jueves, 3 de septiembre de 2026

El bigote del tigre (Reflexión en valores)

 

El bigote del tigre

El bigote del tigreUna mujer joven llamada Yun Ok fue un día a la casa de un ermitaño de la montaña en busca de ayuda. El ermitaño era un sabio de gran renombre, hacedor de ensalmos y pociones mágicas. Cuando Yun Ok entró en su casa, el ermitaño, sin levantar los ojos de la chimenea que estaba mirando dijo:

-¿Por qué viniste?

Yun Ok respondió:

-Oh, Sabio Famoso, ¡estoy desesperada! ¡Hazme una poción! Sí, sí, ¡hazme una poción! ¡Todos necesitan pociones! ¿Podemos curar un mundo enfermo con una poción?

-Maestro -insistió Yun Ok-, si no me ayudas, estoy verdaderamente perdida.

-Bueno, ¿Cuál es tu problema? -dijo el ermitaño, resignado por fin a escucharla.

-Se trata de mi marido -comenzó Yun Ok-. Tengo un gran amor por él. Durante los últimos tres años ha estado peleando en la guerra. Ahora que ha vuelto, casi no me habla, a mí ni a nadie. Si yo hablo, no parece oír. Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación. A veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo sentado ociosamente en la cima de la montaña, mirando hacia el mar.

-Sí, así ocurre a veces cuando los jóvenes vuelven a su casa después de la guerra -dijo el ermitaño-. Prosigue.

-No hay nada más que decir, Ilustrado. Quiero una poción para darle a mi marido, así se vuelve cariñoso y amable, como era antes.

-¡Ja! Tan simple, ¿no? -replicó el ermitaño-. ¡Una poción! Muy bien, vuelve en tres días y te diré qué nos hará falta para esa poción.

Tres días más tarde, Yun Ok volvió a la casa del sabio de la montaña.

-Lo he pensado -le dijo-. Puedo hacer tu poción. Pero el ingrediente principal es el bigote de un tigre vivo. Tráeme su bigote y te daré lo que necesitas.

-¡El bigote de un tigre vivo! -exclamó Yun Ok-. ¿Cómo haré para conseguirlo?

-Si esa poción es tan importante, obtendrás éxito -dijo el ermitaño. Y apartó la cabeza, sin más deseos de hablar.

Yun Ok se marchó a su casa. Pensó mucho en cómo conseguiría el bigote del tigre. Hasta que una noche, cuando su marido estaba dormido, salió de su casa con un bol de arroz y salsa de carne en la mano. Fue al lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre. Manteniéndose alejada de su cueva, extendió el bol de comida, llamando al tigre para que viniera a comer. El tigre no fue. A la noche siguiente, Yun Ok volvió a la montaña, esta vez un poco más cerca de la cueva. De nuevo ofreció al tigre un bol de comida. Todas las noches, Yun Ok fue a la montaña, acercándose cada vez más a la cueva, unos pasos más que la noche anterior. Poco a poco, el tigre se acostumbró a verla allí.

Una noche, Yun Ok se acercó a pocos pasos de la cueva del tigre. Esta vez el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Los dos quedaron mirándose bajo la luna. Lo mismo ocurrió a la noche siguiente, y esta vez estaban tan cerca que Yun Ok pudo hablar al tigre con una voz suave y tranquilizadora. La noche siguiente, después de mirar con cuidado los ojos de Yun Ok, el tigre comió los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, cuando Yun Ok iba por las noches, encontraba al tigre esperándola en el camino. Cuando el tigre había comido, Yun Ok podía acariciarle suavemente la cabeza con su mano. Casi seis meses habían pasado desde la noche de su primera visita.

Al final, una noche, después de acariciar la cabeza del animal, Yun Ok dijo: - "Oh, Tigre, animal generoso, es preciso que tenga uno de tus bigotes. ¡No te enojes conmigo!" Y le arrancó uno de los bigotes.

