| Bienaventurados los maltratados por causa de Cristo (San Gregorio y San Hilario) | |||||||||||
Bienaventurados los maltratados por causa de Cristo (San Gregorio y San Hilario) | |||||||||||
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Las Bienaventuranzas son un texto fundamental para la vida del cristiano. En ella se indica qué previo van a tener quienes se nieguen a sí mismo, carguen con su cruz y sigan los pasos del Señor. Porque seguir al Señor comporta siempre la incomprensión del “mundo” que representa a la sociedad humana. Seguir a Cristo conlleva desprecio y maltrato, porque él mismo lo dejó muy claro: Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que yo os dije: “el siervo no es mayor que su señor”. Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra. (Jn 15, 18-20) Hoy en día la Iglesia ha olvidado que su presencia en la sociedad no puede ser un camino de rosas. La forma de saber que estamos con Cristo es el desprecio que padecemos. Pero que nos desprecien o nos maltraten por seguir al Señor debería ser causa de nuestra alegría interior y darnos paz. No debería de importarnos sentirnos fuera de las corrientes de moda y de lo políticamente correcto que se nos impone. ¿Qué importa que nos deshonren? ¿Qué importa que los hombres nos deshonren si nuestra conciencia sola nos defiende? Sin embargo, así como no debemos instigar intencionadamente las lenguas de los que maldicen para que no perezcan, así debemos sufrir con ánimo tranquilo las que son instigadas por su propia malicia, para que nuestro mérito crezca. Por ello se dice aquí: "Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es muy grande en el Reino de los Cielos". (San Gregorio, homiliae in Hiezechihelem prophetam, 9) Ser evangelizadores, como ya he dicho en algún post anterior, es ser profeta en medio de una sociedad que desprecia a Dios. Los profetas no vaticinaban el futuro, sino que señalaban el mal que corrompía a la sociedad y animaba al arrepentimiento a quienes se dieran cuenta. El profeta es testigo de Cristo y por eso, nunca es bienvenido entre quienes están empeñados en construir el mundo. Construir el mundo es construir Torres de Babel para llegar a Dios y que Dios deje de ser el que nos eleve hasta Él. Construir el mundo es crear estructuras humanas que sustituyan la Gracia de Dios e imponerlas como parte de nuestra vida. Podemos mirar a la Iglesia, que es santa, pero está compuesta por seres humanos llenos de pecados y errores. En Ella se mezclan santos con terribles pecadores y por eso mismo, es tan necesaria la justicia para que la santidad no sea el privilegio de unos pocos, sino una oportunidad para todos. En la Iglesia actual, la justicia está arrinconada. Ya no se considera virtud ni se promociona que los cristianos seamos justos y santos. Por eso quien señala a la justicia como imprescindible, se le persigue y se le llama cosas como rigorista o fariseo. Hoy se promociona la complicidad disfrazada de misericordia y se nos ofrece como el remedio universal para lo que llaman una iglesia abierta. Pero Justicia es uno de los Nombres de Dios: Así cuenta en la última bienaventuranza a todos aquéllos que sufren todas las cosas por Jesucristo (quien se llama justicia), se reserva el Reino de los Cielos a éstos, porque en el desprecio de las cosas del mundo son verdaderos pobres de espíritu. Por ello dice: "Porque de ellos es el Reino de los Cielos". (San Hilario, in Matthaeum, 4) El Reino de los Cielos no es de este mundo, aunque nos vendan que podemos construirlo con nuestras manos. El Reino de los Cielos es el paraíso donde la Voluntad de Dios se cumple por voluntad de todos los que le pertenecen. El Reino de los Cielos es el lugar donde la justicia y la misericordia se unen en una palabra: Amor, que es otro de los Nombres de Dios. | |||||||||||
(RV).- En el programa «Tu palabra me da Vida» de hoy, Monseñor Fernando Chica Arellano -observador permanente de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Roma-, reflexiona acerca de un pasaje del Evangelio según San Mateo que elSanto Padre recomienda que leamos y pongamos en práctica: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer (...) Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer (...)?’ Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 34-40).
Junto con las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12), este texto que acabamos de escuchar, tomado del capítulo 25 del Evangelio según san Mateo, es uno de los más citados por el papa Francisco. El Santo Padre recomienda insistentemente que lo leamos y, sobre todo, que lo pongamos en práctica. El Sumo Pontífice repite esto una y otra vez ante los niños y los jóvenes, ante laicos y sacerdotes; se lo dice a los misioneros y a quienes son miembros de la vida religiosa. Es un texto al que el Obispo de Roma califica como ‘camino de santidad’.
Me viene ahora a la memoria lo que dijo en la Audiencia General del seis de agosto de 2014: “Además de la nueva Ley -señalaba el Papa-, Jesús nos entrega también el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados. Cuando llegue el fin del mundo seremos juzgados. ¿Y cuáles serán las preguntas que nos harán en ese momento? ¿Cuáles serán esas preguntas? ¿Cuál es el protocolo a partir del cual el juez nos juzgará? Es el que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo […]. No tendremos títulos, créditos o privilegios para presentar. El Señor nos reconocerá si a su vez nosotros lo hemos socorrido en el pobre, en el hambriento, en quien pasa necesidad y está marginado, en quien sufre y está solo... Es éste uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, a partir del cual Jesús nos invita a medirnos cada día”.
En este pasaje evangélico es muy importante la pregunta que le lanzan al Señor: “¿Cuándo te vimos…?” Esto nos está diciendo que en la vida cristiana un verbo es fundamental. Se trata del verbo ‘Ver’. Aprendamos, por tanto, a mirar, a ver, descubriendo en el otro a un hijo de Dios y a un hermano en Cristo. Amemos a Cristo y que nuestro amor a Él se extienda a los hermanos.
Esta manera de mirar para descubrir a Jesús y servir a los demás la tenemos que poner en práctica comenzando por nuestra propia casa. Porque puede ser que tratemos con gran generosidad a los demás cuando estamos fuera de casa pero tengamos un trato distinto con los de nuestra familia, o con las personas más cercanas. A veces a éstas las tratamos con indiferencia, sin respeto, superficialmente. Si nos portamos así, hoy es tiempo de cambiar.
Busquemos ofrecer el pan de la gratitud y de la delicadeza también a los de casa. Mostremos amor y generosidad no solo a los que encontramos una vez en nuestra vida. También a los más cercanos, compartamos con ellos nuestro tiempo. Eso será la señal de que lo que hacemos con los de fuera es verdadero. Eso será muestra de que hemos entendido que dar de comer al hambriento no es cuestión de limosna, sino de vivir mirándoles y tratándoles a la altura de su dignidad. Ciertamente esto no es fácil. Es preciso pedir a Dios que nos ayude. Necesitamos orar para tener un corazón como el de Jesús. Por eso podemos decir: “Ven, Espíritu Santo. Que tu luz me ayude a mirar con amor y descubrir a Jesús en todos los que me rodean, sobre todo en los que sufren”.
Que al participar en la próxima celebración de la Eucaristía, y en todas ellas, miremos amorosamente a Jesucristo, realmente presente en la Sagrada forma. Si así lo hacemos, Él nos ayudará a mirar con sus ojos a los demás, dirigirá nuestra mirada al pobre para que lo socorramos, y al hacerlo estaremos anticipando el Cielo que Él nos ha preparado.
(Mireia Bonilla para RV)