Tercer domingo de marzo y cuarto de la Cuaresma
Domingo 4º de Cuaresma A (15.03.2026): Juan 9,1-41. El Profeta enseña a abrir los ojos. Yo lo escribo CONTIGO,
Vamos de relato en relato de los Evangelios como el que salta de piedra en piedra hasta que resbala y se cae en el camino que se recorre o en el río que se atraviesa. El domingo pasado estuvimos de encuentro con Jesús y la mujer samaritana y en este cuarto domingo de la Cuaresma acompañamos a Jesús en la fiesta de ‘Las Tiendas’ que se celebra en Jerusalén en los días finales del verano en memoria de los años del desierto que les liberó de la esclavitud.
Y desierto deshumanizador debe de ser ‘sentirse ciego o enceguecido’. Desde el comienzo del relato, el Evangelista nos alerta sobre la realidad del ciego y de su ceguera: “Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó para que este hombre naciera ciego? ¿Él o sus padres?” (Juan 9,1-2). En la Religión del tiempo de Jesús los judíos pensaban que la enfermedad era el castigo de Dios por algún pecado cometido por la persona enferma. En este caso presente, el castigo es la ceguera permanente.
El Evangelista Juan despeja en un instante la manera de pensar y de creer de su Jesús de Nazaret. El Jesús del Evangelista Mateo hubiera escrito ante esta situación algo semejante a esto: ‘Habéis oído que se dijo desde antiguo que toda ceguera es un castigo que Dios envía al pecador por su pecado, sin embargo yo os digo que este hombre no ha pecado y sus padres tampoco. Dios no castiga. Cura. Yo soy la luz’.
Cuando llegamos al final del relato nos sorprendemos por constatar que lo que pudiera decir Mateo es lo que nos comunica el propio Jesús de Juan que se atreve a llamar ‘ciegos’ a quienes se creen que ‘ven’ por seguir siendo, en apariencia, buenos cumplidores de las orientaciones de la Ley. Esta Ley de Moisés era ‘la luz’. Pero para Jesús esta luz se apagó porque dejó de humanizar, de curar, de iluminar: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado permanece” (Juan 9,41). En nuestra sabiduría popular se diría que ‘no hay peor ciego que quien no quiere ver’.
Entre la situación del comienzo del relato y la situación final, el Evangelista nos va colocando como en un espejo las decisiones que cada quien va tomando ante las palabras y la presencia de Jesús de Nazaret. Sólo el ciego confió en Jesús: “Él me dijo: vete a Siloé y lávate. Yo fui, me lavé y veo” (Juan 9,11-12). A los vecinos sólo les interesa saber lo que pasa, están al margen. Los fariseos están divididos ante el actuar blasfemo de Jesús que no ‘cumple la Ley del sábado’. Los padres del ciego están llenos de miedo y no desean abandonar la sinagoga. Y los llamados judíos, las autoridades de la Religión, están declaradamente en contra del hablar y del hacer del judío Jesús, el laico de Galilea. Tanto el ciego de nacimiento como Jesús se encuentran, se reconocen y se identifican. Qué iluminador es el diálogo final de ambos en los versículos 35 a 39 de este capítulo noveno. Cuando me leo despacio y contemplo el ‘abrazo final del ciego con Jesús’ me pregunto: ¿Quién es este hombre que pasó por esta tierra abriendo los ojos de las neuronas hasta provocar en cada persona las decisiones que humanizan o que alteran los órdenes establecidos? Este hombre es un profeta, me dice el ciego: me enseñó a ver que es pensar, tocar, decidir y amar.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 22.03.2020. Y también en Madrid, 15.03.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12).
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 16ª página del Evangelio de Mateo 10,1-42
Antes de sumergirme en el capítulo décimo de este Evangelio de Mateo, debo confesar una inquietud: No sé dónde colocar con precisión los tres últimos versículos del capítulo noveno (9,36-38). Este breve mensaje es como un gozne que abraza y une lo anterior con lo siguiente. Parece muy sencillo, pero... ¿qué es lo anterior? ¿Y lo siguiente? ‘Lo anterior’ que nos ha contado el Evangelista ha sido el conjunto de los ‘dichos y hechos’ de su Jesús de Nazaret a lo largo de su vida y de su misión evangelizadora (4,23 hasta 9,35). Y ‘lo siguiente’ que nos contará Mateo será, me atrevo a interpretarlo así: Los ‘dichos y hechos’ de los seguidores de este hombre laico y galileo (10,1-42).
Según el parecer de este Evangelista, es muy urgente ‘decir y hacer’’: “Al ver a la gente sintió compasión, porque estaban vejados y abatidos, cansados y desorientados, esclavizados y deshumanizados, derrengados y deprimidos... Eran como ovejas que no tienen pastor...” (9,36-38). Ante tanta ruina humana, son inaplazables tales ‘dichos y hechos’. Creo que estas parecen ser las razones profundas del narrador Mateo para hablarnos de su Jesús de Nazaret que nos invita a ser como él. Y es aquí, precisamente, donde echa a andar el proyecto de una nueva manera de ser pueblo. Atrás debe de quedar el viejo Israel de las doce tribus de la Ley y de sus Profetas. Este es el momento de llamar a cada uno a ser otro Jesús.
¿Por qué se habrán empeñado tantos y tantos en interpretar que estos doce son sólo los del sacerdocio eclesiástico y vaticano, célibes y varones, y sólo y siempre clérigos? De todo esto, nada pone en boca de su Jesús el Evangelista Mateo. Los doce somos todos, hombres y mujeres, que llevamos a Jesús dentro como el tesoro escondido del que se hablará más adelante.
En este punto le pareció oportuno al Evangelista situar el segundo discurso de su Jesús que comienza en 10,5 y acabará con el final del capítulo décimo: “Cuando Jesús acabó de hablar a sus doce discípulos se fue a...” (11,1). Cada traductor o editor de la biblia titula a su manera este discurso de las orientaciones o instrucciones de los evangelizadores del evangelizador Jesús: ‘Proclamación del Reino cercano’, leo en una, ‘Discurso apostólico’, ‘La misión’, en otras. No puedo dejar de subrayar algunas afirmaciones que me sorprenden en este discurso del evangelizador Jesús. Lo primero que leo es esto: “No vayáis por caminos de tierras paganas ni entréis en ciudades de Samaría” (10,5). Tan clara es esta invitación como la contraria, que se pone también en boca del propio Jesús en el final de este Evangelio: “Id y haced discípulos a todas las gentes” (28,19). Nunca sabré interpretar bien una contradicción tan manifiesta.
Me emociona constatar que ‘evangelizar’, como evangelizaba este Jesús del Evangelista Mateo, no es nada complicado. Al contrario, es tan sencillo como compartir un vaso de agua fresca con quien lo desea o necesita (10,42). Tan elemental es el sentido de la vida y de la convivencia entre los humanos. Este final del discurso me recuerda muy explícitamente la síntesis del primer discurso que decía, lo repetiré, así: Cuanto deseas que te hagan, házselo a... (Mt 7,12).
Carmelo Bueno Heras. Madrid, 17.03.2019. También en Madrid, 15.03.2026.
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