vírgenes consagradas. Además, entre los suyos hubo dos papas: Félix III y Agapito.
Nació hacia el año 540 en Roma. Se especializó en derecho, y al concluir los estudios fue nombrado pretor de Roma por Justino II. Italia estaba siendo azotada por los lombardos y pudo constatar de primera mano las heridas de una barbarie que había reducido la urbe a ruinas. Su trabajo, al que se dedicaba intensamente, no colmaba sus profundos anhelos. Pero cuando se encontró con dos benedictinos de la abadía de Montecassino, Constancio y Simplicio, se abrió una luz en su camino. Sin embargo, antes de decidirse a dar el paso uniéndose a ellos, tuvo que librar una dura batalla interna. «Yo diferí largo tiempo la gracia de la conversión, es decir, de la profesión religiosa, y, aún después que sentí la inspiración de un deseo celeste, yo creía mejor conservar el hábito secular. En este tiempo se me manifestaba en el amor a la eternidad lo que debía buscar, pero las obligaciones contraídas me encadenaban y yo no me resolvía a cambiar de manera de vivir. Y cuando mi espíritu me llevaba ya a no servir al mundo sino en apariencia, muchos cuidados, nacidos de mi solicitud por el mundo, comenzaron a agrandarse poco a poco contra mi bien, hasta el punto de retenerme no solo por de fuera y en apariencia, sino lo que es más grave, por mi espíritu».
Vencida toda resistencia, en cuatro años de vida monástica recluido en su palacio de monte Celio, que convirtió en el monasterio de san Andrés, se forjó su espíritu con oración y penitencias, y se dispuso a cumplir el designio que Dios había previsto para él. Su virtud llegó a oídos del papa Pelagio II, quién le designó «apocrisiario» suyo. Y en Constantinopla libró una importante lucha contra los monofisistas, además de actuar diplomáticamente para obtener del emperador el conveniente apoyo para frenar a los longobardos. Entre tanto, seguía nutriendo su espíritu en feliz convivencia junto a los monjes. Pero el año 590 una terrible epidemia de peste segó la vida de Pelagio II, y fue elegido para sucederle. En ese instante el peso de tan alta misión le sobrecogió, intentó huir para eludirlo, pero terminó comprendiendo que la voluntad divina había movido la de sus hermanos cardenales y aceptó la imponente responsabilidad que cayó sobre sus hombros.
A partir de entonces su sabio y brillante pontificado, verdaderamente renovador, como cabía esperar de un hombre de oración, humilde y generoso, se extendería a toda la Iglesia. Hizo vida su propio aserto: «La prueba del amor está en las obras. Donde el amor existe se obran grandes cosas y cuando deja de obrar deja de existir». Fue un hombre hábil, dialogante, conciliador, que se acercó con fraternal espíritu a los alejados de la fe y a quienes sustentaban ideas opuestas a ella. Así llegó a penetrar en el corazón de los pobladores de distintos estados europeos: sajones, francos, visigodos, longobardos, etc. Propagó la fe con incansable celo apostólico, fortaleció la sede de Roma, renovó el culto y la liturgia, impulsó el canto conocido como gregoriano en su honor, restauró la Schola Cantorum, compuso varios himnos, edificó monasterios, escribió numerosas obras teológicas y centenares de cartas. En suma, un legado tan excepcional que le mereció el título de doctor de la Iglesia.
Fue gran defensor de los oprimidos. Vigiló para que los recursos de la Iglesia fuesen destinados con impecable rigor, alejados de oscuros intereses particulares. Mantuvo una correspondencia digna de tener en consideración con la reina bávara Teodolinda, ferviente católica, con la que tuvo detalles de encomiable delicadeza. Así le obsequió con unas reliquias, muy preciadas en la época, destinadas a la basílica de san Juan Bautista que mandó erigir. Este vínculo repercutió directa e indirectamente en la evangelización, amén de propiciar la paz entre longobardos y bizantinos. En la labor apostólica de Gregorio hay una página singularmente gloriosa: la conversión de los anglosajones. Él fue quien fraguó la evangelización de Inglaterra a través de misioneros que envió con la recomendación de unirse obedientemente a san Agustín de Canterbury, quien después de lograr el bautismo del rey de Kent, Ethelberto (san Adalberto) el año 597, hizo lo propio con más de diez mil sajones.
Parece mentira que tan grande labor la realizase un hombre de precaria salud, obligado a recluirse en el lecho durante días seguidos. Murió el 12 de marzo del año 604. Juan Pablo I lo evocó al tomar posesión de la basílica de San Juan de Letrán, repitiendo sus palabras: «Esté cercano el pastor a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el pastor ha hecho de bueno, no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha corregido y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus acciones ante los hombres».