El tigre no se enojó, como ella temía. Yun Ok bajó por el camino, no caminando, sino corriendo, con el bigote aferrado fuertemente en la mano. A la mañana siguiente, cuando el sol asomaba desde el mar, ya estaba en la casa del ermitaño de la montaña.

-¡Oh, Famoso! -gritó-. ¡Lo tengo! ¡Tengo el bigote del tigre! Ahora puedes hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a ser cariñoso y amable.

El ermitaño tomó el bigote y lo examinó. Satisfecho, pues realmente era de tigre, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego que ardía en su chimenea.

-¡Oh señor! -gritó la joven mujer, angustiada- ¡Qué hiciste con el bigote!

-Dime cómo lo conseguiste -dijo el ermitaño.

-Bueno, fui a la montaña todas las noches con un bol de comida. Al principio me mantuve lejos, y me fui acercando un poco más cada vez, ganando la confianza del tigre. Le hablé con voz cariñosa y tranquilizadora para hacerle entender que sólo deseaba su bien. Fui paciente. Todas las noches le llevaba comida, sabiendo que no comería. Pero no cedí. Fui una y otra vez. Nunca le hablé con aspereza. Nunca le hice reproches. Y por fin, una noche dio unos pasos hacia mí. Llegó un momento en que me esperaba en el camino y comía del bol que yo llevaba en las manos. Le acariciaba la cabeza y él hacía sonidos de alegría con la garganta. Sólo después de eso le saqué el bigote.

-Sí, sí -dijo el ermitaño-, domaste al tigre y te ganaste su confianza y su amor.

-Pero tú arrojaste el bigote al fuego -exclamó Yun Ok llorando-. ¡Todo fue para nada!

-No, no me parece que todo haya sido para nada -repuso el ermitaño-Ya no hace falta el bigote. Yun Ok, déjame que te pregunte algo: ¿es acaso un hombre más cruel que un tigre? ¿Responde menos al cariño y la comprensión? Si puedes ganar con cariño y paciencia el amor y la confianza de un animal salvaje y sediento de sangre, sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido.

Al oír esto, Yun Ok permaneció muda unos momentos. Luego avanzó por el camino reflexionando sobre la verdad que había aprendido en casa del ermitaño de la montaña.

Santos del día 3 de septiembre

                                 Santos del día 3 de septiembre


   San Gregorio I Magno, papa y doctor de la Iglesia (3 coms.) - Memoria litúrgica   

patronazgo: patrono del sistema educativo de la Iglesia, de los mineros, de los coros y el canto coral, los estudiosos, profesores, alumnos, estudiantes, cantantes, músicos, albañiles, fabricantes de botones; protector contra la gota y la peste.
can.: pre-congregación
país: Italia - n.: c. 540 - †: 604
formas del nombre: Gregorio Magno
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
  
Memoria de san Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia, que siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla, y después, en tal día, fue elegido Romano Pontífice. Resolvió problemas temporales y, como siervo de los siervos, atendió a los valores espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobre manera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. Murió el doce de marzo. († 604)