Fecha: 02 de 09 de 2015
«Importa que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no le disminuya el cuidado de las interiores, y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores». Así describía en su «Regula pastoralis» este gran pontífice, y uno de los cuatro doctores de la Iglesia, las características de los pastores que él mismo había encarnado. Pertenecía a una noble y virtuosísima familia romana. Sus padres, el senador Gordiano y Silvia, engrosan las filas de los santos; son venerados como tales. Y sus tías Tarsila y Emiliana llevaron edificante vida ascética como vírgenes consagradas. Además, entre los suyos hubo dos papas: Félix III y Agapito.
Nació hacia el año 540 en Roma. Se especializó en derecho, y al concluir los estudios fue nombrado pretor de Roma por Justino II. Italia estaba siendo azotada por los lombardos y pudo constatar de primera mano las heridas de una barbarie que había reducido la urbe a ruinas. Su trabajo, al que se dedicaba intensamente, no colmaba sus profundos anhelos. Pero cuando se encontró con dos benedictinos de la abadía de Montecassino, Constancio y Simplicio, se abrió una luz en su camino. Sin embargo, antes de decidirse a dar el paso uniéndose a ellos, tuvo que librar una dura batalla interna. «Yo diferí largo tiempo la gracia de la conversión, es decir, de la profesión religiosa, y, aún después que sentí la inspiración de un deseo celeste, yo creía mejor conservar el hábito secular. En este tiempo se me manifestaba en el amor a la eternidad lo que debía buscar, pero las obligaciones contraídas me encadenaban y yo no me resolvía a cambiar de manera de vivir. Y cuando mi espíritu me llevaba ya a no servir al mundo sino en apariencia, muchos cuidados, nacidos de mi solicitud por el mundo, comenzaron a agrandarse poco a poco contra mi bien, hasta el punto de retenerme no solo por de fuera y en apariencia, sino lo que es más grave, por mi espíritu».
Vencida toda resistencia, en cuatro años de vida monástica recluido en su palacio de monte Celio, que convirtió en el monasterio de san Andrés, se forjó su espíritu con oración y penitencias, y se dispuso a cumplir el designio que Dios había previsto para él. Su virtud llegó a oídos del papa Pelagio II, quién le designó «apocrisiario» suyo. Y en Constantinopla libró una importante lucha contra los monofisistas, además de actuar diplomáticamente para obtener del emperador el conveniente apoyo para frenar a los longobardos. Entre tanto, seguía nutriendo su espíritu en feliz convivencia junto a los monjes. Pero el año 590 una terrible epidemia de peste segó la vida de Pelagio II, y fue elegido para sucederle. En ese instante el peso de tan alta misión le sobrecogió, intentó huir para eludirlo, pero terminó comprendiendo que la voluntad divina había movido la de sus hermanos cardenales y aceptó la imponente responsabilidad que cayó sobre sus hombros.
A partir de entonces su sabio y brillante pontificado, verdaderamente renovador, como cabía esperar de un hombre de oración, humilde y generoso, se extendería a toda la Iglesia. Hizo vida su propio aserto: «La prueba del amor está en las obras. Donde el amor existe se obran grandes cosas y cuando deja de obrar deja de existir». Fue un hombre hábil, dialogante, conciliador, que se acercó con fraternal espíritu a los alejados de la fe y a quienes sustentaban ideas opuestas a ella. Así llegó a penetrar en el corazón de los pobladores de distintos estados europeos: sajones, francos, visigodos, longobardos, etc. Propagó la fe con incansable celo apostólico, fortaleció la sede de Roma, renovó el culto y la liturgia, impulsó el canto conocido como gregoriano en su honor, restauró la Schola Cantorum, compuso varios himnos, edificó monasterios, escribió numerosas obras teológicas y centenares de cartas. En suma, un legado tan excepcional que le mereció el título de doctor de la Iglesia.
Fue gran defensor de los oprimidos. Vigiló para que los recursos de la Iglesia fuesen destinados con impecable rigor, alejados de oscuros intereses particulares. Mantuvo una correspondencia digna de tener en consideración con la reina bávara Teodolinda, ferviente católica, con la que tuvo detalles de encomiable delicadeza. Así le obsequió con unas reliquias, muy preciadas en la época, destinadas a la basílica de san Juan Bautista que mandó erigir. Este vínculo repercutió directa e indirectamente en la evangelización, amén de propiciar la paz entre longobardos y bizantinos. En la labor apostólica de Gregorio hay una página singularmente gloriosa: la conversión de los anglosajones. Él fue quien fraguó la evangelización de Inglaterra a través de misioneros que envió con la recomendación de unirse obedientemente a san Agustín de Canterbury, quien después de lograr el bautismo del rey de Kent, Ethelberto (san Adalberto) el año 597, hizo lo propio con más de diez mil sajones.
Parece mentira que tan grande labor la realizase un hombre de precaria salud, obligado a recluirse en el lecho durante días seguidos. Murió el 12 de marzo del año 604. Juan Pablo I lo evocó al tomar posesión de la basílica de San Juan de Letrán, repitiendo sus palabras: «Esté cercano el pastor a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el pastor ha hecho de bueno, no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha corregido y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus acciones ante los hombres».
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