Conmemoración de santa Febe, sierva del Señor entre los fieles de Cencreas, en Grecia, que atendió a san Pablo y a otros muchos, según escribe el propio apóstol en la carta a los Romanos (16,1-2).
En Nicomedia, de Bitinia, santa Basilisa, virgen y mártir. († s. IV)
En Córdoba, en la Hispania Bética, san Sandalio, mártir. († c. s. IV)
En Toul, en la Galia Bélgica, san Mansueto, primer obispo de esta ciudad. († s. IV)
En el monte Titano, cerca de Rímini, en la Flaminia, san Marino, diácono y anacoreta, portador al pueblo gentil del Evangelio y de la libertad de Cristo. († s. IV/V)
En Hibernia, san Macanisio, obispo. († 514)
En Milán, de la Lombardía, san Auxano, obispo. († c. 589)
En la antigua ciudad de Caudium (hoy Montesarchio), en la Campania, san Vitaliano, obispo († s. VII)
En el monasterio de Stavelot, en Brabante, san Rimagilo, obispo y abad, quien, además del monasterio de Solignac, en Limoges, fundó otros dos: el de Stavelot y el de Malmedy, en la soledad boscosa de Ardennes. († c. 671-679)
En la isla de Lérins, en la Provenza, san Aigulfo, abad, y compañeros, monjes, que, según tradición, sufrieron el martirio durante una incursión sarracena. († c. 675)
En Séez, de Neustria, san Crodogango, obispo y mártir. († s. VIII)
En el territorio de Astino, en la Val Camonica, en la Lombardía, beato Guala, de la Orden de Predicadores, obispo de Brescia, quien luchó prudente y esforzadamente por la paz de la Iglesia y el bien común, y sufrió el destierro en tiempo del emperador Federico II. († 1244)
En Nagasaki, en Japón, beatos Bartolomé Gutiérrez, presbítero, de la Orden de Ermitaños de San Agustín, y cinco compañeros, mártires, todos ellos sumergidos en aguas sulfúreas hirviendo y después arrojados al fuego, por quienes odiaban la fe cristiana.
Son sus nombres: beatos presbíteros Vicente Carvalho y Francisco Terrero, de la Orden de Ermitaños de San Agustín; Antonio Ishida, de la Orden de la Compañía de Jesús; Jerónimo Jo; y Gabriel de la Magdalena, religioso de la Orden de Hermanos Menores. († 1632)
En Piacenza, en la región de la Emilia, beata Brígida de Jesús Morello, quien, después de enviudar, se consagró a Dios y se afanó en obras de penitencia y caridad. Fundó la Congregación de Religiosas Ursulinas de María Inmaculada, dedicadas a la educación cristiana de la juventud femenina. († 1679)
En París, en Francia, pasión de los beatos Andrés Abel Alricy, presbítero, y setenta y un compañeros, mártires, la mayoría presbíteros, todos los cuales, tras ser recluidos en el Seminario de San Fermín a modo de cárcel, y después de vivir una matanza el día anterior, fueron asesinados por quienes odiaban la Iglesia.
Estos son sus nombres: beatos René María Andrieux, Pedro Pablo Balzac, Juan Francisco María Benoît o Vourlat, Miguel Andrés Silvestre Binard, Nicolás Bize, Pedro Bonzé, Pedro Briquet, Pedro Brisse, Carlos Camus, Beltrán Antonio de Caupenne, Jacobo Dufour, Dionisio Claudio Duval, José Falcoz, Gilberto Juan Fautrel, Filiberto Fougère, Pedro Juan Garrigues, Nicolás Gaudreau, Esteban Miguel Gillet, Jorge Jerónimo Giroust, José María Gros, Pedro Guérin du Rocher, Roberto Francisco Guérin du Rocher, Ivón Andrés Guillon de Keranrun, Julián Francisco Hédouin, Pedro Francisco Hénocq, Eligio [Eloy] Herque o du Roule, Pedro Ludovico Joret, Jacobo de la Lande, Egidio [Gil] Ludovico Sinforiano Lanchon, Ludovico Juan Mateo Lanier, Juan José de Lavèze-Belay, Miguel Leber, Pedro Florencio Leclercq, Juan Carlos Legrand, Juan Pedro Le Laisant, Julián Le Laisant, Juan Lemaître, Juan Tomás Leroy, Martín Francisco Alejo Loublier, Claudio Ludovico Marmotant de Savigny, Claudio Silvano Mayneaud de Bizefranc, Enrique Juan Millet, Francisco José Monnier, María Francisco Mouffle, José Ludovico Oviefre, Juan Miguel Philippot, Jacobo Rabé, Pedro Roberto Régnet, Ivón Juan Pedro Rey de Kervizic, Nicolás Claudio Roussel, Pedro Saint-James, Jacobo Ludovico Schmid, Juan Antonio Seconds, Pedro Jacobo de Turménies, René José Urvoy, Nicolás María Verron, Carlos Víctor Véret, todos presbíteros; además, Juan Carlos María Bernard du Cornillet, canónigo de la abadía de San Víctor de París; Juan Francisco Bonnel de Pradel y Claudio Pons, canónigos de la abadía de Santa Genoveva de París; Juan Carlos Caron, Nicolás Colin, Ludovico José François y Juan Enrique Gruyer, de la Congregación de la Misión; Claudio Bochot y Eustaquio Félix, de la Congregación de Padres de la Doctrina Cristiana; Cosme (Juan Pedro) Duval, de la Orden de Hermanos Menores Capuchinos; Pedro Claudio Pottier, de la Compañía de Jesús y María; y Sebastián Desbrielles, maestro de escuela en París, Ludovico Francisco Rigot y Juan Antonio José de Villette. († 1792)
También en París, el mismo día y año, beatos mártires Juan Bautista Bottex, Miguel María Francisco de la Gardettte, Francisco Jacinto le Livec de Trésurin, que sufrieron similar situación en la cárcel de La Force, donde murieron martirizados por su fe en Cristo. († 1792)
En Seúl, en Corea, pasión de los santos Juan Pak Hu-jae y cinco compañeras, mártires, que, por el hecho de ser cristianos, en tiempo de persecución fueron llevados ante el tribunal de criminales, donde, después de sufrir crueles suplicios a causa de su fe, murieron finalmente decapitados.
Son sus nombres: santas María Pak Kun-a-gi Hui-sun, hermana de santa Lucía Pak Hui-sun; Bárbara Kwon-hui, esposa de san Agustín Yi Kwang-hon; Bárbara Yi Chong-hui; María Yi Yon-hui, esposa de san Damián Nam Myong-hyog; e Inés Kim Hyo-ju. († 1839)
En Casoria, Italia, beata María Luigia del Santísimo Sacramento (Maria Velotti), virgen y fundadora del Instituto de las Hermanas Franciscanas Adoratrices de la Santa Cruz, para la educación de los niños y la asistencia a los pobres. († 1886)
En Ibros, Jaen, España, beato Manuel Galcerá Videllet, presbítero de los sacerdotes operarios diocesanos y mártir, muerto en la cruel persecución religiosa que acompañó a la guerra civil española. († 1936)
En Pozo Cantavieja, en la provincia española de Almería, beato Juan Aguilar Donis, sacerdote de la Orden de Predicadores y mártir, víctima de la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil Española. († 1936)
En Les Avellanes, Lleida, beatos Aquilino Baró Riera, en el siglo Baldomero, Ligorio Pedro de Santiago Paredes, en el siglo Hilario, Félix Lorenzo Gutiérrez Rojo, en el siglo Lorenzo, y Fabián Pastor Marco, en el siglo Juan, de los Hermanos Maristas, mártires en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En Vallecas, Madrid, beatas Andrea Calle González, Dolores Úrsula Caro Martín, y María Concepción Pérez Giral, en el siglo Concepción, de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, mártires en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En Mollerussa, Lleida, beato Pius Salvans Corominas, presbítero diocesano, mártir en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En Pozo de la Lagarta, Tabernas, Almería, beato Martín Salinas Cañizares, presbítero diocesano, mártir en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En Malpartida, Badajoz, beato Antonio Frutos Tena Amaya, presbítero, mártir en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En “Los Capones”, Ibros, Jaén, beato José María de la Hoz Manjón, sacerdote diocesano, mártir en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En Puente Medio, en la carretera Mengíbar-Jaén, Jaén, beato Francisco Morales Collado, sacerdote diocesano, mártir en la cruel persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española. († 1936)
En Belcourt, Argelia, beatas Ángela María y Bibiana, religiosas de la congregación de Nuestra Señora de los Apóstoles, y mártires. († 1995)